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Full text of "Índice de las notas de D. Diego Clemencín en su edición de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha : (Madrid, 1833-39, 6 vols., 4)̊ con muchas referencias á pasajes obscuros y dificultosos del texto y á la Historia de la literatura española de Mr. Ticknor (ed. de 1863, 3 vols.)"

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índice 

DB LAS 

NOTAS DE D. DIEGO CLEMENCÍN 

EN SU EDICIÓN DE 

EL INGENIOSO HIDALGO 

Don Quijote de la Mancha 

(Madrid. 1833-39. 6 vols.. 4.*') 

CON MUCHAS REFERENCIAS A PASAJES OBSCUROS 

Y DIFICULTOSOS DEL TEXTO 

y i LA 

mSTORIA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA DE Mr. Ticknor 

(£dici6n de 1863, 3 vols.) 

POR 

CARLOS F. BRADFORD 

INDIVIDUO CORRMPONDIBNTB DB LA RbAL ACADEMIA ESPAÑOLA 

BN Boston 



MADRID 

IMPRENTA Y FUNDICIÓN DE MANUEL TBLLO 

impresor DB CÁMARA DE S. M. 

Isabel la Católica, 23 

1885 

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AL LECTOR 



En 1876 remitió á la Academia Española el lite- 
rato norte-americano D. Carlos Federico Bradford 
copia manuscrita de su interesante índice para el 
Comentario de D. Diego Clemencín al Quijote , y tan 
prox?to como fué recibida se nombró una comisión 
compuesta de los académicos numerarios D. Juan 
Eugenio Hartzenbusch y D. Aureliano Fernández- 
Guerra, para que informara sobre la calidad de tan 
curioso trabajo. 

De lo favorable del dictamen que emitieron estos 
señores, puede juzgarse por los párrafos siguientes: 

^Tarte del primer volumen está redactada en len- 
^guaje inglés, llena de cláusulas castellanas de Cle- 
^mencín; el final del tomo I, y enteros los tres si- 
'^guientes, están escritos en nuestro idioma, en muy 
^buen estilo, de excelente letra, sumamente igual, 
''limpia y muy esmerada; trabajo que, desde luego, 
''pone en evidencia la noble solicitud, la laboriosidad, 
"el ingenio y también la envidiable firmeza de pulso 
"del autor. El índice va formado por orden alfabéti- 
"co de las voces más notables que ocurren en todo 



-| A^PÍOI DigitizedbyCjOOglC 



'^el Comentario del Sr. Clemencín, muchas de las 
^cuales son las mismas de la gran obra de Cervantes; 
^de manera que viene asimismo á ser un índice del 
^Quijote. 

^E\ texto de los artículos .,. , arreglado á las no- 
^tas originales, las compendia con desahogo, no de- 
ajando de ellas particularidad que no mencione, cu- 
^riosidad que no satisfaga ...: alguna vez, hasta hace 
^ sobre opiniones del autor alguna advertencia crítica, 
^expresada con brevedad y con notable acierto. Es 
^para el uso de la edición de Clemencín este índice 
^el auxiliar más oportuno. Y cuando se recuerda que 
'■^trabajo, por su dificultad, de tanta meditación y 
"tiempo, es debido á la mente y pluma de un ancia- 
"no de venerable edad, no se sabe qué admirar más, 
^si el ánimo valiente del redactor, su heroica cons- 
^tancia, ó la perfección de la obra.'' 

El Sr. Bradford hace aún más que lo que se indi- 
ca en los párrafos anteriores: á veces comenta por su 
cuenta, siempre sobria y discretamente, algunos de 
los pasajes obscuros que dejó olvidados el crítico es- 
pañol, y completa y enriquece su obra con definicio- 
nes tomadas de nuestro Diccionario de la lengua vul^ 
garj ó con pasajes de otras importantes obras espa- 
ñolas y extranjeras, y más particularmente de la His- 
toria de la Literatura Española debida á la pluma de su 
compatricio y buen amigo el ilustre Ticknor. 

Trabajo adornado de tan recomendables circuns- 
tancias, pero al fin mero complemento de una deter- 



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vil 

minada edición del Quijote^ que impresa entre los 
años 33 y 39 de este siglo, va haciéndose cada día 
más rara, difícilmente habría podido ver la luz públi- 
ca si su propio autor no hubiera hecho un nuevo sa- 
crificio: el de costear la edición. 

Para que tan generoso propósito se llevase á cabo 
sin deterioro del precioso manuscrito original, la Aca- 
demia confió al representante del Sr. Bradford en Ma- 
drid el encargo de hacer sacar una copia con destino 
á la imprenta y en la cual estuviese traducido al cas- 
tellano, ó quedase suprimido, el texto inglés, según los 
deseos expresados por el autor. Hechas copia y tra- 
ducción, el libro se ha dado al fin á la estampa bajo 
la vigilancia de una Comisión de la Academia. 

Conoce él Sr. Bradford la lengua castellana como 
pocos literatos extranjeros ; pero esta lengua no es la 
suya, y disculpablemente ha incurrido en ciertas equi- 
vocaciones que la Comisión se ha creído autorizada 
á corregir en el cuerpo de la obra ó á salvar en la fe 
de erratas. 

El Sr. Bradford ha reproducido en su manuscrito 
con escrupuloso rigor la ortografía de la obra que le 
ha servido de original; pero la Comisión, consideran- 
do innecesaria tan prolija exactitud, ha preferido el 
sistema ortográfico vigente, innovación de la cual 
resultan, por efecto del reemplazo de ciertas letras 
con otras, algunos cambios en el orden alfabético de 
los artículos del índice. 

Asimismo, y á fin de que el volumen resulte me- 



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VIII 

nos abultado, y menor, por lo tanto, el coste de la 
edición, las referencias á la obra de Ticknor, History 
of Spanish Liter ature (1863, 3 vols. 4.**), que en for- 
ma de apostillas ocupan las márgenes del manuscri- 
to, van colocadas al final de los artículos á que co- 
rresponden y encerradas entre paréntesis rectangula- 
res para que se distingan de las concernientes á las 
Notas de Clemencín y al texto de Cervantes. 

Las explicaciones que preceden son suficientes, en 
concepto de la Comisión, para informar al discreto 
lector de las razones en que se ha fundado la Acade- 
mia al patrocinar el libro de su digno correspondien- 
te en Boston, y para dar á conocer la parte que ha 
tomado la Comisión en la tarea editorial. 



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Á LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA 



La idea de preparar un Índice á las Notas 'de D. Diego Cíe- 
mencin en su edición del Quijote, me fué primeramente suge- 
rida por mi distinguido amigo el finado Mr. Ticknor, quien, 
mientras revisaba en 1863 la tercera edición de su Historia^ hizo 
para su uso particular uno muy corto. El me rogó encarecida- 
mente que emprendiese este trabajo; y aunque previ que sería 
obra muy difícil, recelando no poder desempeñarla debidamente, 
me halagó tanto la idea, que no vacilé en dedicar los momentos 
desocupados de muchos años de una vida activa para llevarlo á 
efecto. 

El primer ejemplar, de 130 páginas, fué presentado á Mr. Tick- 
nor, y hoy se encuentra con los valiosos libros que á su muerte 
legó este eminente escritor á la Librería púbhca de Boston. 
Otros ejemplares destinados á algimos amigos obtuvieron tan li- 
sonjera acogida como el primero; y de ahí que emprendiese otro 
más extenso para la Universidad de Harvard (Cambridge), á 
la que había proporcionado ya la edición de Clemencín. 

El objeto, al expresar mi homenaje de respeto hacia Harvard, 
ha sido la esperanza de ayudar á sus alumnos en el estudio de 
aquella obra magistral, y aficionarlos más por este medio á la 
bella y rica lengua castellana. 

Lejos de mi mente el pensar que este mi humilde trabajo pa- 
saría más adelante, cuando el año anterior fui sorprendido con 
una lisonjera invitación de la Academia Española, indicándome 
la viva satisfacción con que recibiría una copia del dicho Índice* 
insinuación á la que no podía menos de acceder con viva compla* 
cencia, siquiera fuese como mero agradecimiento del distinguido 
honor que aquella ilustre Corporaaón me dispensaba, nombrán- 
dome socio correspondiente. 

Luché con algunos inconvenientes; entre otros, la necesidad en 
que me he visto, á falta de un amanuense hábil, de escribir la 
obra de mi propia mano; faena que, si bien harto penosa para mi 



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edad, me proporcionó, sin embargo, la oportunidad de extender 
este trabajo, por más que fuese á costa de dilación. 

Mr. Ticknor, en su Historia^ hablando del Comentario de Cle- 
mencín, dice que ees uno de los más completos que se conocen 
»sobre autor alguno, antiguo ó moderno. Está escrito con buen 
•gusto y sana crítica en lo relativo al mérito de Cervantes, mos- 
•trándose el autor libre de aquella ciega idolatría que distingue 
»á D. Vicente de los Ríos y á la edición de la Academia; y aun- 
»que peca por demasiada extensión, también es cierto que apenas 
ideja pasaje oscuro que no declare competentemente. Siguió Cle- 
•mencín el mismo sistema que Bowle, y así es que la erudición só- 
»lida y oportuna con que su comentario está adornado deja, en rea- 
•lidad, muy poco que desear en cuanto á anotaciones, t ( Vol. III, 
pág. 438, ed. de 1863, traducción de Gayangos.) 

En lo que dice Mr. Ticknor acerca de la demasiada extensión 
de las notas, sin duda hace referencia á los lectores en general; 
pero, á mi parecer, debe tenerse en mente que aquellas notas fue- 
ron escritas para estudiantes, quienes, como el mismo Ticknor, 
deben encontrarlas de sumo valor. Condensar éstas ha sido el 
objeto especial del presente Índice, procurando hacer accesible lo 
más esencial é importante de ellas. 

Verdad es que Clemencín me ha parecido demasiado crítico en 
muchas ocasiones, poniendo reparos ó tachas á términos y expre- 
siones que escribió Cervantes evidentemente de propósito; pues 
que, refiriéndose especialmente á los dichos de Sancho, los en- 
cuentro muy propios de lugar. También he creído hallar varios 
ejemplos de descuido en Clemencín, hijos quizá de omisión ó in- 
advertencia, que yo en algunos casos, aunque muy pocos, he no- 
tado, no habiendo querido extenderme en tales reparos, por ser 
otro el objeto de esta obra. 

He querido llenar el vacío que había en las ediciones y traduc- 
ciones del Quijote: la falta de claridad en el resumen de los ca- 
pítulos, que hacía difícil hallar inmediatamente determinado pa- 
saje. Con el título de Aventuras, sucesos, incidttitesy cosas notables del 
•QuijoteB, hago im resumen de ellos é indico la página y volu- 
men en que se encuentran. 

Participo del dictamen de los críticos sobre el sumo descuido 
y distracciones de Cervantes. Parece que no dio á su gran obra 
la menor revisión, que siguió su pensamiento sin tener presente 
lo que había escrito, ni aun las Correcciones gramaticales. Creo 
también que Cervantes varió de plan con respecto á los dos ca- 
racteres principales, muy especialmente respecto á Sancho, quien 
descrito al principio, dice, como ide muy poca sal en la molle- 
ra» (I, 162), hace después citaciones en latín, pronuncia bellísi- 
mos discursos sobre la muerte y sobre el sueño, y ostenta conoci- 



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mientoSy enidición y ciencia en desacuerdo con su carácter jmí- 
mitivo. En este sentido, parece que Sancho reúne en su persona 
lo que el mismo Sancho dice sobre «el sayagúes y el toledano i 
(IV, 361), los opuestos extremos de ignorancia y de cultiura. Cle- 
- mencín, hablando de él, se expresa en estos términos: lEn una 
•nota al capítulo 23 de la primera parte (II, 245) se dijo que el ca- 
>rácter de Sancho constaba de codicia, miedo, bellaquería (pudie- 
•ra añadirse malicia y al mismo tiempo sandez). En esta segunda 
•parte parece que varía algo, especialmente en el período de su 
•gobierno; mas pudiera decirse que honores mutant mores, • (VI, 65.) 

En mi concepto le cuadra á Cervantes el juicio de Waiker so- 
bre el Doctor Johnson, quien fué igualmente indiferente acerca 
de la pronunciación y la etimología: 

i Verdad es que este grande hombre se curaba poco de pronun- 
•ciación ó de etimología, y aim las disquisiciones gramaticales no 
•parecen haber sido su estudio predilecto; pero cuando era nece- 
•sario definir palabras con precisión, fijar el límite de su signifi- 
•cación, y distinguirlos delicados matices de su sentido, este tra- 
•bajo, tan arduo para la mente más aventajada, parecía ofrecerle 
•una tarea digna de sus fuerzas, y él se volvía entonces un Hér- 
•cules literario: en esto trabajó en honra propia y con provecho 
•esencial del idioma inglés. » 

Respecto á Cervantes, es im hecho indudable que enriqueció 
mucho su lengua patria. 

Son dignos de encomio los Comentarios de Clemencín por la 
pureza del estilo y por su tono simiamente moral y religioso; se- 
ñaladamente, sus observaciones relativas á la expulsión de los 
moriscos de España, aboüción de la esclavitud en África, y trata- 
miento brutal impuesto por los cristianos á Agi Morato aíl tiempo 
de la abducción de su hija Zoraida. 

En la preparación de este Índice he creído oportuno añadir en 
algunas ocasiones referencias á pasajes obscuros ó dificultosos, en 
la idea de que podría interpretarlos con exactitud, tratando á la 
vez de pasajes repetidos: todo esto se hallará con la marca (t) 
aneja ai volumen y página. 

Comencé el presente manuscrito transcribiendo simplemente 
la copia presentada á Harvard, que se halla escrita ora en inglés, 
ora en español; mas recordando, al progresar en mi tarea, lo que 
observó mi distinguido amigo el académico D. Antonio Flores 
(guien ha tomado un vivo interés en mi trabajo), que íes de sen- 
tir que esta obra sobre Cervantes y su más ilustre comentador se 
haya escrito en inglés, cuando el idioma propio era el español», 
me decidí á terminarla en castellano. Bien quisiera remediar la 
falta de uniformidad que presenta la obra en sus primeras ciento 
cincuenta páginas: las hubiese cambiado desde luego si no hu- 



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biera temido demorar más este envío. Caso de imprimirse el Ín- 
dice, desearía que fuese todo en español. 

Importa que se entienda que el propósito esencial de este tra- 
bajo na sido proveer de una clave conveniente á las Notas valio- 
sas de Clemencín. He cuidado de no emitir observaciones mías 
demasiado libremente: se diría marcada presimción en un extran- 
jero poner reparos ó tachas á un escritor tan eminente. No as- 
piro á mérito alguno, más que al de trabajo paciente ó razonable 
exactitud. Lejos estoy de considerar mi obra como absolutamen- 
te exenta de faltas. Esto recuerda la graciosa contestación, en 
una nota de Clemencín (I, i68), de una dama á un galán que tra- 
taba de alucinarla: ^aunque tonta, no tanto it; que puede deñnirse 
en inglés, conservando el anagrama Mthougk a simpleton, not sim- 
ple enough for tkatB, Permítaseme el uso de esta cita en obsequio 
á su mucha agudeza. 

En conclusión: ruego á la Academia se digne dispensar toda su 
indulgencia á mi trabajó. Es obra de un extranjero que debe el 
conocimiento limitado que ha adquirido de la lengua castellana 
á la mucha afición que siempre le ha inspirado; y bien que pri- 
vado de consejos que tanto necesitaba, ha conseguido realizar- 
la exclusivamente por sí. 

C. F. Bradford. 
Boston, i.® de noviembre de 1875. 



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ÍNDICE. 



A. — Delante de nombres femeninos que comienzan con esta 
letra, se emplea algunas veces, no siempre, el artículo 
masculino el; v. gr.: el agua. III, 255, 3o8, 5io. — Se an- 
tepone como prefijo á ciertos nombres para formar verbos; 
como de costumbre^ acostumbrar. II, 148, 271; V, 228; VI, 
37. — En las palabras compuestas con el prefijo a, éste ar- 
guye semejanza 6 participación respecto de las primitivas; 
como adamado, de dama. V, 228. — Suprímese con frecuen- 
cia la a en la última sílaba de primera y tercera. 1, 184. — 
Algunas veces se suprime en los verbos; como lambicar, por 
alambicar. IV, 406. 

A. — Las palabras castellanas terminadas en a aguda, proce- 
den de idiomas extranjeros; como Zalá, Alcalá, etc. III, 
210. 

A. — Preposición usada cuando la acción del verbo recae so- 
bre personas y no sobre cosas. IV, 378. — Ejemplo de an- 
bigüedad en el uso de esta preposición: enseñóle d un hombre, 
por enseñóle un hombre. VI, 286. 

Á Dios vdis. — Con él quedéis. — Fórmulas de saludo. Dios sea 
con vos. — Y con vos también. — III, 87. 

A esto vos respondemos. — Fórmula antigua de los reyes. IV, 
251. 

A la mano de Dios, y dense. — Dios les a3aide, y encomienden- 

I 



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se á Dios, y dense. — VI, 824 (t). — Véase Mano (A la) de 
Dios. 

¿A qué diablos se pudre? — Clemencín dice (V, 365) que no en-^ 
tiende bien esta expresión; pero por el contexto parece que 
su sentido es éste: ¿Por qué ha de envidiarme, 6 censurar- 
me esto vuestra merced? O bien: ¿Qué mal hay en ello? 

Á qm quieres boca. — Á pedir de boca. (Academia.) — Según el 
deseo de uno. — IV, 404 (t). 

Á quien Dios se la dió^ ó la diere, San Pe¿ro se la bendiga. — 
Véase Quien (A) Dios se la diere, etc. 

A Roma por todo. — Á la corte por todo. VI, 77. 

Abad, cura, sacerdote. — Acerca de estos títulos eclesiásticos 
véanse I, 244; II, 276; IV, 88, y V, 24. 

Aben Ezra, de Toledo. — Célebre judío, uno de los primeros 
traductores castellanos de las Sagradas Escrituras. 1. 199. 
—Véase Toledo. 

Abencerraje (El cautivo). — El de la Diana de Jorge Montema- 
yor. I, 92. 

Abencerrajes y Cegríes. — Sus relaciones. — «No hay amigo 
para amigo», verso de un antiguo romance. — IV, 210. 

Abemuncio (Abrenuncio). — Locución latina que se usa para 
dar á entender que detestamos alguna cosa. (Academia.) — 
«Pero ¿azotarme yo? Abemuncio». V, 227 y 23i (textos). 
— Abrenuncio Satanás, mala capa llevarás. — Rechaza ó des- 
precia al diablo y llevarás un vestido raído. (Bohu. — Edi- 
ción políglota de proverbios^ p. 193.) 

Abindarráez. I, 92. — Véase Abencerraje (El cautivo). 

Ablandarse mis que una breva madura. — Ceder á la razón ó á 
la persuasión. V, 233 (t). 

Abolengo. — Linaje, alcurnia, descendencia. V, 447. — Véase 
Alcurnia. 

Abrojos, — Véase Disciplina de abrojos. 

Acá ó acullá. — Aquí ó allí. II, 491; IV, 225 y 276 (t). 

Academias. — Las de Atenas, París, Bolonia y Salamanca. IV, 



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3 
340. — La Imitatoria, etc. IV, 342; V, 420.— Véase C7m- 
versidades más célebres. — [III, 245, 246, 253, 254.] 

Aceite de Aparicio. — Para curar las heridas; proverbialmente 
caro. V, 428. 

Ación. — Correa de que pende el estribo de montar. IV, 
253 (t). 

Acomodadizo, za, adj. — Fácil de acomodar, que á todo se aco- 
moda. (Salva.) — Lo mismo que mañeruelo, servicial, com- 
placiente, dócil. VI, 440. — Véase Mañeruelas (Pastoras). 

Acomodarse de. — Proveerse de algo. En el presente lugar el 
r^men con, que viene bien para el satisfacer, no viene bien 
para el acomodarse. II, 499; II, 335 (t); IV, i3i (t). 

Acordarse de; acordar de. — Observaciones importantes: acor- 
darse (recíproco), significa renovar la memoria de alguna 
cosa: cuando acordar no es reciproco, es lo mismo que re- 
solver, t Acordó (Don Quijote) de acogerse á su ordinario re- 
medio», I, 87; «no se acordaba de ninguna promesa» 6 «no 
se le acordaba ninguna promesa», I, 177; «ni él se acordó 
de pedírsele», se diría, según el uso de nuestro tiempo, por 
«ni á él se le acordó de pedírsele», II, 344. Podría decirse 
^se m^ acordó el encargo»; esto es, me vino á la memoria; 
pero no «s^ me acordó del encargo». Se puede decir: «m^ 
acordé del encargo», II, 409. — Véanse diversas Notas. 

Acrósticos. IV, 81, 336. — Los clásicos antiguos desprecia- 
ron, 6, por mejor decir, no conocieron las glosas, los ecos, 
los acrósticos, que no tienen otro mérito que la dificultad 
vencida, y que prueban más bien paciencia que ingenio. 
IV, 336. — Curiosa composición acróstica de Antonio de 
Lofraso, intitulada Testamento de Amor, compuesta de 168 
versos en 56 tercetos. I, 143; IV, 82.-r-Este acróstico se 
publicó en 1573. 
Acto posesivo, ó positivo. — En las pruebas de nobleza, se llama 
así el ejercicio de algún cargo ó destino, que, según las or- 
denanzas municipales, exige la calidad de noble en los que 



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4 
lo ejercen. I, 227. — Actos positivos: hechos que califican la 
virtud, limpieza ó nobleza de alguna persona ó familia. 
(Academia.) 

Actores en España. IV, 191, igg. 

Acuciarse, verbo anticuado. — Apurarse, aquejarse, acongo- 
jarse, estar de prisa, con ansia 6 impaciencia por hacer una 
cosa. — Apresurarse, darse prisa para ejecutar alguna cosa. 
(Academia.)— III, 491 (t), 528. — [I, 458-461, etc.] 

Acuña (Hernando de). — Sus versos satíricos sobre la traduc- 
ción del Orlando Furioso por Urrea. I, 121. 

Acusar, por avisar. — Hoy día se usa solamente con esta acep- 
ción en tacusar recibo de una carta». IV, 74. 

Achaque. — Asunto, materia; y así se dice: poco sabe N. de 
achaque de amores. (Academia.) IV, 224 (t). — Se emplea 
en el sentido de excusa ó pretexto: «para comprar en Ar- 
gel una barca con achaque de hacerse mercader y tratante 
en Tetuán». III, 204 (t); ty con achaque de buscar las yer- 
bas, rodeé muy bien y á mi placer todo el jardín». III,. 
223 (t). 

Adáhala, ó adehala (De). — Fuera de lo convenido, por gratifi- 
cación: en este caso quiere decir una condición extraordi- 
naria y ventajosa que se reclama además de las estipula- 
das. II, 495. 

Adalid. — Guiador, guía, caudillo. III, 25/. 

Adafnar^-^AmsiT apasionadamente. — Adamarse, — Hacerse de- 
licado como una señorita. VI, 116. — Adamada. — Palabra 
derivada de dama; lo que es propio de dama. V, 228. — 
Adamar. — Como nombre, significa: sortija, cinta, presente 
ó regalillo amoroso; prenda hechizada á la manera de las 
bebidas 6 filtros. VI, 116. — tÁ quien tanto adamo y quie- 
ro». VI, 400 (t). 

Adanismo. — Una multitud de personas desnudas. Voz capri- 
chosa de Quevedo. V, 58. 
Adarga, rodela. — Un arma defensiva, escudo circular ó tar- 



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ja. I, 34, 163; II, 108; III, gi, 295. Se diferenciaban la 
adarga y la rodela en que la primera era de cuero; la se- 
gunda, de hierro 6 de madera guarnecida de hierro; la pri- 
mera tenia por dentro dos asas; la segunda, una; la prime- 
ra era arma propia de jinete; la segunda, de infante. 

I, i63. — Véase Rodela. 

Adarvar. — Pasmar, aturdir. — Verbo activo anticuado: úsase 
también como recíproco. — Covarrubias dice que adarvarse 
ó estar adarvado uno, es cuando de algún espanto ó admi- 
ración queda sin sentido. — V, 229, 357. 

Adelantado. — Título como gobernador. — Véanse Fernando é 
Isabel, de Prescott, I, 359 n., y Colón, de Irving, II, 92. 

Adelfa. — Oleandro, arbusto venenoso. V, 287. 

Adtliñarse, por aliñarse, verbo anticuado. — Aparejarse ó ador- 
narse; prepararse. V, 343; VI, 437 (t), 466. 

Además, — Fuera de esto, amén de esto; fuera de, amén de; 
sumamente, muy (acepción anticuada). IV, 45, i85 (t); 

II, 67, 174; V, 452 (textos). 

Aderézame esas medidas. — Se dice cuando uno habla sin con- 
cierto, ó cuando las cosas que se hacen no tienen la debida 
proporción. (Academia.) VI, 36 (t). 

Adiva, adive. — Animal feroz y carnívoro de la especie de la 
zorra. — Covarrubias dice: ^ Adiva, enfermedad délas bestias 
en la garganta, que las ahoga. En los hombres se llama 
vulgarmente esquinancia (anginas)»; Así lo define también 
la Academia.— VI, 370. 

Adóbame esos candiles. — Expresión familiar que se usa para 
significar que lo que se ha dicho es un disparate. III, 371. 

Adobar la voluntad. — Inclinar, cautivar ó vencer la volun- 
tad. — «Darle conformidad y docilidad». (Arrieta.) — IV, 
393 (t). 

¿Adonde bueno? ó ¿de dónde bueno? — Modo adverbial por ¿adon- 
de va? 6 ¿de dónde viene? (Academia.) V, 11; VI, 424 
(textos). 



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6 

Adonde quiera qtie yo me siente será vuestra cabecera. — Esto lo 
dijo el hidalgo, én la historia de Sancho, cuando, habiendo 
pedido de comer al labrador, surgió una disputa por la ne- 
gativa de éste á ocupar el sitio de preferencia en la mesa. 
V, 143, 144. — Véase Hidalgo (El) y el labrador. Véase 
también Medina Sidonia (Duque de). — Sancho dice al Du- 
que acerca de su traje de gobernador: «vístanme como qui- 
sieren, que de cualquiera manera que vaya vestido, seré 
Sancho Panza». V, 346 (t). 

Adunia. — En abundancia. Corrupción á^adomnia. VI, 34. 

Afanes. — Anagrama de faenas, que significa: trabajos pe- 
nosos y urgentes. Faena pudo venir del latino facienda^ 
II, 104. 

Agá. — Eunuco, capón, que en turquesco se llama agá. III^ 
179, 211. 

Agi Morato. — Renegado esclavón, padre de Zoraida. — Agi 
lo mismo que romero ó peregrino. III, 190, 191, 199, 200, 
202, 2o3, 233. — Su bárbaro tratamiento por los raptores 
de su hija. Acertadísimas consideraciones de Clemencín 
acerca de esta crueldad. — «Que á todos nos movió á compa- 
sión».— Paréceme que no está bien ideado el carácter de 
Agi Morato, 6 que debió ser distinta la parte que se le da en 
los' sucesos. — Al considerar la indulgencia con que había 
criado y trataba á su hija; la bondad con que recibió y ha- 
bló en su jardín al cautivo; las demostraciones de su terne- 
za paternal, confirmadas con la expresión de que prefería 
la libertad de su hija á la suya propia; la acción de arrojar- 
se al mar cuando supo que su hija le abandonaba de grado, 
y las palabras mezcladas de furor y de ternura que, según 
adelante se cuenta, le dirigía desde la orilla al perderla de 
vista, no puede menos el lector de interesarse á favor suyo 
y de irritarse al ver la propuesta de robarlo y esclavizarlo 
que hizo el renegado: la grosera violencia con que dispuso 
se le condujese á la barca atadas las manos; las feroces ame- 



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7 
nazas con que le intímó el silencio ó la muerte, y el modo 
áspero y despiadado con que le explicó el misterio de lo que 
en el barco veía. Todo produce una fuerte impresión con- 
tra los cristianos, y de rechazo contra la misma Zoraida, 
que perjudica al interés ñnal de la acción. Fuera mejor que 
Agi Marato presentase un carácter odioso, ó por lo menos 
que no despertase al veríñcarse la fuga de Zoraida con los 
cristianos. — III, 233, 234, 253. — Véase Zoraida. 

Agible. — Factible, hacedero, practicable. Palabra nueva, y 
dudo que entre los escritores castellanos tenga otra autori- 
dad que la de este pasaje. II, 347. 

Agrajes (El Caballero). — Su dicho, especie de amenaza: 
•ahora lo veredes». I, 187. 

Agramante (La discordia de). III, 322, 324. 

Agramante y Sobrino. — Reyes de quienes se hace mención en 
Orlando Furioso. III, 327. 

Agraviar y afrentar. — «El que no puede ser agraviado no pue- 
de agravian; ingeniosas consideraciones. V, i5i. 

AgrcBz (En). — Que no está maduro ó en sazón. — Antes del 
tiempo debido ó regular. (Academia.) — V, zyS. 

Agua de angeles. — Agua perfumada. I, 73; V, 170. 

Agua (De) y lana. — De poca importancia. IV, 228. — Véan- 
se Tagarninas y Piruétanos. 

Agua de^nayo (Como el). — Como se desea el agua por los^ la- 
bradores en el mes de mayo. V, 344; V, 437 (t). 

Aguachirle, chirle. — Cosa sin fundamento ni sustancia, por- 
que aguachirle es aguapié, licor vinoso que se hace echan- 
do agua en el orujo de la uva después de exprimida, ó el 
vino que se hace de uvas silvestres, cuyo zumo se llama 
chirle. IV, 384. 

Aguar el contento del agua. — Privar del gusto ó placer de be- 
ber agiia á los que son tentados por la sed cuando pasan 
por delante de las fuentes; juego de palabras de aguar y 
agua. II, ii3. 



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8 

Aguardador, guardador. — Estas voces significan cosas distin- 
tas: guardador es el que guarda, custodiens; aguardador es 
el que aguarda, spectans. Antiguamente las dos palabras 
significaban lo mismo. III, i25. 

Aguas mayores ó menores. — Los dos modos distintos de la 
evacuación física. III, 423 (t). 

Agüeros y supersticiones. — Por ejemplo: encontrar con un frai- 
le de San Francisco; entre los romanos, encontrar con un 
negro; el encuentro de un inglés, malos agüeros. IV, i65. 
— ^Augurios, agüeros, supersticiones. IV, 76, 134; VI, 
164, 166, 435. — Véase Mendoza (Al otro); véase también 
Relinchos. 

Aguijar. — Espolear, incitar, picar con la aguijada. — Aunque 
este verbo es activo, está empleado como neutro en este 
caso: «le hizo aguijarte. Ejemplo de la flexibilidad del idio- 
ma. IV, 254. 

Águila blanca (El escudo del). — El que se disputaban entre sí 
Rugero y Mandricardo, y antiguamente había sido de Héc- 
tor el Troyano, hijo de Príamo. III, 324. — [II, 297, 3oo, 
etc.] 

Aguilar (Gaspar de).— Su Mercader amante. III, 399. 

Aguilar (Pedro de). III, 169, 171. 

Aguja de San Pedro. — El obelisco de la plaza de San Pedro 
en Roma. IV, 147. 

Ahora lo veredes. — Expresión de desafío, reto 6 amenaza. I, 
187; III, 286; V, 106. — Véase Agrajes. 

Ahorcado (El). — El reo que van á ahorcar. Á éste y al azota- 
do llamábaseles así, aun antes de haber sufrido el castigo. 
VI, 147. 

Ahorrar j ahorrar de, ahorrarse. — Observaciones acerca de esto. 
IV, i3. — Actualmente no se usa ahorrar sino como acti- 
vo; V. gr.: ahorrar tiempo; ahorrar gastos; ó en forma de 
recíproco; v. gr.: ahorrarse de tiempo ó de gastos. IV, 297; 
VI, 68; II, 149 (t), 363 (t); VI, 243 (t). 



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9 

Aína, adverbio anticuado. — Significa: bien, fácilmente, pron- 
to, n, 89. 

Ajedrez (La historia del). IV, 7; V, 45. — tComo aquella (com- 
paración), dijo Sancho, del juego del ajedrez; que mientras 
dura el juego, cada pieza tiene su particular oficio, y en 
acabándose el juego, todas se mezclan, juntan y barajan, 
y dan con ellas en una bolsa, que es como dar con la vida 
en una sepultura». IV, 206 (t). 

Ajorcas. — Aros 6 brazaletes que usaban las mujeres de los 
moros en las muñecas y en las gargantas de los pies. III, 
189, 2l5. 

Ajos. — Comida villana, prohibida á los caballeros de la Ban- 
da. I, 224; IV, 180. — Aversión que Don Quijote les tenía. 
^ V, 226, 356. 

Al. — Es el latín aliud; en español totro ú otra cosa diversa 6 
contraria»; en italiano altro. — Empleado por los escritores 
antiguos. I, 33; «tener más gana de pacer que de a/», II, 4 
(t); ten di estuvo que en encantamentos», II, 61 (t). 

Al, il. — Terminaciones de adjetivos; como en pastoral, pas- 
toril, señorial, señoril. Úsase al para cosas de mucha im- 
portancia; il para las de poca; y así se dice: jurisdicción 
señorial, traje señoril. — Al es también principio de algunas 
palabras, tales como alhombra, almohada. — Cervantes cre- 
yó erróneamente que todas las palabras de esta clase eran 
de origen árabe. — VI, 36o. 

Al freir de los huevos lo verá. — El tiempo lo dirá, ó con el 
tiempo se verá. — Origen del proverbio. III, 119. 

Al mismo Rey no debía nada. — Baladronada muy corriente en 
España en tiempo de Cervantes, y ridiculizada por él. 
III, 501. 

Alas de la hormiga. — Las alas de la hormiga, que ésta tiene 
para su daño. La prosperidad repentina harto frecuente- 
mente es seguida por la desgracia. VI, 91. — Véase Por su 
mal nacieron alas a la hormiga. 



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lO 

Alastrajarea. — Princesa guerrera. V, i6o. 

Alba (Duque de). III, i5o; V, 26.— [II, i56, 160, 197, 238.] 

Alba (Reir el). — Frase poética; amanecer. II, 121. 

Albanega. — Palabra de origen árabe; cofia 6 red para coger el 
pelo; garbín, redecilla. II, 33. 

Albarda (Famosa aventura de la), III, 307. 

Albarrazadas (Barbas). — Barbas de un color que tira á blan- 
co; barba canosa 6 gris. V, 294. 

Albogue. — Cierto instrumento de música. En este pasaje, una 
especie de címbalo; otras veces, especie de laúd. VI, 36o; 
IV, 368 (t). 

Albondiguillas. — Bolas de carne mechada; bolas hechas con 
carne, pescado, huevos, etc. V, 263. 

Albos como la nieve. ^Muy blancos.^— /I/60S es voz puramente 
latina. V, 218. — -Véase Ampo de la nieve. 

Albraca (Castillo de). — Castillo fortísimo de Asia. I, 222. 

Albricias, hallazgo. — Lo primero es una recompensa que se 
da por alguna buena noticia^; lo segundo es el regalo que 
se da por una cosa hallada. — Como interjección, general- 
mente expresa alegría, júbilo, regocijo; así diríamos: «/i4/- 
bricias! pueblo amado; la paz en Washington ya está, aho* 
raha llegado». (Mr. Picard.) — II, 415, 488; IV, 174; VI, 
334 (t). 

Alcabala. — Impuesto sobre ventas. III, 332; V, 168. 

Alcacer. — El tallo verde de la cebada, del cual los muchachos 
suelen hacer pipitañas. V, 443. 

Alcahuete. — Severa condenación del «oficio del alcahuete, auto- 
rizado en los libros de caballería, y la declaración magis- 
tral de la aptitud y mérito del alcahuete para ser general de 
galeras». II, 200. 

Alcalá de Henares. — La verdadera patria de Cervantes. II, 
443. — [I, 434; II, 91; III, 431.] — Véase Compluto (La 
Gran). 

Alcalá (Alonso de). — Sus cinco novelas en cada una de las 



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II 
cuales está completamente suprimida una de las vocales. 
I.* Los dos soles de Toledo, sin la letra A. 
2.* La carroza con las datnas, sin la E. 
3." La perla de Portugal, sin la I. 
4.* La peregrina ermitaña, sin la O. 
5.* La serrana de Sintra, sin la U; 
esfuerzo casi increíble del ingenio, y monumento de la fe- 
cundidad y flexibilidad de la lengua castellana. II, 389; 

IV, 286.— [ni, 144.] 

Alcaller. — Palabra poco usada; significa lo mismo que alfaha- 
rero. — También significa alfar. V, 122. 

Alcaná de Toledo. — Bazar, plaza compuesta de tiendas.-r-La 
palabra alcaná es derivada del hebreo y significa feria 6 
mercado. 1, 197. 

Alcancías. — Balas de tierra. En este pasaje, «doradas», del ta- 
maño de una naranja, que se usaban en los juegos de á ca* 
bailo. IV, 382 (t). — Balas incendiarias como las granadas 
de mano que se usan en la guerra. VI, 87. 

Alcatifas, arambeles, arrequives. — Alfombras, paños 6 ropaje 
y adornos. IV, 92. 

Alcurnia. — Ascendencia. Lo contrario de descendencia; lina- 
je, abolengo. II, 429; V, 447. — Véase Abolengo. 

Aldana (Francisco de). IV, 83. 

Aldehuela. — Diminutivo de ¿i/ífea. II, 341. 

Aldonza Lorenzo. — Verdadero nombre de «Dulcinea del Tobo- 
so». Aldonza ó Dulce es nombre de mujer, común anti- 
guamente en Castilla, del cual formó Don Quijote el de Dul- 
cinea. I, 21; V, i66, 167. — Véanse Lorenzo, Dulcinea, etc. 

Alejandría de la Palla. — Fortaleza de Cerdeña. III, i5o. 

Alejandro el Grande. — Dado al vino. IV, 41; VI, 222. — Véa- 
se Nudo Gordiano. 

Alemán, tudesco. VI, 100. — Véanse Suizo y Esguízaro. 

Alemán (Mateo). — Véase Guzmán de Alfarache. — Es el más 
vivo retrato de la clase á la cual pertenece, que se encuen- 



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12 

tra en la literatura española. II, 210; IV, 76; VI, 2o3. 
— [III, 98, io3, i52, etc.] 

Alemaniscas ó alemanas (Toallas), — Toallas 6 manteles alema- 
nes. V, 174. 

Alfana, — Nombre que se daba á las yeguas de grandes fuer- 
zas y alzada. — Caballo corpulento, fuerte y brioso. (Aca- 
demia.) — Alfana en italiano es una yegua. 
*Piu non aspettay e salta su V alfana: 
Quesfera una cavalla smisurataw, 

(Orlando Innamorato, lib. I, cap. IV.) — II, 74. 

Alfebo, — Caballero del Febo. I, 9; V, 96. 

Alfeñique. — Pasta de almendra dulce y azúcar. I, 216; III, 
378; V, i53. — «Y le divide en dos mitades como si fuera 
de alfeñiquen; ejemplos de biparticiones; cuchilladas que 
parten en dos pedazos. III, 378. 

Alfiler de d blanca. — Alfiler gordo, de á cuarto; blanca era una 
moneda que valía medio maravedí. II, 173, 329; V, i63. 

Alfonso, Infante de Portugal. — En el Amadís. I, io5. 

Algalia (Gato de). V, 16. —Véase Gato de algalia. 

Algarroba. — Vaina del fruto del algarrobo. Este fruto se da á 
los caballos y también lo comen las personas. IV, 229. 

Algebrista. — Cirujano que concierta los huesos dislocados. 
IV, 268. 

Algo qué. — Una buena suma 6 cantidad; algo que valga la 
pena. VI, 77. — Algo quede: especie ó manera de. IV, 88. 

Algo va de Pedro a Pedro. — Un Pedro puede no ser igual á 
otro. — Ir, infinitivo de va, significa aquí distinguirse, di- 
ferenciarse una persona 6 cosa de otra. (Academia.) — ^III, 
372 (t). 

Algo y aun algos. — Pulla de Sancho convertida en expresión 
proverbial. Todo esto enteramente de acuerdo con lo joco- 
so y grosero de su carácter. V, 104, 173. 

Alguacil de pobres. — Inspector de los pobres. VI, 63. 

Algún sí es no es, — ün sí es no es, algún tanto. — La contra- 



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13 
posición del sí y del no expresa el estado de duda é incer- 
tidumbre que se quiere indicar. — II, 225. 

Algún tiempo. — En algún tiempo indica cierta época, y quizá 
no distante. — En tiempo alguno quiere decir que jamás, y 
esto es lo que en el presente pasaje ha de entenderse. — 
Véase lo que puede la colocación y orden de las palabras: 
alguno, pospuesto, significa lo contrario de cuando va de- 
lante, y equivale á ninguno. — II, 38i. 

Alheña. — Polvos que usaban los moros para teñir. IV, 246; 
V, 84. — También se empleaba, después de molido, en al- 
gunos preparados medicinales. Nació de aquí un modo de 
hablar, que es, «está molido como alheñan, del que está 
cansado y quebrantado. IV, 247. — «Buenos escuderos mo- 
lidos como alheñan. (Sancho.) V, 84. — Véase Molidos como 
allteña. 

Aliento (Con desmayado). — Aliento, cuando se aparta de su 
acepción primitiva (respiración), se inclina más bien á sig- 
nificar la robustez y la fuerza; unido á desmayado, le da 
una tendencia enteramente contraria, y manifiesta de un 
modo feliz la manera con que Anselmo, perdido el vigor 
de que antes gozaba, monta lánguidamente á caballo y se 
pone en camino. No es precisamente Anselmo débil, fati- 
gado, exánime: es Anselmo que fué y que ya no es lozano, 
pujante: el desmayado aliento reúne ambas ideas: es una de 
las frases nuevas que los grandes escritores saben crear. 
ni, 85. 

Alí Bajá. — General de la armada otomana, que murió en la 
batalla de Lepanto. Itl, i55, i58. 

Aliquando bonus dormiiat Homerus. — Algunas veces dormita 
el buen Homero; hemistiquio citado por Sansón Carrasco, 
de Horacio {Epístola ad Pisones, verso 359): el pasaje com- 
pleto realmente dice así: et idem indignor, quandoque bonus 
dormitat Homerus. IV, 68. 

Aljafería. — Castillo de Zaragoza. V, 51. 



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14 

Aljamía. — Era el castellano que hablaban los moros, así como 
algarabía era el árabe hablado por los cristianos. I, 198. 
— Véase Morisco aljamiado. 

Aljófar. — Cierta clase de perla. III, 216. 

Alma de almirez. — Lo mismo que alma de cántaro. V, 402. 

Alma de cántaro. — Vacío 6 tonto, simple, estúpido, 6 como 
decimos nosotros: o^r^^«( bobo). IV, 227; V, 145 (t), 228, 
445; VI, 402. 

Ahna en los dientes. — El estado del moribundo próximo á es- 
pirar. — Sancho dice de Basilio, quien era muy hablador, 
que «más parecía tener él alma en la lengua que en los 
diéntese. IV, SgS. 

Alma en pena. — Véase Si eres alma en pena. 

Ahna (Su) en su palma. — Refrán con que se da á entender 
que prescindimos de las acciones de otro, dejando por 
cuenta suya las buenas 6 malas resultas. (Academia.) VI, 
359 (t). 

Almagre, 6 almagra. — Ocre encamado, minio, tierra roja. — 
Véase Rótulos. 

Almalafa. — Vestido talar morisco que usaban ambos sexos. 
III, 236. — Zoraida «traía vestida- una almalafa que des- 
de los hombros á los pies la cubría». III, 121 (t). 

Almario, por armario. II, 144; III, 343. 

Almete, yelmo. II, 93, i53; III, 3i3. 

Almidonar. — La operación de almidonar la ropa era en tiem- 
po de Cervantes parte esencial del aseo personal de ambos 
sexos; y Alonso de Carranza en el Discurso contra malos 
trajes, impreso por los años de i63o, deplora como «sumo 
é intolerable» el gasto de almidón que se hacía en los guar- 
dainfantes y enaguas de las mujeres, «pudiendo, el trigo que 
en esto se pierde, servir para el sustento de muchos nece- 
sitados». V, i3, 382. 

Almirante. — El jefe de una armada, flota ó escuadra. — Al- 
mirante, que en el día se aplica á los generales de mar, de- 



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15 
bió venir de el-amir, que, según los inteligentes, significa 
señor ó príncipe, mal pronunciado por los cristianos. III, 
448. 

Almizcle, — Sustancia muy olorosa, V, 17. 

Almodóvar (La villa de). — Próxima al sitio de la penitencia 
de Don Quijote. II, 249. — Almodóvar del Campo. V, 487, 
438. 

Almohadas. — En otros tiempos las señoras no se sentaban en 
sillas, sino en almohadas puestas en el suelo; y así lo indi- 
ca el origen de la palabra estrado, que es «tendido en el 
suelo». III, 32; IV, 164. — Tomarla almohada. Así se lla- 
ma la ceremonia del primer recibo que las reinas hacen á 
las mujeres de los grandes de España, sentándose éstas en 
un cojín, y equivale á ponerse sus maridos el sombrero 
delante de los reyes, que es cubrirse de grandes y tomar 
posesión de la grandeza. En la ocasión del recibo que la 
reina Doña Isabel la Católica hizo en Alcalá á los em- 
bajadores de Borgoña el año de 1478, la reina estaba sen- 
tada en silla y sus damas en el estrado. IV, 164. 

Almohades de Marruecos. — Familia ó dinastía de reyes moros 
de África, que sucedió á la de los Almorávides en el si- 
glo XII de nuestra era, y dominó también en España. — 
Sancho jugó con el equívoco de almohadas, cojines de que 
se formaban los estrados de las señoras principales, y Al- 
moJiodes, familia ó dinastía de reyes moros. IV, gS. 

Alonso López (El bachiller). — El caído encamisado de la 
aventura del entierro y de los encamisados. II, 97, iio. 

Alpargatas. — Calzado de cáñamo ó sandalias, que usaba la 
gente pobre; lo opuesto de t zapatos picados». VI, 91. — 
Véase Zapatos. 

Alquife (El sabio). — Marido de Ui^anda la Desconocida, y 
padre de la doncella Alquifa. I, 41, ni; II, 283; V, 211. 
— Véase Esquife ó Alquife. 

Alquimia. — Sus dos acepciones son: arte de convertir en oro 



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i6 
los metales ordinarios; también significa el similor ú oro 
falsoy y en esta acepción apenas se usa. En la primera, 
siempre se toma en mal sentido, por la falsa alquimia; la 
verdadera ciencia se llama química. IV, 109. 

Altanería. — Arte de cazar las aves de alto vuelo con otras 
adestradas á este ejercicio, las cuales hadan en el aire lo 
que los galgos, podencos, perdigueros, sabuesos y lebre- 
les hacían en tierra. — En el capítulo 34 (V, 202 (t)), se. 
llama esta caza de volatería; y una y otra voz significan lo 
mismo que cetrería, que viene de la latina accipitraria, por- 
que se hacía con aves de rapiña. — Altanería significa tam- 
bién altivez y soberbia. V, ii3, 181, 322. — Véanse Vola- 
tería y Cetrería. 

Altarroca, que después llamaron Lisboa. 1, 128. 

Altisidora (Canción de). V, 396 á 401. — Su burlesca despedi- 
da. VI, i5o. — Visita á Don Quijote en su habitación. VI, 
396, 402. 

Alzar las figuras judiciarias. — Consultar las estrellas para pro- 
nosticar. V, 35. 

Alia darás rayo. — Esta expresión no es inteligible. Según la 
Academia, denota la indiferencia con que el amor propio 
mira los males ajenos. — «¡Oxte puto! allá darás rayo9. — 
Sancho decide, como resultado de sus reflexiones, consultar 
únicamente su propio interés y su seguridad, respecto á su 
comisión para Dulcinea; «vaya el mal á otra parte lejos de 
mí; no quiero exponerme yo por el gusto ajeno». (Clemen- 
cín.) — Yo creo que Sancho tenía miedo á la colérica gente 
manchega, y se figuraba que en su camino no encontraría 
otra cosa que rayos; puntapiés, en vez de monedas; y no 
pensó en correr semejante riesgo en provecho de otro. — 
Esta frase se emplea también á manera de imprecación. — 
IV, 169. 

Allá se lo hayan, se las haya, se lo avenga, te lo avengas, etc. — 
Véase Allá en el Diccionario de la Academia. Expresión 



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17 
con que se da á entender que uno no quiere intervenir en 
un asunto por temor á las consecuencias que pudiera tener. 
II, 278, 45i, 522 (textos). 

Allá ic avengas. — Estribillo de la canción de Altjsidora: allá 
lo verás; jcm'en lave les mains (Taboada); tocante á eso, la- 
vo mis manos ó rae lavo las manos, «y semejantes locu- 
ciones, para denotar que uno no quiere ser cómplice en algu- 
na cosa». (Academia.) V, 151 (t). — tAllá os avenid, seño- 
ras, con vuestros deseos». (Don Quijote.) ¡Quitaos allá! no 
tratéis de desviarme de mi lealtad para con Dulcinea. V, 
274 (t). 

Allá van leyes do quieren reyes. — La medida de las leyes está 
al placer de los reyes. La vont les lais, oú veulent les rois. 
Origen de este proverbio. III, 3i8; V, 261 (t), 387; 
IV, 324. 

Allegar, llegar. — «Se allegó á él» por «se llegó á él», como 
diríamos ahora. Entre nosotros, llegar es verbo de estado, y 
allegar, de acción, que equivale á recoger y juntar en un 
montón lo que está desparramado; aproximar y amontonar, 
y también reconciliar. II, 246. 

AlUnde, adv. ant. — De la parte de allá, del otro lado. — 
Allende en nuestros libros antiguos es equivalente de Ul- 
tramar 6 de allende el mar. I, i3. — Allende de, mod, 
adv. ant. Además, más allá, fuera. (Salva.) 

Ainadís, — Vestigios del idioma viejo francés en los nombres 
propios; como en Antadís (AUne-Dieu), Arcalaus (Arc-á- 
Veau), Briolanja (Brio Vange), Bonainar (Bonne mere), ES" 
travaus (Des travaux), y asi otros. I, 108. 

Amadís de Gavia. — Nótese que Amadís, según su historia, 
vivió muchos años antes que hubiese Castilla, y aun hubo 
de ser contemporáneo de Pondo Pilatos, puesto que su ter- 
cero ó cuarto nieto, el príncipe Anaxartes, nació el año ii5 
de Jesucristo, según la historia de D. Florisel de Niquea. 
I, Lxxi (Prólogo), 9, 104, 109, 126, 166, 263, 264, 271; 

2 



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II, ii5 áii7, 141, 176, 273, 283, 284, 287,307; IV, 21, 
108, i85, 33i, 332; V, 378; su autor Vasco de Lobeira, I, 
104; sobre el origen de libros de caballería en España, I, 
104, io5 (t); II, 283. — Aniadis de Gaula, el norte, lucero, 
sol de los valientes y enamorados caballeros andantes. I, 

. 116, 283, 498; V, 378; VI, 202 (t); tronco. y patriarca 
de quien procedió una larga serie de insignes y celebra- 

. dos aventureros, II, 283; infinidad de Amadises, III, 429. 
— [I, 198 á 206; III, i53, etc.] 

Amadís de Grecia. I, iii; II, 62, 63, 457. — Véase Caballero 
de la Ardiente Espada. — [I, 209, 210, etc.] 

Aviatiecerá Dios, y verémonos. — Dios nos enviará otro día, y 

. entonces veremos. V, 65 (t). — Cnatido Dios amanece, para 
todos amanece. VI, 4. — Amanecerá Dios, y medraremos. III, 
279 (t). 

Amantes, volviéndose pastores. — Como los pretendientes de 
Leandra y Marcela. I, 243, 262 (textos); III, 5o5. — Son re- 
petidos los ejemplares de enamorados que de resultas de 
. desengaños han abrazado el estado religioso; como el pas- 
tor Antonio, enamorado de Olalla. I, 241, 242. 

Ámbar, algalia. — Perfume muy usado en tiempo de Cervan- 
tes. III, 359; IV, 180; V, 470. — Sustancias olorosas. I, 83; 
. II, 25i, 486 (t); III, 48o.(t). 

Ambrosio. — Amigo de Grisóstomo. — Elogio que hace de éste 
en su entierro. — Clemencín alaba este elogio, con algunas 
excepciones. Capmany lo alaba también y lo copia, con 
otros pasajes del Quijote, en su Teatro de la elocuencia es- 
pañola. I, 286. 

Amén de. — Á más de, además de. — Loe. ant. Excepto, fuera 
, de. (Academia.) V, 457. 

Amicus usque ai aras. — Esta fué la respuesta que dio Pén- 
eles á un amigo que le proponía en cierta cuestión de de- 
. recho que jurase falsamente á su favor. — Este pasaje se 
encuentra en Plutarco, y Cervantes atribuye el dicho á un 



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poeta. — ^Lotario lo cita, ñusque ad aras», y añade «que qui- 
so decir que no se habían de valer de su amistad en cosas 
que fuesen contra Dios». III, lo, ii. 

Aminta (La), de Torcuato Tasso. — La traducción de Jáure- 
gui es uno de los monumentos más preciosos y célebres de 
nuestra literatura. — «Es quizás la traducción española más 
hermosa, perfecta y acabada; se distingue por su gran gus- 
to y facilidad en la versificación, y sobre todo, por el tono 
lírico encantador, lleno de la armonía y dulzura que se per- 
cibe en el italiano». (Ticknor.) — Puede decirse de esta tra- 
ducción que huele á tomillo. VI, 290. — [III, 84, 35.] 

Amistades ilustres. — Cervantes equipara con las más famosas 
amistades que registra la historia, la que existía entre Ro- 
cinante y el rucio. IV, 209, 210; VI, 120, ig5 (t). 

Amojamado. — Salado y seco como el pescado ahumado. Se 
deriva.de mojama, que es atún enjuto, cecina de atún; y 
así, amojamado es lo mismo que acecinado. IV, 3, 434. 

Ampo de la nieve. — Ampo sólo se emplea en esta frase para 
denotar la excesiva blancura; blanco como los copos de 
nieve. III, 369; IV, 175. 

Ana Félix, ó Ricota. — La hija de Ricote; la hermosa «moris- 
ca». Su aventura. VI, iii, ii5, 240, 244, 3io, 314, 335. 

Anacronismos y desconciertos del Quijote. III, i52 , 53 1; 
VI, 92, 106. 

Anagramas. — Cosas es el anagrama de casos; acosas y casos, 
suceden en el mundo». — Semejantemente á esto contesta- 
ba en cierta ocasión una dama á un galán que trataba de 
alucinarla: «aunque tonta, no tanto». I, 168. 

Ancas (No sufrir). — No consentir que nadie monte detrás. 
II, 444 (t). 

Anchuras (A sus), ó á mis anchuras, mod. adv. fam. — Sin su- 
jeción, con libertad, cómodamente. Úsase por lo común con 
los verbos vivir, andar, estar. (Academia.) II, 2; III,. 
427 (textos). 



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Aftdalod, — Santo ermitaño de la Peña Pobre, donde había 
más de treinta años que moraba; oyó en penitencia á 
Amadís de Gaula. II, 336; IV, i86. 

Andalucía, Vandalia. — Es lo mismo: se llamó Vandalia por 
los vándalos, y más tarde Andalucía por los árabes. IV,. 
233, 234. 

Aíidandona (La giganta). — Sancho compara á su mujer con; 
ella. V, 3i. 

Andar d la sopa. — Mendigar la comida de casa en casa 6 de 
convento en convento. (Academia.) III, 129. — Véanse 
Sopistas y Brodistas. 

Andar de nones. — No tener ocupación ú oficio,* ó andar des- 
ocupado y libre. (Academia.) VI, 10 (t). — Véase Nones. 

Andar en coche. — En España. V, 242, 244. — Véase Coches.. 

Andar estaciones. — Visitar las iglesias y rezar las oraciones 
prescritas con la intención de alcanzar indulgencias. IV, 
13 (t). 

Andar la paz en el coro. — Esta expresión proverbial es nacida 
del uso y ceremonia de dar la paz á los capitulares en el 
coro durante la misa; alguna vez se dice irónicamente, 
aplicándolo á alguna comunidad, cofradía ó junta en que 
hay disturbios ó riñas. V, 451. 

Andarle d uno d los alcances. — Observar muy de cerca á al- 
guno los pasos que da, para prenderle, averiguarle su con- 
ducta ó descubrirle sus manejos. (Academia.) III, 346, 
359 (t). 

Andradilla. — Quizás sea el nombre de algún petardista 6 ca- 
ballero de industria, anterior á Cervantes, VI, 9. 

Andrea (Juan). — Marino genovés de mucho crédito; manda- 
ba una flota en la batalla de Lepanto; también se le lla- 
maba Juanetón Doria. III, i58. — Véase Doria (Jttan 
Andrea). 

Andrés.-^^l mozo de Juan Haldudo el labrador. I, 71, 74; 
II, 499 (t), 5oi. 



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Ángel (El) de la MadaUna, — Véase Madalena (El ángel de la). 
Angélica la Bella y sus amantes; mujer de Medoro. I, i58; 
II, 291; III, 38o; IV, 28, 31.— [II, 168, 482, 483, etc.] 
Angeo tundido. — Lienzo basto hecho de estopa y tundido. 

II, 28. 

Ángulo el malo. — Director de una compañía teatral y autor 
de comedias; era natural de Toledo; vivió por los años 
de i58o, y de él hacen mención varios escritores. IV, 190, 
204. 

Anillos mágicos. — Tuvieron fuerza contra los encantos. III, 
^ 287. 

Anima en pena. — Frase que se aplica á las almas atormenta- 
das por las penas del otro mundo. — ^Metafóricamente, el 
que anda solo y escondido, triste y melancólico. (Covarru- 
bias.) IV, ICO. 

Animalia, voz anticuada. — Lo mismo que animal; animalia 
es anagrama de alimania, y de aquí alimaña. III, 492. 

Animo (Buen). — En castellano significa ordinariamente áni- 
mo resuelto, alentado, no buen talante ó agrado, que es la 
acepción que aquí tiene: «fué recogido de los cabreros con 
buen ánimoT». I, 227; V, 234 (t). 

Anonadar. — Reducir á la nada, aniquilar; derivado de nona^ 
da. (Véase Nonada.) — Anonadarse. — Humillarse, abatirse 
profundamente. (Academia.) VI, 191. 

Anselmo y Loiario. — La novela de El curioso impertinente. 

III, I. 

Antelación. — Preferencia. Hoy se toma comunmente por la 
que tiene una cosa á otra en el tiempo. (Academia.) — Pro 
indica antelación, anterioridad, prioridad de tiempo; como 
progenitor. IV, 35o. — Véase Partículas. 

Anteo {El gigante). I, 11. — No debe llamarse Anteón sino 
Anteo. V, i63. 

Antifaz. — Velo que cubre el rostro para defenderlo del sol, del 
polvo, del frío y del aire. También se le emplea como dis- 



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fraz. — El velo ú otra cosa con que se cubre la cara. (Acá* 
demia.)— IIl, 92 (t), gS; V, 293. 

Antojos de camino. — Debieron ser caretas con cristales para 
precaverse del polvo. I, 181; III, 95. — Antojos, por ante- 
ojos. IV, 36o; V, 454. 

Antojuno. — El que lleva anteojos; palabra jocosa inventada 
por Cervantes. V, 459. 

Antonio (Don). — Esto probablemente es un error de impren- 
ta, por Cardenio. III, 254. 

Antonio (Nicolás). — Sxx Bibliotheca Hispana. I, 121, 124, i33,. 
i38, 144, 147, i55; II, 5io, 5i5. — [I, 214.] 

Antonio y Olalla (El romance de). I, 238 (t); III, 338. 

Apalear. — Dar muchos palos. V, 83. 

Apalee (Sin que me le). — Sin que le toque con la varilla. Alu- 
de Sancho á lo de tocar los platos (el médico) con la vari- 
lla, para que los quitasen de la mesa. V, 435. 

Apantomancia. —La adivinación por las cosas que casualmen- 
te se encuentran. — Un historiador francés en la vida de 
Luis XI cuenta del conde de Armagnac que tenia por in- 
fausto el encuentro de un inglés. — Así Feijóo en su Teatro 
crítico. — VI, i65. — Véase Agüeros y supersticiones. 

Apariencias. — Las mutaciones y decoraciones que se hacen 
en el foro del teatro para fingir varias representaciones de 
objetos. (Academia.) III, 409. 

Apellidar la tierra. — Llamar á las armas á los habitantes de 
un pueblo; expresión muy usada en lo antiguo; convocar 
en voz de guerra á los naturales de un país. III, 23o. 

Apellidos, sobrenombres. — Tuvo Sancho razonen decir que 
muchos apellidos se tomaron del lugar del nacimiento; este 
hubo de ser el origen de varios de los más ilustres, como 
los Córdobas y los Toledos. Otras familias los tomaron 
de alguna hazaña, como los Girones y Machucas; otras, de 
alguna circunstancia personal, como los Cerdas y Abar- 
cas; otras, de sus ocupaciones y ejercicio; otras, de al- 



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gún defecto, mote ó apodo; pero lo más común en Castilla, 
desde los principios, fué usar de los apellidos patronímicos, 
esto es, que indicaban el nombre del padre, y con que al- 
gunas veces se designaban hasta los reyes y soberanos. 
Esta costumbre venía ya desde los romanos y griegos; y 

- conforme á ella, Fernández significaba Fernandi filius; Sán- 
chez, Sanctii filius; Ydfiez, Joannis filius; Martínez, Mariini 
filius; Márquez, Marci filius; Ximénez, Simonis filius: este 
último era el apellido de Judas, de lo que no puede dudar- 
se, según el Evangelio, ü, 429. — Se dio el nombre de 
apellido al acto de convocar la gente de guerra; el nombre 
de apellido se extendió también á los cuerpos convocados, 
como se ve por nuestras crónicas, donde se mencionan fre- 
cuentemente los apellidos de las ciudades. III, 23o. 

Apellidos (Los) de las mujeres. — Como derivados. — Varias no- 
tas sobre la costumbre de tomarlos de sus padres, etc. III, 
527; IV, 92; VI, III, 457. 

Apero. — Los instrumentos ó utensilios de los labradores y 
pastores. — También significa la majada. — III, 494. 

Apersonado. — De buen aspecto ó persona. Hoy sólo se usa 
con los adverbios bien ó mal, por el que tiene buena ó mala 
persona. (Academia.) — « Hombre ya en días, barbudoy ap:r- 
smiado^. V, 463 (t). 

Apetecer. — Tener gana de alguna cosa, ó desearla. (Academia.) 
— «El consejo que ahora me has dado le apetezco y recibo de 
bonísima gana». (Don Quijote á Sancho.) Apetezco, proba- 
blemente errata por agradezco. — IV, 160. 

Apetites. — Excitativos para despertar é irritar el apetito; pa- 
labra antigua. IV, 247. 

Apetito. — Personaliza aquí Cervantes el apetito, y le introduce 
dudando á cuál de los manjares presentes alargaría la mano; 
expresión feliz y digna del ingenio de Cervantes. III, 481. 

Aplauso. — Esta voz en Cervantes suele significar, no la ac- 
ción de aplaudir, que es lo que comunmente indica, sino 



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«tono solemne, grave, pausado»; «él las recibió con grave 
continente y aplausos. Cervantes también emplea así esta 
palabra en su Galaica. — Clemencín añade: «no tengo pre- 
sente haber visto en ningún otro autor esta acepción de la 
voz aplatisof. II, 5o5. 

Apodos. — Como cazalleros, por los compatriotas de Cazalle; 
berenjeneros, por los toledanos; ballenatos (hijos de la balle- 
na), por los madrileños; jaboneros, por los de Jetafe, y mu- 
chos otros. V, 76, 77. 

Apolo. — Se le conocía por varios nombres: Timbrio 6 Tim- 
breo, Febo, tirador, médico, ojo del cielo, hacha del mun- 
do, etc. V, 403. — Véase Timbrio. 

Apolo (El rubicundo). — Descripción del alba: en ella quiso Cer- 
vantes ridiculizar las afectadas y pomposas descripciones 
que se leen frecuentemente en los libros de caballerías. Mas 
este propósito no excluye el mérito mayor ó menor de su 
descripción, en orden á la armonía y belleza del lenguaje. 
I, 26. — «Las ruedas del carro de Apolo se habían que- 
brado». Expresión que indica la impaciencia de Don Qui- 
jote por la tardanza de Sancho en flagelarse; graciosa alu- 
sión á las ideas mitológicas sobre la generación del día y 
el carro del Sol, Febo ó Apolo, de donde cayó precipitado 
Faetonte. VI, 413. 

Apolo y Dafne. — La fábula; versos de Garcilaso; los de Sal- 
vador Polo de Medina. III, 282, 348; V, 3o3. 

Apólogas. — Fábulas buenas; lo opuesto de milesias, ó fábulas 
malas. III, 373. — Véase Milesias. 

Apostura.— El conjunto de la persona, su traje y adornos; el 
buen orden y compostura de las cosas. (Academia.) III, 
259. — Véase Postura. 

Aproveclmrse. — No es aquí sacar provecho, sino valerse, echar 
mano, usar, servirse, de algima cosa. III, 44. 

Apuesta (La) de los labradores. — Incidente sumamente bien 
razonado y hablado. VI, 346. 



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Apuleyo. — El cuento del utricidio de los tres odres-ladrones. 
III, 8i. — Véase Cueros de vino. 

Aptmtar.— Indicar ligeramente. «Donde se apunta Isl aven- 
tura del rebuzno»: en este pasaje, Ciernen cín cree que 
apunta es una errata, por cuenta. V, 20. 

Apuntarse, enfadarse, repuntarse. — «No se apunte vuesa merced 
conmigo» (Sancho á D. Quijote), quiere decir: «no se en- 
fade». — Ahora decimos repuntarse, aludiendo al vino, del 
cual se dice que se repunta, cuando se empieza á torcer y 
tiene unai punta de vinagre. IV, 36i. 

¡Aquí del rey! — ¡Socorro, ayuda, favor en nombre del rey! 
V, 3o8; VI, 8 (textos). 

¡Aquí fué Troya! — Véase Troya (Aquí fué). 

Aquí sea mi hora, esto es, la de mi muerte. — Expresión fami- 
liar 6 del entilo familiar. II, i55. 

Aquistar. — Italianismo, por «adquirir, alcanzar, conseguir». 
V, 292. — «La virtud se aquistáis. V, 35o. 

Arabia (La felice), — Su finísimo y menudo oro. II, 76. — 
Véase Ttbar (El oro de). 

Arabias (Las tres). — ^Vulgarmente se divide la Arabia en tres: 
Pétrea, Feliz y Desierta. — Brandabarbarán, señor de las 
tres Arabias. II, 72. 

Arábiga (Lengua). — Su abundancia de palabras. III, 73. — 
Sabido es que la lengua arábiga no tiene p en su alfabeto, y 
que los mahometanos la suplen con la 6, como sucedió en 
el nombre Isbilia 6 Sebilla que sacaron de Hispalis; en el de 
Badajoz, derivado de Pax Augusta, y en Istambol que for- 
maron de Constaniinopolis. III, 191. 

Arábigo (Origen) del Quijote. — La primera mención que se 
hace de Cide Hamete es en el cap. 9.^ (I, 200): probable- 
mente entonces fué cuando le ocurrió por primera vez á 
Cervantes dar origen arábigo á su obra; y como no leía lo 
que anteriormente llevaba escrito, no tropezó con la incon- 
secuencia, ni pensó en corregirla. Asi se escribió uno de 



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los libros de mayor mérito de la literatura moderna. I, 88, 
89, 200. 

Arábigos (Vocablos) en el español. —Sobre los nombres cas- 
tellanos que empiezan con al, y los acabados en i, etc. V, 
36o.— [III, 395, 396.] 

Aranjuez de sus fuentes. — Era entonces Aranjucz el paraje más 
celebrado de España por la amenidad de sus jardines y la 
magnificencia de sus fuentes. En este pasaje se hace refe- 
rencia á las fuentes 6 llagas de la Duquesa. VI, 26. 

Araucana (La), de D. Alon30 de Ercilla. —Noticias del autor 
y de la obra. I, i5o; III, i55. — [II, 466 á 469, y notas.] 

Arbitristas. — Género de insectos políticos que en tiempos de 
Cervantes abundaban más que nunca en la corte. IV, 6. 

Árbol d quien no ofende el rayo, — El laurel. Si tiene algo de 
cierto la propiedad que se atribuyó á las hojas del laurel, 
será porque abundan de resina, lo cual las hará, como lla- 
man, «idioeléctricas». IV, 290. — Véanse Laurel y Lau- 
reado» 

Arcabuz, — Arma de fuego, especie de fusil. VI, 228. — Véa- 
se PedrefuiL 

Arcadia (La), de Sanázaro. III, 504; III, 81; VI, 176 
(t), 187, 355.— Véase Sandzaro.—[lII, 81.] 

Arcadia Fingida (La), — Así se titula una comedia en que 
D. Pedro Calderón escribió una jornada, según Álvarez 
Baena (Hijos de Madrid, tomo 4.^ pág. 234). VI, 187. 

Arcadia (La Pastoral), que las pastoras y pastores querían 
imitar y renovar. — No se apartaba Sanázaro de Cervan- 
tes, según las veces que éste menciona La Arcadia en su 
Quijote. VI, 355.— [III, 81.] 

Arcaísmos. — Palabras ó frases anticuadas. — Ya se ha hecho 
en otra parte la observación de que Cervantes, para ridicu- 
lizar los libros caballerescos, suele usar de los arcaísmos que 
en ellos son tan frecuentes. II, 167, 170; III, 528; IV, 
91, 220. 



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Arcalaus. —Encantaiáor; enemigo mortal de Amadís de Gaula 
y de toda su parentela. II, i5, 86, 438; V, 114, 2i5* 

Ardiente Espada (Caballero de la). I, iii, 166; II, 62, 63.— 
Véase Afnadís de Grecia, 

Ardite. — Cierta moneda de poco valor que hubo antiguamen- 
te en Castilla. — «No vale un ardite, no se me da un ardite, 
no se estima en un ardite ó dos ardites f. Frases con que se 
denota el poco valor de alguna cosa 6 el poco aprecio que 
se hace de ella. (Academia.) II, 56, 59 (t), 232 (t); III, 
146, 237 (textos). 

Argado sobre argado. — Es como si se dijera «enredo sobre en- 
redo, dificultad sobre dificultad, trabajo sobre trabajos, por 
contraposición á la frase proverbial «miel sobre hojuelas», 
que sirve para denotar todo lo que hace mejor á lo que por 
sí era ya bueno. VI, 389. — Véase Miel sobre hojuelas, 

Argamasilla (Los académicos de la). — La idea de una acade- 
mia existente en la Argamasilla lleva evidentemente consi- 
go la de burlarse de sus moradores, y más en el tiempo de 
Cervantes, en el cual «stos cuerpos eran raros hasta en las 
cortes y ciudades más populosas y cultas. I, i; III, 533 
á 539; IV, 39, 342; VI, 447. 

Argamasilla de Alba. — La villa donde Don Quijote vivió y 
donde fué preso Cervantes y concibió la obra. — Había y hay 
otra Argamasilla, apellidada de Calatrava; la de Alba se 
llamó así, porque la fundó por los años de i53o D. Die- 
go de Toledo, de la familia y casa de los duques de Alba. 
— Argamasilla de Alba y el Toboso fueron las patrias de 
los principales personajes de la fábula y los objetos del fes- 
tivo humor de Cervantes. I, i, 90; V, i65, 198; VI, 445. 
—Sus bellotas gordas. VI, 33.— [II, ii5.] 

Argel (Cautivos en). III, 120, 182 á 186, 201, 204. 

Argensola (Lupercio Leonardo de). — Sus tres tragedias, III, 
397; VI, 421^- su sátira sobre «mudas», II, 127. Cervantes 
elogia á éste y á su hermano Bartolomé, aunque censura 



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sus defectos, III, Sgy; los dos hermanos en Ñapóles. IV 
(Dedicatoria), 83.— [II, 67-70, etc.; III, 3i-33.] 

Argentería de oro, — Anomalía de la lengua castellana, en que 
también se dice «platero de oro»; esta argentería será lo 
que ahora se llama bricho 6 lantejuelas. V, 218. — Véase 
Platero. 

Argos (Los cien ojos de). — Aplicado al conde de Salazar, que 
fué encargado de la expulsión de los moriscos de España. 

VI, 339. 

Ariosto (Luiovico), — El cristiano poeta. I, 119-121; III, 
38o.— [I, 197, etc.] 

Aristóteles. — Su filosofía. II, 3i5. 

Armado de punta en blanco. — Quiere decir: con todas las pie- 
zas de una armadura completa que le cubrían de los pies á 
la cabeza. IV, 189 (t); VI, 320. — Véase Punta en blanco 
(Armado de). 

Armar caballero. I, 65, 66. 

Armadura para la cabeza. — Casco, yelmo, etc. III, 3i3. 

Armar una zancadilla. — Véase Zancadilla. 

Armas blamas. — Eran, según aquí se indica, las que no lleva- 
ban empresa ni insignia alguna, y se daban á los que se 
armaban caballeros, llamados por esta razón caballeros 
noveles, hasta tanto que hacían alguna proeza notable, 
que solían indicar en la empresa y adornos del escudo, to- 
mando de ellos el nombre. Á su imitación, Don Quijote se 
puso el de Caballero «de la Triste Figura» primero, y des- 
pués, «de los Leones». I, 24; II, 74. — «Hoy día se aplica 
esta expresión á todas las armas que no son de fuego, ten- 
gan ó no inscripción ó lema». (Mr. Picard.) 

Armas (Las) encantadas de los Orlandos enamorado y furioso, 
las mismas, según se supone, del troyano Héctor: 
«CAtf gia al trujano EUor Vnlcano diede*. 

{Orlando Furioso^ c. 46, est, 73.) 
— II, 156. — Véase Héctor (Las armas de). 



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Armas (Las) de Orlando. — Cervino, habiendo encontrado las 
armas de éste, las recogió, hizo de ellas un trofeo y escri- 
bió al pie: 

nArmatnra d' Orlando Paladino; 
Come volesse dir: Nessun la muova^ 
Che star non possa con Or latido á provat. 

(Orlando Furioso^ c, 24, est. 57.) 

•Nadie las mueva, 
Que estar no pueda con Roldan á prueba • . 

— I, 283; VI, 344. — Véase Cervino. 

Armas y letras. — «Nunca la lanza embotó la pluma, ni la 
pluma la lanza»; el discurso que hizo Don Quijote de las 
armas y las letras. II, 90; III, 126 (t), 128, i32, 135. 

Armazón. — tLa armazón de caballería» es el acto de armarse 
caballero, á que se dio el nombre de armazón para ridiculi- 
zarlo. — Armazón significa el conjunto de piezas, de madera 
ú otra materia, sobre que se arma ó forja alguna cosa, como 
las costillas del navio ó las vigas del tejado; entre carpinte- 
ros, «armadura». (Academia.) — I, 56. 

Arminio (Armiño). — La propiedad que aquí se cuenta de los 
armiños, y que se halla repetida por otros escritores, es 
una de aquellas fábulas que ha desterrado la luz de los 
tiempos modernos. III, 21. 

Arnauie Mamí. — Corsario albanés, que hizo cautivos á Cer- 
vantes y á su hermano cuando se dirigían de Nápolqs á Es- 
paña; su excesiva crueldad. III, 176, 184, 214; VI, 232. — 
Cervantes, en la Calatea, le llama «el perro General». VI^ 
3o6. — [II, 95, n.] 

Arnés tranzado. — Pudo llamarse así del tranzado ó trenzado 
de la vestidura interior de malla ú otro tejido, sobre el que 
se ponía la armadura, y que la completaba. «Pudo llamarse 
así, 6 por estar asegurado con cordones de trenza, ó por es- 
tar recortado por alguna parte». (Salva.) VI, 73. 



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30 

Arráez. — Capitán de embarcación morisca, (Academia.) VI, 
3o3 (t). 

Arreo. — Adverbio que equivale á «continuadamente, sin in- 
terrupción i». Sólo le usa ya la gente rústica y ordinaria y 
aun en el Quijote no le encontramos sino en boca de San- 
cho; «que término lleva de quejarse un mes arreos . IV, 216. 

Arrieros de Arévalo. — Arrieros ricos. II, 28. 

Arrostrar. — Dar el rostro, ofrecerse denodadamente á los pe- 
ligros, á los dolores, á los disgustos. II, 465. 

Arrumbadas. — Bandas ó lados del castillo de proa de ias ga- 
leras. VI, 304. 

jArrús (Voto)! ¡Voto á Rus! — Arrús, errata por á Rus. V, 29. 
— Véase Voto á tal, etc. 

Artemisia. — Mujer de Mausolo, régulo de Caria: erigió un 
monumento sepulcral á la memoria de su marido.. — Plinib 
dijo que se contaba entre las siete maravillas del mundo. 
— De aquí vino darse el nombre de mausoleos á los sepul- 
cros ostentosos y magníficos. — IV, 147. — Véast Mausoleo. 

Artículo. — El artículo neutro lo se usa delante de adjetivos sus- 
tantivados; como lo discreto, lo verdadero. II, 3o3. — La 
omisión del artículo en frases y proverbios como en «si 
disparates sufren concierto», y en «dádivas quebrantan 
peñas», á veces es ventajosa, pues hace más ligera la frase 
y le da el* carácter de abstracción y generalidad que restrin- 
ge el artículo. Primor de la lengua castellana, que tiene 
también la griega, y de que carece la latina. III, 489. 

Artieda (Andrés Rey de). — Su carta sobre las comedias, que di- 
. rigió al marqués de Cuéllar. III, 401, 407. — [II, 341, etc.] 

Artillería (Inventores de la). III, 139; V, 43. 

Arturo (Rey). I, 269, 260, 263; III, 3o3, 452. — ^Véase Ar- 
tus. — [I, 197, 202.] 

Artús. — Véase Arturo (Rey). 

Arzobispos andantes, esto es, que anduviesen en busca de aven- 
turas acompañados de sus escuderos.^-Cervantes los ridi- 



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31 
culiza. Pellicer cita al arzobispo Turpín como ejemplo de 
arzobispos andantes en los tiempos antiguos, y en los mo- 
dernos al arzobispo de Burdeos. II, 347. — Véase Caballero 
d lo eclesiástico. 

Ascua de oro. — Se usa para denotar una cosa que brilla, relu- 
ce ó resplandece mucho. (Academia.) VI, 160 (t). 

Asegurar, en el sentido de «aquietar, acallar». — «Así asegu^ 
rabiamos el temor», etc. III, 246, 247 (t). 

Asetidereado. — Perseguido ó conducido por senderos ó sendas. 
IV, i56, 176, 399 (textos), 449; VI, 407. — «Además de sus 
correctas definiciones de Vd., también esta palabra es muy 
usada en el sentido de «acosar, hostilizar» al que por vo- 
luntad 6 por fuerza anda por caminos y pasos extraviados» . 
(Mr. Picard.) — ti Asendereada (Doña Rodríguez)»: usada, 
gastada; con surcos, senderos, en el rostro. (Arrieta.) V, 
462 (t). 

Asentar la mano. — Dar golpes á alguno, castigarle, corregir- 
le. (Academia.) VI, 10 (t). 

Así fuera en cuanto d Don Quijote. — Aquí hay evidentemente 
omisión de algo que falta para completar el concepto y 
darle sentido, por ejemplo: «si fuá otro que Don Quijote». 
Hinard, en su versión francesa lo traduce así: «s/ celui-ci eút 
. eté tout autre que Don Quichottei», si hubiera sido otro que Don 
Quijote. II, 97. 

Asno cargado de oro. — Esto es, capaz de subir por las mon- 
tañas. Filipo, rey de Macedonia, solía decir «que no había 
fortaleza inconquistable donde pudiese subir «» asno carga- 
do de oro*. V, 23 1; III, 23. — Véase JSs de vidrio la mujer. 

Asonantes. — Peculiares á la poesía castellana y de muy anti- 
guo uso: ejemplos. III, 271, 272. — [ioo-io3 y notas.] 

Astrolabio. — Instrumento astronómico usado antiguamente 
para hacer observaciones y hoy en desuso. V, loi. 

Astrología. V, 35, 38. 

Astrólogos. VI, 267, 268. 



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32 

Astroso. — Viene de astro, como viene asimismo desastrado. 
Ambos signiñcan: «miserable, infausto, desgraciado», y 
por extensión, «roto, andrajoso y sucio». II, 252. 

Asturias, — «Hidalgo como el Rey, porque era montañés». 
V, 463. — La hidalguía de la asturiana Maritornes. II, 27» 
—[I, 6; II, 274 y n.] 

Asunto, por «oficio 6 profesión». — «Cuyo asunto es acudir á 
toda suerte de menesterosos». (Don Quijote.) V, 270. 

Atabales. V, 43. 

Atajadores. — Exploradores. III, 249. 

Atalayas. — Torrecillas fabricadas en eminencias para descu- 
brir la campaña y avisar de lo que se divisaba por media 
de ahumadas. Estos eran los telégrafos de otros tiempos en 
España. V, 454. — «Puesto en atalaya de (para) mirar por 
sí». III, 32. 

Atar bien su dedo. — Asegurarse en cualquier negocio. (Acade- 
mia.) Mirar por sus propios intereses, emplear toda clase 
de precauciones y tener completa seguridad ó confianza» 
IV, 120 (t).. 

Atenas (La Academia de). — Véase París, Bolonia y Salamanca 
(Las Universidades de). IV, 340. 

Atender, por «esperar, aguardar». — «Que tamaña aventura 
está atendiendo 9. 1, Sg. — «No atendió á más preguntas». IV, 
160; V, 82 (t), 235. 

Atentar, por «tentar». — Examinar con el tacto: «y estándole 
atentando*; •atiéntame con el dedo». — Su verbal atentados, 
en significación de « inciertos ó dados á tientas» : « con tácitos 
y atentados pasos»; precavido, prudente, discreto, II, 33, 91 
y texto: «un hidalgo muy atentado*. V, 80 (t). 

Aterrar. — Echar á tierra,, derribar. En esta acepción admiten 
algunos de sus tiempos una i que no tiene en el infiniti- 
vo. Cuando significa «infundir terror», entonces no experi- 
menta esta irregularidad y forma aterra, por atierra. I, 295. 

Atrevido mozo. — El temerario Faetón; alude á la caída de 



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33 
Faetón, hijo del Sol, cuando durante un día quiso regir el 
carro de su padre. V, 328. 

Aun hay sol en las bardas. — Aun hay tiempo suficiente; toda- 
vía no es tan tarde. IV, Sg. 

Aunque las calzo, no las ensucio. — Expresión vulgar: «aunque 
bebo, no me emborracho». (Arrieta.) Literalmente: aun 
cuando uso zapatos ó medias, no los ensucio. V, 191 (t). 

Aunque tonta, no tanto. I, 168. — Véase Anagramas, 

Austria (Juan de), — Mandó la escuadra combinada que ven- 
ció la de los turcos en las aguas de Lepanto el memorable 
día 7 de octubre de 1571. I, i5i; III, i5i, i53, i54, 160, 
162, i65, 167, 174, 175. 

Austriada (La). — Crónica en verso de D. Juan de Austria, por 
Juan Rufo. I, i5i, i55; III, i55. — Véase Rufo (Juan). 
-[II, 496.] 

At^r segundo del Quijote, I, 191; V, i. — Véase Segundo autor 
de esta obra. 

Autores, — El nombre de autores no indicaba exclusivamente 
á los poetas ó ingenios que escribían los dramas: autores se 
llamaban también entonces y se han llamado hasta nues- 
tros días los directores y jefes de las compañías cómicas. 
La palabra actores debía ser de poco uso en tiempo de Cer- 
vantes. III, 395. — [II, 437, 438 y nota.] 

Autoridades (Cita de), — Ridiculizada por Cervantes. I, XLVii, 
Liv (Prólogo). 

Autos sacramentales, — «Autos para el día de Dios» son los que 
comunmente se llamaban autos sacramentales, que eran dra- 
mas ó representaciones sobre asuntos sagrados, que se ha- 
cían para solemnizar la festividad del Corpus Christi ó día 
de Dios, I, 248, 192. — [I, 23o, 23i, etc.; II, 249, 358.] 

Avellaneda (Alonso Fernandez de), — Autor del fingido Quijote. 
Su verdadero nombre se supone era Juan Blanco de Paz. 
VI, 202, 2o3. — Inmoralidades é indecencias de la obra. III, 
342; VI, 211, 426. — Húndese en la oscuridad y se extin- 

3 



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34 
gue. II, 53, i3i, 325, 454; III, 75, 342, 363, 417, 53o, 
539; IV, V, VI, VII, i}f (Prólogo), 63, 245; V, 84, 439; VI, 
120, 200-205, 208-211, 218, 256, 294, 295, 327, 365, 400, 
401, 420, 423, 424, 457, 458, 464, 467. Tildando en su 
prólogo á Cervantes, dice que «disculpa los yerros de su 
primera parte el haberse escrito entre los hierros (por j'^- 
nos) de una cárcel [II, ii5, n.], y así no pudo dejar de 
salir tiznada de ellos, ni salir menos que quejosa, murmu- 
radora, impaciente y colérica, cual lo están los encarcela- 
dos». I, XLV (Prólogo). — Atribuye á Cervantes envidia ha- 
cia Lope de Vega. I, i53. — Uno de los antecesores de Cer- 
vantes, lldimsido Avellaneda, VI, 457. — [II, 141-144, etc.] 

Aventajado. — Se toma aquí en mala parte, y es lo mismo 
que «descompasado, con exceso»: «comedor aventajado». 
VI, 264. 

Aventajados. — Los soldados que gozaban de sobresueldo y 
solían disfrutarlo en premio de señalados servicios, como 
se verificó en el mismo Cervantes, á quien su general el se- 
ñor D. Juan de Austria concedió tres escudos de ventaja 
al mes por su esforzada conducta en la batalla de Lepan- 
to. V, 12, 348. — Véase Ventaja. 

Aventajar. — En su acepción común es llevar ventaja, tener 
ventaja sobre otro; pero aquí no es tener ventaja, sino dar- 
la: «hubo algunos que la aventajaron en alguna cosa»: 
equivale á «preferir». III, 124. — Se aventajaba á los solda- 
dos que se distinguían; esto es, se les daba ventaja en la 
paga sobre los demás. Cervantes lo sabía por experiencia 
propia. III, 124; V, 348. 

Aventura y ventura. — Estas palabras y sus derivadas signifi- 
can: la primera, «suceso dudoso ó peligroso, que puede salir 
bien ó mal», y la última, «fortuna». II, 25, 173; III, 79; 
IV, 116. — Véase Malaventura. 

Aventuras, sucesos, incidentes y cosas notables del Quijote. — La 
primera salida de Don Quijote, I, 22; la graciosa manera 



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35 
•que tuvo de armarse caballero, I, 40; el suceso con Juan 
Haldudo el labrador y su mozo Andrés, I, 69; II, 499; el 
con los mercaderes toledanos que iban á comprar seda á 
Murcia, I, 79; el donoso y grande escrutinio que el cura y 
el barbero hicieron en la librería de nuestro Ingenioso Hi- 
dalgo, I, 102; la aventura de los monjes benitos, I, 180; la 
de los molinos de viento. I, 170; la del vizcaíno, I, 186, 
206; lo que le sucedió á Don Quijote con unos cabreros, 
I, 227; la descripción de la edad dorada ó dichosa edad, 
I, 23o; el cuento del estudiante pastor Grisóstomo y de la 
pastora Marcela, I, 243; la descripción notable de Dulci- 
nea que hace Don Quijote á Vivaldo, I, 281; la aventura 
de los yangüeses, II, 3; los trabajos de la venta que se 
imaginaba ser castillo, II, 22; el manteamiento de San- 
cho, II, 56; la pelea con los dos rebaños de ovejas, II, 
82; la aventura del entierro y de los encamisados, II, 98; 
la de los batanes, II, ii3; el cuento de Torralva y las ca- 
brás, III, 124; lo que pasó con Sancho en su deseo de 
hacer lo que no pudiera hacer otro por él, II, i3i; la aven- 
tura del yelmo de Mambrino, II, 146, y la conclusión de 
ella, III, 335; la de los galeotes, II, igi; la de la Sierra- 
morena, II, 226; el cuento de Cardenioy Luscinda, II, 256, 
363; la penitencia de Don Quijote en la Sierramorena, II, 
297; la embajada de Sancho con la carta de Don Quijote á 
Dulcinea, II, 320, 340; su encuentro con el cura y el bar- 
bero en la venta del manteamiento, II, 341; la nueva y 
agradable aventura (el encuentro con Dorotea) que al cura 
y barbero sucedió en la misma sierra, II, 387; la historia 
de Dorotea, II, 395; su encuentro (como princesa Micomi- 
cona) con Don Quijote, II, 431; la discreción déla hermosa 
Dorotea, con otras cosas de mucho gusto y pasatiempo, II, 
45o; los sabrosos razonamientos que pasaron entre Don Qui- 
jote y Sancho, con otros sucesos, II, 482; lo que le suce- 
dió en la venta á toda la cuadrilla de Don Quijote, II, 504; 



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36 
la novela de El curioso impertinenie, III, i, 82; la batalla que 
Don Quijote tuvo con los cueros de vino tinto, III, 72; las 
reconciliaciones de Fernando con Dorotea y Cardenio con 
Luscinda, III, 106; el discurso de Don Quijote para soste- 
ner la superioridad de las armas sobre las letras, III, ia6; 
donde el cautivo (el capitán Viedma) cuenta su vida y suce- 
sos, III, 144; el encuentro del mismo con su hermano el 
oidor, III, 267; la historia del mozo de muías, ó los amo- 
res de D. Luís y Doña Clara, hija del ^idor, III, 270; la 
famosa aventura de la albarda, III, 307; la aventura de los 
cuadrilleros, III, 320; el encantamiento y enjaulamiento de 
Don Quijote, III, 347; el razonamiento del canónigo sobre 
los libros de caballería y su diálogo con el cura, III, 372; 
el discreto coloquio que Sancho tuvo con su amo, III, 424; 
la plática entre Don Quijote y el canónigo sobre caballeros 
andantes, III, 429; la descripción de la aventura del lago 
ferviente, III, 472; la. historia del cabrero Eugenio y de 
Leandra y sus amantes, III, 495; la aventura de los disci- 
plinantes, IIIj 515; el cuento del loco en la casa de locos 
de Sevilla, IV, 10; la pendencia que Sancho Panza tuvo 
con la sobrina y ama de Don Quijote, IV, 32; el primer en- 
cuentro de Don Quijote con Sansón Carrasco, IV, 48; cómo 
y por quién fué hurtado el asno de Sancho, IV, 70; gracio- 
sa plática que pasó entre Sancho y su mujer antes de la 
tercera salida, IV, 85; el coloquio de Don Quijote con su 
sobrina y su ama, IV, 99; lo mismo con Sansón Carrasco 
sobre la tercera salida, IV, 116; la industria de Sancho pa- 
ra encantar á Dulcinea, IV, 170; la aventura con el carro 
de las Cortes de la Muerte, IV, 189; lacón el caballero de 
los Espejos, IV, 2o3; el coloquio de los dos escuderos, IV, 
219; el cuento de la prueba de vino por los dos mojones, 
IV, 23 i; bellísima descripción de la aurora, IV, 248; el 
primer encuentro de Don Quijote con D. Diego de Miranda,, 
y su coloquio con él,. IV, 273; la aventura de los leones,. 



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37. 

IV, 291; Don Quijote en casa de D* Diego de Miranda^ IV, 
320; la aventura del pastor enamorado, ó de Camacho y 
Basilio, y Quiteña, IV, 352; las bodas de Camacho el rico, 
con el suceso de Basilio el pobre, IV, 369; las reflexiones 
de Sancho sobre la muerte, IV, 386; la aventura de la cue- 
va de Montesinos, IV, 413; la del rebuzno, V, 21, 71; la 
graciosa aventura del titerero (Ginés de Pasamonte) y. del 
mono adivino, V, 25; el retablo de Gaiferosy Melisendra, 

V, 43; la famosa aventura del barco encantado, V, 93; el 
primer encuentro con la bella cazadora (la Duquesa), V, 
115; Don Quijote y Sancho en el castillo de los Duques, V, 
125; el cuento de la contienda entre el hidalgo y el labra- 
dor sobre la cabecera de la mesa, V, 141; el desencanto de 
Dulcinea, V, 206; la carta que Sancho Panza escribió ásu 
mujer, V, 241; la aventura de la Dueña Dolorida (la con- 
desa Trifaldi), V, 251; la venida y aventura de Clavileño 
-el Alígero, V, 3i5; los consejos que dio Don Quijote á San- 
cho Panza antes que fuese á gobernar la ínsula, V, 343; las 
reflexiones de Cide Hamete sobre la pobreza, V, 379; los 
^ete episodios de la segunda parte, V, 370; el romance de 
Altisidora, V, 395; la llegada de Sancho á su gobierno, V, 
404; sus famosos juicios: el del sastre de las caperuzas; el 
del viejo embustero que encerrólos diez escudos en un bácu- 
lo de caña, y el de la ramera, V, 410; la aventura gatesca 
y cencerruna, V, 426; Sancho á la mesa, y el médico Pedro 
Recio, V, 431; la carta del Duque á Sancho, V, 442; el 
labrador socarrón y Clara Perlerina, V, 446; la visita noc- 
turna que hizo Doña Rodríguez á Don Quijote, V, 452; 
Sancho sale á rondar su ínsula, VI, 7; la riña de los dos 
hombres de la casa de juego, VI, 7; la niñería de la hija 
de D. Diego de la Llana, que salió de su casa de noche con 
su hermano, VI, 14; la embajada del paje, y la carta de la 
Duquesa á Teresa Panza, VI, 28; la pregunta sobre la 
ley de la puente, VI, 47; la carta que escribió Don Quijo- 



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38 
te á Sancho Panza gobernador, VI, 52; la de Sancho ea 
respuesta, VI, 5y; la aventura de la segunda Dueña Dolori- 
da (Doña Rodríguez), VI, 65; carta de Teresa Panza á la 
Duquesa, VI, y 5; la de Teresa á Sancho su marido, VI, 78; 
el asalto de la ínsula, y fin del gobierno de Sancho Panza, 
VI, 82; el encuentro de Sancho con Ricote el morisco, su 
vecino y buen amigo, VI, 96; Sancho y el rucio caídos en 
la sima, VI, 118; la nunca vista batalla de Don Quijote con 
Tosilos el lacayo, VI, 134; como Don Quijote se despidió 
del Duque, y lo que le sucedió con Altisidora, VI, 148; las 
razones admirables de Don Quijote sobre la libertad, VI, 
157; sobre agüeros, VI, 164; sobre la hermosura, en los 
hombres, del alma ó del cuerpo, VI, 173; la aventura de 
las pastoras de la Arcadia fingida, VI, 175; la de los to- 
ros, VI, i85; el ventero que tenía todo en su casa y que no 
tenía más que dos uñas de vaca, VI, 197; los dos señores 
Don Jerónimo y Don Juan, y el Quijote de Avellaneda, VI, 
200; la azotaina que quiere dar Don Quijote á Sancho 
despertándole de su profundo sueño, VI, 223; sorprendió 
á éstos Roque Guinart con sus bandoleros, VI, 228; los 
amores de Claudia Jerónimay Vicente Torrellas, VI, 235; 
Don Quijote y Sancho entraron con Roque Guinart en Bar- 
celona, VI, 25i; el huésped de Don Quijote, D. Antonia 
Moreno, VI, 258; la aventura de la cabeza encantada, VI> 
275; la imprenta de Barcelona, VI, 285; la visita de las ga- 
leras y de lo mal que le avino á Sancho Panza, VI, 297; el 
vuelo sin alas de Sancho, VI, 299; la historia de la hermo- 
sa morisca (Ana Félix), VI, 3o8; la batalla que tuvo Don 
Quijote con el caballero de la Blanca Luna (Sansón Ca- 
rrasco), en la cual fué vencido, VI, 32o; de quién era el de 
la Blanca Luna, y de su buen pensamiento, VI, 33o; el li- 
bramiento de D. Gregorio, amante de Ana Félix, VI, 334; 
la apuesta de los dos labradores (el gordo y el flaco) senten- 
ciada por Sancho, VI, 345; el lacayo Tosilos con cartas del 



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39 
Duque, VI, 349; la resolución de Don Quijote de hacerse 
pastor, y su discurso sobre este género de vida, VI> 356; 
las reflexiones de Sancho sobre el sueño, VI, 367; la aven- 
tura de los cerdos, VI, 369; arrestados Don Quijote y San- 
cho, y llevados á la quinta de los Duques, VI, 373; la ex- 
traordinaria representación de la resurrección de Altisido- 
ra, VI, 375; la visita- que hizo ésta á Don Quijote en su 
aposento, VI, 396; Sancho comenzó á azotarse, VI, 414; 
el encuentro de D. Alvaro Tarfe y su desengaño respecto 
á los dos Don Quijotes y los dos Sanchos de Cide Hame- 
te y Avellaneda, VI, 4a3; la llegada á la aldea, VI, 434; co- 
loquios del cura y el bachillev sobre hacerse pastores, y del 
ama y la sobrina, VI, 438; cayó malo Don Quijote, VI, 
444; recobró su juicio, VI, 448; hizo su testamento, VI, 
455; y al fin murió, VI, 462. 

Avila (Luis de), — Véase Guerra de Alemana. I, 155. — [III, 
175, n.] 

Avínole bien. — Esto es, tuvo la felicidad 6 la fortuna: «pero 
' avínole que se halló junto al coche». I, 188; V, 107. 

Avive y despierte. — Palabras que recuerdan aquellas tan cono- 
cidas de las coplas de D. Jorge Manrique á la muerte de su 
padre D. Rodrigo: 

tRecíurde el alma adormida, 
avive el seso y despierte 
contemplando 
cómo se pasa la vida, 
cómo se viene la muerte 
tan callando r^. 

(Est. I, lib. II.) 
Cervantes puso en boca de Sancho sus reminiscencias. 
— IV, 186. — Véase Manrique (D. Jorge). 
Ayala (Pedro López á(?j.— Sobre el Amadís de Gaula; su 2?¿- 
nuido de Palacio. I, 104. — [I, 90-92 161-165, 198, n.> 
3i8.] 



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40 

Ayuda de, costa. — El socorro en dinero que se suele dar, ade- 
más del salario señalado, al que ejerce algún empleo. (Aca- 
demia.) Sobresueldo. V, 12. — Véase Ventaja. 

Ayude Dios con lo suyo á cada uno. — Expresión proverbial 
compuesta de dos versos asonantados: 

Ayude Dios con lo suyo 
á cada uno. 

Es contra los que se apropian lo ajeno. V, 64.-^ «Con lo 
mío me ayude Dios». IV, 121 (t). 

Ayunase (Que me), — Expresión familiar. «Tener miedo, tra- 
tar con sumo respeto». Se, toma del ayuno que precede á 
ciertas festividades eclesiásticas en demostración especial 
de culto y veneración á algún santo. II, 324. 

Ayuso y suso. — Voces anticuadas, «abajo y arriba», que se 
conservan en algunos nombres propios, y suso, en el adje- 
tivo susodicho. VI, 36. 

Ayuso (De Dios en). — Lo mismo que «de Dios abajo» . Especie 
de aseveración juratoria. «D^ Dios en ayuso no os entende- 
mos»; como si dijese: Dios os entenderá; que nosotros no 
os entendemos. (Arrieta.) VI, 36. 

Azacán. — Voz de origen arábigo, que significa «aguador». 
También suele darse el mismo nombre á los pellejos gran- 
des que sirven para conducir el aceite. II, 186. 

Azán Bajá, Azán Agá. — Era un tirano el más cruel de cuan- 
tos han sido reyes de Argel; reinaba durante la cautividad 
de Cervantes. III, 161, 179, i83. — Agá, en el turquesco, 
lo mismo que «capón». III, 179, 211. 

Azar y encuentro. — Lances en el juego de los dados, de donde 
se toma la semejanza. Azar es el lance que pierde, y en-- 
cuefitro, el que gana. II, 281. 

Azogado (Temblar como un). — Dícese que el azogue pone tré- 
mulos á los que lo toman y aun á los que lo respiran, y que 
asi suele suceder á los operarios que trabajan en sus mi- 



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ñas. Y de aquí viene sin duda la expresión ó comparación 
proverbial temblar como un azogado. II, 96. 

Azogue en los oídos de asnos. — Maña de los gitanos para que 
pasasen por ligeros los asnos que vendían. II, 492. 

Azoguejo de Segovia. — Plazuela del arrabal de Segovia. I, 48. 
— Véase Segovia (Azoguejo de). 

Azotea. — Especie de terrado, tejado plano. III, 187. — Véase 
Terrado. 

Azotes (La sentencia de) por la Inquisición. V, 52. — Véase 
Calles acostumbradas (Llevar al reo por). 

Azotes (Los) de Sancho. — • Señor, respondió Sancho: yo no me 
puedo persuadir que los azotes de mis posaderas tengan que 
ver con los desencantos de los encantados». Sancho vuel- 
ve al tema de su respuesta á Merlín, á quien dijo (V, 226): 
«yo no sé qué tienen que ver mis posas con los encantos». 

VI, 354. 

Azotes de mosqueo.— ^^i algunos azotes fueren de fnosqueo, es 
decir, si no hiriesen de lleno, y sólo fuesen como para es- 
pantar las moscas. V, 236. — tEl cómitre comenzó á 

^mosquear las espaldas de la chusma», VI, 3oi (t); y más 
adelante se dice que los azotes de Sancho (por haberlos 
dado en los árboles y no en sus espaldas) «no pudieran qui- 
tar una mosca, aunque la tuviera encima». Estos azotes 
no llegaban á ser ni aun de mosqueo. V, 236; VI, 431. 

Azotesca, de azote. — Palabra risible de la clase de las fácilmen- 
te formables. V, 470. — Véanse Tanda y Ttmda azotesca. 

Babador randado. — Servilleta con guarnición de randas ó en- 
caje de hilo y cintas para atarla al cuello, como ahora se 
hace con los niños al darles de comer. V, 432. 

Babaluete. — Véase Babazón. 

Babazón, ó Puerta de las Ovejas. — Una de las de Argel, que 
distaba como unos cincuenta pasos de la marina; muy fre- 
cuentada de gente á todas horas. III, 202. 



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Babieca. — El caballo del Cid. — «Aunque he visto la silla». 
Esta expresión del canónigo indica que en tiempo de Cer- 
vantes se mostraba la silla del caballo del Cid en la Arme- 
ría de los Reyes. Sería alguna de las que aun existen en la 

. Armería Real; pero se habrá olvidado esta tradición, y en 
el día no queda en aquel establecimiento memoria ni rastro 
de semejante noticia. III, 470, 

Bacallao, bacalao. — «Don bacallao»: por lo seco y enjuto que 
está el pescado de este nombre. VI, 402. 

Bacías de barbero. — Las bacías del tiempo de Cervantes, en 
que se llevaba barba larga, debían ser de hechura más hon- 
da que las de ahora. De otro modo, no era posible que 
una bacía se encajase y mantuviese en la cabeza, como su- 
cedía con el baciyelmo de nuestro hidalgo. No se ha tenido 
presente esta consideración al grabar las estampas de las 
diferentes ediciones del Quijote. En éstas se ha representa- 
do á nuestro caballero con una bacía ordinaria de las de 
ahora, cuya figura haría inverosímiles todos los sucesos y 
circunstancias de la fábula que tienen conexión con esto. 
II, l52. 

Bacín. — Palabra que en lo antiguo significaba bacía 6 palan- 
cana, y que el uso empezaba ya á hacer indecente en tiem- 
po de Cervantes, destinándola á significar los vasos de uso 
preciso para la limpieza personal. Cervantes empleó agu- 
damente esta voz, que en su tiempo era aún equivoca, pa- 
ra ridiculizar más el yelmo de Don Quijote: «enderécese 
ese bacín que trae en la cabeza», dijo el comisario á Don 
Quijote. II, 2i3. 

Bachillear. — Debía ser bachillerear, y así quizá lo diría el ori- 
ginal de Cervantes. «Que no hay más que bachillear». Co- 
mo quien dice: soy bachiller por Salamanca, que es el nofi 
plus ultra de los bachilleres. Así convenía que hablase Ca* 
rrasco, como interesado personalmente en la gloría de la 
universidad. También fué su alumno Cervantes, quien. 



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según se cree, estudió dos años en Salamanca y habló de 
aquella universidad en el Quijote con mucho aprecio, con- 
tándola con las de París y Bolonia. IV, ii8. 

Bachiller. — Viene de bacca y lauras, laurel: bacca, en latín, ó 
baya, en castellano, es nombre que se da en general á las 
frutillas ó simientes menudas de los árboles, cuales son las 
del laurel, que penden de sus ramas, y de aquí en la baja 
latinidad se dijo baccalaureatus, coronado de ramas de lau- 
rel; de donde se llamó baccalaureus, ó bachiller, el que recibe 
el primer grado de honor concedido en las universidades 
como testimonio de aprovechamiento. El lenguaje familiar 
suele tomar este nombre en mala parte, llamando bachiller 
al que habla mucho y con petulancia, y usando del verbo 
bachillerear en el sentido de hablar mucho, con osadía y 
poco fundamento. IV, 43, 118. — Véase Sansón Carrasco. 

Badajoz (Garci Sdncltez de). — Sus Coplas contra la Fortuna. 
IV, 359.— [I, 396, 7, etc.] 

Badulaques. — Aquí significan metafóricamente «cosas com- 
plicadas y enredosas», como lo eran para Sancho los conse- 
jos de su amo: ébadulaques y enredos y revoltillos» . V, 362. 

Bagarinos, 6 bagarines. — Remeros libres, asalariados, á dife- 
rencia de los forzados ó galeotes. Voz arábiga. III, 224. 

Bailaré el agua delante. — Quiere decir: le «serviré con esmero 
y diligencia». Expresión proverbial. — Covarrubias dice que 
se tomó de las criadas que, queriendo ó afectando compla- 
cer á sus amos, cuando éstos vuelven á casa por el verano, 
van delante de ellos regando el piso, donde salta y coma 
que baila el agua. IV, 78. 

Bailen (La batalla de). — La parte de Sierramorena en que se 
hallaba Don Quijote, es conocida en la historia por haber 
sido el teatro de dos memorables batallas, la de las Navas 
en el año de 1212, y la de Bailen en el de 1808. El retiro 
y penitencia de nuestro hidalgo le ha dado otro género de 
ceiebridad. Allí fueron vencidas tres grandes potencias que 



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en distintas épocas tuvieron tiranizada á España: los mo- 
ros, los franceses y la afición á las lecturas caballerescas, 
n, 297. 

Bailes, danzas. V, 467. — Véase Danzas. 

Bajel redondo. — Es el que lleva vela cuadrada, á diferencia del 
que la lleva triangular ó latina. III, 242. 

Balandrán. — Traje de casa, que actualmente sólo usan los 
eclesiásticos, y aun éstos lo van ya dejando. Es talar, 
abierto por delante, con mangas cortas. VI, 270. 

Baldovinos (La traidora muerte de), por el infante Carloto, 
hijo del emperador Carlomagno. — Baldovinos es lo mismo 
que Balduino, nombre común en la Edad Media con la ter- 
minación en os. I, 87. — [II, 491, n.] 

Bálsamo de Fierabrás. — Sus efectos en dos célebres ocasiones 
en Sancho y su amo. II, 49, 5o, 87. — Sancho dice des- 
pués á su amo: truégole á vuestra merced que no se acuer- 
de más de aquel maldito brebaje que en sólo oirle mentar 
se me revuelve el alma, cuando y más el estómago». II, 
304 (t). 

Ballenatos. — Hijos de la ballena. — Apodo de los madrileños; 
su chistoso origen. V, 77. 

Bancos de Flandes. — Son los bancos ó poyos de arena que 
ciñen la costa de Flandes. El peligro de los que navegan 
en tales parajes y la dificultad de evitarlo, hizo decir pro- 
verbialmente de los que tienen prendas y calidades reco- 
mendables, que • pueden pasar por los bancos de Flandes*. 
IV, 389. 

Bandaguido (El gigante). — Horrible descripción de su mons- 
truosa hija. II, 286. 

Bandidos de Andalucía. — Su escrupulosidad; robaban sólo la 
mitad del dinepo á los caminantes, sin hacerles otro daño. 
Por razón de su traje y de la sierra de Cabrilla, donde se 
recogían, eran llamados estos ladrones éIos Beatos de Ca- 
brilla». VI, 245. 



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Baftdúies. — Especie de asientos en la popa de las galeras en 
las dos bandas ó costados. (Arrieta.) VI, 299 (t). 

Bando (Pomr en), — Bando es parcialidad, partido, facción, 
y pomr en bando será poner en cuestión, y por consiguien- 
te, en duda: «/>wsí7 en bando mis esperanzas». II, 414. 

Bandoleros, bandidos. — Salteadores de caminos. «Llamáronse 
así estos ladrones forajidos, por estar echado bando y pre- 
gón contra ellos para que cualquiera pudiese prenderlos y 
aun matarlos, por sus muchos y muy notorios delitos». 
(Arrieta.) VI, 226 (t). 

Baño. — Según el sabio orientalista D. José Antonio Conde, 
baño, en arábigo, significa «edificio ú obra de yeso», y es 
raíz de las palabras albañil y albamlería^ , Así Covarru- 
bias, en su Tesoro de la lengua castellana, artículo Albañir. 
III, 180. 

Baños de Argel. III, 181, 190, igS, 196, 198-200, 202, 
211, 2i3, 219, 228, 229, 253. — Véanse Cervantes y Lope 
de Vega. — [II, i25, 126, n.] 

Barahona de Soto (Luis). I, xvii (Prólogo), i52; II, 488; 
III, 5o; IV, 28, 3o. — La ¡dea de la pregunta y juramento 
en el puente, acaso fué sugerida por tres pasajes parecidos 
que se leen en la Angélica, de Barahona. — Véase Lágrimas 
de Angélica. — [II, 168, 482, 483, n., etc.] 

Barata (Al concertar de la). — Barata es cambio ó contrato 
atropellado y fraudulento. De aquí el barato que se da ó co- 
bra en el juego; la palabra baratero, que es el que lo cobra 
de grado ó por fuerza > y la frase meter á barato, que se apli- 
ca á los que embrollan y precipitan de mala fe algún nego- 
cio para oscurecer la verdad y conseguir sus ruines inten- 
tos. II, 406. 

Barataría (La ínsula). — Varias ínsulas mencionadas que ha- 
cen gran papel en los libros de caballerías. — Baratarla: 
fraus, dolus in contractibus vel vendiiionibus, según Ducange. 
Dice éste también que se hallan las palabras baratadores 6 



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engañadores en las leyes alfonsinas; y barato, en una de sus 
acepciones anticuadas, quiere decir fraude ó engaño; signi- 
ficación en que la hubo de usar Cervantes, al atribuir el 
motivo de dar á Sancho á entender que el lugar en que se 
iba á representar la farsa de su gobierno se llamaba la /«- 
sula Barataría, «al barato con que se le había dado el gobier- 
no». V, 404-406. — Véanse Barata y Barato, 

Baratero, — El que de grado 6 por fuerza cobra el barato de 
los que juegan. (Academia.) — Adj. ant. Engañoso. II, 
406. 

Barato, — Antiguamente, fraude 6 engaño; lo que en las casas 
de juego se da á los sirvientes 6 á los mirones, sea del pla- 
to ó d^l montón común, sea de las ganancias. II, 406; 
VI, 8, 9. 

Barbarroja (Hartadeno ó Cheredín), — Famoso marino turco, 
que desde los más humildes principios llegó por su valor y 
proezas á ser general de la armada otomana, y tuvo por 
muchos años llenas de susto y terror las costas de Sicilia é 
Italia, infundiendo recelos á la misma Roma. Dieron tanto 
cuidado sus progresos, que el emperador Carlos V no juz- 
gó empresa indigna de su persona pasar el mar para des- 
alojarlo (de Túnez), como lo hizo, no sin trabajo, el año 
de i535. III, 161, 162, 176, 189. 

Barbas. — Su importancia. «Tanto valía si perdiese la bar- 
ba como si se dejase castrart. I, 161; II, 41, 69, 70, 207; 
IV, 28; V, 173; VI, 264. 

Barbas honradas llama aquí Cervantes á las «personas de dis- 
tinción y categoría», tomando la parte por el todo, como su- 
cede en muchas ocasiones. VI, 264. 

Barbas (Para mis), — Fórmula familiar de juramento en que 
se atestigua con las barbas, como objeto de estimación y 
aprecio. II, 69; VI, gS. — Véase Para mis barbas. 

Barbero (El). I, 9. — Véase Maese Nicolás. 

Barberos. — Como guitarristas: común entre los profesores de 



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tal oficio eif nuestros tiempos. En los de Cervantes lo era 
mucho. V, 362. 

Barbiponiente. — El que empieza á echar barbas; el mancebo 
á quien apunta el bozo, y lo mismo viene á significar bar- 
biliicio, como poco después se llama á Medoro: en latín, 
epliebus. IV, 28. — Véase Nerón. 

Barca, por barcaje. — Derecho que paga el caminante de pasar 
los ríos por barca. III, 333. 

Barcelona. — Sus forajidos y bandoleros en tiempo de Cervan- 
tes, VI, 226; sus saraos y diversiones, VI, 272; una de las 
primeras ciudades de España en que hubo imprenta, según 
Méndez, VI, 285. 

Barcino. — Se llama al perro 6 al buey que tiene el pelo mez- 
clado de blanco y pardo 6 rojo. Este era el nombre de uno 
de los perros de caza de Felipe II, como dice Argote de 
Molina. VI, 446, 447. 

Barco encantado. — «ün pequeño batel sin remos»: he aquí la 
idea que dio origen y ocasión á la famosa aventura del 
Barco encantado. IV, 17. — Esta famosa aventura. V, gS- 
97, III. 

Barrabás (Mujer de). — Sancho dice á Teresa: «ven acá, mu- 
jer de Barrabás». IV, 90, 91 (t). 

Barraganía. — En castellano antiguo, barragan es mancebo, 
y barragana, manceba; pero con la particularidad de que 
los dos primeros nombres, que son los masculinos, se to- 
man en buena parte, y los femeninos, que son los segun- 
dos, en mala: aquéllos significan «joven alentado y de edad 
floreciente»; éstos «concubina»; y dieron origen á los ver- 
bos abarraganarse y amancebarse. La expresada diferencia 
entre barragán y barragana se observa en el Poema del 
Cid^ donde barragán es palabra de elogio, y barragana de 
vituperio. Barríiganía tiene dos acepciones: una mala, co- 
mo en el presente romance de Antonio á Olalla; otra bue- 
na, que parece fué la única que tuvo al principio, y en que 



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la usan el Poema de Alejandro y la. Gran conmista de Ultra- 
mar^ donde barraganías significa valentías, fuertes hechos, 
hazañas. I, 241; IV^ i55. — Véase Mancebo, etc. 

Barras (Sin daño de), — Quiere decir: sin perjuicio de tercero, 
puesto que no había sido necesario para dar cima á esta 
aventura el vencimiento de Malambruno, dándose éste «por 
contento y satisfecho á toda su voluntad». V, 336. — «Sin 
daño del cuerpo ni del alma». (Arrieta.) 

Barras derechas. — Locución que puede aludir al juego de la 
barra en que suele medirse y compararse el alcance respec- 
tivo de los tiros por medio de la misma barra con que se 
juega. De hacerse esto llevando la barra más ó menos tor- 
cida, resulta ser más ó menos largo el tiro que se mide, y, 
por consiguiente, perjuicio 6 ventaja á alguno de los juga- 
dores. — Así, barras derechas quiere. decir: «sin malicia, sin 
engaño», y en esta última acepción se halla en el Diccio- 
nario de la Academia. II, 182 (t); VI, 5i, 

Barrienios (Lope de), obispo de Cuenca. — Su Tratado de la 
adivinanza y sus especies. V, 36, — [I, 325 y n.; III, 417, 
418.] 

Bastimento. — Es voz propiamente militar; significa las «pro- 
visiones de boca», los «comestibles» de plazas, ejércitos y 
armadas, y se encuentra á cada paso en nuestros historia- 
dores. I, 243. 

Batafiar. — Verbo formado del nombre batán, lo mismo que 
abataytar, que significa golpear los mazos el paño en el ba- 
tán. El propio origen que batanar tiene el frecuentativo 
batanear, de que usa poco después Don Quijote y que sólo 
tiene significación m-ítafórica, porque no se aplica nunca 
á los batanes, sino solamente á las personas que, á mane- 
ra de batanes, golpean y muelen física ó moralmente al 
prójimo. II, 148-160 (t). 

Batafies (Aventura de los). — Uno de los mejores trozos de Ja 
primera parte del Quijote. II, 145. 



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Bausán. — Llamóse así en lo antiguo el bulto 6 figura de un 

. hombre embutido de paja y con armas, que solía ponerse 
algunas veces en los adarves 6 entre las almenas de las 
fortalezas para alucinar á los sitiadores, — Extendióse tam- 
bién á significar «una persona boba, estúpida». «Á los que 
están parados, mirando alguna cosa con la boca abierta, 
los llamamos bausanesi», dice Covarrubias (artículo Bau-- 
san), — Usóse también bausana para las mujeres. IV, i88. 

Bayarte, ó Bayardo. — Caballo de Reinaldos de Montalbán. V, 
304. — Véase Caballos famosos. 

Baza (No hace). — No gana, no logra, no consigue nada; me- 
táfora tomada del juego de naipes, en el cual hacer baza es 
ganar al contrario una ó más cartas y recogerlas. V, 425 (t). 

Bazán (D. Alvaro), marqués de Santa Cruz. — El más célebre 
general de mar de su tiempo, y conocido ya entonces por 
sus hazañas. — Cervantes, después de salir de cautiverio, 
militó bajo sus órdenes en la empresa de las Terceras, 
junto con su hermano Rodrigo, á quien premió por su va- 
lerosa conducta el marqués; y esto explica el título de «pa- 
dre de los soldados», que le da nuestro autor. III, 160. 

Beatos de Cabrilla. — Véase Bandidos de Andalucía. 

Bebe con guindas (Como quien dice:). — Es como si dijera: «miel 
sobre hojuelas», para expresar que la circunstancia de ser 
gobernador aumenta la injusticia de querer que se azote. 
— «Especie de exageración para dar á entender que piden 
que se azote, no como quiera un escudero, sino lo que es 
infinitamente más, todo un gobernador». (Arrieta.) V, 282. 

Beca (La), que, como de colegial, le ceñía los hombros y el 
pecho, era de raso verde, IV, 428. 

Becoquín. — Especie de gorro. — Véase Galocha. 

Béjar (Duque de). — La carta de Cervantes á él. I (Dedica- 
toria); II, 10; V, 7, 139. 

Btlarte, belludo, bellorí, ó velarte, velludo^ vellorí. — Paños. 
I, 3. 

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Belerma (El duelo de). — La cual, con sus doncellas, lloraba 
endechas sobre el cuerpo y el lastimado corazón de su pri- 
mo. IV, 439. — [I, 121, n.] 

Belianis de Grecia. I, 7, 8, 53, 129, 266; II, 86, 456; III, 
378.— [I, 216, n.] 

Belisa. — ^Anagrama del nombre de la primera mujer de Lope 
de Vega, Doña Isabel de Urbina. II, 3i6; VI, 441. — [II, 
160, n.] 

Belitre. — Es voz de la germanía. Significa «picaro». II, 468. 

Bellido Dolfos. — Él mató á traición al rey D. Sancho en el 
sitio de Zamora. II, 366, 396; V, 74. 

Beltenebrós, Amadís de Gaula (La penitencia de), en la Peña 
Pobre. — El ermitaño, atendiendo á su belleza y al estado de 
amargura y tinieblas en que se hallaba, le puso el nombre 
de Beltenebrós. II, 273, 274, 285. — Véase Peña Pobre. 

Beltrán de Guesclín ó Claquín. — Condestable de Francia y 
duque de Molina; uno de los más preciados caballeros de 
aquellos siglos; era feísimo; hecho prisionero por los ingle- 
ses, él mismo puso un precio excesivo á su rescate; fué la 
flor de la caballería y restaurador de ella, porque en su tiem- 
po se había relajado, y él la reformó y volvió á poner en 
honor y pujanza. I, 276; IV, 258; VI, 172, 225. 

Bendición (Tenía una cara como una). — Esto dijo el cabrero 
Pedro á Don Quijote del difunto pastor Grisóstomo. He 
visto y oído muchas veces esta bellísima expresión; no hay 
duda de que éste es su origen. I, 249 (t). 

Bene quídam. — No es la primera vez que Don Quijote habla- 
ba en latín á su escudero. En la primera parte (II, 108) le 
decía: juxta illud: si quis, suadenie diabolo, etc., dudando si 
estaría excomulgado por haber embestido y aporreado á 
los clérigos. En ambas ocasiones quedaría Sancho á oscu- 
ras. IV, 123. — «Éntrate, digo, por el maremagnum de sus 
historias». V, 90. 

Benito (Los dos frailes de San). — Caballeros sobre dos drome- 



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danos; que no eran más pequeñas dos muías en que venían. 
I, i8o (t). 

Berceo (Gonzalo de), — Poeta castellano de principios del si- 
glo XIII, que al fin de la Vida de Santo Domingo de Silos se 
califica á sí mismo de yoglar 6 cantor del Santo. II, 284; 
V, 129. — [I, 26-30.] 

Berenjeneros, — Los toledanos. — «Á los habitantes de Toledo, 
dice Covarrubias, por ser aficionados á berenjenas y usar 
su pasto en diferentes guisados, llaman berenjeneros i^. 
V, 76. 

Bernardo del Carpió, — Uno de los héroes más celebrados en 
nuestras crónicas y romances, á pesar de que no ha faltado 
crítico que ponga en duda su existencia. 1, 11, I23; II, 33o; 

III, 470; V, 96, 338. 

Berrocal (Juan). — Famoso mojón 6 catavinos. PelHcer ob- 
servó ya que Cervantes había insertado el ^uento de la 
prueba del vino en su Elección de los alcaldes de Daganzo. 

IV, 232. — Véanse Mojón y Prueba (La) del vino. 

Berzas (Mezclar) con capachos. — Frase proverbial que signifi- 
ca: «mezclar cosas inconexas y desconcertadas». IV, 61. 

Besar la mano ó el pie, hincar la rodilla, dar el beso 6 paz en 
el rostro, etc. — Acerca de estas distintas demostraciones de 
reverencia y homenaje, véanse I, 210; II, 168, 463; V, 
119, 271. 

Bestias (Cosas deprendidas de las). IV, 211. — La palabra bestia 
en su sentido primitivo 6 recto es femenina, como en el 
presente pasaje; en el metafórico es común de dos, y así se 
dice: «fulano es un bestia, fulana es una bestia it. IV, 209. 

Betis (Olivífero). — Se llama olivífero al Betis ó Guadalquivir 
por la abundancia de olivos que se crían en sus riberas. Del 
mismo vocablo usó Marcial hablando de este río y pintán- 
dolo con corona de olivo: 

•Baeiis, olivífera crines redimite corona^. 

—II. 78. 



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Bien de paz (Por). — Fórmula con que se designa el partido* 
medio que se toma en una discordia, cediéndose por amor 
de la paz el derecho ó algo del derecho que se tiene, para 
que, igualándose de esta suerte el agravio 6 el beneficio^ 
ambas partes queden contentas. II, i32; V, 462 (t). 

Bien haya el que inventó el sueño, — Sancho acerca del sueño^ 
VI, 367 (t).— Véase Sueño. 

Bienllegada, por bienvenida. — Palabra inventada por Cervan- 
tes. III, 258. 

Bien mal (Dormir). — El uso de la partícula bien por muy es 
frecuente en castellano, y aunque bien mal son dos pala- 
bras, al parecer, inconciliables y que mutuamente se des- 
truyen, sin embargo suele reunirías el uso, dándoles la mis- 
ma fuerza y significación que á muy mal. III, 297. 

Bien (No). — «Y no la hubo bien visto». Decimos ordinaria- 
mente «y no bien la hubo visto». Las dos palabras no y bien 
forman juntas una especie de partícula que vale tanto co- 
mo «apenas». Éste es el sentido que aquí tienen; y hubie- 
ra convenido reunirías, porque separadas no significan la 
mismo. II, 340. 

Bien predica quien bien vive. IV, 387 (t). 

Bins (Fiestas de). — Magníficas fiestas dadas en honor de Car- 
los V por su hermana la reina de Hungría, en Bins (Flan- 
des) en 1549. I' xív (Prólogo), i56, 196; II, 106, 107,. 
290; III, i5i; IV, 314, 3i6; V, i38, 3i6; VI, 96. 

Birlar d los bolos. — Lance del juego de bolos; tirar otra vez 
la bola desde el primer paraje en que se paró. IV, 355. 

Bizcocho (El) y el corbaclw. — Bizcocho es bis coctus, cocido dos 
veces, porque lo está el pan que se lleva ygasta en las na- 
vegaciones, para qi^e de esta suerte se conserve sin enmo- 
hecerse; ahora suele dársele el nombre de galleta. — Corba- 
cho 6 rebenque (como se le llama, VI, 3oi) era el azote 
con que el cómitre déla galera •mosqueaba, según allí se 
dice, las espaldas de la chusma». II, 209; VI, 3oi. 



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53 

Blair (Hugo). — Traducción de sus Lecciones, por D. José 
Luis Munárriz. I, i52; IV, 322, 334.— Véase Munárriz. 

Blanco (Francisco). — Morisco de Hornachos, que por la fama 
y crédito de su habilidad en minería fué buscado por los 
ministros reales. Se ocupaba en el oficio de la arriería an- 
tes de ser empleado en las minas, donde llegó á ser capa- 
taz y trabajó por espacio de veinte años. II, 29. 

Blanco de Paz (Fr. Juan). — De la circunstancia de ser fraile 
dominico el autor del Quijote de Avellaneda, y de ser con- 
trario á Cervantes, infiere Ceán que Avellaneda pudo ser 
Fr. Juan Blanco de Paz, enemigo que fué en Argel del 
mismo Cervantes, y que, rescatado después y vuelto á Es- 
paña, escribiría la segunda parte de Don Quijote en despi- 
que contra el autor déla primera. VI, 2o3. — [II, 142.] 

Blanco (No soy nada). — ^No soy un loco 6 un tonto. Blanco es 
«bobo ó necio» en el Vocabulario de germanía compuesto 
por Juan Hidalgo. II, 52i. 

Blanco y terrero. — El blanco , para tirar á él con flecha ó con 
bala, suele ponerse en un terrero á fin de evitar los recha- 
zos y otros accidentes. De aquí vino usarse de la voz ierre' 
ro casi en la misma significación de blanco, como sucede 
en el texto. IV, 180. 

Blancos ó amarillos. — Dice Sancho de los vasallos futuros que 
pensaba vender: «por negros que sean, los he de volver 
blancos ó amarillos»; esto es, he de convertirlos en plata ú 
oro. II, 441, 496. 

Bobas mías. — Palabras de cariño, propias de un superior que, 
hablando con personas inferiores, se allana á chancearse 
bondadosamente con ellas. IV, 112. 

Bobis bobis (De). — Para mí es casi seguro que el original ten- 
dría de bóbilis bóbilis, que es como usó Quevedo de este 
modo adverbial en su Cuento de cuentos, y como se dice co- 
munmente. Acaso estaría escrito en abreviatura, y eso da- 
ría lugar al }'erro del impresor. — De balde, sin trabajo» 



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54 
(Academia.)— II* 467. — «Y no quiero creer que me haya 
dado el cielo la virtud que tengo, para que yo la comunique 
con otros de bóbilis bóbilis». VI, 409 (t). 

Bobo (El). — La figura, persona 6 papel (que todo es uno) del 
bobo, es muy antiguo con este nombre en la dramática cas- 
tellana. Algunas veces se da á este papel el nombre de sim* 
pie; el que hacia en las tablas el papel del bobo 6 simple ne- 
cesitaba de mucho talento, porque, como dijo Don Quijote,, 
«la más discreta figura de la comedia es el 6060». IV, 64,. 
206. — Véase Simple discreto. 

Boca (A pedir de, 6 á qué quieres). — Frases familiares que sig- 
nifican lo mismo que «á medida de lo que se pide», segúa 
los deseos que se manifiestan con las palabras. II, 461; 
III, 81. — Á qué quieres boca, IV, 404 (t). 

Boca de lobo. — Expr. met. de que se usa para significar una. 
grande oscuridad. (Academia.) V, 470 (t). 

Bocacio (Bocaccio). — Su Fiammeta era María, hija natural de 
Roberto, rey de Ñapóles, según Guinguené. I, xix (Pró- 
logo); VI, 442. 

Bocados de nudos de suelta. — Sueltas son los pedazos de soga 6 
cordel con que se traban las manos de las bestias, y, según 
Covarrubias, se llamaron así por antífrasis. Sus nudos, co- 
mo de cosa gruesa y ordinaria, son abultados, y así debíaa 
de ser los bocados que tragaba Sancho, por la prisa que se 
daba á engullirlos antes de mascarlos suficientemente,, 
cuando eran todavía tamaños cual nudos de suelta. IV, 228. 

Bocina (Boca de la). — En aquel tiempo se daba el nombre de 
Bocina á la constelación que comprende la estrella polar. 
Osa Menor la llaman los astrónomos, y Carro Menor el vul- 
go. II, 119. 

Bodas de Camacho (Las). — Cervantes enlazó con discreta va- 
riedad los trámites de su fábula. IV, 369. — Don Juan Me- 
léndez Valdés, poeta insigne de nuestros tiempos, tomó el 
argumento de esta aventura del Quijote para una comedia 



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55 
que compuso con el título de Bodas de Catnacho. IV, 399. 
— Véanse Meléndez Valdés y Camocho (Bodas de). — [III, 
3i3, 344, 35i.] 

Bofordar, 6 quebrantar tablados. — Era un ejercicio ecuestre, y 
debía consistir en derribar, arrojando las lanzas desde el 
caballo, los tablados hechos al intento. IV, 3i5. — Véase 
Tablados (Quebrantar). 

Bohemia (Puerto en). — Absurdo geográfico muy común en las 
novelas de caballería, y que sin duda Cervantes intenta ri- 
diculizar, cuando hace decir á Dorotea que • desembarcó 
en Osuna», que no es puerto de mar, sino una ciudad inte- 
rior. Otro error geográfico semejante se encuentra en el 
Cuento de invierno, de Shakespeare, acto III, al principio 
de la escena tercera, en que Antígono dice al marinero: 
i ¿Ha tocado entonces nuestro barco en los desiertos de 
Bohemia?» II, 469, 460; III, 38i. — Jarvis, en unk nota 
dice: «Este error geográfico de la Princesa es probablemen- 
te una sátira dirigida al historiador Mariana, quien for- 
malmente cuenta que el cónsul Quinto Fabio envió á Espa- 
ña 15.000 hombres contra Viriato, y éstos desembarcaron 
en una ciudad llamada Orsuna (hoy Osuna), en Andalucía, 
siendo así que dicha ciudad está á muchas leguas del mar» . 

Bohl de Faber. — Su apreciable colección de nuestra poesía, 
con el título úq Floresta. III, 319; V, 278, 279; VI, 207.— 
Véase Floresta, de Bohl de Faber. — [I, 253, n.] 

Bojiganga, mojiganga. — Espeqie de compañía cómica, com- 
puesta de pocos farsantes. IV, 197. 

Bolonia (Universidad de). IV, 340. — «Por ser graduado en 
el Colegio de los españoles en Bolonia, en Italia». V, 166. 
— Véase París y Salamanca { Universidades de). — [3i5, 3i6. ] 

Bolsa con cien ducados. — La de dinero que se encontró Sancho 
en Sierramorena. IV, 225. — En otra parte se dice, en vez 
de ducados, «escudos de oro», y «pañizuelo», por bolsa. II> 
233; IV, 69, 73, 86; V, 247. 



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56 

Bolsones de pellejos de gatos. — Antiguamente se usaban mucho 
' para llevar dinero, y aun hoy también. — Gato del dinero, 
por «bolsa del dinero», expresión muy común en Cervan- 
tes. IV, 383. 

Bonamí (Simón). — Enano muy notable. Á su muerte, G6n- 
gora y Lope de Vega le compusieron epitafios. II, 173. 

Bonetes de Toledo. — Artículo de gran exportación en España. 
IV, 3. — De Toledo sería «el bonetillo colorado y grasicn- 
to» del ventero, que se menciona en la batalla con los cue- 
ros de vino tinto. III, y5 (t). 

Borbón (Duque de). — Su muerte en Roma en 1527. V, 332, 
333. 

Borceguí. — Calzado de cuero flexible, usado todavía por los 
moros, y que llega á la mitad de la pierna. IV, 324; III, 
121 (t). 

Borgona. — El pais clásico de la caballería europea. III, 467. 

Borla. — Birrete de los doctores en las universidades. III, 
i33. 

Boscaw.— Se llamó Nemoroso. — El Nemoroso de Garcilaso. — 
Nemoroso significa «propio de la selva», y Boscdn «pertene- 
ciente al bosque». VI, 358. 

Botarga, zaharrón. — Arlequín, bufón. IV, 197. 

Boticario toledano. — Etimología de boticario, botella, botija, bó- 
tecillo, botica, botillería. V, 259; VI, 199. — Muy mal debía 
estar Cervantes con la« dueñas; á lá cuenta, él era el boti^ 
cario toledano. V, 260-262, 3 12. 

Bowle (D. Juan). — Su extraordinaria edición de Don Quijote, 
publicada en Salisbury (Inglaterra) en 1781, á la cual de- 
dicó catorce años de incesante trabajo; es la mejor, según 
Mr. Ticknor, después de la de Clemencín. «Su trabajo, fru- 
to, como él mismo cuenta, de catorce años de lecturas y 
aplicación, es muy dig^o de alabanza, y muy digno de ad- 
mirar en un extranjero el conocimiento de libros castellanos 
con que enriquece y autoriza sus notas». I, xxxv, xxxvi 



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57 
(Prólogo), 134; IV, 52. — «Al castillo de su buena muía». 
Bowle equivoca costilla con castillo. Es equivocación excu- 
sable en un extranjero, y extranjero tan benemérito por otra 
parte de la literatura española. I, 184. — Clemencín añade 
más observaciones y juicios críticos. I, 185; II, 326; III, 
400; IV, 128; V, 29. — «Como extranjero, no alcanzó la 
fuerza del idioma, cosa siempre difícil y á veces imposi- 
ble». II, 345.— [III, 437 y n.; II, i32, n.; 139, n.] 

Boyardo (Mateo). — Matteo María Boj ardo, conde de Escan- 
diano, escribió el poema caballeresco de Orlando enamora- 
do, que continuó después Ludovico Ariosto en su Orlando 
furioso. Traducciones de Francisco Garrido de Villenayde 
D. Martín Abarca de Bolea. I, 118; III, 38o.— [II, 481, 
482, n.] 

Bozal. — Ladino en los negros se opone á bozal, que es el que 
no sabe otra lengua que la suya nativa. III, 219. — Véase 
Ladino. 

Bradatnante, régulo de Guadalajara, y la Infanta Galiana, con 
quien se casó Carlomagno después de vencer en desafío y 
matar á su rival. VI, i23. 

Brandabarbarán. — Señor de las tres Arabias. II, 72. 

Brando. — Espada. En los libros caballerescos son muchos 
los nombres propios de caballeros, en cuya composición en- 
tra la palabra italiana brando, como Brandicel, Brandimar- 
te, etc., y sobre todo en nombres de gigantes, como Brada- 
fidel y otros, á quienes Cervantes añadió el de Brandabar- 
barán. II, 72. 

Brazo partido (A). — Con los brazos solos, sin usar de armas. 
(Academia.) «Se abrazó con él (Sancho con su amo) i ¿ra- 
zo partidor. Éste es uno de los muchos pleonasmos que se 
advierten en la presente fábula. V, 224. 

Brazos ladrones y salud borracha. — «Porque ala sombra de la 
manquedad ñngida y de la llaga falsa andan los brazos la- 
drones y la salud borracha». Estas imposturas se lleva- 



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58 
ban al último extremo en tiempos de Cervantes. VI, 64. 

Briareo (El gigante), — Según la fábula, tenía cien brazos y 
cincuenta vientres; fué uno de los Titanes que combatie- 
ron contra los dioses, y fué sepultado con sus compañeros 
debajo del monte Etna, cuyas explosiones se creían ser los. 
gemidos de los gigantes que allí yacían. I, 172. 

Brida (La). — Era manera de montar propia de los hombres 
de armas 6 caballería pesada, á diferencia de la jineta^ que 
era propia de la caballería ligera, y muy usada por los 
moros. En la brida, se llevaban los estribos largos y las 
piernas tendidas: el jinete parecía estar en pie; las camas 
del freno eran largas. En la jineta, los frenos eran recogi- 
dos, los estribos cortos: el caballero parecía ir sentado, y 
sus piernas no bajaban de la barriga del caballo. — Arte 6 
modo de andar á caballo, cuyo ornato era distinto del que 
hoy se usa. (Academia.) — I, 34. 

Brilladoro (Brigliadoro). — Caballo de Roldan. (Véase Or- 
lando Furioso, cantos 24 y 41.) V, 3.o3, 304. — Véase Ca- 
ballos famosos. 

Brincos. — Joyuelas ó adornos que solían llevar pendientes 
mujeres y niños, y por la libración de sus reflejos parecían 
brincar al moverse las personas que los llevaban. II, 229; 
V, 276. 

Brindis. — La acción de brindar ó convidar á beber. Es el 
único nombre castellano que tiene la misma terminación 
en singular que en plural, y por consecuencia el único real- 
mente indeclinable: no me ocurre otro que tenga tal pro- 
piedad en nuestro idioma. Según Covarrubias, brindis es 
voz de origen tudesco. V, 190. 

Brocado de más de diez altos. — Ponderación desmesurada. 
Llámase brocado á la tela de seda sobrelabrada con oro ó 
plata. El más precioso era el de tres altos, y no pasó de 
aquí el que se menciona como el más magnífico en la cró- 
nica de D. Florindo de la Extraña Ventura. En esta clase 



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59 
de brocados^ á semejanza de los altos de las casas^ se lla- 
maba primero, al fondo de la tela; segundo, á la labor, y 
tercero, al realce de los hilos de plata, oro, ó seda escarcha- 
da ó briscada. El brocado de diez altos que dijo Sancho, es 
un absurdo. IV, 173. «Empuñará su gobierno, que con otro 
de brocado de tres altos*. ¿Qué es gobierno de brocado de tres 
altos? No lo adivino, á no ser que se quiera indicar un go- 
bierno lucrativo y rico, de superior calidad y provecho, 
como el brocado lo es entre otras telas. Puede ser también 
que falten algunas palabras del texto original. Todo filé 
posible, visto el descuido con que se hizo la edición pri- 
mitiva. V, 184. 

Brodisias. — Por el brodio 6 bodrio de que se alimentaban. Se 
llamaban asi los pobres mendigos que iban á los conventos 
á buscar algunos fiambres. III, 129. — Véanse Sopistas y 
Andar á la sopa. 

Bruja. — Mujer que, según la opinión vulgar, tiene pacto con 
el diablo, y hace cosas extraordinarias por su medio. (Aca- 
demia.) — Cervantes no creía en brujas, y ciertamente era 
de la misma opinión que Lope de Vega, cuando en una de 
sus comedias decía, tratando de necedad esta creencia: 

^¿Por qué las brujas lo son? 
Porque son tontos los hombres m. 

En los libros caballerescos se encuentran por todas partes 
brujas, magas y encantadoras. V, 455. 

Brutesco. — «Fuente á lo brutesco ordenada», sería grotesca; 
esto es, hecha de adornos caprichosos y rústicos, como son 
las grutas de las montañas. III, 476. 

Búcaros (Penantes). — Búcaros, vasijas de barro colorado que, 
mojadas, dan un olor agradable, y por esto servían co- 
munmente en otro tiempo de vasos para beber el agua. 
Solían traerlos de Portugal y de las Indias y también mas- 
carlos y comerlos las mujeres, creyendo amortiguar con esto 



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6o 
" el color del rostro, y tenerlo más adamado. Penante 6 pe- 
nada, se llama la copa, taza, y en general, la vasija de 
boca estrecha que da el licor con pena, con dificultad, y 
poco á poco: los búcaros se harían así para prolongar de 
esta suerte el placer de los bebedores y la fragancia de la 
bebida. V, 172. 
Bucéfalo. — El bridón de Alejandro Magno sé llamó Bucéfalo, 
que significa cabeza de buey ó porque ésta era su marca, 
propia de una de las razas más apreciadas de Tesalia, 6 
por la anchura de su frente, semejante en esto á la de un 
toro. Aseguran que sólo se dejaba montar de Alejandro. 
Matáronselo en la batalla contra Poro, y Alejandro edificó 
en su honor una ciudad á que puso el nombre de Bucefalia, 
como dice Plutarco. I, 17. — De este caballo se dice en el 
Poema de Alejandro: 

^Fizólo un elefant, cuerno dis la escritura^ 
En una dromedaria por muy grant aventura; 
Venial de la madre ligeree por natura^ 
De la parte del padre frontales é fechura, » 

¡Rara genealogía! V, 3o3. — Véase Caballos famosos. 

Bucólicos (Los libros). — Véase aquí el origen de ellos, mez- 
clados de prosa y verso, que aparecieron á principios del 
siglo XVI en el teatro de la literatura europea. I, xviii (Pró- 
logo). 

Buen ánimo. — En castellano significa ordinariamente tánimo 
resuelto, alentado», no «buen talante», ó «agrado», que es 
la acepción que aquí tiene: «fué recogido de los cabreros 
con buen ánimos. I, 227. — «Ea, buen Sancho, dijo la Du- 
quesa; buen ánimo y buena correspondencia al pan que ha- 
béis comido del señor Don Quijote». V, 284 (t). El ad- 
jetivo bueno, puesto antes del sujeto de quien se dice, gene- 
ralmente es irónico y se toma en mala parte: «aquellos 
buenos señores». II, io5. — En el texto «tomé mi buen di- 



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6i 
ñero» 9 no es así, puesto que no se trata de ridiculizar ni 
despreciar la cantidad recibida. III, i88. 

Buefi (Al) callar llaman Sancho. — El chiste de este refrán pue- 
de consistir en que Sancho sea lo mismo que Sanio, En 
efecto Santo era nombre propio, y el de Don Sanio, el poeta 
judío de Carrión, que floreció en tiempo de D. Pedro el 
Cruel. Siendo esto así, querrá decir el refrán que «el buen 
callar es cosa santat. V, 365, 

Bucti hombre. — Tratamiento que arguye gran superioridad en 
quien lo usa, respecto de aquel á quien lo dirige. Parece 
bondad y es desprecio, II, 47, 206 (t); III, 188; VI» 229. 
— «Mi 6mw criado»; bmno, por ironía. II, 417. — «Señor 
btuno», modo común de hablar á una persona desconocida, 
que todavía se usa en España, especialmente en los cami- 
nos, como es el caso del texto. «Tío bneno, tía buena» se 
dice ordinariamente á las personas cuyo nombre se ignora, 
y que por su traza se conoce pertenecen á la clase común 
6 pobre. Á éstos se llama «tíos», como á los mendigos 
«hermanos». VI, 346. — [III, 430, 431, n.] 

Buen porqué.-^Es gran cantidad, gran porción; equivale á 
cantidad razonable. «Les costó buen porqué de su sangre 
y de su sudor». I, 269. — «Que cabe un buen porqué de vi- 
no». V, 3o. 
Buena manderecha. — Esto es, buena suerte, fortuna, prospe- 
ridad; expresión familiar anticuada. «Siniestro» suele sig- 
nificar «desgraciado, infausto». Decimos «hado siniestro »* 
y esto lo tomamos de los latinos: 

Saepe sinistra cava praedixit ab Hice comix. 

Y como dijo, tomándolo de Virgilio, el dulcísimo Gar- 
cilaso: 

nBien claro cofi su vox me lo decía 
La siniestra corneja^ prediciendo 
La desventura mía 9. 



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62 

^- I, 292. — Por una razón contraria se aplicó lo «afortunado» 
á «derecho» en la locución del texto. IV, 411; VI, 164, 
433. — Esta locución pudiera traer su origen de lo que di- 
ce Covarrubias: «que los antigiios contaban por las manos 
diestra y siniestra los años». VI, 293. 

Buena paga. — La persona que prontamente y sin dificultad 
págalo que debe; y al contrario se dice nialapaga. (Acade- 
mia.) — «Tal como buena paga». VI, 409 (t). 

Buena pasta. — La índole, el genio blando 6 pacífico. (Acade- 
mia.) — «Puesto que la tenían por boba y de buena pasta». 
VI, 67 (t). 

Buenas migas (Córner). — Véase Hacer buenas migas. — «Quiere 
que no comamos buenas migas». • Hacer buenas migas» es 
como familiarmente se dice de los que viven acordes entre 
sí. Mucho recelo que está viciado el texto. VI, 207. 

Buenas noches (Y a). — «Quedarse uno ó dejar á otro d buenas 
noches 7H quedarse ó dejar á uno á oscuras por haber apaga- 
do la luz. (Academia.) VI, 182 (t). 

¿Bueno ( Adonde)? ^ ó ide dónde buetwí — ¿Adonde va?, 6 ¿de dón- 
de viene? (Academia.) M¿Ad6nde bueno camina vuesa mer- 
ced, señor gentil hombre»? VI, 424 (t). 

¿Bueno (No es)? — ¿No es extraño? IV, 271 (t). 

Buho (El invidiado). — El invidiado alude, sin duda, al uso 
que se hace del buho en la cetrería ó caza de aves, donde 
se observa que los pájaros bajan al buho colocado en el se- 
ñuelo, creyendo el vulgo que la envidia los mueve á querer 
sacarle los ojos, y que esto es á lo que bajan. El buho era 
también mirado como pájaro funesto y aciago. Enviudado 
se ve equivocadamente en algunas ediciones, por invidiado. 
I, 292. 

Bullir. — «No bullía pie ni mano». — Bullir^ en esta ocasión, 
es verbo activo, y significa «menear con movimiento pe- 
queño». Otras veces, y son las más, es verbo neutro, y equi- 
vale á «menearse con movimiento pequeño, pero vivo y 



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63 
frecuente, como hace el agua cuando hierven; del latín bu- 
lliré, por las ampollitas que forma. III, 520. 

Buñiulo. — Fruta de sartén, que se hace de masa bien batida, 
frita en aceite 6 manteca. Al tiempo de freirse se esponja, 
y sale de varias figuras y tamaños, y se come comunmen- 
te con aguamiel 6 azúcar. (Academia.) —• Hay algunos que 
así componen y arrojan libros de sí como si fuesen buñue- 
/os i. Comparación feliz y significativa, que pudiera apli- 
carse á infinitos buñoleros literarios, tanto nacionales co- 
mo extranjeros. IV, 66. 

Bureo (Entrar en). — Lo mismo que «entrar en juntai 6 deli- 
berar. — Covarrubias dice que bureo es nombre alemán, pe- 
ro más bien parece que es francés: bureau, tribunal. — La 
misma significación que bureo tiene «consejo», cuando po- 
cos renglones después se dice: «de cuyo consejo salió por 
voto común de todos». IV, 266. — En el mismo sentido se 
usa después en la aventura de la Dueña Dolorida: «cuyo 
temor nos hizo entrar en bureo á los tres». V, 284 (t). — 
Véase Consejo. 

Buriles, cinceles. — Los primeros son los instrumentos que usan 
los grabadores, y los segundos los de los escultores. En el 
presente pasaje se aplica el nombre de buriles á los instru- 
mentos de la escultura, que ahora llamamos cinceles, de- 
jando los buriles para el grabado; pero en tiempo de Cer- 
vantes, y aun en el siguiente, se llamaban buriles los ins- 
trumentos de ambas artes, según se ve por diferentes luga- 
res de la República literaria de D. Diego Saavedra Fajar- 
do. V, 157. 

Burguillos (El Maestro Tomé de). — La Justa poética de San 
Isidro, su reto, V, 76; su canción burlesca sobre los Balle- 
natos de Madrid, V, 77; sus versos en la Justa poética ala- 
bando burlescamente al rey D. Felipe III, VI, 108. — 
[II, 181 y n.; i83, 184 y n.] 

Buscapié (El). — El famoso y nunca visto folleto del mismo 



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Cervantes, donde se apuntaba, según dicen, que el Quijote 
era una sátira paliada del emperador y otros personajes. 
Mas los indicios son demasiado ligeros para justificar ni 
aun dar colorido á la sospecha. II, 289; IV, 5o. — La inve- 
rosimilitud de la existencia del Buscapié de Cervantes. IV, 
63. — «El Buscapié se ha supuesto escrito por Cervantes; 
pero realmente es una ficción ruda, necia y chapucera; un 
juguete literario de D. Adolfo de Castro». (Ticknor, III, 
403.) — [II, 137, n.; III, 423-434.] 

Buscar d Marica por Ravena. — Locución proverbial italiana 
para expresar la inutilidad de alguna diligencia que se hace, 
como sería la de buscar á una mujer en Ravena por el nom- 
bre de Marica, que allí debía ser común; lo mismo que 
«preguntar por Entunes en Portugal», ó «por Mahomad en 
Granada»; igual caso sería el de quien buscase «al bachi- 
ller, sin otras señas, en Salamanca». «Así será buscará, 
Dulcinea por el Toboso como d Marica por Ravena, ó al ba- 
chiller en Salamanca». IV, 169. 

Buscar pan de irastrigo. — Frase proverbial. «Buscar las cosas 
fuera de sazón, ó meterse en negocios que no le atañen y sólo 
pueden acarrearle daño». (Salva.) — «Metafóricamente ha- 
blando, buscar pan de trasirigo es empeñarse en satisfacer 
caprichos ó antojos, ó meterse en empresas difíciles de 
conseguir». (Arrieta.) — Pan de irastrigo, cosa fuera de sa- 
zón, inoportuna, irregular. I, 161 (t); VI, 358. — Véase 
Trasirigo (Pan de). 

Buscar tres pies al gaio. — «Buscar cinco pies al gato», frase 
proverbial. «Tentar la paciencia á alguno con riesgo de irri- 
tarle» . (Salva.) — Tabeada dice: «Buscar tres pies al gato y 
él tiene cuatro», cherclter querelle, noise, aquelqu'un; «andar 
buscando tres pies al gato», provoquer quelqu'un, chercher 
noise, chercher midi d quaiorze heures; «buscar cinco pies 
al gato» , chercher midi á quaiorze heures* «Enderécese, 
dijo el comisario á Don Quijote, ese bacín que trae en la 



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cabeza, y no afide btíscatido tres pies al gato. II, 213 (t). 

Busilis (El). — Palabra de que se usa en el estilo jocoso para 
significar el punto en que estriba la dificultad de lo que 
se trata. Aquí es imisterio, secreto». «Tenía admirada á 
toda la gente que el busilis del cuento no sabía». V, 407. — 
«Ninguna otra persona sabía el busilis del encanto». VI, 
276 (t). 

Busiris. — Rey de Egipto. — «Algún cruel Osiris>>. Cervantes, 
con su distracción é inexactitud acostumbradas, trueca á 
Osiris con Busiris. VI, 229. — Véase Osiris. 

Bustos de emperadores romanos. — En tiempo de Cervantes era 
muy común adornar los edificios y jardines con los bustos 
de los primeros Césares.6 emperadores romanos, hechos de 
mármol. VI, 265. 

Butrón. — Apellido noble de España. — Sería curioso saber si 
lo llevaba alguna persona de las que tuvieron parte en los 
sucesos de Cervantes en la Mancha; si lo hubo durante 
aquella época en la patria de «Juan Haldudo el rico», ó si 
correspondía á alguno de los académicos de la Argama- 
silla, mencionados al fin de la primera parte del Quijote. 
Como de estas alusiones envolverá la presente fábula, que 
en su tiempo prestarían á la investigación algunos indicios 
y rastros que ya ha borrado la envidiosa lima del tiempo. 
VI, 447. — Nombre de uno de los dos famosos perros de 
Sansón Carrasco. VI, 446 (t). 

Buz (Hacer el). — Dice Covarrubias que el buz es «el beso de 
reverencia y reconocimiento que da un mono á otro; y en- 
tre otras monerías que la mona hace, es el buz, tomando 
la mano y besándola con mucho tiento y luego ponién- 
dola sobre la cabeza». — Hacer el buz equivale á obsequiar 
6 festejar; rendir homenaje ó respeto de una manera servil. 
I, Lxv (Prólogo). 

Buzcorona. — La añadidura de corona al buz puede tener co- 
nexión con lo que dice Covarrubias de tomar las monas la 



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mano> besarla y ponerla sobre la corona 6 coroníHa. I, 
Lxv, Lxvi (Prólogo); VI, 382. 

C (La letra). — Sobre su pronunciación como la letra 5; y la 
de la letra s como si fuera c. — El verbo cecear tiene dos 
significaciones: una es llamar á alguno con la interjección 
¡ce!, excitando su atención, y convidándole á que escuc&e y 
se acerque; otra es pronunciar la letra s como si fuera c, 
que es práctica usada generalmente en algunas partes de 
Andalucía. Por un abuso contrario, suele pronunciarse la 
letra c como s en las provincias donde aún no ha dejado de 
hablarse el lemosín, y señaladamente en el reino de Va- 
lencia. III, 282. — Véase Cecear. 

Caba (La) rumia, ó la mala mujer cristiana. — La Caba fué 
hija ó mujer del conde D. Julián, aquel que, según se cree 
vulgarmente, trajo á España los moros que la conquistaron 
á principios del siglo vui. Se cuenta que el conde lo hizo 
por vengar la fuerza que el rey D. Rodrigo hizo á aquella 
señora; la cual, si el caso fué cierto, más bien mereció el 
nombre de «desgraciada» que el de «mala» que le dio injus- 
tamente la posteridad. El nombre de rumia ó romana equi- 
valía al de «cristiana». Á la Caba suele darse también el nom- 
bre de Florinda. — El cabo que indica el texto será el Albatel 
6 el Caxines, los cuales forman en su intermedio un golfo 
que todavía se llama de la Mala Mujer. II, 367; III, 236; 
V, 167. — Véanse Rumia (La Caba), Romano y Profecía del 
Tajo. 

Caballería (La) mamhega. — Es evidente que Cervantes tiró á 
ridiculizar cierta clase de hidalgos de la Mancha; y esto 
debió ser de resultas de las ocurrencias que tuvo en aquel 
país y dieron origen á la fábula del Quijote en el lugar «de 
cuyo nombre no quería acordarse». (Véase I, i.) — Esta 
es la caballería manche ga, de quien era «luz y espejo» nues- 
tro insigne Don Quijote. I, 194. 



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Caballero. — «Tirándoles á caballero i»; esto es, tirando de pa- 
raje más alto. Caballero es voz de fortificación, que lleva 
consigo la idea de superioridad 6 altura mayor; como es la 
del jinete que va á caballo, sobre los peones que le rodean. 
m, i65. — #Y él, caballero en su dañada y primera inten- 
ción»; quiere decir: irfijo, firme, persistiendo en su prime- 
ral intención». V, 41Í. — «Corrió (el tiempo) caballero en las 
horas». V, 421 (t). — «Tan mal caballero»; esto es, montado 
asnalmente; y en efecto, era mal visto que las personas de 
respeto montasen de este modo. I, 95; II, 19. 

Caballero á lo eclesiástico. II, 847; IV, 221. — Véase Arzobis- 
pos andantes. 

Caballero (El) andante sin amores, era árbol sin hojas y sin 
fruto, y cuerpo sin alma: 

• Perch^ ogni cavalier ch' é sema amores 
Se in vista, e vivo, vivo e sen xa core», 

(Orlando Innamorato, lib. I, c. 18.) 

—I, 19, ¿78; ni, 484; ÍV, 2i3; V, 148 (t), iSg. 

Caballero de la Ardiente Espada, Amadís de Grecia; él de la 
Verde Espada, Amadís de Gaula. I, iii; II, 62, 106, 457. 

Caballero de la Blanca Luna (El duelo del). — La última aven- 
tura de Don Quijote. VI, 320*33o. 

Caballero de la Cruz. — Et invencible caballero Lepolemo: su 
historia, por Pedro de Lujan. I, 116; II, 467; IV, 2i5; 
V, 421. — Véanse Lepolemo y Lnjdn (D. Pedro de). — [I, 
217.] 

Caballero de la Triste Figura. — Nombre que puso Sancho á su 
amo, diciéndole: «porque le he estado mirando un rato á 
ki luz de aquella hacha que lleva aquel malandante, y ver- 
daderamente tiene vuestra merced la más mala figura de 
poco acá (desde poco tiempo acá) que jamás he visto». II, 
ro5, 106 (t); IV, 307. 

Caballero del Bosqtie (La avenftura del). IV, íig.-^-Tres nom- 



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bres se le dieron 4 este caballero en la relación de la pre- 
sente aventura: del Bosque, de la Selva y de los Espejos. 
Mientras duró la oscuridad de la noche se le dieron los dos 
primeros, que vienen á ser uno mismo; desde que amane- 
ció y pudo verse su sobrevesta, sólo se le llama ya Caba- 
llero de los Espejos, por los que llevaba en ella. IV, 233, 
25o. — En la segunda batalla entre este caballero y Don 
Quijote, el bachiller tomó el nombre de la Blanca Luna. 
IV, 254; VI, 329. — Caballero del Bosque, de la Sierra, Ro- 
to de la mala figura: así se llamó á Cárdenlo en la Sierra- 
morena. II, 252. — Véase Sansón Carrasco. 

Caballero del Febo. I, 9; II, 457; V, 96. — Véase Alfebo. — 
[II, 140, n.] 

Caballero de los Leones. — Don Quijote quiso que en este nom- 
bre se trueque el de Caballero de la Triste Figura. — Tres 
caballeros lo tuvieron. IV, 307. 

Caballero del Sol y ó de la Serpiente (La imaginada historia del)* 
— Es uno de los trozos en que más resplandece la inventi- 
va de Cervantes y la originalidad y mérito del Quijote. II, 
165-181. — Véanse varias Notas y textos. 

Caballero del Verde Gabán. IV, 319. — Véase Miranda (D. Die- 
go de). 

Caballero novel. — Vésise Fierres Paptn. 

Caballeros. — Son innumerables los nombres y títulos de esta 
clase que se encuentran en los libros de caballería. II, io6. 

Caballeros é hidalgos. — La diferencia entre ellos. — Al hidalgo 
lo constituye la alcurnia; al caballero le acompaña también 
la riqueza. IV, 38, 110. 

Caballeros de capa y espada. — Dase este nombre á los caba- 
lleros que no han hecho profesión, ó carrera, como se dice, 
de letras, por oposición á los que las cursan. IV, 288; V, 
i3. — Véase Capa (De) y espada. 

Caballeros de la Banda. — El rey D. Alonso el XI instituyóla 
orden de la Banda en i33o. I, 176. 



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Caballeros de la Tabla Redonda. I, 261. — Véase Tabla Redon- 
da (Caballeros de la). 

Caballos. — Las jacas de los bufones Gonela y Velasquillo, y 
los bridones de Alejandro Magno (Bucéfalo), del Cid (Ba- 
bieca) y de Don Quijote (Rocinante).. I, 16, 17. 

Caballos de madera. — Los de Fierres, de Croppart y de Clavi- 
leño. — Véanse en sus correspondientes lugares. — III, 458 

V, 3oo, 307, 314, 317, 326. 

Caballos famosos en la historia, de caballeros, de héroes, etc 
— Véanse las largas Notas: I, 17; II, 299, 3oo, 443; V 
3o3-3o6. 

Caber. — Este verbo tiene dos acepciones opuestas: una, «po 
der contener», que es más conforme á su origen latino de 
capio; otra, «poder ser contenido». En la primera acepción 
es verbo activo; en la segunda es de. estado. Con sólo 
variar el régimen cambia la acepción; igualmente puede 
decirse, y lo mismo significa, «un jarro que Cabe un buen 
porqué de vino», y «un jarro en que cabe un buen por- 
qué de vino»; aquí es de estado, y allí activo. V, 3o; IV, 
374. 

Cabestro. — El buey manso que va delante de los toros y va- 
cas con un cencerro al cuello y les sirve de guía. (Acade- 
mia.) VI, 186 (t). 

Cabeza encantada de bronce (La aventura de la). — VI, 269, 
276-284. 

Cabial. — Especie de embuchado de los huevos del esturión, y 
aun de otros pescados crasos, que se cura y endurece al hu- 
mo. VI, IDO. 

Cabida (Tener) con uno. — Tener valimiento con él. (Acade- 
mia.) Sancho dice: «mano y concavidad», por «mano y 
cabidas. V, 186. 

Cabo (En ningún). — En ningún modo, por ningún medio. 

VI, 179 (t). 

Cabo (Por el). — Extremadamente. (Academia.) — «Acabados, 



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pierfectos, buenos en cxtreiriof. (,<uriQfe.) «Y todíOS diaolao 
que eran por el cabo^. I, 248 (t). 

Cabx> (Á) de rato. — Ma<io adverbiai wa qw /se wta o. Z9Í¿ss^ 
H que, después de haberse dptenido muchp^ti^^i3|v:> ten pen- 
sar ó hacer alguna cosa, la hace ouJ ó sale ^on algún 4es- 
prppósito. (Academia.) «Buenp le^tá el donwe can qíic ha 
salido 4 cabo de ratot. 11, 2i3 (t). 

Ca6ra ("Líí sima de). — En la sierra de Cabra, villa die la pro- 
vincia de Córdoba. IV, 207. — [III, 429.] 

Cabrahigo (No se me da un). — Equivale 4. cnp se fí;)e 4a un 
bledo, un pepino, etc.» V, 264. 

Cabrera /D> Ramón). — cSancho lo dijo^ Sajichp lo hizo» Sw- 
php tomó, etc.» Ejemplo adjnirable de la figura «repeti- 
c^iÓAf • La presente me parece tan natural, que estoy Qrpy^- 
4p qu<e cuando Cervantes la escribía, no pensaba en eUa. 
Es verdad que lo mismo sucede risspecto de una infinidad 
de pasajes del Quijote, en los que á mi imaginación se re- 
presenta la Naturaleza dictando y Cervantes sirviéndole de 
amanuense. La naturalidad, en mi concepto, es en lo qu& 
más sobresale Cervantes, y en lo que no tiene igual; su na- 
turalidad es tanta, que si no se lee con muchísima atención, 
se le pasan á uno por alto los primores de muchos lugares 
en punto de elocución». (Nota de D. Ramón Cabrera.) 
V, 189.— [III, 248, n.] 

Cabrero Eugenio (El cuento del). — Éste es el último episodio 
-de la primera parte del Quijote. El i." fué el escrutinio de 
}a librería. El 2.°, la historia de Grisóstomo. El 3.^ la de 
Cardenio con todos sus incidentes. El 4.**, el coloquio del 
canónigo de Toledo con el cura de Argamasilla. El 5.' y 
último, el cuento del cabrero Eugenio, ha, novela de El (m- 
rioso impertinente, y la relación del cautivo, y aun los amo- 
res de D. Luis y Doña Clara, no son episodios, sino pa- 
réntesis de la fábula y remiendos zurcidos en su contexto. 
III, 509. 



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Gacenía {Leyes ooncemknUs á la). — III, 14c); V, 196. 

Caco. — Hijo de Vulcano, según la fábula. Infestuba fDoaí^us 
xQbo& el Lado. Cuando Hércules volvió de España cor «u^ 
l^anados^ Caco le Tobé sus vacas^ llevándolas á su cueva 
fox las colas, para que no las encontrasen por el ras^o; 
pero sus bramidos las descubrieron, y Caco murió á maiios 
de Hércules. Caco en griego significa «malo, perversa». I, 
36, 116 (t); VI, ^. 

Cachidiablo. -^^omhte, de un osado y valiente corsario argjeli- 
no, uno de los capitanes de Barbarroja, que en tienipos 
de Carlos V salteó^ robó y despobló algunos lugares 4e la 
costa de Valencia, j&l Padre Haedo hizo larga memoria ^ 
sus acciones (¿y perqué no diremos: de sus habanas?). 
— Cervantes le llama «Académico de la ArgamasilU». 
III, 538. 

Cachopines de Laredo. — Cervantes se burlaba tanto de los Ca- 
moches como de los Cachopines, y siempre de los abolengos y 
alcurnias de los asturianos y montañeses. En las provincias 
del norte de la Península ha sido muy frecuente que per- 
sonas que han pasado á las Indias y adquirido allá cuan- 
tiosos bienes, hayan vuelto, y fundado en su país casas aco- 
modadas. En Nueva España se daba el nombre de Gachu- 
pines ó Cachupines á los españoles que pasaban de Europa; - 
y éste puede creerse que es el origen de los Cadiopines de 
Laredo, especie de apellido proverbial con que se tildaba á 
las personas nuevas que, habiendo adquirido riquezas^ se 
entonaban y preciaban de ilustre prosapia. I, 284. 

Cada uno es artífice de su ventura. — Esta sentencia es de Sa- 
lustio. VI, 342. 

Cada uno es hijo de sus obras. — Refrán antiguo castellano. En 
Europa los hijos reciben de sus padres la nobleza; en la 
China dicen que los padres la adquieren por las hazañas y 
virtudes de sus hijos. La conducta de los chinos es más 
conforme al refrán que la de los europeos. I, 73. 



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Cada y cuando. — Siempre que, 6 luego que. (Academia. ) III, 
, 8o; VI, 68 (textos). 

Cadalso. — Tablado que se hace para alguna solemnidad pú- 
blica. Palabra- derivada, según Covarrubias, de ima voz 
griega que quiere decir: ^videor, appareo, porque se hacen 
los tablados para que las personas que se ponen sobre ellos 
sean vistas de todos». Ahora se usa ordinariamente esta 
palabra para designar el tablado que se destina al suplicio 
de los criminales. VI, 137. 

Caer en alguna cosa. — Venir en conocimiento de ella. (Aca- 
demia.) — Recordarla. — ^V, 413 (t). 

Caerse alguna cosa de su peso. —Frase metafórica con que se 
denota su mucha razón ó su verdad. (Academia.) — Infe- 
rirse naturalmente una cosa, ser evidente por si misma. 
VI, 369. — Véase Peso. 

Caído (Haber) de mi burra. — Expresión proverbial con que se 
manifiesta que después de haber sostenido con tenacidad 
un error, se viene á reconocerlo. IV, 367. 

Cailús (El conde de), — Su traducción francesa del Tirante el 
Blanco. I, j33, 134, 137; V, 426. — Véase Tirante el 
Blanco. — [I, 298, n.] 

Cajas de lata. — Los romeros ó peregrinos, y en general los 
que caminan á pie, suelen llevar sus licencias, títulos, pa- 
saportes y demás papeles en cañones 6 cajas de hoja de la- 
ta, donde van preservados de la humedad y demás ocasio- 
nes de su destrucción. II, 40; III, 3í6. 

Calabazadas. — Nombre que se atribuye familiarmente á los 
golpes que se dan con la cabeza, chocando en otro cuerpo 
duro, especialmente si suenan, como sucede con las cala- 
bazas. II, 302. 

Calaínos (Romance del moro). — Sus amores por la infanta Se- 
villa; después de haber vencido á Baldovinos, murió á ma- 
nos de D. Roldan, según el romance lo cuenta. — Las co- 
plas de Calaínos: expresión proverbial con que se denotan 



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entre nosotros los razonamientos 6 escritos impertinentes 
y frivolos de cosas que no importan. IV, iSg. — [III, 403.] 
Calar, por bajar. — uPara calar al fondo» . IV, 422; IV, 416 (t). 
Calderón (D, Pedro). — Sus autos: fué el autor de más nom- 
bradla en tal género de composiciones. I, 248. — Su uso de 
la expresión «ya reía el alba». II, 122. — La fingida Arca^ 
dia. VI, 187. — Véase el índice de Tikcnor. — Mr. Samuel 
Eliot, antiguo presidente del Trinity-College (Hartford), 
en su interesante Ensayo acerca del poeta Zorrilla, da una 
excelente traducción de los siguientes versos sobre el gran 
poeta Calderón: 

Hay tina antigua capilla, 
Pobre por sii antigüedad, 
Negra por su oscuridad ^ 
Revocada por la villa; 

Donde se lee en m rincón, 
Más que con ojos con manos: 
•Aquí los restos humanos 
De Don Pedro Calderón*. 

There is a ckapel oíd, 
Broken witk years and poor , 
Forgoften and obscure, 
Buried in dust and mould; 

Where we read upon a stone. 
More with hands tkan eyes: 
*Here the body lies 
O f Pedro Calderón». 

Revocar, según la Academia, es tender una capa de cal 6 
mezcla sobre las paredes 6 casas» . El cuarto verso de la 
primera estancia se traduciria más literalmente diciendo: 
Resiored from dust and mould; pero la traducción hecha por 
Mr. Eliot de este verso y del anterior, mejora acaso el ori- 
ginal. 
Caletre. — Juicio, capacidad, entendimiento, discurso 6 ima- 



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ginación vehemente. Puede venir de cabeza y letras; cosno 
8i dijera: cabeza cU leir^s^ estp es^ di«;reta. — Tino 4> diiBoer- 
nimiento. ^Academia.) — Caletre pmede también prooslpr 
del verbo calar ^ en la acepción de «penetrar, comprender 
el motivo, razón ó secreto de a}guo^ c^osa; ^c^Z/^r^» . V^ ^o. 

California (La isla de). — Disparate geográficp. IIIj 385. 

Calonjía (Su) en la limosna que piden, — Viase Fingidos po- 
bres y verdaderos tunantes. 

Caloñas. — Palabra antigua; lo mismo que calumnia, pero que 
en nuestros libros antiguos no tiene siempre la misma ág- 
niñcación, porque unas veces es «acriminación falsa»; otras, 
la pena de este delito, que solía ser pecuniaria; otras, «que- 
rella, acusación ó cargo», que es lo que significa en el 
texto. IV, 42. 

Calzas atacadas. — Atacadas, porque se enlazaban ó atacaban á 
la cintura con agujetas. VI, 38. 

Calzas (En) y jubón. — Esto es, con sólo la ropa interior. 
II, 442. 

Callandico. — Adverbio de rara hechura, formado de un dimi- 
nutivo de gerundio, y propio del estilo familiar, en que el 
idioma castellano es incomparablemente variado y rico. — 
En voz baja, sin meter ruido. V, 5i. 

Callaron todos, tirios y troyanos. — Primer verso de la traduc- 
ción del segundo libro de la Eneida ppr Gregorio Hernán- 
dez de Velasco, jocosamente aplicado. V, 42. 

Calles (Por las) acostumbradas. — Se alude á la fórmula ordi- 
naria de la condena á la pena 4e azotes» en que se manda- 
ba llevar al reo por las calles acostumbradas* II» 199; V, $2. 

Cajnadto (Las bodas de). IV, 369^ — £)• Juan Meléndez Val4és 
tomó el argumento de esta aventura para ^m comedia Las 
bodas de Camaclio. IV, 399.^- Véanse Bodas de Cafnacho y 
Meléndez Valdés (D. Juan).--[lll, 3j3, 344, 35i.} 

Camándula. — El rosario que se compone de uno ó tres dieces. 
II, 335. — Véanse Diez y Rosario. 



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CamiT^HGháH. — En las .ediciones de i6o5 se puso caraman- 
0bm. — CptVMiT^íHchÓH es más conforme á su origen. Una y 
otra voz tíenen uso como aumentativos de desprecio^ indi- 
cando uoa ncámara grande, pero descompuesta y poco 
^Meada». — Mitcaratnarse, que también se deriva de cámara, 
significa «subirse á lo alto.». La palabra cámara^ según su 
Q0rig^> significa «la pieza más alta, contigua á la bóveda ó 
techo del edificio». — II, 5o6; III, 9«. 

Camino^ qo el sentido de «medio, conducto». II, 409. 

Camino (Irse) de su caballeriza. — Asi se dice elegantemente, 
en vez de «seguir el camino de su caballeriza». La palabra 
camino tiene aquí fuerza de preposición, como si se dijera: 
f hacia su caballeriza». I, 79. — Véase Irse camino de. 

Camisa de pedws. — Es la camisa propia de la mujer, según 
Covamihias. VI, 3o. 

Camisa (La) de Don Quijote. — La cortedad de la que traía en 
el combate con los cueros de vino, y la grosera descripción 
que se lee en el Quijote de Avellaneda. III, yS; IV, 325. 

Camoens (Luis). — Sus Rimas castellanas. III, 319. — Natural 
de Lisboa, célebre por las Lusiadas, cuyo manuscrito sal- 
vó> á imitación de Julio César, en la mano izquierda, na- 
dando con la derecha en su naufragio al restituirse á Goa. 
Lope de Vega, que, como se sabe, no era avaro de elogios, 
dijo de este ilustre poeta portugués: 

« CofHo lo muestran hoy wustrns Lusiadas, 
Postrando Eneidas j/ venciendo Iliadas». 

(Laurel de Apolo, silva 3.J 

Publicáronse varias traducciones al castellano de este céle- 
Ih'c poema en los últimos años del siglo xvi. VI, 177. — 
Murió en un hospital. IV, 290. — Designó á Andalucía en 
sus Lusiadas con el nombre de Vandalia. IV, 234. 
Cytmpana herida (A). — Modo adverbial anticuado. Á campa- 
na tañida, á toque de campana. (Academia.) Este método 



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de convocar por medio de las campanas, es lo que se llama 
^ tocar á somatén •, en Cataluña, y «á rebato», en Castilla. 
II, 2i5. — A campana tañida. VI, 317 (t). 

Campanas. — La más antigua de que hay noticia existe hoy en 
el monasterio de Valparaiso del orden de San Jerónimo, á 
dos leguas de Córdoba. V, 57. 

Campear en el campo. — Pleonasmo, figura que abunda en el 
Quijote. Hacerse notable, hacer mucho viso. VI, 100. 

Campidoctor. — Nombre de oficial militar superior. — Véase 
Maestro ó Maese de campo. — III, 263; VI, i39, 

Cananeas, por hacaneas. — Error de Sancho. IV, 174, 178. — 
Véase Macaneas. 

Canario (Por). — Alusión al pájaro de este nombre, y á que 
el galeote cantó ó confesó su delito en el ansia^ que es como 
se llama germanescamente á «la tortura» ó cuestión de 
tormento, y por la misma analogía se llama cantor al que 
en fuerza de ella confiesa. II, igS. — Véase Cantar en el 
ansia. 

Candaya. — País de la India oriental. Los libros caballerescos 
se complacían en colocar frecuentemente el teatro de sus 
acontecimientos en los remotos países del Oriente. V, 264. 
— En la invención de esta palabra pudo tener presente Cer- 
vantes las ciudades de Asia Ca/tnbay ó Candahar, ó bien la 
isla de Camboja. V, 273, 298 (t), 333 (t). 

Candeal, trechtl, rubión. — Variedades de trigos. II, 483. — 
Véase Trigos. 

Canelón. — Es el extremo de los ramales de las disciplinas, que 
es más grueso y retorcido que los ramales. (Academia.) 
V, 240 (t). — Véase Disciplina de abrojos y de canciones. 

Canequí^ 6 caniquí. — Especie de lienzo delgado que se hace de 
algodón y viene de la India. (Academia.) V, 265 (t). 

Canónigo (El) de Toledo. — Su censura muy sensata y jui- 
ciosa de los libros de caballería. III, 372. 

Cantar en el ansia. — Como el nombre que en el dialecto propio 



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de los gitanos se daba al agua era el de ansia, parece que 
cantar en el ansia se debe aplicar especialmente á la confe- 
sión hecha en el tormento de toca, en el cual, atado el reo 
al potro, se le introducía en la boca una tira de tocas 6 ga- 
sa, y por medio de eSta tan ingeniosa como cruel invención, 
se le forzaba á tragar cierta cantidad de jarros de agua, cu- 
yo número y cabida se ponía por diligencia en los autos. 
II, 195. — Véanse Canario (Por) y Tormento de toca. 

Cantares de gesta, — Canciones cuyo argumento eran acciones 
ó hechos de armas. II, 33i; V, 388. 

Cuntía (ctiantía). — Ant. Cantidad ó suma. Hoy sólo se usa en 
algunas expresiones. — La calidad de la persona por la que 
se distingue del común. (Academia.) — «Ningún género de 
oficio destos de mayor cantía*. V. 319. 

C antillana (El diablo está en). — Expresión proverbial nacida 
de* la calificación de diablo^ que se hubo de dar á alguna 
persona que residió ó estuvo en Cantillana, y se dice de los 
pueblos donde hay disturbios ó enredos. VI, 5. — Véase 
Tenorio (jfofre). 

Cantimploras (Memo dulce de las). — En la invocación al Sol, 
al empezar á referirse los sucesos del gobierno de Sancho. 
Quiere decir que el calor del sol excita en el estío d menear 
las cantimploras en que se pone á enfriar el agua. — Cantim- 
plora, garrafa de cobre, llamada así, según Covarrubias, 
porque, al echar en ella el agua, el aire contenido en el cue- 
llo de la vasija «suena en muchas diferencias, unas tristes 
y otras alegres, que parece cantar y llorar juntamente», y 
se deriva de una palabra griega, compuesta de los verbos 
llorar y reir. V, 4o3. — En el cap. XXII de la segunda par- 
te, se habla de «frasco que le ponen á enfriar en algún po- 
zo». IV, 413. 
Canto (Al) del gallo primo. — Esto es: al primer canto del ga- 
llo, que es pasada la media noche. La costumbre de desig- 
nar las horas de la noche por el canto del gallo, es antigua. 



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78 
I, 240. — En tiempos de Roma y en época floreciente pata 
las buenas letras, había dicho Horacio: 

tAgricolam laudai juris hgumque peritus, 
Sub galli cantum consultar ubi ostia puisat». 

{Satyr., lib. I, vers. g, 10.) 

Cantor (El) de Tracia.—VI, 38o.— Véase Orfeo. 

Cantusar. — Verbo anticuado. Según el Diccionario, lo mismo' 
que «engatusar, halagar con arte para conseguir algún fin». 
Aquí parece que cantusado significa «despachado, concluí- 
do», envolviendo alguna idea poco favorable al ejercicio 
de la medicina. VI, 408. — Véase Cátalo cantusado. 

Cañaheja, en la significación de caña. V, 412. 

Caño de Vecinguerra, de Córdoba, fuentes de Leganitos y La- 
vapiés, la del Piojo, etc. IV, 409, 410. 

Cañón. — Lo más recio del pelo de la barba, que es lo que 
está inmediato á la raiz. (Academia. ) «Ya iban rapadas y 
sin cañones». V, 337 (t). 

Cañutillos de suplicaciones. — Cañutos muy delgados, hechos 
de hostias tostadas ó de barquillos. — Comida que prescri- 
bió el Dr. Pedro Recio á Sancho, cuando éste era gober- 
nador. V, 436. 

Capa (De) y espada. — Así se dice de los caballeros que no han 
hecho profesión 6 carrera, como se dice, de letras, por oposi- 
ción á los que las cursan, y á quienes convienen las «mitras» 
y las «garnachas». — Consejeros de capa y espada: los que só- 
lo fallan y votan en asuntos gubernativos y no en los judi- 
ciales, que piden la calidad 6 asistencia de jueces letrados. 
— También se llaman comedias de capa y espada las que 
tratan de asuntos en que sólo intervienen personas particu- 
lares, con exclusión de reyes y príncipes: corresponden á 
las que los romanos llamaban togadas, porque se represen- 
taban con toga y no con pretexta, que era traje de magis- 



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79 
trados y reyes. IV, 288. — Véase Caballeros de capa y espada. 

Gafa gascona.— 'E^ik aplicada oportunamente la calidad de 
gamona' A la capa de D'. Gaiferos, que era rey de Burdeos, 
capRal de Gascuña^. — Llamábanse en tiempo de Cervantes 
gttícotos- unas capas ordinarias que llevaban los aguadores 
áé Toledo, los cuales eran comunmente franceses. Así lo 
¿Bce Covarrubias^, artículo Gabán. V, 53. 

^apata (D. Luis). — Véase Zapata (D. Luis). — [I, 460, n.; 
lí, 461.] 

Capellina 6 capacete, celada, morrión, bacinete, babera, etc. — 
Armas defensivas para cubrir la cabeza. I, iqS; III, 3i3. 
— ^Véanse Yelmo y Almete. 

Caperuza. -^Xim: especie de gorro puntiagudo; lo que lleva- 
ba Sancho, conforme al uso de su tiempo. VI, 377.— Las 
cinco caperuzas del sastre. V, 410-411 (textos). 

Capitán cautivo (La historia del). — Ruy Pérez de Viedma. III, 
144, 232. — Comparando esta novela con la comedia de Los 
bonos de Argel, no puede dudarse que el fondo es común, y 
que ambas composiciones tienen por argumento los amo- 
res de una mora principal con un cautivo cristiano que huye 
con ella y la lleva por mar á España. — Sus verdaderos 
acontecimientos. III, 200, 253. 

Capitán (Perdonárafnos al sciior). — Este caintán es D. Jeróni- 
mo Jiménez de Urrea. — Su traducción del Orlando de Arios- 
to y la censura que aquí hace Cervantes de ella. I, 120; VI, 
289. — Véase Urrea (Jerónimo Jiménez de). 

Capítulos fingidos del Quijote. — Manuscrito enviado á la Real 
Academia de la Historia en 1824. VI, 296. — [II, 143 
y n.] 

Captnany (D. Antonio de).— Su Teatro de la elocuencia españo- 
la y su Filosofía de la elocuencia. — Trozos escogidos y co- 
piados del Quijote, como ejemplos notables de hermosura y 
lenguaje. I, 386; II, 299; III, 481, 5o6; IV (Dedicato- 

' ria), 16. — [III, 161, 162, notas.] 



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8o 
Captar, — Atraer alguno la voluntad ó atención de otro con pala- 
bras halagüeñas 6 con otros medios. (Academia.) V, 270 ( t ). 
Capuchino (Sino para), — La orden de capuchinos, fundada por 
Mateo Baschi, fraile menor, empezó en el año i526. El 
pastor Antonio proponía darse á Dios y á la penitencia, si 
le desechábala Olalla. Son repetidos los ejemplares de ena- 
morados que de resultas de esta clase de desengaños han 
abrazado el estado religioso. I, 241. 

Capuz. — «Una capa cerrada larga que hoy día traen algunos 
por luto, y antiguamente era el hábito de los españoles 
honrados en la paz, como lo era la toga de los romanos». 
(Covarrubias.) — Especie de capa ó capote que antigua- 
mente se usaba por gala. (Academia.) IV, 423. 

Cara (Una) como una bendición. — Véase Grisóstomo (Tenía una 
cara, etc.) 

Cara que del un cabo tenía el Sol y del otro la Luna. — Elogio 
rústico de la difunta madre de Marcela. I, 25o. «Aquellas 
dos mejillas de leche y de carmín», dijo Doña Rodríguez 
á Don Quijote, hablando de la Duquesa, «que en la una 
tiene el Sol y en la otra la Luna». V, 469. 

CaracueL — Una villa, dos leguas al norte de Argamasilla. 
V, 438. 

Carátula. — El ejercicio de los farsantes. (Academia.) — Com- 
pañía de actores enmascarados. — Esta palabra significa lo 
mismo que «máscara». — IV, 196. 

Carbunco, ó carbunclo. — ^El rubí. Se deriva del latín carbun- 
culus, porque su color se asemeja á un carboncillo encendi- 
do. Su gran valor. III, 477. 

Cardenal (El) de Belén. — Comedia divina de Lope de Vega. 
III, 408.— [II, 246.] 

Cardenio. — Natural de Córdoba; su historia y amor por Lus- 
cinda, II, 256, 364, 420; llamado «Caballero del Bosque» 
y «Roto de la mala figura», II, 251, 254 (textos), 252. 

Carga (A)cerrada. — En general, sin reflexión ni consideración. 



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8i 
(Academia.) Carga cerrada: Ir descarga general que hace la 
tropa á un tiempo. (Academia.) 1, iSa; VI, i86 (textos). 

Cargar la luaiw. — Insistir con empeño ó eficacia sobre algu- 
na cosa. (Academia.) Reprender con severidad. (Acade- 
mia.) II, 450. 

Cario (El) Famoso. — Poema por D. Luis Zapata sobre los he- 
chos de Carlos V. I, i55, 156; III, 362; IV, 3i6, 33o.— 
[II, 461 y n.] 

Carlomagno (La vida del emperador). III, 468. — Se casó con 
la infanta Galiana. VI, I23, 124. — [I, 119 y n.] 

Carlos Maimte y Galiana. VI, 124. 

Carlos V (El emperador). — El Buscapié. — Cervantes manifes- 
tó en todas ocasiones la mayor veneración á la persona del 
emperador; y sin salir del Quijote, se hallan pruebas de que 
participaba del entusiasmo común que inspiraban á los es- 
pañoles de su tiempo las acciones y memoria de aquel prín- 
cipe. II, 289, 290; III, 166; IV, 5o, 63.— Véase Buscapié 
(El). — Véase el índice de Ticknor. 

Carmesí á llamas (Sayo negro, jironado de). — Poco más ó me- 
nos como el de los relajados al brazo seglar por el Santo 
Oficio, y como el de Sancho en la aventura de la resurrec- 
ción de Altisidora, que era tuna ropa de bocací negro, toda 
pintada con llamas de fuego». IV, 391; VI, 377 (t). — 
•Carmesí á llamas, dice Covarrubias, es seda de color ro- 
jo». (Arrieta.) 

Carne momia. — Carne enjuta y sin humedad, como la de las 
momias 6 cadáveres que suelen encontrarse en Egipto. III, 
494 (t); IV, 3, 439. 

Carnestolendas (Como con perro por). — De la costumbre de 
mantear los perros por carnestolendas, hacen mención 
nuestros antiguos escritores. Solían, y aun ahora suelen 
también por el mismo tiempo, ponerse dos muchachos con 
una cuerda tendida de una á otra parte de la calle, y en- 
tretenerse en voltear á los perros que pasan. A estas cos- 

6 



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82 

tumbres es á lo que alude la ex{M^si6n del texto. — Carnes^ 
iolendas: los tres días de carne que preceden ai miércoles de 
ceniza. (Academia.) II, 57. 

Carnicera. — El lugar público donde se vende la carne. IV, 
374. — Véase Rastro. 

Caro (De lo). — Véase Vino de lo caro. 

Carolea (La). — Dos obras anteriores al Quijote con este título, 
que tratan de las victorias, de la vida y hechos del empe- 
rador Carlos V, por Jerónimo Sempere y Juan Ochoa de la 
Salde. I, 154. — !^I, 220, n.; II, 460, 461 y n.] 

Carón (La barca de). — Era en la que este barquero infernal 
pasaba las sombras de los muertos por los ríos Aqueronte 
y Cocito y la laguna Estigia. Y como concurría á la barca 
gente de todos estados y condiciones, compara muy bien 
con ella Don Quijote la carreta de los comediantes, donde 
se veían juntas figuras de tantas y tan diversas especies. 
IV, 190. 

Carpían (Que se). — Carpirse, voz familiar: «pelearse». III, 

514. 
Carrasco (El bachiller Sansón). IV, 44, 48, 118, i32, 282; 
VI, 3i, 320, 352, 394, 439. — Caballero del Bosque, de la 
Selva y de los Espejos. IV, 233, 25o. — Caballero de la 
Blanca Luna. VI, 320-33o. — Como Caballero de los Es- 
pejos, fué vencido por Don Quijote. IV, 255. — Como Ca- 
ballero de la Blanca Luna, fué vencedor. VI, 326. — En el 
capítulo 2.^ de la segunda parte (IV, 42), se llamó (por 
Sancho) Bartolomé al padre de Sansón Carrasco, y en el 
capítulo 28 de la misma (V, 87), Sancho dice: «Cuando yo 
servía á Tomé Carrasco, el padre del bachiller Sansón Ca- 
rrasco». Pellicer indicó que pudo ser falta de memoria en 
Sancho; yo (Clemencín) me inclino más á que lo fué de 
Cervantes. V, 87.— Arrieta dice sobre esto: «No hay que 
apelar á esta disculpa (de Pellicer). Es bien sabida la cos- 
tumbre de nombrar en muchos pueblos á las personas por 



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I 



83 
la última terminación de su nombre. Así, en la misma voz 
Bartolo dicen en muchos pueblos Tolo y Tomé, por B^r- 
tolomé» . 

Carrera. — Camino público. Entre las varias acepciones que 
tiene la palabra carrera, una es la de camino público, é in- 
dica que es de ruedas; como si se dijera: «camino de carros* 
6 • carretero 9 , III, 33o. — Véase Sendas y carreras. 

Carricoche. — Según Covarrubias, se llamaba así «el carro cu- 
bierto, de dos ruedas y caja de coche, tirado de una sola 
bestia». — En el día es voz de desprecio, con que se signi- 
fica un carruaje ó coche viejo y de ridicula hechura. IV, 
igo. 

Carta de examen. — Es el documento ó certificación que se da 
al menestral aprobado en algún oficio, para que le sirva de 
título y en virtud de él pueda ejercer su facultad, conforme 
á lo dispuesto por las leyes. III, 3i2. 

Carta (Perder por) de mis ó de menos. — Frase familiar con que 
se nota el exceso 6 defecto en lo que se hace ó dice, y que 
deben por lo común huirse los extremos. (Academia.) 
«Que antes se ha de perder por carta de más que de menos*, 
IV, 3i9 (t); «y porque no pierdas por carta de más ni de 
menos*. VI, 4i3 (t). 

Cartas (Invención de las). V, 4. — Véase Naipes. <^ 

Cartas geográficas del Quijote. — No hay ninguna en que pueda 
fiarse. III, 277. 

Cartas misivas, ó mensajeras. — Las epístolas, á distinción de 
las diplomáticas, 6 documentos de los protocolos y archi- 
vos, que también se llamaban cartas. II, 23g. 

Cartagena (D. Alonso de), obispo de Burgos. — Su Doctrinal de 
caballeros. I, 104, 167, 176; IV, 314; V, 126.— [I, 36o, 
375.] 

Cartago (El sitio dudoso de). III, 173. 

Casas dejtiego. VI, 10-12. 

Casas de la Mancha.— La de D. Diego de Miranda. IV, 320* 



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84 

Cascabel menudo (Danzas de), — En ellas los danzantes se po- 
nen sartales de cascabeles en los jarretes de las piernas, y 
los mueven al son del instrumento. También las había de 
cascabel gordo. IV, 354. 

Cáscales (Frajtcisco de). — Sus Tablas poéticas, III, 403, 409. 
— Sus Discursos de Murcia y su reino. I, 79. — Véase Mur- 
cia. — [I, 37, n.; III, 266 y n.] 

Casi delante. — Estas palabras, que se hallan en el texto, están 
dislocadas y nada significan, ó faltan otras para que signi- 
fiquen algo. Pellicer dice: «Este lugar, defectuoso en las 
dos primeras ediciones, haría sentido añadiendo estas pa- 
labras: «de aquí adelante», ó «á quien tenemos casi delan- 
te». II, 243, 244. — «Vio que por cima de una montañuela 
que delante de los ojos se le ofrecía, iba saltando un hom- 
bre de risco en riscQ, etc.* II, 241 (t). 

Casildea de Vandalia. — Dama fingida del caballero del Bos- 
que (Sansón Carrasco). Vaftdalia es Andalucía. IV, 233. 

Caso, casamiento. — Juega Cervantes con la palabra caso toma- 
da equívocamente, ya como nombre, ya como verbo: «que- 
daron Doña Rodríguez y su hija contentísimas de ver que 
por una vía ó por otra aquel caso había de parar en casa- 
miento 9, VI, 148. 

Castellana (La lengua). — Su riqueza. II, 389; IV, 286. — 
Véase Lengua (La) castellana. 

Castellano. — Significa el «natural de Castillai», y también el 
«alcaide ó gobernador del castillo». Mas para entender el 
texto, es menester saber que en el idioma de la germanía, 
según el Vocabulario de Juan Hidalgo, sano de Castilla sig- 
nifica «ladrón disimulado». «Pensó el huésped que el ha- 
berle llamado castellano había sido por haberle parecido de 
los sanos de Castillai^. I, 35. — Véase Sano de Castilla. 

Castígame mi madre, y yo trompójelas. V, 359. — Véase Trom- 
pójelas. 

Castillo (El) de la Fama. — Era una invención ó máquina que 



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85 
se presentó en un torneo celebrado en Londres por el rey 
de Inglaterra; descripción de ella. I, 129. 

Castillo (Al) de su htiena muía, — Así se dijo por el gran ta- 
maño de las muías de los religiosos, que antes (I, 180) se 
había ponderado, diciendo que eran como dromedarios. 
D. Juan Bowle, no entendiéndolo bien, corrigió costilla, 
que es anagrama de castillo, tan seguro de su acierto, que, 
haciéndose cargo de que todas las ediciones decían castillo, 
añadió: corrige meo pericnlo. Es equivocación excusable en 
un extranjero tan benemérito, por otra parte, de la litera- 
tura española. I, 184; IV, 170. «Tres pollinos que cada 
uno era como un castillo*, Bowle sobre este lugar del tex- 
to entendió que Sancho quería ensalzar el valor de los po- 
llinos, como cuando se dice que alguna cosa «vale una ciu- 
dad», expresión usada en los romances antiguos, y en el 
mismo Quijote: como extranjero, no alcanzó la fuerza del 
idioma, cosa siempre difícil, y á veces imposible. Aquí no 
se trata del precio, sino del tamaño de los pollinos. San- 
cho no los había visto, pero su codicia se los pintaba me- 
drados y crecidos como castillos. II, 345. 

Castillo de Santangel, — En Roma. Llamóse también Moles 
Hadriani, porque fué el mausoleo que se hizo construir el 
emperador Adriano, sucesor de Trajano. IV, 147. — Véase 
Sepulcros. 

Castillo del Duque y de la Duquesa, — Conjeturas acerca de su 
colocación. V, 124. 

Castillos encantados. — Son piezas que juegan con mucha fre- 
cuencia en los libros caballerescos. II, 43. 

Castillos en España, — Al formar proyectos quiméricos de va- 
nidad ó codicia, llaman los franceses «levantar ó fabricar 
castillos en España í^. V, 24. 

Castor (Y que Jtabía imitado al), — Esto se dijo del barbero que 
comenzó á correr por aquel llano, dejando la bacía en el 
suelo. Á D. Vicente de los Ríos le ocurrió hacer compara- 



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ción de este incidente del yelmo de Mambrino, adquirida 
por Don Quijote, con los de las armas entregadas á Aqui- 
les por su madre Tetis en la Iliada, y por Venus á su hijo 
en la Eneida. Cervantes, al forjarla aventura del yelmo, no 
se acordó ni de la Iliada ni de la Eneida ^ sino de Ariosto,. 
como lo prueba el ejemplo que añade, tomado del Orlando 
Furioso. En este poema refería Mandricardo que, habién- 
dose combatido con Roldan sobre adquirir la espada Du- 
rindana, que traía Roldan, éste se fingió loco y huyó, arro- 
jando la aspada, que era el objeto de sus deseos: 

mE dicea cli imita to avea il castore, 
II qual si strappa i genitali suiy 
Vedendosi a le spalle il cacciatorCy 
Che sa che non riccrca altro da lui». 

La opinión acerca de esta propiedad del castor es antigua. 
Este ejemplo y los del pelícano, que se abre el pecho; de la. 
víbora, que muere al parir; del fénix, que renace de sus ce- 
nizas; del basilisco, que mata con la vista, y de la salaman- 
dra, que no se quema en el fuego, son muy buenos en la re- 
tórica, pero no existen en la naturaleza. II, i52. 

Castor y Pólux. — Hijos de Leda, reina de Laconia, de cuya 
nacimiento y hechos habla la fábula. Castor era mortal, 
como hijo del rey Tíndaro, y Pólux, inmortal, como hijo 
del dios Júpiter; pero Pólux, buen hermano, consiguió de 
su padre que se repartiese entre los dos la inmortalidad, y 
vivían alternativamente por días, según unos, y por se- 
mestres, según otros. Finalmente fueron trasladados al cie- 
lo, donde forman el signo de Géminis. II, 226. 

Castro (D. GuillJn de). — Poeta dramático valenciano. Sus 
dos comedias cuyos argumentos se tomaron del Quijote. 

III, 40, 354, 411; IV, 399. — [II, 300-309; m* 441*] — 

Su comedia de El Cid, de que se aprovechó Pedro Comei- 
lle en su famosa tragedia de este título. III, 354. — [II> 
3o5.] 



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87 

Castro (D. José Rodríguez de). — Su Biblioteca Espafwla. I, 
109. — Sobre el ajedrez. V, 45. — [I, 23, n.] 

Catadura. — Se refiere á la persona y señaladamente al rostro. 
El aspecto general de la persona ó el del rostro. III, 511. — 
Véase Pelaje y catadura. 

Catalanes (Los), valencianos y aun algunos del reino de Aragón 
fueron y son grandes oficiales de esta arte (de la poesía). — 
Hubo entre ellos señalados hombres, así en las invencio- 
nes como en el metrificar. VI, 418. — [I, 295-304, etc.] 

Catalina (Doña) de Oviedo. — Natural de Málaga, sultana fa- 
vorita del Gran Turco Ahmed. III, 190. 

Catalina (Doña) Palacios, — Mujer de Cervantes. La Calatea, 
primera producción del ingenio de Cervantes, impresa en 
el año de 1584, y escrita durante el tiempo de sus obsequios 
á Doña Catalina Palacios, con quien casó después, y á 
quien se designa, al parecer, con el nombre de Galaica, 
como á Cervantes con el de Elido. I, 149; III, 157. — El 
nombre de Talnica, que el esclavo üchalí da á su querida, 
es casi anagrama del de la-mujer de Cervantes (Catalina). 
III, i57.-[II, 99.] 

Cátalo cantusado. — Cantusar, verbo anticuado; según el Dic- 
cionario, es lo mismo que «engatusar, halagar con arte para 
conseguir alguna cosa». Aquí parece que cantusado significa 
«despachado, concluido», envolviendo alguna idea poco fa- 
vorable al ejercicio de la medicina: «después que el doctor 
hubo despachado al paciente». VI, 408. — Véase Cantusar. 

Catar, — Una de sus acepciones es «procurar», y en ésta lo 
usa aquí Sancho, manifestando que nunca había procurado 
á nadie la muerte: «Ni en mi vida le caté (omecillo ú ho- 
micidio) á ninguno». — La gente rústica es más tenaz en 
sus usos y lenguaje que la cortesana; y pudieran alegarse 
locuciones, modismos y terminaciones usadas en otros tiem- 
pos, pero anticuadas entre las p>ersonas cultas, que todavía 
se oyen entre los aldeanos. I, 212. 



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88 

Catarriberas, — Un papel intitulado De los Catarribems, por 
D. Diego Hurtado de Mendoza. Éstos consistían en tres 
maneras de gentes; á saber: «letrados, soldados y caballeros 
de capa y espada». «Y aunque son tres géneros de gentes, 
todas, en fin, vienen á comprenderse debajo deste famoso 
nombre de catarriberas* . Francisco de Luque Fajardo usa 
como sinónimos las palabras pretendientes y catarriberas, y 
de estos catarriberas cortesanos habla aquí el paje; pero ca- 
iarriberas significaba propiamente el mozo que en la caza 
de cetrería andaba catando ó reconociendo las riberas ú ori- 
llas de ríos y lagunas, para ojear la caza y recoger los halco- 
nes cuando la traían. Esto se aplicó á los pretendientes que 
andan á caza de empleos, buscando por todas partes los 
medios de hallarlos y conseguirlos. V, i3. En el susodi- 
cho papel de Mendoza sobre los catarriberas, se describe el 
afán con que los pretendientes madrugaban para acompañar 
al Presidente al Consejo, volverle á su casa, y tener cuida- 
do, si quería salir á alguna otra parte, de aguardarle y 
acompañarle. V, 465. — Véase Volver d acompañar por la 
calle d las personas de respeto y jerarquía. — [I, 478; III, 
98 y n.] 

Catay. — Nombre con que en la Edad Media se designaba la 
China, cuando aún no se tenían en Europa más que ideas 
confusas y vagas de aquella región.— Galafrón, padre de 
Angélica, rey de la China. I, 222, 223; IV, 28. 

Catilina, Galalón, Bellido, Julián, Judas, etc. — Traidores y 
pérfidos, mencionados en el episodio de Cardenio. II, 365- 
367, 396. 

Católico de salud. — «No estoy muy católico» suelen decir los 
que están desazonados. Alusión á la perfección y pureza 
de la creencia católica. VI, iig. — «No muy católico Roci- 
nante»: aquí tiene la palabra especial gracia, aplicada á la 
salud de un caballo. VI, 186. — «Que no son del todocató- 
/tcas (estas visiones)»: dijo Sancho. III, 358 (t). — «¡Y c6- 



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89 
mo es católico (el vino)!i» también dijo Sancho. IV, 229 (t j. 

Catón (Los Dísticos de). — Cervantes hubo de equivocar el 
nDoíiec cris felix, etc.», de Ovidio, con los Dísticos llama- 
dos de Catón. I, li (Prólogo). — «Consejos mejores que 
los de Catón». III, 263 (t). — «Sentencias catonianas». 
V, 189 (t), 190. — «Está, oh hijo, atento á este tu Ca- 
tón». V, 348. 

Catón Zonzorino. — Catón el Censor, llamado «el mayor» para 
distinguirlo del de Útica, se señaló por la austeridad de sus 
máximas y costumbres, como lo hicieron también otros 
de su familia; por manera que ya en tiempo de Séneca, para 
denotar un varón grave, severo y constante, se decía: «Es 
un Catón». Por esto se le atribuían los preceptos y senten- 
cias que se querían autorizar con su nombre, como aquí 
sucede con la que alega Sancho, llamándole á lo rústi- 
co Zonzorino: «y el mal para quien le fuere á buscar». 

II, 123, 124 (t). — «La prudencia de Catón». Ilt, 391, 
392 (t). 

Catorceno (Saya parda de), — Saya del color de la lana y de 
paño basto, en cuya urdimbre entran pocos hilos. IV, 89. 

Cautivar. — Este verbo presenta la singularidad de que algu- 
nas veces es de estado 6 intransitivo, y significa «ser cau- 
tivado»: así, en la comedia de La Gran Sultana decía la es- 
clava Zaida á su ama: 

«Cautivé JO por desgracia. 
Que ahora no te la cuento 
Porque el tiempo no se gaste 
Sin pensar en mi remedio^». 

(Jornada 3.**) 

III, 232. 

Cautivo (La novela del). III, 144-252. — Es muy posible que 
esta novela del Cautivo, á la que al fin del cap. 38 (III, 
143) se llama «discurso verdadero», fuese en el fondo al- 



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guna aventura real y efectiva. líl, 228, 253. — Bajo tres 
aspectos se puede considerar la relación del capitán cauti- 
vo Ruy Pérez de Viedma: como episodio, como historia y 
como novela. III, 252, 253. 

Cautivo. — ^Cautiva criatura».— El uso de esta voz por «mez- 
quino, miserable, vil», pudiera parecer italianismo (por 
cattivo), como otros que se hallan en el Quijote; pero no es 
asi. Fué palabra usada desde los primeros rudimentos de 
nuestra lengua, y ya empezaba en tiempo de nuestro au- 
tor á anticuarse. II, i5o. 

Cautivos en Argel. — Véase Argel (Cautivos en). — [III, 80.] 

Cava (La). V, 167. — Véase Caba (La) rumia. 

Cayo Mudo (Caius Mucius Scaevola).- — Este joven romano sa- 
lió, con aprobación del Senado, de la ciudad resuelto á ma- 
tar á Porsena. Acercándose á donde el rey estaba, y creyen- 
do que era Porsena uno de sus oficiales, le acomete y mata 
con un puñal que llevaba oculto. Llevado ante el rey, lejos 
de intimidarse, le anuncia nuevos peligros. Porsena le man- 
da que los descubra; hace acercar fiíego, le amenaza, y 
Mucio, poniendo la mano diestra en las brasas, «He aquí 
(le dice) lo poco que les importa el cuerpo á los que aman 
la gloria». Asombrado y admirado el rey, salta de su silla, 
manda que le aparten del fuego y le da libertad. Entonces 
Mucio, como en señal de agradecimiento, le dice que en 
Roma se han conjurado trescientos jóvenes para matarle 
de aquel modo, y que él era el primero á quien había toca- 
do la suerte. Porsena, á vista de tanto peligro, envió lega- 
dos á Roma y ajustó la paz. Á Mucio se le dio después el 
apellido de Escévola ó Zurdo, por su hazaña. IV, 143. 

Caza (La). — Es una imagen de la guerra. La dignidad de la 
caza y el provecho que trae á sus aficionados. V, 201. 

Caza (La) ó rota de Roncesvalles. — La derrota del ejército de 
Carlomagno en aquella memorable jomada era uno de los 
sucesos gloriosos que oian comunmente desde su infancia 



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los españoles, y del romance vulgar que la celebraba, nació 
acaso la expresión de Fernán Gómez de Cibdad Real: «Ma- 
la caza hizo el conde de Luna; ca en ella mandó el Rey á 
Garci Fernández Manrique que lo llevase preso á su posa- 
da». IV, i58. — [I, I20, 219, notas.] 

Ca^raZfe.-rPersohaje célebre, que, preso como reo de fe en 
Valladolid, fué quemado en la plaza de aquella ciudad en 
iSSg. V, 76.— [I, 427.] 

Cazoleros, ó cazalleros. — Mote con que designaría á los com- 
patriotas de Cazalle. V, 76. 

Cebolluda labradora, — Labradora harta de cebollas, ó rechon- 
cha como una cebolla. V, 453. 

Cebra (Ligera), — Hermoso animal africano. II, 75. 

Ceca (De) en Meca. — Ceca es palabra arábiga que significa 
«casa de moneda». Los moros las tuvieron en varias par- 
tes de España, y señaladamente en Córdoba y sus inmedia- 
ciones. Los cristianos de la Península dieron, no se sabe 
por qué, este normbre á la mezquita grande de Córdoba, 
que era uno de los lugares de más devoción para los maho- 
metanos, los cuales la frecuentaban con sus romerías y pe- 
regrinaciones. Y como hacían lo mismo con la Meca, de 
esto, de la casual consonancia entre Ceca y Meca, y de lo 
distante que están entre sí Meca y Córdoba, de todo ello, 
combinado confusamente, hubo de resultar en el uso común 
la expresión proverbial de «andar de Ceca en Meca»^ para 
denotar la vagancia de los que se andan de una parte á 
otra sin objeto preciso y determinado. It, 61. — Véase Zo- 
cos (Andar de) en colodros. 

Cecear. — Este verbo tiene dos significaciones: una es, como 
aquí, llamar á alguno con la interjección ¡ce!, excitando su 
atención, y convidándole á que escuche y se acerque. Otra 
es pronunciar la letra s como si fuera c, que es práctica u§a- 
da generalmente en algunas partes de Andalucía. Por un 
abuso contrario, suele pronunciarse la letra c como s en las 



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provincias donde aún no ha dejado de hablarse el lemosín, 
y señaladamente en el reino de Valencia. III, 282. — Véa- 
se C (La letra). 

Cecial (Tomé), — El escudero del caballero del Bosque y de 
los Espejos (Sansón Carrasco). IV, 219, 220, 267 (t). — 
Cuando fué caballero de la Blanca Luna tomó á otro escu- 
dero, porque no fuese conocido de Sancho ni de Don Qui- 
jote. VI, 393. 

Cédula (Una) de cambio, ó la libranza asnal por tres pollinos, 
— No carece de gracia la idea de una cédula ó letra de 
cambio aplicada á la libranza, no de maravedís, sino de 
pollinos. «Mandará vuestra merced por esta primera de 
pollinos». II, 23o, 322. — Véase Mandará vuestra mer- 
ced, etc. 

Celada, — Por encubrir lo principal, que es la cabeza, se lla- 
maba así por excelencia; de celar, por «cubrir». I, 36; II, 
i53; III, 3i3; IV, 129. — Véanse Almete, Capacete, etc. 

Celar ^ por «ocultar ó encubrir». — No se usa ya en el día sino 
en la significación de «procurar con celo». II, 263. 

Celestina (La). —Composición magistral en materia de lengua- 
je, y cuyas reminiscencias son frecuentes en el Quijote, El 
principio del drama se atribuye á Rodrigo Cota, y lo siguien- 
te lo escribió Femando de Rojas. I, lxvii (Prólogo), 238; 
II, 123, 147, 202, 480; IV, 81, T18; V, ii5; VI, loi.— 
[I, 235-244, etc.] 

Celo, celos, — «Si el duro celo está delante». El nombre celo 
ofrece una particularidad notable. Cuando significa «la pa- 
sión amorosa desconfiada», como sucede en el pasaje pre- 
sente, no tiene singular; decimos celos: cuando significa 
«cuidado, solicitud», no tiene plural: de otro modo: el nom- 
bre celo tiene una significación en singular y otra en plu- 
ral. Aquí está mal usado. I, 296. 

Cdsitud (Víustra gran), — En este primer encuentro del caba- 
llero de los Leones con la Duquesa, multiplicó y varió Cer- 



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vantes los tratamientos que le prodigaba la oficiosa corte- 
sía de amo y escudero. «Su hermosura, grandeza, alteza, 
celsitudíiy Don Quijote; «su grandeza, altanería, fermosura 
y señoría», Sancho. Los de Don Quijote son más entona- 
dos y caballerescos; los de Sancho más desiguales, escude- 
riles y ridículos. En adelante veremos otros de no menos 
novedad y chiste. V, I23. 

Cendal (Delicado). — Tela de seda ó lino muy delgada y trans- 
parente. V, 219. 

Censura (La) de comedias, — La reforma del teatro es obra y 
consecuencia natural del aumento de las luces, de la rec- 
tificación del gusto, de los progresos de la civilización y de 
la decencia general de las costumbres. III, 419. 

Centinela^ escucha, atalaya^ vela, velador, — Sus diversas signi- 
ficaciones. III, 237. 

Cento novellc anttche. — D. Juan Bowle creía que uno de estos 
cuentos había servido de original á Cervantes para el de la 
pastora Torralva; pero Clemencín afirma que su original 
primitivo y verdadero está en el océano, para nosotros 
desconocido, de la literatura oriental. II, 129; V, 44. 

Centones. — Composiciones poéticas que constan de retazos de 
otras. — De ellas pueden citarse varios ejemplos. Lope de 
Vega hizo im soneto, entre los impresos en la primera parte 
de sus Rimas humattas, compuesto de versos de siete (ocho?) 
poetas, á saber: Ariosto, Camoens, Petrarca, Tasso, Ho- 
racio, Serafín Aquilano, Boscán (y Garcilaso?), empezan- 
do con: 

tLídotme, i cavnltír, le arnu, gli amori: 

(Ariosto.) 

—VI, 38o, 38i, 403. 
Cepos quedos. — Expresión proverbial cuyo origen es incierto, 
y con la cual se exhorta á la quietud, si se mueven, 6 al si- 
lencio, si hablan. IV, 440. 



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Cerbatana. — Cañón hueco. VI, 283. 

Cerca, acerca. — •Cerca de las prevenciones tan necesarias». 
Cerca, en el uso actual, tiene otra significación distinta que 
acerca: ahora diríamos • acerca de las prevenciones». Cerca 
es adverbio, y acerca preposición: cerca sigue al verbo, y acer- 
ca precede al nombre ó al verbo sustantivado. I, 67. 

Cercén d cercén. — Es como si se dijera: «circularmente, al re- 
dedor». — «Que le ha tajado la cabeza cercena cercén, como 
si fuera un nabo». III, 73. — «Y cortarme d cercén la ca- 
beza». V, 292. 

Cerdas (Los). — «Un lunar pardo con ciertos cabellos á mane- 
ra de cerdasTii. Bien conocido es el origen del nobilísimo 
apellido de los Cerdas, descendientes del infante D. Fer- 
nando, hijo primogénito de D. Alonso el Sabio, rey de Cas- 
tilla, el cual se llamó de la Cerda, por causa de una muy 
señalada y larga con que nació en las espaldas. En este in- 
cidente de cosa tan vulgar como un lunar pardo, quiso nues- 
tro autor ridiculizar las maravillosas y fatídicas señales con 
que, según cuentan las historias caballerescas, nacieron 
muchos andantes. II, 429, 467. 

Cerrar. — «Santiago y cierra España». «¿Está por ventura Es- 
paña abierta y de modo que es menester cerrarla?» Cerrar 
aquí no es el opuesto á «abrir»; equivale, como en otros 
muchos casos, á «embestir». VI, 167-168. 

Cerrar el proceso. — «Acabó Don Quijote de cerrar el proceso de 
su locura»; esto es, acabó de decidir la cuestión y pleito 
acerca de su discreción ó de su locura, que había pendido 
en el tribunal de D. Diego y su hijo, declarándose definiti- 
vamente loco. Está dicho con felicidad y gracia. IV, 347. 

Cerras. — Voz de la germanía, que significa «manos». VI, 

l52. 

Cerrera. — «¡Ah cerrera, cerrera, manchada, manchada! ¿Y 
cómo andáis vos estos días de pie cojo?» — Amiga de «an- 
dar por cerros», de andar vagando por parajes ásperos y es- 



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cabrosos, como son los cerros y barrancos. Aquí está usada 
esta palabra en sentido recto: Fr. Luis de Granada la usó 
en metafórico^ cuando dijo: «mas si lo dejares (al pensa- 
miento) andar cerrero y suelto por donde quisiere, nunca lo 
podrás tener contigo». III, 491. 

Cerros de Úbeda, — Véanse Ubeda é Ir por los cerros de Ubeda. 

Cerval ó Cervanteño. — Benengeli, según la explicación del sa- 
bio orientalista D. José Antonio Conde, quiere decir «hijo 
del ciervo», cerval ó cervanteño, y con & se designó á sí 
mismo Cervantes, que, habiendo residido en Argel cinco 
años^ no pudo menos de alcanzar algún conocimiento del 
idioma común del país. — Cerval: lo que pertenece al cier- 
vo ó se le parece en algo. (Academia.) I, 201. 

CtruanUs. — Nació en Alcalá de Henares en 1547, II, 444; 
in, 366; en la prisión fué donde concibió primeramente la 
idea de su obra, I, xlv (Prólogo); I, i; fué á Italia, donde 
sirvió algún tiempo en Roma al cardenal Aquaviva como 
camarero. I, 141; II, 160; VI, 287; zahiere al Toboso por 
el mal tratamiento que allí recibió, III, 52i; IV, 168; V, 
165; su cautiverio y el de su hermano, por Amante Mamí, 
III, 214; fué herido en la batalla de Lepanto, III, 124; su 
hermano Rodrigo, III, 161; Cervantes consigue librarle del 
cautiverio, III, 184; intenta evadirse del cautiverio, III, 
206; es pagado con vergonzoso olvido, é irónicamente alu- 
de á ello, IV, 281; su inimitable poder para ridiculizar, VI, 
348; su severidad con los hechizos y preocupaciones de su 
tiempo, II, 202; zahiere al poco favor otorgado á sus dra- 
mas, V, 57; acúsasele de envidiar á Lope de Vega, I, i53; 
su Calatea, í, 149; su dedicatoria de Los trabajos de Persi- 
les al conde de Lemos, I, i5o; tenía siempre presente 
á Amadís de Caula mientras escribía el Quijote, II, 283; 
V, 378; el estilo de sus novelas es más acabado y correcto 
que el del Quijote, II, 304; pierde de vista el mahometismo 
de su autor, III, I23; su poesía. I, 3oo, 3o8; II, 235, 



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359; IV, 328, 338, 344J V, 425; sus diálogos, IV, 134; 
su participación en las «justas literarias», IV, 328; su 
humor, II, 200; pocas correcciones de la obra, U, 221; 
sus inverisimilitudes, V, 404; VI, 323; su poca exactitud 
en las citas, III, 25; se alaba á sí propio, 1, lxii (Prólo- 
go); II, 235, 479; su genio, I, xxix (Prólogo); su facultad 
inventiva. I, xlvii (Prólogo); II, 396; acerca de sí mis- 
mo, II, 366, 479; IV, 52, 328, 338, 343; en Argel, I, 
201; III, i83-i86, 203, 206, 214; parece contrario á la 
expulsión de los moriscos, VI, 106; aplaude singular- 
mente al conde de Salazar encargado de llevarla á cabo, 
VI, 339; su Gran Sultana, I, 187; III, 190; su Baños de 
Argel, III, 195, 196, 199, 200, 202, 211, 219; conoce po- 
cas lenguas, III, 410; su conocimiento de la lengua y li- 
teratura italianas, III, 410; IV, 33; VI, 287; su familia- 
ridad con los términos marinos, VI, 3oi, 3o3; su Nunian- 
cia y su Rufián dichoso y otros dramas, III, 228, 399, 412; 
IV (Dedicatoria); hechos de sus cuentos, III, 228; sus 
redundancias y pleonasmos, VI, 438; su inconsecuencia, 
III, 412; V, 34; su pobreza, III, i3o; IV (Dedicatoria), 
¿81; V, 246, 379-381; su perspicacia en la historia, V, 
3o6; su geografía (en el Quijote), III, 277; su astronomía, 
V, 102; sus conocimientos en medicina, VI, 499; su exce- 
siva naturalidad, V, 189; su abundancia de expresiones^ 
V, 3o; es feliz para inventar nombres ridículos, V, 309; 
invierte adrede el orden de las estaciones con objeto de ri- 
diculizar más, VI, 82; es molestado en la obra de Avella- 
neda y él la satiriza, VI, 200, 256, 294, 400, 423, 465, 
¡ Ticknor, II, 143, y Avellaneda]; desea acabar su obra de 
modo que ningún fingido autor pueda continuarla, IV, xiii 
(Prólogo); VI, 327; la reproducción en pinturas y graba- 
dos de las escenas é incidentes ya dichos, VI, 419; sus 
consideraciones acerca de la libertad, VI, 157; imita á 
Avellaneda, y éste le imita á él, VI, 210; en parte es con- 



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ceptísta, secta compuesta en su mayor número de místicos 
que se expresaban por medio de metáforas y equívocos, VI, 
275, [III, 15]; retrato de Cervantes por Jáuregui, pintor y 
poeta español (en sus versos?), [III, 34]; véase Novelas de 
Cervantes, I, xiii (Prólogo), edición de 1788; VI, 290; 
retrato que se creyó era una copia del original de Francis- 
co Pacheco ó D. Juan de Jáuregui, hoy en la Academia 
Española, IV, 323; su amor á la alabanza y su aborreci- 
miento á la adulación, IV, 52; su gran habilidad en defi- 
nir y variar los caracteres de sus personajes y adjudicar á 
cada uno lenguaje apropiado, III, 278; su peculiar don 
para la elección de expresiones delicadas, III, 342; defen- 
sa de sus inconsecuencias, III, 4i3; sus supuestos rivales, 
VI, 292; sus transposiciones en el Quijote, VI, 384*386; su 
esposa. I, 149; III, 157; VI, 451; sus novelas, III, 362; 
enriquece la lengua con palabras nuevas, V, 358; no está 
del todo exento de las supersticiones de su época, V, 38; 
heridas que recibió en la batalla de Lepanto, II, 20; III, 
i58; IV, VI (Prólogo); su muerte en 23 de abril de 161 6, 
once días antes de la muerte de Shakespeare, IV, xiv (Pró- 
logo); VI, 449; monumentos dedicados á él, VI, 449. — 
Véase el índice de Ticknor. 

Cervantes y Lope de Vega. — Sus relaciones. I, xlviii, liv, 
etc. (Prólogo), i53; II, 3i6; III, 394, 395, 398, 405, 
410, 414-417; IV, VII (Prólogo), 3o; VI, 290. 

Cervellón ( Cabrio ó Gabriel). — Ilustre caballero milanés del 
orden de San Juan, general de la artillería española y acre- 
ditado ingeniero. Fué cautivado por los turcos defendiendo 
el fuerte de Túnez. III, 167, 175. 

Cervino. — ^Hijo del rey de Escocia. Orlando lo puso en li- 
bertad cuando le llevaba preso Anselmo de Altarriba, y 
Cervino, agradecido á su libertador, habiendo encontrado 
las armas de éste, las recogió, hizo de ellas un trofeo y es- 
cribió al pie: 

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tArmatura d' Orlando Paladino 
Come volesse dir: Nessnn la muova 
Che star non possa con Orlando á prova • . 

ií Nadie las mueva 
Que estar no pueda con Roldan á prtubaw. 

(Orlando Furioso, c. 24, est. 57.) 

—I, 283; VI, 344. 

Césares (Los) de Ronta. — Dióse este nombre á los doce em- 
peradores que, destruida la república, gobernaron el im- 
perio desde Julio César el Dictador hasta la muerte de 
Domiciano. Suetonio escribió sus Vidas, uno de los mo- 
numentos más apreciables que nos quedan de la historia y 
de la literatura romanas. IV, iii. 

Cetrería. — Viene de la latina accipitraria, porque se hacía con 
aves de rapiña. — Véanse Altanería y Volatería, V, ii3. 

Cianí. — Moneda de los moros, que valía á principios del si- 
glo XVII diejí reales castellanos, 6 unos veintiséis de vellón. 
(Salva.) líl, i88. 

CibdadReal (Fernán Gómez de), IV, x (Prólogo), 89; V, 180. 
— Véase el índice de Ticknor. 

Cibera. — Del latino cibus, y significa propiamente «las gran- 
zas ó restos gruesos que quedan después de molidos los 
granos que se destinan á alimento». También significa «el 
trigo que pasa de la tolva á la rueda del molino para con- 
vertirse en harina». I, 86; V, 84. 

Cid (El) Ruy Díaz. — Famoso caballero castellano que flore- 
ció á fines del siglo xi. Habiendo perdido la gracia del rey 
D. Alonso VI, salió desterrado de sus dominios con ima 
considerable comitiva de parientes y allegados, y pasó su 
vida haciendo la guerra á los moros. Las hazañas del Cid 
andan mezcladas con exageraciones y rumores populares; 
pero consta que llegó á conquistar á Valencia, cuyo señorío 
mantuvo hasta su muerte. Después de ésta, evacuaron la 
ciudad los cristianos, y se retiraron á Castilla, llevándose 



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las riquezas, mujer, hijas y cadáver del Cid. I, lo. Por ha- 
ber conquistado á Valencia, esta ciudad se apellidó del Cid. 
III, 443. «Quebró la silla del embajador del rey de Fran- 
cia delante de Su Santidad el Papa», II, 109; sus dos es- 
padas, la Colada y la Tizona, II, 16, 17; su escaño, que 
había sido del rey moro, V, 177; la silla de Babieca, III, 
470. — El Poema del Cid, libro el más antiguo que se co- 
noce en castellano. I, igS; V, 387.— [I, 11-14, etc.] 

Cide Hamete Benengeli, — La primera mención que se hace 
de éste es en el cap. 9.^ (I, 201): probablemente entonces 
fué cuando le ocurrió por primera vez á Cervantes dar ori- 
gen arábigo á su obra; y como nó leía lo que anteriormen- 
te llevaba escrito, no tropezó con la inconsecuencia ni pen- 
só en corregirla. Así se escribió uno de los libros de mayor 
mérito de la literatura moderna. 1, 88. — Cide es tratamien- 
to de honor, como si dijéramos «señor». Hamete es nom- 
bre común entre moros. Benengeli quiere decir «hijo del 
ciervo, cerval ó cervanteño», y con él se designó á sí 
mismo Cervantes. — (Véase Cerval ó Cervanteño.) I, 201. 
— No es constante el juicio que en distintas partes del Qui- 
jote se forma de Cide Hamete. Generalmente se le elogia: 
aquí se le vitupera. I, 2o3. «Por culpa del galgo de su au- 
tor». I, 206. — «Autor arábigo y manchego». II, 190. San- 
cho lo llama «Cide Hamete Berengena». IV, 44 (t); IV, 
61; V, 198. — [I, 10-21, etc.] 

Ciegos (Los cantares de los). — Todavía quedan vestigios de 
esta ocupación de los ciegos, que en tiempo de Cervantes 
era general. VI, 63. 

Ciertos son los toros. — Frase usual para asegurar la certidum- 
bre de alguna noticia. Hubo de tomar origen de las ocasio- 
nes en que los apasionados á las corridas de toros ( afición 
común en España), al ver hacer el toril ú otros preparati- 
vos para el espectáculo, se dirían, congratulándose unos á 
otros: Ciertos son los toros. III, 78. . . t. .^ 



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Cinchado. — Véase Coche (A) acá cinchado. 

Cinofal (El gigante). — Llamado así porque' tenía cabeza de 
perro. I, 20. 

Cipión. — Llega Cipión á África, tropieza en saltando en tie- 
rra, tiénenlo por mal agüero sus soldados; pero él, abrazán- 
dose con el suelo, dijo: «no te me podrás huir, África, por- 
que te tengo asida y entre mis brazos». VI, 166 (t). Muy 
semejante á ésta fué la expresión del Gran Capitán Gon- 
zalo Fernández de Córdoba, cuando en la batalla de Gare- 
llano, resbalando su caballo y cayendo con él en el suelo, 
dijo, con rostro alegre, á sus soldados: «ea, amigos, que 
pues la tierra nos abraza, bien nos quiere». VI, 166. — 
Véase Escipión. 

Ciprés, adelfa y acebo. I, 256, 257. 

Ciudad Real (Los vinos de). — En vida de Cervantes tenían 
ya fama, entre otros de España, los vinos de Ciudad Real, 
«recámara, como él mismo la llamó, del dios de la risa». 
Valdepeñas la ha oscurecido en nuestros tiempos, arran- 
cando la palma de la celebridad á los demás vinos de la 
Mancha. II, 79. — En su Licenciado Vidriera, entre los vi- 
nos de fama, Cervantes nombra el de la «imperial, más que 
real, ciudad, recámara del dios de la risa». IV, 23o. 

Ciudad (Valer una). — Véase Vakr una ciudad. 

Claridiana (La princesa). — Hija del emperador de Trapison- 
da y de la reina de las Amazonas, personaje principal de 
la historia del Caballero del Febo. I, lxix (Prólogo). 

Claudia Jerónitna (Los amores de). VI, 235-240. — La rela- 
ción de éstos que hace á Roque Guinart, y el trágico fin de 
su amante D. Vicente Torrellas. 

Claven (Me la) en la frente. — Frase familiar con que se ponde- 
ra la resistencia en creer alguna cosa por difícil ó imposi- 
ble. (Academia.) VI, 88 (t). 

Clavijo (Ruy González de). — Su Itinerario de la embajada al 
famoso Temerían. I, 47; IV, 436; V, 322. — [I, 184.] 



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Clavileño el Alígero. — El caballo de madera con la clavija en 
la frente: «cuyo nombre conviene con el ser de lefw, y con 
la clavija que trae en la frente, y con la ligereza con que 
camina». V, 3o6, 314, 817, 324. — Cervantes, en el mismo 
capítulo, expresó una y otra vez que Clavileño «la traía (la 
clavija) en la frente» (V, 3oo, 307); pero en éste la puso 
«sobre el cuello», paraje más acomodado para el jinete. 
V, 317. 

Clemencín (D, Diego). — Autor del presente Comentario. — El 
Sr. Ticknor, en su Historia de la Literatura Española, dice 
lo siguiente: «La edición de D. Diego Clemencín (Madrid, 
1833-39: seis tomos, 4.°), con uno de los comentarios más 
completos que se conocen sobre autor alguno, antiguo 6 
moderno. Está escrito con buen gusto y sana crítica en lo 
relativo al mérito de Cervantes, mostrándose el autor libre 
de aquella ciega idolatría que distingue á D. Vicente délos 
Ríos y á la edición de la Academia; y aunque peca por de- 
masiada extensión, también es cierto que apenas deja pasa- 
je oscuro que no declare competentemente. Siguió Clemen- 
cín el mismo sistema que Bowle, y así es que la erudición 
sólida y oportuna con que su comentario está adornado, 
deja en realidad muy poco que desear en cuanto á anotacio- 
nes». (Traducción de D. Pascual de Gayangos, tomo IV, 
p. 235.) — Inmediatamente después de la muerte del señor 
Clemencín, se unieron las luces de sus ilustrados amigos á 
Jos vivos deseos de sus hijos, para continuar la publicación 
de este Comentario, cuyo original dejó completo su autor. 
—Murió en 1834. IV (Advertencia).— [III, 438, etc.] 

Clérigos (Los). — Escriben para el teatro. IV, viii (Prólogo). 
—[II, 366 y n.] 

Cocía (No se le) el pan. — Expresión proverbial, nacida como 
otras infinitas, propias del idioma castellano, de las profe- 
siones y ejercicios ordinarios y domésticos. Ésta se toma 
de la impaciencia de las horneras cuando ven que se tarda 



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102 

en cocer el pan que ya tienen metido en el horno. ^ — No co- 
cérsele d uno el pan: frase familiar con que se denota que 
en todos los cargos y oficios se padecen ciertas incomodida- 
des inevitables. (Academia.) V, 20; VI, 76, 33o (t). 

Cocos (Hacer), — Halagar á alguno con fiestas 6 ademanes pa* 
ra persuadirle lo que se quiere; hacer ciertas señas 6 expre- 
siones los que están enamorados, para manifestar su cari- 
ño. (Academia.) — *Hacer cocos es hacer 6 presentar figuras 
que causen espanto; es frase del lenguaje de los niñost. 
(Arrieta.) — «Mira cuántas feas cataduras nos hacen cocos*. 
—V, 106 (t). 

Coche (Á) acá cinchado, — Expresión que no he visto en otra 
parte, y sospecho que en cinchado puede haber error de im- 
prenta. De todos modos, el sentido de la expresión se expli- 
ca por las siguientes. Quiso decir Don Quijote: «debe de 
andar mi honra al retortero, llevada de aquí para allí con 
violencia, como escoba con que se barrieran las calles». 

IV, i38. 

Coches en España. — El principio de su uso, y las leyes arre- 
glándolo. V, 242-244. 

Cofradía de San Jorge. — La historia de ella. El origen de esta 
cofradía es tan antiguo, que se pierde en la oscuridad de los 
tiempos más remotos. VI, 212-218. 

Coger a uno en un mal latín. — Coger á uno en alguna falta^ 
culpa ó delito. (Academia.) IV, 336 (t). 

Coger la verbena. — Madrugar mucho para irse á pasear. (Aca- 
demia.) — Frase nacida del error vulgar que atribuía á las 
yerbas cogidas en tal noche (de San Juan), virtudes que no 
se les concedían, cogidas en otras. VI, 261. 

Cogióle la razón de la boca. — Bella expresión metafórica, que 
representa al vivo la acción de quien continúa el discurso 
que ha empezado otro, sin que medie interrupción algima* 

V, 173. 

Cohechos (Los) en tiempo de Cervantes. — V, 319. 



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I03 

Cohonda (Que Dios), — Especie de maldición. Cohonda pare- 
ce equivalente á confunda. II, 277. 

Cola (Le falta la) por desollar. — Esto es, le falta lo más difí- 
cil que ejecutar. V, 235 (t). 

Cola (Llevar). — Llevar el primero es llevar el primer lugar; 
llevar cola, llevar el último; frases usadas en las universida- 
des. IV, 363. — Véanse Llevar el primero y Vítor. 

Colada (Todo saldrá en la). — Expresión proverbial tomada, 
como las más de ellas, del estilo familiar. Dijose por la 
operación de lavar la ropa blanca con la lejía, en la que se 
quitan todas las manchas, aunque algunas no se hayan 
visto ni reparado antes; y á este tenor se aplica á las cir- 
cunstancias que eran desconocidas y se vienen á averiguar 
al paso en la investigación de lo principal, y á las partidas 
poco importantes ó poco atendidas, que al cabo salen en 
las cuentas al finiquitarlas. II, 140, 211; V, 245, 247 (t). 
«Y aun os metan en colada si fuere menester». • Meter en co- 
lada es lavar con lejía, que es agua muy caliente y ceniza, 
como se hace con la ropa muy sucia». (Arrieta.) V, i56 (t). 

Colada (La). — Una de las espadas del Cid, que ganó en la 
batalla en que venció á D. Ramón, conde de Barcelona; la 
otra, la Tizona, ganó en la batalla contra el rey moro Bú- 
car. II, 16, 17. — Véase Tizona. 

Colambre. — Está por corambre, pellejo ó bota donde se lleva 
el vino. VI, 100. — Véase Despertar la colambre. 

Colas de pulpo.— Se usa especialmente de esta expresión ó de 
la de rabos de pulpo, cuando alguno trae el manteo des- 
harrapado por bajo, como dice Covarrubias. Pulpo viene 
evidentemente de polypus, por los muchos pies ó brazos 
que tiene este zoófito. — «Los jirones del vestido de Cor- 
chuelo». IV, 367. 

Coleto (El). — Era traje interior de piel, ordinariamente de 
ante. Se le llamaría de ámbar, por ser de los que se hacían 
de pieles adobadas con ámbar. II, 251. — Coleto acuchillado: 



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I04 
quizá se quiso en esta ocasión indicar la circunstancia de 
«roto á cuchilladas», jugando con la doble significación de 
la voz acuchillado y aludiendo á lo roto y pobre, que es de 
lo que aquí se trata. III, i33. 

Colón (Cristóbal). — Diéronle los Reyes Católicos el titulo de 
«Don» en 1492. V, 408. — [I, 186-190, etc.] 

Colonas y Ursinos. — Familias nobilísimas de la Roma mo- 
derna. I, 282. 

Coloquio (El) de los dos escuderos. — «Con el discreto, nuevo 
y suave coloquio». ¿Qué quiere decir coloquio nuevo? ¿Que- 
rrá decir que la conversación de los dos escuderos no se 
parece á las que suelen pasar entre las personas de esta 
clase? Pero la conversación fué sobre comer, beber y ge- 
nios de los amos, asuntos corrientes y ordinarios de colo- 
quios entre criados. Lo que hay realmente de nuevo, y 
poco ó nunca visto en otros libros, es el chiste, la sal, la 
gracia inimitable del diálogo; mas no le tocaba á Cervan- 
tes, sino á su comentador, el decirlo. IV, 219. — ¿Quién será 
capaz de no reír al leer el donosísimo coloquio de los dos 
escuderos, el uno cobarde y decidor, y el otro acaso no me- 
nos cobarde, pero socarrón y bellaco tanto ó más que su 
amo? IV, 247. 

Coloquios graciosos, IV, 44, 99, ii5, 119. 

Colores, motes y cifras de los caballeros, usados en las justas, 
torneos y demás funciones caballerescas, apropiados por lo 
general al estado de sus amores. IV, 406. 

Comediantes (Los vestidos de los). IV, 198. — Graciosos de fa- 
ma. IV, 66. — Representantes célebres. IV, 190-192. 

Comedias. — Dos géneros de las de Cervantes, III, 394; divi- 
nas, III, 394, 407, 408; en Argel, III, 181; en los conven- 
tos, IV, 195; «mil comedias llenas de mil impropiedades», 
V, 57. — Véase el índice de Ticknor. 

Comendador (El) Griego. — Sus refranes. II, lio, 146; V, 204, 
174. — «Los de Sancho, más que los del Comendador». V, 



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I05 
204 (t). — Véanse Fernán Núñez de Guzíndny Pinciano (El). 
— [III, 202 y n.] 

Comento (Un) del Quijote. — Cervantes, suponiendo con dema- 
siada facilidad que sus lectores sabían lo que él y que te- 
nían presente lo que él al escribir su libro, creyó que no ne- 
cesitaba de comento; mas no se juzgó del mismo modo en 
el mundo literario. El célebre Fr. Martín Sarmiento esfor- 
zaba con gran copia de razones la necesidad de comentar 
«1 Quijote p)ara entenderlo y leerlo con fruto. I, xxxv (Pró- 
logo); IV, 62. — D. Antonio Capmany, en su Teatro déla elo- 
cuencia española, manifiesta la dificultad de que los extran- 
jeros conozcan el mérito del estilo y lenguaje del Quijote. 
«En efecto (dice): ¿cómo penetrarán debidamente el talento 
exquisito de este autor, cuando ameniza y engalana su lo- 
cución con frases burlescas, dichos festivos y voces gracio- 
las; cuando sazona el lenguaje de Sancho con plausibles 
refranes y naturales alusiones; cuando Don Quijote imita 
Jos idiotismos caballerescos y los términos anticuados; cuan- 
do adorna el diálogo de los demás interlocutores con todos 
los donaires y delicados equívocos de la expresión castella- 
na, si entre los mismos españoles no es el vulgo quien sien- 
te toda su fuerza, sino las personas que poseen perfectamen- 
te la lengua?» IV, 62. 

Comer (No) pan i manteles. — Comer sin mantel en la mesa 
era señal de luto y de duelo, como de quien come sin bus- 
car el placer ni el aseo, sino únicamente por la necesidad 
de mantener la vida. Creo que de esta costumbre no quede 
resto alguno, sino el viernes santo entre frailes y monjas. 
El juramento del marqués de Mantua, y otros semejantes: 
el del marqués, imitado por Don Quijote. I, 218-220; II, 
485. 

Comerse las manos tras alguna cosa. — Frase metafórica y fa- 
miliar que denota el gusto con que se come algún manjar 
sin dejarse nada. Dícese también de cualquiera otra cosa 



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io6 
que sea de muchp deleite, como el juego, la caza, etc. 
(Academia.) V, i86 (t); V, 247, 845 (textos). 
Como, — «Encontró con dos cmno clérigos ó como estudiantes» ► 
— La partícula corno tiene la propiedad de templar la fuer- 
za de los nombres á que se agrega, con virtiéndolos en «se- 
mejantes á», según se muestra por el ejemplo del texto, y 
como sucede en aquella coplilla tan conocida: 

En una como ciudad 
Unos como caballeros, 
En unos como caballos. 
Toreaban d otros como ellos. 

Cuando es verbo la palabra á que se une la partícula comoy 
se añade á ésta la partícula que, y se dice: •cofno que adivino 
que ha de suceder esto 6 lo otro». IV, 349. — Véase Par- 
tículas. 

Como, en vez de que. — «Ya les había dicho como era loco», 
según se acostumbra en el estilo familiar. I, 59. 

Como d numa le miraban (á Don Quijote). — Alusión é la cos- 
tumbre de tener monas atadas en los balcones, lo que fre- 
cuentemente da ocasión para que se paren á mirarlas los 
que pasan, y señaladamente los muchachos. VI, 258. 

Coifio anillo al dedo. — Expresión que se usa para denotar la 
conveniencia de una cosa con otra. U, I23; VI, 364 (t). 

Como digo de mi cuento, ó como iba diciendo de mi cuento. — ^Ex- 
presión familiar con que se suele introducir algún suceso 
festivo. (Academia.) II, 124 (t). 

Como el agua de mayo. — Expresión que manifiesta el deseo ve- 
hemente de alguna cosa, á semejanza del que tienen los la- 
bradores de que llueva en el mes de mayo, por lo que se ase- 
gura entonces con esto la cosecha de los granos. De donde 
vino el refrán: • Agua por mayo, pan para todo el año». V, 
344; VI, 437 (t). 

Como peras en tabaque. — Tabaque, cesto ó canastillo de mim- 



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I07 
bres.''— Se dice asi de las cosas que están colocadas y guar- 
dadas con esmero y aseo. V, 365. 

Como quien no dice nada. — Expresión con que se previene que 
es cosa de importancia la que va á decirse. (Academia.) 
II, 427 (t). 

Corno un pino de oro. — Especie de adorno que llevaban anti- 
guamente las mujeres en el tocado, y luego se trasladó á 
significar una persona de disposición gentil y gallarda, co- 
mo la del paje de quien se trata. VI, 36. 

Como volar. — Expresión con que se pondera la dificultad de 
alguna cosa ó su incredibilidad; especialmente se usa para 
rechazar la proposición de alguno. (Academia.) — • Asi en- 
trarán ellas en mi aposento, ni cosa que lo parezca, como 
volara. V, 375 (t); VI, 91 (t).— Véase Volar (Como). 

Comodín. — Lo que se hace servir para todo, según conviene 
al que lo usa, á semejanza de la carta que tiene este nom- 
bre en algunos juegos de naipes. (Academia.) Tal es un 
comodín para las ocasiones en que se quiere evitar una pa- 
labra chocante, ofensiva ó puerca. iLo envió á la iah, se 
suele decir por tío envió al cuerno», ó cosa peor. V, 276. 

Cómodo é incómodo, ^ot comodidad é iticomodidad. — Son dos de 
las palabras que el autor del Diálogo de las lenguas desea- 
ba que pasasen del idioma toscano al nuestro. — • Cosas de 
más cómodo y provecho», I, 229; «todos los incómodos de la 
tierra», II, 54. — Cervantes dijo también descomodidades, por 
incomodidades, en su Trabajos de Persiles; pero ninguno de 
los tres vocablos ha sido sancionado por el uso general, que 
es el juez absoluto y sin apelación en estas materias. III, 
255. 

Compadre. — Así llama el cura á Don Quijote; más adelante (I, 
162) se llaman compadres de Don Quijote el cura y el bar- 
bero, y estos dos se dan mutuamente el mismo nombre en 
el capítulo anterior. Es visto que en todos estos pasajes la 
voz compadre se toma en el sentido amplio de tcamarada ó 



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io3 
amigo», que suele dársele en el estilo y trato familiar, y se- 
ñaladamente en Andalucía. I, iSy. 

Compañías reales y de título. — Compañías permitidas. IV, 

199, 200. 
Compás de Sevilla. — Un barrio de aquella ciudad. I, 47. 

Compatrioto. — Es el de una misma patria 6 pueblo. «Nues- 
tros compatriotos y conocidos», III, 421; «Don Quijote, 
nuestro compatrioto i^ , VI, 43; «el mi buen compatriota Don 
Quijote de la Mancha», II, 448; se llamó, según una de las 
primitivas ediciones, compatriote. — La terminación de la 
palabra compatrioto no se había acabado de fijar en tiempo 
de Cervantes. IV, 260. 

Compluto (La Gran). — Sus ruinas. — Es el nombre latino que, 
en la opinión común, corresponde á la actual Alcalá de He- 
nares, la verdadera patria de Cervantes. II, 443-444. 

Compuertas de los ojos. — Los párpados. — «Á Sancho le vino 
en voluntad de dejar caer las compuertas de los ojos, como 
él decía cuando quería dormir» . Compuerta: media puerta 
que tienen algunas casas en la puerta de la calle á manera 
de antepecho, para resguardar la entrada y no impedir la 
luz del día. (Academia.) IV, 208. 

Comunicalle (Para no) como solía, por para no comunicar con 
él como solía. — Este último régimen es más conforme al que 
usamos en el día. III, 3. 

Comunidades. — Tumultos, levantamientos como los de las co- 
mtmidades de Castilla en los principios del reinado de Car- 
los V. V, 364. 

Con que, en lugar de con lo que. — ^Con que (con lo que) acabó 
de entender». — Así solían omitir el lo nuestros antiguos 
escritores, en los cuales se encuentra también muchas ve- 
ces escrito por que, en lugar de por lo que. I, 98. 

Con vos me entierren. — Especie de proverbio con que se mani- 
fiesta el gusto de encontrar otra persona de ideas y senti- 
mientos iguales á los de uno mismo. V, 346; VI, 33. 



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I09 

Concavidad (Matioy). — Sancho querría decir: mano y cabida. 
V, i86. — Véase Cabida (Tmer) con uno. 

Concejo. — «Pon lo tuyo en cornejo, y unos dirán que es blan- 
co, y otros, que es negro». — El marqués de Santillana en 
su colección de refranes puso el presente con alguna varia- 
ción: «Pon tu hacienda en concejo; uno face blanco, otro, 
bermejot. También suele decirse: «otros, que es prieto». 

V, 245. — Refrán que enseña la diversidad de pareceres y 
opiniones en los hombres. (Academia.) — Véase Pon lo 
tuyo en concejo. 

Conceptistas (La escuela de). — «Partido compuesto en su ma- 
yor parte de escritores místicos y devotos, que, así en la poe- 
sía como en el pulpito, empleaban un estilo metafísico y 
figurado. Llegó á tanto su influencia, que se descubren sus 
rastros en todos los escritores principales de aquel tiempo, 
sin exceptuar al mismo Quevedo y á Lope de Vegai . ( Tick- 
ñor, III, 199.) — Vicio que empezaba á introducirse en 
tiempos de Cervantes, quien no se libró de él alguna vez. 

VI, 275. — Los que dicen ó escriben conceptos ingeniosos 6 
agudos. (Acade.mia.) Faiseurs de bons mois, diseurs de sai- 
Uies. (Taboada.)— [III, i5.] 

Conciencia (Haga). — «No es más de por encarecer á su pa- 
ternidad haga conciencia del mal tratamiento que á mi se- 
ñor le hace». Especie de abreviatura en que conciencia equi- 
vale á «escrúpulo ó cargo de conciencian; y lo mismo suce- 
de cuando después (III, 426) dice Don Quijote que «for- 
maría muy grande conciencia ú se dejase estar en la jaula 
no hallándose encantado». III, 370. 

Conchas (Unas) de un cierto pescado. — Armaduras hechas de 
conchas y huesos de pescados y de serpientes: de todo hay 
ejemplos en la biblioteca caballeresca. IV, 104. 

Conde^ marqués. — Sobre el origen y grado relativo de estos dos 
títulos. I, 167. 

Conde Lucanor. — Uno de los libros más limados y mejor 



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no 
escrito para el tiempo en que se escribió, que fué el si- 
glo xiv; donde ocurre el que á cada momento. I, 76. — [I, 
63-68.] 

Conde de Solazar. — Véase Velasco (Bernardino de). 

Condición. — Lo mismo que • situación ó estado». — «Ponerle 
(á Lotario) en condición que me tenga por deshonesta». En 
el capítulo precedente (III, 20) se empleó la palabra esti- 
mación para significar lo mismo: «dejando á su dueño en es- 
timación de que todos le teiígan por simple». III, 61. — 
Véase Estimación. 

Condumio, — «Sacó de lo que él solía llamar condumio». — El 
manjar que se come con pan, como cualquier cosa guisada. 
(Academia.) — Haber mucho condumio: frase familiar que se 
dice cuando hay preparada mucha comida. (Academia.) 
—II y a de quoi bouffcr. (Taboada.)— VI, 188 (t). 

Conejo albar. — Es conejo blanco, como suelen serlo los do- 
mésticos. IV, 228. 

Conjunciones. — El uso actual ha adoptado mudar la conjun- 
ción ó en ú, cuando concurre con palabra anterior que aca- 
ba, ó siguiente que empieza, con la misma vocal, para evi- 
tar el hiato ó esfuerzo necesario para pronunciar las dos oes 
seguidas. Ahora diríamos con mayor suavidad: «ó otro de- 
lincuente». Por igual razón se muda también la conjunción 
y en é: decimos «español y francés, francés é italiano». 
Nuestros antiguos se cuidaron muy poco de estos refina- 
mientos y atildaduras del lenguaje. III, 365. 

Conocer, conocer de. — ^Conozco muy bien de todos los instru- 
mentos». — Conocer de es término forense, y significa «en- 
tender un juez en algún negocio» . En esta acepción es ino- 
portuno el adverbio muy bien, así como conviene perfecta- 
mente al verbo conocer, en su significación general y ordi- 
naria. Con arreglo á esto, debió suprimirse la partícula de, 
y decir el barbero: ^conozco muy bien todos los instrumen- 
tos». III, 3l2. 



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III 

Conquista (La Gran) ¿^ Ultramar. — Narración de las guerras 
de las Cruzadas, libro escrito de orden del rey D . Alonso 
el Sabio, y traducido de la historia latina de Guillermo, ar- 
zobispo de Tiro. I, 88, 96, 2x5; II, 490; V, 2x3, 388. — 
[I, 42, 43 y n.] 

Conquistas en África. — La costosa inutilidad de ellas; sobre la 
absoluta abolición de la esclavitud en el Mediterráneo. III, 
174. 

Consejas. — Asi llamaron los antiguos castellanos á lo que des- 
pués se llamó • cuentos ó novelas». Dióseles este nombre, 
según Covarrubias, porque eran ficciones que se endereza- 
ban á dar algún i buen consejáis. También se llamaron pa^ 
irañas, y según el mismo Covarrubias, se dijo á pairibus, 
porque los padres solían contarlas á sus hijos. Hacíase esto 
especialmente en las largas noches de invierno y en las co- 
cinas: de donde Femando de Rojas, uno de los autores de 
la Celestina, las llama en su prólogo ^Consejas detrás del 
niego»; á la manera que el marqués de Santillana, en su 
colección de refranes, expresó que eran los que «las viejas 
solían decir tras el huego». II, X23. — Véase Patrañas, 

Consejo, en la significación de «bureo, tribunal». — «De cuyo 
consejo salió por voto común de todos, etc.» II, 266. — 
Véase Bureo. 

Consejos. — Los que Don Quijote da á su escudero para des- 
empeñar el oficio de gobernador. V, 3^3. — «Entrados, 
pues, en su aposento, etc.» El presente razonamiento de 
Don Quijote, á excepción de tal cual descuido, es un mo- 
delo de discreción y lenguaje, en que al mismo tiempo se 
echan bien de ver los nobles y virtuosos sentimientos de 
Cervantes. V, 343, 347-360; VI, 5x. 

Consonantes. III, 27X. — Véase Asonantes. — [I, xoo.] 

Contendor. — Palabra poco usada actualmente, pero noble y 
sonora, que viene á significar lo mismo que «rival ó com- 
petidor». — «Don Quijote miró á su contendor». IV, 249. 



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112 

Contenido. — Hablando con propiedad, significa otra cosa: en 
este lugar equivale á «mismo, susodicho» 6 cosa semejante. 
«No osaré afirmar si sois el contenido 6 no». IV, 25i. 

Contexias. — Tejidas. «Sirgo y perlas contextos y tejidas». IV, 
i37 (t). — La palabra contextos es íneramente latina, y no- 
añade nada á tejidos. IV, i38. 

Contingibles. — Factibles. (Academia.) — «Todas las aventuras 
hasta aquí sucedidas han sido contingibles y verisímiles» ► 
Puede dudarse que sea palabra castellana. V, 2. 

Contintuir. — nContinuó Lotario, como solía, la casa de su ami- 
go». Acepción poco común del verbo continuor, que aquí 
tiene la misma significación que «seguir frecuentando». 
Pocos renglones después se dice: «que no se han de visitar 
ni continuor las casas de los amigos casados, de la misma 
manera que cuando eran solteros». III, 2. 

Contropelo, redropelo ó retropelo. — Quieren decir «violentamen- 
te, *contra el orden regular de las cosas», como cuando en 
una piel se pasa la mano coniro la dirección natural del pelo. 
IV, 2o5. 

Contrecho. — Lo mismo que ^controhecho, estropeado, lisiado». 
II, 25; VI, 329. 

Contreros (Diego Motuie de Peñofiel). — Su Prosapio de Cristo 
y su Árbol geneológico del rey Felipe III y de su privado el 
duque de Lermo. II, 184. 

Convenicítcio. — «Contento desa condición y cowvm¿»cm». Sig- 
nifica aquí «convención, concierto ó pacto», y no «como- 
didad» ni «proporción», como significa otras veces. IV, 
243. 

Convidor d uno con alguno coso. — Frase: ofrecérsela. (Acade- 
mia.) üCofividaron (los cabreros) á los dos (Don Quijote y 
Sancho) con muestras de muy buena voluntad con lo que 
tenían» . I, 227 (t). ^Convidó el Duque á Don Quijote con 
la cabecera de la mesa». V, 139 (t). 

Copo (Lo) encontoda. — Tenía la propiedad de indicar á los 



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maridos si sus mujeres les eran infieles. — Véase Vaso (La 
prueba del). 

Coplas f villancicos^ autos.-^Copla se dijo del latino copula, por- 
que en ella se ligan y acoplan los versos, enlazándolos por 
bt rima y sujetándolos á cierta combinación periódica. — 
Villancico se deriva de villano, rústico, campestre, con alu- 
sión á los festejos de los pastores de Belén; como quien di- 
ce: icanciones pastoriles», y tales son, con efecto, las que 
suelen oirse en el oficio de nochebuena. — Autos para el día 
de Dios son los que comunmente se llamaban autos sacra- 
mentales, qxie eran dramas ó representaciones sobre asuntos 
sagrados, que se hacian para solemnizar la festividad del 
Corpus Christi ó día de Dios. Los abusos é irreverencias que 
se introdujeron en los autos sacramentales y en su repre- 
sentación, dieron motivo para que se prohibiesen en el rei- 
nado de Carlos III, afio de 1765. I, 248. — Véanse Villan- 
cicos y Autos. 

Corbacho ó rebenque. — Era el azote con que el cómitre de la 
galera «mosqueaba las espaldas de la chusma». II, 209; 
VI, 3oi (t).— Cordel embreado, según Figueroa en su 
Pasajero, donde describe la crueldad con que eran castiga- 
dos los remeros y galeotes. Aquí parece se da una misma 
significación á estas dos voces; mas corbacho significa pro- 
piamente el nervio del miembro genital del toro, con que el 
cómitre castigaba á los forzados, y sólo se diferencia de la 
palabra vergajo en que ésta es más genérica, extendiéndose 
á otros cuadrúpedos. VI, 3oi. 

Corbacho (El). — ^Título de dos obras satíricas contra las ma- 
las mujeres, una italiana del Bocado, y otra castellana es- 
crítsi después por el arcipreste de Talavera. I, lxvii (Pró- 
logo); II, 210, 220; IV, 187; V, i53, 295; VI, 42. 

Corchuelo (Lorenzo) y Aldonza Nogales. — Padres de la supues- 
ta Dulcinea. Cervantes, qqeriendo ridiculizar más y más á 
su héroe, dio á su princesa nombres y apellidos aldeanos y 

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vulgares. II, 309. — Con arreglo á ciertas cx)njeturas, Pedro 
Martínez Zarco y Doña Catalina Morales fueron Lorenzo 
Corchiielo y Aldonza Nogales. V, 166, 167. 

Córdoba (El Potro de ), Percheles de Málaga, etc. — Especie de 
mapa picaresco, donde se marcan los principales parajes á 
que solía concurrir la gente perdida y vagabunda. I, 48. — 
Véase Potro de Córdoba, 

Córdoba (Los caballos de). — Los caballos cordobeses eran los 
más célebres y estimados de España. II, 2, 256, 261, SgS; 
III, 317. 

Córdoba (Gonzalo Hernández de), el Gran Capitán. — Su histo- 
ria; el Rey Católico D. Fernando le daba este título, II, 
5 10-515; fué natural de Montilla, pueblo de Andalucía, 
donde aun se muestra la casa en que nació por los años de 
1450; murió en Granada en i5i5, III, 443; su dicho cuan- 
do cayó con su caballo en la batalla de Garellano, VI, 166; 
su ntóxima militar: «al enemigo que huye, hacerle la puen- 
te de plata», VI, 187; Monsieur de Lautrec y el Gran Ca- 
pitán, III, 89.— [I, 181-183 y n.] 

Córdoba (María de). — Insigne actriz de los tiempos de Feli- 
pe III y IV. Bajo el nombre de Amarilis fué celebrada por 
Quevedo y otros. Tal vez fué el original de La constante 
Amarilis, de Cristóbal Suárezde Figueroa. VI, 441. — [II, 
440.] 

Conna. — Cierto instrumento de madera que se ata á la pier- 
na de un animal para que no pueda andar fácilmente. Aquí 
se aplica traslaticiamente este nombre á la soga que no 
dejaba andar á Sancho. V, 120* 

Corniano (Primo). — Es primo hermano. CormanopaxecQ ger- 
mano, y éste, hermano. — El uso de estas palabras anticua- 
das era para remedar el lenguaje de los libros de caballe- 
rías, de los cuales los primitivos y más autorizados se es- 
cribieron en castellano antiguo. V, 289. 

Cornado. — Palabra sincopada; de coronado, moneda castellana 



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antigua, y fué ordinariamente la sexta parte del maravedí 
de entonces. II, 55. 

Corneille. — Se había aprovechado de El Cid, de D. Guillen 
de Castro, y de El Mentiroso, de Lope de Vega. IV, 99. 

Corona de Ariadna, — ^Nombre de la constelación en que fyé 
convertida Ariadna abandonada de Teseo. V, 282. 

Corona de su marido. — Aplica Cervantes á la mujer casta lo 
que Salomón dijo de la hacendosa y diligente en los Pro- 
verbios (xii, 4): •mulier diligens corona est virosuo». IV, 

403- 

Corona (Si sois de), no quiero yo quedar descomulgado. — • Apli- 
can el dicho (Hablara yo para mañana) á un gobernador 
que, habiendo mandado ahorcar á uno, cuando ya tenía la 
soga á la garganta, le llamó al oído en secreto, y le ase- 
guró cantidad de coronas (monedas de oro de este nombre) 
que tenía que darle. Entonces el señor gobernador dijo en 
alta voz: hablara yo para mañana: si sois de corona,^ no quie- 
ro yo quedar descomulgado. Y volviéronlo á la cárcel». II, 
104. — Véase Hablara yo paya mañana. 

Coroza. — Era el hábito de los penitentes reconciliados que en 
los autos de fe salían al cadalso. «Era de paño amarillo 
con dos aspas coloradas del señor San Andrés, y una vela 
de cera en las manos». Así Pablo García, secretario del 
Consejo de la Inquisición. VI, 377. — «Ropa y mitra»: así 
llama Sancho al sambenito y á la coroza. VI, 390. 

Corra (Cuando todo) turbio, 6 á turbio correr. — Locución meta- 
fórica y familiar. Por mal que vayan las cosas, ó por des- 
graciadamente que sucedan. (Academia.) V, 8 (t). 

Corredor de oreja, ó de cambios. — Es el agente comercial que 
busca letras para otras plazas y ajusta y negocia los intere- 
ses del cambio. Aquí, en lenguaje picaresco, se aplica el 
mismo nombre á los que ajustan y conciertan negocios de 
otra clase menos decente, por lo cual se dijo: «corredor de 
oreja y aun de todo el cuerpo» . II, 199. 



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ii6 

Correr el dado. — Tener suerte favorable. (Academia.) II, 140 
(t), 281. 

Correr peligro. — Suele significar otra cosa distinta de lo que 
aquí significa: cuando se usa impersonalmente, equivale á 
, iser fácil 6 posible»: cuando lo rige persona ó sujeto, equi- 
vale á • tener 6 padecer peligro»; y asi decía Don Quijote 
á Sancho (II, 71): acorre peligro Rocinante no le trueque 
por otro». — En el presente pasaje, tpues no corría peligro 
el dejallos en aquel lugar», no significa ni lo uno ni lo otro, 
sino «ser peligroso 6 causar peligro, tener incon venientes •. 
III, 238. 

Correr sortija. — Juego ecuestre en el cual el jinete intenta, 
durante la carrera, enfilar con su vara una sortija pendien- 
te de una cinta. VI, 285. 

Corridas de toros. IV, 309-3i3. — Véase Fiestas de toros. 

Corriente y moliente. — Véase Moliente y corriente. 

Corsarios. — Viviendo Cervantes, esta voz era sinónima de/>í - 
ratas, según se ve en repetidos lugares de sus obras y en 
todos los escritores de aquel tiempo. Ahora se da el nombre 
de corsarios á los particulares que arman buques y hacen la 
guerra por su cuenta, pero con autorización y patente de 
alguna de las potencias beligerantes. III, i36. 

Cortar el pelo. — Desde el tiempo de los visogodos, cortar el 
pelo era pena impuesta por afi^nta á los delincuentes, ó 
señal de profesión monástica, que inhabilitaba para las 
dignidades civiles, inclusa la del cetro. I, 161. — Era pena 
muy grave entre los godos, que, como descendientes de los 
germanos, estimaban en mucho la cabellera. V, 173. — 
Véase Trasquilar d cruces. 

Cortarlas en el aire. — Frase. Matarlas en el aire. Frase meta- 
fórica. Dar alguno con prontitud y facilidad salidas ó res- 
puestas agudas á cualquiera cosa que se dice ó de que se le 
hace cargo. (Academia.) «Y toledanos puede haber que no 
las corten en el aire en esto de hablar polido». IV, 36i (t). 



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Cortar las faldas por vengonzoso lugar. — Según el Diccionario, 
cortar faldas es cierto castigo que se imponía á las mujeres 
perdidas. — «El cortar las faldas, dice Covamibias, se ha 
tenido siempre por grande afrenta». Recuerda también Co- 
varrubias el pasaje de Hanón, rey de los amonitas, cuan- 
do, para afrentar á los enviados de David, ^rasit dimidiam 
pariem barbae eorum, etpraescidit vestes eorum usqtie ad nates,^ 
(Regum, lib. II, cap. lo, v. 4). — «Parecía (la saya de Te- 
resa Panza), según era de corta, que se la habían cortado 
por vergonzoso lugar 9. VI, 29, 3o. 

Corte (La). — En Valladolid y en Madrid. III, 275, 277; IV, 
281; V, 462. — En Segovia. III, 466. 

Corterreal (Jerónimo). — Caballero portugués, quien asistió en 
la batalla naval de Lepanto, y publicó una relación de ella 
en verso suelto el año de 1578, que dedicó á Felipe II. III, 
i55, 157, 324. — [II, 495, 496 y n.] 

Cortes de amor, — Tribunales compuestos de damas, y ^más se- 
veros que temibles». III, 485. 

Cortes (El auto de las) de la Muerte.— Lsls piezas dramáticas 
á quienes se aplicaba con especialidad el nombre de autos, 
eran de asuntos sagrados, y en su origen se solían repre- 
sentar en las festividades principales dentro de las iglesias, 
siendo actores los mismos clérigos, aunque después se les 
prohibió este ejercicio. IV, 192. — [III, 44, n.] 

Cortés (Hernando). — Su hazaña de echar á pique los navios 
para que perdiesen sus compañeros irresolutos la esperanza 
de la vuelta, y no les quedase más que la de la victoria; el 
dictado superlativo de cortesísimo. IV, 144. 

Cortés (Jerónimo). — S\x Lunario perpetuo. Es gracioso el modo 
con que se explica sobre las materias astrológicas. 11, 268; 

V, 37, 39. 

Corvetas. — «Porque, con perdón suyo (de Rocinante), no las 
sabía hacer». — Corveta es un movimiento que se enseña al 
caballo, obligándole á ir sobre los pies, con los brazos en 



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el aire. Esta es la postura en que está el caballo de bronce 
que sostiene la estatua de Felipe IV en los jardines del 
Buen Retiro, y exige del caballo una instrucción y un vi- 
gor de que ciertamente carecía Rocinante. II, 134. 

Cosa juzgada (Pasado en autoridad de), — Se dice del fallo 6 
sentencia judicial que causa ejecutoria, y que, por consi- 
guiente, es irrevocable, y no necesita ya de más examen 
ni diligencias. II, 3o5, 469. 

Cosecha (De mi), — «Ofrezco lo que puedo y lo que tengo de mi 
cosechan. De su cosecha: modo adverbial familiar. De suyo, 
de su propio ingenio 6 invención. (Academia.) VI, 181 (t). 

Cosméticos, — El deseo de agradar, innato en el otro sexo, in- 
trodujo desde antiguo el uso de los cosméticos. II, 127. — 
Véase Mudas, 

Cosquear. — Ant. Cojear, (Salva.) *Del pie que cosqueamosn , lo 
mismo que «del pie que cojeamost. IV, 76 (t). — «Pero no 
cojea del pie de la crudeza». IV, 226 (t). 

Coto, — «Que será realzarla un buen coto más de lo que ella 
se está». — Coto es la altura de la mano cerrada, equivalen- 
te á cuatro dedos. Ésta es aquí su significación: tiene otras. 
IV, 74. 

Cotufas en el golfo, — Cotufa, lo mismo que chufa, especie de 
raicilla tuberosa y azucarada que se cultiva en el reino 
de Valencia y se usa de ordinario para horchatas. Es cla- 
ro que pedirlas en alta mar, es pedir inoportunamente go- 
losinas, ó «pedir imposibles». — Vuelve á repetirse esta ex- 
presión una y otra vez (IV, 54, 371), y siempre es en boca 
de Sancho. II, 467. 

Cras. — Ant. Mañana, V, 56, 98. 

Créalo Judas. — «Que esto (dijo Sancho) del morirse los ena- 
morados es cosa de risa: bien lo pueden ellos decir; pero 
hdieex, créalo Judas^. Traducción macarrónica del *credat 
judaeus Apellait, de Horacio, que recuerda la del dicho pro- 
verbial nnecessitas caret lege9, que el vulgo ha convertido en 



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esta otra: «la necesidad tiene cara de hereje»; sin que Ju- 
das tenga noás que ver con la credulidad excesiva^ que la 
necesidad con los herejes. VI, 402. 
Credo (En un) las haré. — Credo es lo que dura rezar un credo; 
expresión familiar para denotar un brevisimo espacio de 
tiempo. Lo mismo se signiñca con otras expresiones: en 
un avemaria, en un santiamén, quiere decir, en el tiempo 
que se tarda en decir la oración del Ave Marta, 6 en hacer 
la señal de la cruz, con la oración que suele acompañarla. 

II, 328. 

Cristiana renegada. III, 190. 

Cristiano (Hablar). — Lo mismo que «hablar castellano». 

III, 122. 

Cristianos viejos. — En varias ocasiones '(II, 187; III, 371) 
hizo Sancho alarde de esta cualidad, que en tiempo de 
Cervantes era una especie de hidalguía ó nobleza de se- 
gundo orden, que excluía á los cristianos nuevos 6 descen- 
dientes de moros y judíos. — La cofradía de los cristianos 
viejos, y sus privilegios exclusivos. II, i35, 187 (t), 190; 
III, 371 (t); IV, 80. 

Crisius (El). — Así llaman los niños á la cruz que suele po- 
nerse antes del abecedario en las cartillas de aprender á 
leer. Sancho aplica ingeniosamente esta idea á la máxima 
de que, para gobernar bien, importa más tener á Dios pre- 
sente que el tener muchas letras. «Letras, respondió San- 
cho, pocas tengo, porque aun no sé el abecé; pero básta- 
me tener el Crisius en la memoria, para ser buen goberna- 
dor». V, 347. 

Cruda ( La' más) y la tnds asada señora. — El escudero bosque- 
ril (del Bosque) juega con la doble significación de cruda, 
que se aplica á la persona de áspero y duro carácter, y tam- 
bién á la vianda que no se ha puesto aún al fuego. Lo que 
añade de Casildea, á saber, que no cojea del pie de la cru- 
deza, y que otros mayores embustes le gruñen en las entra- 



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I20 

ñas, signiñca que no bflibia tal cpudega m stores, y qmt el 
caballero del 3o8que y su dama todo era fingida; y «^llo 
dirá (añade) antes de nuich^s horas •. IV, 226. 

Crtuldad (La) horrarosa de los moros ¿U Argel con sus cautivos. 
III, 182. 

Crujía (La). — El paso 6 camino que hay en las galeras de 
popa á proa en medio de los bancos en que van los reme- 
ros. (Academia.) Saltar en crujía sólo lo hacían los que 
mandaban en los buques, como se infiere de la expresión 
de Haedo. VI, 3o2. 

Cruz (Hacerse la). — Alúdese á la costumbre de santiguarse 
cuando se ve de pronto alguna cosa de admiración ó de es- 
panto. I, i85; III, 68 (t), 367; IV, 43; V, 455.— V4ise 
Santiguarse. 

Cruzados. — Moneda de oro portuguesa. El oro de Portugal 
pasaba entonces por el más puro, fama que aun conserva 
en nuestros días. VI, 3ii. 

Cuadra. — Bs una de las palabras que ha envilecido el uso; 
antes se aplicaba á las salas de los palacios y castillos, y 
ahora sólo se dice de las caballerizas. V, i3S. 

Cuadrar y esquinar. — «Que nae ha cuadrado y aun esquinado 
tal género de vida». VI, 357 (*)> 44^* 

Cuadrilla. — Viene de cuatro, y por esta consideración debie- 
ra componerse siempre de cuatro personas; pero también se 
dice de mayor número. Aquí la comitiva constaba de seis. 
II> 504. — Cuadrillas de la Santa Hermandad. III, 32i, — 
Ladrones en cuadrilla. III, 33 1. 

Cuadrilleros de la Santa Hermandad. — El cuadrillero en la 
venta. II, 42, 275. — Aquellos que tomaron parte en la 
disputa sobre la albarda y la bacía. III, 3i6-335. 

Cuajo (Sacádole de). — Arrancádole de raíz. V, 35 (t). 

Cual no digan dueñas. — Especie de maldición para significar lo 
maldicientes que suelen ser las mujeres malignas y ociosas. 
Cervantes tenía particular aversión á las dueñas. IV, 140. 



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CucdqHe. — ^Adjetivo anticuado. Alguno. — tCualque ínsula» no 
es italianismo: antiguamente perteneció al castellano, y to- 
davía se usa entre la gente del campo. IV, 220. 

Ciicmio d Roma fueres, haz como vieres. — Traducción, en forma 
de refrán, del verso vulgar: 

«Cww Romae fueris^ romano vivito moréis. 
VI, loi. 
Cuando Dios quería. — Expresión de quien experimenta desgra- 
cias después de la prosperidad: se encuentra usada en este 
sentido por el autor de la Celestina. Un soneto muy cono- 
cido de Garcilaso empieza: 

f /OA dulces prendas por mi mal halladas, 
Dulces y alegres cuando Dios quería! » 

La expresión es originalmente de Virgilio, en el libro 4.^ de 
la Eneida, donde dice Dido, al ver la espada del ingrato 
Eneas: 

1 ¡Dulces exuviae, dum fata Deusque sinebanih 

Sancho dice, hablando del rucio: isu amo, que era yo 
Citando Dios quería». Cervantes hace reir al lector, ponien- 
do en boca del labriego de la Argamasilla el lenguaje de 
Garcilaso y de Dido. II, 3oi, 3o2. 

Cuando estaba picado el molino. — ^Véase Picado (Cuando esta- 
ba) el molino. 

Cuando todo corra turbio. — Véase Corra (Cuando todo) turbio. 

Cuartal (Un) de pan. — Cuartal es la cuarta parte. II, 89. 

Cuarteles (Que se bogase d). — Quiere decir, que bogasen unos y 
descansasen otros. III, 232. 

Cuartos (Más) que un real. — Cuartos significa una moneda de 
corto valor, de que en algún tiempo, según indica el mismo 
nombre, hubieron de entrar cuatro y ahora entran ocho y 
medio en un real, y también significa una enfermedad lar- 
ga é impertinente que las caballerías suelen padecer en los 



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cascos de pies y manos. De esta doble significación nace el 
equívoco y la gracia del presente pasaje. I, i6. 

Cuatralbo de las galeras. — Llamábase así el comandante de 
una división de cuatro galeras, y equivale á jefe de escua- 
dra. VI, 295, 297. 

Cuatrero, — Es ser ladrón de bestias; delito á que se impuso 
pena de muerte si se cometía por costumbre, ó si era de 
diez ovejas ó de cuatro vacas arriba. II, 196. 

CtMtrín. — Moneda antigua baja. No dice más Covarrubias: 
probablemente, itailianismo. VI, 293. 

Cubrirse. — Se dice que el cura «s¿? cubrió su herreruelo», en 
vez de tse cubrió con su herreruelo», como diríamos ahora . 
Pero era el modo de que se usaba entonces el verbo cubrir. 
II, 353; IV, 325. — Que no me la cubra pelo: frase meta- 
fórica que se dice del que no es afortunado, y nunca logra 
tener lo que necesita, saliéndole mal cuanto intenta. (Dic- 
cionario de Autoridades.) V, 309. 

Cuchilladas. — Ejemplos de desaforados golpes, en los libros 
de caballería. I, 2i5; III, 378; V, i53. 

Cuellos. — En uso en tiempos antiguos, y las leyes arreglán- 
dolos. IV, 323. — Véanse Golilla ^ Lechuguillas y Marque- 
sotas. 

Cuenta (A buena). — Modo adverbial que se dice de la canti- 
dad que se da ó recibe sin finalizar la cuenta. (Academia.) 
V, 323 (t). 

Cuento (El) de nunca acabar. — Expresión nuestra proverbial, 
que pudo aplicarse al de la pastora Torralva (de Sancho). 
II, 124. 

Cuento (Como digo de mi), ó como iba diciendo de mi cuento. — 
Expresión familiar con que se suele introducir algún suce- 
so festivo. (Academia.) II, 124 (t). 

Cuento (Con el), que no le tiene, de mis desdichas. — Juega aquí 
con la palabra cuento. No ha faltado quien tilde la presente 
expresión como contraria á la regla de que el pronombre 



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debe tener la misma signíñcadón del nombre á quien sus- 
tituye; y con efecto, la del pronombre le, que se halla en la 
frase en lugar de cuento, tiene significación diversa. Cuento 
aquí significa relación, y le significa número. Ambas acep- 
ciones, se dice, convienen á la palabra cuento; pero el pro- 
nombre, poniéndose en lugar de la misma palabra, no se 
pone en el de la misma idea. Á mi me parece sobradamen- 
te severa esta censura, aunque se esfuerce con la conside- 
ración de que así se puede perjudicar á la claridad, que es 
el dote primario y principal de todo lenguaje. Pero esta ra- 
zóti milita también contra los equívocos, que si usados con 
exceso son dignos de reprensión, tampoco deben excluirse 
absolutamente del discurso, y empleados con sobriedad, le 
sirven de gala y adorno, como enseñaron con sus reglas y 
ejemplo Cicerón y Quintiliano. II, 400. — De las mismas 
palabras usó Cárdenlo cuando referia al cura y al barbero 
su historia: tos ruego que escuchéis el cuento, que no le tie- 
ne, de mis desventuras». II, 363 (t). — Otro ejemplo seme- 
jante se halla en el título del cap. 38 de la segunda parte: 
«Donde se cuenta la que dio de su mala andanza la Dueña 
Dolorida». El verbo c«^wto se convierte en nombre median- 
te el artículo la. Acaso los críticos más delicados tacharán 
esta especie de juguete, que otros elogiarán como flexibi- 
lidad y soltura del idioma. V, 265. 

Cuentos. — Es lo mismo que «disputas, altercados», y en este 
sentido se usa en la expresión «tener cuentos con alguien», 
«quitarse de cuentost, etc. — Andar en cuentes, ó ponerse en 
cuentos: mezclarse en quimeras, ó buscar desazones. (Aca- 
demia.) I, 162. 

Cuerno (Él las pusiera sobre el) de la luna. — Levantar ó subir 
á uno sobre el cuerno ó los cuernos de la luna: frase. Colocarle 
en alto puesto óalabarle con exceso. (Academia.) V, 192 (t). 

Cuerna (El) de Roldan. — Cuerno ó bocina de marfil. En los 
poemas de Orlando y Morgante se refieren varias particu- 



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laridades acerca de este famoso cuerno. El astuto Brúñe- 
lo, ladrón sutilisimo, se lo hurtó junto con la espada á 
Roldan durante el cerco de Albraca, el mismo día que 
hurtó á Sacripante el caballo. Era de un diente entero de 
elefante, como se dice en el Orlando enamorado: 

tQueír era undmte integro d* elefantes. 

(Orlando Innamorato, lib. I, c. XI, v. 5, 62); 
y cuando lo tocó Roldan pidiendo socorro, poco antes de 
espirar en Roncesvalles, sonó con tanta fuerza, que se oyó 
á dos leguas de distancia, donde se hallaba el emperador 
Carlomagno. El Dante en su Divina comedia, para ponde- 
rar el ruido de una trompeta que oyó en el fondo del abismo, 
dijo que no le igualaba el son de la de Orlando: 

tDopo la dolorosa rotta^ quando 
Cario Magno perdh la santa gesta ^ 
Non sonó si terribilmente Orlando 9, 

(In/."^, C. 31, V. 16-18.) 

Las historias caballerescas pintan frecuentemente á los an- 
dantes con trompas y bocinas. III, 468, 459. 

Cuero (De) adarga. — No puede ponderarse más la tosque- 
dad y dureza de las sábanas, puesto que las adargas se ha- 
cían de las pieles más ásperas y broncas, como de búfalos 
y otros animales semejantes. II, 23. 

Cueros de vino. — La burla del utricidio de Apuleyo, y la se- 
mejanza de este suceso con el de los cueros de vino hora- 
dados por Don Quijote. III, 81. 

Cuerpo de tal. — Exclamación familiar, con que se indica y 
disimula la de «Cuerpo de Dios, ó de Cristo», como suce- 
de en la de «voto á tal», ó «por vida de tal», que indican y 
disimulan los juramentos de «voto á Dios», ó «por vida de 
Dios». Estas últimas expresiones denotan enojo y amena- 
za: la del texto sólo expresa algo de impaciencia y apresu- 
ramiento. Estas y otras frases del estilo familiar suelen ser 



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elípticas y más fáciles de entenderse que de explicarse. IV, 
8. Cuerpo de mi padre. IV, 42. — Mi padre, III, 358; VI, 
198. — Cuerpo del mundo. IV, 77 (t). — Véase Voto á tal. 

Cuerpo muerto (La aventura del). — D. Martín Fernández de 
Navarrete, en su Vida de Cervantes, conjetura que di6 ori- 
gen y ocasión á la aventura del cuerpo muerto la sigilosa 
(secreta) traslación que se hizo el año de 1593 del cadáver 
de San Juan de la Cruz, desde la ciudad de Ubeda á la de 
Segovia; y refiere menudamente todas las circunstancias y 
particularidades del suceso verdadero, que pueden dar peso 
á su conjetura. Sobre lo cual recae oportunamente la ex- 
presión de que el encuentro del convoy fúnebre, aunque 
natural y sin artificio, tenía trazas y parecer de aventura. 
Cervantes se bailaba á la sazón en Andalucía, donde pasó 
algunos años, y oiría hablar de este acontecimiento, que 
hizo mucho ruido por entonces. II, 95. 

Cuerpos. — Hablando de libros, tomos, volúmenes; y así se 
dice: tal librería tiene dos mil cuerpos de libros. (Academia.) 
VI, 292 (t). 

Cuerpos de los santos. — Homenajes rendidos á sus reliquias por 
reyes, etc. IV, 149. 

Ctuva (Juan de la). — Poeta sevillano: sus varias obras. III, 
139, 4i5; IV, 410; V, 5. — [Véase el índice de Ticknor.] 

Cueva de Montesinos (La aventura de la). II, 444; IV, 346, 
405, 420, 45i. — [I, 120 n.] 

Cuevas f cavernas, grutas , etc., famosas en la historia, en Es- 
paña y otros paises, y mencionadas por varios escritores. 
Aquellos escritores hicieron célebres las cuevas de que tra- 
taron: Cervantes inmortalizó la de Montesinos. IV, 419, 
VI, 125, 129, 

Culteranismo. — Se dice de los que usan del estilo afectado. 
I, 287, 3o2, 3o5; III, 97, 98.— [III, 16, 17.] 

Cwnplir con alguno. — Frase. Satisfacer la obligación ó corte- 
sía que se tiene para con él. (Academia.) — «Cumplió Don 



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Quijote con la naturaleza durmiendo el primer sueño», esto 
es, satisfizo á la naturaleza. VI, 365 (t); II, 229. 

Cuñado (Esas burlas d un). — Parece expresión proverbial. 
Cuñado se suele tomar en mala parte para expresar un fal- 
so hermano ó un amigo traidor. VI, 383. 

Cura (El) y el barbero. — En la venta con Sancho. II, 342. — 
Después contaron que iban á Sevilla á recoger una gran can- 
tidad de dinero. II, 448. — Véanse Pérez (Pero) y Maese 
Nicolás. 

Curarse, — «No se curó el arriero destas razones (y fuera me- 
jor que se curara, porque fuera curarse en salud)». Nótese el 
uso del verbo curarse en sus dos distintas acepciones «cui- 
darse 6 hacer caso» y «precaverse». Curarse en salud: pre- 
caverse uno de algún daño que prevé le puede acontecer. 
(Academia.) I, 57. 

Curioso impertinente (La novela de El). II, 523 (t); III, 72, 
89-91, 362; IV, 60; V, 369. — [III, 119 y n.] 

Cutir. — Significa «poner en competencia» ;met. «golpear una 
cosa con otra». — «Le cutiré (al rucio) con cuantos portan- 
tes hay en el mundo». V, 3o2. 

Cuyo. — Cortejo, galán. — Como se dice oíslo de las mujeres, 
se dice cuyo de los hombres. I, 168. — Véase Oíslo. 

Chantar, — Voz familiar anticuada: lo mismo que «plantar ó 
poner» . — «Yo la chanto un don y una señoría á cuestas» . — 
IV, 95. 

Chapa (Moza de). — Con la chapa se asegura la obra hecha, y 
así, moza de chapa es moza de fundamento é importancia. 
II, 3 10. — «Pareciéndole hombre de chapáis. IV, 274 (t). 

Chapín de la reina. — Servicio que se hacía antiguamente, con 
motivo del casamiento de los reyes, para los gastos de la cá- 
mara de las reinas. III, 333. 

Chaquete i xaquete ó jaquete. — Juego de las tablas; el irictrac 
de los franceses. IV, 33o; V, 46. 



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127 

Chaucer. — Bowle intenta mostrar que Cervantes en la ficdón 
de Clavileño, recuerda la relación que Chaucer, poeta in- 
glés del siglo XIV, hace del caballo de Cambuzcán, rey de 
Tartaria; y añade que uno y otro por ventura hallaron la 
patraña en alguna historia arábiga. Mas es evidente que la 
idea principal de esta aventura de Don Quijote se tomó de 
la Historia de la linda Magalona, hija del rey de Ndpoles, y 
de Fierres y hijo del conde de Provenza. V, 307. 

Chilladores delante, y envaramiento detrás. — Los chilladores de- 
lante eran los pregoneros que iban delante de los reos pu- 
blicando el delito y la pena que se les había impuesto. El 
envaramiento detrás es la escolta de alguaciles, por la insig- 
nia que llevan de la vara. V, 52. 

Chipre (Isla de). — Una de las más considerables del Medite- 
rráneo, que poseían los venecianos cuando la invadieron los 
turcos en iSóg. — D. Juan de Austria mandó la escuadra 
combinada que venció la de los turcos en las aguas de Le- 
panto el memorable día 7 de octubre de 1571. — III, i5i. 

Chozno. — El hijo del biznieto. III, 118; V, Sg. 

Chufeta. — Es dicho picante y burlesco, que ahora decimos 
chufleta. II, 5oi. 

Churumbela. — Instrumento músico pastoril que se tañe con la 
boca. (Arrieta.) VI, SSg. 

Churrillera. — Pellicer dice que significa «ladrona»; la Acade- 
mia, en su Diccionario, dice que es «habladora». Aquí me 
parece que tiene ambas significaciones. V, 420. 

Dácame (En) esas pajas. — Lo mismo que en «quítame allá 
esas pajas»; esto es, en un momento. — «En un santiamén, 
en un verbo, en un abrir y cerrar de ojos», son modismos 
familiares que tienen igual significación. También suele de- 
cirse: por un quítame allá esas pajas; esto es, «por una causa 
frivola»; dormirse en las pajas, por «descuidarse». II, 441; 
IV, 347 (t); V, 323 (t); VI, 292 (t). 



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128 

Dados (Echar) falsos. — Las trampas y los fraudes de que sue- 
len usar los tahúres en el juego de los dados. — El juego de 
los dados venia ya de la antigüedad, y en Castilla se juga- 
ba con furor durante la Edad Media. — V, 5, i85. 

Damas (El juego de). — No filé sino una variación y un como 
compendio del ajedrez. V, 46. 

Damas (Las) de los caballeros. — I, 274, 278, 279. 

Damas (Las) de los poetas. — «Las Amarilis, las Filis, las Sil- 
vias, las Dianas, las Galateas». Ya desde muy antiguo fué 
conocida y practicada la galantería de celebrar los poetas á 
sus damas bajo nombres sopu^tos. El soneto que hizo Lo- 
pe de Vega á este propósito. — Esta costumbre llegó á 
vulgarizarse con exceso, y Cervantes trató de ridiculizarla. 
n,-3i6, 317; VI, 440, 441. 

Dánae y la lluvia de oro. — Según la fábula, su padre, el rey 
Acrisio, avisado por un oráculo de que le había de matar un 
nieto suyo, la encerró en una torre con mucha guarda 
de soldados y perros. Júpiter, convertido en lluvia de oro, 
entró fácilmente en la torre y engendró á Perseo; ficción que 
envuelve la misma moralidad que el dicho atribuido á Fi* 
lipo, rey de Macedonia, de que no hay fortaleza inexpugna- 
ble, siempre que pueda subir á ella un asno cargado de oro. 
III, 23; V, 23i. — Véase Es de vidrio la mujer. 

Danzar (Maestros célebres de). VI, 272. 

Danzas, bailes, saraos. — Sarao se llamaba el baile de aparato 
entre gente rica y autorizada. En el día todo se llama bai- 
le, sea popular ó cortesano; el nombre de danzas se apli- 
ca ordinariamente á las públicas, que se componen de mu- 
chas personas y suelen prepararse de antemano para solem- 
nizar ciertas funciones, unas sagradas y otras profanas. IV, 
352, 378; V, 466; VI, 272. 

Danzas habladas. — La descripción que sigue es la mejor ex- 
plicación de lo que era danza hablada. — En ella entraba el 
baile, la pantomima y la representación. — La que se com- 



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129 

poDíB de personas vestidas á propósito para representar con 
los movimientos y mudanzas algún suceso 6 paso de histo- 
ria. (Academia.) IV, 378. — [II, 451, n.] 

Dar al traste. — Frase* Destruir alguna cosa, abandonarla, 
perderla. (Academia.) I, 234 (t). 

Dar el alma al demonio. — Entrar en trato con él: superstición 
común en tiempo de Cervantes, y aun mucho después: Cer- 
vantes, al parecer, no estuvo enteramente exento de ella. 

V, 34. 

Dar^ por sobrevenir. — «Unas calenturas pestilentes que le die* 
roni^. — Dar es en esta ocasión verbo neutro 6 de estado, 
y lo es también en otras acepciones, á pesar de que en- 
la más común es activo. Aquí significa sobrevenir. II, 
102. 

Dar campo franco. — «Se dice cuando se da libertad para ha- 
cer alguna cosa que está vedada». (Arrieta.) VI, i35 (t). 

Dar con el cuerpo en tierra. — Frase familiar. Caerse. (Aca- 
demia.) — Se laisser tomber. (Taboada.) — IV, 91 (t). 

Dar cordelejo. — «Es tentarle á uno, 6 probarle 4a paciencia 
con chanzas, ironías ó críticas picantes, aunque indirec- 
tas». (Arrieta.) — Don Quijote dijo á Sancho: «En adelan- 
te nos hemos de tratar con más respeto, sin damos corde- 
lejot. II, 143 (t). 

Dar del pie ó con el pie. — Es pisar, patear, despreciar. — «Esa 
historia anda por acá de mano en mano, pero no para en 
ninguna, porque todos la dan del pieit. Cervantes jugó del 
vocablo con la oposición tnXxtpie y mano. VI, 401. — Véa- 
se Pie y mano. 

Dar humo i los zapatos. — ^Lo que se hacía para remediar ó di- 
simular el mal estado del calzado que usaban en lo antiguo 
los hidalgos pobres. En el día lo hacen pobres y ricos, y 
aun más los ricos que los pobres. — MHumo: ant. Lustre de 
botas 6 zapatos; el unta con que se les da para ponerlos ne- 
gros y brillantes». (Salva.) IV, 39 (t); V, 382. 

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I30 

Dar tras uno. — Frase familiar. Perseguir á alguno, acosarle 
con furia y gritería. (Academia.) VI, 388 (t). 

Dar traza, 6, lo que es lo mismo, dar disposición. VI, 433. — 
Tracer, dresser un plan. (Taboada.) VI, 3i2, 3i6 (textos). 

Dar una higa al médico. — El que goza buena salud no ne- 
cesita del médico. (Academia.) — «Z)¿ una higa al médico^ 
pues no le ha menester para que le cure de esta enferme- 
dad»: «no haga caso del, no cuente con él». (Arrieta.) VI, 
333 (t). 

Dardinel de Almonte. — Rey moro de Zumara, el cual venía 
con otros príncipes á guerrear contra el emperador Carlo- 
magno, amigo de Medoro y Cloridano. 11, 290; IV, 29. 

Darcs y tomares. — Esto es, riñas y contiendas. Esta locución 
tiene la misma significación que la de Dimes y diretes. 
(Véase.)— IV, 87; V, 66; VI, 455 (t). 

Darinel. — Pastor mancebo y gran luchador; sus églogas; 
amaba á Silvia, hija de la princesa Qnoloria. I, 112; II, 
266. 

Dármele á conocer. — «Con todo eso, dijo el capitán, yo que- 
rría, no de improviso, sino por rodeos, dármele d conocert . 
El lector de oído delicado advertirá sin duda la novedad 
con que está usada en esta expresión la palabra compuesta 
dármele. En castellano es muy común unir en esta forma 
dos pronombres de los llamados «personales» con los ver- 
bos de acción, y en tal caso se llaman «enclíticos». Se dice 
enseñármele, leértele, oírsele; pero siempre el último de los 
dos pronombres expresa el término de la acción del verbo, 
y así, pudiera también decirse sin variar el sentido: enseñar- 
meló, leértelo, oírselo. No sucede así en el dármele del texto, 
en cuyo lugar no podría sustituirse dármelo, y ésta es la 
razón de la disonancia que presenta el texto, y que no pre- 
sentaría si se leyese: «yo querría, no de improviso, sino por 
rodeos, darme á conocer de éh. Excuso más explicaciones, 
porque nada bastará á quien la anterior no baste. Las di- 



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131 
ferencias en el modo de combinarse los pronombres per- 
sonales con los verbos, cuando los siguen 6 los preceden, 
<:uando son de acción 6 de estado, cuando pertenecen al 
infinitivo 6 á los otros modos, fonnan un asunto nuevo, 
no tratado hasta ahora, y que daría nuevas pruebas de lo 
mucho que falta todavía que observar y adelantar en nues- 
tra gramática. III, 261. — Véase Enclíticos. 

Darse al diablo, 6 estar dado al diablo. -^Frase familiar. Irri- 
tarse, enfurecerse. (Academia.) — «Volvió (Sancho) á su risa 
con el mismo ímpetu que primero, de lo cual ya se daba 
al diablo Don Quijote»; esto es, se irritó, se enfureció. II, 
i38 (t). 

Darse de las astas. — Expresión proverbial que alude, según 
parece, á los retozos de los novillos ó de las cabras, y cuyo 
régimen es el mismo que el de las frases «dar del azote, dar 
de las espuelas» (II, 430). — El régimen conforme al co- 
mún y ordinacio sería: darse con las astas; pero en éste, como 
en otros casos, se ostenta la fuerza, ó, por mejor decir, la 
tiranía del uso. IV, 218. 

Darse maña. — Ingeniarse, ayudarse, disponer sus negocios 
con habilidad. (Academia.) «Pero que en lo de por venir no 
se daba maña*, V, 69 (t). 

Darse por entendido, — Manifestar alguno con señas ó palabras 
que está en el hecho de alguna cosa. (Academia.) II, 45o. 

Darse una vuelta a laredonda. — Frase familiar que se usa para 
denotar que cada uno debe examinarse á sí mismo antes 
de reprender á otro. (Academia.) II, 207 (t). 

Data (De hiena 6 mala). — Modo adverbial que, junto con los 
verbos estar, ir, quedar y otros, significa irse mejorando 6 

. arruinando alguna cosa: se usa más en mala parte. (Aca- 
demia.) — «Los gobiernos insulanos no son todos de btíena 
datat. IV, 222 (t). 

Datilados (Los borceguíes). — Esto es, del color del dátil, como 
los del capitán cautivo. III, 121; IV, 624. 



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132 

De. — Observaciones críticas sobre el uso de esta partícula^ 
II, 87, 23o, 338; V, 239, 462; VI, 307, 418. 

De Dios en ayuso. — Lo mismo que fde Dios abajo t. Especie 
de aseveración juratoria. Ayuso y suso, voces anticuadas, 
abajo y arriba, que se conservan en algunos nombres pro- 
pios, y suso en el adjetivo susodicJw. a De Dios en ayuso no 
os entendemos»; esto es, de Dios abajo; como si dijese: 
Dios te entenderá, que nosotros note entendemos, (Arrieta.) 
VI, 36. 

Dé donde diere. — Frase familiar que se usa para denotar que 
se obra ó habla á bulto, sin reflexión ni reparo. (Acade- 
mia.) «Y preguntándole uno qué quería decir Deu/n de Deo, 
respondió: dé donde diereis. VI, 420. — Véase Mauleón. 

Debajo del yugo, — Frase proverbial á quien dio origen la alu- 
sión á la costumbre de los pueblos antiguos de Italia, entre 
los cuales el ejército vencedor solía hacer pasar al vencido 
por debajo del yugo, que era tres picas en forma de horca;^ 
desgracia y afrenta que experimentó el ejército romano de 
las horcas caudinas guerreando con los samnites, pueblos del 
levante de aquella península. IV, 170. — Véase Horcas cau-^ 
dinas. 

Deber, deber de. — El verbo deber lleva frecuentemente el ré- 
gimen de, cuya presencia indica un estado de incertidum- 
bre y de conjetura. Pero en los casos en que no va acom- 
pañado de la partícula de, se excluye la duda y la inccrti- 
dumbre. •Debió de imaginar» no es lo mismo que •debió 

. imaginar». Esto significa que «tuvo obligación de imagi- 
nar»; lo otro equivale á «hubo de imaginar, es regular que 
imaginase». II, i54, 338; III, 3, 100 (t), 291 (t); V, 
108 (t); VI, 48 (t).— Véase De. 

Decantar. — «Me decantase y acogiese á la misericordia». De- 
cantar es también «torcer, inclinaré desviar alguna cosa», 
según el Diccionario grande de la Academia, el que cita co- 
mo ejemplo un pasaje del Quijote, en que se usa de esta 



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133 
palabra en la misma acepción: «ni hemos decantado de don- 
de están las alemanas dos varas». V, io3; VI, 5i. 

JDecirU (Y sin) esta boca es mía. — No decir esta boca es mía. 
Frase familiar. No hablar palabra. (Academia.) II, 467 (t). 

Decorar. — Unas veces es «tomar de coro ó memoria», y otras, 
«adornar» . Ni una ni otra significación son del caso en el 
presente pasaje: «Entonces se decoraban losconcetos amo- 
rosos del alma». Acaso diría el priginal declaraban. I, 

232. 

Defeftder. — Está usado aquí en la significación de «prohibir»: 
«y ellas le defendían la puerta» . Alguno menos instruido en 
los orígenes de nuestro idioma, lo tachará quizá de ga- 
licismo; pero es voz castellana muy antigua, que se en- 
cuentra á cada paso en nuestras leyes, y de ella se derivó 
el nombre de dehesa, que equivale á «vedada, prohibida». 
Llámase así el terreno acotado en que no se permite pas- 
tar comimmente. IV, 33. 

Dehesa. — Véase Defender. 

Dejar de decir, dejarse decir. — «Las cosas que se d^jó decir Po- 
lidoro de gran sustancia»: sobra el se. Las frases dejar decir 
y dejarse decir significan cosas no sólo distintas, sino con- 
trarias: aquí mezcló nuestro autor el régimen de ambas 
frases, y resultó otra tercera, de obscuro y embrollado sen- 
tido. IV, 411. 

Dejar ó dejarse en el tintero alguna cosa. — Frase familiar. Ol- 
vidarla ú omitirla. (Academia.) «Preguntó Sancho á su 
amo: ¿si será éste á dicha el moro encantado que nos vuel- 
ve á castigar, si se dejó algo en el tintero? t II, 47 (t). 

Dejar en su punto. —Frase con la que se da á entender que se 
abstiene, el que habla, de ponderar una cosa, porque no 
cabe ó porque es inútil la ponderación. III, 27; IV, 3o3. 

Delicadamente (Tan) engañado. — «Harto tenía que hacer el 
socarrón de Sancho en disimular la risa, oyendo las sande- 
ces de su amo, tan delicadamente engañador. Hermosa apli- 



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134 
cación del adverbio delicadamente. Hubiera podido decirse 
«ingeniosamente, sutilmente, astutamente»; pero ninguna 
de ellos hubiera igualado ni equivalido á delicadamente. IV, 
i83. — «Porque yo sé de buena parte que la villana que d¡6» 
el brinco sobre la pollina era y es Dulcinea del Toboso». 
Antes se reía Sancho (y con razón) de la credulidad de su 
amo, y ahora se tiene él mismo por engañado contra lo que 
le decían sus ojos y su conciencia. Sancho se burlaba de su 
amo, y la Duquesa se burlaba de Sancho; el lector se di- 
vierte á costa de uno y otro. V, i86. 

Demanda (O morir en la). — Morir en la empresa. Demanda , 
unas veces es pregunta, otras petición, otras empresa; de 
donde, como en el presente caso, se dijo: piorir en la de- 
manda. También es voz jurídica. Poner demanda^ es poner 
pleito, intentar acción judicial. Significa también «busca» - 
De estas diferentes acepciones son comunísimos los ejem- 
plos que se hallan en la presente fábula y en los libros ca- 
ballerescos: «en cuya demanda he andado ya la mayor par- 
te de España» (IV, zZg). Aquí demanda es «empresa». — 
«Condescendió con la demanda y deseo de Don Quijote» 
(IV, 343). Aquí es «petición». — VI, 71. 

Demanda (La) del Santo Grial. — Véase Sanio Grial ó GraaL 
— [I> 199* n., 218.] 

Demonio (El) que no duerme. — Expresión de que usó en el 
Quijote varias veces Cervantes: en la aventura de los yan- 
güeses (II, 3), en el cuento de la pastora Torralva (11^ 
126), aquí, y después en la aventura del rebuzno (V, 24). 
Es como si se dijera: «la desgracia, la malaventura, la 
suerte adversa ó maligna». — III, 307. 

Demostino, na. — Lo perteneciente á Demóstenes. Palabra exó- 
tica y mal formada. V, 157. 

Denantes. — Adverbio anticuado. Antes; cuyo uso se conser- 
va todavía entre la gente del campo. III, 274. 

Denostar. — Decir denuestos. Parece derivado y abreviatura de 



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. dehonestare, afrentar, injuriar, cargar de improperios, y de 
aquí también la palabra denuestos. II, g8. 

Denuedo, coraje. — «Bien entendió por su denuedo su coraje. — 
Aquí está bien marcada la diferencia entre las palabras de- 
nuedo y coraje, que alguno quizá tendría por sinónimas. El 
denuedo está principalmente en la actitud y el gesto; el co- 
raje es la resolución reunida á la ira; el denuedo es del 
cuerpo; el coraje, del ánimo. Coraje tampoco es valor, por- 
que éste es tranquilo. I, 190. 

Departir. — Verbo anticuado. «Comunicar», hablar uno con 
otro, siendo dos solos los interlocutores. «Que departa un 
poco con élf . II, i63. 

Derechas (A las). — Modo adverbial con que se explica que al- 
guna persona procede bien y rectamente. (Academia.) «Mas 
él, que d las derechas es buen cristiano». I, 25i (t). 

Derrota, rtda. — «Tomará vuestra merced Isl derrota de Carta- 
gena». Oráinanamente, derrota se dice de los viajes por mar, 
y ruta^ de los viajes por tierra. Aquí se tiene ejemplo de apli- 
carse derrota á los viajes terrestres; ruta nunca se aplica á 
los marítimos. II, 446. — «El día de las justas de Zarago- 
za, que era el de su derecha derrotáis. IV, 346. 

Des 6 dis. — «Se rfwculpó de la insolencia». Ahora decimos 
«rfwculpó». — La partícula des ó dis es privativa, y sólo se 
usa en composición, lo mismo que la partícula in. — El uso 
varía entre des y dis, diciéndose unas veces «ífesfigurar, des- 
hacer, desátóx, ¿«componer»; y otras (que son las menos), 
«disgustar, ¿«favor, disparidad, disforme». Suele también 
suprimirse la s de ambas partículas, como en «degollar, de- 
gradar, difamar, difícil». I, 61. 

Desafio, reto. — Véase Reto. 

Desafíos. — Prohibidos por las leyes eclesiásticas. No sólo los 
desafíos, sino aun los torneos estaban prohibidos á causa del 
peligfro que corrían de herirse ó de perder la vida los con- 
currentes». — «El decreto del santo Concilio, que prohibe 



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136 
los tales desafios*. II, 108; VI, i35.-t-Los de Gante y 
Luna, Diego García de Paredes y otros. III, 499; IV, loi. 
— «Las leyes del duelo». V, y3; VI, 141. — Una ligera no- 
ticia de los desafíos más notables mencionados en la histo- 
ria de España. VI, 69-73. — [II, 401, 403-404.] 

Desaguisado (Que nose mefagaial). — Expresión copiada de los 
libros de caballerías, é inverosímil por consiguiente en bo- 
ca de Sancho, mucho más en el estado de susto y temor en 
que se hallaba; pero hace reir, y ésta fué la razón de po- 
nerla. — El uso todavía admite el derivado desaguisado (agra- 
vio, denuesto, acción descomedida (Academia)), y no el 
primitivo aguisado ó guisado, que en nuestros antiguos libros 
significó f aderezado, ordenado, bien dispuesto». II, 118. 

Descabezar el síieño. — Frase. Quedarse dormido un breve rato 
el que está molestado del sueño. (Academia.) — ^Descabezar 
el sueño, como lo hacían los caballeros andantes». IV, 
16 (t). 

Descalzarse el guante. — Parece que del guante no se puede de- 
cir con propiedad que se descalza, verbo que signiñca ma- 
terialmente quitarse las calzas. — Sin embargo, se encuen- 
tran muchos ejemplos de esta misma frase en las obras con- 
temporáneas á Cervantes y anteriores al mismo. Aquí se 
ve á Don Quijote con guantes, de lo que ninguna otra men- 
ción se hace en la fábula. VI, 71. 

Descoser los de la herida, — Véase Puntos de la herida. 

Descriarse. — Desmejorarse por desear ó hacer con mucho 
ahinco alguna cosa. (Academia.) — «No será bien que yo me 
descríe por el provecho ajeno». Palabra grandemente sig- 
nificativa y empleada con mucha oportunidad. V, 240. 

Descripción (La) de los dos ejércitos. — Bellísimo pasaje del Qui' 
jote. El tipo de la descripción hecha por Don Quijote, debe 
buscarse, no en las epopeyas de Virgilio y Homero (como 
insinuaron Ríosy Pellicer), sino enlos libros de caballerías. 
II, 80, 81. 



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137 

Desde aparte. — íYo estaré desde aparte contando los azotes 
que te dieres». Modo adverbial poco usado. Fuera más con- 
forme al uso común decir, ó solamente aparte, ó desde aquí 
aparte. VI, 4i3. 

Desembaular. — «Vuesa merced desembaule su cuita». Desem- 
baular, sacar del baúl, como desembanastar, sacar de la 6a- 
nasta. Uno y otro son verbos propios del estilo familiar. 
V, 273. 

Deseinejable aventura. — Este adjetivo, que es poco común, in- 
dica la calidad de no tener semejante, que viene á ser lo 
mismo que • incomparable», sólo que éste se dice en buena 
y el otro en mala parte. Tal es la abundancia y riqueza de 
nuestro idioma para expresar las diferencias más menudas 
de las ideas. También se dice desemejado^ voz frecuente- 
mente usada en los libros de caballerías, y de origen común 
con desemejdble. Significa «descomunal, desaforado, muy 
extraordinario»; siempre en cosas de horror y de espanto. 
II, 12a. 

Desengaño de celos. — Novela pastoril, por Bartolomé López de 
Enciso. I, 145.— [III, 88 y n.] 

Desgraciada. — No significa aquí «infeliz ó desventurada», que 
es lo que significa ordinariamente, sino «desabrida, sin gra- 
cia»; según lo explica la palabra mohhrn y la expresión de 
enojo que usa la supuesta Dulcinea: «toda desgraciada y 
mohína». IV, 176. 

Deshora (A). — Significa comunmente lo mismo que «á horas 
desusadas y extraordinarias», indicando las más avanzadas 
de la noche: aquí equivale á «inesperadamente, cuando no 
se aguarda». I, xlvi; III, 5i5; V, 169, 3i6; VI, 175. 

Deslocado. — «Temía si quedaría ó no contrahecho Rocinante, 
ó deslocado su amo: que no fuera poca ventura si deslocado 
quedara» . Equívoco y chiste en que no estuvo Cervantes 
tan feliz como en otras ocasiones. El primer destocado es lo 
mismo que fi dislocado, con los huesos fuera de su lugar». 



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138 
El segundo deslocado es § privado, curado de su locuara^. 
VI, 329. 

Desnudo nací, etc. — Véase Nacido soy. 

Despabilar esta espuma. — Despabilar es «hacer desaparecer con 
brevedad», como se despabila una luz 6 se quita el moca 
á un candil, que es en un momento: es metáfora usada 
por nuestros escritores. Sancho la aplicaba al caso de las 
gallinas y gansos de su espuma. IV. 3^87. — «Denme de co- 
mer, dijo Sancho, y lluevan casos y dudas sobre mí, que 
yo las despabilare en el airet. VI, 52 (t). 

Despensa. — «Con veintiséis maravedís que ganabas cada día, 
mediaba yo mi despensa*. Despensa se dice ordinariamente 
del sitio donde se guardan las provisiones 6 comestibles de 
la casa; pero en el texto equivale á «expensa 6 gasto». II, 
23o; III, 335. 

Despeñar y despenar. — «No hallé derrumbadero ni barranco de 
donde despeñar y despenar al amoi. Se despeña por un de- 
rrumbadero; mas no de un derrumbadero. Menos todavía 
se despeña de un barranco, sino d un barranco. Barranco 
lleva consigo la idea de profundidad, y sería como si se di- 
jera: •despeñar de un pozo». Despeñar y despenar son ver- 
bos privativos que se derivan de peña y pena: despenar se 
dice, cuando, quitando la vida á quien padece, se supone 
que se le saca de pena. Una tilde produce la diferencia en- 
tre estos dos verbos con que aquí juega ingeniosamente 
Dorotea, aunque su situación no es en verdad la más pro- 
pia para usar de esta clase de figuras, más conveniente al 
estado de felicidad y contento que al suyo. II, 418, 419. 

Despertar la colambre. — Es lo mismo que f llamar á la sed», 
que se dijo antes; excitar el deseo de beber. Colambre está 
por corambre, cambiando la r en /, como es frecuente. — 
« Un manjar negro, hecho de huevos de pescados, gran 
despertador de la colambreí^. VI, 100: que excitan mu- 
cho la gana de beber vino, ó beber del pellejo ó bota don- 



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139 
de se lleva aquél; que esto significa la colambre. (Arrieta.) 

Despojar. — tHasta que hubiese despojado todas aquellas tie- 
rras de ladrones, etc.» Despojar se toma siempre en mala 
parte: lleva consigo la idea de violencia é injusticia: lim- 
piar hubiera sido más oportuno. I, Sog. 

Después que bajé del cielo, y después que de su alia cumbre- miré 
la tierra. — No parece sino que primero fué bajar del cielo, y 
después, mirar desde su cumbre la tierra. Mejor diría: DeS' 
pues que bajé del cielo, desde donde había ínirado la tierra. 
He aquí á Sancho mirando la tierra desde el cielo como 
Escípión el Menor haciendo lo mismo durante el sueño 
descrito por Cicerón, 6 como Dante mirando hacia abajo 
desde la octava esfera. (Paraiso, C. 22, v. i33-i38.) V, 
344. 

Despuntar de agudo. — t Aunque de ingenio boto, muchas ve- 
ces despuntas de agudo.* — Despuntar de agudo: hacer del 
ingenioso. Con esta expresión da á entender Don Quijote 
que tiene por maliciosos y satíricos los elogios que Sancho 
había hecho de Dulcinea. Otras veces se dice despuntarse 
de agudo, que es t pasarse de ingenioso, ser excesivamente 
ingenioso», metáfora tomada de los instrumentos, donde 
suele destruirse la punta á puro querer aguzarla. Usó de la 
misma expresión Urganda la Desconocida en los versos 
cortados que dirigió al libro de Don Quijote. I, lx (Prólo- 
go); ÍI, 3i3. 

Destripaterrones y pelarruecas. — «María, hija de Sancho, hija 
del destripaterrones y de Isl pelarruecas». Palabras compues- 
tas, que indican la ocupación ordinaria de la gente aldeana, 
«el marido arando, y la mujer hilando». IV, 90. — «Yo no 
soy, respondió Teresa, sino tma pobre labradora, hija de un 
esiripaierrones*. Como habla una aldeana, no es extraño 
que pronuncie rústicamente la palabra destripaterrones, que 
es como debe decirse. VI, 3i. 

Desuellacaras. — Familiar. La persona desvergonzada, desca- 



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140 
rada, de mala vida y costumbres, (Academia.) — También 
un mai barbero. (Velázquez.) III, Sg; V, 228 (t), 276 (t). 

Determinar, determinarse. — «Aun no me determinaba si era 
bien ó mal el que me había sucedido». Sobra en esta ex- 
presión el primer me, cuya agregación da al verbo determi- 
nar una significación inoportuna en este pasaje. Determi- 
nar es operación del entendimiento (de esto se trata aquí): 
determinarse lo es de la vojuntad. II, 409. — «No acababa 
de determinarse si le tendría y pondría por tonto ó por dis* 
creto». V, 416. 

Devengar quinientos sueldos (Hijodalgo de). — Las leyes anti- 
guas imponían 500 sueldos de pena á los que hacían perjui- 
cio ú ofensa grave á personas nobles, las cuales percibían 
esta multa en indemnización del agravio. El que se hacía 
á personas de inferior clase, se satisfacía con menores pe- 
nas pecuniarias; de suerte, que la cantidad de la multa in- 
dicaba la calidad del agraviado. De aquí vino la denomi- 
nación de hidalgo de devengar quinientos sueldos, que era 
la multa mayor señalada por las leyes, y que alguna vez se 
aplicó también á los agravios cometidos contra los minis- 
tros de justicia, y aun contra los canónigos y clérigos de 
ciertas iglesias, por la mayor importancia de sus personas. 
II, 184. — Véase Hidalgo 6 hijodalgo. 

Diablo. — En el diccionario de la lengua andantesca, diablo 
no siempre es voz de oprobio, sino muchas veces de elogio, 
con que se ponderaban las hazañas extraordinarias de los 
aventureros; sin duda por la ¡dea, que suele exagerar el vul- 
go, de las fuerzas y poder del demonio. II, 100. — «La endia^ 
blada fuerza del gigante». II, 456. — «Hermano demonioi^. 
Graciosa reunión de dos cosas tan opuestas entre sí como 
fraternidad y demonio. — En otra Nota (II, 100, y también 
II, 456) se pusieron ejemplos de la significación de fuerte y 
valiente, que en los libros de caballerías suele darse á la pa- 
labra diablo, y es la misma que aquí se da á su sinónimo 



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141 
demonio, alegando, en prueba de ello, que había podido su- 
jetar las fuerzas del Hércules manchego. III, 514. 

Diablo (El) Cojuelo. — Novela escrita por D. Luis Vélez de 
Guevara. 11, 37; IV, 6, gS, 283; V, 260-262, 33o, 463; 
VI, 62, 197, 268. — VéastGtuvara (Luis Vélez de). — [III, 
145, 146 y n.] 

Diablo (El) está en Cantillana. — ^Véanse Cantillana (El dia- 
blo esta en) y Tenorio (Jofre). 

Diálogo de las lenguas. — Por D. Juan Valdés, autor que tanto 
se cita en estas Notas y cuyo voto es muy respetable en 
materia de lenguaje. I, 109; IV, 285; V, ii5, y en varios 
otros lugares. — Sobre traducciones. VI, 289. — Véase Val- 
des (Juan). — Véase el índice de Ticknor. 

Diana (El templo de), en Éfeso. — Una de las siete maravillas 
del mundo. Solino refiere que lo edificaron las amazonas, 
y era tan magnífico, que Jerjes, en su expedición contra 
Grecia, lo conservó á pesar de que había quemado todos 
los demás templos de las colonias griegas del Asia. Mas 
poco después lo consumió el fuego que le puso Eróstato, 
con el fin, según confesó en el tormento, de inmortalizar su 
nombre. El incendio fué el mismo día que nació Alejandro 
Magno. IV, 141. — Véase Eróstrato. 

Diana (La), de Jorge Montemayor, y dos continuaciones, por 
Alonso Pérez y Gaspar Gil Polo. I, 92, 137, 142. — [III, 
82-84, etc.] 

Días faustos é infaustos, entre los antiguos romanos. — Señala- 
ban en ciertas ocasiones los días felices con piedrecillas 
blancas, y con negras los funestos ó aciagos. IV, 172, 
346. 

Dicha (Á). — tSi será éste d dicha el moro encantado •. Ocu- 
rrencia de Sancho, tan graciosa como natural en aquellas 
circunstancias. Á dicha es lo mismo que tpor ventura, por 
dicha», según se dice después: %¿Por dicha, básele olvidado 
á vuestra merced como yo no soy caballero?» Dicha y ven- 



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142 
tura son sinónimos, como lo son también desdicha y des- 
ventura. II, 46. 

Dichosa edad, etc. — En la descripción que sigue de la edad 
dorada, parece que Cervantes tuvo presente lo que de ella 
dijeron Virgilio y Ovidio, aquél en el libro primero de las 
Geórgicas, y éste en el primero de las Metamorfosis, I, a3o. 
— «Alzó Don Quijote la voz y dijo» . Este razonamiento de 
Don Quijote (sobre el desagradecimiento) recuerda el que 
dirigió en ocasión semejante, sobre la edad dorada, á los 
pastores. (I, 23o.) — En uno y en otro vino á concluir sa- 
liendo por el registro de la caballería andante. Lo mismo 
sucedió en el discurso sobre la preferencia entre las armas 
y las letras, que pronunció durante la cena en la venta á 
presencia déla princesa Micomicona, D. Fernando, Luscin- 
da, Cardenio, el cura y demás que componían aquella nu- 
merosa concurrencia. (III, 126.) VI, 180. 

Dido y Eneas. V, 460; VI, 418, 419. 

Diego (San) Matamoros, patrón de las Españas. — Uno de los 
más valientes santos y caballeros que tuvo el mundo y tie- 
ne ahora el cielo. VI, 161. 

Dientes (Hablar ó decir algo entre). — Frase. Refunfuñar, gru- 
ñir, murmurar. (Academia.) «Aquella hermosa ingrata que 
digo entre mis dientesí^. II. 26 (t). — tEsto dijo (Don Qui- 
jote) entre dientes 9. II, 465 (t). 

Dientes y muelas de Doña Rodríguez. — «Amén de unos pocos 
que me han usurpado unos catarros». Según Quevedo, éste 
era uno de los pretextos con que las viejas que querían pa- 
sar plaza de mozas, excusaban la falta de sus dientes y 
muelas. V, 467. 

Diestro (Replicó el). — Diestro se llama en castellano al que lo 
es en el manejo de la espada ó arte de la esgrima, á la que 
se da también el nombre de destreza. IV, 363. — Véase Es- 
grima (El arte de la). 

Diez. — Rosario. — «Unas agallas grandes de un alcornoque. 



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H3 
que ensartó, de que hizo un diezí^. Es lo que llamamos ca- 
mándtda. II, 335. — Véanse Rosario y Camándula. 

Dimes y diretes. — Esto es, «altercados ó disputas». Esta locu- 
ción toma su origen de las ocasiones en que, altercando dos 
personas, reconviene la primera empezando así: «díme esto * 
ó lo otro», y responde la segunda: mdiretc, etc.» La misma 
significación tiene la locución de Dures y tomares, (Véase.) 
—V, 66, i88 (t), 463 (t). 

Diminutivos. — Notas y observaciones importantes. La rique- 
za del idioma castellano en punto de diminutivos es inmen- 
sa: los forma de muchos modos y terminaciones; los tiene 
de cariño, de desprecio, de desprecio mezclado con ira; 
tiene diminutivos de diminutivos: sería largo poner ejemplo 
de todo. Nuestra lengua es superior en esta parte á la ita- 
liana y á la latina. La francesa no conoce diminutivos. 11, 
4, i36; III, 118, 341; V, 58; VI, 168. 

Dinamarca (El reino de). — Véase Sobradisa. 

Dinero. — «El mejor cimiento y zanja del mundo es el dinero». 
De la misma opinión que Sancho era el arcipreste de Hita: 
sus versos sobre ello. Otras letrillas modernas dijeron: 

Poderoso caballero 

Es Don Dinero 

Dios es omnipotente 
Y el dinero es su teniente. 

IV, 372. 

Dinero, dineros. — «Un real por lo menos en dinerosa. Dinero, 
por pecunia, no tiene plural en el uso de las personas cul- 
tas. Lo tiene sólo cuando corresponde á denarium y signi- 
fica cierta y determinada moneda. De ésta habla aquí Ri- 
cote. «Tener dinero» es ser rico; «tener dineros» es tener 
cierta cantidad. VI, 110. — «Te enviaré dineros», dijo San- 
cho á Teresa. «Enviad vos dinero», dijo Teresa. IV, 98 
(t); VI, 437 (t). — «Reduciéndolo á dineros». VI, 241. 

Dineros (Á) pagados, brazos quebrados. — Refrán que indica lo 



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144 
mismo que este otro: «paga adelantada, paga viciosa»; á 
saber, que cuando se paga adelantada la obra, el oficial tie- 
ne más pereza de concluirla. VI, 4i5. 

Dios delante. — «De las armas manejaré las que me dieren has- 

* ta caer, y Dios delante^ . — Expresión familiar. Con la ayuda 
de Dios. (Academia.) — V, 847 (t). 

Dios dijo lo que será. — Expresión proverbial equivalente á Dios 
sabe lo que será, VI, igS. 

Dios (De) en ayuso. — De Dios abajo. — Yéast Aymo y suso. 

Dios lo oiga y el pecado sea sordo. — Modo de hablar vulgar con 
que se expresa el deseo de que suceda bien alguna cosa que 
se intenta. Deus exaudiat et daemonium avertat. (Dicciana^ 
rio grande de la Academia.) VI, i63. 

Dioscórides (Pedacio). — Su tratado acerca de la Materia me^ 
dicinal y de los venenos mortíferos^ traducido por Andrés La- 
guna. II, 89. — Véase Laguna (Doctor Andrés). 

Diputar. — «Que la diputó (la caja) para guardar en ella las 
obras del poeta Homero». Diputó está usado por destinó ^ 
acepción que se le dio también en el cap. aS, 1/ parte: «éste 
es el lugar que dipiUo y escojo para llorar la desventura», 
etc. (II, 297): pero en el uso común diputar se dice sólo de 
las personas, asi como destituir, de las personas y de las co- 
sas. Sólo las personas se diputan. 1, 127. 

Dirlos (Conde). — Personaje importante en los romances. En 
el del marqués de Mantua se lee que lo envió el marqués en 
embajada á París al emperador Carlomagno para quejarse 
de la muerte alevosa de Baldovinos. Era hermano de Du- 
randarte, según el largo romance de sus aventuras que 
se incluyó en el Romancero de Amberes de i555. Allí se ha- 
bla de su expedición á Ultramar, donde estuvo quince años 
y venció al soldán de Persia; del intento del infante Celi- 
nos para casarse durante la ausencia del conde con su mu- 
jer, y de la vuelta del conde y de su reconocimiento, que 
fué, poco más ó menos, como el de Ulises por Penélope, 



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145 
ciando, después de sus largas peregrinaciones, volvió á 
ítaca. I, i58, 219; II, 335; IV, 27, 372, 427; V, 220. — 
[I, 114, 120, 122.] 

Disciplina de abrojos. — Á diferencia de la de canelones. Llá- 
manse abrojos, en la acepción que usa aquí Cervantes esta 
palabra, los de plata ú otro metal, á imitación de los natu- 
rales, que solían usar los disciplinantes poniéndolos en el 
azote para herirse las espaldas. V, 240. — Véase Canelón. 

Disciplinante de luz. — Así se llama, según el Diccionario de 
Juan Hidalgo, el que sacan á la vergüenza. Es voz de ger- 
manía. V, 218. 

Disciplinantes, con vestidos blancos; que eran los que llevaban 
los que iban azotándose públicamente en las procesiones 
de penitencia. III, 515, 520; V, 170. 

Discurso. — «Más piadosos discursos». Discurso era una de 
las palabras que el autor del Diálogo de las lenguas deseaba 
que pasasen del idioma toscano al de Castilla. Aquí vemos 
cumplido ya su deseo. IV, 268. 

Disparaba. — «Solamente disparaba en tocándole en la caba- 
llería». Disparaba parece error de imprenta ó de pluma, por 
disparataba; á menos que Cervantes no hubiese querido usar 
del verbo disparar como recíproco, omitiendo por descuido 
el pronombre impersonal se; caso en que pudiera ser corrien- ' 
te esta locución figurada, que presentaría con viveza la idea 
del movimiento espontáneo y violento de la extraviada fan- 
tasía de nuestro hidalgo cuando se le tocaba el punto de 
la caballería. V, 354. 

Disparates (Desaforados) en los libros caballerescos. — Históri- 
cos, geográficos, cronológicos; ponderaciones míonstruosas, 
relaciones absurdas, desatinos contrarios á la razón y al 
sentido común. De todo hay con abundancia en aquellos 
libros: algunas muestras en general de ellos. III, 374-378, 
386, 387, 440. 

Distinto, por instinto. — Palabra estropeada por la gente rústi- 

10 



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146 
ca, y que, sin embargo^ se pone aquí en boca del canónigo: 
«su natural distinto*, y al cap. 21 (II, 152), se puso en la 
de Don Quijote: «por distinto natural», ninguno de los cua- 
les puede ciertamente calificarse de rústico ni de «prevari- 
cador del buen lenguaje», como se llamó alguna vez (IV, 
36o) á Sancho. El mismo Sancho, en su diálogo con Tomé 
Cecial (IV, 231) decía: «no será bueno que tenga yo un 
instinto tan grande y tan natural en esto de conocer vi- 
nos», etc. Cervantes, según esto indica, prefería distinto á. 
instinto. III, 491. 

Dite. — Nombre poético de Plutón. «En las cavernas lóbregas 
de Dite». V, 224. «Oh tú, Radamanto, que conmigo juz- 
gas en las cavernas lóbregas de Dite». VI, 38i (t). 

Divertirse. — •Divertiéndose á contar otras acciones fuera de lo 
que requiere la continuación de una verdadera historia». 
Divertirse, en este lugar, corresponde á la significación del 
latino divertere, «apartarse del camino», ó metafóricamen- 
te, «separarse de su propósito», y no á la de «recrearse ó so- 
lazarse», que es la que más ordinariamente tiene en caste- 
llano. IV, i38. — «Pero antes que se divertiesen en otros ra- 
zonamientos». IV, 279 (t). — «Pero ¿dónde me divierto?» 
Es claro que la Trifaldi afectó en su arenga usar de latinis- 
mos y arcaísmos por remedar el lenguaje de los libros ca- 
ballerescos. V, 284. 

Do, por donde. — Á veces se sincopa eV donde y se dice do, es- 
pecialmente en poesía, y se usa do, d do, por doy de do en 
el mismo sentido que donde, adonde, por donde y de donde. 
VI, 458.— Véase Donde. 

Doce (Los) Pares de Francia. — Fueron caballeros escogidos 
por los reyes de Francia, á quien llamaron Pares por ser 
todos iguales en valor, en calidad y en valentía. (III, 467.) 
I, 94; III, 469; V, 388.— Véase Tabla (La) Redonda. 

Docena (Entrar en). — ^Entrar en docena con los más hablan- 
tes escuderos», contarse en el número de los escuderos Aa- 



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147 
ilanies, dice Sancho, por alusión á los caballeros andantes, 
y á lo que había notado (IV, 218) de su habladuría el caba- 
llero del Bosque. Alúdese también en la expresión á la cos- 
tünibre de contar por docenas las cosas. IV, 219. 
Dócil, mañero, — ^Nota sobre estas dos voces. Aquí el mismo 
contexto explica que mañero equivale á «blando y dócil». 

IV, X20. — Véase Mañero. 

Doctrinal de Caballeros. — Véase Cartagena (Don Alonso de). — 
[I, 36o, n.] 

Don. — Como un título; su uso y abuso. — El tratamiento de 
Don, nacido del latino Dominus, que por su origen y natu- 
raleza es de honor, se usa á veces al contrario con fuerza 
y en tono dé vituperio. I, 65; II, 218-220Í — «Don ladrón». 
III, 3o8 (t); IV, 37.39, 53, 296.— «Don villano». V, 226, 
408. — iiDon patán». V, 450. — ^Don San Diego Matamo- 
ros». VI, 161, 162.— «Don bacallao». VI, 402. — MDon 
Jesucristo, fijo de la Gloriosa»* (Gonzalo de Berceo). IV, 
38; V, 409. — 11 Doña Tolosa y Doña Molinera (las mozas 
perdidas). I, 64 (t), 65; II, 393. — ^Doña Dulcinea». I, 
i85; IV, 53. — Decía Quevedo: «Es de advertir que en 
todos los oficios, artes y estados se ha introducido el Don 
en hidalgos y en villanos. Yo he visto sastres y albañiles 
con Don*. V, 409. — ^Véase Títulos. 

Donceles, doncellas. — Así como los jóvenes de distinción que 
servían á los grandeis señores se llamaban donceles, así tam- 
bién se llamaban doncellas las jóvenes de la misma clase que 
servían á las grandes señoras. Ambas palabras eran de 
origen latino, y venían de domicellus y domicella, «seño- 
rito» y «señorita»; así como de domina se derivó dueña. 

V, 175. 

Doncella. — t Con volverse á salir del aposento mi doncella, yo 

dejé de serlo». (Dorotea.) II, 408 (t). 
Doncellas que sirvieron de ínensajeras 6 en calidad de escuderos á 

los caballeros andantes. II, 488; III, 480; IV, 47; V, 253. 



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— Mensajeras ordinarias de las princesas caballerescas. IV,. 
446. 

Donde. — Adverbio de lugar. Observaciones sobre la naiurale- 
za y vario uso de este adverbio y sus derivados, hecho por 
Cervantes y por los escritores de su tiempo. Donde es un 
adverbio de lugar, del que se derivan otros tres: en düttde, 
adonde y de donde. — Donde significa el lugar «en que»: lo 
mismo significa, con mayor especificación, en donde: adon- 
de es el lugar «á qué», y de donde es el lugar <rde qué» . VI, 
458-461. — Donde, por adonde: «que me envíase donde él 
estaba». 11, 259. — Adonde, -^ox en donde 6 donde: «adonde 
estaba puesta una real y limpísima mesa». V, 481. Los ad- 
verbios dentro y donde indican el lugar «en qué»; adentro y 
adonde, el lugar «á qué». III, 482. — El adverbio donde es 
de lugar, y no se usa con propiedad para denotar el tiem- 
po, aunque esto no es raro en Cervantes. VI, 3. 

Donde (Porque) hay mucho amor, no suele haber demasiada des- 
envoltura. — ^Bello lenguaje y bellísima sentencia. Ejemplo 
es también de puro, fluido y armonioso lenguaje el período 
que sigue á poco: «El silencio filé allí el que habló por los 
dos amantes, y los ojos fueron las lenguas que descubrieron 
sus alegres y honestos pensamientos». VI, 335. 

Dónde más largamente se contiene. — Fórmula de remisión al 
gusto forense, cuando el que habla no quiere detenerse más 
en lo que dice, y se contenta con indicar dónde se hallará 
más á la larga lo que pudiera alegar en su abono. Don 
Quijote en el lugar presente se remitía á su espada, dando 
á entender que los que opinasen de otro modo, hallarían 
en ella pruebas más eficaces y concluyentes de lo que aca- 
ba de afirmar. En la segunda parte (IV, 124) usa de la 
misma fórmula como juramento el bachiller Sansón Ca- 
rrasco, diciendo: «plega á Dios todopoderoso, donde más 
largamente se contiene, que la persona ó personas que pu- 
sieren impedimento», etc. II, 45i. «El farol, la estrella y 



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«1 norte de toda la caballería andante^ donde más largamen- 
te se contienen. Este donde debe referirse á la historia de la 
caballería andante. VI, z55. — f Y á los santos cuatro evan- 
gelios, doTuie mas largamente están escritos». I, 2i8. 

Doria (Juan Andrea). — Sobrino del lamoso Andrea. — Era 
general de las galeras de España, y mandó en la batalla 
de Lrepanto el ala derecha de la escuadra combinada. III, 
i57, i58. — Su hermano, Pagan de Oria, caballero del há- 
bito de San Juan; tía suma liberalidad que usó con su her- 
mano el £amoso Juan Andrea de Oria». III, i68. 

Dos libras de cera (Que no pase de). — ^Alude á las penas que 
suelen imponerse en los estatutos de las cofradías á los her- 
manos que faltan á ellos, y regularmente son multas de 
cera para alumbrar en las ñestas y celebridades de la con- 
gregación. Sancho había sido cofrade y aun prioste en su 
lugar. (II, 187; V, 363.) IV, 246. 

Dronudarios (Sobre dos), «que no eran más pequeñas dos mu- 
las en que venían (los religiosos)». — Alude Cervantes á los. 
pasajes de los libros caballerescos en que se introducen per- 
sonajes cabalgando en esta y otras especies de animales. 
I, 180, 184; II, 345; IV, 170- 

Dudoso. — «Tanto más agrada, cuanto tiene más de lo dudoso 
y posible». Dudoso se toma aquí en buena parte, y signi- 
fica, no lo que ofrece dudas debiendo ser cierto, sino lo 
que, siendo falso, hace dudar si es verdad, por la destre- 
nza con que la imita: viene á ser lo mismo que verisímiL 
in, 385. 

Duecho. — Ahora decimos ducho, voz del lenguaje familiar, que 
quiere decir «enseñado, diestro»; del latino docitís, 1, x63. 

Duelos. III, 499; IV, loi; V, 73. — Véase Desafíos. — [II, 
401, 403, 404.] 

Duelos (Que se los papen). — Duelos son «aflicciones, pesadum- 
bres, trabajos, calamidades». Papar es, hablando familiar- 
mente, «tragar, engullir». .Que se los papen duelos: expre- 



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150 

sión de los que hacen poco caso de los males ajenos. 11^ 
64. — Véase Papar. 

Duelos y quebrantos. — Nota Cervantes la mezquindad con que 
los hidalgos manchegos, aprovechando los restos de la car- 
ne de la comida, los convertían en salpicón para la cena» 
Salpicón se dijo como carne picada con sal. Asimismo^ cuan- 
do se morían ó desgraciaban por cualquier accidente las- 
ovejas, acecinaban la carne para los usos domésticos y 
aprovechaban las extremidades y aun los huesos quebran- 
tados, de lo cual hacían olla, llamándola, según Pellicer, 
duelos y quebrantos; duelos , por el que indicaban del dueño 
del ganado^ y quebrantos^ por el de los huesos de las reses. 
— Esta clase de olla, como menos sustanciosa y agradable, 
se permitía comer los sábados en España, donde, con mo- 
tivo de la victoria de las Nayas, ganada por el rey D. Alon- 
so el VIII contra los moros el año de 1212, se instituya 
la fiesta del Triunfo de la Santa Cruz y se hizo voto de 
abstinencia de carne los sábados. Duró esta costumbre has- 
ta mediados del siglo xviii, en que la abolió el papa Bene- 

. dicto XIV. I, 2, 3. 

Duendes de las antesalas. — ^Escuderazos que pasan la vida,, 
aunque penosa, holgazana, baldía y sin género de prove- 
cho. V, 26a. 

Dueña (La aventura de la) Dolorida, alias de la condesa Tri- 
faldi. — Sobra el ífc, que interrumpe y descompone el sen- 
tido: observación que manifiesta 1q delicado que suele ser 
el uso de las partículas, y el grande influjo de éstas en el 
lenguaje. V, aSg. — f Según soy de dolorida». V, 268. — 
i Un mayordomo del Duque, muy discreto y muy gracioso, 
el cual había hecho la persona de la condesa Trifaldi». Y 
también la de Merlín en la aventura del desencanto de Dul- 
cinea, como se dijo al principio del cap. 36 (V, 239). V, 
371. — Véase Trifaldi (La condesa). 

Dueñas. — tCual no digan duemst. Especie de maldición para 



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signiñcar lo maldicientes que suelen ser las mujeres ma- 
lignas y ociosas. Cervantes tenia particular aversión á las 
dueñas, como tendremos ocasión de observar en el progreso 
de la fábula. IV, 140; V, 175, 192, 260-263, 284, 456, 459^ 
462, 464. — Abominado (el género dueñesco) de boticarios, 
V, 3i2. — Los escuderos y las dueñas solían ordinariamen- 
te ser antagonistas. V, 128, 262.— González era apellido 
común en las dueñas. V, 128. — «La general costumbre que 
todas las dueñas tienen de ser chismosas». VI, 25. — ^La 
aversión que tenía Sancho á las dueñas. VI, 387. 

Duerme, digo oirá vez. — ^No lo había dicho ninguna (Don Qui- 
jote). — ^Noestá bien tampoco la expresión de que Don Qui- 
jote, antes que despertase á Sancho^ ^le dijo»: á quien 
duerme no se le dice nada. Don Quijote pudo decir, pero 
no decirle. IV, 370. 

Duguesclín. — Véase Beltrdn Dugttesclín. 

Didce (La) mi enemiga. — Palabras de queja amorosa muy 
frecuentes en los libros caballerescos, y aun en los anti- 
guos cantares de Castilla. I, 281; V, 277. 

Dulcinea del Toboso. — «De los hidalgos linajes que hay en el 
Toboso». ¿Qué motivo pudo tener Cervantes para hacer á 
Dulcinea natural del Toboso más bien que de otro pueblo 
de la Mancha? He aquí una cuestión á que probablemente 
fué muy fácil responder en su tiempo, y á que es muy di- 
fícil responder en el nuestro, cuando, olvidadas las particu- 
laridades que entonces serían conocidas, no queda ya lugar 
sino para conjeturas. V, i65. — Su padre, Lorenzo Cor- 
chuelo, y su madre, Aldonza Nogales. Cervantes, querien- 
do ridiculizar más y más á su héroe, dio á su princesa y á 
los padres de su princesa nombres y apellidos aldeanos y 
vulgares. II, 309; V, 166. — Llamábase Aldonza Lorenzo. 
I, 21; II, 3io. — «Porque tiene mucho de cortesana». Esto 
de «cortesana» puede ser pulla, por la significación ambi- 
gua de la palabra, y más si en la figurada persona de Dul- 



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152 

cmea se .quiso ahidir á alguna persona real y verdadera, 
que no es imposible. II, 3ii. — El original de Dulcineaftié 
probahlem«ite la señora Ana Zaroo de Morales* V^ 167. 
— «De quien él (Don Quijote), un tiempo anduvo enamora- 
do». I, 21. — «En doce años que ha que la quiero, no la he 
visto cuatro vecest. II, 3o8, 309 (t). — «En todos los días 
de mi vida no he visto á la sin par Dulcineat. IV, 156; V, 
iSg, 160. — :«No la había visto en toda su vida» (Sancho á 
Dulcinea). II, 498; IV, 167. — «Bien la conozco, dijb Sbxí- 
choi>, etc. II, 3io, 498. — Una de las tres labradoras. IV, 
175 (t). — Su encantamiento, invención de Sancho* IV, 
170; V, rio5. — Su desencanto. V, aaS. — « Hermosa ingra* 
ta». II, 26. — Varias Notas: I, 200; II, 3io, 3ii; III, 555 
(Soneto), 538 (epitafio). 
Duración de la acción del Quijote. — D. Vicente de los Ríos su- 
puso al fin de su plan cronológico que la acción del Quijo- 
U pasó en 1604, y que sólo duró desde 28 de julio de dicho 
año hasta 8 de enero de i6o5, — Larga Nota sobre esto. 
VI, io5. — «Sobre cincuenta años que tengo de edad» 
(dijo el ama á Don Quijote). No tuvo aquí presente Cervan- 
tes lo que había dicho al principio de la fábula (I, 3), donde 
se expresó que el ama «pasaba de los cuarenta •, lo que en 
el uso común indica que no pasaba mucho de dicha edad. 
Y si lo tuvo presente, es prueba de que dio á su obra una 
duración mucho mayor de la que se cree y, por de contado, 
que la que se le señaló en el plan cronológico de D. Vicen- 
te de los Ríos. Bowle ya saca de aquí la consecuencia na- 
tural de que la duración de la fábula del Quijote fué de cerca 
de diez años, y lo mismo sostiene Pellícer en su discurso 
preliminar, contra lo que se infiere, por otra parte, de la re- 
lación de la misma fibula, como ya se dijo en nota al ca- 
pitulo 54 (VI, io5). VI, 444. — Á todas estas dificultades 
no hay sino una respuesta, á saber: que Cervantes no pen- 
só en semejante cosa, ni se curó de la época y de la du- 



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153 
ración de la fábula más que de las nubes de antaño, VI, 
roS. 

Durandárte. — Primo de Montesinos y hermano del conde Dir- 
los, todos paladines de Carlomagno. Tuvo competencia con 
Gaiferos sobre amores, como cuenta uno de sus romances, 
aunque no nombra la dama. Servia á Belerma cuando mu- 
rió en la rota de Roncesvalles; Montesinos asistió á su 
muerte. IV, 427. — «Su espada Durindana». — Los inciden- 
tes relativos á esta famosa espada forman una historia como 
pudiera ser la de una persona célebre. V, 48. — Véase Bspa- 
. da Durindana. — [I, 121.] 

Durar.. — Verbo impersonal; lo mismo que «tardarse». Y «no 
dura más en hacerse la enmienda de cuanto quiera vuesa 
mercedt, etc. Otras veces se usa como de estado, en sig- 
nificación de «perseverar». II, 267. 

Eclesiásticos. — «Un grave eclesiástico destos que gobiernan 
las casas de los príncipes» . — Según una tradición que men- 
cionó D. Vicente de los Ríos en la Vida de Cervantes, «e 
quiso en este pasaje indicar á un eclesiástico comensal 
dd duque de Béjar, que es á quien está dedicada la prime- 
ra parte del Quijote. V, i38.' — «Aquel venerable varón» de 
casa de los Duques. V, i38, 146; VI, 33 1.— Eclesiásticos 
que profesaban la medicina y la cirugía. II, 270. — Ecle- 
siásticos militares. II, 347; IV, 221. — Véanse Arzobispos 
andantes y Caballero a lo eclesiástico. 

Eco (La ninfa). — Llámase «húmeda», por sus muchas lágri- 
mas: enamorada y no correspondida de Narciso, según fin- 
gieron los poetas, su dolor y llanto la fueron consumiendo 
hasta que no le quedó más que la voz. II, 359. 

Ecos (Coplas de). — cEran versos, no de rústicos ganaderos, 
sino de discretos cortesanos». Alaba ya anticipadamente 
Cervantes las coplas llamadas, aunque malamente, de ecos, 
que siguen; pero dudo mucho que le acompañen en este jui- 



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154 
cip los inteligentes. Cervantes tenia tan mala mano para 
hacer coplas, como la otra (Dulcinea) tenia buena para sa- 

. lar puercos (I, 200). II, SSy.-r— Los clásicos antiguos des- 
preciaron, 6, por mejor decir, no conocieron las glosas, los 
ecos, los acrósticos, que no tienen otros méritos que la di- 
ñcultad vencida, y que prueban más bien paciencia que in- 
genio. IV, 336, 82. 

Echacmrvos. — Los que con embelecos y mentiras engañan á 
los simples por vender sus ungüentos, aceites, yerbas, 
piedras y otras co^as que tréien, que dicen tener grandes vir- 
tudes naturales. (Covarrubias.) V, i36. 

Echar cata. — Frase anticuada. Mirar 6 buscar con cuidado 
alguna cosa. (Academia.) «£cAe cata por ahí si hay alguien 
que vaya á Madrid». VI, 40 (t). 

Echar en la calle alguna cosa. — Publicarla. (Academia.) 
«Cuando oyó la Duquesa que la Rodríguez había echado 
en la calle el Aranjuez de sus fuentes», etc. VI, 26 (t). 

Echar la llave, — Cerrar con ella. (Academia.) «Y en efecto, el 
Quijote de Cervantes echó la llave á la época de los libros 
caballerescos». (Clemencín.) VI, 467. 

Echar pelillos d la mar. — Frase proverbial, propia de los que 
se reconcilian y ofrecen olvidar los motivos anteriores de 
resentimiento, desapareciendo éstos así como desaparece- 
rían los pelos que se arrojasen al mar. II, 480. — Véase Pe- 
lillos (Echar) ^ etc. 

JBcAar mjya. —Frase metafórica. Competir. (Academia.) «Fu- 
diera pasar y echar raya entre las más bien formadas». V, 
448 (t). 

Echarlo todo d doce. — ^Echémoslo d doce, siquiera nunca se ven- 
da» : refrán antiguo castellano. Úsase en ocasiones de enojo 
y despecho, cuando se quiere atropellado todo y meterlo á 
barato. ^Lo eche todo d doce, aunque nunca se venda»: idio- 
tismo vulgar, que vale lo mismo que «hablar claro, sin re- 
paro; no guardar modo, respeto ni miramiento; atropellar 



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155 
por todo». (Arrieta.) II, 324. — «Lo eche todo d trece*, etc., 
debe significar lo mismo que •echarlo todo ddoce*. VI, 389. 

Edad (La dichosa), 6 la edad dorada* — Véase Dichosa edad, et- 
cétera. 

Edición^ del Quijote. — «Las diversas ediciones, traducciones é 
imitaciones numerosas serán siempre una prueba patente 
del éxito inmenso y popularidad de este libro extraordina- 
rio. Más singular es todavía el ver que millares de indivi- 
duos que ni le han leído, ni oído nunca nombrar á Cer- 
vantes, conocen, sin embargo, á Don Quijote y á Sancha 
Panza, y sus nombres les son tan familiares como la& vo- 
ces más vulgares y domésticas de la vida comiin. Por lo 
mismo, puede asegurarse que ningún autor moderno ha al- 
canzado tan alto grado de fama y nombradla» . (Traducción 
de la Historia de la Literatura Española, de Mr. Ticknor, 
por Gayangos, IV, a38, 239.) IV, 49-52, 276. — [III, 252, 
435-438, etc.] 

Églogas (Dos). — ^Una del famoso poeta Garcilaso, y otra del 
excelentísimo Camoens. VI, 176. 

Eguemóny de Hornos (Condes de). — Felipe II había enviado 
al duque de Alba á sosegar las alteraciones de Plandes, de 
que se creía eran principales autores los condes de Horn y 
Egmont y el príncipe de Orange. Este último huyó, y los 

. otros dos fueron presos de orden del duque y degollados en 
Bruselas. Los dos condes habían asistido como compañe- 
ros del duque á las fiestas de Bins. III, i5o. 

El (El artíctdo). — En ciertos nombres femeninos que em- 
piezan con a, tiene establecido el uso que no los preceda 
el artículo la, que les corresponde por su género, sino el 
masculino el, para evitar de esta suerte el mal sonido que 
resulta de la concurrencia de las dos aes. Cervantes hizo 
aquí lo mismo con la voz autoridad (III, 255), anteponién- 
dole el artículo masculino; pero el uso no lo ha confirmado 

. en esta palabra ni en otras semejantes de igual clase, que 



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156 
se encuentran usadas del mismo modo en los escritoies dt 
aquel siglo. III, 255. — «En d albarda» (y también «de la 
albarda»). III, 3o8. — «Salió si aurora alegrando la tierra» 
(II, 228); «Cardenio no podía sustentar la vida ene/ ausen- 
cia de Luscinda» (II, 372). Actualmente decimos «^agua, 
el alma», pero no «0/ aurora, d ausencia», á pesar de que la 
misma razón hay para lo uno que para lo otro. En nuestros 
antiguos escritores es más frecuente esta licencia, especial- 
mente en los poetas. III, 5io. 

Él (El pronombre). — Observaciones sobre el vario uso del pro- 
nombre él, ello, etc. VI, 171, 172. — « Cuando ¿/ no quisie* 
se tomas el trabajo de hacerlos, él mismo los haría». — ^Úsa- 
se en este pasaje el pronombre él en representación de dos 
personas diferentes, y esto produce alguna obscuridad: 
«cuando él (Lotario) no quisiese tomar el trabajo de hacer 
{los versos), él mismo (Anselmo) los haría t. Hasta cierto 
punto no es culpa de Cervantes, sino de la lengua, que 
sólo tiene un pronombre para ambos casos; en latín hay 
uno para denotar la persona que habla, y otro para denotar 
la persona de que se habla: ipse é Ule. III, 3o. — *Él sabía 
que Lotario andaba enamorado de una doncella, á quien 
él celebraba debajo del nombre de Clori». El pronombre él 
representa una vez á Anselmo y otra á Lotario, y queda- 
ría mejor suprimiéndose la segunda, donde no es necesario. 
El pronombre, inventado y admitido en los idiomas para 
la claridad del lenguaje, aquí por su abuso la disminuye. 
III, 45. 

El silencio fué allí el que habló por los dos amantes, y los ojos 
fueron las lenguas que descubrieron sus alegres y honestos pen* 
samientos. — Ejemplo de puro, fluido y armonioso lenguaje. 
VI, 335. — Véase Donde hay mucho amor, no sude haber de^ 
masiada desenvoltura. 

Elches. — Así llaman los moros á los renegados. — Apóstatas 
ó renegados de la religión cristiana. (Academia.) III, 209. 



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157 

Ekna^ (El tobo de). — Elena fué mujer de Menelao, rey de 
Lacedemonia, y célebre por su hermosura. París, hijo de 
Pifeimo, estando hospedado en casa de Menelao, la robó y 
condujo á Troya, donde reinaba su padre. De este agravio 
hecho á Menelao, formaron queja común los reyes griegos, 
y se confederaron para vengarlo, como lo consiguieron con 
la ruina de Troya. II, 3i8; VI, 417. 

Btídoy G«íaíM.— Nombres fingidos, en la novela pastoril de 
la Galatea, de Cervantes y de su mujer Doña Catalina Pa- 
lacios. I, 149; III, 157. 

EUsabad (El maestro). — Suena ser el autor de las Sergas de 
Esplandidn. I, ig3; II, z6g, 276. — Véanse Sacapotras y 
Espiandián (Las Sergas de). 

Elíseos (Los ) jerezanos prados. — El epíteto de elíseos no con- 
viene sino á campos; pero se acaba de decir «tartesioscotw- 
pos9y y quizá por huir de la repetición no se piwo los elíseos 
jerezanos campos. II, 78. 

Elisiones ú ofnisiones del verbo,-— •'üo hay para qué conmigo 
amenazas»; esto es, «no hay para qué usar conmigo ame- 
nazas». Semejantes omisiones ó reticencias del verbo sue- 
letr dar fuerza á la expresión y son comunes en el estilo 
familiar:^ asi se ve especialmente en los refranes; como «al 
buen entendedor, pocas palabras», «agente ruin, campana 
de palo», «del mal, el menos», «á más moros, más ganan- 
cia», «comida hecha, compañía deshecha». II, 343; III, 
80. — Véase Lo que él. 

Ello dirá. — «Ahora bien, ello dirá*. — Locución familiar. «Ya 
se verá» . Comunmente se usa por ironía, y aun se suele 
añadir: •ello dirá si es palo ó pedrada». (Academia.) V, 
19 (t). 

Embazar. — ^Este verbo, 6 se usa en forma de recíproco, em- 
bazarse, por «entorpecerse, perder la acción y el movimien- 
to»; 6 cuando no, como activo, por «suspender, detener»: 
eti ambas acepciones lo usaron nuestros antiguos y más 



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153 
autorizados escritores. Aquí lo emplea Cervantes como 
neutro: «así como llegó, embazó y se estuvo quedo», y lo 
mismo hizo Covarrubias en su Tesoro de la lengua castella- 
na: son los dos únicos en que lo encuentro usado de esta 
suerte. III, 304. 

Empeñé mi hacienda. — «Salí de mi patria, empeñé mi hacien- 
da, dejé mi regalo, entregúeme en los brazos de la fortu- 
na, que me llevasen donde más fuese servida». Á con- 
secuencia de los consejos del ventero, que con tanta so- 
lemnidad armó caballero á Don Quijote, según se contó en 
la primera parte (I, 62), nuestro valeroso hidalgo «dio lue- 
go orden en buscar dineros: y vendiendo una cosa y empe- 
ñando otra y malbaratándolas todas, allegó una razonable 
cantidad.» (I, i63.) — De esto habla aquí Don Quijote. 
IV, 275. 

Emperatriz, emperadora. — «La corona de oro de la empera- 
trizii. En tiempo de Cervantes era nueva la palabra empe- 
ratriz. Lope de Vega la reprobaba en la dedicatoria de su 
comedia Pedro el Carbonero. Pero á pesar de la autoridad de 
Lope, el respetable ejemplo de Cervantes y otros escritores 
nuestros debe hacemos indulgentes en la materia: la her- 
mosura y perfección de las lenguas depende más bien de la 
construcción, de la flexibilidad de los verbos y otras causas, 
que de palabras consideradas aisladamente: y por lo que to- 
ca á la riqueza, no hubiera llegado á la que tiene el idioma 
castellano, si el uso se hubiera ajustado siempre con rigor 
á las máximas de los puristas. Verdad es que en esto, como 
en todo, es menester evitar los extremos. IV, 204. 

Empreñarse. — «En mal punto os empreñastes de sus promesas» . 
La palabra empreñarse y otras que en lo antiguo pudieron 
usarse decentemente, han perdido esta calidad con el tiem- 
po. Empreñarse, por impregnarse, lo dijo Santa Teresa en el 
cap. 14 de su Vida, y realmente eran una misma pala- 
bra en su origen. Pero en tiempo de Cervantes empezaba 



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159 
ya á tener alguna vez otro sentido, como se ve por la res- 
puesta de Sancho al barbero. III, 371. 

Empresa del escudo. — Empresa era un adorno, divisa 6 insig- 
nia que llevaban los caballeros, alusiva á algún intento ó 
empeño, las más veces amoroso. II,' 167, 482. 

Emprincipio. — «Desde el emprincipio* . Palabra vulgar usada 
por Sancho: quiere d^cir principio, IV, 120 (t). 

Empuñarse en la espada. — «Y se empuñó en la espada». Raro 
uso del verbo empuñar: con arreglo al común, se diría: em- 
puñó la espada, y asi se hace en el cap. 63 (VI, 3oo), cuan- 
do se cuenta lo que sucedió á Don Quijote en las galeras 
del puerto de Barcelona: «y diciendo esto, se levantó en 
pie y empuñó la espada*. IV, 242. 

Émulo, por «adversario». — «El enemigo de la concordia y el 
émulo de la paz». Algfuno quizá reparará en la palabra ému- 
lo^ que ordinariamente se toma en buena parte y se dice 
respecto de las personas: aquí se toma en mala parte y se 
dice respecto de las cosas: viene á ser lo mismo que «ad- 
versario» . Este «enemigo de la concordia y émulo áe la paz» 
es el diablo. — III, 327. 

En.—tEn otros cien escudos no había para pagarme la mi- 
tad». Uso de la partícula en por con, que se mira como 
idiotismo de algunas provincias: «se puede remediar en que 
vos mismo toméis algún trabajo en hacerlos» (I, xilx. Pró- 
logo): «pues en verdad, que en sólo manifestar mis pensa- 
mientos» (IV, 64). — ^No fué Cervantes el único que habló 
de esta suerte. IV, 74. — «Comemos el pan en el sudor de 
nuestros rostros». IV, 220. — En, por «acerca de». «Le 
habían hablado en su negocio» . Modo de hablar de nuestros 
antiguos. Es lástima que esta expresión se vaya anticuan- 
do, porque es más elegante y menos familiar que «hablar 
acerca de su negocio», como ordinariamente decimos ahora. 
Á fuerza de querer hacer la lengua exacta y, como dicen, 
•filosófica», la hacemos pausada y fila. II; 36i. — «Ni dejó 



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i6o 

. d¡e admirarse 6^ oir»* Ahora diríamos: 4»al oir». Si eaaJ^n 
tiempo pudo sustituirse lo uno, por lo otro, en. el día lo 
prohibe el uso. V, 184. 

Bn cuidado me lo tengo, — Expresión rancia y castiga, como^i 
dijera: <iya estoy en relio; así lo tengo pensado y resuelto». 
1,255. 

En dos pcUabras.r— Como si dijéramos: «en poco tienipo», cual 
es el que se necesita para pronunciar dos palabras., Pellicer 
corrigió ^dos paletas^» ¡ en vez de ndospalabrcís*: no me parece 
necesaria la corrección. Así está usada k misma expiresión 
en el cap. 21 (II, 181), donde, describiendo Don QuiJQte los 
pasos por donde un caballero llega á ser rey^ dice: «mué- 
rese el padre, hereda la infanta; queda rey el caballero €n 
dos palabras». II, 25. 

En justo y en creyente. — ^Á su señor le dyo (Sancho): «señor; 6 
á mí me ha de llevar el diablo de aquí de donde estoy en 
justo y en creyetiUy ó vuesa merced me ha de confesar que el 
rostro deste mayordomo del Duque, que aquí está, es el mes- 
mo de la Dolorida». Expresión proverbial antigua^ de ori- 
gen desconocido, como otras muchas de su clase. El Dic- 
cionario dice que la expresión en justos y creyentes se usa 
para asegurar que ima cosa e§ cierta. Por consiguiente, 
querrá decir: «como soy hombre de bien y cristiano». Mas, 
según Covarrubias, citando á Quevedo, vale: «súbitamen- 
te, aceleradamente». V, 872. 

En mi vida. — La expresión •en mi vida% tiene, según la índole 
del idioma, significación exclusiva, y por conaguiente lleva 
embebida la negación, que de otro modo sería preciso ex- 
presar, diciendo en el orden natural: «no vi hombre más 
valeroso en mi vida», por ^^en mi vida vi hombre más vale- 
roso». Varios ejemplos dados de esta especie de locución 
en Cervantes. Es muy digno de advertencia que el mismo 
Cervantes, tan pródigo de partículas negativas, aun cuan- 
do no son neeesarias, las suprime enteramente en ciertas 



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l6i 
frases de negación por un modismo elegante y que el uso 
de la lengua ha adoptado. II, 3o8, 426; III, 278; V, 328 
(textos); VI, 191. 

En vez de buen criado. — Parece lo contrario de lo que se quie- 
re decir, que es «á ley ó á fuer de buen criado». El mo- 
do adverbial «^ vez 9 anuncia oposición con lo que acom- 
paña, y decimos: f^en vez de velar, duerme»; «aborrece en 
vez de amar»; •en vez de andar, se para». II, 261. 

Enamorado de oídas. — «Sólo estoy enamorado de oídas*, Cer- 
vantes se burló en este pasaje de todos los de libros de ca- 
ballería donde se habla de enamoramientos por oídas, que 
son muchos. IV, i56, 157. 

Enamorados platónicos continentes. — Los «amores platónicos» 
son los honestos, decentes, intelectuales, exentos de la par- 
te grosera, conformes á la doctrina de Platón. II, Sog.— 
«La honestidad y continencia en los amores tan platónicos 
de vuesa merced y de mi señora Doña Dulcinea del Tobo- 
so». IV, 53 (t); V, 149. 

Enanos (Los). — Hacen mucho papel en las historias de los 
andantes, ya como adornos en las pompas solemnes, yá 
como servidores y compañeros de sus viajes y aventuras, y 
ya, finalmente, como enviados con recados á damas ó á re- 
yes y príncipes. II, 171-173. — «Tantos enanos graciosos». 
III, 437, 438. 

Encalabrinar. — «Me dio un olor de ajos crudos, que m% enca- 
labrinó y atosigó el alma». Encalabrinar se dijo de calabri- 
na ^ palabra antigua que usó en significación de «hedor» 
Juan Lorenzo Segura en &u Poema de Alejandro. Conforme 
á este origen, encalabrinar es «apestar», que es lo que ha- 
cen los que han comido ajos, y lo que hizo aquí la aldeana 
del Toboso. Don Quijote, ponderando lo intenso y penetr^p- 
te del hedor de los ajos, dijo que le había encalabrinado el 
alma. IV, 180; V, 158. 

-Encambronarse. — «Todo encambronado con unas fuertes y lu- 

II 



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102 

cien tes armas». Encambronarse, según Covamibias^ es po- 
nerse muy «tiesierguido», de modo que no pueda bajarse la 
cabeza ini volverla á una parte ni á otra. Está tomada la 
semejanza de cierta pieza del arnés, que coge un pedazo del 
hombro, el cuello y el almete para recibir en ella el golpe 
de la lanza del contrario». VI, i38. 

Encamisados (Muchos). — Llámase encamisados á los que se 
ponen la camisa encima de la ropa: artificio de que usa- 
ban los militares en las sorpresas nocturnas para conocer- 
se unos á otros, y de que hay muchos ejemplos en las his- 
torias de los tiempos de Cervantes: por cuya razón se dio 
el nombre de encamisadas á las sorpresas de esta clase. Bn 
el capitulo actual se aplica á los caminantes el nombre de 
encamisados, porque lo parecían, siendo de noche y vinien- 
do vestidos de blanco. II, 96, 99. 

Encantador. —Es lo mismo que «hechicero, mágico ó nigro- 
mántico»; y las palabras encanto, encantar, encantador, en- 
cantamento, todas vienen de canto, por la idea que tenían 
los antiguos de que los mágicos hacían sus prodigios can-- 
tando coplas; de donde llamaron también carmina á los en- 
cantos y maleficios. I, 97, 98. 

Encantadores y sabios que los ayudaran. — Llenos están los ana- 
les de la caballería andante de ejemplos de la protección 
que encantadores y encantadoras, sabios y sabias dispen- 
saban á los caballeros sus ahijados. I, 270. — Sus coronis- 
tas. I, 27. Encantadores revestidos de la dignidad impe- 
rial y real. IV, 181. — Contiendas entre los nigromantes. 
V, 108. — Alquife, sabio de gran fama, gran mágico sobre 
todos los de su tiempo; Urganda y otras muchas mágicas 
y magas, y sus pródigos. V, 2ii-2i5. 

Encantados (Los) ni comen, ni duermen, ni hablan. — Esto et 
conforme á la idea que comunmente dan de loe encanta- 
dos los libros de caballería. III, 368, 424 (t); IV, 442. 

Encantamientos. — El del rey Artúa> «que por arte de encanta- 



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i63 
menta se convirtió en cuervo * . 1, 260; II, 1 66 ..—El de Dul- 

! cinea. IV, 170; V, io5, 187, 194. — Viajes por encanta- 
miento. III, 356-358; Y, gS, 332.— Varias Notas. III, 
287; IV, 429, 442. 

JBncantorio, por encantamiento* — Voz caprichosa de termina- 
ción de desprecio, inventada por Símcho para indicar lo 
{. que pensaba en la materia. V, 145. 

JSncargar, cargar, — «Porque no encarguemos nuestras con- 
ciencias». Mejor: «porque no cargmmos nuestras concien- 
cias». ^Cargar la conciencia» es cosa distinta que encargar- 
la, hsicarga el delincuente que la grava y oprime con el peso 
del delito y de los remordimientos: la encarga el que, al de- 

. cir á otro lo que debe ejecutar, le advierte que así debe 
proceder por motivos de conciencia, y lo hace responsable. 
1,82. 

Mnciso (Bartolomé López de), — Su Desengaño de celos. (Véase.) 
I, 145.— [III, 88 y n.] 

Mnclavar, clavar. — ^Enclavársela en el pecho». — Eficlavar es 
«fijar con clavos*, y clavar «introducir de punta, á manera 
de clavo*, que es lo que viene bien en este pasaje. III, 67. 

Enclíticos. — • Dármele á conocer». En castellano es muy co- 
mún unir en esta forma dos pronombres personales con los 
verbos de acción, y en tal caso se llaman enclíticos. III, 
261. — Véase Dármele. 

Encoger (Callar y) los hombros. — Es figura y actitud propia 
del que se conforma y resigna con lo que no puede estor- 
bar. II, io3. 

Encontrar con un fraile de San Francisco. — Mal agüero. VI, 
165. — Véase Agüeros. 

Encííentro, reettctientro. — Véase Reencuentro, encuentro. 

Ende é hi. — Efde: adverbio de lugar, anticuado. Allí; de allí 
6 de aquí; de esto; más de, pasados de. (Academia.) Hii 
adverbio de lugar, anticuado. Allí. (Academia.) — Hemos 
perdido considerablemente en haber anticuado estos ad- 



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164 
Yerbíos, derivados de los latinos inde é hic, que en los prin*- 
cipíos fueron comunes á los dos idiomas, y ahora nos ha- 
cen suma falta en el nuestro. Á cada paso se encuentran en 
nuestros antiguos libros ejemplos del uso de estas dos par- 
tículas, que daban singular facilidad y ligereza al lenguaje; 
pero en tiempo de Cervantes estaban ya anticuadas y lo 
continúan, por desgracia, en el nuestro: «H¿ ganó á Cola- 
da, que más vale de mil marcos»: tél non quiso ende par- 
. te nin ovo della cura»; ila pro et el daño que ende se pue- 
de seguir». IV, 58. — Véase Hi, 

Etidechar. — Cantar endechas 6 canciones lastimeras ó melan- 
cólicas. VI, 356. 

Endechas f endechaderas. — Las canciones que se cantaban en 
los entierros, y las mujeres que se alquilaban para acom- 
pañarlos, llorando, mesándose los cabellos, y arañándose el 
rostro, cuando no había personas allegadas al difunto que 
lo hiciesen. IV, i3o. — Véase Plañideras y lloraderas. 

Endemoniados. — Poseídos del demonio. Sobre la supuesta 
prerrogativa que tenían los reyes de Aragón de curar los 
lamparones, la que también se atribuye á los reyes de 
Francia, y la virtud que dicen que tienen los reyes de Es- 
paña de lanzar los demonios del cuerpo de los energúmenos^ 
sólo con presentárseles. En tiempo de Cervantes se creía 
comunmente en la existencia de los endemoniados. Verdad 
es que si se creía fácilmente el mal, también se creía fácil* 
mente el remedio, como se ve por lo que se dice de los re- 
yes. V, 449; VI, 409. 

Endriagos^ vestiglos. — Monstruos fabulosos, horrendos y for- 
midables, n, 286, 490; IV, 87, 248, 317, 3i8. 

Eveas y Dido. V, 460; VI, 418. — Véase Dido y Eneas. 

Enemiga (La) favorable. — Comedia compuesta por el licen- 
ciado Francisco de Tarraga. III, 400. — Véase Tarraga 
(Francisco de). — [II, 296 y n., 3oi y n. ] 

Enemigo de Doña Sancha. — Verso de un romance. VI, 225. 



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tG5 

Ensalmó para pegar barbad, — Los embusteros solían, en el 
ejercido de sus profesiones, usar de preces, etc., y aun. ver- 
sos de los salmos . De aquí por corrupción se dijo ^curar 
por ensalmo^, cuando la curación es en breve, con aparien- 
cias de milagrosa. II, 445. 

Ensarmentar las viñas, — Es sarmeittar ó sacar los sarmientos 
de las viñas después de la poda. Ensarmentar, palabra mal 
formada, pues por su analogía más bien pudiera indicar la 
acción de meter sarmientos en las viñas que la de sacarlos. 
VI, 89. 

Entender en alguna cosa, — Ocuparse en ella. (Academia.) — 
«El arriero andaba entendiendo en el beneficio de sus ma- 
chos». II, 49 (t). — s Volviesen á buscarnos, y nos diesen 
muy bien en que entenderá. II, no (t). 

Entendimiento, — Aquí no es la facultad sino el acto de enten- 
der. íPara el entendimiento (esto es, la inteligencia) de esta 
grande historia». V, i. — «Cuanto á la entereza y enten- 
dimiento del caso». VI, 49. 

Entrañas pedernalinas, — Esto es, duras como el pedernaK — 
•Pecho pedernalinos dijo Lope de Vega en la Ingratitud 
vengada, acto 2,^ — V, 233. 

Entrar, — Voz náutica: significa «acercarse un buque á otro á 
quien persigue». «La galera Loba les iba entrando n. III, 
162. 

Entrar en docena, — • Entrar en docena con los más hablantes 
escuderos», quiere decir «contarse en el número de los es- 
cuderos hablantes*, por alusión á los caballeros an¿ía»/ds, y 
á lo que había notado de su habladuría el caballero del 
Bosque. IV, 218. — Alúdese también en la expresión á la 
costumbre de contar por «docenas» las cosas. IV, 219. 

Entrar la romana, — Comenzar su cuenta con cierto número 
de libras ó arrobas. (Academia.) «Que había de saber con 
Oi&nXzs entraba la romanáis, VI, 9 (t). 

Entre renglones, — Quiere decir «olvidadas». Alúdese á la eos- 



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i66 
tumbre de ponerse entre los renglones escritos lo que se 
olvidó al escribirlos. — Sancho dijo: «si se usa en la caba- 
llería escribir hazañas de escuderos, no pienso que se han 
de quedar las mías entre renglones í^. Profetizó Sancho. II, 
164; IV, 47. 

Entremeses. — Así se llamaban las farsas ó pasos jocosos que 
hacían los representantes, porque se entremetían en los in- 
tervalos de los actos 6 jornadas. IV, xii (Prólogo). 

Entremeterse^ entrometerse, — Sobre estos verbos de diversa eti- 
mología y de distinta significación. Entrometérsete • intro- 
ducirse»; entremeterse es «interponerse». Entrometerse pue- 
de ser en una cosa sola; entremeterse ha de ser entre varias. 
El ambicioso se entromete, y no se entremete, en palacio: del 
chismoso se dice con propiedad que se entremete á turbar la 
paz de las familias. De la misma manera se diría de un 
astrónomo atrevido: «y se entrometió á averiguar la natura- 
leza de los cielos, sin entremeterse en si son ó no fundados 
los sistemas conocidos, ó en cuál de los sistemas conocidos 
se acerca más á la verdad». VI, 3i5. 

Entretenimiento. — Es lo mismo que «asistencia», pensión 6 
asignación para mantenerse: acepción diversa de la común, 
según la cual es «diversión ó pasatiempo»: «que del ti- 
nelo suelen salir á ser alféreces ó capitanes, ó con algún 
buen entretenimiento*. V, 12. — Entretener, por « mante- 
ner •: «como se entretengan y remedien los soldados vie- 
jos». V, 17. 

Entretenimiento (Libros de). — Véase Libros de entreteni- 
miento. 

Envasar. — Metafórico. Pasar á uno el cuerpo con la espada. 
(Academia.) «L^ envasó (el niño Amor) al pobre lacayo una 
flecha de dos varas por el lado izquierdo». VI, 143 (t). — 
Véase Triunfar de una alma lacayuna^ etc. 

Envite. — Ofrecimiento de alguna cosa. (Academia.) Metáfora 
tomada del juego. «Tuvo el bachiller el eniñtein. Lo qué si- 



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167 
gue es un hermoso ejemplo de narración rápida, y no es 
el único en el Quijote. IV, 70. — Véase Quiero el envite. 

Épica (La) también puede escribirse en prosa como en verso ^ — 
Cervantes resolvió aquí la cuestión que se agitó un siglo 
después con ocasión del Telétnaco, escrito en prosa por el 
arzobispo de Cambray; pero no fué opinión peculiar suya, 
sino de muchos literatos de su siglo. III, 392, SgS. 

Episodios (Los) del Quijote. — El de Cardenio lo dividió Cer- 
vantes en cuatro trozos: el primero, £1^ 250; el segundo, 
II, 36i; el tercero, II, 389, y el cuarto, III, 91. — II, 36i. 
— Los episodios de la primera parte: el i.° fué el escrutinio 
de la librería; el 2.° la historia de Grisóstomo; el 3.° la de 
Cardenio con todos sus incidentes; el 4.° el coloquio del ca- 
nónigo de Toledo con el cura de la Argamasilla; el 5.*^ y til- 
mo el cuento del cabrero Eugenio. La novela de£í curioso 
impertinente, y la relación del cautivo, y aun los ambres de 
D. Luis y Doña Clara, no son episodios, sino paréntesis de 
la fábula. III, Sog-Sgo; V, 370. — El primer episodio que 
encuentro en la segunda parte es la conversación de los 
escuderos; segundo, el de Basilio; tercero, el del rebuzno; 
cuarto, el del gobierno de Sancho; quinto, el de la emba- 
jada del paje; sexto, el de Claudia Jerónima; séptimo, el 
de Ana Félix. Éstos son propiamente episodios, que, naci- 
dos de los mismos sucesos, hacen más variada y agrada- 
ble la narración, sin distraerla del objeto principal de la 
fábula. V, 370. — El gobierno de Sancho es el episodio 
principal de la segunda parte del Quijote. V, 471. 

Epitafio db una señora locuacísima. — Había dicho Sancho que 
podía estar mudo «hasta la fin del mundo», y añade: «ó 
por lo menos hasta el día del juicio», como si fuesen fe- 
chas diferentes. Don Quijote le contesta que, aun así, nun- 
ca llegaría su silencio á donde su hablar: y Pellicer á este 
asunto refiere el epitafio de una señora locuacísima, don- 
de se decía con la misma expresión de Don Quijote: 



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i68 

mY es tanto lo qu¿ habló^ ^ ' 

Que aunque májs no hfi de. hablar, 
Nunca llegará el callar 
Á donde el hablar llegó*. 

IV, 385. 

Equis (Y dejando hecho) al ventero. — Quiere decir «bonacho». 
% Estar hecho una equisti frase familiar que se dice del que 
está borracho, y que, dando traspiés y cruzando las pierr 
ñas, imita la figura de la equis (nombre de la letra x). (Aca- 
demia.) VI, 207. 

Érase que se era. — Expresión familiar con que suele dar prin- 
cipio á los cuentos y relaciones la gente ordinaria. (Aca- 
demia.) Clemencín dice que asi se hacía también frecuen' 
temente en libros serios, á cuyos autores no puede atribuir- , 
se la cualidad de ignorantes. II, 123 (t), I2|, I25. 

Ercilla^(D. Alonso de). — Paje de Felipe II, y después gentil- 
hombre del emperador Maximiliano, autor de la AraucaJia, 
poema en que se refieren los sucesos de la guerra de Arau- 
co en Chile, desde el año i554 hasta el de i562. — Ercilla 
fué amigo de Cervantes, quien le introdujo en su Galatea 
bajo el nombre de Larsileo. I, i5o; VI, 356. -Véase Tres 

. y medio. — [II, 463-468 y n.! 

Ermitaños. — «No son, los que ahora se usan, como aquellos de 
los desiertos de Egipto, que se vestían de hojas de palma 
y comían raíces de la tierra»; aludiendo probablemente á 
algunos escándalos y casos coetáneos. V, 8. 

Ero. — La terminación en ero es propia de las voces que de- 
notan lugar, como sucede en picadero, maiadera, granero, 
lavadero, derrumbadero, Qtc.En el presente pasaje se usó mal 
de la palabra desembarcadero, cuando quiso decir «al des- 
embarco», esto es, la acción de desembarcar, y noel para- 
je del desembarco. III, i65. 

Erósirato. — Puso fuego y abrasó el templo famoso de Diana. 
IV, 141. — Véase Diana (El templo de/. 



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169 

Errarse^ por «equivocarse». — «Que si tpte errase ^n el número». 
Todavía usan esta expresión las personas incultas y ru- 
das. — No faltan ejemplos del uso que ?e hacía, en esta 
acepción, de la palabra errarse. En la aventura del re- 
buzno (V, 72) se lee: «Díjole también que el que les ha- 
bía dado noticia de aquel caso se había errado en decir», etc. 
V,237. 

Erudito d la violeta. — Locución que se aplica al que sólo tiene 
uíia tintura superficial de las ciencias y artes, y quiere, sin 
embargo, hablar y trinchar como si fuera consumado en 
ellas. (Salva.) V, 99. — Véase Petrus in cumtis. 

Erutar, regoldar. — Sobre estas palabras que parecen sinóni- 
mas. Expeler por la boca el aire que está en el cuerpo, 
haciendo un sonido desagradable y descompuesto. (Aca- 
demia.) V, 357, 358. 

Es de vidrio la mujer. — Dice Cervantes, por boca de Lotario, 
que oyó estos versos en una comedia moderna. Aconseja- 
ba un prudente viejo á otro, padre de una doncella, que la 
recogiese, guardase y encerrase; y entre otras razones, le 
dijo éstas: 

Es de vidrio la mujer; 
pero no se ha de probar 
si se puede 6 no quebrar^ 
porque todo podría ser, 

Y es más fácil el quebrarse^ 
y no es cordura ponerse 

á peligro de romperse 
lo que no puede soldarse. 

Y m esta opinión estén 
todos i y en razón la fundo; 
que si Imy Dánaes en el mundoj 
hay pluvias de oro también. 

Al fi^n^ de los Versos se alega el ejemplo de Dánae. (Véa- 
se Díímw y la lluvia de oro,) — III, 22, 23 y textos.— Don 



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I70 
Juan de.Iriarte hizo unos versos que tienen casi larmisQCta 
idea: 



, \ 



A LA BELLEZA DE LAS MUJERES. 

Aunque al espejo se miran 
las mujeres con frecuencia^ 

en el vidrio nunca ven > ^ 

que es de vidrio su helleta. 

Escala derecha. — Asi llama Cervantes á la escala de preferen* 
cia que siempre se ha colocado en la banda ó costado de 
estribor, que es la de mano derecha mirando al buque des- 
de popa á proa. Tanto la escala real como la ordinaria, qye 
se colocan en este lado, sirven para entrar y salir por ellas 
los oficiales y las personas de distinción que van á visitar 
el buque, á diferencia de las demás clases, que se embarcan 
y desembarcan por el costado de babor ó de la izquierda. 
VI, 298. 

Escaño del Cid. — Escaño precioso de marfil que ganó el Cid 
Ruy Díaz, según cuenta su crónica, entre otros despojos 
cuando tomó á Valencia, y que había sido del rey motQf 
nieto del rey de Toledo. Quedó en proverbio para denotar 
un asiento de sumo honor. V, 177. — Véase Silla (Una) de 
marfil. 

Escarnida. — Palabra anticuada. Lo mismo que •escarnecida, 
burlada». V, 384. 

Escipión. — Véase Cipión. 

Esco. — Terminación de desprecio. Tordesillesco, de Tordesi- 
Ikts, de donde se decía natural Avellaneda. Es adjetivo de 
desprecio, como caballeresco, grotesco, etc. VI, 465, 466. — 
Véase Terminaciones de voces. 

Escobedo (Juan de). — Secretario de D. Juan de Austria, que 
promovía con calor en la corte sus negocios y solicitudes; 
fué asesinado por disposición del famoso Antonio Pérez, y 



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171 

'^^^mposoque había «ido de orden del rey. III, 154. — [III, 
164.] 

Escopeta. — El origen de la palabra. VI, 284. — Escopetas de 
rueda, en que por medio de una rodaja se montaba la llave 
para que el pedernal diese lumbre é incendiase el cebo. II, 
191. 

Escoto 6 Escotülo (Del famoso). — Era italiano, natural de 
Parma, y vivía en Flandes durante el gobierno de Alejan- 
dro Famesio. Era aplicado al estudio de la astrología ju- 
diciaria y pasaba por encantador y nigromante. Contá- 
banse de él cosas estupendas. VI, 267, 268. — Véase Scoto 
6 Escolo (Miguel)^ 

Escriba (El comendador). — Fué el autor primitivo de la re- 
dondilla 9iVen, muerte, tan escondidas. (Véase.) V, 278, 279. 
— P, 264, 265, 402, n.] 

Escribanos. — cHubiera untado con ellos la péndola del escri- 
bano9. Dase á entender en el texto la mala opinión que 
se tenía generalmente de los escribanos en tiempo de 
Cervantes. 11,198. — Escribanos, j>ot «escribientes». IV, 
334. 

Escrituras. — «De que las escrituras están llenas». La palabra 
escritura tiene varías acepciones. Cuando se dice escritura 
ó escrituras á secas, sin otro aditamento, suele significar 
los libros sagrados, á los que damos también el nombre de 
BibHa, 6 libros por excelencia; otras veces, escrituras signi- 
fican «diplomas», estoes, documentos autorizados y reves- 
tidos de formas legales, que hacen fe. En este lugar, la pa- 
labra escrituras se toma en general por • escritos» 6 libros, y 
se designan los caballerescos, que son los únicos que aquí 
hacían al propósito de nuestro hidalgo. III, 446. 

Escriturario. — El que hace profesión de declarar y enseñar 
la Sagrada Escritura y ha adquirido grande inteligencia 
de la Biblia. Aquí se aplica ál bueno de Tomé Cecial. IV, 

• 227. 



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Escuderos.^ nFué costumbre de los caballeros andantes anti- 
guos hacer gobernadores á sus escuderos». I, i66. — «Pro- 
' puso (Don Quijote) en su corazón de armarle (á Sancho) 
caballero». Así habían hecho frecuentemente los caballe- 
ros andantes con sus escuderos. III, 3o8. — En los libros ca- 
ballerescos se hace frecuente y honorífica mención de sus 
acciones. IV, 46, 47. 

Escuderos, doncellas ó etianos que les llevan nuevas. — Llenas es- 
tán las historias caballerescas de los largos viajes de las 
doncellas y de los servicios que como mensajeras presta- 
ban. II, 488; IV, 47. — Véase Doncellas, etc. — Escuderos, 
enemigos de las dueñas, y duendes de las antesalas. V. 
262. — Véase Duendes, etc. 

Escudillar. — «En vuestra mano está escudillara, — Escudillar 
propiamente es echar caldo de la olla en la escudilla: aquí 
se toma metafóricamente por «tomar terreno para tender- 
se». Expresión de que usó Sancho en queja á su amo. 
V, 86. 

Escudo (Su) ó rodela, — Los hombres de armas llevaban es- 
cudos fuertes y grandes de hierro, 6 guarnecidos de hierro: 
los jinetes, adargas, y los infantes, rodelas ó broqueles. 
Don Quijote hizo su primera salida con adarga; mas para 
la segunda pidió prestada una rodela á un amigo suyo, y, 
con efecto, tanto en la aventura de los gigantes converti- 
dos por el sabio Fristón en molinos de viento, como en la 
del vizcaíno, se expresa que estaba bien cubierto de su ro- 
dela. Usar de rodela á caballo aumentaba lo ridículo de la 
figura de nuestro paladín. II, 108. — Véase Adarga, rodela. 

Escurrirse. —Escaparse. (Academia.) «Y así querría que an- 
tes que os escurriésedcs por esos caminos, desafiásedes á este 
rustico indómito, y le hiciésedes que se casase con mi hi- 
ja». VI, 67 (t). 

Esforzada y no forzada. — «Y íiijo d la esforzada y no forza- 
da: hermana mía, si el mismo aliento y valor que habéis 



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173 
^mostrado para defender estp. bolsa, le mostrárades^ y aun 
la mitad menos, para defender vuestro cuerpo, las fiíerzas 
de Hércules no os hicieran fuerza». Aquí Cervantes jue- 
ga del vocablo ingeniosa y oportunamente. Lo mismo hace 
Sancho, diciendo: «Las fuerzas de Hércules no os hicieran 
fuerza». Tampoco es nuevo ni original el caso que aquí 
refiere Cervantes, pues, como observa Pellioer, se hallaba 
ya impreso desde el año de i55o en el Norte de los Estados^ 
de Fr. Francisco de Osuna. V, 419, 420. — Véase Si ella 
resiste á esta tentación. 

Esgrima (El arte de la), ó el manejo de la espada. — Varias No- 
'tas: I, 193; IV, 363-366; VI, 415. 

Eso tengo yo por servir, — Quiere decir: teso tengo yo que agra- 
decer». Arrietadice: «estoes, que tampoco él había comido 
aún, 6 que esto tenía aún por hacer 6 por servir». V, 448. 

Espacio (En poco). — Espacio: unas veces es de lugar, y otras, 
de tiempo. Aquí es de esto último. VI, I23. 

Espaciosa. — «Y todos aquellos que la espaciosa procesión mi* 
raban». Espaciosa aquí no está en su significación común 
de «anchurosa», sino en la de «mesurada, lenta, tarda». 
No se deriva del nombre espacio, sino del adverbio despacio, 
conforme á lo cual debiera leerse despaciosa, y no espaciosa. 
V, 267. 

Espada (La) Durindana. — Los incidentes relativos á esta fa- 
mosa espada forman una historia como pudiera ser la de 
una persona célebre. I, 221; II, i52; III, 324; V, 48-50. 
— Véase Durandarte. 

Espadachines. — Dos célebres, coetáneos ó anteriores á Cervan- 
tes. III, 499. — Véase Gante y Luna. 

Espadas (Las) del Cid. — La Colada y la Tizona: la una ganó 
en la batalla en que venció á D. Ramón, conde de Barce- 
lona, y la otra, que fué la Tizona, en la batalla contra el 
,rey moro Búcar. Véanse las Notas: II, 16, 17, 63. 

Es^padas famosas, celebradas por los poetas, etc, — La Durinda- 



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174 

!• na y la Joyosa compitieron en nombradla: laque se ense- 

' ña como de Roldan en la Armería Real de Madrid^ y se 
enseñaba ya en tiempo de Cervantes^ como éste dijo por 
boca de Sancho en el cap. 8.^, 2.* parte (IV, i5i). Á es- 
tas espadas pueden agregarse otras célebres y conocidas .pl>r 
sus nombres, que se mencionan en la biblioteca caballeres* 
ca. V, 48-50. — Las del Perrillo, y otras de las celebradas de 

^ aquel tiempo. Las más famosas espadas eran las de Tole- 

' do, donde hubo muchos fabricantes de gran crédito. IV, 
3oi, 3o2. — Muchas voces en los idiomas arábigo, latino y 
castellano, para significar la espada. III, 73, 74. — •Espa- 
das encantadas» y las que tuvieron virtud contra los en- 
cantos. II, 63; III, 287. — «Danzas de espadas». IV, 352. 

Espadas (Hechas las) sacabuches. — Chiste anfibológico toma- 
do del oficio de la espada, con que se despanzurra y sacan 
las tripas al contrario, y del instrumento músico llamado 
sacabuche. V, 77. 

Espadas mgras. — «Si no os picárades más de saber más me- 
near las negras». Período obscuro, en que el bachiller indi- 
ca que el licenciado gustaba más de los ejercicios de destre- 
za ó esgrima que de los literarios, y que por esto no había 
salido con hicimiento en los que preceden á los grados de 
las universidades. El adverbio más está repetido inútilmen- 
te. Las negras son las espadas con botones en las puntas» 
que se usan para aprender y para ejercitarse en las escue- 
las de esgrima. En el capitulo siguiente se menciona «el ti- 
rar de la barra y jugar de la negra» ^ como habilidades de 
Basilio (IV, 372). Llámanse negras porque lo son, del color 
del hierro de que están hechas, al revés de las blancas, que 
son de terso y bruñido acero, y las que pinchan y cortan . 
IV, 362. 

Espalder. — El remero 6 galeote que servia en la popa de la 
galera. Había uno á la derecha y otro á la izquierda, y 
puestos de cara á los demás, los gobernaban para que re— 



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^175 

-ttt- masen con "uniformidad. Espalder tiene conexión ccmboga- 

>^ vante y Urcerolj iérmixíos que significan: aquél, tel primer 

Toc;remero de banco de los de la galera»^ y éste, «el tercero». 

^ VI, 299- 

i£sp£cial, en especial. — *Bn especial la de los dineros y cami- 
•^: sast.Las ediciones anteriores dedan sólo: ^especial la de los 
óf» <yneros y camisas», y D. Gregorio Garcés, en su obra sobre 
-^1 el origen de la elegancia de la lengua castellana, alegó el 
, ' presente pasaje para prokir la existencia del adverbio espe- 
V t cial. — Entiendo que no tuvo ra^ón, y que el impresor omi- 
iv tío. por descuido la partícula en, que debió preceder, dicién- 
''^ dose en especial, y formándose un modo adverbial, como lo 
es en particular. Éste equivale á «particularmente», y el 
otro á «especialmente». I, 67. 
Espejo de caballerías. — D. Juan Antonio Pellicer confundió el 
"' Espejo de caballerías con el Espejo de príncipes y caballe- 
ros, que es la historia del caballero del Febo: de cuyo 
eiTor participó también, á pesar de su erudición, D. Gre- 
i; gorio Mayáns en el número 81 de la Vida de Cervantes. 
-^:I, 117. 

.-Eispejo de la vida humana. — «Es la comedia espejo de la vida*, 
etc. Así empieza la carta sobre las comedias, que el capi- 
tán Andrés Rey de Artieda dirigió al marqués de Cuéllar. 
Cicerón, en uno de los fragmentos de sus obras perdidas, 
que conservó Elio Donato, autor antiguo de la Vida de Te- 
- ' rendo, dijo de la comedia: ^kest imitatio vitae, speculum con- 
snetudinis, imago veritatisí^. Éste es el pasaje que aquí cita 
Cervantes, aunque con poca exactitud, según su costum- 
bre. III, 401, 407. — Véanse Julio (Marco) Cicerón y Ar- 
tieda, etc. — [II, 341. — Véase Artieda.] 
Bspilorchería. — De espilorcho, palabra italiana que, según Co- 
varrubias en su Tesoro, significaba «desarrapado, andrajo- 
so, sórdido», y que habían introducido en España los corte- 
sanos que volvían de Roma. V, 14. 



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176 

Espifín de Santa Lucía. — «Con dos tragos de lo añejo me pon- 
dré en la esputa de Santa Lucías; esto es, muy flaco y este* 
nuado (Academia): «me estenuará, me pondrá flaco, 6 me 
dejará en solos los huesos». (Arrieta.) — No encuentro repe- 
tida en ninguna parte esta expresión proverbial, ni veo su 
analogía con el propósito del bachiller. Quizá será alguna 
bufonada de Carrasco, recordada por Sancho, parecida á 
lo de la oración de Santa Apolonia, que se menciona en el 
cap. 7.^ de esta segunda parte. (IV, 117, 124.) — IV, 69. 

Espinel (Vicente), — Emulo de Cervantes: «su Vida del cal- 
dero Marcos de Obregónt. III, 201, 33i; V, 275,- VI, 282, 
292. — Véase el índice de Ticknor. 

Espinosa (Nicolás de). — Poeta castellano, que se atrevió á 
continuar el Orlando furioso , de Ariosto, é hizo lo que la 
rana con el buey de la fábula. I, 11, 124. — [II, 462 y n., 
479, 480, n.] 

Esplandián (El libro de las Sergas de). 1, 107, iio, 191, 193, 
264; II, 271, 457; III, 35o; IV, 18, 108; V, 96, 338. 

Espuela (La otra le calzó la). — Ésta fué Doña Molinera, una 
de las dos mozas de la venta. Solían las damas de alta gui- 
sa concurrir al acto de armarse los caballeros y tomar par- 
te en las ceremonias. I, 64. 

Espuma. — «Comed, amigo, y desayunaos con qsísl espuma en 
tanto que se llega la hora del yantar». La espuma era tres 
gallinas y dos gansos: ponderación que pudiera pasar por 
andaluzada, y que resalta todavía más si se compara lo li- 
beral y manirroto del cocinero con la humilde demanda de 
Sancho, reducida á mojar un mendrugo de pan en las ollas. 
IV, 376. 

Esquero. — Según Covarrubias, es una bolsa asida al cinto, 
donde la gente del campo llevaba la yesca y el pedernal 
para encender lumbre, y (la Academia dice) dinero y otras 
cosas. V, 70. 

Esquife ó Alquif e.—Msindo de Urganda, y ambos grandes 



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177 

- «migos; y protectores der Aníadís de Gaula; padre de la dóá- 

-, xeUa Alquífa; á él se atribuyó la historia de Amadís de 
-' Grecia. I, 4i> 97; II, 283; V, 211. — Véase Alquife. 

JSs^mVss»— Pueblo donde casó y vivió algún tiempo Miguel 

• de Cervantes. IV^ 118. 
jM$iacada* — Es el palenque ó Üzsl, formado ordinariamente 

; , eon atacas, de donde le vino el nombre, en que se celebra- 
ban los desafíos solemnes, los torneos, justas, Juegos de 
cañas y otros públicos de esta especie. Su significación én 

-5. este Jugar es metafórica: «Vióse Lotario puesto en la esta- 
cada que su amigo deseaba». III, 3i. — «El campo y esta- 
cadaf. El espacio cercado donde se había de pelear se 11a- 

^ nmba liza. VI, 137. 

^^a^fis (En el val de las). — Modo festivo de designar el sitio 
donde amo y mozo fueron derribados y molidos por las es- 
tacas de los yangüeses. Alúdese en ello al romance viejo 
que empegaba: 

Por el val de las estacas* 
11,43. 

E^skicas (Las bendiciones de las). — Modo festivo de recordar 
los palos recibidos de mano de los desalmados }^angüese8 en 
el val de las estacas. «Bendecir» con jellas es expresión se- 
mejante á la de «santiguar con un palo», ó «persignar con 
un alfanje», que se dice en el cap. 28 de la segunda parte 
(V, 84).— II, 240. 

Estados. — «Á poco más de tres estados». Estado es la altura 
rtgular de un hombre, y según Covarrubias, las profundi- 
dades se median por estados. VI, 118. 

Estambre (La) de la vida. — ^Está dicho con propiedad, hablán- 
dose de las Parcas. Por lo demásj la palabra estambre se 
usa comunmente como masculina. V,. 274. 

¿Estamos aquí, ó en Francia? etc. — Frase con que se reprende 
á una persona alguna acción ó dicho impoituno ó indeco- 
Toso. (Academia.) IV, 186 (t). 

12 



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m^^ 



f: 



178 

Estampilla (La). — tQue otro firme por mít. E^e pasaje r©-: 
cuerda la invención de la estampilla. El primero que la usó 
para la firma filé D. Juan U, rey de Portugal, según Ro- 
drigo Méndez de Silva. V, 363. 

Estanterol. — «Estaba Sancho sentado sobre el estanteroh . Ma- 
dero á modo de columna queden las galeras está al príncí- 
{üo de la crujía, sobre el cual afirma el tendal. (Academia.) 
VI, 299 (t). 

Estar á di&nte. — «El pobre escudero se podrá estar á diente en 
esto de las mercedes •• Expresión familiar: «estar sin co- 
ma*, no haber comido», y metafóricamente se aplica á los 
que carecen ó están privados de alguna cosa que desean. 
II, 187. 

Estar d razón, ó á razones. — €Estefnos d razón, Sancho, re- 
plicó Don Quijote». — Frase: raciocinar, discurrir 6 plati- 
car sobre algún punto. (Academia.) IV, 271 (t). 

Estar de posta. — Vale lo mismo que «estar de guardia ó cen- 
tinela», en el lenguaje de nuestros autores de los siglos xvi 
y xvii: á veces se llama posta al mismo centinela. III^ 137. 

Estar dos dedos de hacer ó decir alguna cosa. — Frase con que 
. se da á entender que alguna persona está casi resuelta á 
hacer 6 decir algo. (Academia.) I, 267. 

Estarse en sus trece. — Mantenerse ó persistir con pertinacia en 
una cosa que se ha aprendido ó empezado á ejecutar. El 
origen de esta expresión proverbial, igualmente que el de 
muchas de su clase que hay en nuestro idioma, se esconde 
en las tinieblas de la antigüedad, como el de echarlo todo d 
doce (II, 324); d trece (VI, 389), y de otras infinitas á que 
ciertamente darían ocasión sucesos ó incidentes notables y 
muy conocidos allá en sus tiempos. Otro tanto puede de- 
cirse de los refi-anes. Los catorce en que estaba el de la 
Blanca Luna, correspondían á los trece en que estaba Doa 
Quijote. VI, 324; V, 286 (t). 

Éste es gallo. IV, 61; VI, 420 (textos)* — Véase Orbaneja. 



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179 

Estera de enM* — ^Las esteras de hibierno son generalmente de 
esparto; pero también suelen hacerse de enea, que es «ma 
especie de espadaña de que se febrícan los asientos de las 
sillas comunes. II, 28. 

Estiércol. — «La conversación de vuesa merced ha sido el «- 
iiérool que sobre la estéril tierra de mi seco ingenio ha caí- 
dot. Malignidad burlesca del autor, que toma nueva tuer- 
za por ponerse en boca de Sancho, que hablaba candoro* 
sámente y de buena fe, y en este discurso se enredó en la 
metáfora del • ingenio secot y de la «tierra estercoladas, 
en que, como luego se dice, se despeñó del monte de su 
simplicidad al profundo de su ignorancia. Convenía al 
propósito de Cervantes que Sancho, metiéndose á elocuen- 
te y haciendo de orador, incurriese en defectos propios de 
su rusticidad, tomando sus comparaciones del campo y del 
estiércol, al mismo tiempo que afectaba estilo remontado 
y sublime. Usó también de la palabra ctdtivación por culti- 
vo, y del verbo deslizar, que es recíproco, como si fuera de 
estado. En lugar de estercolándolas y cultivándolas, cuyas 
personas ó sujetos no se encuentran, hubiera debido poner- 
se estercolándose y cultivándose. Finalmente, hubiera estado 
mejor seguida la metáfora y más correcto el lengue^e, di- 
ciendo: (Véase la Nota.) — Pero así no hubiera convenido 
tanto para el objeto que Cervantes se proponía. IV, 206, 
20^ — «El cual del estiércol sabe levantar los pobres» . (Car- 
ta de Don Quijote á Sancho.) Alude al pasaje de los Sal- 
mos: Suscitans á térra inopem, et de stercore erigenspauperem. 
(Psal. ii3, 7.)— VI, 53. 

Estimación, por «situación » . — « Dejando á su dueño en estima-- 
dónde que todos le tengan por simple •. III, 20, 61. — Véa- 
se Condición, 

Estómago (Quedar algo en el).—^*Y otras cosillas que me que- 
dan en el estómago, que saldrán á su tiempo para utilidad de 
Sancho y i^rovecho de la ínsula que gobernase» . Frase me- 



I 



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i8o 
tafórica y familiar que equivale á no decir uno todo, lo 
que sabe 6 siente sobre alguna materia. (Academia.) V, 
169 (t). 

Estrado. — En tiempo de Cervantes las señoras no se senta- 
ban en sillas, sino en cojines tendidos en el suelo, que por 
esta razón se llamaban mestrado», del latino stratum, y este 
mismo nombre se daba á la pieza de recibo que estaba 
guarnecida de almohadones. III, 32; IV, 164. 

Estrellado establo (De aquel), — Se indica con estas palabras el 
camaranchón que en otros tiempos había servido de pajar, 
y por lo rústico y desaliñado tenía aire de establo, como de 
cielo estrellado, por las rendijas del techo, por las cuales pe- 
netraba la luz del día y acaso podían verse las estrellas de 
la noche. II, 27. 

Estrellas. — «Por donde su estrella le llama». Estrella es «in- 
clinación, suerte, destino». Diósele esta significación en los 
tiempos que se creía comunmente que el aspecto y posición 
que tenían las estrellas al tiempo de nacer las personas, in- 
fluían en sus prendas morales y aun físicas. IV, 287. 

Estribor, babor. — La banda ó costado de estribor, que es la de 
mano derecha mirando al buque desde popa á proa; la ban- 
da ó costado de babor, que es la de mano izquierda: en in- 
glés, starboard y larboard. VI, 298. 

Estribos. — Con efecto, los antiguos no conocieron el uso de 
los estribos para montar á caballo, como se ve por l^fi es- 
tatúas, relieves y aun monedas que nos quedan. Esta in- 
vención, de tanta seguridad y conveniencia para los jinetes, 
se debe á la Edad Media. V, 325. 

Estricote (Al). — «Tráele el amor al estricote*. Al esiricote, lo 
mismo que «al retortero, á mal traer, con violencia». Traer 
d uno al estricote: ballotter queUjun, Vamuserpar de vainas pro- 
tnesses. (Taboada.) II, 337; IV, i38 (t). 

Estripaterrofies. — Véase Destripaterrones, 

Eugenio (El cuento del pastor) y de Leandra y sus amantes^ — 



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i8i 

'[ No tuvo, al pafecer, otro objeto que preparar la escena de 
los mojicones de Don Quijote, y su batalla con los discipli- 
nantes. III, 493, 496, 509, 5i3. 

Exceder' de. — «Aunque excediese de todos los aforismos de Hi- 
pócrates». Se dice exceder los 6 excederse de. VI, 3. — Véase 
Prometer de, etc. 

Excusados (No). — «Los muchachos, que son linces no excu- 
sadosi^, esto es, «necesarios, inevitables». VI, 436. 

Eximeno (D. Antonio). — Su Apología de Cervantes, en que 
refuta el plan de Ríos, y haciéndose cargo de los anacro- 
nismos de nuestro autor, no sólo los excusa, sino que 
los alaba. III, 525, 53i; V, iii; VI, 251, 345.— [II, 
148, n.] 

Extremarse. — «Por extremarme en mi querella». Es lo mismo 
que «llegar al extremo, al cabo, al último punto»: verbo de 
poco uso, pero bien formado y expresivo. I, 295. 

Ez. — Terminación patronímica. La costumbre de usar de los 
apellidos patronímicos venía ya desde los romanos y grie- 
gos, y conforme á ella, Fernández significaba Fernandi 
filius; Sánchez, Sanctii filius; Yáñez, Joannis filius; Martínez, 
Martini filius; Márquez, Marci filius; Jiménez, Simonis filius: 
este último era el apellido de Judas, de lo que no puede du- 
darse según el Evangelio. II, 429; VI, 17. — [I, 12, n.] 

Ezno. — Diminutivo y terminación que pudiera llamarse pa- 
tronímica, porque significa el hijo pequeño del primitivo, y 
que denota ordinariamente animales; como lobezno, cacho- 
rro de lobo; gamezno, de gamo; perrezno, cachorro de pe- 
rro; pavezno, pollo de pavo; judezno, hijo de judío, ó judi- 
huelo, como lo llamó Gonzalo de Berceo; rnfczno, el rufian- 
cillo; viborezno, el hijp de víbora, y con alguna semejanza 
se dice asimismo chozno, el hijo del biznieto. Algunas veces 
se extiende también esta terminación á diminutivos que no 
lo son de nombres de animales; verbigracia: torrezno, tro- 
20 pequeño de tocino frito; rezno, la florecilla del olivo cuan- 



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l82 

do se imiestra. Es lástima que el uso \zyz olvidando el de 
algunos diminutivos de esta clase. III^ ii8; V, Sg.— Véa- 
se Terminaciones, etc. 

Fabüa el nombrado, que yendo á caza de montería le comió un 
oso. — No fué la única persona real de España á quien cos- 
tó la vida la afición á la caza. V, aoo. 

Fabios. — Los 3o6 Fabios, que componían la ilustre familia 
de este nombre^ y que, menos uno, que por su poca edad 
se había quedado en Roma, perecieron todos peleando con- 
tra los veyentes á orillas del río Cremera. Los antiguos ro- 
manos observaban como día infausto el i8 de julio, que 
fué el de su muerte. IV, 172. 

Fábulas que llaman milesias. — Propias únicamente para des- 
perdiciar el tiempo ó entretener la infancia, como lo son los 
cuentos tártaros y, según el juicio y censura del canónigo, 
los libros caballerescos. Á las fábulas milesias opone el ca- 
nónigo las que llama apólogas. Á este género pertenecen 
las fábulas de Esopo entre los griegos, de Fedro y Aviano 
entre los latinos, de Lafontaine y Samaniego entre los mo> 
demos. III, 373. 

Fabulosas (Historias). — Lahistoria fabulosa puede mirarse co- 
mo una rica y abundante mina, que beneficiaron los auto- 
res caballerescos. III, 449-452. 

Facienda. — Véase Hacienda. 

Fados (Las siete). — Fadas, ó fées^ como dicen los franceses^ 
vienen á ser lo mismo que hechiceras ó magas, y se les dio 
este nombre, ó á /ando, de donde deriva la voz Covarru- 
bias, porque anunciaban lo futuro, ó más bien de fatum, 
hado, lo que ha de ser fija é irrevocablemente; de donde 
bienhadado y fnalhadado. III, 473. 

Faetón. — tDel atrevido mozo». Alude á la caída de Faeión, 
hijo del Sol, cuando durante un día quiso regir el carro de 
su padre. V, 328. 



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•i83 

.Fajardo (Francisco de Lttque). — Véase Lm^wí Fajardo (Fran- 
cisco de). 

Falces (Mosén Luis de). — Sus empresa contra D. Gonzalo 
de Guzmán. III, 464. 

Faldas (De), que wo quiero decir de mangas.-^^sXo es, ide un 
modo ú otro». Mangas suele sígniñcar lo mismo que «re- 
galos^ adehalas, emolumentos», y por esto se dijo aquel 
refrán: • buenas. son mangas después de pascuas »• Por opo- 
sición ¿ estos provechos eventuales denotados por m^n- 
V. gas, faldas significa «el estipendio señalado, los derechos 
corrientes y fijos». Uno y otro juntos forman la dotación 
del oficio de letrado, asi como las mangas y faldas perte- 
necen á un mismo vestido. Covarrubias en su Tesoro indi- 

, ca que esta significación de mangas pudo venir de manga, 
cierta red de pescar, porque los regalos hechos á jueces y 
personas de autoridad son como redes para captar su fa- 
vor y benevolencia. Con alusión á esta significación poco 
noble de mangas, dice Don Quijote; «ífo faldas, que no quie- 
ro decir de mangas*. III, 134. — «Si me dura el oficio, yo 
triscaré que enviar de haldas ó de mangas*. (Carta de San- 
cho á Don Quijote.) — VI, 61. 

Faldellín. — Traje de la cintura abajo y abierto por delante, á 

. diferencia de las basquinas y sayas, que eran cerradas y 
tenían que entrar por la cabeza. IV, 447. 

Fama (Los nueve de la).— Fueron tres judíos, Josué, Da- 
vid y Judas Macabeo; tres gentiles, Alejandro, Héctor y 
Julio César, y tres cristianos, el rey Artús, Carlomagno 
y Godofredo de Bullón. Difícilmente pudiera ocurrir que 
Josué y David fueron caballeros andantes. I, 95; II, 
114. 

Familiar. — Según las preocupaciones vulgares, muyjcomunes 
en estos tiempos, era nombre que se daba al demonio que 
bajo ciertos pactos se ponía á servir á alguna persona. El 
Diablo cojuelo, y varios otros. IV, 'gS. 



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i84 

Fanales (Los ires). — Eran insignia del buque comandaiite ge- 
neral de la armada. III, 159. * 

Fantasía. — Palabra de origen griego, admitida desde muy an- 
tiguo entre nosotros. II, 414. — Usada en el sentido de «va- 
nidad» y «entonamiento». VI, 33 (t), 42. 

Fantasiosa. — Lo mismo que «envanecida». VI, 42. 

Faquín. — «El italiano llama á los ganapanes /acc/wMoy, cuasi 
fascinas, del nombre Jaseis^ que vale «fardo 6 carga». (Co- 
varrubias.) II, 468. 

Farándula. — La profesión de los farsantes. IV, 195.— Véase 
Carátula. 

Faraones (Los) y Tolomeos. — Faraón significaba lo mismo que 
rey, y es nombre que la Sagrada Escritura da en común á 
los antiquísimos reyes de Egipto, como si se dijera: el Rey 
por excelencia. Tolomeo, uno de los generales de Alejan- 
dro Magno, después de la muerte de éste, se apoderó de 
Egipto, donde jeinaron sus descendientes hasta Cleopatra. 
Casi todos tuvieron el nombre de Tolomeo, aunque con dis- 
tintos sobrenombres: Tolomeo Filadelfo, el fundador de la 
famosa biblioteca de Alejandría; Tolomeo Epifanes, Tolo- 
meo Auleies 6 Flautero y otros. Últimamente los romanos 
se apoderaron de Egipto y lo redujeron áprovincia. IV, iii. 

Faria y Souza (Manuel de). — Sobre el Palmervn de Inglaterra. 
1, 126. — Sobre la Diana, de Montemayor. I, 138. — Las 
novelas de su paisano Troncóse. (Véase Troncoso, etc.) 
IV, X (Prólogo). — Sobre Cervantes dice: «ya en virtud de 
la feliz invención de Miguel de Cervantes, no son tan leídos 
los libros de caballerías». VI, 468. 

Farseto. — Jubón ó justillo, ropa interior que se llevaba debajo 
de las armas. Farseto es palabra italiana, nacida primitiva- 
' mente jdel latín Jarcio, porque el farseto solía ser colchado. 
Ariosto dice: «£ lasciato in farsetto assai vilmente • (Orlando 
furioso, C. 17, est. i3i); «ed in farsetto mció* (Orlando 
furioso, C. 26, est. 80). II, 169. 



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i85 

Fauno (El endemoniado) que se describe en el Espejo de prín- 
cipes y caballeros, tenía en la boca el horno que tenían en 
los qjoslos gigantes de Don Quijote. IV, io3. —Véase Hor^ 
no de vidrio. 

Faunos y Silvanos. — Divinidades rústicas, de inferior orden 
entre otras de la gentilidad, que presidian, aquéllos á los 
campos y heredades, y éstos á las selvas. II, 339 . 

Fcbo: los asaetee. — Como asaeteó á los siete hijos de Niobe, 
mujer de Anfión, rey de Tebas, de quien se dijo que hacía 
nK>verse las piedras al son de su lira, en venganza de que 
Niobe había disuadido á las mujeres tebanas de sacrificar 
á Latona, madre de Apolo. — Las saetas eran armas pro- 
. pias de Apolo, á quien solía pintarse cqu aljaba y arco. 
Peor aún que los hijos de Niobe lo pasó Marsias, el cual, 
habiendo tenido la temeridad de desafiará Apolo á tocar la 
flauta, filé vencido y desollado vivo por éste. IV, 342. 

Fechas en el Quijote. — Observaciones sobre éstas y sobre los 
anacronismos. V, 248, 442. 

Fechurías. — «Que siempre oigamos buenas nuevas de rues- 
iT2i% fechurías^ . — Aquí es equivalente de «hazañas»; pero 
no sucede así en el uso común, que siempre toma esta pa- 
labra en mala parte por «acciones viciosas». VI, i55. 

Feijoo (Fray Benito Jerónimo), á cuya ilustrada religiosidad 
se debió el desengaño de muchos errores comunes, y gran 
parte de los adelantos de la civilización española en el si- 
glo último. V, 35, 433. — [III, 270-274, etc.] 

Felicia (La sabia) y el agua encantada. — La censura que hace 
Cervantes de la Diana, de Montemayor, es justa, pero más 
severa de lo que corresponde ^ la indulgencia ordinaria de 
Cervantes. I, 140, 142. 

Felipe II. — ^Las relaciones de Cervantes con éh II, 290. — . 
D. Juan de Austria, su hermano natiu*al. III, i52, i53. 

Felipe III. — «Vivimos en siglodonde nuestros reyes premian 
altamente las virtuosas y buenas letras». Como verbigracia 



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i86 
las de Cervantes. — Al considerar la situación de Cervan- 
tes al escribir estas palabras, sus méritos, sus servicios, su 
ingenio desatendidos; inútiles y vanos sus esfuerzos y dili- 
gencias para salir del estado de escasez y pobreza; su ve- 
jez reducida á vivir de la caridad y compasión s^^na, no 
puede menos de ocurrir que la expresión del texto es iró» 
nica y que contiene algún oculto desahogo de su resenti- 
miento. El objeto no pudo ser el rey D. Felipe III: aun 
prescindiendo del elogio con que habló de &, y del respeto 
. que manifestó siempre á los reyes, no podía ignorar su in- 
clinación á favorecer la virtud y las letras. — Visitó el rey 
los colegios mayores, y en el de San Bartolomé se quitó la 
gorra para ver las obras originales del Tostado, se mantu- 
vo sin ella mientras las estuvo mirando, y la misma de- 
mostración hizo con su retrato. Felipe lU hubiera sido un 
gran principe, si para serlo bastara la recta intención y si 
fuera capaz de gobernar sin valido. Fuélo el duque de Ler- 
ma, D. Francisco de Sandoval y Rojas, á quien debe de 
atribuirse lo malo y bueno de aquel reinado^ y por consi- 
guiente la injusticia con que se trataba á Cervantes. IV, 
281. — ^La expulsión de los moriscos en 1609. VI, 102^06» 

Fementido lecho. — «El duro, estrecho, apocado y /cm^nííáo fe- 
cho de Don Quijote». No puede darse panegírico más com- 
pleto y redondo del lecho. Si por el regalo, duro; si por lo 
holgado, estrecho; si por la extensión, apocado; si por la 
solidez y ñrmeza, £also y fementido. Este último epíteto es 
feliz y festivísimo: Moratin lo aplicó á una mesa de posada 
en El sí de las niñas: «allí he mandado disponer ima un- 
gosísi y fementida mcssLt . (Acto 2.^, esc. ix.) II, 27; IV, 
425. 

Fenestra. — Ventana. Palabra latina, anticuada por su des- 
uso actual; pero frecuente en nuestros primeros escritores, 
como se ve por los poemas del Cid, de Alejandro, etc. El 
autor del Diálogo de las lenguas la prefería á « ventana >• 



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187 
«Pararse á las femsirast : frase también anticuada: «poner^ 
se á las ventanas». II, 167; V, 99. 

Fénix (El ave). — «No es posible que yo arrostre, ni por pien^ 
so, el casarme, aunque fuese con el ave Fénix*. ¡Buena no- 
via para Don Quijote! Todo el mundo sabe las fábulas que 
se han contado y aun creído del Fénix en otros tiempos. 
Por la circunstancia de ser ave única, sin haber otra de su 
especie, se aplicó su nombre al elogio de lo que es singular 
y único en lo bueno. Villegas y Quevedo usaron á Fénix 
como del género femenino. Otros lo emplearon como mas- 
culino, y á esto se ha inclinado nuestra práctica actual. 
n, 466. 

Feo Blas. — Véase Fierabrás. 

Ftos pies de la rueda de tu locura. — «Que si esto haces, vendrá 
á ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de 
haber guardado puercos en tu tierra». Alude á la rueda que 
hace el pavo real con su cola. V, 349. 

Feriar. — En el texto es «comprar en la feria»; en el uso pre- 
sente es «regalar en tiempo y con ocasión de la feria». II, 
261. 

Fernán González (Un conde). — Héroe del siglo x, fundador de 
la independencia de Castilla, de quien á ñnes (según puede 
conjeturarse) del siglo xil se escribió un poema castellano 
que todavía permanece inédito, y es uno de los monumen- 
tos primitivos de nuestro idioma. Su historia está mecida- 
da con fábulas, como lo están generalmente los de la fun- 
dación y principios de los estados. III, 443; I, gS. — [I, 66 
y n., 83-85, etc.] 

Ferragús (El gigante). ^Gig^nte. espantoso. II, 33o; III, 433. 

Ferrara (Duques de). — Descendientes, según Ariosto,de Ruge- 
ro y Bradamante. IV, 19. 

Fiammeta. — La Fiamntetq. del Bocado. Era ésta María, hija 
natural de Roberto, rey de Ñapóles, según Guinguené. VI, 
.445U — Véase Bocado. 



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Fiel, leal y legal, — Leal y legal: aunque ambas palabras son 
originariamente las mismas, tienen en el uso significación 
diferente: leal equivale á «fiel»; legal, á «legitimo»; leal 
se dice por lo común de las personas; legal, de sus oficios, y 
en general, de las cosas. II, 114. — « Escudero ^^/j' legah: 
así también llamó Don Quijote á Sancho en la aventura, de 
los batanes (II, 114); pero la significación es diversa. Aquí 
equivale á «escudero autorizado en toda forma»; allí no era 
del caso esta significación, sino la ordinaria, para expresar 
la fidelidad y lealtad de los criados para con sus amos. 
IV, 228. 

Fierabrás, — Valiente y generoso gigante. El nombre de Fier- 
á'bras, esto es, de los feros brazos, indica el origen francés 
de su historia. III, 448. — nDelfeo Blas*: puede sospechar- 
se con alguna verosimilitud que el original diría •feo Brds*. 
La gente rústica decía entonces y aun dice ahora Brds, por 
Blas, y así quedaba también más fácil y corriente la co- 
rrupción de la palabra Fierabrás en boca de Sancho. IT, 6. 
— «Del bálsamo de Fierabrás t^. La historia de este bálsa- 
mo se lee en la vulgar del emperador Carlomagno, publi- 
cada en castellano por Nicolás de Piamonte. I, 2i3. — Véase 
Bálsamo de Fierabrás, 

Fiesta de San Jorge. — Las justas. IV, 77, 232. — La fies- 
ta, el día de San Juan. VI, 259-263. — Véase Bins (Fies- 
tas de). 

Fiestas de toros, — Véase Toros (Las fiestas de). 

Figturoa (Cristóbal Suárez de). — Contemporáneo y no muy 
amigo de Cervantes. — Su Pasajero. 1, 2o5; II, 160; III, 
4o3; V, 144. — Su Plaza universal de ciencias y artes. III, 
533. — Su traducción del Pastor Fido. VI, 290-291. — So- 
bre los escritores que, sin ser únicos en su propia lengua, 
profesan otras exquisitas. IV, 286. — Sobre traducciones. 
VI, 289. — Véase el Ifulice de Ticknor. , 

Figueroa (Framisco de). — Uno de los tres poetas á los cuales 



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asignó su edad el renombre de divinos, IV, 83. — Véase el 
índice de Ticknor. . 

Figura. — • Actor, representante, papel». (Salva.)— «La más 
directa y^wra dé la comedia es la del bobo». IV, 64. 

Figuro, por figura, — •'El figuro sea el de los Leones»: quizá 
una patochada de Sancho, que juega á su manera con las 
voces de figura y figuro, V, I23. 

Filo (Por). — Justa, cabalmente, en punto. — tMedia noche 
tTdi por filo*. IV, i52. — «Están en un fil las razones de 
condenarle 6 absolverle». VI, 5o.— La mitad de la noche 
y la proporción del peso que está en igual balanza, se lla- 
man Jí/o. IV, i52. — Véase Media noche era por filo. 

Fingidos (Dos capítulos) del Quijote; los cuales algunos lité- 
ratos españoles examinaron en París, y calificaron de fin- 
gidos por algún alemán. Esto fué en el año de 1824. El 
primero trata «de lo que sucedió á Don Quijote en un bai- 
le de máscaras dado en el palacio del gobernador de Bar- 
celona», y el segundo del «desenlace de la aventura ocu- 
rrida en las máscaras». Creyeron dichos señores que no 
merecían ser enviados á España, en virtud de lo cual no 
se enviaron con efecto. VI, 296. — [II, 143, n.] 

Fingidos pobres y verdaderos tunantes. — «Su calonjía en la li- 
mosna que piden». Por tales vicios y abusos en tiempo de 
Cervantes, y por el lucro que producían, dice en este lugar 
que eran una canonjía para los viciosos que así abusaban de 
la caridad de los prójimos. V, 247. — «La manquedad fin- 
gida». VI, 64. — Véase Brazos ladrones y la salid borracha. 

Finta (Hacer). — Italianismo: hacer ademán. «Hizo finia de 
querer segarme la gola». V, 291. — Véase Infinta. 

Firmados, pues, en este parecer. — Acepción rara del verbo fir- 
mar, que apenas tiene otra en el uso común que la de «subs- 
cribir». Ax\}xi, firmados es lo mismo que afirmes, afianza- 
dos, resueltos»* VI, 317. 

Flamante, — «Un ñolón flamantes. Es lo mismo que «brillan- 



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te, nuevo, acabado de hacer: que brilla y deshirabrá cóitio 
llamai. IV, 4. — Véase Licurgo y Solón. 

Flámulas y gallardetes que tremolaban al wVnío.— iCovarru- 
bias dice que son cierta especie de banderolas estrechas, 
que figuran llamas, y partidas, semejando colas de gallo »^. 
(Arrieta.) VI, 264 (t). 

Florambel de Lucea. — Nació de una aventura semejante á 
aquella de la asturiana con el arriero en la venta. II, 33. 
' — Véase Floriseo y la infanta Beladina. 

Flores de cantueso. — «Y aun todo esto {utrsi flores de cantuesos, 
etc.; como si dijéramos: cosas de poca entidad, frioleras. 
— Viene á ser lo mismo que «tortas y pan pintado» (Véa- 
se), expresión proverbial de que hemos hablado en otra 
ocasión. IV, 87; II, 52i. 

Flores (En). — «Y los demás días se los pasaba enflores: esto' 
es, cosas fútiles, de poca sustancia y provecho, por oposi- 
ción & frutos. I, 225. — ^Véase Pasarlo enflores. 

Floresta. — Según Covarrubias, se dijo del francés foret bfo- 
rest, que significa lo mismo. En castellano equivale á «bos- 
que ó monte hueco t, esto es, de árboles crecidos. IV, 161. 
— «Se dice de cualquier sitio campestre que es ameno y 
agradable á la vista. Por traslación se dice de la reunión 
de cosas agradables y de buen gusto, como de una colec- 
ción de poesías, anécdotas divertidas, etc.» (Salva.) 

Floresta de B'óhl de Faber. — La apreciable colección, que con 
títulos de Floresta ha publicado en Hamburgo estos últi- 
mos años D. Juan B5hl de Faber. II, 416; III, 3 19; V, 
278, 279; VI, 38, 116, 207, 277. — [I, 253, n.] 

Floripes y Güy de Borgona. — La relación de los sucesos de la 
Torre de Floripes ocupa la mitad ó más de la historia vul- 
gar del emperador Carlomagfno. III, 447, 448. 

Floriseo y la infanta Beladina. — Paréceme que Cervantes en 
este pasaje (de la asturiana en busca del arriero) tuvo in- 
tención de hacer un remedo burlesco (parodia^ dirán algu- 



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no») del paso de la infanta Beladina coa Ploríseo. n, 33, 
34. — Véase Florambel de Lucea. 

Flarisfnartc 6 Felixmarte de Hircania (La historia de). 1, 114. 
I, 264; II, 510; III, 430; IV, 19 (textos). 

Follón.— Es insensato, vano, hinchado á manera de fuelle, 
de donde se derivó al parecer. Follón no es lo mismo que 
felón: esta voz significa tpérfido», y de ella se derivó /^a- 
nía,fltraición, perfídiat, palabra distinta de foUonía^ que se 
deriva de follón y se halla alguna vez en nuestros antiguos 
poetas en la acepción de «vanidad y arrogancia». II, 60. 
— Felonía significa «perfidia, traición»; follonía^ «arrogan- 
cia ó bravata». IV, io8. 

Fcnseca (Fr. Cristóbal de). — Su tratado del Amor de Dios. I, 
Liv (Prólogo). — [III, 211, n.] 

FoHseca (El caballero). I, 134. 

Formar conciencia. — Frase anticuada. Escrupulizar. (Acade- 
mia.) III, 425 (t). — Véase Conciencia (Haga). 

Foronda (D. Valentín). — Sus Observaciones sobre el Quijote. I, 
232, 3o5; III, 3i, 114; IV, 184, 242; V, 376; VI, 35, 
208, 319.— [III, 437 y n.] 

Forse altri cantera con miglior pleüro. (Orlando furioso, C. 
3o, est. 16.) — III, 539; IV, 29. — Véase Quizá otro canta- 
rá con mejor pletro. 

Fortuna de amor. I, 143. — Véase Lofraso (Antonio de).-^ 
[III, 86 y n.] 

Forzados del rey. — Eran los condenados por sus delitos á bo- 
gar en las galeras de por fuerza. II, 191. 

Frailes cartujos. — Los fundó San Bruno á fines del siglo xi, 
y el siguiente se erigió el primer monasterio que tuvieron 
en España. Por algunos siglos se citaron como los más 
austeros y mortificados entre los monjes: hoy se citarían 
los de la Trapa. I, 267. 

Frailes descalzos. — «No le harán creer otra cosdi frailes desosU- 
ZOS9. Frase que manifiesta la gran reputación de santidad 



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que gozaban los frailes descalzos en tiempo de Cervantes» 
Vuelve á usarse esta misma expresión en el cap. 48 de la 
' segunda parte (V, 469). II, 52o; IV, 150; V, 97 (t). 

FraileSy por desengafws de amor. — Son repetidos los ejempla- 
res de enamorados que, de resultas de esta clase de desen- 
gaños, han abrazado el estado religioso. I, 241, 242. 

Francisco de la Vega Casar. — Gran nadador. IV, 332. — Véan- 
se Peje Nicolás y Pesce Cola. 

Franchote 6 franchute^ como la gente ordinaria llama á los 
franceses y aun á otros extranjeros que andan por España. 
Es voz de desprecio. También se dice gabacho. (Academia.) 
VI, 99. 

Frasis y basis. — Sobre el género de voces terminando en sw. 
ni, 325.— Véase Sis. 

Fratin (El). — Fratin, lo mismo que frailecillo; nombre que 
se di6 á Jácome Palearo 6 Paleazzo. Sirvió á Carlos V y 
á Felipe II, y dirigió los reparos de las fortificaciones' de 
Gibraltar y otras plazas. Cervantes introdujo al Fratin por 
uno de los interlocutores en su comedia del Gallardo espa- 
ñol. III, 175. 

Freir (Al) de los huevos lo vera. — Expresión proverbial. Co- 
varrubias, en su Tesoro de la lengua castellana, artículo 
Güevo, pone el cuento que, según dice, le dio origen. Hur- 
tó un ladronzuelo una sartén de un mesón; al salir con ella 
escondida, topó con la huéspeda, la cual le preguntó qué 
llevaba, y respondió: Al freir de los huevos lo veréis, III, 119. 

Frenillar los remos. — Es atar sus mangos dentro del buque, 
quedando levantadas las palas por defuera; y asi se hace 
mientras no se boga. III, 242. 

Frestón (Fristón). — Un sabio encantador, y grande enemigo 
de Don Quijote. I, 160, 174, 236; II, 86; III, 36i; IV, 
241; V, 109. 

Frión se llama al hombre sin brío ni gracia en cuanto hace 6 
dice. (Arrieta.) — VI, 426 (t). 



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Frisar. — Metafórico. Acercarse. (Academia.) * Frisaba la. ^ásid 
de nuestro hidalgo con los cincuenta años». I, 4 (t). — 
Frisar y acortar. — fiFrocuraba, frisar y acortar los días del 
concierto del ir *á su casa». — Frisar, de fricare, estregar, 
rozar, disminuir rozando. Lotario procuraba mirar por la 
honra de su amigo, cercenando, escatimando, en suma, 
disminuyendo sus visitas á casa de Anselmo. lU, 5. 
Frisan (El caballo mostraba ser). — De Frisia 6 Frisa, en el 
día Friesland, provincia de los Países Bajos. Los caballos 
de aquel país son conocidos efectivamente por su fuerza 
más que por lo ligero y gallardo de su estampa, que es pe- 
sada y sin gracia. VI, iSg. 
Frontero. — «i Frontero del retablo». Aunque tiene forma de 
adjetivo, no lo es aquí, sino adverbio, y equivale á tenfren- 
te». V, 42. — «En la pared frontera de su silla», V, 407 (t). 
— «En esta casa de juego que está aquí fronteros»; quizá, 
errata, por frontera. VI, 8. 
Frontino (El nombrado), que tan caro le costó d Bradamante. — 
Era de Sacripante, de color bayo, con cordón blanco, por 
donde al principio se llamó Frontalatte. (Véase Orlando Fu- 
rioso, C. 45, est. 92, gS.) — II, 299, 3oo; III, 824; V, 
304. 
Fruncida. — «¿Por ventura, hay dueña en el orbe que deje de 
ser impertinente, fruncida y melindrosa?» — Quien afecta 
compostura, modestia y encogimiento. (Academia.) V, 
459 (t). 
Frutas de sartén. — Masa frita, de varios nombres y figuras» 

(Academia.) IV, SjS (t). 
Eticares (Los). — «Quisiera ser un Fúcart: como si ahora di- 
jéramos un Roschild. — Los Fúcares eran un^ familia ilus- 
tre desde mediados del siglo xv, originaria de Suiza y es- 
tablecida en Ausburgo, donde poseían grandes riquezas que 
les proporcionaron grandes estados, la dignidad de condes 
y entronques con otras familias opulentas y generosas. Los 

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Fúcares fueron en Alemania como los Médicis en Italia, 
ricos, ilustres, amantes y -protectores de las letras. — El 
crédito de riqueza que tenía esta familia en España llegó á 
ser proverbial, y se decia tes un Fúcar» para significar 
que uno era persona rica y adinerada. IV, 447-449. 

Fuego griego, que empleó por la primera vez Constantino 
Pogonato contra los árabes en 673. VI, 87. 

Fuentes. — Las de Leganitos y Lavapiés, del Caño Dorado, 
del Piojo, de la Priora, del Caño de Vencinguerra, etc. 
IV, 409. 

Fuentes (Dos) que tiene (la Duquesa) en las dos piernas. V, 
469. — Véase Sedales. 

Fuerarropa (Hacer). — tDió señal con el pito que la chusma 
hiciese fuerarropa, que se hizo en un instante». •Hacer fuera 
ropa era desnudarse los remeros cuando tenían que remar 
con brío y presteza». (Arrieta.) VI, 299 (t). 

Fuerza. — Con la significación de fortaleza, castillo, y en ge- 
neral, todo lugar fortificado. III, i65. 

Fuesa. — Anticuado. Sepultura. VI, 466 (t). 

Fugite, partes adversae. -—•Es una fórmula de exorcismo de 
que usa la Iglesia y que después ha pasado al uso vulgar, 
para manifestar que se aborrece á una persona ó cosa ó que 
se la quiere ahuyentar ó apartar de sí». (Arrieta.) VI, 
274 (t). 

Fulano, mengano, zutano. — Especie de pronombres persona- 
les, que podemos llamar «indefinidos» porque denotan per- 
sonas inciertas é indefinidas, al revés de lo que sucede con 
yo, tú, él, de los cuales el primero indica determinadamen- 
te la persona que habla; el segundo, la persona con quien 
se habla, y el tercero, la persona de que se habla. II, 314. 

Fulleros, — Acerca del juego de los naipes, y de las palabras 
que califican las diversas especies de tahúres, etc. VI, 11. 

Gabacho. — Véase Franchote ó franchute. 

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Gabán. — Latiné, pentda. Capote cerrado con mangas y capi- 
lla, del cual usa la gente que anda en el campo y los ca- 
minantes; y algunos en la ciudad se sirven dellos por ropa 
de por casa. (Covamibias, en su Tesoro.) IV, 273. 

Oafo, — Es lo mismo que t leproso»: y la lepra, enfermedad 
que ha desaparecido en nuestros tiempos, era tan asque- 
rosa, que hacía mirar con horror á los que la padecían, y 
los hospitales en que se curaba estaban fuera de poblado. 
V, 102. 

Gaiferos. — Rey 6 señor de Burdeos, uno de los que el arzo- 
bispo Turpín cuenta entre los principales caudillos de Car- 
lomagno. — El nombre de Gaiferos es el mismo que el Gan- 
fredo latino y el Godofre 6 j^ofre castellano. V, 44-47, 53, 
55, loi, i63; VI, 124, 3i8 (t). — Véase Melisendra. 

Gaitas zamoranas. — Gaita, instrumento rústico y pastoril: las 
hay de varias hechuras, según la diversidad de provincias. 
En tiempo de Cervantes tenían mucho nombre las zamo- 
ranas, como dice Covamibias en su Tesoro. IV, 378; VI, 
359. 

Gajes de batalla, ó prendas de ella. V, 71-73. 

Gala f ron. — Padre de Angélica la Bella; mandaba el castillo 
fortisimo de Albraca, en las partes remotas del Asia en el 
imperio del Catay (China). (Véase Orlando Innamorato, li- 
bro I, c. 10.) — I, 222. 

Galalón (El traidor). — El conde Galalón de Maganza, por 
cuya traición se refiere que murieron en Roncesvalles los 
doce Pares de Francia. Se hace larga memoria de él en 
muchos libros de caballerías, y señaladamente en las his- 
torias de Carlomagno y Morgante. I, 14, 118. 

Galaor. — Hermano de Amadís de Gaula y marido de la lin- 
da Bríolanja; fué modelo del amor constante. I, 264, 279; 
IV, 42. 

Calatea (La). — ^Novela pastoril en verso y prosa, primera 
producción del ingenio de Cervantes. I, 149, i5o, i52; IV^ 



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XIV (Prólogo). Escrita durante el tiempo de sus obsequios 
á Doña Catalina Palacios, con quien casó después y á 
quien se designa, al parecer, con el nombre de Calatea, co- 
mo á Cervantes con el de Elido. I, 149; III, 157; VI, 356. 
—[II, 98-100; III, 88, etc.] 

Galgo. — «Fué por culpa del galgo de su autor». Es tratar á 
Cide Hamete de perro, según la costumbre de que se hizo 
mención (I, 2o3). I, 203, 206; IV, 61. 

Galgo corredor. — Los llanos de la Mancha proporcionan á sus 
naturales la diversión de correr liebres, género de caza á 
que son muy inclinados y en que el rocín y el galgo son 
requisitos esenciales. Dicen que los latinos llamaron á los 
galgos «perros gálicos ó de las Gallas», y de aquí les vino, 
al parecer, el nombre de galgos. 1, 2. 

Galiana (Palacios de). — Véase Palacios de Galiana. 

Galicismos. — Las lenguas castellana y francesa, como nacidas 
ambas de la latina, debieron tener más puntos de contacto 
y semejanza entre sí en los principios. I, 238; IV, 56-58, 
154. — Véase Reprochar, reproche. 

Galillo, por galillo. — Véase Gola, etc. 

Galocha ó becoquín, que viene á ser una misma cosa. Especie 
de gorro para cubrir la cabeza. (Academia.) V, 453, 459. 

Gallardear. — «Don Quijote se gallardeó en la silla». Palabra 
felicísimamente inventada. Ostentar la bizarría y el desem- 
barazo en hacer algunas cosas. (Academia.) «Empezó (Don 
Quijote) á hacer ademanes de ligereza y agilidad sobre la 
silla, como si fuese un airoso y ligero jinete». (An*ieta.) V, 
119, 357. 

Gallarín (Me han salido al). — El Diccionario dice que galla- 
rín es palabra anticuada que significa «pérdida ó ganancia 
exorbitante», y salir al gallarín, frase familiar, «suceder á 
uno alguna cosa mal ó vergonzosamente». VI, 343. 

Gallipavos. — Aves domésticas venidas de América, comida de 
las más regaladas. Su nombre se compone de los dos de 



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pavo y gallina, sin duda por lo que participan, 6 en su figu- 
ra 6 en su sabor, de ambas clases. Ahora se les llama pa- 
vos. Los antiguos, de los cuales no fueron conocidos, daban 
este nombre á las aves, más hermosas que útiles, llama- 
das entre nosotros pavos reales. I, 228. 

Gallo (El rey es mi). — Este refrán que emplea aquí Sancho, 
significa lo mismo que «al rey me atengo», aténgome al 
poder y á la riqueza, que es la intención de Sancho. En el 
dialecto de la germanía rey significa gallo. IV, 383. — Véa- 
se Rey (El) es mi gallo. 

Ganada (No muy) por él. — tComo se vio muy perdido por 
mí, y como yo no tn:iy ganada por él (Ana Félix por Don 
Gaspar Gregorio) •; expresión que alude al f^ perdidos que 
precede, pero fría é insulsa. «A^o muy ganada^ viene á ser 
lo mismo que «igualmente* perdida». VI, 3io. 

Ganasa (Juan ó Alberto). — Un bufo célebre. IV, 65, 126. 

Gandalín. — Escudero de Amadís de Gaula. I, 166; II, i5, 
141, 182. — En premio de su fidelidad, valor y buenos ser- 
vicios, Amadís de Gaula lo armó caballero. II, 141; III, 
3o8. — Archiescudero 6 protoescudero de los escuderos. 
IV. 46. 

Gante y Luna. III, 499. — Véase Espadachines. 

Garántanlas (Pentapolín, el rey de los), pueblos de lo interior de 
África. — La enorme distancia entre este país y la India, y 
la consiguiente imposibilidad de contacto ni mutuas rela- 
ciones, ni como amigos ni como enemigos, hacen resaltar 
más y más lo disparatado y absurdo de la relación de nues- 
tro caballero. II, 66, 84. — Véase Trapobana. 

Garbanzos (Los) de Marios, — Debían ser celebrados en aquel 
tiempo por su tamaño, como en el día lo son los de Naval- 
camero y Fuente Saúco. V, 266. 

Garbear. — Voz que parece propia de la germanía ó jacaran- 
dina, y significa lo que militarmente se llama ahora «me- 
rodear», tomado del francés marauder. III, i32. 



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Garcés (D. Gregorio). — Su Fundamento del vigor de la ktigua 
castellana; ciego adorador de Cervantes. II, 280; V, 298. 
— [II, 145 y n.; III, 247, 253 y notas.] 

Garci Pérez de Vargas' Jerez, — Este caballero servía en el 
ejército del rey San Femando cuando sitiaba á Sevilla. I, 
175; III, 444. — Véase Vargas (Garci Pérez de). — [I, ii5; 
III, 188 y notas.] 

Garcilaso (Un) Toledo. — Sobre quién era: según Pellicer, 
fué Garcilaso de la Vega. III, 444. — Garcilaso, f el graa 
poeta castellano nuestro». No fué éste el único lugar en 
que Cervantes indicó de esta suerte á Garcilaso sin nom- 
brarlo, calificándolo con esto de príncipe de nuestra poe- 
sía y poeta castellano por excelencia. IV, 114, 137 (t),. 
178; VI, 176. — Véase el índice de Ticknor. 

Garttacha. — Traje talar con mangas, propio de jueces, tanto- 
que por garnacha suele entenderse «juezi, como por bonete 
f clérigo», y por capilla «fraile». Felipe II mandó el año 
de 1579 que lo llevasen los magistrados en los tribunales 
superiores. III, 256; IV, 288. 

Garrucha (Tormento de la). — Uno de los modos que invent6 
el ingenio de los hombres para atormentarse unos á otros. 
III, ^92. — Véase Torturas. 

Garzón. — Significa «mancebo hermoso» y es palabra anti- 
gua. En el presente pasaje tiene alguna significación me- 
nos honesta, y esto es conforme á lo que cuentan las his- 
torias de las costumbres berberiscas de aquel tiempo, y á 
lo que Cervantes indica después en el capítulo 63, 2.* par- 
te (VI, 3 1 i), hablando del peligro que corría en Argel el 
hermoso mancebo D. Gaspar Gregorio. Haedo dijo que I0& 
garzones son las «mujeres barbadas» de los moros. III, 
178; VI, 3ii. 

Gato rofnano. — Nombre que se da á los gatos que tienen la 
piel manchada á listas transversales de color pardo y negro. 
(Academia.) IV, 382 (t). 



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Gaudeamus. — Palabra latina, trasladada al estilo familiar, en 
que significa «regocijo y bulla». — «Si ellos paran aquí, 
gaudeamus tenemos». III, 91; V, 99. 

Gaula. — El sobrenombre de Amadis no denota la Galia, sino 
el país de Gales, Wales ó Guales en la parte occidental de 
Inglaterra. I, 222; IV, 429. 

Gayado. — •Gayado tapete ó arpillera». Cubierta de albarda, 
6 manta ordinaria, que por ser de diferentes colores se lla- 
ma gayada, Covarrubias dice; tGayado, la mezcla de dife- 
rentes colores que matizan unos con otros»; y que gayo vale 
«alegre, apacible, galán», de ionáQ ^^ áxio papagayo, por la 
variedad de colores y de visos del pecho. La raíz es el la- 
tino gaudeo. La poesía 6 el arte de trovar, como ejercicio 
alegre y apacible, se llamó también, tanto en francés como 
en castellano, «¡a gaya ciencia». IV, 405, 406. 

Gazpacho. — Una especie de soupe-maigrc. VI, 90 (t). 

Gemidicos (Y no) y lloramicos, y darle, — Lloramicos, palabra 
fácilmente formable, y semejante á gemidicos, que le pre- 
cede. V, 22. — Véase Y darle. 

Géneros de ciertos nombres. — Observaciones importantes. El 
uso ha sido sumamente vario y caprichoso en asignar el 
género de los nombres. I, 232; II, 192; III, i38, 261; IV, 
405; V, 442. 

Genil (Las provechosas aguas del divino). — No es fácil discurrir 
por qué se atribuye al río Genil la calidad de divino. II, 78. 

Gtnte advenediza, porque viene á la corte, donde no está de 
asiento, sino que, acabado el negocio á que vino, se volvía 
á su casa. V, i3. 

Gente non sania. — Palabras del salmo 42, que se reza al prin- 
cipio de la misa. II, 196. 

Gentil latino. — Gentil, vocablo que, cuando sustantivo, es de 
vituperio, y significa «pagano, idólatra»; y cuando adjetivo, 
es de elogio, y significa «gallardo, excelente». En la pri- 
mera acepción dio origen á gentilidad y gentilismo; en la se- 



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200 

gunda, á gentileza, que vale «hermosura y gallardía». Son 
arbitrariedades y caprichos deluso. II, 2o5. — *T^xí gentil- 
hombrea. Gentil, palabra derivada de la anticuada genio, 
genta, que era lo mismo que «lindo, hermoso». En lo su- 
cesivo, el uso destinó á los hombres la voz gentileza, que 
denota comunmente la hermosura de éstos y no la de las 
mujeres, como se observa sin salir del Quijote. V, 286. 

Geografía (La) del Quijote, — Cervantes no se detuvo jamás á 
pensar en ello. III, 277. 

Germanía. — Especie de idioma que define así Covarrubias: 
«es el lenguaje de la rufianesca, dicho así, ó porque no los 
entendemos, 6 por la hermandad que entre sí tienen. Es 
una especie de cifra, formada de un cierto lenguaje particu- 
lar de que usan los ciegos, con que se entienden entre sí. 
Lo mesmo tienen los gitanos, y también forman lengua los 
rufianes y los ladrones, que llaman germanía*, — Germanía, 
al parecer, significa «hermandad», y no fué extraño que la 
formasen las generaciones oprimidas que siempre ha habi- 
do en el mundo, para guardarse de sus opresores. De aquí 
pudo nacer la inclinación de los gitanos á tener un idioma 
6 cifra particular con que entenderse entre ellos. — II, 194, 
478; IV, 35i.-[III, 73, n.] 

Gigantes, gigantas. I, 12; II, 33o; III, 430-435; IV, 23-25; 
V, 3i. 

Gigantes benitos. — Los dos frailes de la orden de San Benito, 
caballeros sobre dos dromedarios; que no eran más peque- 
ñas dos muías en que venían. I, 180 (t); IV, 54. 

Gimnosofisias ó ginosofisias de Etiopía, — Plinio, que supo to- 
do lo que supieron de geografía é historia natural los anti- 
guos, colocó los gimnosofistas en la India; y lo mismo Apu- 
leyo, haciendo grandes elogios de sus prácticas y costum- 
bres. No sé por dónde pudo ocurrir ponerlos en la Etiopía. 
(There was likewise an African sed of philosophers of the same 
ñame, who are said to have lived in Ethiopia, near the sources 



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2or 

' of the Nile, whose habiis differed from those of the Indian 

■ sed, inasmuch as they lived as anchorites, whilc the latter cofi- 
gregated in societies, — Brande.) III, 366. 

Oinesillo de Parapüla. II, 206 (t); V, 67.— Don Quijote, en 
su cólera, le llamó Don Ginesillo de Paropillo. II, 218 (t); 
y, 68. — Véase Pasamonte (Gincs de). 

Giralda (La) de Sevilla. — Estatua que representa la Fe y ter- 
núna la torre de la catedral, sirviendo de veleta. Es de 
bronce. El bachiller Carrasco, alias el caballero de los Es- 
pejos, la llamó «giganta». IV, 284, 408. 

Girifalte. — «Tengo noticia que gobierna como un girifaltes. 
Rara comparación para elogiar á un gobernador, siendo 
girifalte una ave de rapiña, y nombre que se da al ladrón 
en la germariía. La Duquesa se burla en este y otros pasa- 
jes de su carta; bien que lo que suena es que Sancho se 
manejaba con destreza y agilidad, prendas que distinguen 
al girifalte, y así se ve por el cap. 62 (VI, 276), donde, ha- 
blando Sancho del baile, dice: «zapateo como un girifaltei» . 
VI, 32, Ii3. — Véase Sagitario. 

Girón (D. Pedro). — Maestre de Calatrava en el reinado del 
rey D. Enrique IV de Castilla, y tronco de la casa de los 
duques de Osuna; quizá el original de D. Fernando. III, 
108. 

Gitanos. — Larga Nota sobre la historia, vida y costumbres 
de los gitanos, y la legislación respecto de ellos. II, 473- 
478. — [II, 120, 121, n., etc.] 

Glosas. — Composición en que se amplifica el sentido de algu- 
nos versos, poniendo al fin de ella á la letra el verso que se 
glosa. (Academia.) — Género de composición que fué muy 
común en nuestra antigua poesía, y en las justas poéticas, 
á cuyos juguetes y travesuras se prestaba maravillosamen- 
te la riqueza y flexibilidad del habk castellana; pero estos 
esfuerzos del ingenio puesto en tortura son de mal gusto y 
no tienen otro mérito, cuando alguno tienen, que el de la 



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202 

dificultad vencida, á la manera de los volatines, cuando 
atados de pies y manos dan vueltas y hacen figuras defor- 
mes y desgarbadas. Los poetas clásicos antiguos y moder- 
nos no se ejercitaron en este género, y Cervantes en esta 
. ocasión quiso, según trazas, burlarse de aquellas clases de 
composiciones y de la estéril laboriosidad de los que las 
fabricaban. En la justa poética de San Isidro se dijo que 
las glosas son t propia y antiquísima composición de Espa- 
ña, no usada jamás de otra nación ninguna» . IV, 82, 328, 
335-338; V, 391.— [I, 399, 400 y n.] 

Gola. — Palabra italiana: cuello. «Segarme la, gola». De gola 
se dijo golilla. V, 291. — Véase Golillas. 

Goleta (La). — Fortaleza que cubría el puerto de Túnez. — III,. 
163-167, 174.— [II, 94 y n.] 

Golias. — «Aquel filisteazo de Golias, que tenía siete codos y 
medio de altura, que es una desmesurada grandeza». No 
dice tanto la Escritura: egrcssus est vir spurius de casiris phi- 

. listhinorum nomine Goliatíij de Geth, aUitudinis sex cubitorum 
etpalmift. (I, Regum, xvii, v. 4.) De gigantes descendien- 
tes de Goliat se hace mención en la historia del caballera 
D. Florindo de la Extraña Ventura. IV, 24. 

Golillas. — Invención del conde-duque de Olivares, el cual 
hubo de disgustarse de la sencillez y llaneza de las valo- 
nas. IV, 324; V, 291. — Véase Gola. 

Gomia. — Palabra derivada de la latina gumia, que significa 
« la persona que traga y engulle con ansia» . De aquí vino dar- 
se también este nombre á la «tarasca». (Véase Tarasca.} 
— De la ciudad de Argel se dijo en la novela de Persiles y 
Sigismunda, que era •gomia y tarasca de todas las riveras 
del mar Mediterráneo», porque era donde iban á parar, las 
presas de hombres y riquezas que sus piratas continuamen- 
te hacían en las aguas del Mediterráneo. III, 166. 

Gonela (Más tachas que el caballo de). — Esto se dijo de Roci- 
nante. Véase Cuartos (Más) que un real. — Pedro Gomlafixé 



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2Ó3 

albardán 6 bufón de un marqués ó duque de Ferrara en el 
siglo XV, cuyo caballo, por su flaquera y extenuación, di6 
motivo á chistes que se refieren en la colección de los de 
aquel juglar, impresa el año de i568 y de que hacen men- 
ción D. Juan Bowle y D. Juan Antonio Pellicer. El caba- 
llo de Gonela es un quid pro quo de la jaca de Velasquillo, 
otro truhán español posterior á Cervantes, cuya jaca que- 
dó también en proverbio. I, i6. — Véase Tantum pellis et 
ossa ftUi. 

Góngora (Bartolomé de). — Sus Antigüedades de Nueva Espa- 
ña, etc. IV, 277. 

Góngora (D. Luis ¿e^.— Satirizó á Cervantes y á Lope de Ve- 
ga. IV, 344; V, 55, 277.— [III, i8-23, etc.] 

Gongorizar. — «Imitar el estilo culto de algunas composicio- 
nes de Góngora». (Salva.) — Pindariser: affecter un style en- 
flé, des termes recherchés. (Taboada.) — Hablando Esteba- 
nillo González de unos sonetos, dice: «Era su compostu- 
ra tan realzada y culta, que más me pareció prosa griega 
que verso castellano. Leilos todos sin entender ninguno... 
porque lo que de presente andaba valido era el gongorizar 
con elegancia campanuda, de modo que pareciese mucho 
lo que no era nada, y que no lo entendiese el autor que lo 
hiciese ni los curiosos que lo leyesen». V, 281, 282. 

González (Bernardo) de Bobadilla. — Sus Ninfas de Henares. 
1, 145.— [III, 88.] 

González (Señora), ó como es su gracia de vuesa merced, — Do- 
nosísimo coloquio entre el escudero y la dueña. (Sancho y 
Doña Rodríguez.) — González era apellido común en las 
dueñas. Los escuderos y las dueñas solían ordinariamente 
ser antagonistas. V, 127, 128. — ^Véase Dueñas, 

Kjonzález (Un conde Fernán). — Héroe del siglo x, fundador de 
la independencia de Castilla, de quien á fines (según pue- 
de conjeturarse) del siglo xii se escribió un poema caste- 
llano, que todavía permanece inédito y es uno de los mo- 



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204 

numentos primitivos de nuestro idioma. Su historia está 
mezclada con fábulas^ como lo están generalmente las de la 
fundación y principios de los estados. III, 443.— [I, 66, n., 
83-85, etc.] 

Gonzalo Hernández de Córdoba (Historia del Gran Capitán). — 
Varias ediciones. — En la cual se contienen las dos con- 
quistas del reino de Ñapóles con las esclarecidas victorias 
que en ellas alcanzó, y los hechos ilustres de D. Diego de 
Mendoza, D. Hugo de Cardona, el conde Pedro Navarro y 
otros caballeros y capitanes de aquel tiempo. Con la vida 
del famoso caballero Diego García de Paredes, nuevamen- 
te añadida á esta historia. II, 5io-5i3; III, 89. — Cuando 
en la batalla de Garellano, resbalando su caballo y cayen- 
do con él en el suelo, dijo con rostro alegre á sus soldados: 
«ea, amigos, que pues la tierra nos abraza, bien nos quie- 
re». VI, 166.— Véase Cipión 6 Escipióft.—\1, i8i-i83, 
n., etc.] 

Gorra de Milán. — « Cubríale la cabeza una gorra milanesa ne- 
• gra» . IV, 424 (t). — La gorra era ornamento de cabeza, se- 
gún Covarrubias, cuando se andaba «en la ciudad 6 villa» 
ó se había de hacer visita y estar en alguna congregación 
pública con traje y hábito decente. Las finas traían de Mi- 
lán. En algunas otras ocasiones se llevaban sombreros. 
IV, 423. 

Gracia. — Significa el nombre de la persona, y es acepción 
propia del estilo familiar. El autor de la Mosquea la ex- 
tendió también burlescamente á los animales: 

ti Oyó el Mntacaballo (que así era 
Del tabanesco rey la propia gracia) 
La novedad que el corazón le alteran. 
II, 428; V, 127. 
Gracioso (El). — Era el bufón del protagonista. — Este papel, 
que ahora nos ofende porque desdice de nuestras costum- 
bres, no debía producir en tiempo de nuestros mayores el 



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205 

mismo efecto que en el nuestro, en que las vicisitudes del 
uso, los progresos de la civilización y otras diversiones más 
cultas han hecho desaparecer esta clase de sabandijas. 
IV, 65, 126; V, i3i. — [I, 271; II, 56, n., etc.] 

Grado (Ni) ni gracias. — «Volverse loco un caballero andante 
con causa, ni grado ni graciasi», — Expresión con que se ex- 
plica que algunas cosas se hacen sin elección y que no me- 
recen gracias. (Academia.) — 11,293. 

Grama y tica. — «Con la grama bien me avendría yo, dijo San- 
cho; pero con la iica ni me tiro ni me pago, porque no la 
entiendo». IV, Sg (t). — La interpretación de Sancho, co- 
mo la llama Don Quijote, de las palabras Ptolomeo y cosmó- 
grafo, de que formó las de puto y gafo, recuerda lo de la 
grama y la tica, que fué otra interpretación que dio á gra- 
mática nuestro escudero en el cap. 3.^, segunda parte 
(IV, 59). V, 102. 

Gran, por grande. — El adverbio tanto, cuando precede al ad- 
jetivo á quien modifica, se sincopa, y sólo se dice tan, á 
semejanza de lo que sucede con el adjetivo grande cuando 
precede al nombre con quien concierta. VI, 3. — Gran. — 
Adjetivo. Grande. Sólo se usa en singular antepuesto al 
sustantivo; como ^gran empeño, sermón», etc. (Acade- 
mia.) — Salva añade: «La regla dada por la misma Acade- 
mia en su Gramática es que grande no pierde por lo regu- 
lar la sílaba de cuando el sustantivo que sigue empieza 
por vocal; aunque en este lugar y en varios otros del Dic- 
cionario se falta á ella». 

Gran (El) Capitán. — Véase Gonzalo Hernández de Córdoba. 
— El mismo Rey Católico D. Femando le daba este títu- 
lo. II, 512. 

Gran (La) Conquista de Ultramar. — Libro escrito de orden 
del rey Alonso el Sabio. I, 95, 2i5; III, 469; V, 388.-r 
Véase Conquista (La Gran) de UUra>nar. — [I, 42-43 y n.] 

Gran gobernador. — «Las constitu^nes del gran gobernador 



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206 

Sancho Panza». — En una Nota al cap. 23 de la primera 
parte (II, 245) se dijo que el carácter de Sancho constaba 
de codicia, miedo y bellaquería (pudiera añadirse malicia y 
al mismo tiempo sandez). — En esta segunda parte parece 
que varía algo, especialmente en el periodo de su gobier- 
no; mas pudiera decirse que honores mutant mores. VI, 65. 

Gran (La) Sultana. — Comedia de Cervantes. — Este la llama 
Doña Catalina de Oviedo y la hace natural de Málaga. 
III, 190, 2i3. — [II, 126.] 

Grana blanca. — «En un lienzo de bocací verde venía envuel- 
to, al parecer, un poco de grana blanca». — Clemencín di- 
ce: f ni sé tampoco lo que significa grafía blanca». IV, 35o. 

Granada (Fray Luis de). — La publicación y lectura de libros 
de caballerías continuaban libres y exentas de nota, mien- 
tras que la censura trataba con rigor y tildaba las produc- 
ciones de Fr. Luis de Granada y otras igualmente piado- 
sas. — I, XV (Prólogo); V, 16. — [III, 207, 208 y n.] 

Granos de perlas. — «Pues haz cuenta, dijo Don Quijote á San- 
cho, que los granos de aquel trigo eran granos de perlas to- 
cados de sus manos (de Dulcinea)». II, 483 (t); V, 164. 

Grata donación. — «Una alcuza, de quien el ventero le hizo 
grata donación». — Grata equivale á «agradable»; mas en 
este lugar está por «gratuita ó graciosa». II, 49. 

Grebas. — Piezas de la armadura que cubrían la parte anterior 
de las piernas, desde el empeine del pie hasta las rodillas. 
Eran como parte y continuación de los quijotes, y solía 
llamárselas también canilleras. II, 221. 

Gregorio (Don Pedro). — Amante de Ana Félix. Se llama 
aquí (VI, ii5) Don Pedro al que en otra ocasión (VI, 309) 
Don Gaspar. También se le llama Don Gregorio en los ca- 
pítulos 63 y 65 (VI, 3io, 3ii, 334-336). VI, 115. 

Gregüescos. — Eran calzones cortos, que ahora corresponden 
al traje de ceremonia, como entonces los pantalones, según 
aquí se indica. V, 36i. 



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207 

irrial (La historia del Santo). — Dábase este nombre á un pla- 
to que se suponía haber servido á Josef de Arimatea para 
recoger la preciosa sangre de Nuestro Señor Jesucristo 
cuando le bajó de la cruz y le di6 sepultura. III, 453-455. 
— Véase Santo Grial. — [I, 199, n., 218.] 

Grifo. — Animal fabuloso que se supone de medio cuerpo 
arriba semejante al águila, y al león en la parte inferior. 
Un grifo filé la divisa del célebre impresor Sebastián Gri- 
fio. Como adjetivo se aplica al carácter ó letra inventada 
por Aldo Manucio, que desterró la manera gótica. VI, i65. 

Grisóstofno. — El pastor estudiante, amante de Marcela. Su 
muerte por amor de ella. I, 243, 249 (textos).— Estudian- 
te de Salamanca. I, 245 (t), 298. — Su canción. I, 290.—* 
Véase Tenía una cara cofno una bendición. 

Guadalajara (La puerta de). — El sitio adonde concurría en 
tiempos antiguos la gente ociosa, y el mentidero de Ma- 
drid. V, 465. 

Guadameciles ó guadamaciles. — Eran los cueros delgados en 
que se estampaban por medio de la prensa figuras ó ador- 
nos de diversos colores, y con los cuales se solían cubrir 
las paredes de las habitaciones como con tapices ó telas de 
otra clase. Es voz tomada del árabe. VI, 417. 

Guadarrama (Huso de). — f Más derecha que un huso de Guada- 
rramai». — Hácense comunmente los husos de madera de 
haya, árbol que se cría en las sierras de Guadarrama, de 
donde suelen traerse á la corte, como sucedía también, 
según esta expresión, en tiempo de Cervantes. De la mis- 
ma madera se hacen molinillos de chocolate, hormas, cu- 
charas y otros semejantes utensilios, labor ordinaria de 
los habitantes de las sierras donde se crían maderas á pro- 
pósito para ella. I, 84. 

Guadiana (El río). — «En las extendidas dehesas del tortuoso 
Guadiana^. II, 79/ IV, 434. 

Guald. — Juramento arábigo: por Alá, por Dios. III, 219. 



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2o8 

Guantes (Don Quijote con). — tY luego, descalzándose un 
guante, le arrojó en mitad de la sala, y el Duque le alzó». 
—Aquí se ve á Don Quijote con guantes, de lo que ninguna 
otra mención se hace en la fábula. VI, 71. — Véase Descal- 
zare el guante. 

Gttarda, guía, espía, compatriota, mapa, camarada, centinela. 
— Sobre sus géneros. II, 192; III, 162; IV, 4o5; V, 442. 
— Véase Géneros de ciertos nombres. 

¡Guarda! — «Pero ¿quitar la silla al caballo?, ¡guarda!^ In- 
terjección con que se avisa á otro que se guarde ó precava 
de algún mal ó inconveniente. Suele decirse con la misma 
significación: ¡guarda, Pablo! IV, 209. 

Guardaamigo b pie de amigo, — Era una horquilla que se po- 
nía debajo de la barba á los reos, para que no pudiesen 
ocultar el rostro cuando los sacaban á azotar ó á la ver- 
güenza. Á la cuenta, se temía que no acabasen de per- 
derla enteramente. II, 406. 

Guardainfantes y enaguas, de las mujeres. V, i3; VI, 40. — 
Véase Verdugado. 

Guardar secreto (Mi profesión, que es de). — Por el «sacramen- 
tal» que tan estrechamente está mandado á los curas y á 
todos los confesores. IV, 8. 

Guarismo. — «Se podrán contar los premiados vivos con tres 
letras áe guarismoí^. — Quiere decir, que no llegan á mil. 
Letras es lo mismo que «caracteres, notas ó cifras», como 
de ordinario se dice. La voz guarismo viene evidentemen- 
te del griego arithmos, número, de donde se formó también 
el nombre de aritmética. III, 184. 

Gudiel (Diego de). I, i32. — Véase Tirante el Blanco. — [I, 
299, n.] 

Güelte. — Palabra tudesca ó alemana, que significa «dinero». 
VI, 97. 

Guevara (D. Antonio de), obispo de Mondoñedo. — ^Predicador 
y cronista del emperador Carlos V. Fué uno de los escri- 



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209 
tores castellanos ¿e mayor reputación dentro y fuera de 
España. 1, Lii (Prólogo), 2, 49, 187; II, 54,— Uno de 
los varones más piadosos y sabios que no dejaron de decla- 
mar contra la lectura de libros de caballería. III, 388.— 
[II, 14-18, 26, i38, etc.] 

Guevara (D. Feríiando de). — Su combate con micer Jorge, 
caballero de la casa del duque de Austria. III, 463. 

Guevara (Luis Vélcz (fe;.— Autor del Diablo Cojudo. II, 37; 
V, 76, 260, 262; VI, 62, 197.— [III, 145-146 y n., etc.] 

Guilla de aceite. — En el castellano antiguo, año de guilla es, 
según Covarrubias, año de muchos frutos y abundante co- 
secha. I, 247. 

Guillevíno Cabertani y Margarita (La lastimera aventura de). 
— El trágico suceso de Guillermo y Margarita es el asun- 
to de la novela 9.*, jomada 4.* del Decatnerón de Bocacio. 

IV, 433. 

Giiinguené. — Su Historia literaria de Italia. — Sobre el Pastor 
Fido y el Aminta. VI, 291. — Sobre la Fiammeta del Boca- 
cio. VI, 442. 

Guisopete. — Sancho Uama así al fabulista Esopo. Otros le lla- 
man Isopete, y el. vulgo todavía le llama hopo. Poco des- 
pués trocó también Sancho el nombre de Maddsima en Ma- 
gdsinta, como antes había trocado el de Matnbrino en Mar- 
tino y Malandrino. II, 275. 

Gullurías ó gullorías. — Dióse este nombre por onomatopeya á 
unos pajarillos que anuncian la primavera, y por ser sabro- 
sos y difíciles de coger, se miraban como manjar excesiva- 
mente delicado, que sólo podía apetecerse y buscarse por 
capricho y antojo. De aquí ha venido llamar gullorías ó ^0- 
Ikrías (que es lo que más comunmente se dice) las preten- 
siones y deseos de la misma clase. III, 407. 

Gurapas. — Galeras. Es voz de la germanía. II, 194. 

Gusto. — «Si careciera del gusto de tan sabrosa leyenda». La 
. palabra gusto tiene dos acepciones además de la propia y 

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A 



2IO 

primitiva, que se refiere al oficio del paladar: unas veces 
significa el «placer» y otras la «afición». Esta última es la 
que tiene en el presente lugar del texto. En el uso actual 
distinguimos ambas acepciones por medio del régimen: de- 
cimos §losgustos del mundo», ^los gustos del ánimo», cuan- 
do hablamos del «placer», y cuando indicamos la «afición»» 
solemos decir el » gusto á la caza, á la música». Conforme 
á esto, en Luscinda el gusto no era tanto «de la lectura», 
cuanto «á la lectura»; y nótese al paso que gusto en esta 
postrera significación no tiene plural, lo mismo que sucede 
á otros sustantivos en nuestro idioma. II, 265, 266. 

Gutiérrez (Mari). — Uno de los varios nombres con que se lla- 
ma la mujer de Sancho en el Quijote; esto es: «Juana Gu- 
tiérrez», I, 168; «Afízn Gutiérrez*, I, 169»; «Juana Pan- 
za», III, 527; pero entre todos prevaleció el de «Teresa 
Panza», que fué el único que se le dio en la parte segun- 
da, aunque nunca se le dio en la primera. III, 528: IV, 
92; VI, 24, 204, 2o5 (t). — Véase Teresa Panza, etc. 

Guzmán de Alfarache (Vida del picaro), por Mateo Alemán. 
I, 73, 197; II, 93, 210; III, 33i; IV, 76; V, i3.— [III, 
98-104.] 

Guzmán (Fernán Núñez de). — Fué llamado el Pinciano, por 
Valladolid, su patria; el Comendador, porque lo era de la 
orden de Santiago, y Griego, por su doctrina en la lengua 
griega, que enseñó primero en Alcalá y luego en Salaman- 
ca. Su numerosa colección de refranes. V, 204. — Véanse 
Comendador (El) Griego y Pinciano (El). — [III, 202, n., 
etcétera.] 

Guzmanes ó Valenzuelas. — Caballos castizos, descendientes de 
un caballo berberisco de la mejor raza. Origen de los nom- 
bres é historia de dicha raza. III, 317. 

Haberlas 6 habérselas con alguno. — Frase familiar. Disputar 6 
contender con alguno. (Academia.) «Viendo á la dueña tan 



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211 

alborotada, le preguntó con quién las había f. I, i32 (t). — 
f Déjeme que yo me las haya conmigo^», V, ZyS (t). — «Man- 
dóte, dijo Sancho, mala ventura, pues las has habido con un 
alma de esparto y con un corazón de encina; á fe que si las 
hubieras conmigo^ que otro gallo te cantaral. VI, 406. 
JJábito. — «El hábito que tenéis». Hábito está aquí por «traje» 
en general, aunque ordinariamente se usa en otra signifi- 
cación, ceñida al de los clérigos, religiosos y caballeros de 
ciertas órdenes. En el cap. 3.*^, segunda parte (IV, 48), 
jura el bachiller Sansón Carrasco «por el habito de San Pe- 
dro que visto». Un refrán dice: «el hábito no hace al mon- 
je», y se llama «merced de hábito» la que el rey hace álos 
que admite en alguna de las cuatro órdenes militares espa- 
ñolas, de que es' gran maestre. En otra acepción más ge- 
neral todavía, hábito significa «costumbre». III, 299. — 
Véase Merced de hábito. 

Hábito (Por el) de San Pedro. — Una de las fórmulas de ase- 
verar y medio jurar, usadas comunmente en tiempos de 
nuestro autor. — El hábito de San Pedro es el vestido del 
clero secular, usado de los escolares en aquel siglo, y aun 
en el nuestro; y ni ahora ni entonces fué necesario tener 
órdenes sagradas para llevarlo. IV, 48, 349. 

Hablar cristiano. — Lo mismo que «hablar castellano». III, 
122. — Véase Cristiano (Hablar). 

Hablar de oposición. — Frase hermosa y significativa inventa- 
da quizá por Cervantes: yo por lo menos no me acuerdo 
haberla visto en otro escritor. Alude al esmero y entona- 
miento con que suelen explicarse en sus ejercicios los opo- 
sitores ó candidatos á cátedras, canonjías ú otros destinos, 
queriendo dar muestras y hacer gala de sus conocimientos 
y estilo. Dice el texto: «todas ó las más veces que Sancho 
quería hablar de oposición y á lo cortesano, acababa su ra- 
zón con despeñarse del monte de su simplicidad al profun- 
do de su ignorancia». IV, 207. 



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212 

Hablar de perlas. — Hablar bien, con oportunidad. — «Sancha 
amigo, dijo Don Quijote, pasad adelante, que habláis hoy 
de perlas*. IV, 120 (t), 121. — «Todo esto me parece de 
perlas, respondió Sancho á su amo». VI, 344 (t). 

Hablara yo para mañana, — Modo proverbial con que se re- 
conviene á alguno del silencio que guardó sobre lo que le 
convenia, mientras estuvo hablando de otras cosas. — II, 
104. — Véase Corona (Si sois de), no quiero yo quedar deseo- 
fmdgado. 

Hablen cartas y callen barbas. — Refrán que advierte ser ocio- 
so gastar palabras cuando hay instrumentos para probar lo 
que se dice. (Academia.) IV, 120 (t). 

Hacaneas. — Dábase nombre de hacaneas á las jacas preciadas, 
de valor y hermosura, propias para que ctibalgasen en ellas 
reinas, princesas y grandes señoras. En nuestro tiempo ya 
no se usa ni oye el nombre de hacanea sino cuando se ha- 
bla de la que los reyes de Ñapóles solían ofrecer antigua- 
mente en señal de vasallaje á los papas. Ésta debía ser 
blanca. IV, 174. — Sancho las llama cananeas (IV, 173) y 
Cervantes repite el error festivamente (IV, 178). — Véase 
Cananeas. 

Hacer aguas mayores 6 menores. — «Puessepa, dijo Sancho, que 
quiero decir si le ha venido gana de hacer lo que no se excusa » . 
Dos modos de evacuar físicamente. III, 423, 424 (textos). 

Hacer á toda ropa. — «Corsarios franceses que hacen d toda ra- 
páis. — Frase. Robar á todo el mundo sin perdonar anadie. 
(Salva.) III, 242 (t). 

Hacer barato. — Es lo mismo que abaratar, llevar menos pre* 
cío; y así lo hacía maese Pedro, «según tomaba el pulso á 
los preguntantes». V, 69. 

Hacer baza. — «La segunda no hace baza», esto es, no gana, 
no logra, no consigue nada: metáfora tomada del juego de 
naipes, en el cual hacer baza es ganar al contrario una 6 
más cartas y recogerlas. ( Arrieta.) V, 42S (t). 



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213 

Hacer buenas migas. — Es como familiarmente se dice de los 
que viven acordes entre sí. Sancho dijo: «quiere que no 
comamos buenas migas*. VI, 207. 

Hacer cocos. — Es hacer 6 presentar figuras que causen es- 
panto: es frase del lenguaje de los niños. (Arríeta.) V, 
106 (t). 

Hacer cosquillas alguna cosa. — Hacerle k uno temerse 6 rece- 
larse de algún mal 6 daño. (Academia.) V, 322 (t). 

Hacer de las suyas. — Frase metafórica familiar. Hacer alguno 
lo que es de su costumbre ó de su natural. (Salva.) «Si no 
temiera que en viéndose su señor en libertad, había de hacer 
de las suyasn. III, 427 (t). 

Hacer del ojo. — •Hizo del ojo á los compañeros». Hacer se- 
ñas con los ojos ó guiñar, regularmente con el fin de poner- 
se de acuerdo para algún objeto. También suele decirse me- 
tafóricamente hacerse del ojo, para significar en general que 
dos ó más personas convienen ó se conciertan en una mis- 
ma cosa. II, 221. 

Hacer finta. — Italianismo: hacer ademán ó amago con inten- 
ción de engañar á otro. (Academia.) V, 291. 

Hacer fuerza. — Además de su significación natural, que es 
«hacer esfuerzos, esforzarse» físicamente, tuvo en lo anti- 
guo otra significación odiosa, que era «hacer violencia ó 
agravio». En el día la frase se toma frecuentemente en 
buena parte, y de las razones y argumentos se dice que 
hacen fuerza; esto es, que mueven é inclinan eficazmente el 
ánimo. II, 191-192. 

Hacer hablar d la guitarra. — Esta expresión todavía se usa en- 
tre nosotros para encarecer la destreja en tocar este instru- 
mento. V, 275. — Cervantes usó la misma expresión al con- 
tar las habilidades de Basilio, en el cap. 19 de la segunda 
parte: «y toca una guitarra, que la hace hablar». IV, 355 
(t). — También la usó al contar las del soldado Vicente de 
la Roca. III, 5oi (t). 



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214 

Hacer hincapié, — Frase metafórica y familiar. Insistir con te- 
són y mantenerse firme en la propia opinión ó en la solici- 
tud de alguna cosa. (Academia.) «Y no es menester hacer 
hincapié en esto». IV, 435 (t). 

Hacer la enmienda, — Satisfacer ó reparar el daño. III, 447. 

Hacer la salva. — Es empezar la comida ó bebida. Se tomó 
esta expresión de la antigua etiqueta usada en los palacios 
de los principes y magnates de que el maestresala ó prae- 
gusiator probase los manjares y bebidas antes que sus se- 
ñores, y se llamaba hacer la salva, porque daba á entender 
que aquella ceremonia los ponia d salvo de alguna traición. 
VI, 192. 

Hacer mesura. — Mesura es un género de reverencia que se hace 
á la persona venerable. (Covarrubias.) VI, 328. 

Hacer monas d alguno. — Frase. Burlarse de él. (Salva.) «Á to- 
dos hacía mofias». V, 70 (t). 

Hacer profesión. — «Habiendo yo sabido quién soy y Iz profe- 
sión que hag09. De la. profesióft, cuando significa, como aquí, 
oficio ú ejercicio ordinario, se dice que «se sigue» y no que 
«se hace». La expresión del texto significa otra cosa. IV^ 
276. 

Hacer sala. — Dar convite y baile. V, 390. 

Haceros ver estrellas. — Se dice que hace ver las estrellas á otro- 
el que con algún golpe le causa un dolor vehemente y re- 
pentino. Esta expresión se funda en que, al recibir el gol- 
pe, suele parecer que se ven como unas luces á modo de 
estrellas. IV, 363. 

Hacienda. — En castellano antiguo solía significar lo mismo 
que «negocios, cosas, asimtos». II, 406, 433. — Véase Fa- 
cienda^ 

Hacha y capellina. — Armas con las cuales, como vulgares y 
fáciles de encontrar, se armaba prontamente la gente de po- 
cas obligaciones. I, igS; IV, 78 (t). 

Jíacdo (D. Diego de), arzobispo de Palermo.-^Su Topografía 



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215 

de Argel*. III, 120, i56, 160, 175, 177, 180, i83, 192^ 
208, 2i3, 229; IV, 24. — Véase Topografía (La) de ArgeL 
— [II, 96-238, notas.] 

Hahnemann. — Irxventor del sistema de la medicina homeopá- 
tica. — VI, 449. 

Haldas (De) ó de mangas. — Modo adverbial familiar. De un 
modo ú otro, por bien 6 por mal, quiera 6 no quiera. (Aca- 
demia.) III, 134; VI, 61.— Véase Faldas (De), etc. 

Haldudo (Jtuin) el rico. — El vecino del Quintanar, amo de 
Andrés, el mozo azotado. I, 72; VI, 447. — Véase Quin- 
tanar (Vecino del), etc. 

Hallado os le habéis el encajador (de refranes). — La expresión 
es irónica, y su uso muy antiguo en castellano. ííVous avez, 
fna fot, trouvé Venchásseur , répondit Sanclw^. (Hinard.) 
tHalládole habéis el atrevido», dijo el mismo Sancho, indi- 
cando que no se hubiera atrevido á poner los requesones en 
el yelmo de su amo. (IV, 293.) — «Par Dios, respondió San- 
chica, también me vaya yo sobre una pollina como sobre 
un coche: hallado lo (la?) Jiabéis la melindrosa». (VI, 46.) 
La palabra encajador es de las «fácilmente formables»: gé- 
nero de riqueza propio del idioma castellano, y fuente de 
una abundancia que no cabe en los límites y esfera de un 
diccionario. V, ii5. 

Hallar entrada para una cosa. — Cide Hamete dice de la aven- 
tura de la cueva de Montesinos: «pero á ésta desta cueva 
no le hallo entrada alguna para tenerla por verdadera, por 
ir tan fuera de los términos razonables». — •Tener una cosa 
entrada, ó hallar entrada para ella: étre possible, faisable, en 
parlant d'une chose». (Taboada.) V, 2 (t). 

Hallazgo. — Es el premio que se da á quien presenta una al- 
haja perdida, como albricias el que se da al primero qué 
trae una noticia agradable: «se prometió grande hallazgo á 
quien me hallase». II, 4i5. — Véase Albricias. 

Harón. — Véase Sacar de harón 6 Jiarona. 



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2l6 

Haya (Que yo me las) conmigo. — Que yo contienda 6 dispute 
conmigo. V, 375 (t). — ^Véase Haberlas ó habérselas con al- 
guno. 

Héctor (Las armas de), — Habían sido de Aquiles, á cuyo pa- 
dre Peleo las dieron los dioses, y Aquiles se las prestó á 
Patroclo, á quien venció y despojó Héctor. II, i56. 

Hechicero. — Se usa aquí en mala parte, acepción en que (di- 
ce Clemencín) no tengo presente haberlo visto usado otra 
vez: «algún hechicero y extraordinario misterio en la tal 
cabeza se encerraba». Se dice «rostro hechicero»; pero esto 
se toma en buena parte. También se usa hechicero como 
sustantivo, por «mago ó mágico». VI, 281. 

Hechiceros y hechiceras. — Los que practican la vana y supers- 
ticiosa arte de hechizar. — Se quemaban á centenares. V, 
34; VI, 281. 

Hecho una uva. — Expresión. El que está muy borracho. (Aca- 
demia.) «Y el que otra cosa ha dicho ó dijere, debe de estar 
hecho uvaw. III, 320 (t). — Véase Uva (Hecho una). 

Hecho y derecho. — Real y verdadero, perfecife, cabal, comple- 
to. (Academia.) — «Que es una ínsula hecha y derecha». V, 
345 (t). 

Hechos (Los) del emperador Carlos V. — Compuestos por Don 
Luis de Ávila. I, i55. — Véase Ávila (Luis de). — [ITI, 
175, n.] 

Helarse las migas entre la boca y la mano, ó de las manos á la 
boca, lo cual explica mejor el concepto. — Helarse las migas 
es una expresión proverbial contra los negligentes y des- 
cuidados. Taboada dice: ^etre trompé dans son áltente». II, 
201. 

Henchir 6 llenar las medidas. — Frase metafórica. Corresponder 
satisfactoriamente á los deseos de alguno. (Salva.) I, liii 
(t) Prólogo. 

Herberay (Nicolás de). — Su traducción al francés del libro de 
Amadís. I, 109. — [I, 200, n.] 



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217 

JJércuUs. — Se cuenta de él que fué lascivo y muelle, IV, 41. 
— Véase Trabajos de Hércules. 

Hermandad (La Santa). — Tribunal severísimo, establecido 
por los Reyes Católicos D. Femando y Doña Isabel el 
año 1476, para perseguir, juzgar y castigar los delitos co- 
metidos fuera de poblado, y que subsistía, aunque con no- 
tables variaciones, en tiempo de Cervantes, I, 212; II, 40, 
2i5, 224; III, 3i6, 321, 33t, 364, 387; V, 52. 

Hennandad (La Santa) vieja de Toledo, — Así se llamaba para 
distinguirse de la nueva, que fué la que fundaron los Reyes 
Católicos á fines del siglo xv: la otra existía ya en el xiii 
con muchas facultades y privilegios. II, 40. 

Hertnano detnonio. — Graciosa reunión de dos cosas tan opues- 
tas entre sí como fraternidad y demonio. — En otras Notas 
(II, 100, 456) se pusieron ejemplos de la significación de 
«fuerte» y « valiente t que en los libros de caballerías suele 
darse á la palabra diablo, y es la misma que aquí se da á 
su sinónimo demonio, alegando en prueba de ello que había 
podido sujetar las fuerzas de Hércules manchego. III, 514. 

Herradura (El puerto de La), ocho leguas de Velez Málaga. — 
El suceso que aquí se apunta de La Herradura, fué uno de 
los marítimos más desgraciados del tiempo de Felipe II. 
Naufragaron veintidós galeras dentro del mismo puerto, 
ahogándose más de cuatro mil personas, inclusa mucha 
gente principal y el general mismo. Esto fué en el año de 
1662. V, 141. 

Herrera (Dr. Cristóbal de). — Su discurso, que presentó á Fe- 
lipe III, sobre el amparo de la milicia. V, 17, 18. 

Herrera (Hernando de). — Uno de los tres poetas, á los cuales 
asignó su edad el renombre de divinos. IV, 83.— Véase el 
índice de Ticknor. 

Herreruelo b ferreruelo. — Capa algo larga, con cuello, pero sin 
capilla ó esclavina: loque actualmente se llama «manteo». 
II, 353; IV, 325; V, i36; VI, 416. 



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2l8 

Hi. — Adverbio anticuado. Allí. — Sustantivo masculino. Hijo» 
Sólo tiene uso en esta expresión: mUi de puta». — ¡Hi, hiy 
hi! Interjección con que se denota la risa. (Academia.) IV^ 
58.— Véase Ende é hi. 

Hta. — «Responderles hía yo», en lugar de «responderíales. 
yo». Es una irregularidad anticuada del verbo auxiliar ha- 
ber. (Arrieta.)in, 385 (t). 

Hidalgo (Juan). — Autor de nombre supuesto ó desconocida 
en nuestra historia literaria. Publicó en 1609 un Vocabu- 
lario de la gemianía, lengua de los gitanos, los rufianes y 
los ladrones. II, 194. — [III, 73, n. ] 

Hidalgo, ó hijodalgo. — Significa materialmente «hijo de quien 
tiene bienes propios con que mantenerse». IV, 38. — «Hi- 
dalgo de devengar ^00 sueldos». II, 184. — Véase Devengar 
quinientos sueldos. — p^Hidalgo como el rey, porque era mon- 
tañés». V, 463. — Véase Asturias. 

Hidalgo (El) y el labrador. — El cuento de Sancho sobre la 
contienda que hubo entre el hidalgo y el labrador sobre 
quién tomase la cabecera de la mesa: «le hizo sentar por 
fuerza». V, 143, 144. — Véanse Adonde quiera que yo me 
siente será vuestra cabecera y Medina Sidonia (El duque de).. 

Hidalgos y caballeros. — Nota sobre la distinción entre ellos» 
IV, 38. — Al hidalgo lo constituye la alcurnia; al caballero 
le acompaña también la riqueza. IV, iio. 

Hideperro. — Tiene la misma formación que hideputa. — ^Llá- 
mase hideperro á Cide Hamete, conforme á la costumbre 
que ya se mencionó en otra parte (I, 2o3, 206) de llamar 
perros á los moros, porque el hijo de perro, perro es. IV, 61. 

Hideputa. — «La muy hideputa puta que os parió». Expresión 
grosera y soez, que sólo puede tener alguna excusa en bo- 
ca de un loco irritado, y como preliminar y antecedente de 
la escena que sigue. III, 5i2. — «¡Oh hideputa, y qué rejo 
debe de tener la bellaca!» Sancho se picó de que se ha« 
blase asi de su hija, tomándolo por agravio, y no se ac<^d6 



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219 

que allá en Sierramorena había alabado con la misma ex- 
presión á la hija de Lorenzo Corchuelo^ alias la señora Dul- 
cinea: «¡Oh hideputa (dijo), qué rejo que tiene y qué voz!» 
(II, 3ii.) Y lo mismo volvió á hacer Sancho en el capí- 
tulo 21, segunda parte (IV, 389), alabando los cabellos de 
Quiteria. Así, que tuvo razón el otro escudero en decirle 
que no entendía «de achaque de alabanzas». IV^ 2zZ, 
229 (t). — Sancho dice á su amo: •Hideputa, ¡qué corazón 
de mármol», etc. VI, 169. 

Higa. — «Que de mí no podréis llevar sino una higan^. Higa 
es la acción de enseñar la extremidad del dedo pulgar por 
entre el índice y el del corazón, teniendo cerrado el puño; 
y es acción con que se escarnece al que mira á quien la 
hace. El origen de esto es la antigua vulgaridad de creer 
que un amuleto que representaba lo más obsceno, era reme- 
dio preservativo contra la fascinación ó mal de ojo. V, i3i. 
— «Dos higas para el Gran Capitán». II, 519; VI, 446. — 
Véase Quínola de sus años. 

Higa (Dar una) al médico. — No hacer caso del médico; no 
contar con él. (Arrieta.) Mear claro, y dar una higa al médi- 
co: refrán que indica que el que goza buena salud, no ne- 
cesita del médico. (Academia.) VI, 333 (t). 

Higos pasos. — Son los higos enjutos ó «secos», como ahora 
decimos en vez de pasos, habiendo quedado esta voz sólo 
para las uvas, aunque convertida en sustantivo, porque no 
decimos uvas pasas, sino únicamente pasas. III, 208. 

Hinojos 6 rodillas (Hincar de). — El uso dio la preferencia á 
rodillas, y el otro se fué anticuando. Cervantes puso aquí 
finojos por remedar el lenguaje viejo de los libros de caba- 
llería. II, 496. 

Hipógrifo de Astolfo. — Monstruo, hijo de grifo y yegua, que 
ocupa un lugar notable en el poema de Ariosto. Ariosto 
pondera en diferentes pasajes la ligereza del hipógrifo, com- 
parándola con la del águila^ de la flecha y del rayo. Don 



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220 

Quijote declara y falla que era superior la^ de Rocinante, 
y Don Quijote debía saberlo. Acordémonos que se trata 
de aquel rocín «largo y tendido, atenuado y flaco» (I, 203), 
de aquel rocín «pasicorto y flemático» (II, 242) de quien 
no se lee que diese jamás «carrera tirada» (III, 517), y que 
una «sola vez se conoció haber corrido algo» (IV, 254). Cer- 
vantes mismo debió soltar la pluma para reirse, al escribir 
estas líneas. II, 3oo; III, 356; V, 3o3. 

Hipólito. — Después de la muerte de Tirante y del emperador, 
casó con la emperatriz, y de esta suerte llegó á ser empe- 
rador de Grecia. I, 135. 

Hiia (El arciprcsU de). — Sus versos sobre El amor, III, 484; 
sobre El dinero, IV, 372, y sobre La muerte, IV, 386. — 
[I, 71.77, etc.] 

Hito (En el). — Hito es lo mismo qwt fito, que vale tanto como 
fijo, del verbo figo, figis. — El juego del hito se dijo así por- 
que fijan en la tierra un clavo y tiran á él con herrones 6 
con piedras, y de allí nació el proverbio «dar en el hito», 
por «acertar en el punto de la verdad». «Tirar á dos hitos»: 
tener ojo á dos cosas, si no saliere bien la ima, valerse de 
la otra, etc. (Covarrubias.) Hito es nombre de un lugar, y 
sin duda se dijo así porque dividiría y fijaría los términos, 
como fué el monasterio de Filero, cerca de Burgos, dicho 
antes Pitón porque tenía aUí su término el reino de Casti- 
lla. Lo mismo puede decirse de Hita, FiedrsJtita, nombres 
también de pueblos de España. VI, 49. — Mirar de hito en 
hito: frase. Fijar la vista en algún objeto sin distraerla á 
otra parte. (Academia.) II, 399; V, 91, 437 (textos). 

Hocicar. — Dar de hocico, ó con el hocico. «No se anduviera 
hocicando». Dicese propiamente de los puercos y jabalíes, 
cuando remueven con el hocico la tierra; y metafóricamen- 
te se dice de las personas cuando dan de cara en el suelo 6 
en otra parte, asimilando el rostro de los hombres y el ho- 
cico de los animales. III, 341. 



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221 

Hocico. — Metafórico y familiar. Rostro. (Academia.) rSehace 
el loco, y anda buscando lo que no sé si, después de halla- 
do, le ha de salir á los hocicos*. «Salirle á los hocicos» vie- 
ne á ser probablemente lo mismo que «salir á la cara algu- 
na cosa á alguno»: frase metafórica. Tener que sentir por 
haberla hecho ó dicho. (Academia.) IV, 226 (t). 

Hogaí:a. — Pan común y ordinario, alimento de trabajadores y 
jornaleros. II, 89. 

Hombre de bien. — «El pobre honrado (si es que puede ser hon- 
rado el pobre)». En el cap. 7.® de la primera parte (1, 162) 
hay un paréntesis semejante: allí se dice: ^hombre de bien 
(si es que este título se puede dar al que es pobre)». Una 
y otra expresión deben mirarse, no como la verdadera opi- 
nión de Cervantes, sino como desahogos pasajeros del jus- 
to sentimiento que le causaba su adversa suerte: su opi- 
nión íntima y verdadera está explicada en aquella bella 
sentencia del prólogo de esta segunda parte (IV, xiii (Pró- 
logo)): fia honra puédela tener el pobre, pero no el vicioso». 
La honradez y la virtud tienen sus peligros, tanto en la 
próspera como en la adversa fortuna; tanto en el estado de 
la abundancia como en el de pobreza. La decente media- 
nía es la que ofrece menos escollos á la virtud. IV, 402; 
V, 38i. 

Hombre de chapa, — «Y si mucho miraba el de lo verde á Don 
Quijote, mucho más miraba Don Quijote al de lo verde, pa- 
reciéndole hombre de chapa». mHombre de chapa ó chapado^ 
dice Covarrubias, es el hombre de hecho y valor» . ( Arrie- 
ta.) Chapa: seso, formalidad. (Academia.) IV, 274 (t). — 
Véanse Chapa (Moza de) y Moza de chapa. 

Homecillo. — «El amor que el pastor tenía á la pastora se vol- 
viese en hornecino y mala voluntad». Vese por aquí que la 
voz hornecino, que valía homicidio en el Fuero Juzgo y en las 
Partidas, templándose después su significación, sólo deno- 
taba odio ú mala voluntad. Dice el autor del Diálogo de las 



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222 

lengtMs: «también vamos dejando hontecillo por «enemis- 
tad». II, 126. 

Homero (Las obras del poeta). — Alejandro el Grande, rey de 
Macedonia, fué tan aficionado á la Iliada de Homero que, 
según cuenta Plutarco en la Vida de este príncipe, solía te- 
nerla, junto con su espada, debajo de la cabecera en que 
dormía. Habiéndose encontrado entre los despojos del rey 
Darío una caja riquísima, guarnecida de oro, perlas y otras 
piedras preciosas, cuenta también Plutarco que Alejandro 
la destinó para guardar en ella los libros de Homero. Lo 
mismo refiere Plinio. I, 127, 128. 

Homero y Virgilio, — «El grande Homero no escribió en latín, 
porque era griego; ni Virgilio no escribió en griego, porque 
era latino». IV, 285; VÍ, 190. 

H&ttra (La) puédela tener el pobre, pero no el vicioso. — Bella 
sentencia de Cervantes. IV, xiii (Prólogo), 40^. — Véase 
Hombre de bien. 

Hora (La) de comer, en tiempos antiguos. — En los tiempos de 
la caballería se comía temprano, y solían hacerlo, según se 
deduce de las crónicas andantes, al salir de la misa. V, i38. 

Hora menguada. — Las horas, consideradas como la duodécima 
parte del día ó de la noche, según las consideraban los an- 
tiguos, son cortas ó menguadas en los días de invierno y en 
las noches de verano. Aquí y en el uso común, hora men- 
guada es lo mismo que «infeliz ó desgraciada». El funda- 
mento de esto se tomaría de la vana creencia que miraba 
las horas cortas como infaustas. Haciendo burla de ello Don 
Francisco de Quevedo, dijo: «Días aciagos y Aoros^n^wg^ua- 
das son todos aquellos y aquellas en que topan el delincuen- 
te al alguacil, el deudor al acreedor, el tahúr al fullero, el 
príncipe al adulador y el mozo rico á la ramera astuta». II, 
32; V, 295. 

Horacio Cocles. — «Diego García de Paredes, valentísimo sol- 
. dado que, puesto con un montante en la entrada de una 



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223 

puente, detuvo á todo un innumerable ejército que no pasa- 
se por ellat. La crónica del Gran Capitán lo compara con 
Horacio, aquel valiente romano que defendió el paso del 
. puente al ejército de Porsená y luego se arrojó al Tíber, 
volviendo de esta suerte á los suyos. II, 514; IV, 142. 

Horcajadura (En la). — «Que ha de haber lugar siempre para 
ponerme la mano en la horcajadura». — Horcajadura: án- 
gulo que forman los dos muslos ó piernas en su nacimien- 
. to. (Academia). — Poner la mano en la horcajadura es acción 
propia de quien coge á otra persona para arrojarla lejos 
como pelota ó cosa semejante, é indica la superioridad de 
quien lo ejecuta y el desprecio y vilipendio de quien lo su- 
fre. Á esto debió de aludir Don Quijote. II, 468. 

Horcas caudinas. — «Debajo de cuyo yugo hemos de pasar to- 
dos, mal que nos pese, al acabar de la vida». — Frase pro- 
verbial á quien dio origen la alusión á la costumbre de los 
pueblos antiguos de Italia, entre los cuales el ejército ven- 
cedor solía hacer pasar al vencido por debajo del yugo, 
que era tres picas en forma de horca: desgracia y afrenta 
que experimentó el ejército romano de las Horcas caudinas 
guerreando con los samnites, pueblos del levante de aque- 
lla península. IV, 170* — Véase Debajo, del yugo. 

Hornachos (Los moriscos de). — Pueblo de Extremadura. II, 
28, 29. 

Horno de vidrio (Más ardiendo que un). IV, io3. — Véase Fatí- 
, no (Pl endemoniado). 

Hospital de dementes en Toledo.- — Véase Nuncio. 

Hosialero. — «Vos sois un sandio y mal hostalero*. — Anticua- 
do. Mesonero. (Academia).-r-Nota sobre las voces hostal, 
. hosialero, hosialaje. II, 54. 

Hoto. — Anticuado. Confianza. — En hoto de otro: expresión 
antigua: en hoto es lo mismo que «en fe, en confianza». — 
: Hay un adagio que dice: «en hoto del conde no mates al 
hombre». IV, 79. . . 



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224 

Hoz y coz (Meterse de). — «Metido de hoz y de coztn la discor- 
dia del campo de Agramante»; esto es, empeñado de un 
modo que no era fácil desembarazarse. Enteramente y sin 
pensarlo: trae origen, dice Cbvarrubias, del modo de segar, 
que, echada la Iwz á la mies, la quebrantan con la quoz que 
la dan con el pie. (Arrieta.) III, 322. 

Huela. — Terminación diminutiva; como aldehuela, de aldea^ 
etc. — De nombres propios en ía se suelen formar también di- 
minutivos en huela^ como de Lucía^ Lucihuela^ etc. III, 341 . 

Huerta (D. Vicente García de la), — Su controversia con Don 
Juan Pablo Forner. III, 410. — [III, 353, n., etc.] 

Huésped. — Viene del latino hospes, que significaba tanto al 
hospedado como al que hospedaba. La primera acepción es 
la más común en el uso actual, en el cual se llama asimis- 
mo huésped al mesonero ó ventero que hospeda á otros por 
interés. I, 35. 

Humanista. — «Su profesión era ser humanista». — Instruido 
en letras humanas. (Academia.) — Letras humanas: el estu- 
dio de los autores clásicos, tanto historiadores como ora- 
dores y poetas griegos y latinos, con el cual se adquiere, 
por medio de la imitación, el buen gusto en el arte de iia- 
blar y de escribir. (Academia.) IV, 406 (t). 

Humo (A) de pajas. -^Vdlt «con ligereza, sin fundamento». 
En el mismo sentido se dice m lumbre de pajas» en la tragi- 
comedia de la Celestina. Lo uno y lo otro indica con pro- 
piedad la poca solidez y consistencia de una cosa. I, 220. 

Humo (Dar) á los zapatos. — Lo mismo que «dar pantalia á 
los zapatos»; lo que se hacía para remediar ó disimular el 
mal estado del calzado que usaban en lo antiguo los hidal- 
gos pobres. En el día lo hacen pobres y ricos, y aun más 
los ricos que los pobres, usando de betunes que dan lustre 
y hermosean el calzado, y en cuya composición suele en- 
trar también el humo ó polvos de zapatero. IV, 39 (t); 
V, 382.— Véase PantaUa. 



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225 

Hurta (A) cordel. — Á traición; haciendo el daño y hurtando 
^ 6 retirando el cuerpo: expresión tomada del juego del peón 

ó trompo, en que le hace bailar el jugador retirando hacia 

sí y como escondiendo el cordel con que le da el impulso. 

V, i52. 
Hurto (El) del asno de Sanclw. II, 228, 242, 304; IV, 69- 

71; V, 67 (t). 

/. — Las palabras castellanas tomadas del arábigo y acabadas 
en í, toman íes en el plural, como cianíes, ceguíes, jabalíes, 
alhelíes, etc. III, 188; VI, 3o3. 

Ídolos de Mahoma.—nEn allende robó aquel ídolo de Moho- 
}na9. Entre los mahometanos no hay ídolos; antes al con- 
tieno está prohibida toda clase de imágenes, como lo -es- 
taba á los hebreos por la ley de Moisés; y los pocos califas 
que acuñaron moneda con sus bustos, están reputados por 
heterodoxos entre los musulmanes. Sin embargo, en los 
libros de caballería suele mencionarse el uso de ídolos de 
Mahonm. I, i3. 

Iglesia, ó inar, ó casa real. — Refrán que explica los tres me- 
dios de hacer fortuna, que son: el de las dignidades ecle- 
siásticas, el comercio y el servicio del rey en su casa. (Aca- 
demia.) Lope de Vega pone así el refrán: «tres cosas hacen 
al hombre medrar: ciencia y mar y casa real 9. En esta for- 
ma es, no sólo más claro, sino también más exacto, porque 
iglesia no comprende más que los premios concedidos á la 
instrucción eclesiástica; pero ciencia comprende todos los 
que se confíeren á las letras, tanto eclesiásticas como pro- 
- fanas. Y con efecto, el oidor hermano del cautivo, á quien 
se aplica esta parte del adagio, debía la toga, no á la teo- 
logía, sino á la jurisprudencia. Esta observación es de Pe- 
llicer. III, 146, 147. 

Igualiir al puesto. — «Llegando, pues, el carro á igualar al 
puesto*; esto es, aponerse frontero de él. (Arrieta.)V, 210 (t). 

15 



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226 

Imagen de milagros. — Esto es, imagen milagrosa, ó célebre 
por los mils^^s que se atribuyen á su intercesión, cuales 
suelen ser comunmente las que dan ocasión á romerías y 
concurso de peregrinos. III, 496. 

Imaginar (Debió de). — No es lo mismo que fidebió imaginara. 
Esto significa que «tuvo obligación de imaginar»; lo otro 
equivale á «hubo de imaginar, es regular que imaginase». 
La partícula de comunica este énfasis á la frase. II, 338. 
— Véanse De y Deber, deber de. 

Imagines de lascivia. — Los abusos notados acerca de esto en 
los principios del teatro castellano, habían movido á las 
cortes de Valladolid del año 1548 á pedir que se prohibiese 
la impresión de farsas feas y deshonestas. III, 402. 

Imprentas. — Barcelona fué una de las primeras ciudades de 
España en que hubo imprenta, según Méndez ( Tipografía 
española). VI, 285. 

Impresos con licencia. — «Bueno está eso, dijo Don Quijote; 
los libros que están impresos con Ucencia de los reyes ¿ha- 
bían de ser mentira?» De este mismo argumento se había 
valido su merced del ventero Juan Palomeque el Zurdo, en 
el cap. 32 (II, 52 1)1 para probar la veracidad de los libros 
de caballerías. Pellicer sobre este lugar hizo mención de 
aquel buen clérigo de quien habla Melchor Cano en su tra- 
tado de Lugares teológicos, el cual creía que todo lo impre- 
so era cierto, no pudiéndose persuadir que los ministros de 
la república habían de permitir que se imprimiesen menti- 
ras. Por esta regla hubo de creer que eran reales y verda- 
deras, no sólo las historias de Amadís y demás caballeros 
andantes, sino hasta las fábulas de Esopo. III, 471. 

Inaudita (De la) cristiandad de Don Quijote. — Ya se ha obser- 
vado alguna vez (II, i83) que la voz inaudita, aplicada á 
las cosas de Don Quijote, puede tener dos sentidos: uno, 
el de «no oída por singular y extraordinaria», y otro, el de 
«no oída por no haber existido» . V, 63. — «Fama increible» 



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<Ié Don Quijote. II, i83. — • Cuyas tnaw¿tY»5 hazañas • (del 
caballero de la Blanca Luna). VI, 320. — ^Inaudita pruden- 
cia (de Felipe III) en haberla encargado (la expulsión) al 
tal D. Bemardino de Velasco!» Inaudita significa fio que 
no se ha oído, porque no ha existido». V, SSg. — •Ina-udiio 
bachiller, perpetuo trastulo» (Sansón Carrasco). IV, laS. 

Ifícesabk, por incesante. — Adjetivo poco usado en el día, aun- 
que se encuentra en nuestros buenos escritores. lAquelin- 
cesable golpear». II, ii5. 

Inefable crédito. — Inefable significa lo mismo que t indecible»; 
pero únicamente suele aplicarse á las cosas divinas ó celes- 
tiales. V, 69, 70 (t). 

Infinita gente deseosos, — Véase Silepsis. 

Infinta. — En el antiguo lenguaje castellano significa «fingi- 
miento». V, 291. 

Ingalaterra, por Inglaterra. — «Palmerin de Ingalaterra*. I, 
9. — «De Londres á Ingalaterra». VI, 158 (t). 

Ingenio lego.-^Así llamó á Cervantes D. Tomás Tamayo de 
Vargas, y Avellaneda mostró despreciarle por indocto y 
falto de estudios académicos. La posteridad ha fallado es- 
te pleito y sin apelación. V, 489. — iDe ver la noticia 
^ue tenía (Don Quijote)». Quien tenía la noticia que aquí 
se da de las cosas concernientes á la caballería era Cervan- 
tes, el cual en este pasaje de la fábula manifestó su vasta 
lectu]:a en materias de nuestra historia, y la injusticia con 
que algunos de sus contemporáneos le llamaron, según dice 
D. Tomás Tamayo de Vargas, ingenio lego. III, 467. — 
Véase Vargas (D. Tomás Tamayo de). 

Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. — Observaciones 
sobre este título. Clemencín dice: «Todas las explicacio- 
nes ofrecen inconvenientes. Si lo ingenioso se dice por la 
persona (del hidalgo), recae mal sobre un loco; si por el in- 
genio con que está escrito el libro, es vanidad y jactancia 
€Íel autor; si por ser la obra de la clase de las de ingenio y 



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entretenimiento, el mismo Cervantes lo contradice. Lo que 
no admite duda, como resulta de todo lo precedente, es que 
el título de Ingenioso Hidalgo es obscuro y, por consiguien- 
te, poco felijzi. (Nota al fin de la Dedicatoria al duque de 
Béjar.) I, xliv; I, 22; II, 22 (t). — ^Ingenioso Hidalgo de 
la Mancha, cuyo lugar no quiso poner puntualmente Cide 
Hamete, por dejar que todas las villas y lugares de la Man- 
cha contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por su- 
yo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por 
Homeroi. VI, 462 (t) y Nota. 
Ingratitud (La) es hija de la soberbia, y uno de los mayores 
pecados que se sabe; y la persona que es agradecida á los 
que bien le han hecho, da indicio que también lo será á 
Dios, que tantos bienes le hizo y de continuo le hace. Má- 
xima cierta y bien expresada. El lenguaje de este período 
es natural y ñuido, y las ideas muestran salir de un alma 
noble, tierna y religiosa. VI, 55. — Sobresalió en Miguel 
de Cervantes la prenda de agradecido, de lo que dio prue- 
bas hasta en el punto de su myerte, como se ve por la de- 
dicatoria de los Trabajos de Persiles y Sigismunda que diri- 
gió á su protector el conde de Lemos después de haber re- 
cibido la Extremaunción. I, xliii (Dedicatoria al duque 
de Béjar). 
Ingratitud (La) vengada, de Lope de Vega. — Su argumento. 
— Censura de Cervantes, en que más parece disculpar á 
Lope que acusarle. III, 398, 417; V, 233, 397. 
Inerme, por enorme. V, 258, 274. 
Inquisición (La), — Véase Hermandad {La Santa). 
Inreparable, por irreparable. — «La inreparable desgracia de 
sus medias i. — Así está la voz más conforme á su origen. 
El uso facilitó su pronunciación suprimiendo la n y doblan- 
do la r. V, 383. 
Inscripciones sobre monumefüos antiguos. — Son muchos los ca- 
sos en que los libros caballerescos hacen mención de pa- 



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drones y profecías escritas en caracteres de lenguas anti- 
guas y exóticas. II, 461. 
Insectos (La muerte de los), — Una de las señales que tienen 
los que se embarcan en Cádiz para ir á las Indias Orienta- 
les, para entender que han pasado lá línea equinoccial. Cer- 
vantes quiso ridiculizar, poniéndola, aunque algo desfigura- 
da, en boca de un loco, la creencia, vulgar en su tiempo, 
de que así sucedía en la navegación á Indias luego que pa- 
saban el meridiano de las Azores. V, io3. 

Insolencia. — «Otras cien mil insolencias dignas de eterno nom- 
bre». Voz admitida después de escrito el Diálogo de las len- 
giíos, cuyo autor deseaba que se introdujese en la nuestra. 
Verdad es que aquí no está en la acepción en que la usa- 
mos de «atrevimiento, descaro, petulancia», porque nos- 
otros siempre la tomamos en mala parte, sino en la de «ac- 
ción insólita, extraordinaria», digna, como dice el texto, de 
eterno nombre y escritura. II, 292. 

Instrumentos músicos, — Varias Notas sobre ellos. IV, 2i3; V, 
220, 221, 423, 431. — Véase Trovadores (Grandes) y grandes 
músicos. 

ínsula Barataría. — La de que Sancho fué gobernador. — Véa- 
se Baratar ia (La ínsula). V, 404. 

ínsula (La) Firme — El señorío de la cual dio Amadís de 
Gaula á su escudero Gandalín. No era verdaderamente isla, 
porque se hallaba unida al continente por una lengua de 
tierra. I, 122; II, 141, 174, 2/3, 284, 434. 

ínsulas (Las) hacen un gran papel en los libros de caballerías. 
V, 404. — «Gobiernos insulanos» ^ gobiernos de ínsulas. Cer- 
vantes usó del adjetivo insulanos por «insulares» ó «isle- 
ños», con algo de burla de las ínsulas, que tanto se nombran 
en las historias caballerescas. IV, 222. 

Interesal liberalidad. — Interesal, palabra anticuada, equivalen- 
te á interesada, que forma una antítesis con «liberalidad», 
prenda que se atribuye aquí irónicamente á la interesada 



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profesión de alcaide de una cárcel. Por lo demás, la del al- 
caide sería «indulgencia 6 condescendencia», pero no sé có- 
mo podría llamársele liberalidad, la cual en todo caso sería 
del preso y no del alcaide. VI, i3. 

InUrrotos. — «Entre interrotos sollozos y mal formados suspi- 
ros». Italianismo. Palabra conforme á su origen rotos, pe- 
ro no al uso actual, que dice • interrumpidos • . VI, 20. 

Intonsos poetas.^ — Intonsos, palabra tomada del latín, que sig- 
niñea «el que no tiene cortado el pelo». Es epíteto con que 
se designa á Apolo. «Intonsus Deus^ le llamó ya Ovidio, y 
nuestro Garcilaso: 

El mancebo 
Intonso y rubio Febo, 

Virgilio lo aplicó á los montes en el siguiente pasaje: 

tlpsi laetitia voces ad sidera jactant 
Intonsi montesi>. 

(Égloga 5.») 

Alguna vez se lee en Lope de Vega el nintonso rústico »r 
donde intonso equivale á «greñudo». En el presente pasaje, 
•intonsos poetas» quiere decir, según su contexto, «poetas 
noveles, principiantes, inexpertos». •Foetais de primera ton- 
suras llamó Quevedo á los poetas principiantes, en la Casa 
de los locos de amor, sil principio. Y el mismo, en La culta 
latiniparla, dice: «Al paje llamará intonso». — Entre los ro- 
manos era objeto de una fiesta el afeitarse por primera vez. 
Suetonio nota que cuando lo hizo Calígula fué sin solemni- 
dad ni aparato, al contrario de Nerón, quien celebró este 
acto con juegos y sacrificios, y poniendo el bozo en una ca- 
ja de oro guarnecida de piedras preciosísimas, lo consagró 
á Júpiter Capitolino. VI, 408, 404. 
Invenciófi (La) y el inventor de la artillería. — «En el infierna 
se le está dando el premio». Don Quijote repetía las mal- 
diciones que Ariosto lanzó en su Orlando furioso (C. xi, est.. 



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26-28), contra la invención y el inventor de la artillería. An- 
teriormente, Francisco Petrarca había maldecido también 
la invención de la pólvora. Lo mismo había hecho Polido- 
ro Virgilio. En España hacían lo mismo Juan de la Cueva 
y D. Francisco de Quevedo. D. José Pellicer de Salas, ha- 
blando de la artillería en las notas á las Soledades, de Gón- 
gora, dice que «quien defiende ser justa arma tan diabóli- 
ca, merecía morir en ella arcabuceado como traidor á su 
naturaleza». III, 139-142. 

Invocación de Don Quijote^ que recuerda la de Albanio en la 
segunda égloga de Garcilaso. — «Oh, vosotros, quien quie- 
ra que seáis, rústicos dioses». II, 298. 

Ir dé ir en. — tDe las idas en casa de Anselmo». — Decimos 
ir á, y no ir en, para denotar el lugar adonde se va; pero en 
tiempo de Cervantes solía decirse de ambas maneras. Pu- 
dieran citarse muchos ejemplos de dentro y fuera del Qui- 
jote. III, 2. 

Ir :í la mano d alguno. — Frase familiar. Contenerle, mode- 
rarle. (Academia.) Irse d la mano: contenerse. III, 217; 
II, 123 (t); III, 145 (t); IV, 377 (t).— Véase Mano. 

Ir alguno de vencida. — «Los enemigos van de vencida». Em- 
pezar á ser vencido. (Academia.) VI, 88 (t). 

Ir con letura. — Significa «ir con intención ó propósito»: 
expresión del lenguaje bajo y vulgar. I, LVix (Prólogo). 

Ir por los cerros de Ubeda. — Según Covarrubias, «se dice del 
que no lleva camino en lo que dice, y procede por térmi- 
nos remotos y desproporcionados». El origen de esta expre- 
sión proverbial es desconocido, como lo es generalmente el 
' de los refranes y locuciones de su clase. — La presente se 
aplica, según dijo Covarrubias, á las cosas que van desca- 
minadas y fuera de los términos razonables, como lo iría 
el que dejase el camino llano, prefiriendo el de los cerros 
y terrenos desiguales. La mención de los de Úbeda puede 
indicar que allí ó cerca de allí tuvo la expresión su paci- 



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miento. V, 179, 359. — Como por los cerros de Ubeda, se di- 
ce de cosas disparatadas que no vienen á cuento. VI, 154. 
— Véase Úbeda, etc. 

Ir y venir, — ^Yendo y viniendo (Don Quijote) con la imagina- 
ción en el desdichado suceso de su vencimiento». Ir y t^e- 
nir: frase. Insistir en alguna cosa revolviéndola continua- 
mente en la imaginación; y asi se dice; si da usted en ir y 
venir en eso, perderá el juicio. (Academia.) VI, 333 (t). 

Irse camino de su caballeriza. — Así se dice elegantemente, en 
vez de «seguir el camino de su caballeriza». La palabra 
camino tiene aquí fuerza de preposición, como si se dijera: 
tihacia su caballeriza». I, 79. — Véase Camino (Irse) de sté 
caballeriza. 

Iras (Que las) de los amantes suelen parar en maldiciones. — Es* 
to se dijo de Altisidora: bella expresión. VI, 353 (t). 

Isabela (La), la Filis y la Alejandra. — Compuso estas tres 
tragedias Lupercio Leonardo de Argensola. III, 397. 
— Y éa&Q Árcensela (Lupercio Leonardo de). — [II, 67-70; 

III, 3i.] 

Isidro (El). — Poema que Lope de Vega escribió en redondi- 
llas. V, 280.— [II, 166.] 

Islas de los lagartos. — Se dice de las islas deshabitadas. V, 
281. 

lialianismos. — Defecto de que presenta algunos ejemplos el 
Quijote, y que no fué extraño se pegase algún tanto á nues- 
tro autor por la lectura de los clásicos italianos, y más aún 
por su residencia en aquel país. I, 216; II, 296; III, 5ii; 

IV, 220, 321, 366; V, 292, 35o. — «Sé algún tanto del 
toscano». Apasionado Cervantes del Ariosto y demás au- 
tores de Italia, no pudo dejar de saber con perfección (más 
que «algún tanto») la lengua en que habían éstos escrito 
sus obras: á que se agrega la circunstancia de su viaje á 
Italia el año 1569 en compañía de monseñor Aquaviva, 
con el cual hubo de incorporarse en Valencia 6 Aragón 



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233 - 
euando el cardenal regiesaba á Roma. Sirvió de camarero 
al cardenal, y acabó de visitar las magniñcas y deleitosas 
ciudades de Italia. VI, 287. — Véase el índice de Ticknor. 

Italias (Venir dct ó ir d, las). — Modo de hablar, rústico y pas- 
toril, de que hay ejemplos en nuestros libros. III, 497. 

Izquierdear, — «Que Don Quijote izquierdeaba* . Apartarse del 
camino derecho de la razón; palabra metafórica, felidsima- 
mente inventada para significar lo que se intenta. Arrieta 
explica este pasaje: «Esto es, que Don Quijote aflojaba ó 
empezaba á ceder y desistir de su propósito de pagar á 
maese Pedro todas cuantas desmejoras le propusiese éste de 
las figuras de su retablo». V, 64. 

Jabón napolitano. — Confección cosmética de que usaron las 
cuatro doncellas en lavar las barbas de Don Quijote en el 

. castillo. V, i53. 

Jabonar. — Metafórico y familiar. Tratar á alguno mal de pa- 
labras ó reprenderle ásperamente. (Academia.) «Que ya me 
hubieron jabonado á la doncella», esto es, hablando familiar 
é irónicamente, satirizado y sacado á relucir sus manchas 
á la hija de Galafrón. IV, 3i. 

Jaboneros. — Mote 6 apodo de burla, que se aplicaba á los ha- 
bitantes de Jetafe ú otro pueblo, como cazoleros á los de 
Valladolid, berenjeneros á los toledanos, ballenatos á los 
madrileños. En otros muchos pueblos se verifica la circuns- 
tancia de los motes, apodos y burlas que aquí se indica; co- 
mo las brujas de Barahona, el peine de Jadraque, el pája- 
ro de Baena, y otras infinitas entre pueblos contiguos, y 
más frecuentemente en los más pequeños. Los vecinos del 
Toboso, suelen tener también la debilidad de ofenderse por 
la mención de Dulcinea. Si Cervantes fuera profeta, hubie- 
ra podido agregar el Toboso al pueblo del rebuzno. V, 77. 
— Véanse Apodos y Ballenatos. 

Jamás. — Es una especie de adverbio epiceno, un adverbio 



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proteo, que tiene la particularidad de que, unido á cualquie- 
ra de otros dos de significación opuesta, cuales son siempre 
y nunca, esfuerza á ambos. Así sucede ya desde muy an- 
tiguo. Gonzalo de Berceo, en la Vida de San Milldn, cuen- 
ta que el rey Leovigildo arrasó la ciudad de Cantabria, 
quedando 

El pueblo destruido, los muros trastornados ^ 
Nuncua yamás non fueron fechos nin restaurados. 

Y el bachiller Fernán Gómez de Cibdad-Real en 1445 es- 
cribí^ al almirante de Castilla, reconciliado ya con el rey 
D. Juan: «atendemos á vuestra merced con gran júbilo, 
porque para siempre jamis ha de ser vuestra merced metida 
en la gracia de Su Alteza». Cuando el adverbio jamás va 
solo, significa ordinariamente lo mismo que nunca, lo cual es 
más conforme á su origen, que es la reunión de las dos par- 
tículas ya y índs. Mas para que la ambigüedad sea completa, 
otras veces significa lo mismo que siempre. Ejemplo de ello 
tenemos en las Trescientas^ de Juan de Mena, que dice, ha- 
blando de Santo Tomás de Aquino, en cuyo día nació el rey 
D. Juan el II, como explica el Comendador Griego: 

Y vimos al sancto doctor cuya fiesta 
El nuestro buen César jamás soleniza. 

Le había precedido en lo mismo el autor del Poema de Ale- 
jatidro, que, refiriendo la entrada de Alejandro en Jerusalén 
y lo bien que trató á los judíos, dice: 

Quitólos de tributo é de todas las pechas 

Ca avíe por yamás con ellos paces /echas. 

El uso, tirano más bien que regulador del lenguaje, suele 
establecer y autorizar estas anomalías. — Así también se 
dice con igual significación pena de la vida y pena de rntécr- 
te. IV, 38o. — «Por jafnds alabado». Aunque la palabra 
jamás por si sola ordinariamente significa nunca, aquí sig- 



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nifica siempre. V, 225. — m Por jamás quisimos admitirlas». 
Por jamás se dice, asi como por siempre, para significar 
lo contrarío. En uno y otro caso pudiera suprimirse la par- 
tícula ^or^ sin alterar esencialmente el sentido. V, 299. 

Jano (El templo de), — «La misma paz y quietud del tiempo 
de Otaviano». Los romanos, según se saben, tenía abierto 
el templo de Jano en tiempo de guerra y sólo lo cerraban 
en el de completa paz. Desde el reinado de Numa, que lo 
erigió, hasta la época de los emperadores, sólo se cerró en 
dos ocasiones, como cuenta Tito Livio: el emperador Oc- 
taviano Augusto lo cerró tres veces: Janum Quirinum (dice 
Suetonio) semel atqae iierúm á condita urbe memoriam ante 
suam clausum, in multo breviore temporis spatio, térra mari- 
que pace parta, terclusit». De aquí vino la expresión pro- 
verbial de «paz octaviana», con que se denota una paz pro- 
funda y universal. III, 337. — Vésise Otaviano, etc. 

Jáquima. — Voz de origen arábigo. Cabestro ó cabezada de 
cuerda con que se sujetan las cabalgaduras. V, 307. 

Jara, flecha, saeia^ pasador, vira. — Son nombres de armas 
arrojadizas que se disparaban con arco ó ballesta. IV, 446. 

Jarales. — Terrenos en que abundan las jaras, arbusto coifty- 
nísimo en España, que cubre gran parte de nuestros despo- 
blados y los cubría ya hace siglos, como lo indican nues- 
tros romances viejos. II, 248. 

Jaratna (Los toros de). — Lope de Vega, en su Bernardo, había 
ensalzado la bravura de los de Jarama, cuyos pastos, se- 
gún la opinión común, tienen la propiedad de embravecer- 
los; opinión que en el día se sostiene con igual crédito. 
VI, 186. 

Jarcias. — «Todas sus jarcias y figuras» (del retablo de maese 
Pedro). — Jarcias se dice de los aparejos y cabos de una 
embarcación; pero á veces significa, como sucede aquí, el 
conjunto ó aparato necesario para hacer algo que sea ope- 
roso y complicado. IV, 86; V, 60. 



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23^ 

Jáuregm (D. Juan dej.—*Su Aminia (traducción), donde fe- 
lizmente pone en duda cuál es la traducción ó cuál el ori- 
ginal». — Caballero sevillano, pintor y poeta: «retrato (dé 
Cervantes) copiado según se cree del original que hizo en 
Sevilla Francisco Pacheco ó D. Juan de 'Jáuregui, que 
existe en la Academia Española de la Lengua». IV, 323. 
— Jáuregui hubo de retratar en sus versos á Cervantes, se- 
gún éste manifiesta en el prólogo de sus Novelas (I, xiii, 
ed. de 1783). — La traducción del Aminta, de Torcuato 
Tasso, por Jáuregui, es uno de los monumentos más pre- 
ciosos y célebres de nuestra literatura. Se ha insertado en 
las colecciones más notables, como las de Quintana y Fer- 
nández. El poeta sevillano ha traducido con suma facilidad, 
no sólo la letra del Atilinta, sino también su tono cando- 
roso y pastoril. Puede decirse de esta traducción que hue- 
le á tomillo. VI, 289-291.— [III, 33-35, etc.] 

Jerigonza. — Es el lenguaje misterioso en que se entienden las 
gentes de mal vivir para ocultar sus maldades.— De aquí 
vino llamarse jerigonza lo que no se entiende, como suce- 
día á los labradores del texto con lo que contaba Don Qui- 
. Jbte. También se dice «enjVrjo^a», palabra que parece deri- 
varse y ser abreviatura de jerigofiza. Lo mismo solía sig- 
nificar jacarandina. — D. Francisco de Quevedo dio, al pa- 
recer, la misma significación á jerigonza y á germanía. — 
IV, 35i. 

Jileco 6 casaca de cautivo. — Jileco parece ser la misma voz 
que chaleco, si bien éste no lleva faldas ni mangas como 
las casacas. Covarrubias define la casaca: iun género de 
ropilla abierta por los lados». — III, 248. 

Jineta (A la) con lanzas y adargas. — Los caminantes anti- 
guamente llevaban lanzas, como ahora pistolas y carabi- 
nas. La adarga era propia de los que montaban á la jineta 
é iban á la ligera como convenía á caminantes. III, 91. 

Jira. —Es fiesta campestre acompañada de comida, bulla y 



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237 
regocijo, que es lo que llamamos ahora fpartída de campo». 

V,87. 

Jirón. — Es parte 6 porción pequeña de alguna cosa. (Acade- 
mia.) «Dulcinea tiene un jirón que la puede llevar á ser rei- 
na». « Esto es, como si dijera: tiene partes que la pueden lle- 
var á ser reina, ó hacerla merecedora de serlo». (Arrieta.) 
El jirón ó circunstancia de Dulcinea, que, según nuestro ca- 
ballero, tenia «virtualmente en sí mayores venturas» y me- 
recimientos, era ser «hermosa y virtuosa». V, i6i. 

Jirón. — Véase Girón. 

¡Jo! (¡Xo! ó ¡cho!) — Interjección, de que se usa para hacer 
parar las caballerías. (Academia.) IV, 177. — Véase Xo, que 
te estriego. 

Jorge (San). — «Uno de los mejores andantes que tuvo la mi- 
licia, divina». VI, 160-162. — La cofradía de San Jorge. 
VI, 212-218. — Justas por la fiesta de San Jorge. IV, 77. 

Jomadas. — Bartolomé Torres Naharro sustituyó al nonnibre 
de actos el de jomadas, indicando con él, 6 que los sucesos 
de cada acto podían comprender la duración de un día, 6 
que así se repartía cómodamente el drama, considerado co- 
mo un viaje. Cuando se publicó la primera parte del Quijote 
era ya general la división de las comediasen tres jornadas , 
y así ha continuado hasta nuestros días, llamándose actos 
ó jornadas las de las piezas cómicas, y actos exdusiva- 
mente los de las trágicas. III, 404. — [I, 267, n., etc.] 

Jomadas (A graiides ó d largas).— -Modo adverbial. Con ce- 
leridad y presteza. (Academia.) VI, 344 (t). 

Jovellanos (D. Gaspar de). — Su Memoria sobre diversiones pú- 
blicas, en que, citando un pasaje del Quijote sobre los «au- 
tos para el día de Dios» (I, 248), habla de la costumbre 
de representarse autos sacramentales en el día del Corpus. 
I, 248; IV, 192. — Declamaba contra la moral que comun- 
mente ofrecían nuestros dramas. IV, ix (Prólogo). — Véase 
el índice de Ticknor. —[II, 289, n., 240, n.; III, 460.] 



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Juan (D,) de Austria. — Su historia. Fué este príncipe uno 
de los notables personajes de su siglo. Carlos V lo tuvo en 
una señora alemana de Ratisbona, donde nació el año 
de 1545. III, i53, 154, 160. — fEl Sr. D. Juan». Así so- 
lian nombrarle los españoles de aquel tiempo, que habla- 
ban de él con la veneración que de todas las cosas de Car- 
los V; y Cervantes, que había militado bajo sus órdenes 
y recibido de su mano premios y mercedes, tenía este mo- 
tivo particular más para hacerlo. III, 162, i65, 167, 174. 
— Véase Austria (Juan de). — [II, gS-gS, etc.] 

Juan Latino. — Negro muy notable; su historia interesante. 
«Fué traído, siendo niño, cautivo con su madre á España, 
donde se crió en casa de la duquesa de Terranova, viuda 
del Gran Capitán, con la doctrina de su nieto el duque de 
Sesa, al cual servía de llevar los libros al estudio Sien- 
do ya hombre, se casó por amores con Doña Ana Carie - 
val, hija del licenciado Carleval, gobernador del estado 
del duque; porque, dando lección á esta dama, la añcionó 
de tal suerte con sus donaires y graciosos dichos, que le 
dio palabra de casamiento, y pedida ante el juez eclesiás- 
tico, se ratificó en ello y casó con él. Estudió artes, y fué 

maestro en ellas Se aplicó á leer gramática, y tuvo la 

cátedra desta ciudad (Granada) más de sesenta años. Fué 
tan ^timado de los duques de Sesa, arzobispos y gente 
principal, que todos le daban su mesa y silla, porque de- 
más de ser gran retórico y poeta latino, era gracioso de- 
cidor y buen músico de vihuela. Vivió noventa años, de- 
jando hijas y nietos que hoy viven. Cegó á la vejez, y no 
obstante esto, leía en las escuelas y por las calles, andando. 
Está enterrado en la iglesia de Señora Santa Ana desta ciu- 
dadi. (Antigüedad y excelencias de Granada, por D. Francisco 
Bermúdez de Pedraza.) — Juan Latino recibió la libertad de 
mano del duque de Sesa, con quien se había educado: fué 
muy favorecido de D. Pedro Guerrero, arzobispo de Gra- 



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239 
nada, y tuvo el apellido de Latino por su conocimiento 
de la lengua romana^ en la que escribió é imprimió algu- 
nas poesías. I, Lx (Prólogo). — Su poema en latín, con el 
título dt'Austrias, donde cantó la victoria de Lepanto en 
citantes versos. III, 155. — M. Ticknor, en una nota en 
su Historia it la Literatura Española, traducida al caste- 
llano por D. Pascual de Gayangos (Madrid, 1854, tomo 
III, p. 172), dice: tLos poetas de esta época pagaron to- 
dos su tributo de alabanzas y glorías á D. Juan de Aus- 
tria; pero entre todas las obras escritas en elogio suyo, 
ninguna es tan curiosa como un poema latino dividido en 
dos libros y compuesto de unos mil ochocientos exáme- 
tros y pentámetros, obra de un negro traído en su niñez 
de África á España y que á fuerza de aplicación y estudio 
llegó á ser profesor de lengua griega y latina en el semi- 
nario de Granada: es el mismo á quien Cervantes alude 
en los versos que preceden al Quijote, donde le llama tel 
negro Juan Latino» (I, lx (Prólogo)). El tomo que con- 
tiene sus poesías latinas al nacimiento de D. Fernando, 
hijo de Felipe II, al papa Pío V, á D. Juan de Austria y 
á la ciudad de Granada, consta de ciento sesenta páginas 
en 4.° menor y se imprimió en dicha ciudad. Es muy no- 
table, no sólo por su extraordinaria rareza, sino por ser 
una de las pruebas más notables de las facultades intelec- 
tuales de la raza africana. — Después de su muerte, ocu- 
rrida en 1673, su esposa é hijos consagraron á su memoria 
un monumento, que se colocó en la iglesia parroquial de 
Santa Ana de aquella ciudad y al cual se puso im epitafio, 
llamándole: tFilius jEthiopum, prolesqtée nigerrimapatrum», 
(Nic. Ant. Bibl, Nov., t. I, p. 716, y Don Quijote, t. I, 
p. 60, Nota, edic. de Clemencín.) — Véase Latino (Juan). 
—[II, 494, 495, n.] 
yuan (Fiestas, día y noche , y mañana de San). — La fiesta más 
solemne de San Juan de que nos queda memoria, fué la 



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240 
que el célebre conde-duque de Olivares di6 á Felipe IV, la 
noche de San Juan del año i63i en los jardines contiguos 
al paseo del Prado de Madrid que median entre las extre- 
midades de la carrera de San Jerónimo y calle de Alcalá. 
— Descripción de la fiesta, que fué sumamente magnifica 
y ostentosa. Dos comedias, la primera, intitulada Quien 
más miente, medra más, por D. Francisco de Quevedo y 
D. Antonio de Mendoza; la segunda, por Lope de Vega, 
con el título de La noche de San Juan, compuestas para 
la ocasión. VI, 259-263. 

Jubilar. — Cervantes, en su Quijote, usó esta voz en dos acep- 
ciones: en la de «regocijarse», como aquí: «pero quien más 
jubilaba era la ventera», haciéndola verbo neutro ó de es- 
tado; y en la de «absolver ó descargar del trabajo de algún 
empleo desempeñado anteriormente», en cuya acepción es 
verbo activo. Así se usó en la segunda parte (V, 192), cuan- 
do la Duquesa decía á Sancho que podía llevar al gobierno 
á su rucio, «regalarle como quisiere, y a,un jubilarle del tra- 
bajo». Este último sentido es el único qne actualmente tie- 
ne el verbo jubilar entre nosotros; en el primero, lo tengo 
por italianismo. La Duquesa (en este último pasaje) no 
proponía ninguna cosa extraordinaria y nunca vista: hartos 
asnos jubilados y jubilados asnos conocemos todos. Y no es 
lo peor que se les jubile, sino que se les envíe á los gobier- 
nos, de lo que Sancho dice poco más abajo que había visto 
más de dos ejemplos: ag'udeza maliciosa de Sancho, que en 
la intención de Cervantes envolvería alusión á casos efec- 
tivos y prácticos que habría en aquel tiempo, como los ha- 
brá habido en los posteriores y acaso en los nuestros. III^ 
lio; V, 192. 

Jubón (En calzas y en). — Esto es, con sólo la ropa interior: 
el jubón que se usaba en el siglo xvi, cubría el cuerpo 
y los brazos; las calzas, los muslos y piernas. La ropa 
exterior era el sayo y el herreruelo 6 capa: el sombrero 



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241 
y los zapatos acababan de completar el vestido. II, 443. 

jfubón (Sobre el) de artnar. — La ligadura no fué sobre el peto 
y el espaldar, piezas del arnés que cubrían el pecho y la 
espalda, sino sobre «aquel jubón de carnuza, todo bisunto 
con la mugre de las armast, de que se habló en el cap. 18 
(IV, 323) al describir el traje de nuestro hidalgo, recién 
llegado á la casa de D. Diego de Miranda. IV, 415. 

Judíos (Los). — La multitud que había en Toledo de familias 
originarías de judíos. La aljama hebrea de Toledo había 
sido famosa: de ella salió el célebre Aben Ezra, que hubo 
de ser el primero ó uno de los primeros traductores caste- 
llanos de los libros sagrados. Los apasionados á la ciudad 
de Toledo quieren decir que los judíos que la habitaban 
en tiempo de Tiberio desaprobaron la muerte que sus her- 
manos de Jerusalén procuraron á N. S. Jesucristo. — De 
las persecuciones que padecieron los judíos en diferentes 
épocas, pudiera hacerse una larga historia. Cervantes ri- 
diculiza las groseras ideas del vulgo, entonces comunes, 
que llegaron hasta creer que los judíos tenían rabo. I, 199; 

IV, iSg. — Véase el líidice de Ticknor. 

Juego de Maese Coral, — «Juego de manos, que dicen de pasa 
pasa (por agilidad, etc.). Diéronle este nombre porque los 
charlatanes y embusteros que traen estos juegos, se des- 
nudan de capa y sayo, y quedan en unas jaquetas ó almi- 
llas coloradas, que parecen troncosde coral». (Covarrubias.) 

V, 432. 

Juglares ó bufoms. — Juglar es palabra que viene de la latina 
jocularis, y se aplicaba á las personas cuya profesión era di- 
vertir á los demás con sus dichos jocosos, como los bufo- 
nes, ó con sus habilidades, como los cantores ó músicos. 
— Larga Nota sobre ellos, graciosos, etc. V, 129-131. — 
[I, 10, io5, notas.] 

Juguetes. — «Como los frailecicos que hacen los niños». De- 
bió ser algún juguete común en tiempo de Cervantes, á la 

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242 

manera que ahora se hacen conejos con una aceituna 6 un 
pañuelo, caras de vieja con el puño cerrado y dos cuentas de 
rosario, y calaveras con cascaras de coco y una luz dentro. 
Lo que aquí se indica serian vainas de haba cortadas de 
modo que la punta quedase pendiente como capucha, de- 
jando descubierta parte del haba, que representaría la ca- 
beza, y lo demás de la vaina, el cuerpo. II, 5i6. 

Jhdcio (Es un). — Es una cosa muy extraña, un asombro. 
(Arrieta.) — «Que es un juicio los que tienen muñidos». IV, 
354 (t). — «Que el pan vale á real, y la carne la Hbra á 
treinta maravedís, que es un juicio*. (Carta de Teresa Pan- 
za á la Duquesa.) VI, 77 (t). 

Julián (El conde Don). — Era gobernador de Ceuta por los 
reyes godos de España á principios del siglo viil, cuando 
los mahometanos, sojuzgadas las costas septentrionales de 
África, penetraron hasta las del Océano Atlántico. Com- 
batieron inútilmente á Ceuta, defendida con valor por Don 
Julián; mas éste, ofendido posteriormente (así se cuenta) 
por la violencia que el rey D. Rodrigo hizo á su mujer, se- 
gún unos, y á su hija, seg^n otros, trató con los moros, 
les facilitó su entrada en la Península y los auxilió para la 
conquista. Los críticos han altercado sobre la verdad de 
estos remotos acontecimientos; pero, en fin, ésta ha sido 
la creencia común y ordinaria en España desde el siglo xiii. 
— La violencia atribuida á Rodrigo prestó asunto á la Pro- 
fecía del Tajo, oda que compuso Fr. Luis de León á imi- 
tación de la de Nereo en Horacio, y es una de las compo- 
siciones que más honran nuestro Parnaso y que más se 
acercan á la sencillez y sublimidad de la lírica antigua. II, 
367; III, 236.— Véase Caba (La) rumia. 

Julio César. — «Algún tanto no limpio, ni en sus vestidos ni 
en sus costumbrest. En la poca limpieza de costumbres de 
Julio César conviene con Don Quijote Suetonio; pero no en 
punto á la del traje. Lejos de asentir Suetonio á lo que Don 



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«43 
"Quijote dijo de César, lo tachaba á éste de petimetre y pro- 
lijo en el adorno de su persona. IV, 40; V, 355.— iPre- 
gtintáxonle á Julio César cuál era la mejor muerte. Res- 
pondió que la impensada, la de repente y no prevista». 
V, i5. 

Jumd (El primer). — Jumi, nombre arábigo, significa twm^, 
que es el día de la semana que guardan los mahometanos, 
como los judíos el sábado, y nosotros el domingo. En di- 
cho dia concurren los moros á la mezquita á hacer el zalá; 
y probablemente por esta razón lo escogía el cautivo para 
verificar su fuga, que en él era más fácil por no salir la 
gente á las labores del campo. III, 220, 206 (t). 

Juramentos. — Muy usados entre los caballeros. «Me lo jure 
por la ley de caballería que ha recibido». I, 72; II, 254, 
363; III, 3ii. — También las doncellas andantes juraban 
por la orden de caballería. II, 254. 

Juro como católico cristiano. — ^Asi juraba Cide Hamete Benen- 
gdi, siendo él moro, al principio del cap. 27, segunda par- 
te (V, 67); y Teresa Panza usó de las mismas palabras al 

- principio de su^arta á su marido. VI, 78. 

Justas del Ames. — El reino de Aragón, no sólo dio muestras 
de aprecio á este cuerpo (la cofradía de San Jorge), apo- 

. yando sus pretensiones en Cortes, sino que fomentó su ins- 
tituto. Con este objeto daba al vencedor en la justa de San 
Jorge un arnés completo. Y he aquí por qué se llamó la 
justa dd Arnés. VI, 214; IV, 77, 184; V, 71; VI, 211. — 
Véanse Cofradía de San Jorge y Justas por la fiesta de San 
Jorge. 

Justas de Suero de Quiñones, el del Paso. — Éste fué un caba- 
llero leonés, que el año de 1434 celebró junto á la puente 
del rio Orbigo unas solemnísimas justas que duraron trein- 
ta días. En la Armería Real se muestra la espada de Sue- 

- ro de Quiñones. III, 463.— -Véase Paso honroso de Suero 
Je Quiñones. 



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244 
Justas literarias, 6 justas poéticas. — Certámenes literarios ent 
que se distribuían premios y honores y que llegaron muy 
pronto á ser la diversión favorita del pueblo. Cervantes 
ganó el premio en Zaragoza en iSgS y Lope de Vega ga- 
nó otro en Toledo en 1608. (Traducción de Gayangos, 11^ 
287.) Estas justas y contiendas literarias ó piadosas habíaa 
sucedido á las justas y torneos de los tiempos anteriores^ 
IV, 328, 282 (t).— [II, 114, 179, 180, n.] 
Justas por la fiesta de San Jorge, — Desde la batalla de Aleo- 
raz, junto á Huesca, que el rey D. Pedro de Aragón gan6 
á los moros el año de 1096, y de cuyas resultas se le rin- 
dió aquella plaza, se miró á San Jorge como patrón de la 
caballería de Aragón. Y en Zaragoza había creada en ho- 
nor del santo una cofradía de caballeros, que estaban obli- 
gados á justar tres veces al año y á tornear á caballo atrás 
tantas en honor del santo. Llamábanse las justas del Ar^ 
nes. IV, 77; VI, 211-217. — Véase Cofradía de San Jorge. 
Justas y torneos. — Tres son los ejercicios que Don Quijote^ 
menciona como propios de caballeros cortesanos, y que 
compara y pospone á los oficios y trabajos de los andantes: 
«alancear toros, concertar jwsías y mantener torneos». Las- 
justas se diferenciaban de los torneos en que eran de «uno á. 
unot, y los torneos podían ser de «cuadrilla á cuadrillat. 
Torneos era nombre general en que se comprendían todas 
las clases de luchas, combates y ejercicios caballerescos. 
IV, 3 14-3 16, 406. — Véase Torneos y justas. 
Justicia CLa administración dej. — En los tiempos de Cervan- 
tes estaba muy distante de ser tan recta y justificada como 
debiera. Si hemos de juzgar por los documentos que nos 
quedan, bien podemos lisonjeamos de vivir en mejor edad 
que Cervantes y sus contemporáneos. II, 204. 
Justicia (La) distributiva y conmutativa. — Pedantea aquí Don 
Quijote con la división vulgar de la justicia en distributiva 
y conmutativa; aquélla es la que concierne á los derechos de 



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245 
las personas; ésta, ia que nivela y equilibra las' cosas. IV^ 
33o. — «Poner en su punto Isijtistícia distributivas». III, 127. 
— «Ni defraxídó ndidsL déla, jtísticia distributivas». Wl, 241 (t). 

yusto fEnJ y en creyente. — Expresión proverbial antigua, de 
origen desconocido, como otras muchas de su clase. £1 
Diccionario dice que la expresión en justos y en creyentes se 
usa para asegurar que una cosa es cierta. Por consiguiente, 
querrá decir: «como soy hombre de bien y cristiano». Mas, 
según Covarrubias, citando á Quevedo, vale «súbitamente, 
aceleradamente» . En la Eufemia, comedia de Lope de Rue- 
da, dice Vallejo: «Acodiciéme á un manto de un clérigo é 
á unos manteles de casa de un bodegonero donde yo solía 
comer, y cógeme la justicia, y en justo y en creyente*, etc. 
Aquí parece que significa «incontinenti, en caliente, sin in- 
termisión de tiempo». V, 372. — Véase En justo y en cre- 
yente. 

Juxta illid: si quis, suadente diabolo, etc. — Don Quijote dijo 
á Sancho: «yo entiendo, Sancho, que quedo descomulgado 
por haber puesto las manos violentamente en cosa sagrada: 
juxta illud^ etc., aunque sé bien que no puse las manos, si- 
no este lanzón». Cervantes aludiría al decreto que empieza 
así del concilio de Trento, cuyos cánones conocía, puesto 
que cita en la segunda parte (VI, 135) el que prohibe los 
desafíos. Consiguiente á esto debiera decir, no «cosa sagra- 
da», sino «persona sagrada», que es de lo que habla el con- 
cilio. Éste lo tomó del Decreto de Graciano, y Graciano del 
concilio de Reims del año ii3i. 11, 108. 

Xa f pronombre J en el dativo, — «De dar/a facultad y licencia 
para entrar á decirfc su cuita». Véase un ejemplo de laven- 
taja que puede traer para la claridad el uso de la en el da- 
tivo del pronombre él. El darla es á la condesa; decirle es 
, al duque. Alguna otra ventaja puede sacarse en la compo- 
. sición, cuando juntándose dos verbos de distinto régimen» 



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246 
el uno de dativo y el otro de acusativo, pueden regir ambos, 
el la, no pudiendo de otra suerte reunirse. V, 254. — «Sin 
responder/a palabra • (Don Quijote á Altisidora). VI, 154.' — 
Otros ejemplos. VI, 170. — Uso promiscuo de /^s y las y los, 
en dativo. VI, 74, 169-172. — VéanseLí,/(?,etc.y Prowow- 
bns personales. 

Laberintos. — Hubo en la antigüedad, según cuentan, cuatra 
laberintos famosos: el de Egipto, el de Creta, el de Lem- 
nos y el de Etruria. ^Laberinto como el de Creta». I, 233. 
— «Á imitación del hilo del laberinto de Perseo». La seme- 
janza de los nombres de Perseo y Teseo ocasionó el error con 
que Cervantes puso uno por otro. No fué Perseo, sino Te- 
seo el que acabó la aventura del laberinto de Creta con el 
auxilio del hilo que le dio Ariadna. Que no fué ignorancia, 
sino descuido de Cervantes, se ve por la expresión del ca- 
pítulo 48, primera parte (III, 422), en que el mismo Don 
Quijote, que aquí habla del laberinto de Perseo, le dice á 
Sancho que los encantadores habrían tomado ciertas for- 
mas «para ponerte (le dice) en un laberinto de imaginacio- 
nes que no aciertes á salir dél, aunque tuvieses la soga de 
Teseo i. II, 326; III, 422. — Véase Soga de Teseo, ^c. 

Labor blanca. — Según Covarrubias, es el cosido primoroso en 
lienzo fino, que hacen las mujeres. (Arrieta.) V, 462 (t). 

Labrar. — Se dice también con aplicación á las labores muje- 
riles. De labrar se dijo labrandera, que era la mujer diestra 
en hacer las labores propias de su sexo. Esta palabra^ que 
ya no se usa en el día y que es tan significativa, no tiene 
equivalente en castellano. La que más se le aproxima es la 
voz costurera. V, 424; V, 459, 466 (textos). 

Lacayo gascón. — Lacayo, palabra árabe, que significa «el hija 
de padres desconocidos •. Otros opinan que viene del grie- 
go y que significa corredor. VI, 94. — Véase Tosilos. 

Ladino. — Viene de latino, y se llamaba así al moro y al ne- 
gro que hablaban el castellano; y eran más 6 menos ladi^ 



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347 

. «os, según que lo hablaban mejor 6 peor. Ladino en los ne- 

. gros se opone á bozal, que es el que no sabe otra lengua que 
la suya nativa. Metafóricamente se llama ladino al que 
habla con facilidad y soltura. III, 219. — Véase Bozal. 

Lado (Del) siniestro. — «Que infundió Dios sueño en Adán, 
y que, estando durmiendo, le sacó una costilla (fc/ lado w- 
niestro, de la cual formó á nuestra madre Eva». No lo ex- 
presó (del lado siniestro) la Santa Escritura, pero es creen- 
cia común y muy antigua. — (Véase Génesis, C. II, v. ai 
y 22.) — III,' 25. 

Ladrillazos. — «Y no hallar sino coces y manteamientos, la- 
drillazos y puñadas». (Sancho lo dice á su amo.) De nin- 
gún ladrillazo se ha hecho mención en la fábula, como se 
ha hecho de «coces, manteamiento y puñadas». Puede 
ci^erse que es errata en vez de candilazos, por el que recibió 
Don Quijote en la venta de mano del moro encantado, 
alias el cuadrillero (II, 47). II, 275; III, 3i5. 

Ladrón de más de la marca. II, 207. — Véase Marca, etc. 

Lago (Baílente), ó lago ferviente, como se llamaba el de la 
ínsula de Mongaza, donde había un ídolo al cual el señor 
de la ínsula sacriñcaba las doncellas que podía haber á las 
manos. Se hace mención también de un lago ardiente don- 
de un mágico encantó áClarinda, hija del emperadorde Per- 
sia, con mil doncellas suyas. III, 474. — Cervantes pintó 
al vivo el acceso de locura en que á la sazón se hallaba Don 
Quijote, poniendo en su boca un discurso de expresiones 
animadas y vehementes, tan lleno de fuego como el bullen- 
te lago que describe, y cual pudiera prestársele dramática- 
mente en una ocasión semejante. El orador argamasillesco 
se deja arrastrar del estro que le domina; usa de verbos de 
presente y trata de poner á la vista de su auditorio, como 
si en realidad lo estuviesen, el sitio y la aventura, prime- 
ro espantable y después voluptuosa, que en aquel momen- 
to le dictaba su descompuesto celebro. III, 472. D. Anto- 



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248- 
nio de Capmany, en el Teatro de la elocuencia española, co- 
pia, entre otros trozos escogidos del Quijote, el que prece- 
de, desde «Si no, dígame: ¿hay mayor contento» etc. (III, 
472), que contiene en su mayor parte la descripción que 
hace nuestro hidalgo de la aventura del Lago ferviente» III, 
482, 484. 

Lagrimas (Las) de Angélica. — No es ese su título, sino Pri- 
fnera parte de la Angélica, poema que escribió D. Luis Ba- 
rahona de Soto, quien murió en iSgS. Fué amigo de Cervan- 
tes. I, 152; II, 483; III, 5o, 288; V, 429. — «Las cuatro 
$s que dicen que han de tener los buenos enamorados: sa- 
bio, solo, solícito y secreto i. Parece que Cervantes en 
este pasaje aludió á un dicho proverbial de su tiempo, que 
explicó Luis Barahona en las Lágrimas de Angélica. III> 5o. 
— Véanse Barahona de Soto y »SS (Las cuatro), etc. — [11, 
168, 482, 483, n.] 

Lágrimas de San Pedro. — Poema por Luis Tansilo, poeta na- 
politano. III, 14. — Véase Tansillo (Luigi).—[lll, 87 
yn.] 

Laguna (Andrés). — Médico del emperador Carlos V. Tra- 
dujo del griego, é ilustró con anotaciones y figuras el tra- 
tado de Pedacio Dioscórides acerca de la materia medicinal 
y de los venenos mortíferos. Residió Laguna mucho tiempo 
en Alemania, Flandes é Italia* La traducción de Dioscó- 
rides tiene la particularidad de haber sido hecha en el mis- 
mo sitio en que estuvo la quinta Tusculana, donde Cice- 
rón escribió varias de sus obras filosóficas. II, 89; V, 17. 

Lagunas (Las) de Ruidera, que en la Mancha habían visto. — En 
varios lugares de esta segunda parte se ha hablado de las 
lagunas de Ruidera. En el cap. 18 (IV, 346), se proponía 
Don Quijote inquirir «su nacimiento y verdaderos manan- 
tiales»; en el 22 (IV, 4o5), le ofi-ecía el primo enseñárse- 
las; en el 24 (V, 4), el mismo primo le decía que con mo- 
tivo del viaje había sabido lo que se encerraba en la cueva 



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249 
de Montesinos, con las mutaciones de las lagunas de Rui- 
dera. Pero en ninguna parte se dice que las hubiesen visto 
Don Quijote y Sancho, como aquí se expresa. VI, 253. — 
Descripción de ellas. IV, 434. — Otras Notas. II, 444; IV, 
346, 4o5; V, 7. 

Lambicar. — «Ni lambicando, como dicen, el cerbelo». •Lam- 
bicar el cerbelo, dice Covarrubias, es meterse uno en deva- 
neos é indagaciones que le gastan el juicio •. En el día se 
dice alambicar el cerebro, (Arrieta.) IV, 406, 407 (t). 

Lamparones. — Sobre la prerrogativa que se suponía tener los 
reyes de Aragón y de Francia de curar los lamparones, y 
la virtud que dicen que tienen los reyes de España de lan- 
zar los demonios del cuerpo de los energúmenos, sólo con 
presentárseles. V, 449; VI, 409. 

Lana (Quitar la) de aquellos venerables rostros. — Lajta: voz en- 
fática para ponderar lo poblado y borroso de las barbas 
dueñescas. V, 3r5. 

Lana (Una arroba de). — Esto alude á las cernejas, que los ca- 
ballos frisones (de Friesland) tienen muy pobladas, y es se- 
ñal de ser fiíertes. VI, 139. 

Lanza (De) en astillero. — Ya desde el tiempo de los Reyes Ca- 
tólicos reinaba la máxima de que abundasen por todas par- 
tes las armas; y esto de tenerlas á la vista y -en los porta- 
les de las casas, debió ser usanza común. Astillero viene del 
latino hasta ó lanza, porque era una armazón ó percha de 
madera en que se colocaban las lanzas, y solía servir de 
adorno y autoridad en los portales de las casas. Ahora se 
usa para colocar los fusiles en las casas donde asisten sol- 
dados de guardia. I, 2. 
Lanza (La) y la pluma. — «Nunca la lanza embotó la plwna, 
ni la pluma la lanzáis. Como sucedió á César entre los ro- 
manos, y entre nosotros al rey D. Jaime el Conquistador, 
y, descendiendo á personas menos ilustres, á D. Carlos 
Coloma y á los marqueses de Santacruz y de la Victoria. 



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250 

Garcilaso de la Vega y D. Alonso de Ercilla ambos fue- 
ron ilustres poetas y al mismo tiempo militares valientes. 
II, 90. 

Lanzarotc (Don) del Lago. — Amaldo Daniel, poeta proven- 
zal, fué el autor del libro de Lanzarotc, libro de que ya ha- 
bía noticia en Castilla en el siglo xv. I, 262. — Lanzarotc 
fué caballero de la Tabla Redonck. Fué amante corres- 
pondido de Ginebra, hija del rey de Escocia y mujer del 
rey Artús, de quien tuvo grandes celos la fada Morgaina, 
que amaba también á Lanzarotc. Andando el tiempo, este 
caballero mató á Morderete, hijo de Artús, que se había 
rebelado contra su padre; puso en el trono al heredero le- 
gítimo, y se hizo ermitaño. III, 456. — «Nunca fuera ca-* 
ballero». Contrahizo nuestro hidalgo y aplicó á su perso- 
na el romance antiguo de Lanzarotc, que empieza así* I, 
37, 263; III, 457. — Véase Amoldo (Daniel). 

Lanzan. — La palabra lanzan, á pesar de su terminación au- 
mentativa, significa una cosa menor que lanza, á la ma- 
nera que ratón significa también una cosa menor que rata, 
y que rabón indica un animal de poco rabo ó sin rabo. Son 
vocablos con terminación y forma de aumentativos, y sig- 
nificado y fuerza de diminutivos. II, 5i. — Lanzón, según 
Covarrubias, es arma corta que suelen usar los guardas de 
viñas y melonares, por cuyo motivo no fué extraño que la 
hubiese en la venta. III, 280. — Véanse On y Terminaciones 
de palabras, etc. 

Largas (Tantas). — «No eran menester tantas largas ni tantas 
lágrimas y suspiros t. Tantas dilaciones, tantas palabras, 
que alargaban la narración. (Arrieta.)-^Dai' largas: valer- 
se de cualquier medio para dilatar el fin ó resolución de un 
negocio. (Academia.) VI, 22 (t). — Véase Tantas largas^ 

Largo y tendido. — Expresión familiar. Con profusión. (Aca- 
demia.) — «La causa dése dolor debe ser sin duda, dijo Don 
Quijote, que como era el palo con que te dieron, largo y ten^ 



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251 

dido, te cogió todas las espaldas, donde entran todas esas 
partes que te duelen^ y si más te cogiera, más te doliera». 
tPor Dios, dijo Sancho, que vuesa merced me ha sacado 
de una gran duda, y que me la ha declarado por lindos tér- 
minos». — Pocos lectores dejarán de reírse en este paso. El 
diálogo que se sigue entre Don Quijote, y Sancho, es, como 
lo son generalmente todos los del Quijote, pero especial- 
mente los de la segunda parte, saladísimo. Si al género 
ridiculo le puede convenir la calidad de sublime, éste es 
un ejemplo. V, 85. 

Lastar con las setenas. IV, 274. — Véase Setenas (Pagar con 
las). 

Latiniparla. — ^El lenguaje de los que afectan mezclar voces 
latinas, aunque españolizadas, hablando ó escribiendo en 
castellano. (Salva.) — Lope de Vega quiso ridiculizarla (la 
voz propincua) como propia de la culta latiniparla, citando 
á un poeta manchego que dijo en su Zarambaina (todo es 
burlesco): 

En viendo que el estío está propincuo, 
Por mi salud las damas derelincuo. 

11, 12. — La culta latiniparla, de Quevedo, hablando de 
«poetas de primera tonsura». VI, 404. — Véase Propincuo. 

Latinismos. — Palabras latinas que se usan en el Quijote y no 
pertenecen al uso general y corriente de la lengua (caste- 
llana). V, 90, 99, 252. 

Latino (Juan). — Véase Jua^v Latino. 

Laúd. — Un instrumento que se toca punteando con los de^ 
dos 6 hiriendo con una pluma las cuerdas. Hubo muchos 
caballeros andantes que fueron también músicos y poetas. 
II, 235-238; IV, 2i3. 

Laura (Don Olivante de). — Historia de este invencible caba- 
llero, príncipe de Macedonia, q\ie vino á ser emperador de 
Constantinopla, por Antonio de Torqucmada. I, ii3. — 
Véase Torqucmada (Antonio á^j.— [III, 2o5, 206 n.] • 



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252 

Laureado. — La corona de laurel era propia de los poetas, 
como alumnos ó hijos de Apolo á quien estaba consagra- 
do aquel árbol. — El famoso Francisco Petrarca fué laurea- 
do solemnente con extraordinaria pompa por el senado 
romano en el Capitolio en 1341; y desde entonces se re- 
pitió esta ceremonia con los poetas más eminentes y céle- 
bres. IV, 339. 

Laurel. — «Y aun los coronan con las hojas del árbol á quien 
no ofende el rayo, como en señal que no han de ser ofen- 
didos de nadie los que con tales coronas ven honradas y 
adornadas sus sienes». Si tiene algo de cierto esta propie* 
dad que se atribuyó á las hojas del laurel, será porque abun- 
dan de resina, lo cual las hará, como llaman, «idioeléctri- 
cas». IV, 290. — Sobre coronar los reyes á los eminentes 
poetas con las hojas de laurel. IV, 290, 339. — Sancho 
promete de poner una corona de laurel en la cabera del 
rucio; y añade: «que no parezcas sino un laureado poeta». 
VI, 121. 

La.irel de Apolo. — Poema de Lope de Vega. IV, 83, 341. — 
Sus versos justos y generosos con que celebró la manque- 
dad de Cervantes. IV, vi (Prólogo).— [II, 188 y n.] 

Laiitrec (Monsieurde), general francés. — «En una batalla que 
en aquel tiempo dio al Gran Capitán en el reino de Ña- 
póles». Supuesto anacronismo de Cervantes. III, 89. 

Lavapiés y Leganitos (Fuentes de) en Madrid. IV, 409. 

Lazarillo de Tormes. — Obra de D. Diego Hurtado de Men- 
doza, uno de los insignes escritores castellanos del siglo xvi. 
Á poco de estampado, lo prohibió la Inquisición; mas, he- 
chas algunas supresiones, el Consejo Real permitió su pu- 
blicación el año de 1573, dos antes de la muerte de su au- 
tor, y desde entonces se han repetido muchas ediciones 
dentro y fuera de España, en castellano, en italiano y en 
francés. — Considerando lo apasionado que fué Cervantes á 
D. Diego de Mendoza, como lo mostró celebrándolo con en- 



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«53 
carecidos encomios en la Galaica bajo el nombre de Meli* 
so, se puede sospechar que no es sincera. la preferencia que 
da sobre el Lazarillo á la vida de Pasamonte, y que aquel 
«mal año» es irónico y envuelve algún sentido que no se 
explica. II, 208-210, 23o; V, 345. — Véase Mendoza (Don 
Diego Hurtado de). — [I, 470-473; III, 98.] 

Lí, loy la, les, las, /os.— Observaciones criticas é importan- 
tes sobre el uso de estos pronombres como dativos y acu- 
sativos. V, 254; VI, 74, 154, 169-172. 

Leal, legal. II, 114. — Véase Fiel y legal. 

Leandra y sws pretendientes. — La transformación de éstos en 
pastores, y varias frases de la presente amplificación, re- 
cuerdan las circunstancias de la historia de Marcela y Gri- 
sóstomo, que se contó en el cap. 12 y siguientes de esta 
primera parte (I, 243). III, 496, 5o5. — Véase Eugenio 
(El cuento del pastor). 

Lechuguillas. — Cierto género de cuellos en forma de hojas de 
lechuga, como aquella que se ve en el retrato de Cervan- 
tes. IV, 323. 

Leganitos (Fuentes de, caños de). IV, 409. — Véase Lavapiés 
y Leganitos (Fuentes de). 

Leguas (De dos). — «Y que llaman á la sed de dos leguas». Esto 
es, desde muy lejos, á gran distancia. (Academia.) VI, 

99 (t). 

Ley del encaje. — La que no está escrita, sino que se pone al 
juez en la cabeza, y, sin haber texto ni doctor á quien arri- 
marse, la ejecuta. (Covarrubias.) Según esto, ley del enea- 
je es lo mismo que «ley de capricho», pero no excluye la 
buena fé. I, 233. — «Nunca te guíes por la ley de encajen. 
(Consejo de Don Quijote á Sancho.) V, 352. 

Lela ó LeUla. — En arábigo quiere decir «la adorable, la di- 
vina, la bienaventurada por excelencia». Sólo se da este 
nombre á María Santísima. (Nota de la Academia Españo- 
la.) III, 124. — Lela, en algarabía, es equivalente de «seño- 



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254 
ra 6 doñat. El nombre de Lela Marien por el de la Madre 
Virgen, nuestra Señora, se lee en varios pasajes de las co- 
medias de Cervantes, que se suponen pasar en país maho- 
metano. III, 194, 196. — Lela Zoraida. III, 124. 

Lelilíes (Infinitos). — No son instrumentos bélicos de los mo- 
ros, como pudiera ocurrir, sino aclamaciones 6 preces para 
animarse al combate invocando el favor de Dios, ó de Alá, 
como ellos dicen; y de aquí el nombre de lelilíes. Es el 
«Santiago y cierra España» de I06 castellanos. (VI, 167.) 
V, 2o5. 

Lemas (El conde de). — Protector generoso y bienhechor del 
desvalido autor del Quijote. Pellicer le llamó, y no sin ra- 
zón, el Mecenas de su siglo. I, xliii (Prólogo), 150; IV 
(Dedicatoria), 36, 281; V, 7. — [II, i3i y n., i32, etc.] 

Lengua (La) castellana. — Ilustrada y perfeccionada porD. Die- 
go de Mendoza, Granada, Mariana, Solís, Saavedra y otros 
maestros de la lengua castellana. 1, 109. — En el estilo fami- 
liar es imponderable la riqueza de nuestro idioma. II, 10, 
427; III, 352. — Sus excelencias, riqueza, flexibilidad y ap- 
titud para toda clase de argumentos. IV, 286; V, ii5, — ^To- 
ledo ha conservado, y con razón, hasta nuestros días, el cré- 
dito de su buen lenguaje. IV, 36i, 362. — Nuevas voces in- 
troducidas y adoptadas de otras lenguas, la latina, toscana, 
etc. IV, 244, 424. — Cervantes enriqueció la lengua caste- 
llana con un gran número de voces nuevas ó poco comu- 
nes antes de él, la mayor parte felices, signifícativ€i8 y ar- 
moniosas, y que el uso ha adoptado con predilección desde 
entonces. V, 358. — Véanse Italianismos, Latinismos, etc. — 
[III, 375-402, etc., etc., etc.] 

Lengua (La) latina. — Observaciones sobre la ventaja que tie- 
ne ésta sobre las lenguas vivas que se derivaron de ella. 
I, 75» 76* 245, 246. 

Lengua franca ó bastarda. — «Una mezcla de todas las len- 
guas», in, 2i3; V, 382. 



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^55 

Lengua (Le sirvió de). — Habló por él 6 le sirvió de intérpre- 
te. Lengua, además de la significación primitiva^ tiene 
otras, entre ellas la de «espiat; pero se emplea más fre- 
cuentemente en sentido de « intérprete t. II, 199. 

Lenguaje (El) náutico. — Como Cervantes había navegado 
tanto, usaba con la mayor propiedad el lenguaje náutico, 
como se ve especialmente en este capítulo, y en otros mu- 
chos pasajes de sus obras. VI, 298, 3oi. 

Lenguas (Las) extranjeras. — tTodos los poetas antiguos escri- 
bieron en la lengua que mamaron en la leche, y no fueron 
á buscar las extranjeras para declarar la alteza de sus con- 
ceptosi. IV, 285, 286 (t). 

Leño^ movibles. — Así llama Doña Rodríguez á los escuderos, 
porque solían ser viejos y pesados. Leños: personas de poco 
talento y habilidad. (Academia.) V, 263. 

León de España. — Poema por Pedro de la Vecilla Castella- 
nos. I, 1 55. — Véase Vecilla (Pedro de la) Castellanos. — [II, 
497, 498 y n.] 

León (Fray Luis de). — Su oda la Profecía del Tajo, que com- 
puso sobre la violencia atribuida al rey D. Rodrigo. II, 
367. — Véase Luis (Fray) de León. — [II, 75, 89 y no- 
tas.] 

León Hebreo. — Judío natural de Lisboa. Sus Diálogos de amor. 
I, Liii (Prólogo); II, 309.— [III, 189, 190, n.] 

Leonado (^Terciopelo J. — Esto es, «rojizo» como el color de la 
piel de los leones. IV, 273. 

Leones (La batalla de los). — «Se determinó (Don Quijote) de 
hacerla á pie». IV, 299. 

Leonís (Don Tristán d^^.^— Caballero de la Tabla Redonda. — 
Desecha los halagos de la infanta Belinda. II, 35. —Los 
amores fatales de D. Tristán y la reina Iseo, habiendo be- 
bido ambos, por equivocación de la doncella Brangiana, la 
«bebida amorosa». II, 247; III, 456. 

Lepanto (La batalla naval de), que ocurrió en las aguas de 



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256 

Lepanto el memorable día 7 de octubre de iSyi. — Cer- 
vantes asistió y se distinguió en esta batalla, donde quedó 
manco de la mano izquierda. D. Juan de Austria mandó 
como generalísimo las operaciones militares y la escuadra 
combinada que venció la de los turcos. — [II, 93, etc.] 

Lepolemo. — El invencible caballero de la Cruz. — Su historia 
por Pedro de Lujan. I, 116. — Véanse Caballero de la Cruz, 
Lujan, etc. — [I, aio, 217.] 

Lercha (En). — Lercha se llaiha la pluma ó junquillo en que 
los cazadores ensartan por las narices las aves muertas, y 
los pescadores los peces por las agallas. IV, 181. 

Lerma (Duque de). — Ministro favorito del rey D. Felipe III, 
I, LXi (Prólogo); III, 275; IV, 36, 281.— [III, 424, 
n., etc.] 

Letra (La) coft sangre entra. — Refrán que da á entender el 
trabajo y fatiga que se necesita emplear para saber ó ade- 
lantar en alguna cosa. V, 240. 

Letra procesada. — Se llama la que está encadenada y enreda- 
da, como se ve en varios procesos antiguos. (Academia.) 
— Este modo de escribir, desordenado y sin regla, fué fá- 
cilmente adoptado por los que vivían del trabajo de pluma, 
porque con pocas palabras se llenaba una plana. — Era 
modo de escribir fácil y ligero, de suerte que con poco tra- 
bajo crecía mucho la paga y lo escrito. II, 307. 

Letras (Las). — tPues vivimos en siglo donde nuestros reyes 
premian altamente las virtuosas y buenas letras*. Como 

verbigracia las de Cervantes Al considerar la situación 

de Cervantes al escribir estas palabras; sus méritos, sus 
servicios, su ingenio desatendidos; inútiles y vanos sus es- 
fuerzos y diligencias para salir del estado de escasez y po- 
breza; su vejez, reducida á vivir de la caridad y compasión 
ajena, no puede menos de ocurrir que la expresión del tex- 
to es irónica, y que contiene algún oculto desahogo de su 
resentimiento. IV, 281. 



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257 
Letras caldeas ó griegas (Padrones y profecías escritas en). JI, 

461. 
Letras (Pobre de). — Letras son aquí los motes y letrillas que 

solían sacar los caballeros en las fiestas. VI, 218. 
Letras sin virtud son perlas en el muladar. — Hermosa sentencia, 
digna de Cervantes y muestra de lo noble y virtuoso de su 
corazón, porque, como él mismo dice más abajo (IV, 290), 
«la pluma es lengua del alma; cuales fueren los conceptos 
que en ella se engendraren, tales serán sus escritos». — El 
texto alude á la fábula del pollo que encontró la perla en el 
muladar y le hubiera preferido un grano de cebada. IV, 
281. 
Letrillas. — La letrilla siguiente pertenece á aquel género de 
composiciones ligeras que nuestros antiguos poetas solían 
poner en boca de lasdoncellitas tiernas hablando con sus ma- 
dres: las hay sumamente naturales, sencillas y graciosas: 
Madre, la mi madre, 
guardas me ponéis; 
si yo no me guardo, 
mal me guardaréis. 

II, 401. — «Guardábala su padre y guardábase ella (Lean- 
dra); que no hay candados, guardas ni cerraduras que me- 
jor guarden á una doncella que las del recato propio». III, 
496 (t). 

Levada. — La ida y venida 6 lance que de una vez y sin inter- 
misión juegan los dos que esgrimen. «Á dos levadas destas 
habremos cumplido con esta partida y aun nos sobrará 
ropa» . — Partida: en el juego, el número de tantos 6 suertes 
con que se gana; y también lo que se atraviesa. (Acade- 
mia.) — Sancho fué consecuente en su propósito, pues, con 
efecto, «en dos levadas* ó veces cumplió su penitencia, co- 
mo se ve por este capítulo y el que sigue; ganando la par- 
tida, ó sea el precio que le había ofrecido su amo. VI, 415. 

Levantar la lanza. — «Sin tocarle con la lanza, que la levantó,, 

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258 
al pareqer, de propósito». Lance de que hay repetidos 
ejemplos en los libros caballerescos. VI, 325. 

Levantar caramillos en el viento, — Esta expresión viene á ser 
lo mismo que la de •levantar castillos en el aire», sólo que 
caramillos se toma en mala parte, por t chismes, enredos, 
embustes calumniosos», y castillos son «ficciones sin malig- 
nidad» . No está enteramente bien dicho viento ^ por aire: éste 
necesita moverse para ser viento, Al formar proyectos qui- 
méricos de vanidad 6 codicia llaman los franceses levan- 
tar ó fabricar «castillos en España». V, 24. 

Levantarse ó subirse a mayores. — Adagio que significa «enso- 
berbecerse alguno^ elevándose más de lo que le correspon- 
de». V, 345. 

Levantes (LosJ y genízaros. — Los levantes ó leventes eran sol- 
dados de marina, así como los genízaros lo eran de tierra; 
pero éstos solían embarcarse también en los casos de nece- 
sidad, y aun lo pretendían muchas veces como medio de 
enriquecerse con las presas hechas en el corso. — III, iSg. 

Levar ferro. — Levar el ancla ó áncora. V, 99 (t). 

Libertad. — Hermoso nombre que los excesos y extravagan- 
cias de los unos y la timidez é ignorancia de los otros han 
concurrido á desacreditar en estos últimos tiempos, con- 
fundiendo la honrada libertad, que protegen y conservan 
las leyes, con la licencia, que reprimen y castigan. «La li- 
bertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que á 
los hombres dieron los cielos». Estas razones de Don Qui- 
jote son admirables, tanto por la sensatez de las ideas que 
encierran, como por el lenguaje noble, propio y majestuo- 
so con que se expresan. VI, 157. — [II, 97, n.] 

Libio {El) llano. — «Ó entre la venenosa muchedumbre de fie- 
ras que alimenta». (Canción de Grisóstomo.) I, 294. — 

«Si te criaste en la Libia etc.» (Romance de Altisido- 

ra.) V, 396. 

Libranza pollinesca. — lY la libranza pollinesca también». Ad- 



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«59 
vertencia y recuerdo propio del carácter codicioso de gan- 
cho. II, 3o6. — «Mandará vuestra merced por esta primera 

. de pollinos». Festiva imitación de las fórmulas acostum- 
bradas en las letras de cambio y documentos semejajites 
de comercio, aplicadas auna libranza asnal. También hace 
reir la entrega de tres pollinos que se supone hecha «de 
contado» en las entrañas de Sierramorena á Don Quijote, 
y el recibo que éste da de los pollinos, como si fueran ma- 
ravedís. II, 322. — La libranza no vuelve á nombrarse en 
la fábula. IV, 86. 

Librar bien ó mal. — Salir con felicidad ó con desgracia de 
algún negocio. (Academia.) «Sólo libró bien con él un sol- 
dado español llamado tal de Saavedra». III, i83 (t). 

Libre y sin cautela. — Fórmula forense. — Sin cautela. Locución 
forense; sin dar caución. Locución anticuada: sin lesión. 
(Salva.) V, loS. — «Salvo y sin cautela». II, i35 (t). — Sano 
y sin cautela. IV, 417 (t). 

Librea. — Asi se llamaba en tiempos antiguos el vestido uni- 
forme que los reyes daban á los militares. V, 14. «Con vis- 
tosas libreas salían (los caballeros)». Cuando esto se escri- 
bía, aun no se había aplicado la voz librea al vestido uni- 
forme de cierta clase de criados inferiores, como sucede en 
el día. Así lo prueba este pasaje, y el del cap. 22 (IV, 406), 
en que habla el primo á Don Quijote de su libro De las li" 
breas. VI, 254. 

Libros de entretenimiento. I, 139; II, 388; IV, 279. 

Licencias 6 grados de las universidades. — Licencia: el grado de 
licenciado. (Academia.) IV, 328. 

Licurgo y Solón. — «Un Licurgo moderno ó un Solón flaman- 
te». Célebres legisladores antiguos: el primero, de loslace- 

. demonios, y el segundo, de los atenienses. Licurgo, después 
de haber establecido sus leyes, hizo que sus conciudadanos 
jurasen observarlas hasta su vuelta y se fué á morir lejos 

(^ de su patria. Solón exigió el mismo juramento; pero, vuel- 



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26o ^ 

to á los diez años de ausencia, fué testigo de la destrucción 
del gobierno que había establecido y de la tiranía de Pisís- 
trato. La legislación de Licurgo fué más duradera. Flaman- 
te es lo mismo que «brillante, nuevo, acabado de hacer; 
que brilla y deslumhra como llama». IV, 4. 
Liebres (La^J. — «Tenía los ojos abiertos como liebres. Que 
las liebres duermen con los ojos abiertos, lo notaron ya los 
antiguos y de ello habló Plinio. La causa es que los pár- 
pados de las liebres son pequeños y no les alcanzan á cu- 
brir del todo los ojos. Los cazadores observan frecuente- 
mente que estos animalejos están quietos en sus camas con 
los ojos abiertos, no dan muestras de ver, ni huyen del pe- 
ligro que tienen delante; lo que arguye que están durmien- 
do. II, 3i. 
Ligera fA laj. — «Tan solo, tan sin criados y tan d la ligera», 
A la ligera: sin aparato, con menos comodidad y compañía 
de la que corresponde: de prisa, ó ligera y brevemente. 
(Academia.) Taboada dice: *0n le dit d'wie personne qui vo- 
yage avec peu de bagage, etc, a la légere», II, 448 (t). 
Ligeras, — «Con unas estopas ligeras de encenderse y apagar- 
se» . Nótese la acepción de la palabra ligeras, que aquí es lo 
mismo que «fáciles»; acepción más común en lo antiguo 
que ahora, que ordinariamente se ciñe á significar el peso 
ó el tiempo. V, 329. 
Limiste de Segovia.t—CítSiSt después el paño de Cuenca por 
ejemplo del basto y ordinario, y el limiste de Segovia, por 
ejemplo del fino y delicado. V, 182. — Véase Paño de 
Cuenca. 
Limitados. — Es lo mismo que «parcos ó económicos». V, 

i3g. 
Linajes (Dos) en el mundo. — «Porque te hago saber, Sancho, 
dijo Don Quijote, que hay dos maneras de linajes en el mun- 
do: unos, que traen y derivan su descendencia de prínci- 
pes y monarcas, á quien poco á poco el tiempo ha deshecho 



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26l 

y han acabado en punta, como pirámides; otros tuvieron 
principio de gente baja y van subiendo de grado en grado 
hasta llegar á ser grandes señores». II, i85 (t). — Sancho 
dijo á su amo: «Dos linajes sólo hay en el mundo, como de- 
cía una agüela mía, que son el tener y el no tener, aunque 
ella al de tener se atenía; y el día de hoy, mi señor Don • 
Quijote, antes se toma el pulso al haber que al saber: un 
asno cubierto de oro, parece mejor que un caballo enalbar- 
dado». IV, 384. — Véase Tener (El) y el no tener. 

Lirgcmdeo (El sabio). — Fué maestro y cronista del caballero 

. del Febo. Profesaba por su nacimiento el paganismo: des- 
pués se convirtió á la fe cristiana. Tenía gran concepto de 
su sabiduría y poder Don Quijote, puesto que lo llamaba 
en su auxilio cuando, atado por la muñeca, pendía del 
agujero del pajar, por la travesura de Maritornes, según se 
contó en el cap. 43 de la primera parte (III, 289). V, 210. 

Lzs6oa.— Capital de Portugal. Altarroca, que después llama- 
ron Lisboa. I, 128. — Véase Altarroca. 

Listón. — «Sin haber recibido lisian ni daño alguno». Así de- 
cían nuestros antiguos, y de aquí lisiado, que subsiste en el 
uso actual á pesar de que decimos lesión, conforme al ori- 
gen latino de la palabra. VI, 118. 

Lisuarie de Grecia. — Hijo de Esplandián y de Leonorina, 
nieto de Amadís y de Oriana y biznieto del rey Lisuarte, 
uno de los primeros personajes en la, historia de Amadís 
de Gaula. I, 168, 264; II, 288; IV, 18, i85, 2i5.— [I, 
209,210, n.] 

Lita. — «Su conciencia le lita que». Voz estropeada rústica- 
mente, por dicta. IV, 128. 

Lizos. — «Una tela de varios y hermosos lizos tejida». Todas 
las ediciones han leído lazos en vez de lizos. El primero á 
quien ocurrió corregirlo, fué el benemérito individuo de la 
Academia Española D. Ramón Cabrera, y no puede me- 
nos de aplaudirse y adoptarse la enmienda. La tela no se 



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262 

teje de lazos, sino de lizos 6 hilos. De lizas se dijo íerliz, 
como «hecho con tres lizos*, según Covamibias. III, 392. 
— «Sin impedirlo sus lizos 1», Los del cendal, no los del ros- 
tro, como exigía rigorosamente el régimen de la frase. V, 
219. 

Lo que éL — «Lo qiien en los siguientes y semejantes pasajes 
tiene el sentido de do mismo que )>, entendiéndose como re- 
petido el verbo que precede; por ejemplos: «Cervantes, su- 
poniendo con demasiada facilidad que sus lectores sabían lo 
que él (sabía) y que tenían presente lo que él (tenía presen- 
te) al escribir su libro, creyó que no necesitaba de comen- 
to». I, XXXV (Prólogo). «Espinosa quiso remedar á Arios- 
to, é hizo lo que la rana (hizo) con el buey de la fábula». I, 
II. Otros ejemplos. I, i5o; IV, 289. — Véase Elisiones ú 
omisiones del verbo. 

Lo que no se exctisa. — Esta expresión para dar á entender lo 
que quiso aquí Don Quijote, es muy antigua en castellano. 
Tanto los cumplimientos, salvas y conjuros de Sancho, 
como la impaciencia de Don Quijote, contrastan singular- 
mente con la pregunta y la respuesta en que vienen á pa- 
rar tantos preámbulos. III, 424. — Véase Hacer aguas ma- 
yores ó menores. 

Lo que puedo dar os doy. — Así dijo San Pedro al cojo que le 
pedía limosna á la puerta del templo y á quien sanó de su 
cojera; expresión á que parece aludir el Duque. (Los He- 
chos, III, 6.) V, 345. 

Loba. — «Negrísima loban. Según Covarrubias, es vestidura 
clerical, talar, que llega al suelo, cortada á todo ruedo y 
cerrada con golpes para sacar los brazos. En tiempos atrás 
era vestidura honorífica. V, 25 1. 

Lobeira (Vasco de). — Parece indudable que el autor de la 
historia de Amadís de Gaula fué Vasco de Lobeira, natu- 
ral de Oporto, uno de los que D. Juan I, rey de Portugal, 
armó caballeros al estar para darse la célebre batalla de 



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263 
Aljubarrota el año de i385. I, 104. — Tanto los libros ca- 
ballerescos, como las novelas pastoriles métrico-prosaicas, 
nacieron fiíera de España: Portugal fué la primera parte 
de la Península, donde se naturalizaron. Vasco deLobeira 
y Jorge de Montemayor fueron los fundadores de estos dos 
ramos de literatura, que ocuparon por mucho tiempo las 
plumas y las prensas españolas y que ahora yacen poco 
menos que olvidados en los estudios de los curiosos. I, 141. 
—[I, 199.207.] 

Lo/raso (Antonio de), — Su obra Los diez libros de Forttína de 
amor. Los elogios del cura son evidentemente irónicos: 
Cervantes volvió á burlarse de él en su Viaje al Parnaso. 
I, 143. Concluye la obra con una larga composición acrós- 
tica, intitulada Testatmnio de Amor, que consta de 168 ver- 
sos, en 56 tercetos. I, 148; IV, 82. — Véase Testamento de 
Amor.— [III, 86 y n.] 

Longincuo. — «Tan longincuos caminos y regiones». Longin- 
cuos, ó remotos, que es lo mismo, se dice de las «regiones», 
pero no de los «caminos». Lx)s caminos pueden ser buenos 
ó malos, cortos ó largos, rectos ó torcidos, pero no longin- 
cuos ni cercanos: estas calidades no les convienen. V, 98, 
256. — Véase Lueües (luengos). 

Lope de Vega. — Sus relaciones con Cervantes, y la rivalidad 
que no puede dudarse hubo entre ambos. II, 3i6. — Sus 
comedias. III, 402-406. — Sus comedias divinas. III, 407, 
408, — Si criticó Cervantes sus defectos, lo hizo con tantas 
salvas y comedimiento, y con tantos elogios de sus buenas 
cualidades, que más bien parece lisonja que crítica. La re- 
putación y aprecio general de Lope llegó á tal punto, que 
para decir que una cosa era buena, se decía que era de 
Lope. III, 414-417. — Sus versos sobre Cervantes. IV, vi 
(Prólogo), 345. — Véase Vega (Lope de). — Véase el índice 
de Ticknor. 

Lope Tocho. — Amante de Marisancha (Sanchica), hija de 



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264 
Sancho. Nombre aldeano y. ridículo, porque tocho es lo- 
mismo que «fatuo, zoquete». Todavía es más gracioso 
cuando algo adelante dice Sancho á Teresa: «ven acá, 
mujer de Barrabás», porque era llamarse Barrabás á sí 
mismo. La expresión es común, pero en boca de Sancho 
tiene el chiste que no tendría en la de otro. IV, 90. 
Lorenzo (Aldonza). — En repetidos pasajes de la fábula se ex- 
presa que esta moza labradora, adornada de mil gracias en 
la exaltada fantasía de Don Quijote, era la verdadera dama 
á quien creía servir bajo el nombre de Dulcinea. Aldonza 6 
Dulce es nombre de mujer, común antiguamente en Casti- 
lla, del cual formó Don Quijote el de Dulcinea. El apellido 
Lorenzo es patronímico y signiñca «hija de Lorenzo», y 
Dulcinea lo era, con efecto, de Lorenzo Corchuelo. I, 21; 

II, 309, 3io; V, 166, 167. — Véanse Aldonza Lorenzo y 
Dulcinea del Toboso. 

Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales. — Padres de la supuesta 
Dulcinea. I, 21; II, 809, 3io; V, 166, 167. 

Lorenzo (Don). — El estudiante poeta, hijo de D. Diego de 
Miranda. IV, 280 (t). — Su curiosidad acerca de Don Qui- 
jote y su conversación con él. IV, 327. 

Loriga. — Esta era armadura interior, sobre la cual asentaba 
el peto y el espaldar, pendiendo la falda algún tanto por 
fuera de la del arnés. «Besar la falda de la loriga • solía ser 
demostración de respeto mezclado de cariño. I, 211. 

Losada (Gómez de). — Su obra, con título de Escuela de traba- 
jos, en que se describió el gobierno y costumbres de Argel. 

III, 211. 

Lotario. — Su discurso sobre la prueba que quiso hacer Ansel* 
mo para averiguar la ñdelidad ó infidelidad de su esposa. 
Las consideraciones que Ariosto atribuye á Reinaldos tienea 
conexión con las que Cervantes pone en boca de Lotario, 
así como las que Cervantes pone en boca de Anselmo re- 
cuerdan las de Melisa en el otro cuento de Ariosto. III, 27. 



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265 

Lucrecia, — Sexto Tarquinio, hijo del rey de Roma, violó la 
castidad de Lucrecia, matrona romana, mujer de Colatino. 
Lucrecia se di6 la muerte á presencia de su padre y de su 
marido, después de haberles exigido la promesa de vengar- 
la, que se cumplió con el destronamiento y expulsión de la 
familia de los Tarquinios. II, 3i8. 

Luchadores, — fSe abrazó con él (su amo) á brazo partido». El* 
ejemplo de Sancho comprueba la exactitud del siguiente 
pasaje de Figueroa en su Plaza universal: «Hoy no se atien- 
de mucho á ella (la lucha y su ejercicio), excepto en la 
Mancha, distrito del reino de Toledo, donde sus morado- 
res, robustos y fuertes, se precian de grandes luchadores i^, 
VI, 224. 

Lueñes. — «De lueñes y apartadas tierras». Voz anticuada, que 
significa «lo que está distante, lejano y apartado»: lo mis- 
mo que luengas. V, 256. — Véase Longincuo, 

Luis (Fray) de León. — La violencia atribuida al rey D. Ro- 
drigo prestó asunto á la Profecía del Tajo, oda que compu- 
so Fray Luis de León á imitación de la de Nereo en Hora- 
cio, y que es una de las composiciones que más honran 
nuestro Parnaso y que más se acercan á la sencillez y su- 
blimidad de la lírica antigua. II, 367. — Véanse León (Fray 
Luis de) y Profecía del Tajo. — [II, 75-89 y notas.] 

Lujan (Pedro de). — Su historia del Caballero de la Cruz, Le- 
polemo. (Véase.) I, 116. — [I, 210, 217.] 

Lumbre, luz. — «Á la lumbre del candil». Con más propiedad 
se diría: «á la luz del candil». Luz y lumbre no son sinó- 
nimos: lumbre es la causa; luz, el efecto: lumbre es el fue- 
go; luzf la claridad: la lumbre quema; la /«:: alumbra. Pue- 
de haber mucha luz y poca lumbre, y al revés: mucha lum- 
bre y poca luz. II, 39. 

Luna (La), planeta húmedo. — «Ni humedecer en los (rayos) 
de la Luna». Entre las vulgaridades astrológicas que co- 
rrían en tiempo de Cervantes (y no sólo en España), una 



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266 
era calificar á la Lima de planeta húmedo, amigo y gene- 
rador de cuanto es acuátil. Es gracioso el modo con que 
se explica sobre esta materia Jerónimo Cortés en su Luna- 
rio perpetuo, II, 268. — «Oh luminaria de las tres caras». 
Así llama Don Quijote á la Luna por las tres caras que 
tiene en sus tres estados de llena, creciente y menguante, 6 
por las tres formas que presenta sucesivamente: redonda, 
semicircular y puntiaguda. Por eso la llamaron Horacio y 
Ovidio diosa triforme. Tuvo asimismo, según la mitología, 
tres nombres: el de Luna ó Febe en el cielo, de Diana en 
la tierra y de Hecate ó Proserpina en los infiernos. III, 
281. 

Luna (Miguel de), — Su Verdadera historia del rey Rodrigo, con 
la pérdida de España, etc. II, 468. — [I, igS, n.] 

Luna (Desde los altos montes de la), — Alusión al río Nilo, que, 
naciendo en la alta Etiopía en el monte de la Luna, según 
se creía antiguamente (Ptólomeo, Geograph,^ lib. IV, al fin), 
se precipita con estruendo impetuoso por dos cataratas 6 
cascadas. (Nota de Pellicer.) II, 115. 

Lunar (Un) pardo, con ciertos cabellos d manera de cerdas, — 
' Bien conocido es el origen del nobilísimo apellido de los 
Cerdas, descendientes del infante D. Femando, hijo primo- 
génito de D. Alonso el Sabio, rey de Castilla, al cual se lla- 
mó de la Cerda por causa de una muy señalada y larga con 
que nació en las espaldas. En este incidente de cosa tan 
vulgar como un lunar pardo, quiso nuestro autor ridiculi- 
zar las maravillosas y fatídicas señales con que, según cuen- 
tan las historias caballerescas, nacieron muchos andantes. 
II, 457; IV, 182. — «Á ese lunar, dijo Don Quijote, según 
la correspondencia que tienen entre sí los del rostro con los 
del cuerpo, ha de tener otro Dulcinea en la tabla del mus- 
lo» . De esta opinión de Don Quijote acerca de la correspon- 
dencia de los lunares del rostro con los de otras partes del 
cuerpo, que en tiempo de Cervantes debía ser común, ha- 



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267 
bla Covarrubias en el articulo Lunar: «todo es niñería y de 
poca consideración». Es claro que Cervantes se burla de 
este error vulgar, como suele hacerlo de todos los que en- 
cuentra al paso, IV, 182. 

Luque Fajardo (Francisco de). — Su libro Fiel desengaño cofUra 
la ociosidad y los juegos. V, 4, i3; VI, 12. 

Luz del alma contra la cegtudad é ignorancia, — Obra de Fray 
Felipe de Meneses. VI, 294. — Véase Meneses (Fray Feli- 
pe de). 

Lladres. — «Viva Roque Guinart muchos años, á pesar de 
los lladres que su perdición procuran». Esta voz no se 
halla en los diccionarios: viene á ser lo mismo que «pica- 
ros, hombres viles y ruines». VI, 246 (t). 

Llamarse á engaito. — Frase familiar. Retraerse alguno de lo 
pactado, por haber reconocido engaño en el contrato; ó 
pretender que se deshaga alguna cosa, alegando haber sido 
engañado. (Academia.) III, 335; IV, 414 (textos). 

Llegué, vtla y vetwíla. — El bachiller Sansón Carrasco, conti- 
nuando con su carácter hinchado y burlesco, y ponderando 
lo rápido y completo de su victoria contra la giganta Gi- 
ralda, usa de la misma expresión que César: % Veni, vidi, 
vicit, IV, 236. 

Lleno (De) en lleno. — De medio á medio, enteramente, total- 
mente. (Academia.) VI, 139 (t). 

Llevar el primero, llevar cola. — mEl primero en licencias, como 
llevastes cola*. Llevar el primero es llevar el primer lugar; 
llevar cola, llevar el último. Frases usadas en las universi- 
dades cuando concurren varios en las oposiciones á cáte- 
dras ó para recibir los grados. Aquí se trataba del de licen- 
ciado, que era el del otro estudiante. IV, 363. — Véase Fí- 
tor, cola. 

Llevar el gato al agua. — Es hacer alguna cosa en que hay 
dificultad y peligro. «£/ agua cuan presto verás que al gato 



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268 
llevasí^. Cervantes puso la expresión en boca del vizcaíno, 
estropeando el lenguaje para hacer reir al lector. I, 187. 

Llevar camino. — «Y esto lleva camino^ dijo el cura». Expre- 
sión metafórica, que equivale á «va bien guiado». Se dice 
de lo que está rectamente ordenado y dirigido al fin que se 
intenta. — Llevar, ó no, alguna cosa camino: tener, 6 no, 
fundamento ó razón. (Academia.) II, 460. 

Llevar hilo. — «Porque les pareció que llevaba Sancho hilo de 
pasearse por todos los cielos». Llevar alguno ó alguna cosa 
hilo: frase familiar y metafórica. Llevar traza ó camino de 
seguir una conversación ú otra cosa por mucho tiempo sin 
interrumpirla. (Academia.) V, 341 (t). 

Llevar por el cabo. — «Ni quiera llevar las cosas tan por el ca- 
bo, que no se le halle». Por cabo, por el cabo: modo ad- 
verbial. Extremadamente. (Academia.) Hasta el extremo, 
hasta el fin. (Arrieta.) V, 5y (t). 

Llevarlas (No) todas consigo. — Frase familiar con que se de- 
nota el recelo ó temor que alguno tiene ó con que va á eje- 
cutar alguna cosa: lo mismo que No tenerlas todas consigo. 
(Academia.) Taboada dice: N'étre pos a son aise, craindre. 
«Pasmóse Sancho en viéndolas, y Don Quijote no las tuvo 
todas consigo». II, gS (t); VI, 3oi (t). — Véase Tenerlas 
(No) todas consigo. 

Llevarse tras sí. — Eniraimr, (Taboada.) Llevarle á uno alguna 
cosa tras sí el alma: figurado. Désirer avec ardeur. (Taboa- 
da.) «Por donde la voluntad de Rocinante quiso, que se lle- 
vaba tras sí la de su amo y aun la del asno». II, 162 (t). 
«Lotario, al cual llevaban tras sí los (pasatiempos) de la 
caza». III, I (t). 

Lloraderas. — Véanse Endechas, endechaderas y Plañideras. 

Llover. — Observaciones sobre la flexibilidad y usos de este 
verbo en castellano. Según varía su significado, pertenece 
á todas las clases de verbos que hay en nuestro idioma. 
Primero, es verbo impersonal, como en el cap. 21 de la 



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269 
primera parte (II, 145): «En esto comenzó á llover un 
poco» . Segundo, úsase como persona de estado en el pre- 
sente lugar y otros del graciosísimo cuento de los locos de 
Sevilla, en que Júpiter dice que no lloverá en tres años, y 
Neptuno responde que él lloverá todas las veces que se le 
antojare. Tercero, úsase también como personal activo, 
en cuya significación dijo Sancho, cap 7.°, primera parte 
(I, 168): «tengo para mí que aunque lloviese Dios reinos 
sobre la tierra, ninguno asentaría sobre la cabeza de Mari 
Gutiérrez». Otras Notas: IV, 14. 

Mácateos (Los siete), II, 2^25. — Véase Mancebos (Los siete). 

Magdalena (Ángel de la). — Hay en Salamanca una parroquia 
intitulada de la Magdalena, que pertenece á una encomien- 
da de la orden de Alcántara. — La torre de la parroquia te- 
nía por veleta un ángel con un pomo, en una mano, y en la 
Otra una cabellera, con alusión conocida al pomo ó vasija 
de bálsamo que le sirvió para ungir los pies al Señor, y á 
los cabellos con que los enjugó. Era disforme el cuerpo del 
ángel, de suerte que los forasteros preguntaban, burlándo- 
se, por él ángel de la Magdalena. I, lxv (Prólogo); IV, 408. 

Madatna, por quien me aporrearon en el castillo del moro encan- 
tado. — Madama, por la hija del ventero, de quien se habló 
en el cap. 16 de la primera parte. (No fué la hija del ven- 
tero, por quien aporrearon á Don Quijote, sino la moza 
asturiana Maritornes. Véase II, 37.) La aplicación del 
nombre Madama hace resaltar más la ordinariez del suje- 
to de quien se trata. V, 402. 

Madásimas (Las). — De tres Madásimas hacen mención las 
crónicas caballerescas que tratan del maestro Elisabad. 
II, 269; V, 160. 

Madre. — En el tiempo de Lope de Vega el nombre de madre 
solía ser apodo de «vieja alcahueta, ó hechicera»; pero no 
era así siempre. IH, 3ig. 



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270 

Madre, la mi madre. — Letrilla antigua. II, 401.^— Véase Le- 
trillas. 

Madre (Salir de). — «Cuando la cólera sale de niadre, no tiene 
.la lengua padre». Salir de madre: frase metafórica. Exce- 
der extraordinariamente de lo acostumbrado ó regular. 
(Academia.) V, 76 (t). 

Madrid (La corte en). III, 275; V, 462. — Véase Valladolid. 

Madrigal (D. Alonso de). — El Tostado es el nombre que se da 
comunmente á D. Alonso de Madrigal, obispo de Ávila, 
que floreció en el reinado de D. Juan el II de Castilla con 
fama del hombre más docto y el escritor más laborioso en- 
tre los españoles de su siglo. Asistió al concilio general 
de Basilea y murió de poca edad el año de 1450. La edi- 
ción de sus obras que se hizo después de otras en Venecia 
el año de i6i5, consta de veinticuatro tomos en folio y no 
comprende más que las obras latinas. Otras muchas cas- 
tellanas se imprimieron aparte y otras quedaron inéditas, 
como todo puede verse en la Biblioteca antigua española de 
D. Nicolás Antonio. La comparación con las obras del 
Tostado es de uso general en España para denotar los li- 
bros abultados y voluminosos. IV, 64. — Visitó el rey (Fe- 
lipe III) el año de 1601 los colegios mayores, y en el de 
San Bartolomé se quitó la gorra para ver las obras origina- 
les del Tostado, se mantuvo sin ella mientras las estuvo 
mirando, y la misma demostración hizo con su retrato. 
IV, 281. «So» savoir universel fit imcrire sur son tombeau 
cette epitaphe: Hic stupor est mundi, quiscibile discuiit omne» . 
(Nouvelle Biographie Genérale, V. xlv, 5i8, Tostado.) 
—Véase Tostado (El). 

Madrina. — «Como su madrina & Hércules». — Madrina: pa- 
labra italiana que significa madrastra, como ya observaron 
Pellicer y la Academia. IV, 284. 

Maese Nicolás, el barbero. — También se llama maese Nicolás 
el barbero que introduce Cervantes en el entremés de la 



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271 

Cueva de Salamanca. Tendría quizá alusión á persona de- 
terminada. I, 9, 97 (t). 

Maese Pedro. — Ginés de Pasamente, oculto bajo este nom- 
bre. V, 27, 33, 57, 63, 66-70. — Véase Ginés de Pasa- 

V monte. 

Maestre 6 maese de campo. — Parece traducción de campidoctor, 
nombre de oficial militar superior, que se encuentra entre 

' los romanos en la declinación del imperio. III, 263. — «Lla- 
mó el maese de campo á Don Quijote». Maese de campo 
era en aquel tiempo otra cosa distinta de la que aquí se in- 
dica. Significaba el oficial superior que mandaba cierto 
número de tropas, cargo que correspondía al de coronel. 
Cervantes quiso hablar del maestro de ceremonias ^ ó el juez 
del duelo. VI, 139. 

Maestresala. — Su oficio y obligaciones. «Es el ministro (dice 
Govamibias) principal que asiste á la mesa del señor. Trae 
la vianda á la mesa con los pajes y la distribuye á los que 
comen en ella». — Hacía también la salva, esto es, probaba 
la comida y bebida que había de tomar el señor: práctica 
que ya en tiempo de Cervantes no era más, como dice Co- 
varrubias, que «un cierto acometimiento que aludía á ello» . 
Anteriormente esta función era propia del trinchante^ otro 
oficio palaciego que se había refundido en el de maestresa- 
la. Es un oficio muy honrado, de que cuelgan todas las ce- 
remonias de crianza y cortesía de la mesa y de la sala. V, 

• 137. 

M antros. — Tanto en los libros de caballerías como en nues- 
tras antiguas crónicas, es frecuente dar el nombre dt maes' 
tros á los cirujanos y médicos. I, 7. 

Maestros de esgrima. — El maestro desta esgrima, que dice el 
texto, alude á que cuando se ejercitan los discípulos, 

* asisten los maestros con el montante para meterlo por 

' medio y despartirlos cuando se acaloran, y éljtiez que si- 
gue, recuerda los de los torneos, donde los había para re- 



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272 

solver las dudas que ocurriesen sobre los lances de los ca- 
balleros y la adjudicación del premio. IV, 365. 

Magín. — Es la palabra imaginación, estropeada en boca de 
los rústicos. IV, 444; V, 178. 

Magníficos (Los). — ^No es aquí magníficos nombre de virtud, 
sino titulo de tratamiento. El de magnífico fué general an- 
tiguamente en España y aun tiene algún uso en las pro- 
vincias de la corona de Aragón. — Título de honor que 
suele darse á algunas personas ilustres. (Academia.) — V, 
148. 

Maguera. — ^Maguera tonto». — Aunque. Anagrama de mau- 
gré, palabra antigua francesa, malgrado. Ahora se dice 
malgré. Covarrubias dijo que no encontraba etimología á 
maguer. VI, i. 

Maguncia, Archipiela, Antonomasia. — ^Nombres todos tan ri- 
sibles como el de Don Clavijo, que se verá adelante, inven- 
tados por la supuesta Dueña Dolorida para aumentar los 
motivos de risa, y divertirse con la credulidad de Don Qui- 
jote. V, 274. 

Maheridas danzas. — Maheridas, según la Academia, es voz de 
origen arábigo que significa «prevenidas, adiestradas, ado- 
trinadas». IV, 352. 

Majalahonda (Aunque hayan nacido en). — Majalahonda, que 
originalmente se llamaría Majada-honda y que pone por 
otro ejemplo de rusticidad el licenciado, es un pueblo de 
corto vecindario que está tres leguas al noroeste de Madrid. 
IV, 362. 

Majar 6 machacar en hierro frío. — Expresión proverbial. Tra- 
bajar inútilmente, como lo sería lavar á un negro; de don- 
de los latinos explicaron el mismo pensamiento con la ex- 
presión fiaethiopem lavare^. IV, 100. 

Mal ajeno, de pelo ctielga. — Refrán gracioso, de los muchos 
que hay de esta clase en castellano. Díjose por la facilidad 
con que se suele prescindir de los males ajenos. V, 86. 



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273 

¡Mal año! — Interjección enfática , especie de imprecación 
contra quien haga 6 diga lo que se desaprueba- I, 71; II, 
208; V, 3io; VI, 446. — uMal año y mal mes para Don 
Belianís», etc. II, 281 (t). — ^Mal año y mal mes para 
cuantos murmuradores hay en el mundo». VI, 41 (t). 

Mal caso. — Era el que producía infamia, caso de mengua, 
caso afrentoso. — «Caer en mal caso* se decía del que come- 
tía acción que le afrentaba.-^Frase familiar. Incurrir en 
alguna nota de infamia. (Academia.) I, 273; V, 3io. 

Mal conocido, — «Pan mal conocido*. Lo mismo que •descono- 
cido ó mal agradecido, ingrato». V, 90. 

Mal contado (Serle d uno). — •Mal contado te serd, señora Du- 
quesa». Supónese aquí á la Duquesa hablando consigo 
misma, pero por boca de un tercero, y reconviniéndose con 
esta expresión, que se encuentra muy repetida en semejan- 
tes casos. V, 179, 180. — «Que nos serd mal contado», es un 
verso octosílabo, que recuerda un pasaje del Romancero del 
Cid, citado en el cap. 33, segunda parte (V, 180). VI, 21. 
— No ser bien contado d uno, ó serle tnal contado: frase- Ser 
censurado ó afeado. (Academia.) 

Mai latín (Coger d uno en un). IV, 336 (t). — Véase Coger 
d uno en un mal latín. 

Mal logrado. — Véase Malogrado. 

Mal WA han de andar las manos. — Expresión con que una per- 
sona asegura que, á no atravesarse algún obstáculo insupe- 
rable, cumplirá lo que promete ó logrará lo que pretende. 
(Academia.) Don Quijote dijo á Sancho: «Si la fortuna no 
ordena otra cosa, la tengo de tener en mi poder (la bebida 
del feo Blas), ó mal m>e han de andar las manóse. II, 6 (t). 

Mal metisil (ó meftstéal).'-^^lio toma ocasión su amarillez (de 
la señora Belerma) y sus ojeras de estar con el mal mensil, 
ordinario en las mujeres, porque ha muchos meses y aun 
años que no le tiene ni asoma por sus puertas». IV, 440 (t). 

Mal para el cántaro. — «Ha de ser m^ para el cántaro*. Sabida 

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274 
es la fábula del cántaro y el caldero que en una avenida 
iban en buena conversación río abajo. Entre los refranes 
del Comendador Griego hay uno que dice: «Si la piedra 
da en el cántaro, mal para el cántaro; y si el cántaro da en 
la piedra, mal para el cántaroi^. En la fábula, el caldero es 
el fuerte; en el refrán, la piedra, y el cántaro siempre el 
endeble. El presente pasaje alude al apólogo ó al refrán, ó 
á ambos, é indica que Sancho es el cántaro. II, 143; 
V, 366 (t). 

Mal parado, mal trecho. — Expresiones de que usa frecuente- 
mente nuestro autor y que significan lo mismo que %mal^ 
tratado, estropeado, en mal estado». (Arrieta.) «Daba seña- 
les de venir mal molido y peor parador. Molido se toma 
siempre en mala parte, y sobra el wa/. Suprimido el mal, 
es preciso corregir el peor. VI, 184. 

Málaga (Los vinos de). — «El más regalado bodegonero de 
MáJagat. No hace mención Cervantes de los vinos de Má- 
laga entre los célebres de España. I, 177; IV, 23o. — 
Véase Vinos de fama. 

Malambruno (El gigante). — Hermoso y valiente caballero, 
que, enamorado de una doncella de Morgaina, se casó se- 
cretamente con ella. Morgaina le convirtió en un mons- 
truo, rey de duendes marinos. V, 288. 

Malandrín. — Palabra italiana: equivale á «ladrón, salteador 
de caminos». Usáronla también, como otras tomadas déla 
misma lengua, los escritores castellanos, y ocurre frecuen- 
temente en los libros de caballerías. II, 60. 

Malaventura. — «Diciendo que era caballero aventurero, que 
malaventura le dé Dios, etc. » Palabra compuesta que equi- 
vale á ^desventura, infortunio, desgracia». De ella usó 
Cervantes en otros pasajes, y de ella se formó malaventu* 
rado, sinónimo de desventurado, y contrario de venturoso. 
La raíz original de estos vocablos es ventura ó fortuna, no 
aventura, que tiene distinta acepción y significa «suceso 



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275 
dudoso 6 peligroso», que puede salir bien 6 mal. De aven- 
tura se formó aventurado, que es «incierto 6 dudoso», y 
aventurar, que es «poner á riesgo •, exponer á la suerte. 
Por no atender á esta diferencia, se puso en las ediciones 
anteriores mala aventura. De todos modos, está bien la ex- 
presión de la ventera, que juega con la relación y seme- 
janza que hay entre las palabras aventurero y malaventura. 
III, 79. — Véase Aventura, 

Maldmtado (López). — Su Cancionero. — La amistad que tuvo 
con Cervantes y otros. 1, 148. — Véase el índice de Ticknor. 

Maleador. — «Ginés de Pasamonte, aquel embustero y grandí- 
simo maleador que quitamos mi señor y yo de la cadena» . 
Voz propia de lagermanía, que equivale á maleante. IV, 72. 

Maleante. — «Ni menos maleante que estudiante ó paje». Voz 
de la germanía, que significa «burlador, chasqueador ma- 
ligno», y que puede derivarse del latín male agens. I, 35 
(t), 36. 

Malencolía. — ^Nuestros antiguos escribieron esta palabra con 
variedad, pero las más veces malenconia. Malanconía y ma- 
lancolía se encuentran en el antiguo Poeina de Alejandro. 
Cervantes en su mismo Quijote dijo unas veces malencolía; 
otras, maleiwonía; otras, melancolía. En el uso actual ha pre- 
valecido y quedado melancolía, que es lo más conforme al 
origen griego de esta palabra, que allí significa «humor ne- 
gro». II, 437. 

Malogrado. — Se dice del que muere en la flor de su vida, y 
sólo conviene á la juventud tierna, bella, ilustre, interesan- 
te. De aquí toma su gracia el uso de la palabra malogrado 
aplicada á un borrico. V, 23. 

Maluch (Muley). — Rey de Fez y Marruecos. Del príncipe Ma- 
luch se habló con mucho elogio en la comedia de los Ba^ 
ños de Argel, diciéndose que sabía varias lenguas europeas, 
que tenía costumbres cultas, virtudes militares y otras apre- 
ciables prendas y gracias. III, 229. 



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276 

Mdlunt sígnum, fnálum sígnum. — Parece expresión de médico 
para calificar los síntomas que advierte en sus enfermos. 
Sabida es la afectación con que en otros tiempos los profe- 
sores del arte de curar solían valerse del latín, 6 para dis- 
tinguirse del vulgo y de los empíricos ó romancistas, 6, co- 
mo suele decirse, para que «no lo entienda el enfermo» . VI^ 
434. 

Mambrino (El yelmo de). —Empieza aquí (I, 221) á preparar- 
se la aventura de la bacía del barbero, que se referirá al ca- 
pítulo 21 (II, 147) y nos ha de proporcionar entonces y 
después ratos de gusto y de risa. Allí se dará noticia cir- 
cunstanciada del yelmo de Mambrino, que hace un papel 
importante en el Orlando; pero entre tanto es menester ad- 
vertir que, ó Don Quijote por loco, ó Cervantes por distraí» 
do, atribuyeron malamente á este yelmo la desgracia de 
Sacripante. El desgraciado, según cuenta Ariosto (Canto 
XVIII, est. i5i y sig.), fué Dardinel de Almonte, que mu- 
rió peleando con Reinaldos de Montalbán, á quien había 
dado inútilmente en el yelmo que llevaba y había gana- 
do al rey Mambrino. I, 221; II, 147, i52-i55, 221, 296, 
3oo, 3oi; III, ii5 (t); IV, i3o.— Sancho lo llama a/- 
mete de Malandrino. II, 93. — Martino le llama después. 
II, i58. 

Mameluco (Gran) de Persia. — Decimos Gran Turco, pero no 
Gran Mameluco: ni mameluco es cosa de Persia, sino de 
Egipto, ni mameluco es nombre de dignidad, como el de 
soldán, que es el que se da á los príncipes mahometanos 
que dominaron en Persia y Egipto durante la Edad Me- 
dia. Mameluco, según dicen, en árabe significa «esclavo». 
II, i65. 

Mamonas. — «Y sellad el rostro de Sancho con veinte y cua- 
tro mamonas*. Voz anticuada: lo mismo que mamolas. «Ha- 
cer la mamola* es poner en cierta forma los dedos en la ca- 
ra de otro, remedando las caricias que se hacen á los ni- 



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277 

. ños que maman. Metafóricamente vale t embaucar, enga- 
ñar con halagos á quien se desprecia»; de suerte que en- 
vuelve las dos ideas de tcaricias» y de iburlai». V, go (t); 
VI, 382. — Mamonado: palabra nueva, formada de mamona. 
VI, 384. 

Manceba, manceba: barragán, barragana. — En castellano an- 
tiguo barragán es mancebo, y barragana, manceba; pero con 
la particularidad de que los dos primeros nombres, que son 
los masculinos, se toman en buena parte, y los femeninos, 
que son los segundos, en mala: aquéllos signiñcan tjoven 
alentado y de edad floreciente»; éstos, «concubina», y die- 
ron origen á los verbos abarraganarse y amanubarse. I, 241; 
II, 278; IV, 1 55. — Véase Mozo, moza. 

Mancebos (Los siete). — Mancebos se dice de los del homo de 
Babilonia; pero no eran «hermanos», y su mención no 
viene á cuento; ni eran siete, sino tres. Pudiera sospecharse 
que el manuscrito original diría Mácateos, que era lo que 
debió, al parecer, ponerse. La Sagrada Escritura refiere 
el martirio de siete hermanos Macabeos, que, animados por 
su valerosa madre, se negaron á abandonar su religión en 
tiempo de las persecuciones que sufrieron los judíos de 
parte de los reyes de Siria, circunstancias que hacen plau- 
sible la sospecha de que en el presente pasaje del texto 
convino leerse Macabeos. II, 2a5. 

Mancha (La). — Sus granos y sus vinos. «Los manchegos, 
ricos y coronados de rubias espigas»: por lo abundante que 
era la cosecha de granos en la Mancha: en el día se habla 
más de la de sus vinos, y pudieran pintarse sus habitantes 
coronados también de pámpanos. II, 79. 

Mancha de Aragón. — La parte oriental de la Mancha. En esta 
parte de la Mancha estaba situada la venta donde pasó la 
aventura del retablo de Melisendra, á distancia de una jor- 
nada corta de la cueva de Montesinos: y digo «corta» por- 
que el primo del licenciado diestro, que acompañaba á Don 



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278 
Quijote, la había hecho en una pollina preñada. (IV, 405.) 
V, 27, 68. 

Mandadería. — Es lo mismo que «embajada», y mandadero, 
lo mismo que «embajador». Hoy en día este nombre ha 
quedado solamente para los mandaderos de monjas. II, 340» 

Mandar. — En el sentido de «ofrecer, prometer alguna cosa». 
(Academia.) «Pues mdfidoles yo á los leños movibles». 
Véase Leños movibles. — En el cap. 70, segunda parte (VI, 
406), dice Sancho: uMándote yo..... pobre doncella, mdn- 
dote, digo, mala ventura». V, 263. 

Mandará vuestra merced por esta primera de pollinos. — Festiva 
imitación de las fórmulas acostumbradas en las letras de 
cambio y documentos semejantes de comercio, aplicadas á 
una libranza asnal. También hace reir la entrega de tres 
pollinos que se supone hecha «de contado» en las entrañas 
de Sierramorena á Don Quijote, y el recibo que éste da de 
los pollinos, como si fueran maravedís. II, 32a. 

Manderecha (Dios te dé buena). — Esto es, buena suerte, fortu- 
na, prosperidad. — Siniestro suele significar «desgraciado, 
infausto». Decimos «hado siniestro», y esto lo tomamos 
de los latinos: 

Saepe sinistra cava praedixit ab Hice cornix. 
(I, 292.) — Por una razón contraria se aplicó lo afortuna^ 
do á derecho en la locución del texto. IV, 411. Entre juga- 
dores era de mal agüero alzar las cartas con la mano iz- 
quierda y ganar la mano primera. Quizá de aquí viene la 
frase «Dios te dé buena ma« derecha». VI, 164, 293. — «Va- 
mos con pie derecho». Esta expresión es de la misma espe- 
cie. VI, 433. — Véase Pie derecho. 

Manida. — Viene del latín manere, y se dice ordinariarhente 
del sitio donde acostumbran á recogerse los animales. Aquí 
se aplica á la de Cárdenlo, que, con efecto, no podía ser 
sino semejante á la de las ñeras. Tal era el hueco de un 
alcornoque, donde le encontraron los pastores, según se 



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279 
refirió en el capítulo precedente. — Dícese de hombres y 
animales.* (Academia.) — II, 272. 

Manjar blanco. — Se miraba en lo antiguo como regalado. Com- 
poníase de pechugas de ave, leche, harina de arroz y azú- 
car, y solía servirse en forma de pellas. Ahora sólo se ha- 
ce en algunas provincias, de leche, azúcar y harina de 
arroz. VI, 263. 

Mano. — ^Largas Notas sobre esta voz y sus varios usos. Car- 
gar la mafio: frase metafórica. Insistir con empeño 6 efi- 
cacia sobre alguna cosa. (Academia.) «Cargaba la mano*. 
El cura por un lado cargaba la mano de suerte que Don 
Quijote no osaba darse por entendido y mudaba de color 
á cada palabra; mas también había ponderado la valen- 
tía del libertador de los galeotes, y con este lenitivo se 
hacía más tolerable el vejamen. II, 450. — Entre las mu- 
chas significaciones que en nuestro idioma tiene la palabra 
nMno, y las frases figuradas en cuya composición entra, 
tomar la mano es empezar, como dar de mano es concluir. 
Tener 6 dar mano es tener ó dar autoridad ó influjo; irse 
d la mano, contenerse. (II, 12S; III, 145; IV, 876; V, 81, 
86.) Mano es el primero que juega entre los que lo hacen 
á los naipes ú otras especies de juegos; y obsérvese que la 
voz mano, cuando no se usa en su significación primitiva y 
material, lleva frecuentemente consigo la idea de. poder, 
fuerza ó preeminencia. III, 217. — Venirle á alguno i la ma- 
no alguna cosa: frase metafórica. Lograrla sin solicitarla. 

(Academia.) «Si viene á mano aguachirle t. Si viene á 

mano, expresión propia del estilo familiar, quiere decir «si 
se proporciona» ó «por lo más». IV, 384. — Véanse Venir á 
mano y Aguachirle. — Besar las manos. «Fué á besar las ma- 
nos á la Duquesa». Hoy, aunque no se profesa tanto respeto 
y deferencia á las damas como en los tiempos de la caba- 
llería, decimos que les besamos los pies, y se miraría como 
llaneza grosera decir que les besamos las manos, dejando esta 



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28o 
expresión para los hombres. V, 119, 121-271. — Véase Be- 
sar las manos, — Tener mano y cabida coyt alguno: frase me- 
tafórica. Tener influjo, poder y valimiento con él. (Aca- 
demia.) Sancho lo dice: dimano y concavidad». V, 186. — 
Asentar la mano: frase. Dar golpes á alguno, castigarle, 
corregirle. (Academia.) «Que le asentaré la mano*. VI, 10 
(t). — Tocar con la inapto: frase metafórica. Examinar, ex- 
perimentar. (Salva.) 111, 421; V, 258; VI, 480 (textos). — 
Véanse Tomar la mano y Pie y mano. 

Mano (A la) de Dios. — Frase 6 fórmula proverbial de quien 
se resuelve á hacer alguna cosa sobre que ha precedido de- 
liberación: significa que el que habla se entrega al favor y 
direcdón de la Providencia en lo que va á hacer. Pertene- 
ce al estilo familiar, como todos los modos proverbiales y 
los mismos proverbios ó refranes: la presente expresión se 
encuentra con frecuencia en los libros de caballerías. III, 
366; VI, 414 (t). 

Mano á mano. — En compañía, cuando es sólo de dos perso- 
nas. «Los dos regidores á pie y mafw á manoi^* Nótese el 
juguete de pie y mano, que suelen mirarse como términos 
opuestos, según sucede en aquel refrán: «al villano dale 
el pie y se tomará la ;«ano» (IV, 384). V, 21. 

Mano (A) salva. — «Cogióla Sancho á ínano salva». Modo ad- 
verlpial. Con facilidad, sin contradicción, sin el más míni- 
mo riesgo. (Academia.) VI, 434 (t). 

Manos. — «Ató ambos />íVs á Rocinante». Debieran ser «am- 
bas manos*: á lo menos así es como se traban ordinaria- 
mente las caballerías. Verdad es que en los animales tam- 
bién se comprenden bajo el nombre de pies los anteriores, 
de donde les vino el nombre de cuadrúpedos. II, 120. 

Manrique (D. Jorge). — Sus Coplas. «Avive y despiertet, pa- 
labras que recuerdan aquellas tan conocidas de las coplas 
de D. Jorge Manrique, poeta castellano del siglo xv, á la 
muerte de su padre D. Rodrigo: 



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9 Recuerde el alma adormida. 

Avive el seso y despierte^ 

Contemplando 

Cómo se pasa la vida; 

Cómo se viene la muerte 

Tan callando; 

Cuan presto se va el placer; 

CómOf después de acordado, 

Da dolor; 

Cómo, á nuestro parescer. 

Cualquiera tiempo pasado 

Fué mejora. 

{Coplas de Manrique, i." Est.*) 
Cervantes puso en boca de Sancho sus reminiscencias. IV, 
i86» — Véase Avive y despierte. — «Las Coplas de Jorge Man- 
rique han sido admirablemente traducidas al inglés por 
H. W. Longfellow, y salieron á luz por la primera vez en 
Boston, i833, 12.*^, habiendo sido después reimpresas va- 
rias veces. Imitáronlas muchos poetas, y entre ellos Ca- 
moens, según Lope de Vega. Fué Lope de Vega grande 
admirador de estas coplas, diciendo debían ser escritas con 
letras de oro». (Traducción de la Historia de M. Ticknor, 
por Gayangos, Tomo I, pág. 436, n.) — [I, 366 37a.] 
Manteamiento (El) de Sancho, ó los vuelos de él en la inania. 
II, 56, 57, i55, i56 (textos). — «Dio por bien empleados /os 
vuelos de la manta, el vomitar del brebaje, las bendiciones 
de las estacas», etc. Se pinta aquí una de las principales 
circunstancias del carácter de Sancho, que era la codicia; 
y están referidos con graciosa concisión y rapidez los tra- 
bajos y desgracias que hasta allí había padecido. II, 240. 
— € Desearon saber todos qué era aquello de la manta». Se 
olvidó Cervantes de que la ventera lo había contado ya á 
todos los pasajeros, estando de sobremesa (II, Soy, 5o8), 
y asi, el deseo sólo podía ser de los que habían llegado^ des- 
pués de hecha aquella relación, á la venta. III, 345. 



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282 

Mantel (Comer sin) en la mesa. — Era señal de luto y de 
duelo, como de quien come sin buscar el placer ni el aseo, 
sino únicamente por la necesidad de mantener la vida. 
Creo que de esta costumbre no quede resto alguno, sino el 
viernes santo entre frailes y monjas. I, 218. — «Sin comer 
pan d manteles y sin peinarse la barba». Alusión de San- 
cho á las demostraciones de dolor expresadas en el roman- 
ce del marqués de Mantua, de que se habló en el cap. 10 
(I, 218). De estas palabras se deduce que nuestro caballero 
llevaba barba, circunstancia que se olvidó al grabarse las 
estampas de muchas ediciones del Quijote. II, 485. 

Mantible (Puente de). — Puente grande y fuerte que se descri- 
be en la historia de Carlomagno. Larga Nota sobre esta 
puente. Estaba sobre un caudaloso río que no podía pasar- 
se por otra parte, y la guardaba un espantable gigante, 
quien, ayudado por cien turcos, cobraba de los pasajeros 
cristianos un pontazgo, que era de «treinta pares de pe- 
rros de caza, cien doncellas vírgenes, cien halcones muda- 
dos y cien caballos con sus jaeces, y por cada pie de caba- 
llo un marco de oro fino». El cristiano que no pudiese pa- 
gar el pasaje había de dejar la cabeza en las almenas*de la 
puente. El sitio verdadero de esta puente es dudoso; pe- 
ro, según tradiciones, debía de haber estado en la costa de 
Portugal al sur del Tajo. III, 448, 449. 

Mantón de finísima escarlata, que las dos hermosas doncellas echa- 
ron sobre los hombros á Don Quijote. — El manto largo que 
cubría toda la persona era traje propio de caballeros y so- 
lía estar forrado de armiños, que lo hacían de mayor valor. 
Solían ser los mantos de escarlata. V, 126. 

MafUua (Marqués de). — Es el antiguo romance del Marqués de 
Mantua, que contiene la relación de la traidora muerte que 
dio á Baldovinos el infante Carloto, hijo del emperador 
Carlomagno. El juramento del marqués de vengar la muer- 
te de su sobrino Baldovinos: «No comer pan á manteles» , et« 



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283 
cétera. I, 87-91, 99, i58, 218, 221; II, 148, 485; IV, 450. 
— [I, 120.] 

Mañana en aquel día. — «Mañana en aquel día me habéis de 
armar caballero». Esta añadidura •en aquel díait, para ex- 
. presar el de mañana, no es exclusivamente de los libros de 
caballería: es también de otros desde la fecha más antigua 
de nuestro idioma. Varios ejemplos citados. I, 42. — «Ad- 
vertid, dijo la Duquesa á Sancho, que mañana en ese mismo 
día habéis de ir al gobierno de la ínsula». V, 346, 392. 

Mañeros, — Mañeros llamaban antiguamente á los que morían 
sin sucesión, de los cuales se cobraba un derecho que por 
esto recibió el nombre de mañería. También se llamabíin 
mañeras á las mujeres estériles. Aquí el mismo contexto 
explica que mañero equivale á «blando y dócil». IV, 120. 

Mañeruelas. — Lo mismo que «acomodadizas», que á todo se 
acomodan. Véase Acomodadizo. — «Acomodadas, adapta- 
bles». (Arrieta.) «Pastoras mañeruelas, que, si nonos cua- 
draren, nos esquinen». VI, 440. — Véase Cuadrar, etc. 

Maravilla, admiración, — «La maravilla que en mí causa el ha- 
beros visto». Maravilla está por admiración, y no es lo 
nfismo. La maravilla reside en la cosa, y la admiración 
en la persona. IV, 277. 

Marca (Ladrón de más de la). — Marca es la medida estable- 
cida para alguna cosa, como para la alzada de las caba- 
llerías, la talla de las personas, el tamaño del papel, lo lar- 
go de las espadas y otras armas: y así, ladrón de más de la 
marca es ladrón que excede á los ladrones ordinarios, «gran 
ladrón». II, 207. 

Marcela (La pastora). — «Por cima de la peña pareció la 

pastora Marcelas, — «En el libro VI de la Galatea se pre- 
senta también sobre una peña Gelasia, pastora desamora- 
da, cruel y desdeñosa, que desde allí trata de justificar, 
como Marcela, su condición ante los pastores que la escu- 
chan, y que finalmente se retira y desparece, dejando ad- 



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284 
mirados á todos^ lo mismo que hi^o Marcela. El sermón de 
Marcela es impertinente, afectado, ridículo y todo lo que 
se quiera. La aparición de la pastora homicida en este tran- 
ce, su disertación metafísico-polémico*crítico«apologética, 
su descoco y desembarazo, y sus bachillerías y silogismos, 
quitan á este episodio el interés que pudieran darle el ca- 
rácter y muerte del malogrado Grisóstomo, á quien no 
puede menos de mirarse como un majadero en morirse por 
una hembra tan ladina y habladora. (Me parece que esta 
crítica es algo severa, y no veo cómo puede decirse de 
Marcela, que era una pastora homicida.) I, 3oi-3o7. 

Marcela (La madre de). — «Fué la más honrada mujer que 
hubo en todos estos contornos: no parece sino que ahora 
la veo (esta expresión se repite en el cap. 20, II, 126), 
con aquella cara que del un cabo tenia el Sol y del otro la 
Luna, y sobre todo hacendosa y amiga de los pobres, por 
lo que creo que debe de estar su ánima á la hora de ahora 
gozando de Dios en el otro mundo». (Pedro el cabrero.) 
Elogio rústico de la difunta mujer de Guillermo, que hace 
reír. ¿Qué tal cara sería la que del un lado tuviese el Sol y del 
otro la LufM? Y si se habla, como parece, de los ojos,* ¿qué 
tal parecería la cara que tuviese dos ojos tan diferentes en- 
tre sí? (El reparo que se ha hecho en la Nota precedente 
se hace aquí. Se habla metafóricamente, no de los ojos, 
sino de la cara; y la expresión parece sumamente bella, 
indicando agudeza ó viveza de ingenio, y dulzura ó blan- 
dura de corazón.) I, 25o y texto. — «Aquellas dos mejillas 
de leche y de carmín, que en la una tiene el Sol y en la 
otra la Luna». Asi dijo Doña Rodríguez á Don Quijote, 
hablando de la Duquesa. V, 469. 

Marcial. — «Si Marcial anduvo deshonesto ó no en tal epigra- 
ma». — «Martial (Marcus Valerius Martíalis), poete latín, 
né á Bilbilis, m Espagne, en 43 aprés J. C, fnori dans la 
mime ville, vers 104. // nous reste de Martial un rectml de 



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285 

• peHUspiéces désignées sous le nom general á'Epigrammata, au 
nombre de pltts de quinze cents et divisces en quatorze livres. II 
estpossMe en effet que la viede Martial valut un peu mieux que 
ses écrits; ínais la cotnplaisance avec laquelle il se fait un jeu 
de la plus indigne dépravation dhtote irop clairenieftt Vimpitre- 
ii habituelle de sa pernee, et fait grandetnent douter de l'hon' 
nétete de ses mceurs*. (Nouvelle Biographie Genérale, To- 
me 33. V. Martial). IV, 282 (t). 

Marco Curcio. — «¿Quién impelió á Curdo á lanzarse en la 
profunda sima ardiente que apareció en la mitad de Ro- 
ma?». — Continúa Don Quijote disfrutándolos ejemplos de 
la historia romana, y menciona el hecho de Marco Curdc^ 
en el siglo iv de la República. — En medio del Foro se abrió 
de repente una profunda sima, que no pudo cegarse á pe- 
sar de los esfuerzos que el pueblo hizo para ello. Consul- 
tados los dioses, respondieron por boca de sus sacerdotes 
que allí se les había de consagrar lo mejor que tuviese 
Roma. Marco Curcio, joven valiente, viendo á todos dudo- 
sos, exclamó que lo mejor que Roma tenía era el valor y 
las armas; y armándose y montando en su caballo enjae- 
zado cuan magníficamente pudo, después de dirigir sus 
miradas al cielo y al Capitolio, se arrojó á la sima, la cual 
en breve se convirtió en un lago, que por este suceso se 
llamó Curcio. Asi lo cuenta Livio, aunque dudando mu- 
cho de la verdad del hecho. Don Quijote añadió que la si- 
ma era ardiente, circunstancia que no menciona la histo- 
ria, y no debe hacerse cargo de la añadidura á nuestro hi- 
dalgo, sino á Cervantes, que la repitió en el Viaje al Par- 
naso^ donde, hablando de una ninfa que representaba la 
Vanagloria, dijo: 

Ésta arrojó al romano caballero 
En el abismo de la ardiente cueva, 
De limpio armado y de luciente acero. 
IV, 143. 



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286 

Marco Polo. — Famoso viajero veneciano del siglo xiii, visitó 
las regiones del Oriente, donde, según cuenta él mismo, re- 
sidió por espacio de veintiséis años. Lai^a Nota acerca de 
él. III, 384.— [I, i85.] 

Mate mdgnum. — «Por el mare tndgnum de sus historias». No 
es la primera vez que Don Quijote habla á su escudero en 
latín; v. gr.: mquatido cáput dólet, etc.» (IV, 35); •bene quí- 
dem^i (IV, 123); mjuxta íllud: si quis, suadcnte didbolo, etc.» 
(II, 108). — Realmente mare mdgnum es una locución ad- 
mitida en el lenguaje castellano familiar para expresar el 
gran tamaño y confusión de alguna cosa. V, 90. 

Marfuz. — íNo te fíes de ningún moro, porque todos son 
marfuces». — Es palabra árabe que significa «astuto, falso, 
pérfido». III, igS- 

Mari Gutiérrez. — Véanse Gutiérrez (Mari), Teresa Panza y 
Sancho (Mujer de). 

María de Austria. — Reina de Hungría y hermana del empe- 
rador D. Carlos: ejercitaba la caza con tanto vigor como 
cualquiera del otro sexo. V, 197. 

Mariana (El célebre P. Juan de). — Su opúsculo De spectacu- 
lis, donde llegó á indicar que los teatros tenían más incon- 
venientes que los lupanares. III, 402; IV, viii (Prólogo), 
3i2. — Su tratado intitulado De mutatione monetae. IV, 6. 
— Declamó en su De spectaculis vehementemente contra 
las fiestas de toros. IV, 3i2. — M. Ticknor dice déla His- 
toria de España, por Mariana, «que llegó á ser el monu- 
mento más bello y grandioso elevado á la historia de su 
patria, como ha continuado siéndolo desde entonces». 
(Traducción de Gayangos, III, 384.) — [III, 176-183, etc.] 

Marido (El) la misma cosa 6 carne con su mujer. — El prolijo 
discurso de Lotario sobre esto, y la afrenta que resulta á 
un marido de la deslealtad de su mujer. III, 26. — Véase 
Vaso (La prueba del). 

Marimorena. — Hablándose familiarmente, significa «riña ó 



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287 
j)endencia» : hay quien atribuye el origen de esta voz á las 
quimeras que antiguamente excitó una María Moreno, ta- 
bernera de Madrid, y dieron ocasión á ruidosos procesos ju- 
diciales. Morena puede ser abreviatura de marimorena. II, 
343. — Véase Morería (O sobre eso). 

Maritornes. — Moza asturiana que servía en la venta: «ancha 
de cara, llana de cogote, de nariz roma, del im ojo tuerta, 
y del otro no muy sana: verdad es que la gallardía del cuer- 
po suplía las demás faltas: no tenía siete palmos de los pies 
á la cabeza, y las espaldas, que algún tanto le cargaban, la 
hacían mirar al suelo más de lo que ella quisiera». II, 22 
(t). — Cervantes pintó á Maritornes «llana de cogote», con- 
forme á la opinión de su tiempo, que expresó también Co- 
varrubias: ndescogotados son», dice, «los que no tienen 
cogote, como los asturianos». Después acá deben de ha- 
berlo recobrado, porque ahora lo tienen ni más ni menos 
como los demás españoles y como los demás hombres. II, 
23. — «Porque presumía (Maritornes) muy de hidalga». 
(«En siendo montañeses, todos somos hidalgos». V, 463.) 
— Del carácter chancero y satírico de Cervantes puede creer- 
se que en este lugar quiso zaherir la presunción de hidal- 
guía, tan común en la provincia de Maritornes y otras con- 
ñnantes, aun en personas ocupadas en profesiones y ejer- 
cicios humildes. II, 27. — La aventura nocturna de Mari- 
tornes con el arriero. II, 33, 45, Sog. 

Marqués y conde. — «Algún título de conde, ó por lo menos de 
marqués». — Observaciones sobre estos títulos. I, 167. 

Marquesotas. — Rodrigo Méndez de Silva, en su Catálogo Real, 
cuenta que el año i562 un marqués italiano, por cubrir los 
lamparones, trajo los cuellos, primero llamados por él mar- 
quesotas, y se usaron en España hasta el año 1622 que se 
inventaron las golillas. IV, 323. 

Marrido. — ^Palabra digna de notarse. Significa lo mismo que 
^amarrido, melancólico, triste, afligido». — Covarrübias di- 



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ce: ^Marrido vale «flaco y enfermo». Es vocablo pastoril»» 
— D. Tomás Antonio Sánchez cree que es tomada del ita- 
liano smarrito, que, según el Vocabulario de Franciosini, 
equivale á «desmayado», 6 de sbigottito, «desmayado, azo- 
rado, amilanado», que es como estaría Don Quijote des- 
pués de su vencimiento. VI, 332, 

Martas cebollinas, — Sancho estropeó, como rústico, el nombre 
de cebellinas que se da á las martas, ó pieles de las martas, 
animalejos semejantes á las fuinas, y sirven para forros.. 
Las más preciadas vienen del Norte. IV, 246; VI, 90. 

Martín (San). — «Puesto á caballo, que partía la capa con el 
pobre». «Más liberal que valiente»: no quiso aquí Don Qui- 
jote negar á San Martín la prenda de la valentía, sino dio á 
entender que, siendo valiente, todavía era más liberal, Y con 
efecto, la liberalidad, lejos de excluir á la valentía, no se 
aviene bien con pechos tímidos y cobardes. VI, 160. — «Su 
San Martín se le llegará (al libro de Avellaneda) como á ca- 
da puerco». — Con efecto, le llegó y pronto, quedando se- 
pultado en el desprecio y el olvido, mientras el Quijote 
de Cervantes continúa siendo el embeleso y las delicias de 
sus lectores. — Es bien conocido el origen de esta expresión 
proverbial, debida á la época del año en que empieza la ma- 
tanza, tan común entre los españoles, del animal domésti- 
co cuya cecina es el ingrediente más esencial de nuestra 
olla ordinaria. VI, 296. 

Martorell (Juan). — Caballero valenciano: fué el autor del T/- 
ranteX^moún. I, i32-i34. — VédiSt Tirante el Blanco. — [I, 
297, 298 y n.] 

MartoSy cuyos garbanzos debían ser celebrados en aquel tiem- 
po por su tamaño, como en el día lo son los de Navalcame- 
ro y Fuente Saúco. V, 266. 

Más bueno, — «El fnás buen caballero». Pocas veces se ve usa- 
do más bueno por mejor, que es como ordinariamente se di- 
ce. II, 90 (t); V, 337. 



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289 

Mas (Cuanto) y cuanto nienos. — «Que no podían ser entendi- 
das de cerca, cttanto mis de lejos». — Véase aquí un caso en 
que puede usarse indistintamente del más 6 áúmenos^ sin 
cambiar la signiñcación y sentido de la frase. La misma 
idea se expresaría, diciéndose: «Que no podían ser entendi- 
das de cerca, cuanto menos de lejos». La razón de esto es 
más fácil de comprenderse que de explicarse, y basta con 
insinuarla. II, 25i.. 

Más de cuatro, — Muchos, 6 número considerable. (Acade- 
mia.) III, 252; V, 7, 81 (textos). 

Más de tanto, — «Que le traía otro presente que valía más de 
tanto». Ahora diríamos: más de otro tanto. VI, 36. 

Más galán que Mingo, — «Y vferéis el asno de Sancho Panza 
más galán que Mingóte, — El zagal de las coplas antiguas 
intituladas de Mingo Revulgo, á quien se hace aquí alu- 
sión, especialmente al siguiente pasaje, en que empiezan: 
¡Ah Mingo Revulgo! ¡Oh! ¡Haol 
¿Qué es de tu sayo de blao? 
¿No le vistes en domingo? (Arrieta.) 

VI, 436. — Véase Mingo Revulgo, 
Más justas que pecadoras. — «Que le vendrán más justas qu^ pe- 
cadoras». — Juego de palabras que se halla también en la 
comedia del Rufián dichoso, del mismo Cervantes, donde, 
enseñando un fraile á un corista unos cuantos naipes que 
le había dado una devota, preguntaba el corista: 
¿Están justos? 

Y respondió el otro: 

Pecadores 
Creo que están los señores; 
PueSf para cumplir cuarenta^ 
Entiendo faltan los treinta. 

M. Damas Hinard, en su Don Quichotte, traduce esta fra- 
se: mqui leur iront juste, comme des gants faits exprés pour 
eux9. IV, 407. 

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Más terco y duro que villano rogado, cuando tiene la suya (saeta) 
sobre el hito. — ^Plus dur el plus títu qu^un vilain qu'on prie, 
quandil a Vavantage^. (Hinard.) IV, 402 (t). 

Matador (El) de las doncellas. — Alude á Altísidora «muerta 
por la crueldad de Don Quijote». (VI, 378.) VI, 427. 

Matalotaje. — Palabra de origen francés. La provisión que en 
los viajes de mar llevan los marineros y demás navegan- 
tes. Decía Mercurio á nuestro autor, convidándole á que 
entrase en su galera para hacer el viaje al Parnaso: 

Conmigo segurísimo pasaje 
Tendrás, sin que te empaclus ni procures 
Lo que suelen llamar matalotaje. 
II, 94. 

Matalote (matalón). — Se aplica á la caballería muy flaca, 
trotona y de mal paso. (Academia.) VI, 258 (t). 

Matarse con alguno. — Frase metafórica. Reñir 6 pelear con 
él. (Academia.) V, 76, 76 (t), 

Mauleón (Un poeta llainado). — De este poeta y de su dicho 
habló también Cervantes en la novela ó Coloquio de los pe- 
rros, por estas palabras: «responderé», dijo Berganza, lo 
que respondió Mauleón, poeta tonto y académico de burla 
de la academia de los imitadores, á uno que le preguntó 
qué quería decir ^Deum de Deo^i y respondió que: «á^ don- 
de diereis, (Pellicer.) — Dé donde diere: frase familiar que 
se usa para denotar que se obra ó habla á bulto, sin refle- 
xión ni reparo. (Academia.) VI, 420. — Véase Dé donde 
diere. 

Mausoleo. — Monumento sepulcral que Artemisia, mujer de 
Mausolo, régulo de Caria, erigió á la memoria de su ma- 
rido. Plinio dijo que se contaba entre las siete maravillas 
del mundo y describió sus dimensiones y adornos en el 
lib. 36, cap. 5, de su Historia natural, donde hizo memo- 
ria de los artífices que trabajaron en él. Artemisia murió 
antes de que se concluyese; pero lo finalizaron después de 



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?9í 

' su muerte los artífices que se habían encargado de la obra, 
• id gloriae ipsorum ariisque momtmentum indicantes 9. De 
aquí vino darse el nombre de mausoleos á los sepulcros os- 
tentosos y magníficos. IV, 147. — Yéanst Artemisia y Se- 
pulcros» 

Maydns (D. Jium Antonio). — Su edición del Pastor de Fílida, 
que hizo en Valencia el año de 1792. 1, 142, 146; VI, 292, 
356.— [III, 86 n.] . 

Maydns y Sisear (D. Gregorio). — Literato valenciano, que es- 
cribió la Vida de Cervantes para la edición del Quijote de 
Londres del año 1738. 1, xxxv, xxxvii (Prólogo), 117, 265; 
IV, 5i; VI, 129, 298, 339.— [II, 90 n.] • 

Mayor (Su). — «Alcanzólo á saber su mayoría . Mayor es lo mis- 
mo que «jefe 6 principal». II, 3i3; III, 334; VI, 242 (t). 

Mayor ó tan grande que. — No se dice tan grande que, sino tan 
grande como; ni se dice mayor como, sino mayor que. Ya se 
ha observado otras veces que es defecto gramatical re- 
unir bajo un mismo régimen palabras que lo piden diverso. 
IV, 64. 

Mayordomo (El) del Duque. — «De muy burlesco y desenfada- 
do ingenio, el cual hizo la figura de Merlín » . V, 239 (t ). — El 
mayordomo del Duque fué quien hizo el papel de la Dueña 
Dolorida, alias de la condesa Trifaldi. V, 268, 371. 

Mazorcas de perlas. — Dicen que mazorca es voz de origen ará- 
bigo. Significa la husada ó el bulto del hilo que rodea el huso 
después de hilado el copo. Por semejanza, se dice de la es- 
piga del maíz y otras plantas; y siendo las mazorcas de per- 
las, significan en boca del ponderativo Sancho «colgantes 
arracimados de perlas». IV, 173. 

Medea. — Insigne hechicera, según la fábula: fué hija de Btas, 
rey de Coicos^ y ejemplo de mujeres crueles. I, luí (Pró- 
logo), 264* 

Media noche era por filo. — Verso tomado del romance del con- 
de Claros de Montalbán, uno de los que se conservaron en 



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la colección de Amberes del año i555, que empieza así: 
Media noche era por filo; 
los gallos querían cantar; 
conde Claros con aínoresy 
no podía reposar. 

Lo que dijo de la noche el Romancero de Amberes, lo dijo del 
día el Romancero del Cid, cuyo número 72 empieza: Medio 
día era por filo, IV, i52. — Véase Filo (Por), — «Donde co- 
gen á un desdichado de media noche ahajo, y le desuellan 
vivo» . De media noche abajo: según Hinard, de minuit au fna- 
tin. VI, 12 (t). 

Medianeras de amores. — Las historias de caballerías hacen fre- 
cuente mención dé doncellas medianeras, terceras ó confi- 
dentes de las princesas enamoradas. Alguna vez ejercieron 
este oficio las mismas princesas. II, 177. 

Mediar. — «Con veinte y seis maravedís que ganabas cada 
día, mediaba yo mi despensa». La acepción que en este pa- 
saje tiene el verbo mediar, es poco usada; ordinariamente 
es verbo de estado, y significa «estar entre dos cosas». Aquí 
es verbo de acción, y designa «partir por medio ó hacer la 
mitad» . II, 23o. — ^Mediaron la causa y fueron arbitros de- 
Ua». El verbo mediar tiene dos acepciones: una es «hacer la 
mitad de una cosa» (como en la Nota precedente): en este 
caso es verbo activo. Otra acepción es «interponerse», po- 
nerse en medio de dos extremos, que es la que conviene en 
el presente lugar; y en esta significación, si bien se mira, 
le corresponde la calidad de verbo de estado ó intransitivo* 
Por esta razón pudiera sospecharse que falta el régimen de 
«cawsa» en el texto, y que debiera leerse ^mediaron en la 
causat. Poco antes se ha dicho •medianeros de hacer las pa- 
ces»: parece que debiera ser: «m^^tan^ros/am hacer las pa- 
ces». III, 335. 
Medias, — Sobre el uso de medias en tiempos antiguos, y las 
pragmáticas permitiéndolo. « ¡Oh desgracia, indigna de tal 



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293 

. persona! Se le soltaron^ no suspiros ni otra cosa que des- 
acreditase la limpieza de su policía^ sino hasta dos doce- 
nas de puntos de una media, que quedó hecha celosía» . V, 
378. 

Médicis (Los). — Empezaron por sacapotras, siguieron por 
mercaderes y acabaron por soberanos. IV, iii. — En el si- 
glo anterior (xv) habían nacido las academias privadas de 
Italia bajo la protección de los Médicis, familia ilustrada y 
poderosa que dominaba en Florencia. IV, 340. 

Médicos, — Véase Pedro Recio. — «Estudiando de noche y de 
día». ¡Qué bien descrita y qué bien ridiculizada está aquí 
. la impertinente gravedad é importancia con que suelen ejer- 
cer su autoridad los médicos de las personas tímidas, es- 
pecialmente en la clase de los poderosos! Esto ya no es co- 
mo antes, porque el tiempo y la experiencia han generali- 
zado el conocimiento de aquella máxima: qui medice vivit, 
miserrime vivit. V, 433-438. — «Médicos sabios». Lope de 
Vega dice, hablando de los médicos: 

uNo porque yo de vos, ciencia divina , 
No sienta bien y alabe la importancia; 
Que no desprecio ya la medicina. 
Sino en quien la ejercita la ignorancia*. 

V, 439. — •Médicos malos». «A un malmédico, verdugo de la 
república» . Bowle cita y copia el pasaje de la novela del 
Licenciado Vidriera, donde se dice: «No hay gente más da- 
ñosa á la república que los malos médicos. Sólo los médicos 
nos pueden matar y nos. matan sin temor y á pie quedo, 
sin desenvainar otra espada que la de un recipe.» V, 440. 
— Véase Sacapotras. 
Medida (Su boca sería). — «A lo que el huésped respondió que 
su boca sería medida, y así, que pidiese lo que quisiese; que 
de las pajaricas del aire, de las aves de la tierra y de los 
pescados del mar estaba proveída aquella venta». — Frase 
con que se da facultad á alguno para que pida todo cuanto 



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quisiere, pues que todo se le dará. (Arrieta.) VI, 197 (t). 

Medina Sidonia (Duque de), — «Sentaos, majagranzas, dijo 
el hidalgo al labrador; que adonde quiera que yo me sien- 
te será vuestra cabecera» . — «Ofréceseme decir á este propó- 
sito lo que sucedió á cierto mercader con un duque de Me- 
dina Sidonia. Púsose inadvertidamente á la mano derecha 
de aquel príncipe, y habiendo andado algunos pasos, recono- 
cido su yerro, dijo con grande sumisión: perdone V. E. el 
no haber estado en lo hecho; y tras esto quiso mudar de 
lugar. Respondió el duque: bien vais, que yo en cualquier 
parte soy el mismo, y mandó pasase adelante como iba». 
(Figueroa.) V, 144. — «Vístanme, dijo Sancho al Duque, 
como quisieren; que de cualquier manera que vaya vesti- 
do, seré Sancho Panza». — V, 346 (t). 

Medio tocino (Como) entredós artesas. — Tocino, i>or cerdo. Medio 
tocino es media canal ó una hoja de cerdo, que suelen po- 
ner con sal entre tablas ó artesas, apretándolas para que se 
acecine. VI, 86. 

Medoro y Cloridano. —Fueron dos jóvenes que mutuamente 
se amaban. Ambos iban en busca del cadáver del rey 
Dardinel. Medoro es herido, y Cloridano pierde la vida 
junto á su amigo, Angélica la Bella se compadece de Me- 
doro y cura su herida. De aquí resultaron sus amores 
con Angélica, que dieron ocasión á las locuras de Orlan- 
do, descritas por Ariosto. II, 290, 291, 332; IV, 29. 

Medrano (Julián de*). — Su Silva curiosa para damas y caballe- 
ros, — No ha faltado quien diga (sin razón) que la novela 
de El curioso impertinente fué tomada de la Silva de Medra- 
no. III, 89. — [II, 119, n.] 

Mejillas (Aquellas dos) de leche y de carmín, que en la una tiene 
el Sol y en la otra la Luna. — Ésta fué la descripción de la 
Duquesa, que hizo la señora Doña Rodríguez á Don Qui- 
jote. V, 469. — Lo mismo se viene á decir de la madre de 
Marcela: «aquella cara que del un cabo tenía el Sol y del 



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otro la Luna». I, 250. — Véase Marcela (La cuadre de). 
Mejor. — Sobre la expresióp «que mejor agradan y deleitan» 
f debe observarse que el adverbio rftejor no se ajusta bien con 
, los verbos que denotan acciones útiles ó agradables. Las 
personas que hablan correctamente, dicen «agrada ;w<ís» y 
no «agrada wc/or», «aprovecha wis» y no «aprovecha w^- 
jori^. Otro tanto sucede con la palabra peor: no decimos 
*peor dolor», sino ^mayor dolor»; se supone la calidad como 
evidente, y sólo se expresa la cantidad. III, 447* 
MeUndez Valdés (D. Juan). — Poeta insigne de nuestros tiem- 
. pos; tomó el argumento de la aventura de las bodas de Ca- 
, macho para una comedia que compuso con el mismo títu- 
lo; pero la comedia notí placuit, como decían los antiguos, 
á pesar del justo crédito que había adquirido el autor en sus 
demás composiciones poéticas; fuese la diversidad que me- 
dia entre el talento lírico y el dramático, fuese que Melén- 
. dez tropezó con el escollo que siempre ofrecerá el mérito 
de Cervantes á los que se pongan en el caso de que se les 
, mida y compare de cualquier modo con el Príncipe de 
nuestros ingenios. El juicio (decisivo en la materia) de Don 
Leandro Fernández de Moratín. IV, 399. — [III, 3ii- 

3I7-] 

Melindre (Incitativo), — «Digo, en fin, señora Doña Rodrí- 
guez (dijo Don Quijote), que como vuesa merced salve y 
deje á una parte todo recado amoroso, puede volver á en- 
cender su vela, y vuelva y departiremos de todo lo que más 
mandare y más en gusto le viniere, salvando, como digo, 
iodo incitativo melindrea . • Melindre, comida delicada y teni- 
da por golosina, hecha con miel. De allí vino á significar 
este nombre el regalo con que suelen hablar algunas damas, 
á las cuales por esta razón llaman melindrosas». (Covarru- 

. bias.) Melindre se toma aquí por añagaza, afectación, 6 

asechanza simulada. (Arrieta.) V, 457. 
^elisendra. — Hija del emperador Carlomagno. Estando tra- 



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tada de casar con Gaiferos, la cautivaron los moros, sin que 
se supiese en muchos años dónde estaba cautiva. Gaiferos 
sacó á su esposa de su cautividad en Sansueña> y la llevó 
á París. — Romances antiguos sobre esta historia. V, 27, 
44, 47, 54, 55, loi, i63; VI, 124, 3o6. — Véase Gaiferos. 

Membrar. — ^Micmbrcsele á vuestra merced el don que me tie- 
ne prometido». Dorotea, queriendo hacer con Don Quijote 
el papel de princesa, usaba con mucha oportunidad de los 
arcaísmos que había leído en los libros de caballerías, donde 
son frecuentes, en especial en los más antiguos, comp el de 
Amadís de Gaula. Uno de ellos es membrar, palabra for- 
mada del latín fnemorari. De membrar se derivaron reincm- 
brary remembranza y remembrador, palabras que se leen en 
nuestras crónicas y poesías primitivas. Membranza, por me- 
moria, se encuentra en el Cancionero de Juan del Encina. 
II, 451, 452. 

Mena (Juan de). — Natural de Córdoba, poeta célebre caste- 
llano. Floreció en tiempo del rey D. Juan II de Castilla^ 
de quien fué muy favorecido, y murió en 1456. — Sus obras 
el Laberinto, ó las Trescientas, etc. II, 19, 84; V, 98, loi, 
379.— [I, 343-350.] 

Méndez (El Padre). — Su Tipografía española. I, 104. — [III, 
416.] 

Mendigos. — Notas sobre ellos: I, i3; V, 247, 248. — ^Mendi- 
gos ciegos», que ganan la vida cantando. VI, 63, 96. — A 
los mendigos se llama «hermanos». VI, 346. 

Mendoza (Al oíroj.^-«Derramósele al otro Mendosa la sal en- 
cima de la mesa». — «Algunas familias están notadas de te- 
ner ciertos agüeros; pero, á Dios gracias, ya esto se va ol- 
vidando». (Covarrubias, artículo Agüero.) — Á este jwopó- 
sito dice Quevedo en su Libro de todas las cosas y otras mu^ 
chas mas: «Si se te derrama el salero y no eres Mendo;ia, 
véngate del agüero y cómetele en los manjares. Y si lo eres, 
levántate sin comer y ayuna el agüero como si fuera Santo, 



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297 
que por eso se cumple en ellos el agüero de la sal, pues 
siempre sucede desgracia, pues lo es no comer». VI, i65. 
— Pellicer dice: «En el siglo xvii eran todavía muy comu- 
nes los agüeros y supersticiones, no sólo en la gente baja 
y vulgar, sino en ahos personajes, y por eso los reprehen- 
de algunas veces Cervantes» .—«•Véase Agüeros. 

Mendoza (D. Diego Hurtado de). — Uno de los insignes escri- 
tores castellanos del siglo xvi. — Sus varías obras: la Guerra 
de los moriscos de Granada, su Lazarillo de Tormes, su papel 
intitulado de los Catarriberas, etc. I, 3, 109, lai; II, 208- 
210, 5i3; III, 174; V, i3, 465. — M. Ticknor dice de él en 
su Historia de la literatura española (Tomo II, pág. 83, tra- 
ducción de Gayangos) que «Bajo cualquier aspecto que 
consideremos el carácter de Mendoza, quedamos satisfe- 
chos de que fué un grande hombre, si bien lo que más es 
de admirar en él es la combinación y reunión de sus dife- 
rentes dotes». — [I, 469-486.] 

Mendoza (Salazar de). — Escribió con vehemencia contra los 
gitanos. II, 475. — [III, 232, n.] 

Menécrates y Pedro Vidal. — Dos locos que pertenecieron á la 
misma cofradía que Don Quijote. I, i5. — Véase Vidal 
(Pedro) y Menécrates. 

Meneses (Fr. Felipe de). — Religioso dominico, catedrático de 
Alcalá y rector del colegio de San Gregorio en Valladolid. 
Su Luz del alma cristiana contra la ceguedad é ignorancia. 
(Véase.) VI, 294. 

Menester, — ^Menester y oficio». — Es la misma palabra que la 
francesa métier, ó mestier, como se escribía en lo antiguo, y 
significa «oficio, profesión, arte»; y de aquí se dijo la voz 
menestrales, que es lo mismo que tartesanós». IV, i36. 

Menguado. — «Que vuesa merced debe de ser menguado * . Se 
entiende amenguado de juicio». — Menguado es «falto», co- 
mo mengua es «falta» . Af¿ngi<ar viene de minuo, como «fal- 
tar» átf atiere. V, 323. 



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298 

Menos mal hace el hipócrita que se finge bueno, que el público 
pecador. -^Ésía, era la opinión de Cervantes, y así lo ma- 
nifestó en la novela de Los dos perros^ donde decía la bru- 
ja Cañizares: «la santidad fingida no hace daño á nii]^ún 
tercero, sino al que la usa»; y en el Per siles, donde dijo 
que «no hay hipócrita, si no es conocido por tal, que dañe 
á nadie sino á sí mismo». Pero acaso no faltará quien lo 
mire como dudoso y problemático, mirando á que los hipó- 
critas son enemigos ocultos, y, como tales, más temibles, 
de la virtud, y á que el escándalo producido por el descu- 
brimiento (que suele ser frecuente) de la hipocresía, puede 
ser mayor y más perjudicial que el de la conducta del pe- 
cador público. En el Evangelio, Jesucristo se irritó contra 
los hipócritas y trató con benignidad á la pública pecado- 
ra. V, 8. — Véase Sota-ermitaño. 

Mensajero sois, amigo; no merecéis culpa, 7ton. — Dos versos to- 
mados de los romances viejos de Bernardo del Carpió y 
del conde Fernán González y que habían llegado en el si- 
glo XV á ser proverbiales. En los anales de la caballería 
andante se reconoció esta inviolabilidad del derecho fecial. 
Á pesar de todo, Sancho no se aseguraba, y acordándose 
de lo colérico y cosquilloso de sus paisanos, temía que los 
del Toboso le moliesen á palos, si creían que iba á sonsa- 
carles sus princesas y á desasosegarles sus damas. ¿Envol- 
verá esto alguna alusión al mal trato que, según la tradición 
referida por Navarrete, experimentó Cervantes en el To- 
boso por un chiste picante dirigido á una mujer, cuyos pa- 
rientes é interesados se ofendieron? IV, 168. 

Mentir por las barbas, por la gorja. — Fórmulas de juramento. 
— «Por mitad de la barba, y aun por toda la barba entera». 
Se dice festivamente que la doncella miente por sm barbas, 
como si las tuviera ó pudiera tenerlas, siguiendo la fór- 
mula de desmentir á los que las tienen. VI, gS. — Véase 
Para mis barbas. 



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299 

MwWo.— Sancho dice á su amo: «¿Es posible que sea vuestra 
merced tan duro de celebro y tan falto de meollo ,.,.•. No 
tener meollo: frase con que se da á entender que alguna cosa 
no tiene sustancia. Dícese regularmente del que tiene poco 
juicio. (Academia.) III, 4z3. 

Meona (De la gran laguna), digo, M^Jítífes.— Laguna Meotis 6 
mar de Zavache, golfo del Mar Negro, en que desemboca 
el río Don 6 Tañáis. En todo este pasaje se burla el cura y 
se divierte á costa de la sandez de Don Quijote y de la sim- 
plicidad de su escudero. II, 447. 

Mercader (El) amante. — Es una comedia de Gaspar de Agui- 
lar, poeta valenciano. Pellicer dice que el asunto del Mer- 
cader amante coincide con el de El curioso impertinente, del 
Quijote. III, 399.— [II, 298.] 

Merced de Dios. — Pellicer dice que en la Mancha se llamaba 
merced de Dios á los huevos y torreznos fritos con miel, y 
Bowle copia un pasaje de Covarrubias en que se explica de 
dónde vino llamarse así á la mezcla de torreznos con 
huevos. VI, 37. — VédiSQ Torreznos con huevos. 

Merced de hábito, se llama la que el rey hace á los que admi- 
te en alguna de las cuatro órdenes militares españolas, de 
que es gran maestre. — «El hábito que tenéis». Hábito t^ik 
aquí por «traje» en general, aunque ordinariamente se usa 
en otra significación, ceñida al de los clérigos, religiosos y 
caballeros de ciertas órdenes. En el cap. 3.°, segunda 
parte (IV, 48), jura el bachiller Sansón Carrasco «por el 
hábito de San Pedro, que visto». Un refrán dice: «El 
hábito no hace al monje». En otra acepción más general 
todavía, hábito significa «costumbre». III, 299. — Véase 
HáHto. 

Méritamente (merecidamente). — Esta palabra, que acaso lla- 
mará la atención de algún lector como extranjera, es poco 
usada, pero castiza. Usóla D. Luis de Ávila y Zúñiga en 
su Comentario de la guerra de Alemania, y la había usado im 



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300 
siglo antes el marqués de Santillana. El mismo marqués 
usó también de la palabra inméritamentt. Inmérito se lee en 
la Tragicomedia de Calixto y Melibea; meriiísimas, en el li- 
bro IV de la Pícara Justina, y después en él Lazarillo de 
Manzanares, de Juan Cortés de Tolosa. IV, 67, 

Merlín. — El encantador más antiguo de cuantos menciona la 
historia moderna. «Protoencantador de los encantadores •. 
IV, 46, 429; V, 335. — ^Merlín, aquel francés encantador» . 
Montesinos, como viejo, estaba desmemoriado, porque 
Merlín no fué francés, sino inglés. Alguna vez en los \i^ 
bros caballerescos se lee que nació en Galia; pero es erra- 
ta, por Gaula, que es Gales, como ya se dijo en otra oca- 
sión (I, 122). IV, 429. — ^La profecía de Merlín. V, 222- 
226. — «Un mayordomo del Duque hizo la figura de Mer- 
lín*. V, 239 (t), 371. 

Merlo (Juan de). — Este caballero, á quien Cervantes llama 
«lusitano» porque era de linaje portugués, nació en Cas- 
tilla. El poeta Juan de Mena deploró su muerte en las 
Trescientas. III, 460. — [I, 348.] 

Mero mixto imperio. — «Quedóse Sancho con la olla con mero 
mixto imperio». Esto es, con jurisdicción y dominio absolu- 
to: metáfora tomada del estilo jurídico. VI, 206. 

Mesnada. — «Consolado, pues, y pacífico Camacho y los de su 
mesnada*. — Mesnada: compañía de gente de armas, mante- 
nida y pagada por alguna persona á quien seguía: es voz 
muy usada en las crónicas castellanas, y se halla ya en las 
poesías de Gonzalo de Berceo. Díjose, por extensión, de 
cualqui^ bando ó parcialidad, como aquí sucede. — Mesna* 
dero era el que mandaba la tnesnada; y así llamó Juan Lo- 
renzo de Segura á los capitanes de Alejandro. IV, 398. 

Mesura. — «Y haciendo mesura con la cabeza» . — Mesura es un 
género de reverencia que se hace á la persona venerable. 
(Covarrubias citado por Bowle.) VI, 328. — Véase Hacer 
mesura. 



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301 

Metamorfóseos^ ú Ovidio español. — a Metamorfosis* es palabra 
que viene del gríego, donde significa «trasformaciónt. 
IV, 407. — ^Véase Ovidio, 

Metátesis. — Trasposición de letras.-r— Figura de dicción que 
se comete cuando una silaba ó letra se muda de un lugar 
de la dicción á otro. (Academia.) — Inversión del orden de 
las letras, como sucede en pelaire y peraile, camaranchón y 
caramanchón, niervo y nervio, etc. II, SyS-SjS, 5o6; FV, 
388. 

Meter este buen día en mi casa. — Gozarle, aprovecharle, (Arrie- 
ta.) — Hinard lo traduce: mettre le bonheur dans ma maison. 
VI, 76 (t). 

Meterse (No) en dibujos. — «Yo hablo como Dios es servido 
(dijo Teresa á su marido), y no me meto en mas dibujos*. — 
Frase. Abstenerse alguno de hacer ó decir impertinente- 
mente más de aquello que corresponde. (Academia.) — Nt 
point se méler des choses qui ne nous regardent pas. (Taboa- 
da.) IV, 98 (t). 

Mexía ó Mejía (Pedro). — En su Coloquio del porfiado pone 
un elogio del asno en boca del bachiller Narváez. II, 19.^ — 
Su Diálogo de los médicos* III, 187. — Su Historia impe- 
rial y cesárea. III, 388, 389. — Su Silva de varia lección. 
VI, 47— [n, II, 28.] 

Mezquino (Guarino). — Su historia. III, 453. 

¡Mi padre! — «¿Católicos? ¡mi padre! • — Interjección cuyo sen- 
tido no se puede fácilmente definir y cuyo origen es impo- 
sible señalar, como sucede de ordinario en las expresiones 
proverbiales. Es una especie de aseveración ó juramento coq 
alguna punta de ironía. Aquí, en boca de Don Quijote, no 
sólo confirma lo que Sancho había dicho, sino que muestra 
desaprobar la duda con que lo había dicho. III, 358. — 
«¡Cuerpo de mi padre! • IV, 42. — •¿Polla} ¡mi padre! • VI, 
198. 
Micomicón (El reino de). — Mico: nombre que se da á un gene- 



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302 

ro de animales que se diferencian de los monos en tener 
cola, con la cual una gran parte de ellos se agarran y se 
suspenden de los árboles. (Academia.) II, 429 ^t). 

Micomicona (La princesa). — «Llámase, respondió el cura, la 
princesa Micomicona, porque, llamándose su reino Micoftii^ 
con, claro está que ella se ha de llamar asi». II, 429 (t). — 
La aventura de la princesa Micomicona es una de las más 
verosímiles en el plan de la fábula, y de las más ajMXipia- 
das al estilo de los libros andantes. Dorotea hizo el papel 
de la princesa. II, 426, 453; III, 338. 

Miel sobre hojuelas. — Sancho dijo á su amo, quien le invitó á 
darse algunos azotes: «esto me parece argado sobre aina- 
do, y no miel sobre hojuelasi^. Argado sobre argado es como 
si se dijera «enredo sobre enredo, dificultad sobre dificultad, 
trabajo sobre trabajo», por contraposición á la frase pro- 
verbial umiel sobre hojuelasit, que sirve para denotar todo lo 
que hace mejor á lo que por sí era ya bueno. VI, 389. — 
Véase Argado sobre argado. 

Migml (El célebre monte de San). — Fué por mucho tiempo uno 
de los santuarios más nombrados de la cristiandad y visi- 
tado frecuentemente de reyes y príncipes, entre ellos de 
Luis XI, rey de Francia. En los documentos históricos 
suele dársele el nombre de Mo7ts Tumbae, Monte de la Tum- 
ba, por su figura, ó Mo7ts Sancti Michdelis in periculo maris, 
por su situación peñascosa y el continuo embate de las ma- 
reas. Larga Nota sobre ello: II, 284-285. 

Miguel Turra. — Villa de la gobernación de Almagro y del or- 
den de Calatrava. V, 446. 

Milán. — «Fui desde allí á Milán, donde me acomodé de las 
armas». Desde antiguo eran famosas las fábricas milane- 
sas de armas, y singularmente la bondad de los ameses. 
III, 149. 

Milesias, Mileio. — «Fábulas que* llaman milesias*. Dióseles 
este nombre porque se inventaron ó por lo menos eran co- 



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303 
muñes en Mileto, ciudad griega en la costa de Jonia, fa- 
mosa por la suavidad de su clima, por la molicie de sus 
habitantes y por su inclinación á los placeres y diversiones 
frivolas. Fué la Síbaris del Asia, y patria de la célebre cor- 
tesana Aspasia, primero amiga y después mujer de Pericles. 
De esta propensión á la futilidad y al deleite hubieron de 
nacer los cuentos ó fábulas miUsias, propias únicamente 
para desperdiciar el tiempo 6 entretener la infancia, como 
lo son los cuentos tártaros y, según el juicio y censura del 
canónigo, los libros caballerescos. Á las fábulas milesias 
opone el canónigo las que llama apólogas, que, según la 
opinión común, nacieron en Frigia, como las otras en Jo- 
nia, provincias ambas del Asia Menor. Á este género per- 
tenecen las fábulas de Esopo entre los griegos, de Fedro y 
Avieno entre los latinos, de Lafontaine y Samaniego entre 
los modernos. III, 373. — Véase Apólogas. 

Milite. — Anticuado. Soldado. (Academia.) «Mí/í7^ guerrero»: 
pleonasmo que sólo puede excusarse por el estado moral 
de quien habla. Milite es palabra latina, usada antes de 
• Cervantes por nuestros escritores. III, i3i. 

Mingo. VI, 436. — Véanse Más galán que Mingo y Mingo Re- 
vulgo. 

Mingo Revulgo (Las coplas de). — Coplas antiguas de autor 
desconocido, en que bajo nombres y alegorías pastoriles se 
satirizó el gobierno de D. Enrique IV, rey de Castilla. IV, 
XIII (Prólogo). — [I, 232 y n.] 

Minos. — «Juez y compañero de Radamanto». Parece, según 
estas palabras, que Minos era juez de Radamanto, lo que 
no es así. Fué hijo de Júpiter y Europa, y juez de los in- 
fiernos. VI, 382. — Véase Radamanto. 

Minotauro (El). — Monstruo nacido de un toro y de Pasifáe, 
mujer de Minos. Dédalo dicen que construyó el laberinto de 
Creta á imitación del de Egipto, por mandado del rey Mi- 

- nos, para encerrar al Minotauro. I, 233. — Véase Laberintos. 



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304 

Mira, por mirad. — «il/tVi en hora mala, dijo á este punto el 
ama» . — El ama hablaba con muchos, y así no pudo decir 
mira, en singular. Debió ponerse mira, con acento en la úl- 
tima, áegún se halla en las ediciones primitivas. Desde muy 
antiguo solía ponerse toma, por tomad, come, por comed, y 
no siempre era libre hacer la enmienda añadiendo la d, 
porque muchas veces no lo permite el metro, como en el 
romance del Cid: «Elvira, soltá el puñal». — Son frecuentes 
los ejemplos en el Cancionero general y en los poetas anti- 
guos y modernos. Lope de Vega hizo lo mismo en muchos 
pasajes de sus composiciones dramáticas. I, 99, 100. — 
«iWtm bien, Ambrosio, ya que queréis». Muchas ediciones 
han puesto «wí'm bien, Ambrosio», lo cual evidentemente 
es error, porque el número debe ser igual al del otro verbo 
queréis, que es plural. Y así, debe escribirse mira, que es lo 
mismo que mirad, sólo que se suaviza y elide la d, como 
suele hacerse en el estilo familiar. I, 286. 

Mirafiores. — Era un castillo ó casa de placer, donde solía re- 
sidir la sin par Oriana, hija del rey Lisuarte y de la reina 
Brisena, señora de Amadís de Gaula y archi-princesa de 
las princesas caballerescas. I, lxiii (Prólogo). — Véase 
Oriana. 

Miragiuirda (Castillo dej. — Miraguarda no es nombre de lu- 
gar, sino de persona. — La infanta Miraguarda era hija de 
un conde que vivía en la corte de España, y por ciertas ra- 
zones rogó al gigante Almourol que la guardase en un cas- 
tillo que tenía en el Tajo, hasta que fuese tiempo de casar- 
la. El caballero Florendos, á quien una recia tormenta ha- 
bía echado á las costas de Portugal, junto á Altarroca, que 
después llamaron Lisboa, andaba buscando aventuras por 
aquel reino. Llegóse á la puerta del castillo, paróse á mi- 
rar, salió á caballo el gigante y se combatió con Floren- 
dos. La infanta, puesta entre las almenas con sus donce- 
llas, miraba la pelea, y viendo que iba de vencida el gigan- 



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3^5 
te, bajó y pidió su vida á Florendos, quien, prendado de su 
hermosura, le otorgó lo que pedía. Éste es el castillo de 
Miraguarda, que otras veces se llama de Almourol, del 
nombre de su dueño. Fácilmente se adivina que Miraguar- 
da vino últimamente á casar con Florendos. I, 128. 

Miraítda (D. Diego dej. — Su primer encuentro con Don Qui- 
jote. II, 273 (t). — íÁ quien Don Quijote llamaba el caba- 
llero del Verde Gabán». Don Quijote, todo lleno de las 
ideas y expresiones de los libros caballerescos, las aplicaba 
á cuanto veía, y era muy propio de su carácter dar este tí- 
tulo á D. Diego de Miranda. IV, 319. 

Mirar. — Repetición notable de este verbo, cuatro veces en 
una sentencia: «El caballero del Bosque (Cárdenlo), que 
de tal manera oyó hablar al de la Triste Figura (Don Qui- 
jote), no hacía sino mirarle y remirarle y tornarle á mirar 
de arriba abajo, y después que le hubo bien mirado, le di- 
jo», etc. II, 264, 255 (t). 

Mire (Y) por el virote. — Expresión que el uso posterior á 
Cervantes ha hecho indecente, pero que entonces signifi- 
caba que cada uno mirase por si. Sancho la había usado ya 
en el diálogo con Tomé Cecial. (IV, 248.) — * Mirar por el 
virote^ según Covarrubias, es atender cada uno con vigilan- 
cia á lo que ha de hacer; metáfora tomada del que tira des- 
de algún puesto á los conejos en ojeo ó espera, que ha de 
estar quedo hasta que hayan pasado, y después sale á bus- 
car los virotes». — Virote es una especie de saeta guarneci- 
da con un casquillo ó punta. VI, 4. — Véase Virote (Mirar 
por el). 

Mis arreos son las armas; mi descanso, el pelear. — Don Quijote 
tomaba la palabra á aquel caballero que, hablando con su 
señora, decía en un antiguo romance que se insertó en el 
Romancero de Amberes de i555 (fol. 267): 
Mis arreos son las armase- 
Mi descanso, el pelear; 

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3o6 
Mi cama y las duras peñas; 
Mi dormir, siempre velar. 

La contestación del ventero á Don Quijote manifiesta que 
él también sabía el romance: «las camas de vuestra mer- 
ced serán duras peñas, y su dormir, siempre velar». I, 35; 
VI, 3i9 (t). 

Misa (No saber de la) la media, — «Digo que no supo ni sabe de 
la 7nisa la incdiaí>. — Frase familiar. Ignorar alguna cosa 6 
no poder dar razón de ella. (Academia.) III, ii6 (t). 

Miseria. — Los amigos de Basilio quedaron condolidos de «su 
miseriaít: palabra que envuelve siempre algo de desprecio, 
y que, por consiguiente, disminuye el interés que inspira 
la desgracia. IV, 892 (t), 393. 

Misericordia (Una) de vino. — «Sin hallar una misericordia de 
vifto». — Como si dijera *una limosna de vÍ7to*, y no sin pro- 
piedad, porque la palabra cleemosyna, de donde se derivó 
/n;2(?swa, . significa en griego «conmiseración ó misericor- 
dia». Salva en su Diccionario dice: «familiar. Pizca, gota, 
la más mínima cantidad. Se usa con negación, y así, de: 
cimos: no se halla una misericordia de pan, vino, etc., en 
todo el lugar.» V, 191.. 

Mitad (En la) de mi corazón. — «La que tengo grabada y es- 
tampada en la mitad de mi corazónít. — Esta expresión no 
es sinónima de la otra 91 en el medio de mi corazón», que es 
como hubiera estado mejor dicho. La mitad es parte; el 
medio es lugar; la mitad puede estar á la derecha ó á la iz- 
quierda; el medio es punto fijo, el centro; que es lo que 
quiso decir el texto. V, 453. 

Miu, «que es el principio del nombre de la sin par iWwlina». 
— Clase de galantería, de que hay ejemplos en los anales ca- 
ballerescos y aun en las historias verdaderas. El día que 
Lisuarte de Grecia lidió con el rey de la ínsula Gigantea, 
Amadís de Gaula «se levantó por ver la batalla, cubrién- 
dose con un rico manto de carmesí con unas oes de oro». 



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307 
Estas oes eran la inicial del nombre de la sin par Oria- 
na. II, 74. — Véase Oes. 

Mocosa (Ciencia). — Mocosa equivale á apueril, frivola, despre- 
ciable» : calificación irónica, sumamente graciosay oportuna, 
según observó Munárriz, por el modo y circunstancias en 
que la usa nuestro hidalgo, y que dice relación especial á 
«pueril», por la que tiene con la infancia. IV, 33i, 333 (t). 

Mocosa. — «Pues digamos ahora que la discreción era mocosas . 
Es decir, poco limitada, como la de una mocosa, de una 
niña. (Arrieta.) — El estilo de la Dueña Dolorida, desde el 
principio hasta el fin de la aventura, es una mezcla de se- 
rio y chancero, de grave y familiar, de sublime y bajo, sal- 
picado al mismo tiempo de arcaísmos é italianismos, que 
forma un carácter aparte en el todo déla fábula, donde no 
hay otro que se le parezca. V, 274. 

Mocho (El). — «Enarboló el mocho de un arcabuz». — El re- 
mate grueso, y las más veces redondo, de cualquier cosa 
larga. (Academia.) VI, 241 (t). 

Modón. — «Á Modón, que es una isla». — Modón (la antigua 
Methone del Peloponeso) no es isla, sino plaza marítima 
de la Morea, á corta distancia de Navarino. No parecien- 
do posible tanta equivocación en Cervantes, que navegó 
por aquellos mares y mostró en todas sus obras tanto co- 
nocimiento de las costas del Mediterráneo, debe creerse 
que isla es errata, por «plaza, fuerza» ú otra palabra seme- 
jante que habría en el original. III, 160. 

Moharracho ó moharrache. — El que se disfraza ridiculamente 
en alguna función, para alegrar y entretener á otros, ha- 
ciendo gestos, ademanes y muecas ridiculas. IV, 197; VI, 
99 (*)• — Véase Mojiganga, bojiganga. 

Mohatra. — «Caballero de mohatráis significa caballero de far- 
sa, tramposo, embrollón, porque mohatra es una especie de 
contrato simulado ó fraudulento. V, i36. — Véase Echa- 
cuervos. 



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3o3 

Mojiganga. — Fiesta en que concurren varias personas dis- 
frazadas con trajes ridiculos. IV, 197. — Véanse Bojiganga 
y Moharracho. 

Mojón. — Anticuado. Catador de vinos, el que es inteligente 
en este ramo. (Salva.) — Juan Berrocal decía de sí: 



No hay mojón en el mundo que me iguale 

Pues cuando estoy armado á lo de Baco, 
Así se me aderezan los sentidos, 
Que me parece á mí que en aquel punto 
Podría prestar leyes á Licurgo, 

IV, 232. — Véanse Berrocal (Juan) y Prueba (La) del vifto. 
Molde (De). — «Y á él (el Duque) se la dará (la cuenta) de 
molde*: ajustada; así como la figura sale ajustada al molde 
en que se funde. VI, gS. — «Que debe ir (la carta) como de 
molde 9. 9iComo de molde* no significa aquí «como convie- 
ne, como piden las circunstancias», que es lo que significa 
muchas veces, sino «como si íutse letra de molde» , aludién- 
dose á la perfección y autoridad que el vulgo ignorante 
atribuye á todo lo que ve impreso. II, 320. — «Mi condado 
está de molde (dijo Sancho)»; como quien dice: «mi conda- 
do conviene, encaja, se ajusta con las circunstancias, como 
el barro 6 metal fundido, con el molde; mi condado no fa- 
lla, es seguro». III, 78. 
Molidos como alheña. — Alheña es un arbusto con cuyas raíces, 
reducidas á polvo, se teñían los moros y moras los cabellos 
y las uñas, como dice Covarrubias: «Y porque para esto 
(prosigue) y para algunas medecinas se muele la alheña, 
nació de aquí ima manera de hablar, que es restar molido CO' 
mo alheñan y del que está cansado y quebrantado». Conforme 
á esto, Sancho, apaleado por los del escuadrón del rebuzno, 
dice después á su amo en el cap. 28 (V, 84): «yo pondré 
silencio en mis rebuznos, pero no en dejar de decir que los 
caballeros andantes huyen y dejan á sus buenos escude- 



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309 
ros^ molidos como alheñan . IV , 246, 247. — Véase Alheña. 

Moliente y corriente. — «Escudero fiel y legal, moliente y corrieti' 
te, magnífico y grande». Corriente y moliente: expresión me- 
tafórica y familiar que se aplica á las cosas llanas, usuales 
y cumplidas. (Academia.) IV, 228 (t). 

Moliere. — Pellicer observó ya sobre el cap. 5.°, segunda parte 
(IV, 85-99), ^^ ^^ célebre dramático francés Moliere imi- 
to el diálogo de Sancho y Teresa en su comedia Le bour^ 
geois gentilhomme (Acto III, esc. 12), asi como Comeille 
se había aprovechado del Cid, de D. Guillen de Castro, y 
del Mentiroso, de Lope de Vega. ÍV, 99. 

Molinos de viento. — La falta de ríos en la Mancha, una de las 
provincias de España más escasas de agua, prodiyo la ne- 
cesidad de usar de los molinos de viento, que son tan fre- 
cuentes en ella. I, 170. — La aventura de los molinos de 
viento. I, 170. 

Momentos (Por). — En vez de d cada momento. «Y le sale por 
fiador de sus trampas por momentosii. V, 467. — «Y le espe- 
ran en su reino por mome^itosi^. III, 462 (t). — tSe los vol- 

' vía á pedir />oir momentos». V, 413 (t). 

Mona (Tofnar la). — «No para tomar el mono, sino la monat. 
Jugó Don Quijote con lá doble significación de la palabra 
m(ma, que, además déla «hembra del mono», suele signifi- 
car también «la que toman los borrachos». De la razón 
por que se llama monaéilsL borrachera y se dice que el bo- 
rracho está hecho una mona, trata Gaspar Lucas de Hidal- 
go en sus Diálogos de apacible entretenimiento. V, 65. — En 
el estilo familiar y jocoso, %tomar la mona», ó ticoger mo' 
na», significa «emborracharse». (Arrieta.) 

Moneada (D. Sancho de). — Sobre la expulsión de los gitanos. 
II, 475-477.— [III, 232, n.] 

Mondoñedo (El obispo de). — Véase Guevara (D. Antoftio de). 
—[II, 14-18, 26, i38, etc.] 

Moneda forera. — Contribución que solía pagarse á los reyes 



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3IO 
de siete en siete años en reconocimiento de su señorío, y 
está abolida hace siglos. III, 333. 

Monederos falsos. — La Partida VII, hablando de los que ha- 
cen moneda falsa, dice así: «mandamos que cualquier ho- 
me que ficiere falsa moneda de oro ó de plata 6 de otro 
metal cualquier, que sea quemado por ello». IV, 63. 

Monicongo. — Lo mismo que Congo, país de África, de donde 
venían muchos esclavos á España. III, 533. 

Monjil. — Túnica propia de monjas, á que acompañaba la to- 
ca, componiendo ambas eLtodo del traje. Fué común en lo 
antiguo usarlo las viudas, y era el que gastaban también las 
dueñas de las casas principales. V, 265. 

Monjuich. — Es el monte de este nombre, que desde su empi- 
nada cumbre descubre los navios, de cualquiera parte que 
vengan, y avisa al puerto por medio de señales. (Arrieta.) 
Navajero, copiado por Bowle, indica que su etimología es 
Mofis Jovis. VI, 302. 

Momerraie (La mofttaña de) en Cataluña. — «Entre unas espe- 
sas encinas 6 alcornoques». Tratando Bowle, en su Intro* 
ducción a la geografía física de España, de esta montaña, 
dice que donde no está cultivado el terreno crecen más de 
doscientas especies de árboles, arbustos y plantas; mas no 
habla de alcornoques. VI, 220. 

Monserrate (El). — Poema del capitán Cristóbal de Virués, 
que describe la culpa y penitencia de Garín, y la fundación 
del santuario de Monserrate en el siglo ix. I, 151. — [II, 
474.475 y n.] 

Monta. — «Que no está la monta». Monta significa aquí lo mis- 
mo que «importancia». III, 49. 

Montalbdn (D. Quirieleisón de) y su liermano Tomas. — Este 
nombre de Quirieleisón, dado á un caballero en la primera 
parte del Tirante, es tan ridículo como el de Melquisedec, 
que se da en la cuarta á un rey de Tremecén. El primero 
desafió á Tirante, pero murió antes del encuentro. Tomás 



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3" 

de Montalbán tomó la demanda de su hermano, desafió á 

Tirante y fué vencido de él. I, 134. — Quirieleisón: familiar. 

El canto de los entierros y oficio de difuntos. (Academia.) 
MofUalbdn (Reinaldos de). — Uno de los doce Pares de Francia, 

y rival de Don Roldan. I, i3. 
Montalvo (Garci Ordóñez de), — Sus Cuatro libros de Amadís de 

Gatda, I, 104, 107. — Su libro de Las Sergas de Esplandián. 

I, lio, III, 191. — [I, 201, 207-209.] 

Montalvo (Luis Gálvez de), — Su Pastor de Fílida. I, 146; III, 
i5, 49; VI, 356.— [III, 86 y n., 87.] 

Montano (Benito Arias). — Bello pasaje en la Retórica que es- 
cribió en versos latinos. III, 389. — [I, 423, n., etc.] 

Montante. — Espada larga de hoja y de gavilanes, que suelen 
traer los maestros de esgrima, usándola para separar á sus 
discípulos cuando en sus lecciones y ensayos manifiestan 
acalorarse y empeñarse demasiado. De aquí viene la ex- 
presión de mechar el montante*, que se aplica al que media 
en alguna disputa, aplacando ó satisfaciendo á ambas par- 
tes. II, 514; IV, 365. 

Montañas Rifcas. — «Por dicha, ¿vas caminando á pie y des- 
calzo por las Montañas Rífeos?* (Don Quijote á Sancho.) 
— Con este nombre señalaron los geógrafos antiguos las ás- 
peras y nevadas de Escitia que dan nacimiento al río Don 
ó Tañáis. V, loi. 

Montas. — Interjección familiar anticuada. Ahí es decir. (Aca- 
demia.) — Et ineme, et quand mime. (Taboada.) «Y montas, 
que no sabría yo autorizar el litado (dictado)», dijo Sancho. 

II, 187 (t). — «Pues montas, que no se librara Cardenio por 
loco» (dijo Sancho). II, 277 (t). — «Pues montas*: lo mis- 
mo que «pues añádase á esto». (Arrieta.) 

Montemayor (Jorge de). — Llamado así del nombre de su pa- 
tria, en Portugal, fué músico, soldado y poeta. Escribió en 
siete libros la Diana, novela pastoral mezclada de prosa y 
verso, en que se refieren, aunque disfrazadas, «diversas 



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312 

historias de casos que verdaderamente han sucedido», co- 
mo se dice en el argumento de la novela, la cual se impri- 
mió en el año de i545. I, 92, 98, 137, i38, 140-142. — 
Jorge de Montemayor en su Diana se ocultó bajo el nom- 
bre de Silvano. VI, 356. — M. Ticknor dice en su Historia 
de la Literatura Española: «Á pesar de sus defectos, la Dia- 
na, aunque escrita á tanta distancia de nosotros, nos inte- 
resa todavía, y se distingue en esto de las demás de su gé- 
nero, hoy día sumidas en el desprecio y en el olvido; así 
pues, alabamos el buen gusto del cura, que en el escrutinio 
de la librería de Don Quijote (I, 137-139) hizo justicia 
poética á este libro y á su autor» . (Traducción de Gayan- 
gos, tomo III, 278.)— [III, 82-84.] 

Montería (La caza dej. — «El ejercicio de la caza de monte es el 
más conveniente y necesario para los reyes y principes que 
otro alguno». «La caza es una imagen de la guerra». Á las 
demás razones que recomiendan la caza de montería, aña- 
dió el Duque que «lo mejor que tiene» es que su ejercido 
«no es para todos, como lo es el de los otros géneros de 
caza»: razón mezquina, hija de la vanidad y de la envi- 
dia, fundar el deleite en que otros no alcancen á tenerlo. 
El placer común debe aumentar el particular: ima persona 
de buen corazón preferirá siempre estar alegre entre ale- 
gres á estar alegre entre tristes ó indiferentes. V, 201, 
202. — Véanse Cetrería^ Volatería y Altanería. 

Montesinos (La cueva de). — La aventura de la cueva de Mon- 
tesinos es, entre todas las del Quijote, donde más lució la 
inventiva de Cervantes. IV, 45i, 452. — El proyecto de 
visitar la cueva de Montesinos y las lagunas de Ruidera 
estaba ya anunciado en el cap. 18 (IV, 346), estando Don 
Quijote en casa de D. Diego de Miranda. Aquí vuelve á 
anunciarse lo mismo, pero sólo se verificó la visita de la 
cueva: las lagunas se nombraron, y nada más. Desde la 
cueva de Montesinos, Don Quijote, sin más detenerse, 



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313 
continuó su viaje con designio de hallarse en las justas de 
Zaragoza. IV, 405. — Cervantes inmortalizó la cueva de 
Montesinos. IV, 419. — ^Montesinos, de quien la cueva toma 
nombre». IV, 425, 426. — «Oh mi primo Montesiitosí^. IV, 
431, 482, 439. — «De la (aventura) que Don Quijote ya les 
había contado (al Duque y á la Duquesa) de la cueva de 
Montesinos*. — No fué Don Quijote, sino Sancho, el que con- 
tó la aventura de esta cueva, y la contó á la Duquesa sin 
que se hallasen presentes el Duque ni Don Quijote, como 
puede verse en el capítulo anterior. V, 193, 194. — Larga 
Nota sobre esta cueva y las lagunas de Ruidera: IV, 420- 
422. — Otra Nota: VI, 280. — «Figuran tanto Durandartey 
Montesinos en la visita de Don Quijote á la famosa cueva, 
que todo cuanto de ellos pueda decirse, se encuentra ya en 
las notas de Pellicer y de Clemencín á la segunda parte de 
La vida y hechos del Ingenioso Hidalgoi^. (Traducción de 
Grayangos, 1, 137, n.) — [I, 120, n.] 

Montianp y Luyando (D. Agustín). — En la aprobación que dio 
del Quijote de Avellaneda, al que manifestó un aprecio po- 
co merecido, bien que sin dejar de calificar de clarísimo 
entendimiento al de Cervantes, notó ya la discreción exce- 
siva con que algunas veces se hace hablar á nuestro escu- 
dero. IV, 96. — «Lo confirmaba por todo necio (el libro de 
Avellaneda)». Hablando Montiano, en s\x Aprobación áñ\ 
Quijote de Avellaneda, de la crítica que Cervantes había 
hecho de su competidor, dijo: «No creo que ningún hom- 
bre juicioso sentenciaría á favor de lo que Cervantes alega, 
si forma el cotejo de las dos segundas partes». Y añade, 
hablando de Avellaneda: «No es frío y sin gracejo como 
Cervantes». — ¡Esto dijo Montiano!!! No puede negarse, 
sin embargo, que Avellaneda tiene gracejo en muchas oca- 
siones, pero mezclado frecuentemente con bajezas insopor- 
tables. VI, 209.— [III, 340.] 

Montiel (Campo de). — Distrito de la Mancha, que compren- 



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3H 
día muchos pueblos. Su capital, Montiel, está sobre el río 
Jabalón, que va á morir al Guadiana. Allí sucedió la muer- 
te del rey D. Pedro de Castilla á manos de su hermano 
D. Enrique el año de 1369. I, 27; IV, i33; VI, 225. — 
«Acertó Don Quijote á tomar la misma derrota y camino 
que el que él había tomado en su primer viaje, que fué por 
el Campo de Montiel'», I, 166. 

Montiña, — Anticuado. Lo mismo que mofttaüa. I, 88; IV, 
45o. 

Moraes (Francisco de). — Su Palmerín de Inglaterra. I, 126, 
127. — [I, 212 y n.] 

Morales (Ambrosio de). — El rey D. Felipe II envió á su her- 
mano D. Juan de Austria á estudiar á Alcalá, donde fué 
discípulo de Morales: esto fué al descubrir á D. Juan el 
misterio de su nacimiento. III, i53. — [III, 173, 174, n., 
etc., etc.] 

Morales (Pedro Martínez Zarco y Doña Catalina). — Fueron 
(con arreglo á las conjeturas de esta Nota) Lorenzo Cor- 
chuelo y Aldonza Nogales, padres de la supuesta Dulci- 
nea. — Añade la Nota: Reunidas todas las precedentes con- 
sideraciones, no parecerá temeridad creer que el original 
de Dulcinea fué la señora Ana Zarco de Morales, herma- 
na del doctor del mismo apellido, «llamada por otro nom- 
bre Aldonza Lorenzo». (I, 21; II, 3io.) V, 165-167. 

Morbidez. — Blandura. Italianismo. V, 291, 292. — «Cubrien- 
do la blandura y morbidez de nuestros rostros con la aspe- 
reza destas cerdas». V, 294 (t). 

Morbo gálico. — Lo que aquí se llama tnorbo gálico se llamó 
antiguamente «bubas y mal francés». IV, 411. 

Mordaza. — «Pondré un sello en mi boca y echaré una mor- 
daza á mi lengua». — Instrumento que, puesto en la boca, 
impide el hablar. Llamóse fnordaza, porque parece que el 
que lo lleva lo está mordiendo. V, 73. 

More turquesco. — «Se lee del (Gandalín) que siempre habla- 



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315 
ba á su señor con la gorra en la mano, inclinada la cabe- 
za y doblado el cuerpo more turquesco w. El more turquesca 
recae sobre la inclinación de la cabeza y del cuerpo, pero 
no sobre lo de la gorra en la mano. Cervantes, que había 
vivido algunos años en Argel, no podía ignorar que, entre 
los mahometanos, el descubrir la cabeza no es muestra sino 
falta de respeto. En sus visitas y en las mezquitas mismas 
tienen los turbantes puestos: en cambio se dejan á la puer- 
ta los zapatos; y en tiempo de lodos es costumbre muy 
loable y grata para el dueño de la casa. II, 142; III, 189. 
— Véase Zalema. 

M orejan (D. Antonio Hernández), — Debe mencionarse en este 
lugar el pensamiento original de nuestro sabio médico Don 
Antonio Hernández Morejón, que se ha propuesto dar un 
nuevo título á la inmortalidad á Cervantes como proftindo 
conocedor de la medicina, en un opúsculo publicado entre 
sus obras postumas con el titulo de Bellezas de la medicina 
práctica descubiertas en el Ingenioso Caballero Don Quijote de 
la Mancha. Después de analizar detenidamente todas las 
circunstancias en que apoya su opinión este profesor, con- 
cluye con un apostrofe dirigido al autor del Quijote: « ¡Som- 
bra inmortal de Cervantes!» etc. VI, 449. 

Morena (O sobre eso). — Expresión proverbial, que envuelve 
amenaza de averiguación y litigio mayor. Marimorena^ ha- 
blándose familiarmente, significa «riña ó pendencia»: hay 
quien atribuye el origen de esta voz á las quimeras que an- 
tiguamente excitó una María Moreno, tabernera de Madrid, 
y dieron ocasión á ruidosos procesos judiciales, que se guar- 
dan, según se dice, en el archivo de la Sala de Alcaldes 
de Casa y Corte. Morena puede ser abreviatura de marimo- 
rena. II, 343. «Ó sobre ello morena*. V, 188 (t). 

Moreno (D. Antonio), de Barcelona. — El huésped de Don Qui- 
jote, caballero rico y discreto, y amigo de holgarse á lo ho- 
nesto y afable. VI, 258 (t). 



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3i6 

Morgante mayor (El), 6 // Margante maggiore. — Poema ita- 
liano de Luigi Pulci, traducido al castellano por Jerónimo 
Auner. I, 12, 117; II, 53, 5i8; III, 481; IV, 25, 26. 

Morir. — Desear con intensión, afectarse con vehemencia. «Tú 
mueres porque te alze el entredicho que te tengo puesto en 
la lengua» . II, 276. — •Morían por saber qué hombre fuese 
aquél, tan fuera del uso de los otros hombres». IV, 35o (t); 
V, 171. — «Sancho andaba muerto por ver el rostro de Tri- 
faldi», etc. V, 269. 

Morirse, perecerse de risa. — Modos de expresar ó exagerar una 
risa veheniente. IV, 444; V, 153 (textos), 171, 269. 

Morisco aljamiado (Algún). — Esto es, algún morisco que se 
explicase en castellano y pudiese servir de intérprete. Alja- 
mía era el castellano que hablaban los moros, así como al- 
garabía era el arábigo que hablaban los cristianos. Unos y 
otros debían hacerlo con muchos defectos, tanto en la pro- 
piedad como en la pronunciación. De aljamía y algarabía 
nacieron aljamiado y algarabiado. En el uso actual, ya no 
se oye la palabra aljamía, y algarabía sólo subsiste para 
denotar el «habla atropellada y confusa», como debe ser la 
de los algarabiados. I, 198, 199. 

Moriscos (moros). — Morisco: sustantivo masculino. Cualquie- 
ra de los moros que al tiempo de la restauración de España 
se quedaron en ella bautizados. (Academia.) Su expulsión 
de España. VI, 102-109, 112, ii5, 337-339. — Sus ocupa- 
ciones, como arrieros, etc. II, 28; VI, 98. — Los moros an- 
daluces alabados. I, 204. — Moriscos de Hornachos. II, 29. 
— ^Los mahometanos, iconoclastas, y su aversión á las imá- 
genes de todas clases. III, 251. — Otras Notas: I, 2o3; III, 
235; V, 299. 

Morisma, — «Tanta morisma y tanto estruendo» . — Nombre co- 
lectivo, como lo indica su terminación, que en castellano 
está afecta á esta clase de nombres, bien que por lo común 
pertenecen á los masculinos, como gentilismo, paganistno. 



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317 
judaismo, cristianismo, gitanismo. Mateo Alemán llamó á 
una turba de muchachos muchachismo, y D. Francisco de 
Quevedo adanismo á una multitud de personas desnudas. V, 
58. — Morisma: la secta de los moros: multitud de ellos. 
(Academia.) 

Morrión. — Era la pieza superior del yelmo; y yelmo, la arnía- 
dura completa de la cabeza. Morrión: armadura de la par- 
te superior de la cabeza» hecha en forma del casco de ella, 
y que en lo alto suele tener algún plumaje 6 adorno. (Aca- 
demia.) III, 3i3. 

Mosquearse. — Espantarse las moscas 6 sacudirse: expresión 
metafórica que significa lo mismo que «azotarse». (Arrieta.) 
VI, 223 (t). 

Mosqueo (Azotes de). — Véase Azotes de mosqueo. 

Mostrenco. IV, 33; V, 173; VI, 49 (textos). — El que no tiene 
casa ni hogar , ni señor ó amo conocido : el ignorante 6 
tardo en el discurrir ó aprender. (Academia.) iRes mostren- 
ca se dice de aquella que no tiene dueño», (Covarrubias.) 

Motilón. — fSe enamoró de un mozo inotilón^. — El que tiene 
cortado el pelo por entero y de raíz. Solía decirse en lo an- 
tiguo de los frailes legos: ahora es palabra de desprecio, y 
se aplica ordinariamente á los tinosos á quienes ha sido me- 
nester cortar el pelo. Viene del latino mutilus, de donde 
también se derivó, en los tiempos de la mala latinidad, la 
palabra multo, carnero que se esquila, que luego dijeron 
montón los firanceses. II, 3i3. 

Moza de chapa. — «Vive el dador (dijo Sancho), que es moza d€ 
chapa (Dulcinea)». Con la chapa se asegura la obra hecha, 
y asi, moza de chapa es «moza de fundamento é importan- 
cia», II, 3io. — «Mucho más miraba Don Quijote al de lo 
verde, pareciéndole hombre de chapa*. IV, 274 (t).— San- 
cho, alabando á Quiteria, dijo: «Juro en mi ánima que ella 
es una chapada moza*. IV, 389 (t): esto es, una gentil, 
gallarda y bizarra joven. (Arrieta.) — Cfiapa: hoja ó lámi- 



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3i8 
na de metal plano, que sirve para firmeza 6 adorno de la 
obra que cubre. (Academia.) 

Mozo. — «Guiados de nuestro wzoro y desbaratado discurso». 
— Nótese el uso de mozo como adjetivo; y así, decimos «la 
moza gente». Más ordinariamente mozo y moza se usan co- 
mo sustantivos. Aquí mozo equivale á «pueril, juvenil». 
VI, 20. — «Estaban acaso á la puerta dos mujeres mozas^i^. 
h 29 (t). 

Mozo, moza, — Mozo y moza pueden ser también abreviatura 
de mancebo y manceba, y participan de la fuerza de este ori- 
gen, pues la acepción de mozo es favorable, y no siempre 
lo es la de moza, de lo que algo se ve en el Quijote, en aque- 
llo de mozas del partido, que dice el cap. 2.^ primera parte 
(I, 29). II, 278. — «La hermosa moza*. En nuestro actual 
uso la palabra moza pertenece al estilo familiar y significa 
ordinariamente la criada destinada á los oficios más humil- 
des. Otras veces indica el primer período de la pubertad; 
otras, el estado de soltera, y otras, finalmente, suele dársele 
significación de peor sonido, como se hizo con la Doña 
Tolosa y la Doña Molinera en el cap. 2.^ de esta primera 
parte (I, 29, 3i, 32, 64, 65). II, SgS. — Véase Mancebo, 
manceba, etc. 

Mozo de muías (La agradable historia del). — Como si ftieran 
pocos los acontecimientos y lances acumulados hasta aho- 
ra en la venta, todavía se añade el de los amores de Don 
Luis y de la hija del oidor. «En esta venta, dice D. Vicen- 
te de los Ríos, reunió Cervantes tantos sujetos y acumuló 
tantas aventuras, que, aunque cada una por sí sea verosí- 
mil, la concurrencia de todas no lo parece». — Otro cargo 
resulta de la poca ó ninguna conexión de estos incidentes 
con las cosas de Don Quijote: el argumento principal de la 
fábula está obscurecido y como anegado entre tantos y tan 
diversos accesorios. III, 270. 

Mucho, muy. — •Muy peor». En la lengua castellana hay muy 



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pocos comparativos, y entre ellos varía la manera de es- 
forzar su significación. Comunmente se prefiere. para este 
efecto el uso del adverbio mucho, y asi sucede en los más 
de los comparativos, como en )nejor, peor, mayor, menor. 
Otros admiten indistintamente el mucho y el muy, como an- 
terior, posterior, otros excluyen el muy, como más, menos. 
El f wwy peor» del texto acaso no sonará del todo bien á 
los de oído delicado. Ill/Sg. — Hablando de Marcela, se dijo 
que era «un poco arrogante y un mucho desdeñosa». I, 
3qí (t). 

Mudas, — Ciertos afeites 6 untxuras que usaban las mujeres 
para la cara, y de que se habló extensamente (II, 127). 
VI, 387. — De los rostros de las dueñas, martirizados tcon 
mil suertes de menjurjes y mudaste, se habló en el cap. 89 
(V,295). 

Mudejares. — Los moros procedentes de la provincia de Cas- 
tilla, y tagarinos, los de las de la corona de Aragón. III, 
209; VI, 98. — Véase Tagarinos. 

Mudo (Que me). — t Y á Dios, que me mudoT». Expresión fami- 
liar picaresca, propia de quien se despide para irse, á otra 
parte; que esto es mudarse, hablándose de la casa en que 
se habita. Hinard lo traduce: «Et puis, adieií, je decampéis. 
En inglés se dice: Farewell, for Vm off. II, 619. 

Muelas cordales (Entre dos). — Mtielas cordales son las que na- 
cen á los adultos en la extremidad de las mandíbulas. Nú- 
ñez pone así este refrán: •Entre dos muelas molares nunca 
metas tus pulgares». V, 366. — El texto dice: «Que nadie 
se tome con su gobernador ni con el que le manda, porque 
saldrá lastimado como el que pone el dedo entre dos muelas 
cordales •. 

Muerta (Altisidora) por la crueldad de Don Quijote. VI, 378. 
— ^Véase Muertes por amor. 

Muerta (Como es) la fe sin obras. — «El agradecimiento que 
sólo consiste en el deseo, es cosa muerta, como es muerta 



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la fe sin obrase. Alusión á lo de Santiago en su epístola 
católica. (Cap. 2, vers. 26): Sicut enim cor pus sine spiritu ^ 
mortuum est, ita etfidcs sine operibus mortua est*. III, 485. 

Miarte (LaJ, — Discurso de Sancho sobre la Muerte. aNo más, 
Sancho, dijo á este punto Don Quijote: tente en buenas, 
y no te dejes caer; que en verdad que lo que has dicho de 
la Muerte por tus rústicos términos, es lo que pudiera-decir 
un buen predicador». — Versos del arcipreste de Hita sobre 
la Muerte.— IV, 386. 

Muerte adminicula. — Adminicula, voz desconocida en castella- 
no. Parece que con ella quiso Sancho designar lo lento y 
penoso de la muerte causada por el hambre. «Morir de ham- 
bre, muerte la más cruel de las muertes», se dice en el ca- 
pítulo 59 (VI, 194). V, 443. — Adminículo: adjetivo anti- 
cuado poco usado. Lento, paulatino ó penoso. (Salva.) 

Muerte civil se llama á «la prisión ó pena perpetua» , porque 
el que la padece ha muerto á los derechos de ciudadano. 
II, 206. 

Mtiertes ocasionadas por un exceso de amor. — Varios ejemplos 
de ambos sexos: Angelo Policiano, etc. VI, 378-380. 

Mujeres (Tantas) valientes. — Numerosos ejemplos menciona- 
dos. III, 439, 440. 

Muley Hamida. — El moro más cruel y más valiente que tuvo 
el mundo. III, 162. 

Munárriz fD. José Luis). — Su examen crítico del estilo de 
Cervantes, en su traducción de las Lecciones de Hugo Blair. 
I, i52Í IV, 322, 326, 327, 33o, 33i, 334, 335, 342, 343; 
VI, 171. 

Muñeca (Con cuatro dedos de) de fuera, para hacer las manos 
más largas, como ahora se usa. — Esto se dijo de las dueñas 
que venían en procesión para martirizar á Sancho. Así era 
en tiempo de Cervantes. En el nuestro hemos visto lle- 
varse las mangas largas hasta las uñas, quedando por con- 
siguiente las manos cubiertas y sin uso. Luego ha sucedí- 



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do lo contrarío, renovando el uso anterior. Nihil novum sub 
solé. En el siguiente capitulo se pinta igualmente á los dia- 
blos f con cuatro dedos de brazo fuerat. VI, 386, 399. 

Muñidor de cofradía. — Muñidor viene del latino monitor^ el 
criado ú oficial de la cofradía que tiene el cargo de avisar á 
los hermanos para que asistan á las fiestas ó funciones que 
se celebran. Sancho había sido también prioste en su lugar. 
II, 187Í V, 363.— Véase PriosU. 

Muñidos. — «Que es un juicio los que tiene muñidosi^. IV, 354 
(t). — «Avisados, convocados •, del latino monitus, y del 
mismo origen viene muñidor, monitor: uno y otro, del verbo 
moneo. IV, 352. 

Mur. — El ratón. Palabra anticuada que se conserva en el re- 
frán alegado por Sancho: «lo que has de dar al mur, dalo al 
gato i. El autor del Dialogo de las Icngitas, para probar que 
mur es palabra castellana, alega este refrán, y otro que dice: 
«al mur que no sabe sino im agujero, presto lo toma el ga- 
to». (Esto es lo mismo que el refrán francés: «La souris qui 
n'a qu'un trou est bientót prisco .) 

^Estimad en mucho al gato. 
Que merece estimación, 
Y dadle lo que al ratón; 
Que os saldrá al fin más barato w. 

(/Romancero general de Pedro Flores.) 
VI, 144. 
Murcia. — tUnos mercaderes toledanos que iban á comprar 
seda á Murcia*. El licenciado Francisco de Cáscales, con- 
temporáneo de Cervantes, en los Discursos históricos de Mur- 
cia y su reino, habla de su cultivación y fábricas de seda. 
En nuestro tiempo este ramo se halla en decadencia, y á 
pesar de lo que se ha perfeccionado el arte de fabricar la se- 
da y de aprovechar el capullo, el año de i83o no ha llega- 
do la cosecha de la huerta de Murcia á 120.000 libras de 
seda, según noticias fidedignas. I, 79. — Véase Cáscales 

21 



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322 

(Francisco de). — El o como después se supot en el texto, es 
un ripio que debiera omitirse. — [I, 37, n.] 

Murillo y Veldzquez. — «De la suma impericia de este pintor 
(Orbaneja)», dice Pellicer en sus notas, que «quiso tomar 
acaso Cervantes ocasión de indicar la decadencia que pa- 
decía en su tiempo la pintura •. Esta opinión de Pellicer es 
singular, y las razones que alega en su apoyo prueban más 
bien lo contrario . La época de Murillo y Velázquez no 
puede llamarse de decadencia. VI, 470. — Véase Orbaneja. 

Musarañas ante los ojos, — Dase en general el nombre de mu- 
sarañas á los bichos, insectos y sabandijas, y suele aplicar- 
se á ciertas nubecillas que á las personas de vista débil se 
les figura andar por el aire. V, 186. 

Mutatio cappdrum. — «Y luego, habilitado (Sancho) con aque- 
lla licencia, hizo mutatio cappdrum y puso su jumento á 
las mil lindezas». — Mutación de capas. — Antiguamente se 
mudaban las capas el día de Resurrección: esta mudanza 
se ha trasladado á Pentecostés. No es imposible que esta 
«mutación de capas», aplicada aquí á la de los aparejos de 
los asnos, envuelva alguna alusión maligna á personas y 
sucesos de aquel país (Roma) y de aquella época. — Véase 
la Nota: II, 160. 

Muy. — üMuy sabrosísimo queso». La reunión de la partícula 
muy con el superlativo, que se advierte aquí, está deste- 
rrada de nuestro uso actual; pero estuvo admitida en el 
antiguo. Muchos ejemplos citados: III, 507, 5o8; V, 3. — 
Véase Superlativos. 

Muzdrahe fmozdrabe). — Adjetivo que se aplica al cristiano que 
vivió antiguamente entre los moros de España y mezcla- 
do con ellos. Aplícase también al oficio y misa que usaron 
entonces, que aun se conserva en una capilla de la cate- 
dral de Toledo, que se llama mozárabe. (Academia.) I, vu 
(Prólogo del Comentario). 



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323 

Nacido soy. — mNacido soy^ y no ha de vivir el hombre en hoto 
de otro, sino de Dios». — No se sabe qué significan ni á qué 
vienen aquí estas palabras, y se me figura que son errata 
por desnudo nací, que es la expresión que conviene al pro- 
pósito de Sancho y la que usó él mismo en el cap. 8, segun- 
da parte (IV, iSg), cuando, después de manifestar su recelo 
sobre que en la historia de Don Quijote, de que había ha- 
blado á éste el bachiller Carrasco, anduviese su honra aá 
coche acá cinchado», conformándose finalmente con lo que 
en ella se dijese, añadió: «que desnudo nací, desnudo me 
hallo; ni pierdo ni gano»; palabras que repitió en el capítu- 
lo 53 (VI, 90) renunciando al gobierno de la ínsula. IV, 78, 
79. — También las repitió en otras partes de la fábula. II, 
279; VI, i3i (textos), 149. 

Nacieron en las malvas. — Sancho, todo hueco y pomposo con 
esta circunstancia (de tener tsobre el alma cuatro dedos de 
enjundia de cristianos viejos»), había llegado á decir alguna 
vez (II, 187) que esto le bastaba «para ser conde»; y habla- 
ba con desdén, según acaba de decir, de los que nacieron en 
las malvas; expresión común que se aplica á las personas 
de bajo y obscuro nacimiento. IV, 80. 

Nacimiento (El) del río Guadiana. — «La cuarta (cosa) es ha- 
ber sabido con certidumbre el nacimiento del río Guadiana, 
hasta ahora ignorado de las gentes». El nacimiento del 
Guadiana, que, según aquí se dice, ignoraban las gentes, 
no es el nacimiento material y físico, que, estando á la vis- 
ta, ¿cómo pudiera ignorarse?, sino el mitológico que le asig- 
nó Cervantes, á saber, la trasformación del escudero Gua- 
diana y de la dueña Ruidera, que refirió Montesinos á Du- 
randarte hallándose nuestro hidalgo presente. (IV, 434, 
435.) Éste y no otro es el nacimiento que se ignoraba antes 
de escribirse el Quijote, y el que se indica en el pasaje del 
texto, mucho más habiendo dicho antes que estas noticias 
servirían de materiales para el Ovidio español, que el prima 



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3H 
traía entre manos. Y la misma inteligencia debe darse al 
pasaje del cap. i8 (IV, 346), cuando, al salir Don Quijote 
de casa de D. Diego de Miranda, dijo que pensaba «entrar 
en la cueva de Montesinos sabiendo é inquiriendo asi- 
mismo el nacimiento y verdaderos manantiales de las la- 
gunas de Ruidera». V, 6, 7. 

Uada (No estuvo en) el ventero en acompañar á las doncellas en 
las muestras de su contento. — Régimen defectuoso. La frase 
«no estuvo en nadat no pudo estar regida por •el ventero». 
Sustituyase en su lugar esta otra: •no estuvo en nada que 
acompañase (el ventero)*. Hinard traduce la frase: m/utiout 
pres de teñir compagnie aux demoiselles» , etc. I, 34. 

Nadie las mueva que estar no pueda con Roldan d prueba. — Cer- 
vino, hijo del rey de Escocia, capitán de la gente de guerra 
que su padre enviaba al socorro de París, cercado por el 
rey Agramante. Orlando lo puso en libertad cuando le lle- 
vaba preso Anselmo de Altarriba, y Cervino, agradecido 
á su libertador, habiendo encontrado las armas de éste, las 
recogió, hizo de ellas un trofeo y escribió al pie: •Arma- 
tura d^ Orlando Paladino». Y sigue Ariosto: 

nCome volesse dir: Nessun la mnova^ 
Che star non possa con Orlando á prova^. 

(Ariosto, Orlando Furioso^ canto 24, est. 67 •) 
I, 283; VI, 344. 

Naharro (Bartolomé de Torres). — Su Propaladia, 6 las primi- 
cias del ingenio. (Ticknor.) Sóbrela voz /antoría. II, 415. 
— [I, 265-274.] 

Naipes. — Sobre la invención y antigüedad de ellos. V, 4-6, 
2o3; VI, i53. 

Narices (Las extrañas) del escudero del caballero de los Espejos*. 
— «Tanto que le juzgó (Don Quijote) por algún monstruo, 
6 por hombre nuevo y de aquellos que no se usan en el 
mundo». Expresión feliz para ponderar lo desaforado de 



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3^5 
las narices de! escudero. El soneto de Que vedo sobre el 
mismo asunto. IV, ^52. 

Narigante. — tSu narigante escudero». Voz ridicula, inventa- 
da por nuestro autor, á quien pareció más propia para ha- 
cer reir que la dé narigudo, que es como se dice comun- 
mente. La mejor prueba de lo bien ideada y descrita que 
está la aventura del caballero de los Espejos, es la multi- 
tud de puntos de semejanza que ofrece con las de los libros 
caballerescos. IV, 264. 

Narvdez (^Rodrigo de), alcaide de Aniequera. — Di6 generosa- 
mente libertad al cautivo abencerraje Abindarráez y á su 
amante Jarifa. Notó Narváez la tristeza y suspiros de su 
cautivo, y, preguntándole la causa, supo de su boca toda 
la historia. Ésta es la pregunta y respuesta de que habla 
el texto. La relación del suceso en la Diana, de Jorge de 
Montemayor. I, 92, gS. — [III, i3o-i32, n.] 

Naturales. — tCuentan los naturales, que el arminio», etc. Los 
naturales son los escritores de historia natural, en cuyo sen- 
tido es frecuente el usó de esta palabra en nuestros anti- 
guos libros. III, 21. — Naturalistas. IV, 480. 

Navarino. — Puerto y plaza fuerte en Morea, que se ha hecho 
célebre en estos últimos tiempos por la destrucción de las 
armadas turca y egipcia por la combinada de Inglaterra, 
Francia y Rusia, que se verificó después de un sangriento 
combate el día 20 de octubre de 1827. ^^^^ ^^9* 

Navarrete (D. Martín Fernández de). — Su Vida de Miguel de 
Cervantes. I, 148, 149; II, gS; III, 206; IV, 5i; VI, 356. 
— «La mejor de todas, y sin disputa una de las obras bio- 
gráficas más bien pensadas, y escritas con más juicio, que 
existen en ningún país». (Ticknor.) — [II, 90, n.] 

Necesidad (La) 6 necedad de su ausencia. — Necesidad ó necedad, 
juego ingenioso de palabras, que no ha faltado quien vitu- 
pere en este pasaje; pero que tiene ejemplos en los escrito- 
res clásicos de la antigüedad. Cicerón mencionó este géne- 



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326 
ro de chiste, con aprobación y aun con elogio, en sus li- 
bros del Orador (Lib. 2, cap. 63): el lector podrá elegir á su 
arbitrio entre la autoridad de Cicerón y la de Foronda (06- 
servaciones sobre el Quijote, pág. 35). III, 3i. 

Negaciones. — Larga Nota sobre el uso de la partícula no y 
otras negaciones en castellano: en éste dos negaciones con- 
firman la negación. «Ni Sancho no osaba tocará los man- 
jares»: sobra el no, según el uso actual. VI, 188-192. — 
Véase No (La parííctila), etc. 

Negras (Las) espadas. — Son las espadas con botones en las 
puntas, que se usan para aprender y para ejercitarse en las 
escuelas de esgrima. En el capítulo siguiente (IV, 372) se 
mencionan «el tirar de la barra y el jugar de lanegrai^, co- 
mo habilidades de Basilio. Llámanse negras, porque lo son, 
del color del hierro de que están hechas, al revés de las 
blancas, que son de terso y bruñido acero, y las que pinchan 
y cortan. IV, 362. 

Negro. — Equivale á «malhadado, desventurado, funesto». «Su 
negra y pizmienta caballería». En el cap. 3.^ (I, 60), se 
refirió que el ventero, incomodado de las valentías de su 
huésped y ahijado Don Quijote en defensa de las armas que 
estaba velando, «determinó abreviar y darle la negra orden 
de caballería». III, 142. — Negros requesones (cosa tan opues- 
ta á su color natural), «que tan blanco pusieron á su amo», 
como si se les llamara «infaustos ó malhadados», por la 
pesadumbre que su pérdida ocasionó á Sancho, y aun por 
el temor que tuvo de la indignación de su amo. IV, 326. 

Negro de la uña. — Fuera del sentido recto, que es aquella ce- 
nefilla de porquería que se cría en ella, metafóricamente se 
toma por «lo mínimo de cualquier cosa». (Academia.) Es 
la parte crecida de la uña, y que, por estar sucia, se pone 
negra y se la corta: expresión metafórica y despreciativa. 
(Arrieta.) II, i32 (t); VI, 402 (t). 

Nembrot. — Fundador del imperio de los asirios, que filé un 



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327 
«robusto cazador delante del Señor», como se dice en el 
Génesis (Cap. X, v. g); es decir, un gran conquistador, que 
subyugó muchos pueblos á su dominación y los trató, poco 
más ó menos, como los cazadores á los animales que han 
cogido; matándolos, ó conservándoles la vida para emplear- 
los en su servicio. VI, 383, 384. 

Nerón. (Ñero.) — Notas sobre el incendio de Roma por Nerón^^ 
y versos aludiendo á este suceso. 1, 3oi; V, 399; VI, loi. 
— Celebró el acto de afeitarse por primera vez, con juegos y 
sacrificios, y, poniendo el bozo en una caja de oro guarne- 
cida de piedras preciosísimas, lo consagró á Júpiter Capi- 
tolino. VI, 404. — Véase Tarpeya. 

Néstor. — «Que los días de Néstor sean». Néstor fué rey de 
Pilos, y uno de los principes griegos que asistieron á la 
guerra de Troya. Según los poetas, vivió tres siglos, y en- 
tre ellos eran proverbio los «años de Néstor», para denotar 
una larga vida. V, 56. 

Neutro (Nombres del género). — Larga Nota sobre éstos. Neutro 
no significa más sino que el nombre á que se aplica esta 
denominación no es ni masculino ni femenino. El neutro es 
en los géneros lo que el negro en los colores: éste es la au- 
sencia de color, y aquél la ausencia de gétiero. III, 16, ij. 

Ni per pienso. — ^Modismo propio del estilo familiar, en que 
pienso es lo mismo que pensamiento. V, 36i; III, 87; V, 
241 (textos). — *íii por pensamientos . IV, 327 (t). — Modo 
adverbial. De ningún modo, por ningima forma. (Acade- 
mia.) 

Ni quito rey ni pongo rey; pero ayudo d mi señor. — Refráq de 
origen conocido, según las historias de Castilla, las cuales 
refieren que, habiéndose encontrado el rey D. Pedro el Cruel 
con su hermano D. Enrique en la tienda de Beltrán Cla- 
quin, capitán francés que había venido en auxilio de este 
último, luchando los dos hermanos cayeron id suelo, y, ha- 
biendo quedado debajo D. Enrique, Beltrán les dio vuelta, 



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3«8 
diciendo: Ni quito rey ni pongo rey; pero ayudo d mi señar. 

VI, 225. 

Niarrosy Cadells (Los dos bandos de), — Ladrones, bandoleros 
ó malhechores, que tanta sangre costaron al Principado. 
VI, 232, 248, 249. 

Nicolás (Maese). — Véase Maese Nicolás. 

Nicolás (El peje). — Notable nadador. Fué un natural de 
Catania que vivió en el siglo xv, y estaba más en el agua 
que en tierra, por lo cual se le di6 el nombre de Pesce Co- 
la (Pez Nicolás): pasaba de Sicilia al continente, y de éste 
á Sicilia. Véase la Nota: IV, 33 1, 332. — Véase Francisco 
de la Vega Casar. 

Nidos ("En los) de antaño no hay pájaros hogaño. — «Señores, 
dijo Don Quijote, vamonos poco á poco, pues ya en los ni- 
dos de antaño no hay pájaros hogaño: yo fui loco, y ya soy 
cuerdo i. Esto dijo Don Quijote al tiempo de hacer su 
testamento y poco antes de su muerte; y este refrán es el 
último que se halla en el Quijote. — Refrán que advierte que 
no se deje pasar la ocasión, por la dificultad que hay en 
hallarla cuando se busca. (Academia.) VI, 456 (t), — Véa- 
se Nubes de antaño. 

Nigrotnantes, encantadores y mágicos. — Sobre éstos y sus co- 
sas y casos estupendos: VI, 267, 268. — Véanse Escotilla 
(El famoso). Escoto ("Miguel) y Scoto^ 

Ninfas de Henares. — Novela pastoril por Bernardo González 
de Bobadilla. — M. Ticknor dice: a tanto el autor como su 
libro duermen, largo tiempo hace, en el olvido». I, 145. — 
[III, 88.] 

Ninfas del Tajo ("Las labores de las). — El lector se ríe al ver 
que Don Quijote reconviene á Sancho de que no se acuer- 
da de los versos de Garcilaso describiéndolas en la églo- 
ga 3.' Estos versos, citados en la Nota: IV, 137. — tOra en 
ninfa del dorado Tajo, tejiendo telas de oro y sirgo»: alu* 
sión al mismo pasaje de Garcilaso. V, 453. 



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3«9 
Ninguna (Y de) cosa se dolía. — f Todo lo miraba Sancho, y de 
ninguna cosa se dolían. Alusión al romance antiguo que em- 
pieza: 

Mira Nero^ de Tarpiyáy 
A Roma cómo se ardía; 
Gritos dan niños y viejos, 
Y él de nada se dolía. 

Citóse este romance á otro propósito en el de Altisidora, 
cap, 44 (V, 399). VI, loi. 

Niñas de mis ojos, — La Duquesa dijo á Sancho: t Quédese á 
mi cargo el regalo del rucio, que, por ser alhaja de San- 
cho, le pondré yo sobre las niñas de mis ojos*. Esto es, le 
pondré en el mejor lugar, le trataré ó cuidaré con el mayor 
esmero. (Arrieta.) V, 192 (t). 

Niño (Crónica del conde D. Pero). II, 285. — M. Ticknor dice: 
■La Crónica de D. Pero Niño era muy nombrada, y citada 
como un rico depósito de noticias importantes para el rei- 
nado de D. Enrique III». II, 285, 433. — [I, 178 y n., 
354, n., 389, n.] 

Niños de la doctrina. — Según Covarrubias, citado por Bowle, 
eran «pobrecitos huérfanos que se recogen para doctrinallos 
y criallos». En Madrid existe un colegio de niños de esta 
clase, bajo la advocación de San Ildefonso. V, 229. — Va- 
rias congregaciones-semejantes en Italia y Francia. VI, 59, 
60. — Niñas de la doctrina, V, 3io. 

Niños trocados en la cuna. — De hijos de príncipes, criados en 
casas humildes y sin ser conocidos sus verdaderos padres, 
hay varios ejemplos en la biblioteca caballeresca. V, 118. 

Nisoy Euríalq, y Pílades y Orestes. — Ejemplos de amistades 
ilustres. Entre los griegos se celebró la amistad de Teseo 
y Piritoo, la de Aquiles y Patroclo, la de Damón y Pitias, 
que renovaron el espectáculo dado antes por Orestes y Pí- 
lades, y la de Epaminondas y Pelópidas. Los romanos asi- 
milaron á estas amistades ilustres la de Escipión y de Le- 



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330 
lio, y Cervantes añadió la de Rocinante y el rució. IV, 210* 

No ( La partícula) y otras negaciones del idioma castellana, — 
Numerosas Notas y observaciones críticas: III, 39, 332; 
VI, 188-192, 425! — Véase Negaciones. 

No comas ajos ni cebollas. — Uno de los consejos de Don Qui- 
jote á Sancho. Manjares tenidos como propios de villanos, 
cuyo uso estaba prohibido expresamente á los caballeros de 

. la Banda. V, 356. 

No hay libro tan malo que no tenga algo bueno, — La expresión 
es de Plinio el Mayor. IV, 66; VI, 200. 

No que de una ínsula^ sino de todo el mundo. — No que es lo 
mismo que ^no digor^, •no sólo*. VI, i33. • 

No (Del) quiero de tu capilla. — No quiero, no quiero; mas echad* 
meló en la capilla: «refrán que, según Covarrubias, se dice 
de los que tienen empacho de recibir alguna cosa, aunque 
la deseen». El Diccionario dice que «se aplica á los que 
rehusan recibir alguna cosa, pero con tibieza, de suerte 
que excitan á que se les inste». Los médicos y gobernado- 
res del tiempo de Cervantes llevarían capa con capilla, y 
negándose á recibir, volverían la espalda, mostrando asi 
la capilla, donde les echarían el dinero los que lo ofrecían. 
También pudo formarse este refrán aludiendo á los religio- 
sos que, no debiendo manosear el dinero por voto ó por 
decencia, lo recibían en la capilla. V, 35i, 352. 

No sólo en España, pero en toda la Mancha. — Dorotea, ha- 
blando de la fama de Don Quijote, y burlándose de él. II, 
459. — «Debía de ser (Dulcinea) la más bella criatura del 
orbe y aun de toda la Mancha» . Chiste irónico de la Duque- 
sa: afectación de ignorancia propia, siendo sólo en realidad 
muestra de laque se supone en los que escuchan. V, i56. 

Nobleza (La). — Su origen. He aquí el origen más natural y 
verosímil de lo que después se llamó nobleza, la cual em- 
pezaría por ser personal, y luego, sostenida por las rique- 
zas, pasó á ser hereditaria* IV, 39, 



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Nóchc de San Juan (Las fiestas de la). — La fiesta más solem- 
ne de San Juan, de que nos queda memoria, fué la que el 
célebre conde-duque de Olivares di6 á Felipe IV la noche 
de San Juan del año i63i en los jardines contiguos al pa- 
seo del Prado de Madrid. — Véase la larga Nota: VI, 260- 

262. — [II, 2II-2I5.] 

Noche (La) que fué nuestro día, — Bella expresión para deno- 
tar la noche en que nació el que venía á alumbrar nuestras 
tinieblas, el Hombre Dios, N. S. Jesucristo. III, L28. 

Nogales (Aldonza). — Madre de la supuesta Dulcinea. II, 309; 
V, 166, 167. — Véase Corchuelo (LorenzoJ y Aldonza No-- 
galBs. 

Nombrar la soga en casa del alwrcado, — Expresión proverbial 
con que se nota la indiscreción de nombrar cosa que refres- 
que la memoria de su afrenta á los lastimados. V, 84. 

Noinbres (La supresión de los) de los interlocutores en un diá- 
logo, se hace con elegancia cuando se puede sin perjuicio 
de la claridad y es evidente quién habla. En el presente pa- 
saje, no puede dudarse que los interlocutores son D. Fer- 
nando y el cura. La Academia Española, sobre este lugar, 
censurando una edición donde se suplieron oficiosamente 
los nombres, recuerda que la supresión tiene ejemplos en 
los buenos autores, y cita varios capítulos del Quijote, don- 
de se hace lo mismo. III, ii5. 

Nombres latinos, — Baldovinos es lo mismo que Balduino, nom- 
bre común en la Edad Media, con la terminación en os, que 
en los principios de la lengua castellana se daba á los nom- 
bres latinos acabados en us. Otros ejemplos. I, 87. 

Nofnbres supuestos con que cantaron los poetas d sus damas. I, 
i38; II, 3i6; VI, 440-442. — Vésise Pastoras (Nombres fin- 
gidos de). 

Nonada. — En la acepción de nada, es común en nuestros an- 
tiguos escritores. — «Grandes quimeras de nonada*. (V, 
24.) VI, 191. 



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332 

Nones.— FIutbI de non, — Sancho dice: «Yo soy del linaje de 
los Panzas, que todos son testarudos, y si una vez dicen 
nones, nones han de ser, aunque sean pares, á pesar de todo 
el mundo». — Decir nones es lo mismo que «decir que no». 
(Arrieta.) — Pares y nones es el juego de suerte, número 
par ó impar. — VI, 91 (t). — Véase Pares. 

Nones (De). — «Una ínsula que tengo de nones». (El Duque 
á Sancho.) Quiere decir que es singular, que no hace pa- 
reja con otra, 6 más bien, que está descabalada 6 de so- 
bra. Lo que Cervantes significó por esta locución, debe in- 
ferirse por el uso que hizo de ella en otras ocasiones. — En- 
tre los sucesos del gobierno de Sancho, se cuenta después, 
en el cap. 49 (VI, 10), que, reconviniendo á un baratero, 
le decía: tvos, que no tenéis oficio ni beneficio, y andáis 
de nones en esta ínsula, tomad luego esos cien reales», etc. 
Y en el entremés de Los divorcios se dice de ciertas muías 
de alquiler, que • nunca se alquilan sino á faltas y cuando 
están de nones». V, 150. — Andar de nones: frase. No tener 
ocupación ú oficio, ó andar desocupado y libre. (Acade- 
mia.) — Estar de non: frase. No servir de nada, estar de so- 
bra en alguna parte. (Academia.) 

Nora en tal. — «Apártense, ñora en tal, del camino». Es la 
expresión de enojo que usa la supuesta Dulcinea, y quiere 
decir noramala, indicando con la palabra tal alguna reti- 
cencia de cosa menos suave ó decente, á la manera que se 
dice tvoto á tah, «vayase álato/». IV, 176. — Nora en tal: 
dícese así por no decir enhoramala, lo que hubiera sido una 
falta de respeto en Sancho, hablando con su amo. Pero me 
parece que debiera decirse en hora tal ó ñora tal, porque el 
toque está en sustituir tal á mala, y nunca se dice ni pue- 
de decirse ñora en inala. VI, 274, 275. — «¿En dónde ñora 
tal habéis vos hallado?» V, 145 (t). 

N otomía, — Palabra mutilada, por anatomía, como dice la gen- 
te culta. Tómase aquí anatomía, no por «disección del 



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333 
cuerpo del animal «, que es el sentido recto de la palabra^ 
sino por «compaginación y estructura total de sus huesos 
y miembros»; en cuya acepción la usan los pintores. En 
el mismo sentido se usó esta palabra en el cap. 2.° (IV, 
197), hablándose de Rocinante: «los huesos de su noto- 
mía*. V, 224, 225. 

Novela de El curioso impertinente. — Desde los principios va 
sabiendo esta novela á italiana. Como el teatro de la novela 
es toscano, no hay que extrañar que el lenguaje participe 
algo del sabor del terruño. III, i. 

Novelas de Cervantes, en las cuales describió sucesos verdade- 
ros ^ el fondo y aun en muchas circunstancias. III, 108. 
— Sus Novelas ejemplares. «Heles dado (dice, hablando con 
el lector, en el prólogo de ellas) nombre de ejemplares; y 
si bien lo miras, no hay ninguna de quien no se pueda sa- 
car algún ejemplo provechoso Si por algún modo al- 
canzara que la lección de estas novelas pudiera inducir á 
quien las leyera á algún mal deseo ó pensamiento, antes 
me cortara la mano con que las escribí, que sacarlas en 
público». IV, IX, X (Prólogo). 

Novelas ó cuentos, patrañas y consejas. II, 123, 295, 296. — 
Véanse Consejas y Patrañas. 

Nubes de antaño. I, 23; V, 362; V, 187, 435 (textos). 

Nudo gordiano. — «Es un lazo (el del matrimonio) que, si una 
vez le echáis al cuello, se vuelve en el nudo gordiano; que, 
si no le corta la guadaña de la muerte, no Jhay desatarle» . 
— Allá en tiempos antiguos, cuentan que, tratando los 
frigios de nombrar un rey, les dijo un oráculo que eligiesen 
al primero que á la vuelta encontrasen caminando en un 
carro al templo de Júpiter. El primero que encontraron 
fué á Gordio, un labriego que, habiendo madrugado, iba 
al templo con su carreta y sus bueyes á encomendarse á 
Júpiter antes de empezar su tarea. Proclamáronlo rey de 
Frigia, y él en memoria de este suceso colocó y consagró 



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en el templo la carreta. Fué el caso que las cuerdas con 
que se ataba el yugo, se enredaron, formando un nudo tan 
complicado, que no parecía posible deshacerlo. Cuando 
Alejandro, en su expedición contra Darío, entró en aquel 
templo, le dijeron los naturales que el oráculo había ofre- 
cido la posesión de Asia á quien deshiciese el nudo, y Ale- 
jandro, después de haber intentado en vano desatarlo» sacó 
la espada y lo cortó, diciendo: «tanto monta cortarlo como 
desatarlo; todo es deshacerlo». La historia del nudo gor- 
diano explica la expresión del texto. IV, 358. — El nudo 
gordiano tomó por empresa el Rey Católico con el lema 
Tanto monta: sobre el origen y ocasión de ello véase la No- 
ta: VI, 222. 

Nudo (Un) se le atravesó en la garganta, que no le dejaba ha- 
blar. — En las grandes agitaciones del ánimo, suele entor- 
pecerse y como enredarse la lengua en la garganta, de ma- 
nera que no es fácil hablar. II, 370, 

Nuestramo, — Palabra rústica con que los mozos de labor y 
trabajadores del campo suelen hablar á sus principales, y 
muy propia en boca de Sancho. VI, i63. 

Nueve (Los) de la Fama. — Fueron tres judíos, Josué, Daniel 
y Judas Macabeo; tres gentiles, Alejandro, Héctor y Julio 
César, y tres cristianos, el rey Artús, Carlomagno y Godo- 
fre de Bullón. I, gS; II, 114. — Véase Tabla (La) Redon- 
da, etc. 

Nuez de ballesta. — tEn la garganta como una nuez de balles- 
tas . V, 23o (t). — En la ballesta es un hueso que tiene el 
tablero en que se arma la cuerda, el cual se labra de uno 
que tienen los venados en la cabeza, en el nacimiento de 
los cuernos, por ser fuerte y duro, y más á propósito que 
otro alguno. (Academia.) 

Nulla es retentio. — La expresión latina (algo macarrónica á la 
verdad) que aquí se indica y que estropeaba Sancho, es 
in inferno nulla est redemptio, que significa que en el infier- 



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no no hay medio ni esperanza de salir de él. Común es 
el cuento de Miguel Angelo, que en un cuadro de los Noví- 
simos retrató entre los condenados á un cardenal que le 
molestaba, y quejándose el cardenal de ello: «amigo, le 
dijo el papa, si te pintara en el purgatorio, yo te sacaría á 
fuerza de sufragios; pero en el infierno nulla est redemptio». 
Ariosto sabía también este proverbio, y lo incluyó en su 
Orlando cuando, describiendo los tormentos que Lidia pa- 
decía por ingrata en el Tártaro, le hizo decir (Canto 34, 
est. 43): 

E cosí avrb in eterno; 

Che nulla redenziofie e nelV inferno. 

II, 3o5. — «La verdad que os diga, respondió Altisidora (á 
Sancho), yo no debí de morir del todo, pues no entré en el 
infierno; que si allá entrara, una por una no pudiera salir 
del aimque quisiera». VI, 398 (t). 

Numancia (La). — Comedia de Cervantes. En ella encuentran 
los inteligentes los mejores versos que compuso Cervantes, 
y que más pudieran merecerle «el disputado título de poe- 
ta»; pero mezclados con muchos defectos, tanto en la ver- 
sificación, como en el plan y disposición del drama. III, 
399.— [II, 106-IIL] 

Nunca (Que) sane Don Quijote. — «Y si no fuese contra caridad, 
diría que nunca sane Don Quijote, porque, con su salud, no 
solamente perdemos sus gracias, sino las de Sancho Panza 
su escudero, que cualquiera dellas puede volver á alegrar á 
la misma melancolía». (D. Antonio Moreno á Sansón Ca- 
rrasco.) He aquí bien retratada la insensatez con que se ce- 
lebra y aun fomenta muchas veces por diversión el desva- 
río de los locos y de los borrachos: crueldad refinada, en la 
cual no se fija bastantemente la atención, y que la razón y 
mucho más los principios religiosos exigen se cambie en 
respeto hacia los infelices que se hallan en tan miserable 
estado, y en caritativa solicitud para sacarlos de él, si nos 



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fuese posible. Es preciso confesar que el eclesiástico de casa 
de los Duques, á pesar de su inoportunidad, obraba y ha- 
blaba más conforme á razón y justicia. «Hablando con el 
Duque, le dijo: vuestra excelencia, señor mío, tiene que 
dar cuenta á nuestro Señor de lo que hace este buen hom- 
bre». (V, 145.) VI, 33i. 

Nunca vista (La) y descomunal batalla que pasó entre Don Qtd^ 

jote y el lacayo Tosilos. — Como la batalla no se verificó, 

está dicho con verdad y con gracia lo de n^nunca vistáis, que 
ordinariamente significa otra cosa. VI, 134. 

Nuncio (Casa del). — Hospital de dementes en Toledo, llama- 
do comunmente el Nuncio, de su fundador. VI, 427. 

Ñ. — La ñ, letra peculiar del alfabeto castellano, nace de seis 
combinaciones latinas: de gn y gm, como leño, de lignum^ 
y tamaño, de tam magnus; de ng, como tino, de tingo; tañer, 
de tangere; de mn, como sueño, otoño, escaño, que vienen de 
somnus, autumnus y scamnum; de nn, como año, de annus; 
tañido, de tinnitus; y de neo né seguido de vocal, como cuña, 
de cuneus; araña, de aranea; cigüeña, de dconia; saña, de m- 
sania, V, 170. — Otra Nota: II, i58. 

O, —Suprimida en la última vocal de primero y tercero, cuando 
preceden al sustantivo. «Como ú primero fraile». Todavía 
en tiempos de Cervantes el uso no había introducido la re- 
gla constante de suprimir la última vocal de primero y ier* 
cero cuando preceden al sustantivo. En la aventura de los 
molinos de viento se refirió ya que nuestro caballero «em- 
bistió con el primero molino que estaba delante». (I, 173.) 
En la relación del cautivo, hablándose del general del mar 
entre los turcos, se dice: «que es el tercero cargo que hay 
en aquel señorío». (III, 177.) — Otras veces se suprimía la o 
final, de lo que hs^ ejemplos en el mismo Quijote: pero en 
el día se hace siempre en el caso indicado, y aun muchas 



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veces con la vocal última de primera y tercera. Lo mismo 
sucede en los adjetivos bueno y malo: decimos tbtien pan» y 
•pan bíuno9, «vino malo* y «wa/ vino». También suele su- 
primirse la última sílaba de los adjetivos tanto y grande, 
cuando preceden al sustantivo: los ejemplos son obvios. I, 
i83, 184. — «Aquél era el primero día donde se había de 
probar la virtud de la cabeza encantada». Hoy no se tole- 
raría decir ^primero día*, y diríamos ^primer día*. VI, 276. 

O y C7. — ^Aldrete, en el Origen de la lengua castellana , dice que 
es tan grande la semejanza entre la o y la u, que fácilmente 
se equivoca la una con la otra en la pronunciación; y des- 
pués de citar á Quintiliano, que trae varios ejemplos latinos 
para probar el frecuente uso que hacían los antiguos de una 
letra por otra, añade que es principalmente común esta 
transmutación en los nombres tomados del latín. «Y ento- 
ntece las manos», por entumece. VI, 194. 

Oy ú; y y é. — «Facineroso salteador, 6 otro delincuente». — 
En el uso actual se ha adoptado mudar la conjunción ó en 
ú cuando concurre con palabra anterior que acaba, ó si- 
guiente que empieza, con la misma vocal, para evitar el 
hiato ó esfuerzo necesario para pronunciar las dos oes se- 
guidas. Ahora diríamos con mayor suavidad: «w otro de- 
lincuente». — PcM* igual razón se muda también la conjun- 
ción jy en é: decimos «español j francés», «francés é ita- 
liano». Nuestros antiguos se cuidaron muy poco de estos 
refinamientos y atildaduras del lenguaje. III, 365. 

Oes* — El día que Lisuarte de Grecia lidió con el rey de la ín- 
sula Gigantea, Amadís de Gaula «se levantó por ver la ba- 
talla, cubriéndose con un rico manto de carmesí con unas 
oes de oro». Estas oes eran la inicial del nombre de la sin 
par Oriana. Clase de galantería de que hay ejemplos en los 
anales caballerescos y aun en las historias verdaderas. II, 
74. — Véase Miu. 

Obedeciendo tus consejos, — De los consejos no se dice con pro- 

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piedad que se obedecen; esto se dice de los preceptos. Los 
preceptos se obedecen; los consejos se siguen. VI, vgS. 

Obra de. — •Obra de cinco pasos». Notable acepción de la pa- 
labra obra, por cosa. — Este pasaje del Quijote llamó la aten- 
ción de D. Gregorio Garcés en su libro del Fundamento del 
vigor y elegancia de la lengua castellana, donde dice que sir- 
ve para determinar t lugar y tiempo». Pero me parece que 
la significación de «sta palabra es todavía más general; 
porque ciertamente no se trata de lugar y tiempo cuando 
Sancho dice después, en el cap. 47 de esta segunda parte 
(V, 443): «Por ahora denme un pedazo de pan y obra de 
cuatro libras de uvas, que en ellas no podrá venir veneno» . 
En la primera parte (I, 179) se dice que Don Quijote y 
Sancho «tomaron á su comenzado camino de Puerto La- 
pice, y á obra de las tres del día le descubrieron». V, 268, 
443. — Obra de: moáo adverbial que sirve para determinar 
una cantidad sobre poco más ó menos, cuando no se pue- 
de señalar á punto fijo. — Cosa de: modo adverbial familiar. 
Cerca de, ó poco más ó menos. (Academia.) 

.Obsequias. — «Canten obsequias tristes». Obsequias significa lo 
mismo que exequias, y ima y otra palabra son de origen la- 
tino. — En el día no se dice ya obsequias, pero se dijo muy 
desde antiguo. Encuéntrase frecuentemente en los libros 
caballerescos y en todos nuestros antiguos escritores. En 
el Camionero de romances^ impreso en Amberes el año i555, 
hay uno de las obsequias de Héctor. En tiempo de Cervan- 
tes fué palabra común, y el mismo Cervantes la empleó 
en otros pasajes del Quijote y de sus demás obras. I, 299. 

Obsequios á personas de respeto y jerarquía. — «Dando señal de 
volver á acompañarle». Esta clase de obsequio, que con- 
sistía en acompañar por la calle á las personas de respeto 
y jerarquía á quienes se quería manifestar deferencia, fué 
común entre los romanos y lo era también en tiempo de 
Cervantes. V, 465. «Los años pasados (dijo Sancho) estu- 



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ve un mes en la corte, y allí vi que, paseándose un señor 
muy pequeño que decían que era muy grande, un hombre 
le seguía á caballo á todas las vueltas que daba, que no 
parecía sino que era su rabo». II, 189 (t). — Véase Osuna 
(Duque de). 

Ocasión (Tomar la) por la melena. — Tomar la ocasión por los 
cabellos 6 por el copete: frase metafórica familiar. Asirla. 
(Academia.) Cítanse unos versos latinos de Fedro. V, I25. 

Oficial. — Usado aquí en contraposición á «personas principa- 
les», es lo mismo que ael que ejerce algún oficio ó arte 
mecánica», ó «artesano». VI, 12. 

Oficios (Los) y cargos graves, ó adoban ó entorpecen los enten- 
dimientos. — La sentencia se reduce á que los oficios y cargos 
de importancia suelen producir uno de dos efectos contra- 
rios en los que los desempeñan; en unos aguzan y avivan, 
en otros entorpecen, el entendimiento. Ejemplos frecuen- 
tes hay de todo. VI, 3. 

Ofrecido sea al diablo el maravedí. — Especie de imprecación 
proverbial, á que hubo de dar origen la idea de que nada 
debe ofrecerse al diablo, 6 que sólo debe ofrecérsele por mo- 
fa, como el que ofrece lo que tiene en el puño, y, abriendo 
la mano, muestra que no tiene nada. Con arreglo á lo 
cual, el ^ofrecido sea al diabloi» del texto es lo mismo que 
•ninguno*; como si hubiera dicho Sancho: «alojando en 
ventas á toda discreción, sin pagar ni un maravedí». Tal 
es el sentido de la expresión del texto, y tal el ensortija- 
miento de las ideas, que en el estilo familiar es más fre- 
cuente aún que en el entonado y sublime. Otra impreca- 
ción semejante de Sancho se lee en la relación de la aven- 

< tura de los dos ejércitos de ovejas, cuando, describiéndole 
su amo las provincias y naciones de que se componían, 
«Señor, le contestó: encomiendo al diablo hombre, ni gi- 
gante, ni caballero de cuantos vuesa merced dice parece 

• por todo esto». (II, 82.) III, 528, 629. 



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¡Oh más duro que marmol d mis quejas! — Sancho por ignorante 
y Don Quijote por loco, no debían echar de ver la butla, 
que para el lector es clara, de introducir Altisidora en su 
discurso este verso tomado de la égloga primera de Garci- 
iaso. VI, 398. 

¡Oh mi señora Didcinea! — Discurso en que con gracia inimi- 
table se remedan y ridiculizan las ideas comunes de la ca- 
ballería andante, revueltas con las de la mitología pagana. 
Los soliloquios de los caballeros á sus señoras son frecuen- 
tes en sus historias. III, 280. 

Oidor (El). — «Tan atento el oidor, que ninguna vez había 
sido tan oidor». Juega oportunamente Cervantes en este 
lugar con la palabra oidor, «el que oye 6 escucha», que es 
también el nombre que se da á los «jueces de las audien- 
cias 6 tribunales superiores de las provincias». No ha fal- 
tado quien censure este pasaje como juguete insulso y pue- 
ril entre otros de igual clase que se encuentran en el Qui- 
jote: tengo la censura por injusta, porque así como el abuso 
de estos adornos del estilo lo hace vicioso, su uso modera- 
do y sobrio le da brillo y hermosura, como sucede en el 
presente lugar. III, 264. — «En el traje mostró luego el ofi- 
cio». Descripción de la toga ó garnacha del oidor. III, 256. 

Oíslo. — «Juana Gutiérrez, mi oíslo, vendría á ser reina, y mis 
hijos, infantes». Oíslo: voz baja y apicarada, para significar 
una mujer á quien se quiere á estilo de la hampa, y por lo 
mismo forma mayor contraste con la alta calidad de reina» 
de que se trata. Á lo propio contribuye el nombre vulgarí- 
simo de Juana Gutiérrez, tan propio de gente de poca im- 
portancia. I, 168; IV, 69 (t); VI, 405 (t).— Véase Cuyo. 

Ojeo. — «Llegó en esto el oj^o». «Término de cazadores, 6 
porque han de ir mirando con cuidado, ó por la palabra re- 
petida de ellos de oxr^. (Covarrubias.) VI, 180. 

Ojos (Á) vistas. — «Y ver d ojos vistas si eran verdaderas», et- 
cétera. — Modo adverbial de rara y extravagante construc- 



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ción, que significa lo mismo que €¿ vista de ojos, clara, vi- 
sible, palpablemente». En él se reúnen dos palabras de dis- 
tinto género, que presentan la imagen de un solecismo, pe- 
ro autorizado por el uso, con el cual, como tirano del len- 
guaje, no valen razones. IV, 406 . 
Oliscan d terceras, habiendo dejado de ser primas, — Tercera es 
«alcahueta». Juega la Trifaldi con las palabras •terceras* y 
•primas» en sus diferentes significaciones. Oliscar es verbo 
á un mismo tiempo diminutivo y frecuentativo; producción 
del inagotable y feracísimo campo del estilo familiar caste- 
llano. V, 299. 

Oliva (Gonzalo de). — Su traducción del Orlando furioso; el ma- 
nuscrito, con fecha de 1604. Oliva evitó los numerosos de- 
fectos de Urrea; tradujo fielmente; su versificación es fácil 
y armoniosa, y su libro, á pesar de algunos pequeños luna- 
res, harto más digno de ver la luz pública que los de otros 
muchos traductores de su tiempo. I, 121, 122. 

Olivante (Don) de Laura. — Príncipe de Macedonia, que vino 
á ser emperador de Constantinopla. Su Historia, por Anto- 
nio de Torquemada, que escribió el Jardín de flores, de que 
aquí hace memoria Cervantes (1, 114).!, ii3. — Véase Tor- 
quemada. 

Olivares (Conde-duque de). — Privado del rey Felipe IV. — Su 
invención de las golillas. IV, 324. — La fiesta más solem- 
ne de San Juan, de que nos queda memoria, fué la que el 
célebre conde-duque de Olivares dio á Felipe IV la noche 
. de San Juan del año i63i en los jardines contiguos al pa- 
seo del Prado de Madrid. VI, 260. — Véase Fiesta de San 
Juan. 

Olivera de Valencia. — Albergue de mala gente, y lupanares 
que frecuentemente daban que hacer á la justicia. I, 48. 

Ollas de Egipto. — Pasamonte en su discurso salta de lo sa- 
grado á lo profano; de la alusión á las quejas de los israe- 
litas peregrinando por el desierto {Éxodo, XVI, 3), á la ex- 



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presión proverbial castellana de «pedir peras al olmo», con 
que suele designarse un imposible, cual es que un oltúo 
produzca peras. II, 218; IV, 397, 399 (t). 

Olla podrida se llama en España el puchero ordinario, pera 
provisto de varios agregados de regalo, como aves, pies 
de puerco, chorizos y otros artículos semejantes de añadi- 
dura sobre lo acostumbrado. V, 435, 436. — nOllas pcdn-- 
das, que mientras más podridas son, mejor huelen» . — «Af¿s 
podridas», á mi entender, quiere decir más provistas de di- 
versidad de manjares, artículos 6 ingredientes. Según Co- 
varrubias, citado por Bowle, olla podrida puede equivaler 
á olla «cocida, en cuanto se cuece muy despacio, que casi 
lo que tiene dentro viene á deshacerse, y por esta razón se 
pudo decir podrida, como la fruta que se madura demasia- 
do». VI, 4. 

Olor (Un) sabeo. — «Pero no me negarás, Sancho, una cosa: 
cuando llegaste junto á ella (á Dulcinea), ¿no sentiste un 
olor sabeo?*, etc. — Sabeo, esto es, de Sabá, región de la Ara- 
bia Feliz, celebrada entre los poetas por el incienso y sus- 
tancias odoríferas que produce, y se quemaban en las so- 
lemnidades de los dioses: ^Centutnqtie sabaeo ihure calent 
arae9. (Eneida, lib. I.) Sancho, sin duda, quedaría ente- 
rado. II, 485, 486. 

Orne (home) ú hombre. — Entre las palabras que antiguamen- 
te fueron comunes al francés y al castellano, una faé la 
de home ú hombre, sin artículo, que se usaba en ciertos ca- 
sos para denotar una persona indeterminada, por ejemplo: 
«una piedra que relumbraba tanto, que podría hombre ver 
de noche la su claridad á dos leguas é media»: y otro: Ber- 
ceo, refiriendo una aparición de Santiago y San Millán, en 
la Vida de este Santo, dijo: 

«£/ uno tenía croza, mitra pontifical; 
El otro, una cruz: orne non vio tal 9, 
Lo mismo hacían los franceses con la voz hom ú homm<^ 



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uniéndola sin articulo á los verbos. De aquí vino el on 
francés: «On dih: se dice. IV, 67, 58. — Véase Se. 

On, como terminación de palabras. — La palabra lanzan, á 
pesar de su terminación aumentativa, signiñca una cosa 
ixienor que lanza, á la manera que ratón signiñca una cosa 
menor que rata, y que rabón indica un animal de poco 
rabo ó sin rabo. — Son vocablos con terminación y forma 
de aumentativos, y significado y fuerza de diminutivos. 
II, 5i; III, 280. — Véase Terminacioites de voces. 

Opéribus crédite, et non verbis. — El •opéribus crédite% es del 
Evangelio de San Juan (Cap. X, v. 38). En la Armería 
Real de Madrid muestran una espada que dicen fué de 
Diego García de Paredes, con el lema de •Opéribus crédite* . 
Pero no lo encuentro en el libro antiguo del cargo que se 
hacia al armero mayor, cuyas noticias llegan al año de 
1708. V, 41. — Véase Paredes f Diego García de). 

Ora. — Es conjunción que nunca se usa sin repetirse, y aquí 
no se repite: •ora me los haya hecho, 6 haga ó haya de 
hacer (esto es, agravios)» . En el encuentro con los merca- 
deres toledanos, que se refirió en el cap. 4.® (I, 81, 82), les 
decía Don Quijote: «Ahora vengáis uno á uno, como pide 
la orden de caballería, ora todos juntos, como es costum- 
bre y usanza de los de vuestra ralea, aquí os aguardo», etc. 

II, 9. 

Oración de Santa Apolonia, para el dolor de muelas. — Los men- 
digos de profesión, y sobre todo los ciegos, sabían y, usa- 
ban de estas oraciones formularías, que rezaban con voz 
reposada y grave, como lo hacía el que educó á Lazarillo 
de Tormes y «saUa ciento y tantas oraciones de coro»^ co- 
mo cuenta la historia. — Otros ejemplos citados, de una de 
las comedias de Cervantes y de la tragicomedia La Celesti- 
na, — Versos de D. Francisco P. Berguizas.-r-IV, 69, 117,. 
124 (t). 

Orbaneja. — El pintor de Úbeda. IV, 61. «De la suma impe- 



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ridia de este pintor», dice Pellicer en sus notas, que «quiso 
tomar acaso Cervantes ocasión de indicar la decadencia 
que padecía en su tiempo la pintura». Esta opinión de 
Pellicer es singular, y las rabones que alega en su apoyo 
prueban más bien lo contrario. La época de Murillo y Ve- 
lázquez no puede llamarse de «decadencia». VI, 420. — 
Véase Éste es gallo. 

Orden, órdenes. — «La traza y órdenes que habían de guar- 
dar». Sospecho que debe leerse «la traza y £?rí/f»»; pues el 
orden ó colocación conveniente de las personas ó cosas es 
el que se guarda; las órdenes se obedecen. V, 343. 

Ordinariez. — «La aplicación del nombre de madama hace 
resaltar más la ordinariez del sujeto de quien se trata». 
Esto es una nota de Ciernen cín. No he visto la palabra 
ordinariez en otra parte, y no se halla en los diccionarios. 
Debe venir de ordinario, y significar «bajeza, vulgaridad 
y poca estimación». Clemencín dice que madama se dijo 
«por la hija del ventero», pero no fué la hija del ventero 
«por quien aporrearon á Don Quijote», sino la moza astu- 
riana Maritornes, de quien se habló en el cap. 16 de la 
primera parte (II, 37). V, 402. 

Orégano (No querría que) fuese. — Alusión al refrán m quiera 
Dios que orégano sea, y no se nos vuelva alcarabea», con 
que suele manifestarse el recelo de que suceda lo contrario 
de lo que se espera ó desea. V, 249. 

Orejas (Hace) de mercader. — Hacer orejas de mercader: frase. 
Darse por desentendido, hacer que no se oye. (Academia.) 
V, 467 (t). 

Orelia. — Bowle cita la Crónica de España y un romance de 
la Colección de Flores, donde se da este nombre al caballo 
de D. Rodrigo. V, 3o6. 

Orfeo. — «El cantor de Tracia». De él se dice que tocaba 
tan bien la lira, que los árboles y las rocas dejaban su 
puesto, los ríos suspendían su curso y las fieras se agoi- 



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paban á su alrededor para escucharle. Sabido es que á su 
lira debió que los dioses del Averno le devolviesen su mu- 
jer Eurídice, muerta el día de sus bodas, con la condición 
de que no volviese atrás la vista hasta no encontrarse faera 
de los infiernos; y que, habiendo faltado á dicha condición 
para ver si Euridice le seguía, desapareció ésta; por lo que 
no pudo sufrir de allí en adelante á las mujeres, lo que 
irritó de tal modo á las Bacantes, que, arrojándose sobre 
él, le despedazaron. VI, 38o. 

Órganos (Los). — Entremés de Lope de Vega. — Sobre el vitor 
y la cola en los ejercicios literarios. IV, 363. 

Oria (Pagan ¿í^.— Véase Doria (Jíian Andrea). 

Oriana. — Señora de Amadís de Gaula. I, lxiii (Prólogo), 264; 

. V, 160. — Vés^e M ir aflores. 

Orlando furioso. — Poema célebre escrito por Ludovico Arios- 
to. El Orlando furioso y el libro de Amadís de Gaula fue- 
ron dos de los principales textos de Cervantes. I, Lix (Pró- 
logo); II, 288-292; IV, 19, y otros muchos lugares. 

Orondas. — Es lo mismo que «hinchadas, huecas, campanu- 
das». ^Orondas calderas». Usó también Cervantes de este 
adjetivo en la carta de Teresa Panza á la Duquesa. Decía 
en ella que tenía determinado ir á la corte, donde ella 
y su hija andarían morondas y pomposas». (VI, 77.) IV, 
375. 

Orza (Llevar el timón á). — Es llevarlo torcido en disposición 
de orzar ó torcer la proa, desviándose de la dirección del 
viento. III, 242. La Academia dice: Orzar. Náutica. Po- 
ner la proa cuanto se pueda hacia la parte de donde viene 
el viento, navegando de bolina para ganar barlovento y 
adelantar en la derrota. — Clemencín, como literato y no 
marinero, «no alcanzó la fuerza del idioma (náutico), cosa 
siempre difícil, y á veces imposible». II, 345. 
O5- — Terminación que en los principios de la lengua caste- 
llana se daba á los nombres latinos acabados en us. Asi se 



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formaron los nombres de Oliveras, Gaiferos, Montesinos, 
Carlos, etc. I, 87; IV, 426. 

Osiris (Algún cruel J. — Cervantes, con su distracción é inexafc- 
títud acostumbradas, trueca á Osiris con Busiris. Osiris, 
rey de Argos y después de Egipto, se adquirió los hono- 
res divinos por las artes que enseñó, dicen, á los egipcios, 
Busiris, otro rey del mismo país, sacrificaba cruelmente 
á los extranjeros que llegaban á Egipto. Esto le atrajo el 
odio de los escritores. VI, 229. — Véase Busiris. 

Ostugo. — «Que no tenia ostugo de moneda». El Dicciottímo de 
autoridades dice que ostugo es vestigio, y cita en apoyo otro 
pasaje del Quijote. En el presente viene bien esta significa- 
ción. En el otro, que fué cuando Sancho decía á su amo 
que volvería al Toboso y no dejaría ostugo tn todo el lu- 
gar, donde no buscase la casa de Dulcinea (IV, 160), pare- 
ce que, más que vestigio, significa rincón, pero esta voz no 
tiene conexión con ostugo. VI, 97. 

Osufva, como puerto de ;;mr. — «Pues apenas m^ hube desembar- 
cado en Osunas. Probablemente la intención de Cervantes 
en el presente pasaje fué señalar y ridiculizar los disparates 
geográficos que suelen encontrarse en los libros de caballe- 
rías. II, 459-460, 479 (t); VI, ii3. — Véase Bohemia 
(Puerto de). 

OsufM (Duque de). — «Un señor muy pequeño, que decían que 
era muy grande». ¿Quién era este señor? Por las señas que 
da Sancho, pudiera conjeturarse que era D. Pedro Girón, 
duque de Osuna, virrey, primero, de Sicilia, y después, de 
Ñapóles. Crióse en las guerras de Flandes, donde hi20 ha- 
zañas valerosas, porque desde niño manifestó su ardimiento 
militar y grande ingenio, como se ve en la comedia intitu- 
lada Las niñeces del duque de Osuna. El gobierno de su vi- 
rreinato de Ñapóles, donde acreditó su prudencia civil, su 
valor extraordinario y su pericia militar, especialmente 
contra los turcos, es famoso en la historia, que tampoco 



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347 
olvida la parte que tuvo en él su secretario D. Francisco 
de Quevedo y Villegas. Estas prendas, y la nobleza y opu- 
lencia de su cuna, le hacían un «señor muy grande», y la 
naturaleza le hizo un «señor muy pequeño» . Consta, en efec- 
to, que era pequeño de cuerpo. «En conclusión, dice Do- 
mingo Antonio Parrino, hablando de las calidades del du- 
que: él fué uno de los hombres grandes de su siglo; que de 
pequeño no tenía otra cosa que la estatura: di picciolo non 
avea altro che la statnraT^, Teatro de los gobiernos de los vi^ 
rreyes de Ndpoles, tomo II, pág. iig. (Nota de Pellicer.) 

II, 189. — De las Notas de este lugar se deduce que el du- 
que que se quiso designar aquí, fué el de Osuna y el padre de 
D. Femando. II, 3g5, 396; III, 108.— D. Pedro Girón, 
duque de Osuna, murió preso en un castillo,. de orden del 
rey Felipe IV, durante la privanza del conde-duque de 
Olivares, como refieren las memorias de aquel reinado* 

III, 296. — Véase Obsequios d personas de respeto^ etc. — 
[II, 275, 276.] 

Osuna (Francisco de), — Tampoco es nuevo ni original el caso 
que aquí refiere Cervantes de «la (mujer) esforzada y no 
forzada», pues, como observa Pellicer, se hallaba ya impre- 
r so desde el año de i55o en el "Norte de los estados, de Fray 
Francisco de Osuna. D. Nicolás Antonio cita otra edición 
aún más antigua de este libro, á saber> del año 1541. V, 
419-420. 

Osuna (La universidad íí^;.-^«Y tengo el grado de doctor por 
la universidad de Osuna». Échase de ver en el Quijote una 
cierta tendencia á ridiculizar los grados de las universidades 
literarias, especialmente las menores; como sucede aquí, 
en el pasaje en que supuso graduado en Sigüenza al cura 
del lugar de Don Quijote (I, 8), y en el del loco de Sevilla, 
en que contrapuso Osuna á Salamanca (IV, 10). En el día 
hay muchos que acompañan á Cervantes en este juicio. 
. V, 438. 



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348 

Oian)iano (Ociaviano) Augusto. — Los romanos, según se sabe, 
tenían abierto el templo de Jano en tiempo de guerra» y 
sólo le cerraban en el de completa paz. Desde el reinado de 
Numa, que lo erigió, hasta la época de los emperadores, 
sólo se cerró en dos ocasiones, como cuenta Tito Livio (Li- 
bro I, cap. 19): el emperador Octaviano Augusto lo cerró 
tres veces: aquí se cita un pasaje de Suetonio (En su Vida, 
cap. 22). De aquí vino la expresión proverbial de /azocto- 
viana, con que se denota una paz profunda y universal. III, 
337. — Véase Jano (El templo de). 

Ote. — Como terminación. «Don Quijo^ de la Mancha». Qui-. 
jote es la parte de la armadura que cubría el muslo, y pudo 
venir del francés ctdsse. Cervantes escogió con oportunidad 
el nombre de su protagonista entre los de las piezas pro- 
pias de la profesión caballeresca; y entre éstos, dio la pre- 

' ferencia al de la terminación en ote, que en castellano se 
aplica ordinariamente á cosas ridiculas y despreciables, 
como libróte y monigote , mazacote. I, 19. Sancho, hablando 
de Montesinos, le llamó «el vejóte». IV, 441 (t). 

Otero. — Collado, eminencia desde donde se otea ó descubre 
el camino: se opone á «vega ó valle». Otear dicen que viene 
del griego. Registrar desde los lugares altos y elevados so- 
bre las tierras, lo que está debajo. (Academia.) I, 23 1. 

Otomana (La casa). — La fundó Otmán, que reinó en el Asia 
Menor entrando el siglo xiv, y había empezado, según se 
cree vulgarmente, por ser pastor y bandolero. — Iguales 
principios, poco más ó menos, se atribuyen al famoso Ta- 
merlán, y los tuvo ciertamente, aunque con menos fortu- 
na, Viriato. En tiempos menos distantes del nuestro, los 
Médicis empezaron por sacapotras, siguieron por mercade- 
res y acabaron por soberanos. IV, 11 1. — Véanse Perso^ 
fuis de nota, de humilde origen y Porquerizos. 

Otro. — Como nombre neutro. — -«Si bien otro no ve que cielo 
y tierra». La palabra otro del texto equivale á *oira cosa». 



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349 
y es un verdadero nombre del género neutro. No falta quien 
niegue la existencia de este tercer género en castellano; pero 
no hay razón para ello. — Larga Nota sobre esto: III, i5- 
t8. — «Uno pensaba Don Quijote, y otro el de los Espejos». 
— Otros dos ejemplos citados. — Sin salir del presente capí- 
tulo i5, segunda parte, encontramos otro nombre neutro, 
cuando decía Tomé; «por cierto, señor Sansón Carrasco, 
que tenemos nuestro merecido*. (IV, 268,) Este merecido 
es un sustantivo neutro, sin que haya arbitrio para califí- 
carlo de otro modo. IV, 265, 266. 

Otro gallo te cantara, — Sancho, refiriéndose á Altisidora, dijo: 
«Mandóte, pobre doncella, mandóte, digo, mala ventura, 
pues las has habido con un alma de esparto y un corazón 
de encina: á fe que si las hubieras conmigo, que otro gallo 
te cantara*. Expresión proverbial equivalente á «otra ó me- 
jor fuera tu suerte», por tomarse siempre en buena parte.* 
VI, 406. 

Otro que tal. — «Yo y maese Nicolás (dijo el cura á Don Qui- 
jote) íbamos á Sevilla á cobrar ciertos dineros que un pa- 
riente mío, que ha muchos años que pasó á Indias, me 
había enviado, y no tan pocos que no pasen de sesenta mil 
pesos ensayados, que es otro que tah; etc. — Locución con 
que se explica la semejanza de alguna cosa. Hoy sólo tie- 
ne uso en el estilo familiar. (Academia.) II, 448 (t). 

Oudín (César). — En la reimpresión que hizo de la Silva, de 
Medrano, en París el año de 1608, se halla la novela de 
El curioso impertinente en los mismos términos que en el 
Quijote. Se conoce que Oudín, habiendo leído la novela de 
Cervantes en alguna de las cinco ediciones que en 1608 
iban hechas ya del Quijote, quiso enriquecer con ella y dar 
mayor estimación á la Silva, de Medrano. No ha faltado 
quien diga que esta novela fué plagio de Cervantes, y que 
la tomó de la obra de Medrano. Ciertamente no convenía 
la tacha de pobreza de invención á Cervantes, á quien más 



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bien pudiera tacharse de sobras y redundancias en esta ma- 
teria. III, 89, 90. — [II, 119; III, 489, notas.] 

Oveja (Basilio no tiene más desia). — Referencia á la parábola 
que el profeta Natán dirigió á David sobre el caso de Urías 
(II, Sam. cap. 12, vers. 3); así como en lo que sigue de! pe- 
riodo, «que á los que Dios junta no podrá separar el hom- 
bre», se alude al fiquos Deus conjunxit homo non separet», 
del Evangelio (S. Matth., cap. 19, vers. 6). IV, 397. 

Ovejas (La aventura de los dos ejércitos de), II, 65, 82.' 

Ovidio (El destierro de). — «Hay poetas que á trueco de decir 
una malicia se pondrán á peligro que los destierren á las 
islas de Ponto». Desde luego ocurre que es alusión al des- 
tierro de Ovidio; pero Ovidio no fué desterrado á las islas, 
sino á las costas, del Ponto, ó Mar Negro; á Tomos, ciudad 
de la Mesia inferior, hoy Bulgaria, en la costa occidental 
del Ponto. Tampoco se puede decir que el destierro de 
Ovidio fué por decir malicias. IV, 289. — Véase Metamor- 
fosis. IV, 407. 

Oxte. — Interjección de quien arroja de sí lo que le incomoda y 
ofende. IV, 169; VI, 180. 

Pablo (San). — o Caballero andante por la vida, y santo á pie 
quedo por la muerte». Se llamaría caballero andante á San 
Pablo porque iba á caballo cuando su conversión, ó por sus 
muchos viajes. En cuanto á las antítesis de tandante» y 
«á pie quedo», y de tpor la vida» y «por la muerte», son 
pueriles y de mal gusto, porque no es exacto ni natural el 
contraste. VI, 161. — «Á quien (San Pablo) sirvieron de es- 
cuelas los cielos». Cuando fué arrebatado al tercer cielo, 
y vio cosas que el hombre no puede explicar. (II, Corin^ 
tíos, cap. 12, vers. 2, 3 y 4.) VI, 162. 

Paciencia y barajar. — Expresión proverbial con que se exhorta 
á la paciencia á los perdidosos en el juego de naipes, y en 

' general á los desgraciados. IV, 437; V, 6 (t). 



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Pactólo (Dorado). — Río de Lidia, que nacía en las inmedia- 
ciones de Sardis. Llámasele dorado , porque se creía que 
arrastraba arenas de oro desde que se lavó en él Midas, 
rey de Frigia, á quien, según la fábula, concedieron los 
dioses que cuanto tocase se convirtiese en aquel precioso 
metal. Otros ríos enumerados, que, según la común opi- 
nión, llevaban raeduras de oro. II, 76. 

Padilla (Pedro de). — Amigo de Cervantes. Su Tesoro de varias 
poesías. I, 147; V, 54.--[II, loi, etc.; III, 6, n.] 

Padr^ de la supuesta Dulcinea, II, 3og; V, 166, 167. — Véase 
Corchuelo (Lorenzo) y Aldonza Nogales, 

Padrones. — Son muchos los casos en que los libros caballe- 
rescos hacen mención de padrones y profecías escritas en 
caracteres de lenguas antiguas y exóticas. II, 461; V, 289, 
335. 

Paga (Bttena ó mala). — Buen ó mal pagador. VI, 409 (t). 
— Véase Buena paga. 

Pagan de Oria. — La suma liberalidad que usó con su herma- 

' no- III, 168. — Véase Doria (Juan Andrea), etc. 

Pagano. — Originariamente significaba «aldeano, morador de 
los pagos 6 poblaciones campestres». En el siglo iv se daba 
ya este nombre á los gentiles ó idólatras, por contraposi- 
ción á los cristianos, y después se extendió en general á 
todos los infieles. También se dio el nombre de paganos á 
los mahometanos. Los escritores latinos dijeron paganos, 

' por oposición á militares, lo que muestra el origen y eti- 
mología de nuestra voz actual paisano. 11, 66, 67, i5i (t). 

Pagar con las setenas. — Aquí y en el uso común es expresión 
metafórica tomada de lo judicial, y significa pagar super- 
abundantemente el perjuicio ú agravio que se hizo. I, 77; 
IV, 274. — Véase Setenas (Pagar con las). 

Pagar (So pena de) lo juzgado y sentenciado. — Fórmula foren- 
se de que usa aquí festiva y oportunamente el cura. IV, 8. 

Pájaros altaneros. — Eran aves de rapiña y alto vuelo que se 



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35-2 
adiestraban para la caza llamada también de altanería: ta- 
les son los halcones, azores; sacres, neblíes y gerifaltes. 
Aquí, siguiéndose la metáfora, iípdjaros altaneros» se toman 
por personas de alta jerarquía. IV, 402. 

Pala y azadón. — Son los instrumentos con que se abren las se- 
pulturas, y así, «el suceso de la pala y azadón» es la muer- 
te. «Si te pica el escorpión, coge lo. pala y azadón^ es reirán 
corriente en Castilla. En una fuente encantada que se des- 
cribe en la Historia, del caballero de la Cruz, había una es- 
tatua de la Muerte, «según la suelen pintar, todos los ner- 
vios y huesos del cuerpo abiertos y sin carne aJguna: en la 
una mano tenía un azadón y una pala; en la otra, una trom- 
peta la cual tenía puesta en la l)oca». V, 181. 

Palabras (En) articuladas. — Las palabras no podían menos 
de ser articuladas. Esto me parece ser nimiamente escru- 
puloso, pues lien palabras articuladas» es como si se dijera: 
«en palabras ciara y distintamente pronunciadas». VI, 283. 

Palabras (En dos). — Véase Palabras (En dos). 

Palabras estropeadas en boca rústica. — Como cris, adevituiba, 
estil, desoluto, denanies, por eclipse, adivinaba, estéril, abso- 
luto, antes. Nuestro autor, que al principip sobrecargó de 
esta clase de palabras el lenguaje del pastor Pedro, se des- 
cuidó á poco, olvidó el papel que éste había empezado á 
hacer, y le hizo hablar de un modo corriente y llano, como 
puede fácilmente observarse. I, 246. 

Palabras fácilmente formablc'^. -Buscada, palabra de las que 
se llaman «fácilmente formables», signiñca la «acción de 
buscar», en cuya acepción no es de uso común, como tam- 
poco lo es quedada, la «acción de quedarse», que se encuen- 
tra en otros lugares del Quijote y antes en la Calatea. El 
idioma castellano tiene la ventaja de poder emplear con 
más facilidad que otros esta clase de palabras, según la ne- 
cesidad de quien las forma; bien que en esto, como en todo, 
conviene tino y discreción para evitar el abuso que pudiera 



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353 
hacerse del privilegio. II, 427. — •Destripaterrones y pela- 
rruecasí^, y otros ejemplos. IV, 90. — La palabra encajador, 
de que se usa en el texto, es de las «fácilmente formables»: 
género de riqueza propio del idioma castellano, y fuente de 
una abundancia que no cabe en los límites y esfera de un 
diccionario. V, 115. 

Palabras que antiguamente fueron comunes al francés y al caste- 
llano. I, 238; IV, 56-58. — El idioma francés era el que se 
hablaba en la corte de los duques de- Borgoña, y Borgoña 
era el país clásico de la caballería europea. III, 467. — [I, 
352, n.; II, 21.] 

Palacios (Doña Catalina). — Mujer de Cervantes. En la Gala- 
tea, primera producción de Cervantes, impresa en el año de 
i584 y escrita durante el tiempo de sus obsequios á Doña 
Catalina Palacios, con quien casó después, él designó, al 
parecer, á ésta con el nombre de Galaica, como á sí mismo 
con el de Elido. 1, 149; II, 3i6. — El nombre de Talnica, en 
los Baños de Argel, que el esclavo de Uchalí da á su querida, 
es casi anagrama del de la mujer de Cervantes. III, 157. 

Palacios de Galiana. — Este nombre se da á las ruinas de un 
ediñcio romano de Toledo, que existen en la huerta llama- 
da del Rey, á la orilla del Tajo, bajando del puente de Al- 
cántara. Se decía •palacios de Galiana» como el verbigracia 
de las habitaciones magníficas y ostentosas. Nota larga 
sobre los amores de Carlomagno y la infanta Galiana, etc. 
VI, 123-125. 

Paladión (Del) de Troya, que los griegos presentaron d la diosa 
Palas. — Recuerda aquí Cervantes el pasaje del libro II de 
la Eneida sobre este suceso, que traduce así el Dr. Grego- 
rio Htméinátz de Velasco: 

üDespués que en guerra de tan largos años 
Los capitanes griegos se cansaron, 
Y los hados, cuidosos de sus daños, 

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354 
Del todo la espncmza ks quüaroft, 
Dando Palas industria á sus engaños, 
Un valiente caballo edificaron ^ 
De bulto de un gran mmite, cuyos lados . 
De fuerte abeto fueron fabricados. » 

V, 324. 

Palamenta. — «Les echó la palamenta encima». Es el conjun- 
to de remos de una embarcación, que, cayendo sobre el 
borde de otra, sirve de puente para pasar á ella. VI, 304. 

Paleta (De), — Modo adverbial. Lx> mismo que «oportunamen- 
te, de molde», etc. VI, i56. 

Paletas (En dos). — Modo adverbial familiar. Brevemente, en 
un instante. (Academia.) IV, 94; VI, 49, 243 (textos). •En 
dos palabras*. Pellicer corrigió ^dos paletas» , en vez de ^dos 
palabras}» y cita otros pasajes del Quijote (los susodichos), 
en que la expresión nen dos paletas» significa «brevemente 
y sin trabajo». Sin embargo, no me parece necesaria la 
corrección, y me inclino á que se debe conservar la lección 
fien dos palabras», como si dijéramos «en poco tiempo», 
cual es el que se necesita para pronunciar dos palabras. 
Así está usada la misma expresión en el cap. 21 de esta 
primera parte (II, 181), donde, describiendo Don Quijote 
los pasos por donde un caballero llega á ser rey, dice: «mué- 
rese el padre, hereda la infanta, queda rey el caballero en 
dos palabras». II, 25. 

Palinuro. — «Que cuantas (estrellas) vio Palinuro», t'ué el pi- 
loto mayor de la flota de Eneas. III, 270. 

Palmerín dé Ingalaierra 6 Amadís de Gaiüa, — «Sobre cuál ha- 
bía sido mejor caballero». Con razón se escogieron estos 
dos ejemplos entre la numerosa caterva de caballeros an- 
dantes, por ser sus libros de los más antiguos y que más 
se leían en España- I, 9. — «Sobre el Palmerín de Ingalate- 
rra y su verdadero autor. I, i25, 126, 128. — Véase /ng^o- 
laterra.—[l, 212, 2i3 y n.; III, 462.] 



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355 

PaUnerin de Oliva. — ^Libro de este famoso tíaballero, que por 
el mundo grandes hechos de armas hizo, sin saber cuyo 
hijo fuese. I, 124, i83, 265; V, 118. 

Palmilla de Cuenca. — «Una suerte de paño que particular- 
mente se labra en Cuenca; y la que es de color azul se es- 
tima en más sin embargo de que hay palmillas verdes». 

Así dice Covarrubias, que, siendo canónigo de Cuenca, de- 
bía saberlo. IV, 388. — t Vestidas todas á^ palmilla verde*. 
IV, 377 (t). 

Palmireno (Lorenzo). — t Come poco, y cena más poco». (Don 
Quijote á Sancho.) Lorenzo Palmireno, en su tratado Del 
modo de escribir cartas ^ dice: t Así me lo aconsejó el Doctor 
Solís en aquella su canción: Come poco y cena más, dturme 
enalto, yvivirdsw. El mismo Palmireno, en su colección 
de refranes, que imprimió en Valencia en iSSg, pone éste 
del modo referido, y de este otro: Come poco, cena niás, y 
dormirás. Este último es á favor de la mucha cena, é indi- 
ca el motivo, que es evitar la vigilia. V, 356, 357. — M. 
Ticknor, hablando de esta colección de unos doscientos 
refranes exclusivamente referentes á la mesa, á la salud y 
buena crianza, dice: «lo cual prueba cuan sentenciosa es la 
lengua que tantos aforismos populares encierra sobre un 
solo asunto». — [III, 2o3 y n.] 

Palmito (Como un). — «Yo os lo vestiré cofno un paUnito*. Así 
dijo Teresa á Sancho, hablando de su hijo. La compara- 
ción es significativa y oportunísima para quien haya visto 
un palmito, pero dificulto que lo hubiese visto Teresa: usa- 
ría de la comparación como proverbial,^ y como tal la cita 
Covarrubias en su Tesoro de la lengtuí castellana. IV, 98. 
Palonteque (Juan) el Zurdo. — El ventero que confirió la orden 
de caballería á Don Quijote en su venta. (I, 62.) II, 60 (t), 
304; III, 76. — Su célebre venta, teatro de muchos de los 
sucesos de la primera parte. IV, i83. 
Palomino (Acisclo Antonio). — Sus Vidas de^.pintores. En la.de 



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VélÁzquez de Silva trata de los moriscos expulsos. VI, ro3» 

— [III, 262, n.] 
Pan de trasirigo. — Véase Trastrigo (Pan de). 
Pan mal conocido. — Véase Mal conocido. 
Pan ( Un) por ciento. — «Y veréis como os vale un pan por den- 

toii. (Don Quijote á Sancho, aludiendo á la caza.) Hinard 

lo traduce: « Et vous verter cofHtne vous votis en irouverez bient . 

V, 202 (t). 
Pancaya. — «De Pancaya el bálsamo». Región de la Arabia 

Feliz, célebre por las aromas que produce, de quien cant6 

Virgilio en el libro II de las Geórgicas: 

« Totaque ihurí/ms Panchaia pinguis arenis*. 

Bowle cita el mismo verso, al que hubo de aludir Cervan- 
tes en este pasaje, si bien cambiando el «incienso» por el 
«bálsamo». Feijóo coloca esta región entre las fabulosas; 
mas Plinio la pone en Egipto, Mela en los Trogloditas, 
Servio en la Arabia Feliz, Diodoro Sículo la hace isla del 
Océano arábigo. Plinio dijo, ex fide aliorum, que Pancaya 
' era la patria del Fénix. Y Solino, hablando de esta ave, 
dice: «Ella apareja una hoguera hecha de cinamomo, y la 
compone junto á la tierra de Panchaya, en la ciudad del 
Sol, poniendo la leña sobre los altares». V, 283. 

Paftdafilando, de la Fosca Vista. — Un descomunal gigante, 
que había de pasar con gran poderío sobre el reino de la 
princesa Micomicona. II, 454. 

Paniaguados. — Es nombre que se daba á los dependientes de 
una casa ó familia que recibían del jefe de ella el alimen- 
to, figurado en sus dos partes más esenciales, que son el 
pan y el agua; y, por extensión, indica el «cliente, el que 
depende de otro». III, 535; IV, 226; VI, 358. 

Pantalia. — Parece ser el «cerote», del que dice Quevedo que 
reparaba los «desmayos del calzado». Pantalia parece voz 
italiana, ó quizá pertenece á la lengua franca del Medhe- 



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557 
rránto, que es el chapurrado 6 mezcla de todas lenguas, 
<le que se habló en la historia del cautivo (III, 2i3). Esto 
será lo mismo que «dar humo á los zapatos», como se dijo 
en el cap. 2.° de esta segunda parte (IV, 39), lo que se har 
«fCia para remediar ó disimular el mal estado del calzado 
que usaban en lo antiguo los hidalgos pobres. En el dia lo 
hacen pobres, y ricos, y aun más los ricos que los pobres, 
usando de betunes que dan lustre y hermosean el calza- 
do, y en cuya composición suele entrar también el humo 
ó polvos de zapatero. Sobre zapatos «encerados», véase la 
Nota al cap. 18 (IV, 324). V, 182. — Véanse Dar humo d los 
zapatos y Zapatos encerados. 
Panteón (El). — «Aquel famoso templo de la Rotunda», en 
Roma. Templo circular que Marco Agripa, yerno del em- 
perador Augusto, erigió y consagró en su tercer consulado 
á Júpiter Vengador y á todos los dioses, por lo que se le 
dio el nombre de Panteón, y es el monumento más hermo- 
so que se conserva de la antigua grandeza romana* En 
tiempo de Trajano fué herido de un rayo; Adriano, Septi- 
mio Severo y Aureliano lo hermosearon y repararon. Tie- 
ne doscientos palmos de elevación y otros tantos de diáme- 
tro, y recibe la luz por una claraboya que tiene en el cen- 
tro de la bóveda, de treinta y nueve palmos menos cuarto de 
diámetro. Bonifacio IV lo convirtió en iglesia á principios 
del siglo vn (afto 608), y Gregorio IV la dedicó á honor de 
todos los Santos el año de 83o. Es, como dice Cervantes, 
•el edificio que más entero ha quedado de los que alzó la 
gentilidad en Roma, y continúa siendo uno de los princi- 
pales ornamentos de aquella capital. Se puede subirá la cú- 
pula por una escalera de ciento noventa escalones, por don- 
de subirían el emperador y el caballero romano de que se 
hace mención en este pasaje, y que iba explicando al empe- 
rador los primores y sutilezas del edificio. Que subió el em- 
perador, lo ciwnta D. Prudencio de Sandoval en su Histo- 



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358 
ria al año de 1536» IV, 141, 142. — Véase Rotunda (La)^ 

Paño de Cuenca. — Se cita por ejemplo del basto y ordinario^ 
y el limiste de Segovia, por ejemplo del fino y delicado. V^ 
182. — Véase Linüsie de Segovia. 

Paños de tocay. — Según Covarrubias, en las danzas de espa- 
das se llevaban tocadores, que aquí se llaman paños de tocar, 
y serian al mjodo de los pañuelos que ahora suele llevar en 
la cabeza la gente del campo. IV, 377. — Véase Tocadores 
(Loé tres). 

Papahígo. — «Caminar con papahígos. Según el Diccionario 
de la lengua castellana, es cierto pedazo de paño ó tela, de 
que está hecha la montera, que, tirándole hacia abajo, cu- 
bre toda la cara y pescuezo, menos los ojos, del cual usan 
los que van de camino, para ir defendidos del aire y el frío. 
Covarrubias, copiado por Bowle, dice que •papahígo es una 
cemo mascarilla que cubre el rostro, de que usan los que 
van de camino, para defensa del aire y del frío» . £1 uso de 
los papahígos como disfraz 6 como abrigo, común á hom- 
bres y mujeres, estaba reservado á personas acomodadas y 
de distinción. VI, 39. 

Papar. — «Que se los papen duelos». Es, hablando familiar- 
emente, «tragar, engullir». Duelos son «aflicciones, pesa- 
dumbres, trabajos, calamidades». Que se los papen duelos: 
expresión de los que hacen poco caso de los males ajenos. 
II, 64. — Véase Duelos (Que se los papen). 

Papel. — Menciona aquí Don Quijote los diferentes modos de 
escribir que se usaron entre los antiguos. Véase la Nota que 
da la historia de estos modos. II, 3o6. 

Papilla (Dar). — «No piense vuestra merced danne papiüati 
como á niño inocente que se lo cree todo. II, 520. 

Para en uno.— m Ambos para en uno (Camacho y Quiteria)»: 
esto es, parejos, 6 de igual calidad, y, por tanto, á propósi- 
to para ser unidos. (Arríeta.) IV, 352 (t). — «Sólo losdoft 
somos para en uno*. (La pluma 4e Cide Hamete, y Don 



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359 
Quijote.)» Ser para en uno: locución con que expresamos 
que dos personas son muy conformes y parecidas en las cos- 
tumbres y modales, y que se convendrán fácilmente en cual- 
quiera especie. Se usa regularmente hablando de los casa- 
- mientos. (Academia.) VI, 465 (t). 

Para mí estaba guardada, — Verso tomado de un romance an- 
tiguo, del cual se citan cuatro versos al fin del Quijote (VI, 
464). III, 466; IV, 414; VI, 464, 465. — tíPara otro caba- 
llero debe de estar guardada esta aventura». Sobre esta es- 
pecie de destino trae Bowle varios pasajes de libros caba- 
llerescos» V, no, 3i5. 

Para mi santiguada, — Expresión familiar anticuada, fórmu- 
la de juramento que se repite en otros pasajes del Quijote. 
Santiguada es el acto de santiguarse, y para equivale á 
por; de suerte que «para mi santiguada» es lo mismo que 
«por la cruz con que m^ santiguo». I, lOi; II, 69. 

Para mis barbas. — Fórmula familiar de juramento, en que se 
atestigua con las barbas^ como objeto de estimación y apre- 
cio. Á las barbas, como distintivo del sexo varonil é indi- 
cio de su autoridad y de su fuerza, se daba ese carácter 
particular de importancia, de que participaban eminente- 
mente los bigotes, como parte superior de la barba: la mis- 
ma palabra bigotes, en el uso familiar, significa fortaleza. 
Quitar á otro las barbas, y aun sólo manoseárselas, se 
miraba como injuria grave. El rey de los amonitas las 
hizo cortar por afrenta á los embajadores de David, según 
se cuenta en el libro 2.° de Los Reyes (cap. 10, v. 4). II, 
69, 70; VI, 95. — Véase Barbas. 

Para, por. — El uso actual distingue ambas partículas, deno- 
tando •para» elfin ú objeto, y •por», la razón, causa ó mo- 
tivo. En ello ha ganado la claridad y la exactitud, y, por 
consiguiente, el idioma. En otro tiempo solían usarse pro- 
miscuamente estas partículas. I, 101; II, 69, 3i5; III, 
493; V, 325. — Véase Por, para. 



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36o 

Para que, porque. — tPorque Sancho también lo oyese*. Ejem- 
plo de la conjunción porque usada como final y no coitio 
causal; equivale á decir: •para qtCe Sancho también lo oye- 
se». En el cap. ii (I, 228), hablando Don Quijote con su 
escudero, le dirigía estas palabras: «porqm veas, Sancho, 

el bien que en sí encierra la andante caballería quifero 

que aquí á mi lado te sientes». Y en otra ocasión, in- 
sistiendo jSancho en que eran manadas de carneros lo cpie 
su amo creía ser ejércitos, le decía éste: «haz una cosa, 

SdíTicho, porque te desengañes; sube en tu asno», etc «y 

verás como se vuelven en su ser primero». (II, 86.) Este 
uso promiscuo del «porquev fué común entre nuestros anti- 
guos escritores; en el día no lo es tanto. Cuando la con- 
junción es final, el verbo siempre va en subjuntivo; y esta 
regla puede servir para discernir á cuál de las dos clases 
pertenece en cualquier caso. II, 284. — Una anécdota me 
ocuiTe que ilustra claramente esta distinción. En una oca- 
sión un caballero español hizo una apuesta con otro, que 
diría á la reina, en plena corte, que era coja. Trajo dos 
ramilletes de flores, y, arrodillándose delante de ella, dijo, 
presentándoselos: «He traído á Vuestra Majestad estos dos 
ramilletes de flores porque Vuestra Majestad escoja; esto 
es, para que Vuestra Majestad escoja, ó porque Vuestra Ma- 
jestad es ccy'a». nVío hay para quén es lo mismo que «no hay 
por qué*; como si dijera: «no hay motivo para ello». Esta 
equivalencia, en muchas ocasiones se ha advertido ya an- 
teriormente. (I, loi; II, 69, 315; III, 493.) V, 325. — 
Véase Para, por. 

Parado (Lo más bien). — Lo más saneado, lo más florido. Es 
voz curial muy fi-ecuente en los testamentos y el foro. Hi- 
nard lo traduce •le meiüeur gitei». VI, 112. ' 

Parecer. — «Las exhalaciones secas de la tierra, que parecen á 
nuestra vista estrellas que corren t: meteoro frecuente. El 
verbo ¿astellano aparecer 9 tiene cuatro acepciones: 1/ 



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36x 
• Hacerse juicio» , y entonces suele tener forma impersonal, 
porque el sujeto es, no un hombre, sino una frase; como 
en el cap. 41 de esta segunda parte (V, 325): •Parecióle 
: á Don Quijote que cualquiera cosa que replicase acerca 
<le su seguridad, seria poner en detrimento su valentía», 
a.* «Presentarse á la vista»; como en el cap. 20, primera 
parte (II, 120): «Hace la noche tan escura, que no parece 
ea todo el cielo estrella alguna». 3.*^ «Encontrarse lo per- 
dido»; como en el cap. 3.*^, segunda parte (IV, 69): «Se le 
hurtaron (hablase' del rucio), y de allí á poco le vemos á 
caballo sobre el mismo jumento, sin haber parecido i» . Y 4.* 
«Ser semejante»; como en la segunda parte, cap. 14 (IV, 
263): «Aunque parecéis el bachiller Sansón Carrasco, no lo 
sois, sino otro que le parece». Á esta última pertenece el 
•parecer* del texto. V, 208, 209. 
Pared (Y) en medio de mi misma casa. — Expresión estropeada 
, aparentemente por el impresor, que hubo de alterar alguna 
palabra y omitir otras. Lo que se quiso decir, y lo que di- 
ría Cervantes en su manuscrito, fué que Sancho había vis- 
to muchas veces la cara de Tomé Cecial en su pueblo, 
como que Tomé vivía pared por medio de la casa de San- 
cho. IV, 271. Pared en medio: expresión con que se explica 
la inmediación ó contigüidad de una casa ó habitación res- 
pecto de otra que sólo las divide una pared. (Academia.) 
Paredes (Diego García de). — Nació en Trujillo el año de 1469, 
y murió en Bolonia el año de i533. Valentísimo soldado, 
y de grandes fuerzas naturales. Los antiguos griegos solían 
atribuir á Hércules todos los hechos hazañosos cuyo autor 
no se conocía con certidumbre. Á este modo, entre los es* 
pañoles modernos ha sido usanza común atribuir los dichos 
ingeniosos á D. Francisco de Quevedo y los hechos de 
fuerza á Diego (jarcia de Paredes, á quien alguna vez se 
apellidó el Sansón de Extremadurc^. Breve suma de su vida y 
hechos, escrita por él mismo poco antes de su muerte. II, 



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362 
5i2-5i5; III, 444, 499; V, 68. — En la Armería Real de 
Madrid muestran una espada que dicen fué de Diego Gar- 
cía de Paredes, con el lema de ^Opéribus crédiU». Pero no 
lo encuentro en el libro antiguo del cargo que se hacia al 
armero mayor, cuyas noticias llegan al año de 1708. V, 41. 
— Véase Opéribus crédite. — D. Tomás Tamayo de Vainas 
escribió la vida de Diego García de Paredes y la publicó en 
Madrid el año de 1621. II, 5i5. — Véase Vargas (D. To- 
más Tamayo de). — [III, i3i, n. Ed. de 1872.] 

Pares y nones. — Véase Nones» 

París (La universidad de). — f Como sí fuera graduado por la 
imiversidad de París^. No es impropia de este lugar la men- 
ción de ésta, porque en aquellos tiempos fué muy frecuen- 
tada de los españoles. II, 90; IV, 340. — Véase Bolonia y 
Salamanca (Universidades de). 

Paróse Sancho Panza á rascar la cabeza. — Otra pintura muy 
feliz de la situación, figura y gesticulaciones de Sancho, 
queriendo y no pudiendo acordarse de Ja carta de su amo 
para Dulcinea. No parece sino que se le está viendo. II, 
345. 

ParrasiOy Timantes, Apeles, Lisipo. — Célebres artistas griegos; 
los tres primeros, pintores, y escultor el último. Plinio 
cuenta que Alejandro Magno prohibió que nadie le retrata- 
se en tabla sino Apeles, ni en bronce sino Lisipo. V, 157. 

Participantes se llamaban los que comunican con personas 
descomulgadas. II, 93, 94 (t). 

Participios. — Véase Verbales (Nombres) y participios. 

Partículas. — Hay en la lengua castellana partículas que sólo 
se usan en composición con otras palabras; como in, para 
significar negación, como indocto; pre, anticipación, como 
precedente; des, privación, como deshacer, y finalmente re, 
que ordinariamente indica duplicación, como en repetir. El 
mismo oficio hace en el mremiente^ del texto; sólo que en 
esta ocasión se emplea en una voz de las que Uamahios tfá* 



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3^3 
cflmente formables», propiedad de nuestro idioma, que pro* 
doce una singular riqueza, señaladamente en el estilo fa- 
mSiar; en él suele emplearse con frecuencia no sólo la par- 
tícula re, sino las demás de que hablamos, á las que pudie- 
ra llamarse clínicas. Por una de aquellas inconsecuencias 
que en esta niateria suele admitir el uso, la partícula re, que 
comunmente aumenta y duplica, disminuye y atenúa otras 
veces, como sucede en redolor, resentirse y otros. III, 3i2, 
5io. — La partícula mconw tiene la propiedad de templar 
la fuerza de los nombres á que se agrega, convirtiéndoíos 
en semejanies i, según se muestra por el ejemplo del texto, 
•como clérigos ó como estudiantes». Cuando es verbo lapa- 
labra á que se une la partícula com^, se añade á ésta la par- 
tícula que, y se dice: *cofno que adivino que ha de suceder 
esto 6 lo otro». Otras partículas tenemos en castellano que 
tienen en el discurso oficios semejantes. Á la manera que 
•como* asemeja, «rasú atenúa, «mis 91^» aumenta: el lec- 
tor puede fácilmente poner ejemplos. Hay otras partículas 
que se incorporan en las mismas palabras que modifican, 
alterando su significación: recien, como reciennacido; medio, 
como mediomuerto; entre, como entrever. A veces son partí- 
culas meramente enclíticas, que no se usan solas, sino pre- 
cisamente en composición, y producen los muchos matices 
y gradaciones que admiten las palabras. Re duplica la signi- 
ficación, como repregunta; in, la destruye, como invencible; 
des priva, como deshecho; semi la parte por la mitad, como 
semidiós; a convierte el hecho en estado, como aterrar, atro- 
nar, acumular, aflojar; pro indica antelación, como proge- 
nitor, pronóstico, pvonc*mbre, procónsul, progenie, prólogo, 
prosapia, y pre, anticipación, como prematuro, predicción. Y 
de aquí procede un manantial abundantísimo de palabras, 
unas, de uso corriente, y otras, que llamamos «fácilmente 
formables», que multiplican sin término las significaciones 
primitivas, especialmente en el estilo familiar. IV, 349, 



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35a. — «Alias de la condesa Trifalái». Sobra el de^ que in-^ 
tetrumpe y descompone el sentido: observación que mani- 
fiesta lo delicado que suele ser el uso de las partículas^ y el 
grande influjo de éstas en el lenguaje. V, 289* 

Partida.— En el juego, el número de tantos 6 suertes con que 
se gana, y también lo que se atraviesa. (Academia.) VI, 
4i5. 

Partido (Destas que llaman del). — Este nombre dio ya á las 
mujeres públicas el arcipreste de Talavera Alfonso Martí- 
nez de Toledo, capellán del rey D. Juan el II, en un libro 
que escribió contra los engaños de las malas mujeres. Con 
el mismo dictado a del partido» se denotan estas escorias de 
la sociedad en muchos documentos antiguos castellanos. I, 
29, 3o. — Las dos de la venta, á quienes Don Quijote F0g6 
que se llamasen Doña Tolosa y Doña Molinera. I, 64, 
65 (t). 

Partir el camino. — tY partiendo los dos el camino» (Don 
Quijote y el de los Espejos). — Frase. Elegir un paraje me- 
dio donde puedan concurrir dos á tratar alguna cosa con 
conveniencia de entrambos. (Academia.) IV, 252 (t). 

Partir el sol. — •Partióles el maestro de las ceremonias el sol». 
Es poner y colocar á los dos combatientes de modo que á 
ninguno de ellos le dé de frente; y era costumbre hacerlo 
en los duelos ó desafíos, para igualar la condición de am- 
bos, lo mismo que examinar el campo porque no hubiese 
en él engaño ni tropiezo encubierto, con las demás ceremo- 
nias que aquí se describen y de que hay ejemplos frecuen- 
tes, no sólo en los libros de caballerías, sino también en las 
crónicas ó historias de la Edad Media. VI, 141. 

Parto derecho (Ese escrúpulo viene con). — Así dijo Sancho ala 
Duquesa. Esto es, que ocurre oportuna y fundadamente. 
(Arrieta.) Venir el parto derecho: frase metafórica. Suceder 
alguna cosa favorablemente ó como se deseaba. (Academia.) 
V, 180 (t). 



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3^5 

Pasaban (Se le) las noches leyendo de claro en claro, y los días, de 
turbio en turbio. I, lo (t). — Véase Turbio (De) en turbio. 

Pasagonzalo.^ — Familiar. Pequeño golpe dado con presteza. 
(Academia.) tTemiendo (Sancho) que con sólo yin pasagon- 
zalo con aqueUas narices en las suyas, sería acabada la pen- 
dencia suya». IV, 253 (t). — Pellicer dice: «Es un juego 
que consiste en dar un papirote en la nariz, poniendo el 
dedo de en medio debajo del pulgar. Este golpe, que se daba 
y da con el dedo, temía Sancho que se le diese Cecial con 
sus fieras y' postizas narices. La voz pasagonzalo parece se 
compone de verbo y nombre; esto es: pasa, Gonzalo; pala- 
bras que se dirían al descargar el papirotazo • . (Nota de Pe- 
llicer.) 

Pasamonte es mi alcurnia. — Quiere decir que Pasamente es el 
apellido de su familia. Así como hay nombres poéticos, 
también los hay caballerescos. Pasamonte es nombre de un 
gigante en Pulci, y equivale también al del rey Perceforest, 
uno de los héroes de la primitiva caballería andante de la 
Tabla Redonda. Uno de los que firmaron la relación topo- 
gráfica de Tembleque en la Mancha, dada de orden de Fe- 
lipe II el año de 1675, y que, por consiguiente, sería per- 
sona notable en aquel pueblo, se llamaba Alonso Sánchez 
de Pasamonte. Hago esta observación porque, como yo sos- 
pecho que nada huelga en el Quijote y que éste contiene 
firecuentemente alusiones á sucesos del tiempo y de la vida 
de su autor, no sería extraño que hubiese dado margen á la 
pintura de Ginés algima de las aventuras, ó, por mejor de- 
cir, desventuras, de Cervantes en la Mancha. II, 206, 207. 

Pasamonte (Ginés de). — El galeote. II, 206, 209, 214 (t), 
465, 473 (t), 478 (t). — t Porque se lo debo (á Don Quijo- 
te)»: expresión que era ininteligible á los circunstantes; pe- 
ro será clara para el lector luego que sepa, como sabrá des- 
pués (V, 67), que maese Pedro era aquel Ginés de Pasa- 
monte á quien Don Quijote dio libertad en la primera par- 



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366 
te de la fábula (II, 214), y el que hurtó á Sancho el rucio 
(II, 228; IV, 70). V, 33. — «Á quien el comisario llamaba 
Ginesillo de Parapilla». II, 206 (t); V, 67. — «Y á quien 
Don Quijote llamó D. Ginesillo de Paropillo» (II, 218). 
V, 68. — Don Quijote «malparado por los mismos á quien 
tanto bien había hecho». II, 222 (t). — Véanse Brúñelo y 
Maese Pedro, 
Pasar. — El verbo pasar tiene diferente significación, según 
que es de estado ó activo. En el primer caso, significa unas 
veces «suceder», como «pasan cosas increíbles»; otras, 
«dejar de ser», como «el tiempo y la vida pasann. En el 
segundo caso, /asfr equivale á «padecer», conforme á ^u 
origen latino, y así, se dice: «pasar pobreza ó pasar doto- 
res»: otras veces vale «tener», como sucede al fin del ca- 
pítulo 2.^ (IV, 44), donde se dice que Don Quijote, el ba- 
chiller y Sancho «pasaron un graciosísimo coloquio». Y 
después, en el cap. 10 de esta segunda parte, describiéndo- 
se la deliberación que tuvo Sancho consigo mismo sobre 
entrar ó no entrar en el Toboso, se dice: «Este soliloquio 
pasó consigo Sancho». (IV, 169.) Ninguna de las prece- 
dentes acepciones corresponde al verbo pasar, en el epígra- 
fe del presente cap. 7.°: aquí es activo y significa «tratar, 
conferenciar, hablar» sobre algo, y no me acuerdo de ha- 
berlo visto usado así en ninguna otra parte. IV, ii5. — En 
los siguientes pasajes, este verbo parece tener la misma 
significación: «En tanto que las damas del castillo esto 
pasaban con Don Quijote», III, 36i (t); «De lo que el cura 
y el barbero pasaron con Don Quijote cerca de su enferme- 
dad», IV, I (epígrafe del cap. i.*^, y «Por contarlo que 
el caballero del Bosque pasó con el de la Triste Figura», 
IV, 233 (t), al fin del cap. i3. — Ejemplos de este veri>o 
en el sentido de «tener»: I, 162; IV, 40, 44, 169, 3aa, 
376 (t); V, 54; en el de «tratar, hablar»: III, 36i (t); 
IV, I, ii5 (epígrafes), 233 (t); en el de «suceder»: UI, 



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3^7 
359 i^)y ^V, 45 (epígrafe, cap. 3.^. — $iPasar en Berbería». 
VI, 3i8. 334 (textos). 

Pasar de repente i hablar en primera persona quien estaba ha- 
blando en tercera, sin que el autor lo prevenga. — Esto sucede 
con Sancho cuando dice: «Pero con todo eso, yo me esfor- 
zaré» . Modo elegante, usado alguna otra vez en el Quijote^ 
y que, sin perjudicar á la claridad, varía la contextura de 
los diálogos, y los bace más rápidos y animados. II, 122. 
En algún otro lugar del Quijote (II, 122) se ha notado que 
el sujeto de quien se habla en relación ó tercera persona, 
suele pasar de repente á hablar en primera ó en recto, lo 
cual se hace con elegancia, especialmente cuando se razo- 
na con calor é interés. Aquí sucede al contrarío. Don Qui- 
jote estaba hablando en primera persona. «Sí doy, decía 

cuanto más que el que está encantado como yo, no tiene 
libertad para hacer», etc.; y de pronto, sin intermedio al- 
guno, continúa en tercera persona: «y que, pues esto era 
así, bien podían soltarle i. Hubiera convenido en el pre- 
sente caso poner algo que indicase el tránsito; verbigracia: 
«y añadió que, pues esto era así, bien podían soltarle». 
III, 427. 

Pasar en blanco. — «No fuera yo tan sandio caballero que de- 
jara pasar en blanco la venturosa ocasión», etc. — Omitirla, 
(Academia.) II, 36 (t). 

Pasarlo en flores^ ó irse todo en flores, dice Covarrubias, es no 
haber cosa de sustancia. (Arrieta.) «Y los demás días se 
los pasaban en flores i». Flores , cosas fútiles, de poca sustan- 
cia y provecho, por oposición á frutos. Moteja ingeniosa- 
mente Cervantes, con estas ponderaciones de Don Quijote, 
lo que cualquier lector habrá notado en los libros caballe- 
rescos, á saber: que sus autores se olvidaron frecuente- 
mente de que sus héroes eran hombres como los demás, 
sin que se vea cómo pudieron, andando solos y por despo- 
blados, satisfacer la necesidad diaria é inexcusable del ali- 



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368 
mentó. Más veces hablan de la yerba que pacían los caba- 
llos, que del pan que comían los jinetes. I, 225. — Véase 
Flores (En). 

Pasarse al reino de Aragón^ donde era más fácil sustraerse de 
las manos de la justicia. V, 68. 

Pasicorto. — El que tiene el paso corto. Pisacorio, palabra mal 
formada y sin sentido. II, 242. 

Pasmóse de arriba abajo. — •Pasmarse* se refiere al • estupor» 
que produce la repentina presencia de un objeto inespera- 
do; no al miedo que inspira. Se pasma el que se admira y 
suspende; pero esto es distinto del miedo. Lejos de conce- 
birlo Don Quijote á vista de los batanes, perdiera el que 
pudieron antes infundirle, y que de hecho infundieron á 
Sancho. II, 137. 

Paso (Y) ante paso se fueron entrando. — Se dice igualmente 
bien •paso ante paso* y *paso tras paso*» Cuando se anda, 
un paso sigue á otro, y es •paso iras paso*; pero, caminán- 
dose hacia adelante, es •paso ante paso*. Respecto del lu- 
gar es •paso ante paso*, y respecto del tiempo, •paso tras 
paso*. Yendo hacia atrás, podría decirse •paso tras paso*, y 
no •paso ante paso*. IV, 3y3, 3oo (t). — •Paso ante paso* in- 
dica que se va adelante; •paso tras paso*, que se continúa 
andando. VI, 25. 

Paso (El buen), — •Paso* no es aquí lo que significa ordinaria- 
mente; el «buen /aso» es «la buena vida, la vida muelle y 
regalada, el pasarlo bien*. I, 258. 

Paso (El) honroso de Suero de Quiñones. — Éste fué un caba- 
llero leonés, hijo de Diego Hernández de Quiñones, meri- 
no mayor de Asturias, que el año de 1434 celebró junto á 
la puente del río Orbigo, á tres leguas de Astorga, unas 
solemnísimas justas que duraron treinta días. £1 Libro del 
Paso honroso es un monumento notable de la mezcla de va- 
lor, devoción y galantería de los caballeros de aquel tiem- 
po. En la Armería Real se muestra la espada de Suero de 



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3^9 
Quiñones. I, i5y, 276; II, 172; III, 149, 460, 461, 463- 
467; V, 428; VI, i36, 141, 182, 218, 359. — Véase Qui' 
ñones (Suero de). — [I, 174-175, n., 224, n.] 

Paso, pasito. — «No lo dijo tan/>aso». Paso: adverbio que signifi- 
ca lo mismo que «en voz baja». Úsase también en diminu- 
tivo, como se hizo en la primera parte (II, 435): «Se llegó 
Sancho Panza al oído de su señor, y muy pasito le dijo». 
Otras veces «paso» y íí pasito» significan «lentamente, poco á 
poco>, como cuando el Duque decía á Don Quijote, que ala- 
baba la cortesía y la hermosura de la Duquesa: n Pasito, mi 

señor t)on Quijote que adonde está Dulcinea 

no es razón que se alaben otras fermosuras». (V, 122.) VI, 
247. 

Pasta (De buena), — De índole apacible, de genio blando ó pa- 
cífico. (Academia.) VI, 67 (t). 

Pastor de Fílida, de Montalvo. — Otra de las composiciones 
que produjo en España la imitación del Arcadia de Saná- 
zaro. Imprimióse la primera vez en Madrid el año de i582, 
con este título: «£/ Pastor de Fílida, compuesto por Luis 
Gálvez de Montalvo, gentilhombre cortesano», título á 
que aludió sin duda el cura cuando dijo: «no es ese pastor 
sino muy discreto cortesano». (I, 146.) I, 142, 146; Til, 
i5, 49; V, 280; VI, 356. — Véase Montalvo (Gálvez de). — 
[III, 86, 87.] 

Pastor de Iberia. — Compuesto por Bernardo de la Vega, gen- 
tilhombre andaluz, y dirigido al duque de Osuna. Sevi- 
lla, 1591. — Bien hizo el cura en entregarlo al brazo seglar 
del ama. I, 144. — Véase Bernardo de la Vega. — [III, 89.] 

Pastor enamorado (La aventura del). — Nada se dice en el dis- 
curso de este episodio, de donde pueda deducirse que fuesen 
pastores ni Camacho ni Basilio, ni ninguno de los que tu- 
vieron parte en los sucesos, sino más bien todo lo contra- 
rio. Basilio vivía en el pueblo, pared por medio de los pa- 
dres de Quiteria; Camacho y sus amigos, así como tam- 

24 



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370 
bien los de Basilio, creyéndose buriados, sacan las espa- 
das, se hacen comparaciones entre los linajes de los no- 
vios; circunstancias todas ajenas de pastores. Es verdad 
que se llama alguna vez zagal á Basilio (IV, 354); pero es 
nombre que alude á la edad y no á la profesión, como se 
ve por la relación. IV, 349. 

Pastor (El) Pido. — De Guarini, traducido por el Doctor Cris- 
tóbal de Figueroa. Otra traducción, por Doña Isabel Co- 
rrea. Tres ingenios, como Calderón, Solis y Cuello, se re- 
unieron para escribir la comedia del Pastor Fido, en que se 
imitó la fábula del Guarini, y aun el mismo Calderón la 
alegorizó á lo divino en su auto sacramental de este título. 
La traducción del Aminta de Tasso por Jáuregui, y la del 
Pastor Fido por Figueroa, comparadas. VI, 289-291. — [III, 
90 y n.] 

Pastor por andar. — «Caballero andante, ó pastor por andar»; 
contraposición que recuerda esta otra del cap. 3o (V, 124): 
«tal caballero andante y tal escudero andado». Andado: lo 
usado ó algo gastado: dícese de las ropas ó vestidos. (Aca- 
demia.) VI, 445. — Pastor por andar: pastor que está para 
andar. 

Pastoras (Nombres fingidos de). — Véase Nombres supuestos con 
que cantaron los poetas á sus damas. 

Pastorcillo, tú que vienes; pastarcico, tú que vas. — La sobrina dijo 
á Don Quijote: «¿qué es esto, señor tío? Ahora que pensá- 
bamos nosotras que vuesa merced volvía á reducirse en su 
casa, y pasar en ella una vida quieta y honrada, se quiere 
meter en nuevos laberintos, haciéndose ^as/orci7/o tú que vie- 
nes, pastorcico tú que vas; pues en verdad que está ya duro 
el alcacer para zamponas». ^Pastorcico, tuque vienes» ésun 
verso con que comienza una de las Rimas sacras de Fran- 
cisco de Ocaña, y parece que lo cita la sobrina para mani- 
festar su desprecio del proyecto nuevo é insensato de su tío. 
Vuelve la sobrina al tema que ya indicó en la primera par- 



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371 
te (I, iSg),* durante el escrutinio de los libros de su tío, ma- 
nifestando recelos de que éste sustituyese á la manía caba- 
lleresca la pastoril. Allí hay Nota sobre este pasaje. — Ya 
cstd duro el alcacer para zamponas: refrán que se aplica á las 
personas que han dejado pasar la edad á propósito para 
aprender alguna cosa. Alcacer es la cebada verde, de cuyas 
cañas, cuando están tiernas, suelen hacer los muchachos 
unas flautillas que ellos llaman tpipas» ó «pipitañas», y el 
refrán «zamponas». VI, 443. — En una Nota anterior, di- 
ce Clemencín: Estas obras (pastorales) se habían publica- 
do antes que el Quijote, y aun el gusto por su lectura era 
tan general y estaba tan extendido, que puede creerse que 
Cervantes se propuso también satirizar en el Quijote la afi- 
ción desmedida al género pastoril, que había sucedido al ca- 
balleresco. En Don Quijote ftié natural esta transición de 
una locura á otra: transición que ya había indicado la sobri- 
na de nuestro caballero durante el escrutinio de la librería 
de su tío (I, 139), quien tenía además algún ejemplo que 
imitar en sus libros, como el de D. Florisel de Niquea, que 
se hizo pastor, según se lee en Amadís de Grecia. VI, 355. 

Pata ó Bata, — Agi Morato había sido alcaide ó gobernador 
de Pata, que así llamaban los cristianos á la fortaleza de 
Bata, situada á dos leguas de Oran, y mirada como impor- 
tante. III, 191. 

Patenas. — Son láminas de metal, ordinariamente con alguna 
imagen, que llevaban pendientes de la garganta las señoras 
en tiempos antiguos. IV, 388. 

Patrañas. — Ya se ha dicho en otra ocasión (II, I23), que se 
daba el nombre de patrañas á los cuentos ó novelas, cua- 
les son las que contiene el libro intitulado el Patrañuelo, de 
Juan de Timoneda, impreso el año de 1576. Y el arcipres- 
te de Talavera dijo en su Corbacho, escrito siglo y medio 
antes: tpara vicios y virtudes harto abastan ejemplos y plá- 
ticas, aunque parezcan consejuelas de viejas, patrañas é 



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372 
romances». Ahora, entre nosotros, patraña se toma en ma- 
la parte, por «ñcción disparatada y mal compuesta», y á 
los cuentos bien ordenados y de alguna extensión y artifi- 
cio, se da el nombre de novelas. II, 296, 296. — Véase Con- 
sejas y Novelas, 

Patronímicos y apellidos. — Varias Notas sobre éstos, con refe- 
rencia especialmente á los de mujeres: I, 21; V, 128^ 141, 
447; VI, 17, 24, III, — Apellidos patronímicos entre los 
mahometanos. III, I76.< — Ezno, terminación patronímica, 
significando el hijo pequeño del primitivo. V, 59. 

Paveses. — «Al momento le trujeron dos paveses^ . Paveses eran 
una especie de escudos largos que cubrían casi todo el cuer- 
po del que los llevaba. VI, 85. 

Pecador de mí. — Interjección de que usó en el cap. 5.* (I, 94) 
Pedro Alonso, el labrador vecino de Don Quijote, cuando 
le conducía á su casa molido de los palos que le dio el mozo 
de los mercaderes. Denota sentimientos de incomodidad é 
impaciencia en quien habla. I, 217. 

Pecador soy yo á Dios. — Especie de aseveración ó juramento 
mezclado con algo de impaciencia: «tan cierto como que 
soy pecador y he ofendido á Dios». Sancho vuelve á repe- 
tirlo, hablando con su amo, en el cap. 46 de esta primera 
parte (III, 841), y después, siendo gobernador, en la aven- 
tura del asalto de la ínsula, cap. 53 de la segimda (IV, 84)* 

II, 83. 

Pecho. — ^Nombre general de los tributos que pagan los subdi- 
tos; y de aquí •pecliar*, pagar contribuciones, palabra an- 
tiquísima, que se encuentra ya en nuestros libros primi- 
tivos, y •pecheros*, los que las pagan ó deben pagarlas; 
nombre que se daba á los del estado llano, por oposición á 
los «exentos», caballeros é hidalgos, que no las pagaban. 

III, 332. 

Pedir cotufas en el golfo. —Véase Cotufas, etc. 

Pedir (Á) de boca. — Frase familiar que significa lo mismo 



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373 
que «á medida de lo que se pide, según los deseos que se 
manifiestan con las palabras» . II, 461. — A qtU quieres boca: 
locución familiar. A pedir de boca, á medida del deseo. 
(Academia.) IV, 404 (t). 

Pedir peras al olmo. — Expresión proverbial castellana con que 
suele designarse un imposible, cual es que un olmo pro- 
duzca peras. Los latinos expresaron la misma idea con el 
aethiopem lavare, nodum in se ipso quaerere». II, 218; V, 
3o8; VI, 68 (t).— Véanse Pedir cotufas en el golf o y Cotu- 
fas en el golfo. 

Pedorreras. — Solían rellenarse las calzas (á la cuenta, para 
disimular la delgadez de quien las llevaba) con muchos 
forros y trapos, por lo cual las llamaban pedorreras. Am- 
brosio de Salazar, citado por Pellicer, habla de uno á quien, 
estando en visita con las calzas henchidas de salvado, se 
le vaciaron por un agujero que hizo un clavo de la silla, 
no sin risa de los circunstantes. VI, 38, 39 (t). 

Pedreñal. — Arcabuz pequeño ó pistolete que se dispara con 
pedernal. Desta arma usan los forajidos. (Covarrubias.) 
Otros arcabuces, de que usan los forajidos, se llaman pedre- 
ñales porque no encienden con mecha, sino con pedernal, 
de donde tomaron el nombre. (Covarrubias.) VI, 228. 

Pedro Alonso. — El labrador vecino de Don Quijote, que le 
conducía á su casa molido de los palos que le dio el mozo 
de los mercaderes. (I, 94.) I, 2x7. 

Pedro (Don) de Portugal. — «Las siete partidas del mundo, 
que anduvo el infante D. Pedro de Porlugah. IV, 460 (t). 
— M. Ticknor dice de él (Traducción de Gayangos): «Él in- 
fante D. Pedro, poeta de bastante nombradía, y que andu-» 
vo, según la vulgar tradición, las siete partidas del mun- 
do, le conoció (á Juan de Mena) en España, y á su vuelta 
á Lisboa le dirigió unos pocos versos, algo mejores por 
cierto que los que éste le envió en respuesta»; y añade en 
una nota: «este infante D. Pedro es, según creo, el mismo 



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374 
á quien alude Cervantes (Don Quijote, parte II, cap. 23)^ 
diciendo que anduvo las siete partidas, á pesar de que ni 
Pellicer ni.Clémencín aclaran la especie». — [I, 344 y n.] 

Pedro Recio (Doctor) de Agüero. — Médico insulano y gober- 
nadoresco, con el grado de doctor por la universidad de 
Osuna: natural de Tirteafuera. I, 8; V, 438 (t). — Este 
nombre de Pedro Recio ha quedado consagrado por el uso, 
para denotar un médico mandón é impertinente, como que- 
daron para otras cosas los del mismo Don Quijote y Roci- 
nante (y también puede añadirse á éstos el de Sancho Pan- 
za). Prueba de la gran popularidad é influjo de un libro, 
según la discreta observación de D. Vicente de los Ríos. 
V, 437. — % Pedro Recio de mal agüero* (véase su título «rf^ 
Agüero*. V, 437). Parodia graciosa y muy propia del es- 
tado de irritación y de cólera en que se hallaba Sancho. V, 
439. 

Pegaso. — Caballo con alas, que, según la fábula, nació de la 
sangre de Medusa, y, hallándose en el monte Helicón, hizo 
brotar de una coz la fuente llamada Hipocrene, ó fuente 
del Caballo. Montado en él, Perseo libertó á Andrómeda 
del monstruo que iba á devorarla. Belerofonte venció del 
mismo modo á la Quimera, y, queriendo subir al Olimpo, 
fué despeñado por Júpiter. El caballo, trasladado al cielo, 
fué convertido en la constelación que lleva su nombre. II, 
443,' V, 3o3. 

Pegujares ó pehujares. — Son porciones cortas de hacienda, 
cuales suelen ser las que labran los vecinos poco acomoda- 
dos de los lugares y aldeas, á quienes por esto se da el 
nombre áopehujareros. tPegujar* se dijo a peculio, y de aquí 
también ikpecidiar*. IV, 34. — «Quien en l'arenal siembra, 
non iúWdi pegujares*. II, 146. — [III, 201, n.] 

Peje ó Pez Nicolás. — Notable nadador. — Véase Nicolás (El 
peje) y Pesce Cola. 

Peladilla de arroyo. — Modo familiar de designar un «guijarro» : 



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375 
pocos renglones después, le llama «almendra». Con efecto, 
^peladillas* es el nombre que se da en las confiterías á las 
almendras lisas, bañadas de almidón y azúcar; y á los gui- 
jarros convienen las dos calidades de ser pelados y de arro^ 
yo. II, 84. 

Pelaje (Tan malj y catadura, — n^ Pelaje* se refiere al vestido 
y arreos; ^catadura*, á la persona, y señaladamente al ros- 
tro. III, 5ii. 

Pelarse alguno las barbas. — Frase metafórica. Manifestar con 
ademanes grande ira y enojo. (Academia.) IV, 20 (t). «Yo 
me pelaría las mías en tierra de moros». Muchos moros se 
dejan crecer las barbas, y dan por razón que rapar la bar- 
ba es de ganapanes y bellacos, y lo mismo dicen del que 
no trae turbante. (Haedo, Topografía de Argel.) La expre- 
sión, por consiguiente, era la más adecuada al caso, y la 
más enfática posible en boca de nuestro caballero. V, 299. 

Pelaza, por «quimera» 6 «riña». — Luis Vélez de Guevara, en 
su Diablo cojuelo, da este nombre áepelaza á la quimera que 
en una venta de Sierramorena hubo con una compañía de 
representantes y un alguacil que los conducía á la corte. 
Puede traer su origen de fipelar», como lo trae npelaniesa* , 
que significa riña en que los combatientes se mesan y arran- 
can el pelo: dícese con particularidad de la riña en que in- 
tervienen mujeres. II, 37. 

Peliagudo (Porque es manjar), — Peliagudo, por tener el pelo 
largo y delgado. Peliagudos se llaman también los nego- 
cios peligrosos en que es fácil errar, y con esta doble sig- 
nificación se juega en el texto. V, 435. 

Pelillos (Echar) d la mar. — Frase proverbial, propia de los 
que se reconcilian y ofrecen olvidar los motivos anterio- 
res de resentimiento, desapareciendo éstos asi como des- 
aparecerían los pelos que se arrojasen al mar. II, 480. 

Pelo (De) en pecho. — Una de las alabanzas ridiculas que hace 
Sancho de Dulcinea; y tanto más ridicula, cuanto se dice 



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376 
. de los hombres vellosos de pecho, lo que vulgarmente se 
tiene á señal de forzudo, y en una mujer sería feo y espan- 
toso. II, 3io. — «Estimándole (á Don Quijote) por hombre 
de valor y de pelo en pechos. IV, 399 (t). — Hombre de pelo 
en pccJw: el que es fuerte y osado. (Academia.) 

Pelón (Que no d unJ.-r-Pelón, terminación y forma de aumen- 
tativo con significación y fuerza de privativo. Pelón se lla- 
ma al que no tiene pelo; como rabón, al que no tiene rabo. 
Metafóricamente se llama pelón al que carece de dinero 6 
lo tiene muy escaso. V, 12. 

Pelota, — «Una demandada bala». tBalaíi empezó por ser voz 
de la germania, en la que significaba nípelota.áe hierro ó 
plomo i. De aquí pasó al uso común, abandonándose el 
nombre de pelota, que antes se daba á las de los cañones y 
arcabuces, como se lee en nuestros escritores del siglo xvi. 
III, 141. 

Pelota (En). — Quiere decir «únicamente con la ropa inte- 
rior», y no «en carnes», que es la significación que se le da 
comunmente. II, 222. — Véase Quedar en pelota. 

Pelota (Jugar á la), — Pelota: el juego que se hace con ella. 
(Academia.) La Academia también dice: Jugar á la pelo- 
ta: frase metafórica. Traer á alguno engañado con razones, 
haciéndole ir y venir inútilmente ó andar de una parte á 
otra sin efecto. VI, 398 (t). 

Peloteando otros libros, — Pelotear: verbo frecuentativo, y neu- 
tro, como lo son de ordinario los de esta clase. Jugar á la 
pelota por entretenimiento. Mas aquí se usa como activo. 
VI, 400. 

Pelra, -pov perla, que dice Sancho en la segunda parte (IV, 
389). II, 374* 

Pellicer (D, Juan Antonio), — Su edición del Quijote. I, xxxvi 
(Prólogo), 90; IV, 26, 97; V, 4i5. Á veces disñiitó más 
de lo justo el trabajo de Bowle sin nombrarle. I, xxxvi 
(Prólogo). 



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377 

Pena, culpa. — «Que de sa pena se me dé á mí la culpan. Fu- 
diera decirse también al revés: «que de su cidpa se me dé 
á mi Ib. pena*; y aun así estaría más natural y corriente 
la relación entre •culpa* y «pena*, porque entonces sig- 
nificarían «delito» y «castigo»; pero en el texto, según se 
halla, mpena* no significa «castigo», sino «aflicción ó pe- 
sadumbre», que es la otra acepción que tiene. I, 3o5. 

Pena (La) de azotes. — Hoy está abolido este género de cas- 
tigo en todos los establecimientos de educación. V, 229. 

Pena de la vida y pefta de muerte. — Se dice con igual signifi- 
cación. IV, 38o. 

Pena de relasos, — Relapsos se llamaba á los que después de 
castigados reincidían en delitos de que juzgaba el Santo 
Oficio: equivale á reincidentes, cuya pena es y debe ser ma- 
yor que la de los que delinquen por primera vez. II, 3o3. 

Penado (Con un) golpe llegó (Don Quijote) d la venta. — Adjeti- 
vo felizmente aplicado y que explica bien la fatiga que pro- 
ducen los esfuerzos de quien puede poco. Penado y penante 
se dice de las vasijas que dan con dificultad y poco á poco, 
con pefta, el líquido que contienen. 9 Penante húcRTO* llama 
por ironía Don Quijote en la segunda parte (V, 172) á un 
artesoncillo de agua de fregar. II, 5y. 

Péndola. — Voz anticuada, Tpor pluma, de donde se llamó />^w- 
dolista al escribiente: el uso ha conservado el derivado, y 
olvidado el primitivo, como ha sucedido también en otros 
casos. Empendolar, por emplumar, se encuentra en las poe- 
sías del arcipreste de Hita. II, 198. — Péñola y pénnola, por 
pluma. V, 292; VI, 464. 

Penélope. — «Por otra nueva y perseguida Penélope*. Ejemplo 
que se pone ordinariamente de mujeres fieles al tálamo. 
Penélope, mujer de Ulises, rey de Itaca, durante la larga 
ausencia de su marido, que había ido con los demás re- 
yes griegos á la guerra de Troya, resistió constantemente 
por espacio de muchos años á las importunas solicitacio- 



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378 
nes de los que la recuestaban, según cuenta Homero. Sin 
embargo, no ha faltado quien diga que esta reputación no 
fué merecida, y que Homero, elogiando á Penélope, an- 
duvo no menos injusto que Virgilio desacreditando á Dido. 
III, 6o, 6i. 

Penitencia (La) de Beltenebrós. — La de Amadis de Gaula en 
la Peña Pobre, que quiso Don Quijote imitar en Sierramo- 
rena. II, 273-275. — Otros caballeros que quisieron imitar- 
le en ella. II, 288, 289. — Véase Peña Pobre. 

Pensamiento (Tan sin) mío. — Esto es, «tan sin pensar en mít : 
acepción poco común de la palabra pensamiento. II, 382. — 
Ó tan ajenos de pensar en mí. (Pellicer.) 

Pemar tu jumento. — Pensar significa tdar piensos, ó de comer, 
á los animales, que es una de las acepciones del verbo pen- 
sar. IV, 370, 371 (t). 

Pentapolín Gar amanta (Al valeroso). — En la designación de 
este nombre pudo tener parte alguna reminiscencia de 
Cervantes, nacida de la lectura del Laberinto, del poeta cas- 
tellano Juan de Mena, en cuya copla 5o se encuentran los 
dos nombres de Pentapolín y de Garamanta. Poco antes 
llamó Don Quijote á Pentapolín emperador; al principio le 
había llamado rey; pero no debe buscarse consecuencia en 
personas como Don Quijote. II, 84. 

Peña de Francia, — Monte muy elevado y muy frío, siete le- 
guas de Ciudad- Rodrigo, en cuya cima cuentan que un 
francés llamado Simón Vela descubrió el año de 1434 una 
imagen de Nuestra Señora, en cuyo honor se edificó el 
mismo año una ermita, y tres después un convento de frai- 
les dominicos. Lope de Vega, en la Hermosura de Angelí- 
ca, dice: 

Véase luego el monte y la distattcia 
De los franceses nobles defendida ^ 
Que después se llamó Peña de Francia 
Por los muchos que alli costó la vida; 



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379 
La que es agora soberana estancia 
De vuestra imagen j Reina esclarecida , 
Llena de peregrinos y devotos^ 
Tablas, mortajas, cera, hierro y votos. 

El convento, y otro que edificaron por el frío, quedaron 
abandonados y desiertos en tiempo de la guerra de la In- 
dependencia, durante la cual la piedad de los fieles de la 
Alberca tuvo oculta la imagen, y, pasada la cual, ésta ha 
vuelto donde estaba, y á repoblarse los conventos como 
anteriormente. IV, 416, 417. 

Peña Pobre. — Según la descripción que se hace en la historia 
de Amadís de Gaula, la Peña Pobre era un islote á siete 
leguas de la costa en que se hallaba'la ínsula Firme. El re- 
tiro y penitencia de Amadís de Gaula, desdeñado de su se- 
ñora Oriana, y resuelto á pasar en la obscuridad y olvido del 
mundo el resto de sus días, es uno de los incidentes de ma- 
yor importancia en su historia. Véanse las largas Notas pa- 
ra los pormenores: II, 20, 273, 284; III, 114. — «De la Pe- 
ña Pobre9: asi llama el cura burlescamente al paraje de 
Sierramorena donde quiso Don Quijote remedar con su 
penitencia los sucesos de la Peña Pobre que se refieren en 
la historia de Amadís de Gaula. III, 114. — Véase Belte- 
nebros. 

Peña Rica. — Á pocas leguas dentro del mar, antes de llegar 
á las islas de Jersey y Guemesey, señalan las cartas el 
banco de la Peña Rica. II, 284. 

Peor es meneallo. —Refrán que se tomó del arroz, que, estan- 
do al fuego, se pega; y se aplica á cualquier materia, cuan- 
do por tratarla se empeora. II, i33; III, ¿72 (t); IV,' 
218; V, 262. 

Per sígnum crucis. — «Y dad gracias á Dios, Sancho, que ya 
que os santiguaron con un palo, no os hicieron el per síg- 
num crucis con un alfanje t. La alusión procede de ser el ros- 
tro la parte principal donde se verifica el acto de persignar- 



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3^0 
se. V, 84. — «El per sígntmi crticis». Fuera del sentido rec- 
to que tiene como expresión latina, se toma, dice el Diccio- 
nario Castellano, «por la herida dada, 6 señal hecha, en el 
rostro». En este sentido, que es el de este lugar, hace ve- 
ces de un sustantivo castellanizado; como el cabo de Fi- 
nisterre, (Pellicer.) 

Perailes. — «Cuatro perailes de Segovia», etc. — Perailes: ana- 
grama de » pelaires» , que eran ciertos operarios de las fábri- 
cas de paños, llamados así porque trabajaban en ellos col- 
gados al aire. I, 48; II, 56. 

Peralbillo. — Lugar junto á Ciudad-Real, camino de Toledo, 
donde la Santa Hermandad hacía ajusticiar á los malhe- 
chores de los contornos. Quevedo, en la Fortuna con seso, 
llamó Peralbillo de las bolsas al estudio de un abogado igno- 
rante y embrollón, porque en el estudio del letrado daban 
fin las bolsas de los litigantes, como en Peralbillo daban 
fin los ladrones y malhechores. V, 327. 

Peras (Como) en tabaque. — Tabaque: cesto 6 canastillo de 
mimbres. Se dice de las cosas que están colocadas y guar- 
dadas con esmero y aseo. V, 365. 

Percheles de Málaga, etc. — Especie de mapa picaresco de Es- 
paña, donde se marcan los principales parajes á que solía 
concurrir la gente perdida y vagabunda. I, 47. 

Perder los estribos. — Es perder el equilibrio de la razón 6 el 
juicio: metáfora tomada del jinete que, . impelido por al- 
guna causa violenta y extraordinaria, abandona los estri- 
bos y pierde con ellos el apoyo que necesitaba para tener- 
se con seguridad y firmeza á caballo. III, 429. 

Perder los tragaderos. — Es «ser ahorcado»: así lo indica el 
galeote en metáfora picaresca. II, 204. 

Perdigón manso. — Por la añadidura de «manso» se viene en 
conocimiento de que se habla de «perro perdiguero», y no 
de «pollo de perdiz» , que es lo que ordinariamente signifi- 
ca «perdigón». IV, 279, 296 (t). 



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38i 

Perdonar los sujetos y supeditar y acocear los soberbios, — Alusión 
al mParcere subjectis et debellare superbos» que Virgilio atri- 
buyó al pueblo romano, y Don Quijote á los caballeros an- 
dantes. Esta inesperada salida de Don Quijote en aconse- 
jar á D. Lorenzo que se haga caballero andante, es una de 
las más festivas y saladas de la fábula. Por lo demás, no 
está bien el régimen del verbo perdonar^ porque «se per- 
donan las cosas» y «se perdona d las personas». Los ver- 
bos supeditar y acocear tienen distinto régimen que «/>^r- 
dofiar* en el texto, y, para uniformarlos, hubiera conve- 
nido ponerlos todos en impersonal, asi: «para enseñarle 
(á D. Lorenzo) cómo se ha de perdonar á los sujetos, y su- 
peditar y acocear á los soberbios». uSujetos* en castellano 
tampoco significa exactamente lo mismo que en latín, y 
estuviera mejor «sumisos» 6 «rendidos». IV, 347. — fiFer- 
donar a los humildes y castigar a los soberbios* , Cervantes 
tradujo aquí un verso de la Eneida, poniendo en boca de 
un pobre hidalgo manchego aquella magnífica bravata con 
que Anquises designó el destino del pueblo señor del mun- 
do. También se hizo traducir á Sancho (aunque al revés): 
^humilde con los soberbios y arrogante con los humildes* (III, 
523), sobre lo que hay allí Nota. Se halla traducido este 
verso aun con más exactitud en el cap. 18, segunda parte 
(IV, 347). IV, 167; VI, 68. 

Peregrinos con sus bordones, destos extranjeros que piden la li- 
mosna cantando. — Véase la Nota sobre éstos: VI, 96. 

Perendenga (Al entremés famoso de la), — Uno de los que se- 
rían más conocidos en tiempo de Cervantes, y de que no 
queda más memoria que la presente. IV, xii (Prólogo). 
— «Del romance del Cura». IV, 7, 193. 

Pérez (Alonso). — Médico de Salamanca: su continuación de 
la Diana, de Jorge de Montemayor. I, 142. — [III, 84, 85 
y n.] 

Pérez (Fr. Andrés), — Su Pícara Justicia, una imitación del PU 



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382 
caro Gtiztnán de Alfarache, de Mateo Alemán, que publicó 
bajo el nombre fingido del Licenciado Francisco López de 
Úbeda. VI, 2o3.— [III, io5.] 
Pérez (Antonio). — Secretario de Felipe II y durante algún 
tiempo su ministro y favorito: de orden de su amo, prepa- 
ró y dispuso el asesinato de Juan de Escobedo, criado y 
confidente de D. Juan de Austria. III, 154. — [III, i63- 

167.] 

Pérez (Gonzalo). — Padre del precedente; secretario de Esta- 
do de Felipe II, y traductor de la Odisea y padre dé un 
hijo, célebre por su favor y disfavor con el mismo monar- 
ca. III, i3i.— [III, i63 y n.] 

Pérez (Pero). — El cura: su grado era el de licenciado. Cer- 
vantes tuvo aquí, al parecer, intención de ridiculizar al 
cura de Argamasilla, como alumno de una de las universi- 
dades que llamaban menores, y solían ser el objeto del hu- 
mor chistoso y picante de nuestros escritores. I, 8. 

Pergenio. — Significa «traza, apariencia». Ahora decimos />írr- 
geño, mudanza conforme á la afinidad que en nuestra pro- 
nunciación y ortografía tiene el ni seguido de vocal, con la 
ñ, sea al recibir las palabras de otra lengua, sea variando 
las ya recibidas en la nuestra. II, i58. 

Perión de Gaula. — Uno de los hijos de Amadist su aventura 
con la doncella Alquifa. Las expresiones de ésta á Perión 
son muy semejantes á las de Don Quijote al ventero: iNo 
me levantaré jamás de donde estoy, valeroso caballero, 
fasta que la vuestra cortesía me otorgue un don que pedirle 
quiero». I, 40, 41, 264. — Perión, hijo de D. Galaor y sobri- 
no de Amadís de Gaula. I, 112, 264; IV, 18. — Perión de 
Gaula, rey de Gaula ó de Gales, padre de los tres famosos 
caballeros Amadís, Galaor y Florestán. IV, 18. 

Perlas. — «Las solas fueran llamadas». Pellicer discurre que, 
hablándose aquí de perlas, acaso aludió Cervantes á la 
perla conocida con los nombres de peregrina, huérfana, ó 



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383 
so/a, que tuvieron los reyes de España entre otras precio- 
sidades vinculadas en la Corona. Historia de dicha perla y 
de otra semejante. V, 398. 

Perlas (De). — Véase Hablar de perlas. 

Perlas en el muladar. — Véase Letras, sin virtud, son perlas en 
el muladar. IV, 281. 

Perlerina (Clara). — Hija de Andrés Perlerino. «Que si pudie- 
ra pintar su gentilezas. Sigue la pintura que tanto recrea- 
ba al gobernador y que tanta risa ha causado hasta ahora 
y causará en adelante mientras haya lectores del Quijote. 
Copió Capmany este pasaje hasta «su bondad y buena he- 
chura» (V, 447-449), como un ejemplo de retrato personal 
burlesco. V, 447, 448. 

Pero. — «Guardando pero las leyes de caballería». La conjun- 
ción fkperoi^ en castellano es siempre la primera palabra de 
la oración ó frase en que se halla; y su posposición, cual 
aquí se ve, pudiera mirarse como italianismo, defecto de 
que presenta algunos ejemplos el Quijote, y que no fué ex- 
traño que se pegase algún tanto á nuestro autor por la lec- 
tura de los clásicos italianos, y más aún por su residencia 
en aquel país. III, 5ii. 

Perogrullo (El profeta). — Profecías de Perogrullo se llamaban 
ciertas verdades que de puro claras era necedad el afirmar- 
las. — Quevedo refiere varias de ellas en la Visita de los 

chistes: 

Muchas cosas nos dijeron 

LcLs antiguas profecías: 
Dijeron que en nuestros días 
Será lo que Dios quisiere; 
Volaráse con las plumas^ 
Andaráse con los pies. 
Serán seis, dos veces tres. 

A estas que entonces se llamaban /ro/¿cífls, llamamos aho- 
ra verdades de Perogrullo, 



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3^4 
Que á la niano cerrada 
• Llamaba puño. 

Según el autor de la Pícara Jtistina, citado por Bowle, Pe* 
rogrullo hubo de ser asturiano. También se llaman /^n)g^rM- 
lladas las verdades de Pero grullo. VI, 281. 

Perrillo (Las espadas del). — Se llamaban y llaman así, porque 
tienen por marca un perro pequeño grabado en la hoja. IV, 
3oi. 

Perro, — Dicterio vulgar con que solían motejarse mutuamen- 
te moros y cristianos. I, 2o3; III, 239; VI, 3o6. — «Por 
culpa del galgo de su autor (CideHamete)i. I, 206. — Llá- 
mase hideperro á Cide Hamete. IV, 61. 

Perro (Que no quiero) con cencerro, — Esto es, no quiero co- 
sas que, aunque buenas y ventajosas, traen consigo otros 
inconvenientes, como lo sería llevar cencerro un perro des- 
tinado á guardar la casa contra los ladrones, 6 el ganado 
contra los lobos. Así hablaba el hipócrita de Sancho, dan- 
do á entender que no quería la maleta con gravamen de su 
conciencia. II, 245. 

Perros falderillos. — Comunes en los tiempos de Cervantes, 
como se ve por aquel pasaje del Picaro Guznuín de Alfaraclte 
en que, ponderando lo esencial que era para las damas te- 
ner perros falderillos, dice t que así podrían pasar sin ellos, 
como un médico, sin guantes y sortija; un boticario, sin 
ajedrez, y un barbero, sin guitarra». VI, 362. 

Persofta, por «nadie». — «Sin que persófta los viese». Si ahora 
se repitiese esta expresión, no faltaría quien la tachase de 
galicismo. Pero no fué aquí sólo donde la usó Cervantes: 
hállase también en sus novelas, en las que limó y acicaló 
el lenguaje más que en el Quijote. En la misma significa- 
ción de «nadie» usaron la palabra persona otros escrito- 
res de aquel tiempo: varios ejemplos citados. Los que ob- 
servan y estudian los orígenes, formación y progresos de los 



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385 
dialectos nacidos de un idioma común, como son las len- 
guas castellana y francesa, no aplican con ligereza la nota 
de extranjeras á algunas palabras que pudieron ser comu- 
nes á ambas en los principios, aun cuando el discurso del 
tiempo y los caprichos del uso hayan introducido posterior- 
mente algunas diferencias. I, 164, 165. — «En toda la sala 
no bsAÁBL persona de fuera, sino los criados de casa». II, 
378. 

Personas de extraordinaria robustez. II, 5i3. — Véase Paredes 
(Diego Garda de). 

Personas de nota, que tuvieron principios humildes. — Varios 
ejemplos: los de Otmán, quién fundó la casa otomana, del 
famoso Tamerlán, de Viriato, de los Médicis, de Hariade- 
no 6 Cheredín Barbarroja, y muchos otros. III, i3i, 161; 
IV, 1 1 i; V, 349. — Véase Porquerizos. 

Pesadilla. — Un humor melancólico que aprieta el corazón con 
algún sueño horrible; como que se carga encima un negro, 
6 caemos en los cuernos de un toro. (Covarrubias.) Otras 
veces se decía mía pesada^t . II, 38. 

Pesadumbre (La) de aquel desaforado golpe. — m Pesadumbre n es 
la «gravedad» ó tel peso material». En el día ha quedado 
reservada para la poesía esta acepción de la voz (i pesadum- 
bre*, que en otra más común significa «molestia del áni- 
mo». I, 189. 

Pésame. — «De mis hijos y de mi mujer me pesa^. Frase elíjp- 
tica anticuada, aunque hermosa y digna de rehabilitarse: 
es como si se dijera: ^pésame á causa de mis hijos y de mi 
mujer». En los antiguos romances del conde Alarcos y del 
conde Claros se halla el origen del nombre ^pésame*, que 
significa «la manifestación de la parte que se toma en el 
sentimiento ajeno», y se opone al n^pláceme^, que significa 
«la parte que se toma en el placer ajeno», y es lo mismo 
que t congratulación ó enhorabuena». III, 370. 

Pesce Cola. — Véase Nicolás (El peje). 

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386 

Peso (Caerse alguna cosa de, 6 por, su). — Véase Caerse alguna 
cosa de, 6 por, su peso. 

Petrales (Cascabeles en los). — ^Petrah, como si se dijera *pec- 
torah, la correa ancha que, pasando por delante del pecho 
del caballo, está asida por sus dos extremidades á la silk, 
y la sostiene en las cuestas arriba. Era costumbre, según 
Covarrubias, colgar cascabeles de los petrales en las fiestas 
y regocijos. IV, 376. 

Pctrus Alphonsus (Pedro Alfonso), — Su Disciplina clericalis. — 
Sobre la antigüedad del cuento de la pastora Torralva: un 
poeta francés lo tradujo del latín, de Pedro Alfonso, judío 
converso de Huesca, en Aragón, médico del rey D. Alon- 
so, que floreció por los años de iioo y escribió una obra 
con el título de Provetbiorum sen clericalis discipiinae libri 
tres, de que existe, según D. Francisco Pérez Bayer, un 
ejemplar en la biblioteca del Escorial. — Diciendo, como 
dice, Pedro Alfonso en su proemio, que había tomado sus 
cuentos de los fabulistas árabes, todavía puede afirmarse 
que no para aquí la antigüedad del cuento de la pastora 
Torralva, y que su original primitivo y verdadero está en 
el océano, para nosotros desconocido, de la literatura, orien- 
tal. II, i3o, i3i. 

Petrus in cunciis. — Locución puramente latina con que se mo- 
teja al que aparenta saber de muchas cosas á un tiempo, 
sin tener conocimiento sólido de ninguna. (Academia.) Usa- 
da festivamente para denotar un erudito á la violeta. V, 99. 
— Véase Erudito á la violeta. 

Picado (Cuando estaba) el molino. — Esto es, «cuando había 
buena disposición para elloi». Metáfora tomada de los mo- 
linos de harina, que nunca muelen mejor que cuando está 
acabada de picar la piedra. VI, 421. 

Pico de la lengua. — La punta ó extremidad de la lengua se lla- 
mó />íco, por la semejanza con el de las aves. aPicot se deri- 
vó evidentemente de ^becot^, palabra provincial, según Sue- 



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3^7 
tonio, que ya entonces significaba entre los galos antiguos 
lo mismo que ahora entre los franceses modernos. II, i63, 

Picota (Colgándoos yo de una). — «Horca hecha de piedra •, 
dice Covarrubias, citado por Bowle. VI, lo. 

Pie (Caminar áj y descalzo. — Se alegó frecuentemente en los 
romances antiguos castellanos para ponderar la fatiga y 
trabajo del caminante. V, ico, loi. — Á pie y descalza se- 
guía la pastora Torralva á su desdeñoso Lope Ruiz en el 
cuento que se refirió en el cap. 20 de la primera parte (II, 
126). 

Pie CCon) de plomo. — Expresión metafórica, lo mismo que 
«con la sonda en la mano», de que usa también aquí la 
Duquesa. Una y otra se dicen de los que proceden en los 
negocios lentamente, con mucha precaución y prudencia. 
V, 161. 

Pie (Con) derecho. — Con ventura, según Covarrubias, citado 
por Bowle. Expresión que debió tener su origen en la su- 
perstición que exigía no se empezase camino ni se empren- 
diese jomada «sin echar primero delante el pie derecho f», 
como dice Pellicer en nota al cap. 58, y es de la misma 
especie que esta otra: «Dios le dé buena manderecha* , so- 
bre la cual se puso Nota en el cap. 22 (IV, 411) y tam- 
bién en los capítulos 58 y 62 (VI, 164, 293). VI, 433. — 
Véase Manderecha, etc. 

Pie llafto. — «Que si vuesa merced no afirma el pie llano» . IV, 
100 (t). A pie llano: modo adverbial. Sin escalones. — Me- 
tafórico. Fácilmente, sin embarazo ni impedimento. (Aca- 
demia.) 

Pie y mano. — «Los dos regidores á pie y mano d mano^. Nó- 
tese el juguete á^pie y mano, que suelen mirarse como tér- 
minos opuestos, según sucede en aquel refrán: «al villano 
dale el pie y se tomará la mano*. — Mano a mano: en com?- 
pañía, cuando es sólo de dos personas. V, 21. — «Si viene 
á mano, y aunque no venga sino al pie, aguachirle». — Si 



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388 
viene d mano: expresión propia del estilo familiar. Quiere 
decir: «si se proporcionan 6 «por lo más». Lo que se aña- 
de, «y aunque no venga sino al piei^, es chiste de Sancho, 
que, estando contento y regocijado con su espuma, juega 
con la relación de inferioridad que hay del pie á la mano, 
según aquel refrán (citado arriba). IV, 384. — Véase Ma- 
no, etc. 

Piedra (Con) blanca ó con negra.— r-hos antiguos romanos ob- 
servaban la distinción de los días faustos é infaustos: en 
ciertas ocasiones señalaban los días felices con piedrecillas 
blancas, y con negras los funestos ó aciagos. IV, 172; VI, 
298 (t). 

Fierres (La historia de) y la linda Magalona. — Fué escrita á 
fines del siglo xii por Bernardo Treviez. El famoso Fran- 
cisco Petrarca, según aseguran, corrigió y limó esta novela 
durante su residencia en Mompeller. III, 458; V, 3oo, 326. 
— Es evidente, por su mismo contexto, que la principal idea 
de esta aventura (la del caballo de madera Clavileño) de 
Don Quijote, se tomó de la Historia de la linda Magalona,^ 
hija del rey de Ndpoles, y de Fierres, hijo del conde de Fro^ 
venza. V, 307. 

Fierres Fapín, — «Caballero novel; y de nación francés». «Ca* 
tallero noveh era el recién armado caballero, que no se ha- 
bía ilustrado aún por sus hechos, y no podía traer insignia 
en el escudo hasta que por su esfuerzo la ganase, como se 
dijo en el cap. i.° (I, 24). II, 74. — Véase Armas blancas. 

Fies (Echarse d los) para besarlos, — € Besar las manos* era an- 
tiguamente (como ahora) menor reverencia que besar los 
pies. Y así, cuando se presentó el Cid al rey D. Alonso^ 
después de la toma de Valencia, habiéndose echado á sus 
pies, llegando con el rostro al suelo, le dijo el rey: 

€ Levantad os en pie ya. Cid Campeador. 
Besad las manos, ca los pies no*. 



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389 

Sobre esto se pusieron dos ejemplos en la Nota al cap. 29 
{II, 431). En tiempo de Carlomagno y de su hijo Luis el 
Benigno, los señores, al presentarse al monarca, le besaron 
los pies. Algunos más distinguidos le besaban las rodillas, 
como hoy hacen los cardenales con el papa. Las reinas be- 
saban también las rodillas de sus maridos. V, 271. — Hoy, 
aunque no se profesa tanto respeto y deferencia á las da- 
mas como en los tiempos de la caballería, decimos que les 
besamos los pies, y se miraría como llaneza grosera decir 
que les besamos las manos, dejando esta expresión para los 
hombres. V, 119. — Véase Besar la mano 6 el pie. 

Pies (A)juntillas, — «Pero él lo niegsidpies juntillas*. — Modo 
adverbial. Con los pies juntos, firmemente, con gran por- 
fía y terquedad. (Academia.) VI, 80 (t). 

Pies y no manos, — «Don Quijote se acomodó al pie de un ol- 
mo, y Sancho al de una haya, que estos tales árboles y otros 
sus semejantes siempre iitntn pies y no manos ni. Chiste de 
Cervantes. En el cap. 12 de esta segunda parte (IV, 212) 
se dice también que «Sancho se quedó dormido al pie de un 
alcornoque, y Don Quijote dormitando al de una robusta 
encina». V, 92. 

Pieza. — «Cayó Rocinante, y fué rodando su amo una buena 
pieza por el campo». ^Pieza* viene de iispatium^, como su 
correspondiente castellano i^espacio*^ y se dice tanto del lugar 
como del tiempo. Aquí es de lugar; de tiempo, en el cap. 7.*^ 
de esta primera parte (I, 160), donde se dice del mago que 
se suponía haberse llevado los libros de Don Quijote: «á 
cabo de poca pieza salió volando por el tejado». En la mis- 
ma significación lo usó el antiguo romance del marqués de 
Mantua: 

mAI cabo de una gran pieza, 
en pie se fué á levantar», 

I, 84. ' 

Pignaia (pignatta). — Palabra italiana, que significa «olla. 



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cántaro». — «¿Ha hallado en su escritura alguna vez nom- 
brar pignataPíi Lenguaje obscuro. Quiso preguntar Don 
Quijote al traductor con quien hablaba, si había encontrado^ 
al escribir su traducción, que se nombrase alguna vez ^pig' 
nata*, como se ve por el progreso del diálogo. lEn su es- 
critura*: más bien debió decir ten su lectura». VI, 287. 

Pinciano (El), — «Los refranes de Sancho Panza (dijo la Du- 
quesa), puesto que son más que los del Comendador Grie- 
go, no por eso son menos de estimar por la brevedad de 
las sentencias». Fernán Núñez de Guzmán fué llamado el 
Pinciano f por Valladolid su patria; él Cofnendador, porque lo 
era de la orden de Santiago, y Griego, por su doctrina en 
la lengua griega, que enseñó, primero en Alcalá y después 
en Salamanca. Juntó una numerosa colección de refranes 
que se imprimió después de su muerte, acaecida en el aña 
de i553. Dé otras colecciones de refranes se dio noticia en 
las Notas al cap. 21 de la primera parte (II, 146). — El 
P. Sarmiento, en sus Memorias para la historia de la poesía 
y poetas españoles, dice que los refranes del Comendador 
Griego pasan de seis mil: podrá verificarlo el curioso que 
tenga la paciencia que yo no tengo. V, 204. — Véanse Co- 
mendador (El) Griego y Guzmán (Fernán Núñez de). 

Pinganitos. — Nombre plural que sólo se usa eij la frase tes- 
tar ó hallarse en pinganitos*, que equivale á «estar en ele- 
vación ó en alta fortuna», sin que se pueda señalar el ori- 
gen de la expresión ni de la voz. — Alguna otra palabra 
hay en castellano, que, á la manera de f^ pinganitos*^ nunca 
se emplea sola ni fuera de una cierta y determinada com- 
binación. Así sucede con la voz tampo*, que nunca se usa 
sino para decir el mampo de la nieve». Tales son las irregu- 
laridades y los caprichos del lenguaje. III, 369. — Véase 
Ampo de la nieve. 

Pino (Como un) de oro. — Pino de oro: especie de adorno que 
llevaban antiguamente las mujeres en el tocado, y luego se 



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trasladó á significar una «persona de disposición gentil y 
gallarda», como la del paje de quien se trata. VI, 36. 

Pintiquinestra (A la reifta), de quien se hace mención en Ama- 
dís de Grecia. — Fué reina de Sobradisa, mujer de Perión, 
hijo de D. Galaor y sobrino de Amadís de Gaula. I, 112. 

Pique (No hay cosa donde no) y deje de meter su cncharada. — 
Esto es, de que no hable, de que no se meta á hablar. (Arrie- 
ta.) IV, 404 (t). 

Píratno y Tisbe. — Sabida es la historia de estos dos desgracia- 
dos amantes, que con tanta ternura describió Ovidio en sus 
Metamorfosis. Esta fábula dio argumento á varias compo- 
siciones de poetas españoles. II, 257; IV, 343, 355. — [III, 
22, 23.] 

Pisa (El Dr. Francisco). — Sobre la mayor pureza del caste- 
llano que hablaban los toledanos: y cita la ordenanza del 
rey D. Alonso el Sabio. IV, 36i. — Véase Villalobos (Fran- 
cisco López de). — [II, 24.] 

Pistos (Dando) d su honra. — Esto es, alimentándose escasa- 
mente, ó como se alimenta al enfermo, á quien se da caldo 
ú otra sustancia líquida con un pistero y en muy cortas 
porciones. (Arrieta.) — «Miserable del bien nacido que va 
dando pistos d su honra, comiendo mal y á puerta cerrada, 
haciendo hipócrita al palillo de dientes con que sale á la 
calle después de no haber comido cosa que le obligue á 
limpiárselos». V, 383 (t). 

Pítima. — El emplasto que se pone al corazón para desahogar- 
lo y alegrarlo, según Covarrubias, citado por Bowle, quien 
pone de ello un ejemplo tomado de la novela de Cervantes 
El amante liberal. VI, i58. 

Pizarro (Francisco). — iNo saber un hombre leer». Sabido es 
el pasaje del famoso Francisco Pizarro, conquistador del 
Perú, con su prisionero el inca Atabalipa, quien admiran- 
do justamente el arte de escribir, y habiéndose hecho es- 
tampar en la uña del dedo pulgar, por uno de los soldados 



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que le guardaban, el nombre de Dios, lo hizo leer á los que 
iban entrando sucesivamente; y no habiendo acertado á 
hacerlo Pizarro, infirió de aquí que el conocimiento de las 
letras no era, como lo había sospechado, una cualidad na- 
tural de los españoles, sino adquirida por el estudio, lo 
que le hizo desde entonces despreciar abiertamente á Piza- 
rro, en cuyo ánimo no influyó poco esta conducta para ace- 
lerar la muerte de su prisionero. V, 362. 

Pizmiento. — t Su ntgrsi y pizmienta cabaUtñsL» . uNegra* equi- 
vale á «malhadada, desventurada, funesta». •Pizviieniai^ 
significa también «negra», como si se dijera «del color de 
la pez», según observó Pellicer, citando un pasaje de nues- 
tro antiguo poeta Gonzalo de Berceo, que á un día aciago 
le Wdstib pecemento, que viene á ser lo mismo que pizmiento. 
No me acuerdo de haber visto esta voz en ningún otro li- 
bro castellano. III, 142. — «PíVm/mto amantado entre- 
parecía»: palabras hermosas y significativas, que no me 
acuerdo de haber visto en ningún escrito anterior á Cervan- 
tes, y que probablemente son de invención suya. V, 25 1. 
— Véase Negro. 

Placerdemivida. — Doncella de mucho ingenio y agudos di- 
chos, confidenta de Carmesina en sus amores con Tirante. 
I, i35, 167; V, 426. 

Plano (De). — «Confesó de plano*. — Modo adverbial. Entera- 
mente, clara y manifiestamente. (Academia.) V, 285 (t). 

Plañideras. — También se llamaban «lloraderas ó plañideras^ 
las mujeres que se alquilaban para acompañar á los entie- 
rros llorando, mesándose los cabellos y arañándose el ros- 
tro, cuando no había personas allegadas al difunto que lo 
hiciesen. IV, i3o. — Véanse Endechas^ endechaderas y Lio- 
roderas. 

Platero. — «Argentería de oro». Anomalía de la lengua caste- 
llana, en que también se dice platero de oro. Ya Covarru- 
bias dice que platero es el oficial que labra la plata y el oro. 



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Esta •argentería» será lo que ahora se llama «brícho ó lan- 
tejuelas». Al platero se llamó antiguamente orífice, que 
corresponde al orfévre francés. V, 2i8, 219. 
Platicar. — «Lo que comunmente se platica*: quiere decir, «se 
practica, se hace». Nuestros antiguos escritores emplearon 
el verbo •platicar* en las dos acepciones de «hablar» y de 
«obrar», y aun el nombre •platico* le aplicaron exclusiva- 
mente á la signiñcación de «experimentado»: ahora se lla- 
ma •práctico*. En este mismo capítulo (UI, 28) dice des- 
pués Anselmo que estaba determinado «de poner ^n pláti- 
ca*, esto es, fde poner por obra», la prueba de que se tra- 
taba: ahora se diría «poner en práctica*. Nosotros dis- 
tinguimos constantemente entre •platicar*, «hablar», y 
•practicar*, «hacer, ejecutar». III, 24. — Más adelante, en el 
cap. 34 (III, 5i), se dice que Camila tuvoáLeonela «por 
más plática en las cosas de amor, que ella decía»; y pocos 
renglones después, «apuróla si pasaban sus pláticas á más 
que serlo»: esto es, á mi parecer, «si pasaban sus pláticas 
(obras) á más que ser pláticas (palabras)». III, 5i (t). 

Platir (El caballero), — Crónica del muy valiente y esforzado 
caballero Platir, hijo del emperador Primaleón, I, 11 5, 194. 
— Llevó también el nombre de caballero del Espejo. IV, 
210. — [I, 212.] 

Platón (Como aconsejaba). — He aquí el pasaje de su Repúbli' 
ca, á que se refiere Cervantes: «Si se introdujese en nues- 
tra ciudad uno de estos poetas expertos en el arte de va- 
riar las formas del lenguaje y de representar sin elección 
toda clase de papeles, perfumaríamos su cabeza y le des- 
pediríamos». V, 278. 

Platonazo. — «Y Sancho dijo: Siquel platonazo que está más 
adelante vahando, me parece que es olla podrida». Plato- 
nazo: dos veces aumentativo: de plato, platón, y de platón, 
platonazo. V, 435. 

Pleonasmos y repeticiones que abundan en el Quijote. — De to- 



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do el universo mundp. III, 6. — «Si yo rae hallara posi- 
bilitado de poder». III, 5io. — «La denominación desús 
nombres». V, 267. — «Lo que más campeó en el cam- 
po de aquel banquete». VI, 100. — Otros ejemplos: IV, 
357; VI, 364. —«Que él (Anselmo) le daría lugar y tiem- 
po y asimismo le daría dineros y joyas que darla 

Aconsejóle que le diese músicas». He aquí repetido cua- 
tro veces en breve espacio el verbo «¿ar», con el desaliño 
que ya se ha notado otras veces. III, 3o. — «Dijo que había 
dicho muy bien el cura en decir» (III, 492): triple repetición 
de un mismo verbo en menos de una línea. III, 5io. — «Y 
verla há por vista de ojos»: pleonasmo autorizado por el 
uso, para esforzar la expresión. Y es verdadero pleonasmo, 
porque ni puede verse sino por vista, ni la vista puede ser 
sino por los ojos. — Del mismo género es la expresión «de 
toda imposibilidad es imposible», de que usa Cervantes en 
el cap. 48 de la primera parte (III, 412). VI, iSg, 160. 
— • Ejercitándose en el... ejercicio»: otra redundancia. — Es 
cierto que el uso autoriza alguna vez el pleonasmo, como 
«vivir vida alegre, morir mala muerte»; pero estos casos son 
raros. VI, 438. 

Plinto. — Su Historia natural. IV, 289, 290, 410, 414. — La 
sentencia que se le atribuye de que «no hay libro tan malo 
que no tenga algo bueno». IV, 60; VI, 200. — [II, 481, n.] 

Plmna (La) es lengua del alma; cuales fueren los conceptos 
que en ella se engendraren, tales serán sus escritos, IV, 282, 
290 (t). 

Plumas (Más de veinte), — Los españoles de Carlos V y Feli- 
pe II traían pluma en las gorras, como se ve por los retra- 
tos de aquel tiempo. III, 498. 

Plutarco os dará mil Alejandros. — Plutarco, escritor griego, 
contemporáneo, según se cree, de Trajano, escribió varias 
obras, siendo la más voluminosa é importante las Vidas 
paralelas de personas ilustres griegas y romanas, entre 



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ellas las de muchos afamados capitanes de la antigüedad, 
que es lo que aquí se indica. I, un (Prólogo). 

¡Pobreza (Oh), pobreza! — Exclamación de Benengeli, que co- 
pia Capmany en su Teatro de la elocuencia española, hasta 
«la hambre de su estómago» (V, 379-383), como ejemplo 
de oración y razonamiento. V, 379. 

Pobreza (Segunda). — La de bolsillo, pof oposición á la de es- 
píritu, de la que se ha habfado anteriormente. Cervantes, 
en esta exclamación, tampoco se olvidó de sí al ponderar 
lo mucho que la pobreza mortifica á los que tienen humos 
de hidalgos y nacieron más aventajados de linaje que de 
bienes de fortuna. Sus expresiones, aunque mezcladas con 
rasgos de humor festivo, pintan los apuros de un honrado 
hidalgo, benemérito tanto de la patria como de las letras, 
que yacía en la escasez y la miseria. El estropeado de Le- 
panto, el autor del Quijote, estaba reducido á vivir de la li- 
beralidad del conde de Lemos y de la caridad del arzobispo 
de Toledo. V, 38i. 

Poesía (La). — Cervantes sobre ella. La profanación de la poe- 
sía excitaba la bilis de nuestro autor, su amartelado aunque 
no muy feliz amante; ésta le movió á explicarse como se 
ve aquí en el coloquio de Don Quijote con el caballero del 
Verde Gabán, y ésta le inspiró la graciosa ficción que in- 
cluyó en su Viaje al Parnaso (cap. 2.^). IV, 283, 284. 

Poetas (Los), — «Y, lo que sería peor, hacerse />í?í^». Cervan- 
tes había precedido á Quevedo en la idea de ridiculizar los 
vicios de los poetas en tono y forma de pragmática, como 
puede verse en las Ordenanzas de Apolo, insertas al fin del 
Viaje al Parnaso, I, 139, 140. — Los poetastros que abun- 
daban en tiempo de Cervantes. IV, 283. — El poeta debe 
escribir en su idioma nativo. IV, 285, 286. — «Los tres 
poetas divinos» (Francisco de Figueroa, Francisco de Alda- 
ma y Hernando de Herrera). IV, 83. — Poetas laureados. 
IV, 339. — Intonsos poetas. IV, 403. — Poetas que celebra- 



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396 
ron con nombres fingidos á sus propias damas. I, i38. 

Policía. — f Ni otra cosa que desacreditase la limpieza de su 
policía*. El genio festivo de Cervantes no podía contenerse 
cuando se le ofrecían ocasiones de excitar la risa, aun con 
riesgo de que los censores delicados tachasen la materia de 
sus chistes. Verdad es que, como ya se ha observado en al- 
gún otro caso (II, i32), tuvo particular gracia para envol- 
ver en frases decentes ideas que no lo eran de suyo. •Poli- 
cía» aquí no tiene que ver con nada público, según su pri- 
mitiva acepción, y sólo significa f pulidez, cultura, buena 
educación», en cuyo sentido está redundante la expresión, 
y bastaría haber dicho «su limpieza». V, 378. 

Policiano (Ángel). — Literato del siglo xv. Su epigrama en ho- 
nor de Micael Verino, de que cita Cervantes un hemisti- 
quio (floreniibus occidit annisj. V, 189, 190. Angelo Poli- 
ciano murió de amor. Aquejado de fiebre producida por esta 
pasión, se levantó del lecho, y al son de un laúd se puso á 
cantar una tristísima canción que había compuesto, y espi- 
ró cantándola, según dice Feijoo. VI, 379, 38o. 

Polidoro Virgilio. — Su De rerum inventoribus. III, 139; IV, 
410; V, 6.— [III, 63, n.] 

Políticas (En todas las naciones). — •Políticas 9 es lo mismo que 
«civilizadas», como ahora diríamos. IV, 285. 

Polo {Gaspar Gil). — Su continuación de la Diana, de Jorge* 
de Montemayor. I, 142. — [III, 85, n.] 

Pólvora (La). — La primera mención del uso de la pólvora, en 
las historias españolas, es del año 1342, en que la emplea- 
ron los moros para defender la ciudad de Algeciras, sitiada 
á la sazón por el rey de Castilla D. Alonso el XI. I, io5. 
— El uso de la pólvora en la escopeta, ha hecho poner en 
olvido la cetrería. V, 114. 

¿Polla? ¡mi padre! VI, 198. — Véase ¡Mi padre! 

Pollinos ó pollifias. — Digresión festiva sobre el sexo de las ca- 
ballerías en que venían montadas las aldeanas. IV, 171. 



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397 

Pon lo tuyo en concejo. (Sancho á su mujer.) — ^Concejo* es la 
reunión de los vecinos de un pueblo. El marqués de Santi- 
llana, en su colección de refranes, puso el presente con al- 
guna variación: «Pon tu hacienda en concejo; uno face 
blanco; otro, bermejo». También suele decirse: «otros, que 
es prieto». V, 245. — Véase Concejo. 

Ponce (D. Pedro) de León, D. Diego Ramírez y otros. — Famo- 
sos caballeros en las fiestas de toros. IV, Sog-SiS. — Véase 
Toros (Las fiestas dej. 

Ponedla tacha. — Sancho dice, elogiando á Quiteria: «No sino 
ponedla tacha en el brío y en el talle», etc. — Miren qué ta- 
cha: expresión familiar con que se pondera la especial bon- 
dad ó calidad de alguna cosa, que con singularidad condu- 
ce para su estimación ó aprecio. (Academia.) — Otras veces 
fitacha» significa «falta, nota, defecto». IV, 389 (t). 

Poner, por «apostar». — uY o pondré que se vienen á resumir 
todas esas faltas», etc.: voz tomada del estilo de los juga- 
dores. (Arrieta.) VI, 198 (t). 

Poner corno nmvo á alguno. — Frase metafórica. Maltratarle 
castigándolo ó reprendiéndolo; zaherirle con dicterios, de- 
nostarle con palabras afrentosas. (Academia.)-^« Por cier- 
to que sería gentil cosa casar á nuestra María con un con- 
dazo ó con un caballerote, que cuando se le antojase la 
pusiese cotno nueva». IV, 89 (t). — «No sino tómese con- 
migo la más pintada hidalga, que yo la pondré como nueva» . 
VI, 35 (t).— Ambos dichos, de Teresa Panza: el primero, 
á su marido, y el segundo, encontrándose con el cura y 
Sansón Carrasco. 

Poner dolo en alguna cosa. — Frase. Interpretar maliciosamen- 
te alguna acción. (Academia.) IV, 12, 69 (textos). 

Poner en aventura. — «No quise poner el negocio en aventura». 
— Frase anticuada que significa «aventurar, exponer á la 
suerte, poner en contingencia». III, 207. 

Poner en cuentos. — Frase. Exponer á algún riesgo ó peligro. 



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398 
Ponerse en cuentos: mezclarse en quimeras ó buscar desazo- 
nes. (Academia.) IV, 97 (t). 

Poner en olvido los Platires, los Tablantes, etc. — u Poner en ol- 
vido» no es aquí «olvidar», según lo que ordinariamente 
significa, sino «hacer olvidar». II, 114. 

Poner en pico, — «Al momento lo fué á poner en pico á su se- 
ñora la Duquesa»: á contárselo, á decírselo. (Arrieta.) — 
Frase metafórica y familiar. Parlar ó dar noticia de lo que 
sería mejor se callase. (Academia.) VI, 25. 

Poner en pretina. — «Que yo ponga en pretina á más de un ne- 
gociante». — «Poner 6 meter en pretina* es obligar 6 estre- 
char á alguno al cumplimiento de alguna cosa; á la mane- 
ra que la pretina, tomada esta voz en sentido natural, ajus- 
ta la cintura. V, 446- 

Poner en toldo y peana. — Es poner en paraje de elevación 
y autoridad, como si dijera «sobre tarima y bajo dosel». 
IV, 95. 

Poner pies en polvorosa. — «Puso los pies en polvorosa y co^ó las 
de Villadiego». Ya se ha dicho en otra parte (I, lxvi (Pró- 
logo)), que «polvorosa* en germanía es la «calle», y «poner 
pies en polvorosa* «huiro escaparse». Lo mismo significa 
«coger las de Villadiego ó las calzas de Villadiego»; expre- 
sión proverbial de origen desconocido, como lo son las más 
de su clase. I, lxvi (Prólogo); II, i58. — Véase Villadiego 
(Coger las calzas de). 

Poner puertas al campo. — Ejemplo de cosa imposible, que ha 
pasado en proverbio. Con él indica Sancho que no puede 
precaverse la maledicencia, añadiendo que el mismo Dios 
no estuvo libre de ella. II, 279. 

Pmier sal en la mollera. — Expresión proverbial: infundir dis- 
creción, juicio, cordura. La sal indica la discreción, porque 
así como la sal sazona los manjares, la discreción sazona 
también las acciones y las palabras. «Mollera* es la parte 
superior de la cabeza humana, donde se supone que reside 



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399 
el alma y, por consiguiente, el entendimiento. Habíase ya 
usado de esta expresión (hablando de Sancho) en el capí- 
tulo 7.°, primera parte (I, 162). III, 119. 

Poner sobre la cabeza, — Es ceremonia y señal de respeto, que 
se observa con las cédulas 6 diplomas de los reyes ó de los 
papas en ciertas ocasiones solemnes. II, 483; I, 119; V, 
439 (textos.) 

Ponerse al bordo, ponerse d bordo. — No son lo mismo: lo se- 
gundo es «embarcarse», y lo primero, «arrimarse al costa- 
do del bajel»: el artículo es quien produce la diferencia. III, 
242. 

Ponerse el sombrero delante de los reyes. — Es cubrirse de gran- 
de y tomar posesión de la grandeza. IV, 164. — Véanse Al- 
mohadas y Tomar la almohada. 

Ponerse en caza. — Maniobrar un bajel para huir. Con la pala- 
bra €cazaí^, que sólo significa ahora, en la frase náutica tidar 
caza*, perseguir una embarcación á otra, haciendo fuerjza de 
vela, ó á vela y remo, con toda diligencia para alcanzarla, 
en cuyo sentido la trae Covarrubias en su Tesoro de la len- 
gua castellana, parece, por este pasaje y por la frase aponer- 
se en cazat, que se halla más abajo (VI, 304), que quiso 
significar Cervantes también la diligencia que hace para 
huir la embarcación perseguida, en cuya acepción es hoy 
desconocida y desusada; pero es probable fuese de uso co- 
mún en la marina de tiempo de Cervantes, quien fué siem- 
pre oportuno y exacto en la aplicación de las voces náuti- 
cas, como se ha notado ya (VI, 3oi); y acaso esta auto- 
ridad bastó á la Academia Española para poner en su Dic- 
cionario la frase «ponerse en cazáis en esta acepción, pues no 
recuerdo haberla oído ni visto en escritores antiguos. VI, 
3o2, 3o3. 

Ponto (A las islas del). — Desde luego ocurre que es alusión 
al destierro de Ovidio; pero si lo fué, como parece, se hizo 
con la negligencia é inexactitud ordinaria de Cervantes. 



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400 

Ovidio no fué desterrado á las islas, sino á las costas, del 
Ponto 6 Mar Negro, IV, 289. 

Popen (No sino) y calóñenme. — Palabras anticuadas. %Popar^, 
que ahora significa «halagar» ó «acariciar», en lo antiguo 
significaba «manotear á otro ó darle palmadas con aire y 
señal de desprecio». nCaloñar^ era «injuriar, ultrajar»; y 
es palabra muy usada en nuestros antiguos códigos legales. 
V, 364. 

Por, para. — Véase Para, por. 

Por el consiguiente. — La Duquesa (en su carta á Teresa) re- 
meda el lenguaje de la gente rústica en este modismo aJ-^ 
deano, que equivale á «también» y cuyo uso se conserva 
entre los labradores. VI, 32. 

Por la posta. — Sancho dijo á su mujer que, en siendo gober- 
nador, enviaría á buscar á su hijo por la posta; expresión 
familiar, lo mismo que «al instante». IV, 98. 

Por la virtud que Dios le dio, — Véase Varilla de viriudis. 

Por sí 6 por no. — Locución sumamente expresiva del estilo 
familiar: contiene una elipsis y equivale á «por si fuese, ó 
no, menester». IV, 229; VI, 447 (t). 

Por su mal le nacieron.alas d la hormiga. — Porque volando se 
las comen los pájaros. Refrán que contiene una bella ima- 
gen de los que, elevándose por la casualidad y ciega fortuna 
á una suerte superior á su mérito, hallan en ella la ruina 
que evitarían en la obscuridad. Este refrán, como otros, 
se funda en un error de historia natural. V, 181. 

Por sus pasos contados y por cotttar. — Por sus pasos contados: 
modo adverbial. Por su orden ó curso regular. (Academia.) 
V, 93 (t). 

Porcia. — Hija de Catón el de Útica y mujer de Marco Bruto: 
queriendo que su marido le descubriese el secreto de su 
conspiración contra César, para mostrarle que era superior 
al dolor y digna de su confianza, se hirió gravemente á su 
presencia. Después, cuando supo la muerte de su marido 



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40I 
- en Filipos, quiso matarse, y, quitándole los medios sus 
amigos, se tragó unas ascuas, con lo cual murió. Epigra- 
ma por el poeta Marcial. III, 68, 69. 

Porque, para que. — Véase Pam que, porque. 

Porquerizos. — El emperador Justino, el gran Taborlány otros, 
fueron pastores de puercos. V, 349. — Véase Personas de 
noia^ que tuvieron principios humildes. 

Portante. — «El tal caballo lleva un portante por los 

aires sin tener alas». Es paso menudo y apresurado. V, 
3oi. 

Portazgo. — Un derecho 6 impuesto. III, 332. — Véase Alca- 
bala, etc. 

Portugal. — Todas las probabilidades concurren á señalar en 
Portugal la cuna de los libros caballerescos españoles. I, 
125, 126, 141. 

Posaderas^ posas. — «Señor, respondió Sancho (á su amo); yo 
no me puedo persuadir que los azotes de mis posaderas ten- 
gan que ver con los desencantos de los encantados». San- 
cho vuelve al tema de su respuesta á Merlín, á quien decía 
en el cap. 35 (V, 226); «yo no sé qué tienen que ver mis 
posas con los encantos». VI, 354. • 

Posaderas de fieltro se llaman las del mono, por lo duras y 
callosas que son. V, 28. 

Posesión. — «Á tí te conozco y tengo en la misma posesión 
que él te tiene». • Posesión» es «concepto, reputación, predi- 
camento»: acepción poco usada. III, 64. 

Poso. — «Buen siglo hayan y buen poso 9. • Siglo 1», según se 
dijo en alguna Nota de la primera parte (III, 80), signifi- 
ca la «vida eterna», y mposo* es el descanso ó reposo de 
los difuntos, conforme á lo cual se cuenta después, que el 
cura del lugar del rico Camacho y de la hermosa Quiteria, 
al echar la bendición á Basilio, que al parecer iba á exha- 
lar el último suspiro, pidió al cielo diese «buen poso* á su 
alma. (IV, 395.) La expresión incluye una especie de ré^ 

26 



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402 

qtiiein aeiérfuim; pero es irónica y equivalente á una maldi- 
ción. IV, 356.— Véase Siglo. 

Post témbras spero lácem. — Este emblema se ha tomado del 
libro de Job (Cap. 17, v. 12), y lo usó en las portadas de 
sus obras el impresor Juan de la Cuesta, que es quien pu- 
blicó las primeras ediciones del Quijote, de las Novelas, del 
Ptrsiles y tal vez de otras obras de Cervantes, poniéndola 
al rededor de un escudo dentro del cual se ve, puesto so- 
bre una mano, un halcón que tiene la cabeza cubierta con 
el capirote, según «e llevaba á esta especie de aves para la 
caza de cetrería, y debajo, un león durmiendo. VI, 367. 

Postura. — «Y la postura de Don Quijote». aPosiuraí^ no sig- 
nifica en este lugar la actitud del cuerpo, sino la traza y 
arreos de nuestro hidalgo, y pudiera sospecharse que es 
error de imprenta, por ^apostura*, palabra que ya en nues- 
tros primitivos escritores significaba el conjunto de la per- 
sona, su traje y adornos, y lo mismo en varios lugares del 
Quijote, donde se encuentra. Tómase en buena parte, y 
así, de Cardenio se dijo en el cap. 23 (II, 246) que era un 
amancebo de gentil talle y apostarais, y en el 37 (III, 121) 
se dijo del cautivo,»que daba muestras «en su apostura* de 
ser persona de calidad. — Del mismo modo en el cap. 17 
(II, 44) se figuraba Don Quijote que la hija del ventero 
era «la más apuesta y fermosa doncella que en gran parte 
de la tierra se podía hallart. III, 269. — Véase Apostura. 

Potefwia (En) propincua. — «Está en potencia propincua de ser, 
los caballeros andantes, reyes y emperadores», (está, por 

están?) II, 12. — « de ser el mayor señor del mundo». 

V, 287. — YéeiSQPropimuo. 

Potro (El) de Córdoba. — Véase Córdoba (El Potro de). 

Pozo Airón. — Este nombre se da á un pozo que hay en Gra- 
nada y que se ha creído fué abierto por los moros con el 
objeto de dar salida y respiración á los gases subterráneos 
y precaver la violencia de los terremotos. Hay otro pozo 



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403 
Airón, un lago que así se llama, en la provinda de Cuen- 
ca. IV, 238. 

Pozos de nieve, para refrescar el agua. — Sobre la antigüedad 
del uso de enfriar el agua con nieve. Plinio cuenta positi- 
vamente que Nerón inventó resfriar el agua con nieve en 
garrafas de vidrio. IV, 413, 414; V, 403. 

Predicar en desierto. — Expresión proverbial que alude á lo de 
i^vox clamantis in deserto* del Evangelio, de donde hubo de 
tomarse. Es el «surdis caneren de los latinos. IV, 100. 

Preguntanta. — Nótese la terminación en a de este verbal, que 
pertenece á la clase de las voces fácilmente formables de 
que se habló en otra Nota (IV, 243). Más abajo (VI, 280), 
hablándose de Sancho, se dice «el preguntantein de suerte 
que en este capítulo se usan las dos terminaciones, mascu- 
lina y femenina. Mas esta última era entonces nueva en 
castellano, porque antiguamente se decía «/a infaniet^, á 
diferencia del uso actual que admite las voces infanta, co- 
medianta y otras, aunque no la que motiva la presente 
Nota. VI, 278. 

Preguntar, pedir. — Abuso del verbo •preguntar» . nPreguntólut- 
go á Dorotea, le dijese», etc. No está bien «preguntar que 
se diga», sino «pedir que se diga». Quedando * preguntó 9, 
sería menester suprimir tle dijese». Igual observación se 
ha hecho ya en otra parte, donde se usó de la misma frase. 
III, 107, 124 (t); VI, 19. — lÁ quien preguntó si le sabrían 
decir si en aquel lugar vivía», etc. Estaría mejor: «á quien 
preguntó si en aquel lugar vivía una mujer», etc. VI, 28. 

Preste (El) Jican de las Indias. — El preste Juan de las In- 
dias es un personaje proverbial, que anda en boca de to- 
dos, y nadie sabe á punto fijo quién fué, ni dónde fué, ni 
cuándo fué. En la Edad Media se creía que era un príncipe 
cristiano que reinaba en la parte oriental de Tartaria, en 
los confines del Catay. Después se creyó generalmente por 
algún tiempo, en Europa, que se había dado con él en Abi- 



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404 
sinía. — Véanse las Notas: II, 14; III, 383; V, 389. — 
[I, i83.] 

Prez. — aHabiendo ganado el prcz^ .—Palabra derivada de: 

la latina pretimn, y se encuentra usada en nuestros poetas 
primitivos. I, 157. — Alguna vez se usó niprez* como feme- 
nino, aunque ordinariamente se usa como masculino. Sig- 
nifica «el honor, el lauro, el premio de alguna calidad 6 
acción loable, adquirido en competencia con otros». II, 

- 432. 

Prirfuileón. — El invencible caballero, hijo de Palmerín de 
Oliva. I, 124; II, 58. 

Primo, por primero. — «Y al canto del g^llo primoi^ . Esto es, 
al primer canto del gallo, que es pasada la media noche. 
^Primoíi, que ahora decimos ^primero», es adjetivo anti- 
cuado. Ahora no se usa sino pocas veces, y sólo en la ter- 
minación femenina. I, 240. — Alguna otra vez (V, i65) se 
llamó también, en el QuijoU, mprístinon al estado de Dulci- 
nea anterior á su encantamento. Una y otra son palabras 
latinas que se usan para ridiculizar por medio de la afecta- 
ción el asunto. Es común decir «á prima noche». — Véase 
la Nota al cap. 29 (V, 99) sobre latinismos usados en el 

Quijote. V, 225-220. 

Principalidad. — Palabra de la clase de las fácilmente forma- 
bles, pero que no han obtenido la aceptación suficiente, en 
el tribunal del uso, para pasar al lenguaje común. Signifi- 
ca la calidad de la persona que es de linaje principal; como 
si dijéramos «nobleza, ilustre prosapia». II, 3 18. — «Entre- 
tenimientos que muestran á tiro de ballesta su primipali* 
dad. IV, 137. 

Prioste. — Lo mismo que prior, cabeza ó hermano mayor de 
cofradía. Sancho había sido también prioste en su lugar, 
como lo cuenta en el cap. 43 de la segunda parte (V, 363), 
y en el presente pasaje debiera recordarlo; pero se le olvi- 
dó á Sancho, ó por mejor decir se le olvidó á Cervantes se- 



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405 
gún su costumbre. II, 187; IV, 245.— Véase Muñidor de 
cofradía. 

Pro. — «En mucha pro de su fama». — Voz antigua que signi- 
fica «utilidad 6 provecho», de que se formó ^proezan, ha- 
zaña, y que entra en la composición de «prohombre*, per- 
sona principal 6 de importancia. Prohofnbre llamó á Adán 
nuesto poeta Gonzalo de Berceo en el siglo xrii, y antes el 
autor del Poenia del Cid había usado de la palabra «/>fo», 
unas veces como sustantivo, en significación de «prove- 
cho», y otras como adjetivo, en la de «honrado». Cervan- 
tes, en el texto presenté, usó del nombre «^ro» como mas- 
culino; el citado Poema del Cid le usó unas veces como 
masculino y otras como femenino. Continuó por largo 
tiempo la variedad; pero al fin prevaleció el género feme- 
nino. Conforme con esto, el uso actual ha dado la prefe- 
rencia al género femenino en la expresión de «buena pro le 
haga», fórmula del remate en las subastas judiciales, y 
única ocasión en que se conserva la palabra «pro*. II, 174, 
175. — Véase Prohombre. 

Proceder en infinito. — Frase. Seguir una serie de cosas que no 
tiene fin. (Academia.) VI, 38i (t). 

Profecía (La) del Tajo. — La violencia atribuida á Rodrigo 
prestó asunto á la Profecía del Tajo, oda que compuso Fray 
Luis de León á imitación de la de Nereo en Horacio, y 
que es una de las composiciones que más honran nuestro 
Parnaso y que más se acercan á la sencillez y sublimidad 
de la lírica antigua. II, 36;; III, 5io. 

Profecías que se hallan frecuentemente en los libros de caballe- 
rías. — La semejanza que se halla entre la del barbero en el 
enjaulamiento de Don Quijote, y la que encontró Amadís 
de Gaula al subir en compañía de Grasandor á la peña de 
la Doncella Encantadora. III, 348-35 1. — «No cobrarán su 
primera forma». Profecía del mismo jaez que otras muchas 
que se leen en los libros caballerescos. V, 290. 



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Profesión. — «Mas como se oyeron llamar doncellas, cosa tan 
fuera de su profesión», etc. Expresión decente para signifi- 
car lo que no lo es, como sucede aquí y en otros diferentes 
pasajes del Quijote. Antiguamente la palabra ^profesión^ 
significaba sólo la religiosa, según el autor del Diálogo de 
las lenguas, quien decía con gracia que «se habían alzado 
con ella los frailes», y deseaba se admitiese también en la 
acepción general de «oficio ú ejercicio, como lo usa (dice) 
el latín y el toscano». Los deseos del autor del Diálogo se 
cumplieron en el tiempo que medió hasta Cervantes, se- 
gún se ve por el Tesoro de la lengua castellana, de D. Se- 
bastián de Covarrubias, extendiéndose el sentido de la voz 
^profesión» desde la de las monjas hasta la de las rame- 
ras. I, 33. 

Prohombre. — El que goza de especial consideración entre los 
de su clase. (Academia.) Persona principal ó de importan- 
cia. II, 174. — El doctor Zarco de Morales (véase la Nota) 
«debió de ser él prohombre del Toboso en su tiempo». V, 
166. — Véase Pro. 

Prólogos laudatorios. — La vanidad de los escritores del tiem- 
po de Cervantes hacía preceder de ordinario en las impre- 
siones de sus libros los elogios que mendigaban de sus afi- 
cionados. Cervantes, que moteja y ridiculiza este abuso, 
había incurrido en él en su Galaica, y contribuyó también 
muchas veces con sus composiciones á elogiar varios libros 
impresos de sus conocidos y amigos. I, xlvi, xlviii (Pró- 
logo). 

Prometer, en el sentido de «protestar, asegurar». — «Yo te 
prometo y juro que no faltaron». VI, 78. 

Prometer de, exceder de. — ^Prometió de darle de cenar aun- 
que excediese de todos los aforismos de Hipócrates», m Pro- 
meter de», régimen frecuente en Cervantes y antiguos es- 
critores nuestros, de que todavía se conservan vestigios en 
el uso actual. Mas no es conforme á éste el régimen que se 



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407 
da aquial verbo mexceder^^. Se dice ^excederlos», ó iiexceder' 
se de*, VI, 3. 
Pronombres personales. —SohTQ «w^, se». «Adonde yo m^ sé». 
Es propiedad de nuestro idioma, especialmente en el esti- 
lo familiar (en que es rico sobre toda ponderación), refor- 
zar el significado de los verbos con los pronombres perso- 
nales, según sucede en el presente caso. Esta adición como 
que reconcentra la acción de los verbos y la ciñe con más 
fuerza al que habla ó al de quien se habla. Pudiera haberse 
contentado el barbero con decir «adonde yo sé», y nada se 
hubiera echado menos. La añadidura del pronombre indica 
que la acción del verbo es íntima y exclusiva, como si di- 
jera «adonde yo sé y no sabe otrot . Con igual verbo y mo- 
dismo decía Ginés de Pasamonte en el cap. 22 (11, 210), 
que no era menester mucho para escribir lo que faltaba de 
su historia, t porque (decía) me lo sé de corot. Véase la 
Nota: III, 352, 353. — Varios ejemplos dados: «asno s^ es 
de la cuna á la mortaja». I, lxxi (Prólogo); «yo de mío me 
soy pacífico», I, 179 (t); «estábas^/o mirando con mucho 
sosiego Don Quijote», I, 208 (t), y «estábase todo este 

tiempo'Sancho mirando», etc., II, 85 (t); «ya s^ es ido 

el caballero», II, 180 (t); «la misma que ayer fui, me soy 
hoy», III, 117 (t); «de que la señora reina se esté como 
se estaba», ''etc., III, 119 (t); «como quiera que yo fne sea 
(dijo Don Quijote á maese Pedro), doy gracias al cielo», 
etc., V, 32 (t); y «¿Graciosico me sois?» decía Sancho á un 
mozo, rondando su ínsula, VI, i3 (t). — «Aunque yo no 
me lo veo». V, 236. — Sobre el •la» y •le»: «de dar¿^ facul- 
tad para entrar á decirfe su cuita». Véase un ejemplo 

de la ventaja que puede traer para la claridad el uso de «la» 
en el dativo del pronombre *él». El «dar/«» es á la conde- 
sa; «decir/e» es al duque. Alguna otra ventaja puede sacar- 
se en la composición, cuando, juntándose dos verbos de dis- 
tinto régimen, el uno de dativo y el otro de acusativo, pue- 



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den regir ambos el «te», no pudiendo de otra suerte reunir- 
se. V, 254* — Sobre «les9 y tte»: «Y así les dieron cuarto 
aparte, y las sirvieron como á forasteras». Uso promiscuo 
de ^Icsd y «/as» en dativo, autorizado por Cervantes. VI, 

74. — «¿Qué gala, qué brío le enamoraron (á Altisido- 

ra)?» Ejemplo del pronombre «fe» usado en acusativo fe-- 
menino. — El uso no ha fijado enteramente los casos del pro- 
nombre «éh, cual fiíere de desear. Véase la larga Nota so- 
bre éstos y otros, ello, día, ellas, etc. VI, 169-172. 
Propincuo. — Allegado, cercano, próximo. (Academia.) Pala* 
bra latina. Cervantes la usó dentro y fuera del Quijote. Lope 
de Vega quiso ridiculizarla como propia de la culta latini- 
parla, citando á un poeta manchego que dijo en su Taram- 
baina (todo es burlesco): 

tEn viendo que el estío esiá propincuo, 
Por mi salud las damas derrelincuo». 

II, 12; V, 98, 99, 287; VI, 367. — Véase Potencia (En) 
propincua. 

Propósitos, propuestas. — «Á las desvergüenzas de sus propósi' 
tos*. ^Propósito* es disposición interior del ánimo, y por esto 
no le conviene la «desvergüenza», que no cabe sino en lo 
que se manifiesta exteriormente por palabras ó por accio- 
nes. Pudiera decirse «desvergüenza de sus propuesiast, 
pero no «de sus propósitos t: éstos, para ser m propuestas 9 , 
necesitan manifestarse con las palabras. II, 417. 

Prosa (En) como en verso. — «Que la épica también puede es- 
cribirse en prosa como en versoí». — Cervantes resolvió aquí 
la cuestión que se agitó un siglo después con ocasión del 
Teléniaco, escrito en prosa por el arzobispo de Cambray; 
pero no fué opinión peculiar suya, sino de muchos litera- 
tos de su siglo. — Francisco de Cáscales, en sus Tablas poé^ 
ticas, dice: «no piense nadie que el verso hace á la poesía, 
ni la prosa á la historia; porque la historia de Tito Livio 
ó de Salustio, aunque se escribiese en verso, nr más ni 



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409 
menos sería historia; y si la litada de Homero se traduje- 
se en prosa» ni más ni menos sería poesiai. III, 392, SgS. 

Prosopopeya. — Palabra que en el estilo grave y sublime tiene 
muy distinta significación que en el familiar y burlesco. 
Allí significa una figura retórica; aquí, afectación de grave- 
dad ceremoniosa y pausada. V, 252; V, 422 (t); VI, 
68 (t).^ 

Prueba (A) y estése, — «Porque entre moros no hay traslado 
á la parte, ni d prueba y estése, como entre nosotros». — Ex- 
presión que, además del sentido recto jurídico, se dice me- 
tafóricamente por el que se tiene detenido sin despacharle 
en algún asunto. (Academia.) V, 52. — Véase Traslado. 

Prueba (La) del vaso. — Véase l^aso (La prueba del). 

Prueba del vino (El cuento de la). — «Una llave pequeña, pen- 
diente de una correa de cordobán t. — Pellicer observó ya 
que Cervantes había insertado este cuento en uno de sus 
entremeses intitulado Elección de los alcaldes de Daganzo, 
IV, 23i, 232. — Véanse Berrocal (Juan) y Mojón. 

Pucheritos. — «Y Sancho las recibió con pucheritos*. — La ex- 
presión de tristeza en los niños cuando fruncen los labios y 
sollozan para romper á llorar. (Academia.) — Porque hin- 
chan los carrillejos á modo del puchero, que es ventricoso. 
(Arrieta.) — V, 3y3; VI, 454 (textos). 

Puente (La ley de la). — «Una pregunta que un forastero le 
hizo (á Sancho el gobernador)». Casos semejantes á éste 
en la Silva de varia lección , de Pedro Mejía, y en la Angé^ 
lica, de Luis Barahona de Soto. Tal vez los de Barahona 
excitarían la idea del de Cervantes. VI, 47, 48. 

Puercos, — «Una manada de puercos (que sin perdón así se 
llaman)». La gente de poca cultura suele pedir perdón 
cuando tiene que nombrar esta clase de animales, que, con 
una expresión judaica ó mahomética, llamamos inmundos. 
Cervantes mofa aquí de semejante costumbre, así como la 
remeda en la segunda parte, cap. 45 (V, 417), donde dice 



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410 
el ganadero: «esta mañana salía de este lugar de vender 
(con perdón sea dicho) cuditro puercos» . I, 3i. 

Puerta (A) cerrada, — • Mando toda mi herencia á puerta ce- 
rrada á Antonia. Qu\]a.naL, mi sobrina». Esto de ^d puerta 
cerrada» quiere decir «á la sobrina sola», sin dar partici- 
pación en la herencia á otra persona alguna, pues el dueño 
único de una casa puede cerrar su puerta á todos los de- 
más. VI, 456. 

Ptiertocarrero (D, Pedro), — Nombrado gobernador de la Gole- 
leta por D. Juan de Austria, la defendió con mucho valor 
hasta que los turcos la tomaron por asalto, quedando cau- 
tivo con los pocos soldados que sobrevivieron á la defensa. 
Tacháronle algunos de poca práctica é inteligencia en las 
reglas del arte militar; pero cumplió con las del honor, y, 
conducido á Constantinopla en la armada otomana, falleció 
durante la navegación, cerca del cabo de Maina en Morea. 
III, 167. 

Puerto Ldpice,--rhdLS dos aventuras que aquí se mencionan 
como pertenecientes á la primera salida de Don Quijote, á 
saber: la de los molinos de viento y la del vizcaino, que es 
la de Puerto Lapice, se refieren después en el cap. 8.° (I, 
174), y pertenecen, sin duda, á la segunda salida. Es in- 
excusable la distracción con que Cer\'antes confunde los 
sucesos de ambas. I, 29. — En lo antiguo, según la rela- 
ción que de orden del rey D. Felipe II dieron el año de 
1576, aquellas comarcas estuvieron pobladas de bosques^ 
y, por consiguiente, hubo suficiente motivo para que Don 
Quijote las calificase de país propio para teatro de caballe- 
rías, en que se podían «meter las manos hasta los codos 
en esto que llaman aventuras». 1, 174. 

Pulcela tierna. — aPulcela* puede ser italianismo ó galicismo. 
Covarrubias trae ^Poucella» como nombre de la de Orleans^ 
diciendo que en francés significa tdoncella». V, 399. 

Pnlci (LuiSy Ludovico ó Luígi). —Su poema // Margante Mag^ 



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411 
giore, traducido del italiano por Jerónimo Auner, valen- 
ciano. I, 12/117; II, 53; IV, 25. — Véase Margante (II) 
Maggiore. 

Pulgar (Femando de). — Sus Claros varones de Castilla. III, 
465-467.— [I, 380-382.] 

Pulgar (Hernán Pérez de). — Apellidado «el de las Hazañas», 
por las que ejecutó en la guerra y conquista de Granada. 
— Su Vida de Gonzalo de Córdoba. II, 5ii. — [I, 181-182.] 

Pullas (Eclvar). — En el día se entiende comunmente por 
ftpiUlaT^ un dicho agudo y picante de los que se usan en- 
tre gente ordinaria. En lo antiguo tuvo significación me- 
nos favorable. IV, 177. 

Puñales. — ^Los de Sevilla y los ele Genova. IV, 427. 

Punta (Armado de) en blanco. — Quiere decir «con todas las 
piezas de una armadura completa, que le cubrían de los 
pies á la cabeza». En la aventura de la carreta de las Cor- 
tes de la Muerte se dice, en el cap. 11 (IV, 189), que en- 
tre los farsantes había «un caballero armado de ptmia en 
blancoT», sólo que traía sombrero en lugar de morrión y ce- 
lada. VI, 320. 

Puntada (No dar). — «Lotario respondió que no pensaba más 
darle puntada en aquel negocio». — No dar puntada: no ha- 
cer ni decir cosa alguna: metáfora tomada de los sastres y 
costureras. III, 34. 

Puntas y collar de hechicero. — •Puntasv eran guarniciones de 
randa ó encaje, que solían ponerse, unas veces en los pa- 
ñuelos, como el que sirvió á Montesinos para limpiar el co- 
razón de Durandarte, según se refiere en la parte segunda, 
cap. 23 (IV, 433), y otras, en las valonas, como en las de 
los diablos que Altisidora dijo haber visto jugando á la pe- 
lota á la puerta del infierno. (Cap. 70, segunda parte. VI, 
398.) En la misma segunda parte, cap. 52 (VI, 81), cuen- 
ta Teresa Panza que su hija Sanchica «ganaba cada día 
ocho maravedís horros» haciendo puntas de randas: y del 



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412 

cura Pero Pérez se dice también que tenía «sus punías y 
collares de poeta*. (Segunda pafte, cap. 67. VI, 362.) — ^Por 
consiguiente, las apuntas y collar •, que eran adornos de 
la persona, se toman irónicamente en el texto por «añadi- 
duras y desperdicios» de hechicero. II, 200. — Tener sns 
puntas y collar 6 collares de alguna facultad 6 ciencia: frase. 
Saber algo de ellas. (Salva.) 

Punto (Subir de). — «Y aun las subía depunto*. — Frase. Crecer 
6 aumentarse alguna cosa. (Academia.) VI, 19 (t). 

Puntos de la herida. — «Acordaron de no tocarle en ningún 
punto de la andante caballería por no ponerse á peligro de 
descoser los de la herida, que tan tiernos estaban» . Son los 
puntos de la herida: expresión metafórica tomada de la cos- 
tumbre de coser materialmente los cirujanos los labios de 
las heridas cuando eran largas, para conservarlos imidos 
y facilitar la cicatrización; y aun solía denotarse el tama- 
ño de las heridas por el número de puntos que se necesita- 
ban para cerrarse. Conforme á esto, en la novela de Rhi" 
coñete y Cortadillo se cuenta aquel gracioso caso de la 
cuchillada de catorce puntos que, por precio de cincuenta 
ducados, había de darse á un mercader, y el ejecutor, cal- 
culando que cuchillada de aquel tamaño no cabía en la cara 
del amo, se la dio á un lacayo suyo que la tenía suficien- 
te. IV, 3. 

Quando cdput dólet, cestera membra dólent. — «Del dolor de la 
cabeza han de participar los miembros». Así lo dice San- 
cho, citando para ello á Don Quijote, y éste, con efecto, lo 
había dicho en el cap. 2.^ anterior (IV, 35); pero lo había 
dicho en latín, quando cdput dólet, etc.; pero entonces dijo 
Sancho que no lo entendía, porque no entendía otra len- 
gua que la suya. IV, 55. — Clemencín olvida que Don Qui- 
jote se lo explicó á Sancho, diciéndole: «quiero decir que 
cuando la cabeza duele, todos los miembros duelen» (IV^ 



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413 
35), y la feliz memoria de Sancho retuvo esto, como rete- 
nía cuando oía á su amo, quien al fin le dice: «Socarrón 
sois, Sancho; á fe que no os falta memoria cuando vos 
queréis tenerla». (IV, 55, 56.) 
Que, como un expletivo. — Uso excesivo de ello en el Quijote. 
«Y le preguntó qi^e quién era». I, 90 (t); «le volvió á pre- 
guntar que cómo estaba». I, 92 (t); «y preguntáronle que 
por qué le desnudaba», I, 184 (t), y numerosos ejemplos 
semejantes: I, 199, 259; II, 47, 244; III, 222 (textos). — 

«A fe que que quizá que vuestra merced que se 

engañaba en lo que dice». Hubiera convenido que Cervan- 
tes suprimiese alguno de los muchos mquesT» que afean por 
su repetición el presente período. II, 149. (Es de obser- 
varse que esto fué dicho por Sancho, quien hablaría en 
modo rústico.) — Ejemplo del •que* repetido diez veces en 
cuatro ó cinco renglones. Verdad es que algunos de ellos son 
enteramente inútiles, porque no tienen oficio en la oración, 
y debieran haberse suprimido. V, 468. — ^Que qué tenía». 
Repetición y cacofonía de mal sonido (¿puede haber -caco- 
fonía de buen sonido?), en que incurrió Cervantes en el dis- 
curso de esta obra, como se ha observado ya en Nota al 
cap. 4.^ de la primera parte (I, 75). VI, 196. — Quej de. 
Hay en castellano, y lo mismo en los demás dialectos de la 
lengua latina, dos monosílabos que ocurren á cada paso: 
que y de. Véase la larga Nota sobre su uso frecuente y su 
importancia: I, 75, 76. — ^¿Qué es la causa?» itQué», por 
«cuáh, es como se dice ordinariamente. VI, 166. — ^Que 

con un par de pollos tendremos lo suficiente». •Que* 

está aquí en vez de •porque*. El uso del •qtie» como con- 
junción, es notable en la lengua castellana. Me parece que 
se asemeja al car francés, ó al naní latino. Se usa mu- 
cho en el Quijote y en todos nuestros antiguos escritores. En 
el día se usa también, aunque pocp. Este «que*, usado así, 
tiene menos fuerza que el aporque* . VI, 197. 



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414 

Que d sus aventuras van, — «Destos que dicen las gentes, que d 
sus aventuras van^. — Dos versos que deben pertenecer á al- 
gún romance antiguo. III, 469; IV, 275. 

Qu^ minea sane Don Quijote.— He aquí bien retratada la in- 
sensatez con que se celebra y aun fomenta muchas veces 
por diversión el desvarío de los locos y de los borrachos; 
crueldad refinada en la cual no se fija bastantemente la 
atención, y que la razón y mucho más los principios reli- 
giosos exigen se cambie en respeto hacia los infelices que se 
hallan en tan miserable estado, y en caritativa solicitud 
para sacarlos de él, si nos fuese posible. Es preciso con- 
fesar que eclesiástico de casa de los Duques, á pesar de su 
inoportunidad, obraba y hablaba más conforme á razón y 
justicia. (V, 145.) VI, 33i. 

¿Qué peje pülaíno (pigliamo, italiano)? — Dice Don Quijote, di- 
rigiéndose al mozo, y queriendo decir, según Hinard: •qtícl 
poisson prenons-nous et que doiUil nous avenir?^» V. 28. 

Que parece que ahora la veo. (Sancho hablando de la pastora 
Torralva). — Con la misma expresión habló el pastor Pe- 
dro de la madre de Marcela en el cap. 12 de esta primera 
parte (I, 25o). III, 126. 

Que se sienta y no se diga. — D. Luis de Góngora jugó con este 
pensamiento en una de sus letrillas, en que dijo: 

Manda anwr, en su fatiga ^ 
Que se sienta y no se diga; 
Pero á mí más ine contenta 
Que se diga y no se sienta. 

En los villancicos del Caiwionero de Fernando de Castillo^ 
impresos en Sevilla en 1540, hay una (letrilla) de Juan de 
Estúñiga, que dice así: 

Mi peligrosa pasión 

Me castiga (esto es, amonesta) 

Que se sienta y no se diga. 



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415 
Según Pellicer, la redondilla *De la dulce mi enemigan se 
tradujo del original de Serafín Aquilano, que dice: 
Dalla dolce mia netnica 
Nasce un duol ch'esser non suole; 
E per piü tormento vuole 
Che si senta é non si dica. 

Mas Luis Gálvez de Montalvo cita estos mismos versos de 
Aquilano como una de las imitaciones hechas por los poe- 
tas italianos de las redondillas castellanas. Y, 277, 278. 

Que yo no estoy para dar migas d un gato, según traigo alboro- 
tado y trastornado el juicio. (Don Quijote á Sancho.) — Que 
yo no estoy i etc.: expresión proverbial que no recuerdo haber 
leído en otro autor anterior á Cervantes, y que es de particu- 
lar gracia y oportunidad para el intento. Es cierto que el in- 
cidente de la apuesta de los labradores está sumamente bien 
razonado y hablado. VI, 346, 

Quebrar los ojos. — «Yo, señora de mi alma, estoy determina- 
da, con licencia de vuesa merced yéndome á la corte 

para quebrar los ojos á mil envidiosos que ya tengo». (Car- 
ta de Teresa Panza á la Duquesa.) VI, 76 (t). — Quebrar 
los ojos: lo mismo que •dar en ojosn, mortificar, causar en- 
vidia, dar un mal rato á otro con la propia prosperidad. 
(Arrieta.) — Frase familiar. Desplacer 6 desagradar á algu- 
no en lo que se conoce ser de su gusto. (Academia.) 

Quebrarse la cabeza. — «¿Digo algo, 6 quiébrome la cabeza?» 
Esto es, «¿6 me propongo imposibilidades?» — Frase. Hacer 
6 solicitar alguna cosa con gran cuidado, diligencia ó em- 
peño, 6 buscarla con mucha solicitud, especialmente cuan- 
do es difícil 6 imposible su logro. (Academia.) VI, 7 (t). 

Quedar en pelota. — «Quedaron ^n pelotari es aquí quedárselo 
con la ropa interior, pero no en cueros, significación que 
ordinariamente se da á t quedar en pelotas». En el mismo 
sentido que en este pasaje, se dice en adelante (VI, 416), 
•quedándose en pelota». VI, 99. — • Dejándole en pelotat^ , úni- 



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4i6 
camente con la ropa interior y no en carnes. II, 222. — 
Véase Pelota (En). 

Quedar (No) d deber nada. — f Yo sé bien que no nos quedamos 
á deber nadaíi. Frase metafórica. Corresponder alguno con 
el dicho 6 las acciones á las que otro ha ejecutado con él. 
(Academia.) IV, 441 (t). 

Quedó el visorrey de hacerlo así. — nQuedó en hacerlos es como 
ahora diríamos. VI, Sig. 

Quemarse las cejas. — Frase metafórica y familiar con que se 
denota que alguno estudia mucho, (Academia.) III, 396 (t). 

Querer, anmr. — «Y los amo y los quiero mucho». Está mal 
guardada la gradación, porque es menos querer que amar; 
y así, debió decir: «y los quiero y los aíno mucho». VI, 43. 
— Con la misma mala gradación se dijo en el capítulo 24, 
primera parte (II, 257): «Á esta Luscinda améy quise y 
adoré desde mis tiernos y primeros años». — «Hasta que 
yo viese lo que Ricardo me queríais: en esta ocasión •que- 
rer9 no es namar^ty como en otras; ^quererme^ significa 
«desear de mí», ó «desear que yo hiciese». El relativo «/o 
quei^, y no el pronombre «m^», es el objeto en que ter- 
mina la acción del verbo. Lo contrario sucedería en la 
acepción de mamara : el pronombre personal sería el obje- 
to, y el relativo equivaldría al adverbio «icuanto». II, 25g. 

Quevedo y Villegas (Don Francisco de). — Secretario del duque 
de Osuna, virrey, primero, de Sicilia, y después, de Ñapó- 
les. II, 189. — Cervantes hizo de él especial y honorífica 
mención en su Viaje al Parnaso. IV (Dedicatoria), IV, 
83; VI, 292. — Gran voto en materia de proverbios, expre- 
siones proverbiales y cuentos viejos. III, 396. — Entre los 
españoles modernos ha sido usanza común atribuir los di- 
chos ingeniosos á D. Francisco de Quevedo. II, 5i3. — So 
pragmática contra los poetas en el Gran Tacaño. I, 139. 
— Ridiculizó en el mismo, con su acostumbrada dicaci- 
dad, á los escritores de comedias de Santos. III, 407. — Su 



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417 t 

Epístola satírica, contra las costumbres de su tiempo, al 
conde-duque de Olivares. IV, 324. — Profesó á las dueñas 
igual afición que Cervantes. IV, 140; V, 192. — Usa de la 
expresión ^per sígnum cnicisv en su Vida del Gran Tacaño. 

V, 84. — En El entremetido, la dueña y el soplón, uno de los 
opúsculos festivos de D. Francisco de Quevedo, se da á 
Plutón el tratamiento de «vuestra diabledad» y «vuestra 
diablería». V, 181. — En el Libro de to(las las cosas dijo 
que para hablar la lengua arábiga «no es menester más 
que ladrar, que es lengua de perros». VI, 307. — [II, 
275, etc.] 

Quien, como pronombre relativo. — (tUn bálsamo de guien 
tengo la receta en la memoria». Mejor dicho estaría: «es 
un bálsamo cuya receta tengo en la memoria», porque el 
relativo nquienv se dice más comunmente de las personas 
que de las cosas. I, 2i5. — Cervantes solía no tener cuenta 

con esto, como sucede aquí: «Una alcuza de quien el 

ventero le hizo grata donación», y poco después (II, 5o), 
donde dice: «la estera de enea sobre quien se había vuelto á 
echar». II, 49. — «Un aposento, de quien el huésped le dio 
la llave»: según el uso actual, se diría: «cuya llave le dio el 
huésped». VI, 196. — «En una parte de quien yo sola tengo 
noticia». He aquí otro de los casos en que usa Cervantes 
del pronombre relativo tuquien» aplicado á cosas, que no 
suena bien, según el uso actual. VI, 3io. — «Una sala baja, 
á qnienri, etc. Otro ejemplo de iiqutenn, aplicado á cosas. 

VI, 417. — Sin embargo, el mismo Clemencín, en una de 
sus Notas (I, 258), dice: «porque se hablaba déla aocasiónn, 
con quien debió necesariamente concertar el pronombre». 

Quien. — Ejemplos bien marcados del uso del relativo mquient 
en plural: «Donde se declara quién fueron los encantado- 
res», etc. VI, 24. — «Las pastoras de quien hemos de ser 
amantes». VI, 358. 

Quien, aplicado á Rocinante. — «Á quien Don Quijote enco- 

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• 4i8 

mendó muchou. Falta el pronombre fie»: cá qmm Don 
Quijote le encomendó mucho •; de otra suerte, parece que 
Rocinante era á quien se hacía el encargo. — Nótese al pro- 
pio tiempo en este pasaje el uso del relativo ^ quien», que 
es propio de personas, y aquí se aplica á un animal. II, 
jjty. Y nótese también que en esta misma Nota dice Cle- 
mencín: «de otra suerte, parece que Rocinante era á qtiien 
se hacía el encargo». 

Quien (A) Dios se la diere, San Pedro se la bendiga. — Refrán 
que enseña la resignación y conformidad que se debe tener 
con la voluntad de Dios en el repartimiento que su provi- 
dencia hace de los bienes entre los demás. Lat, Quod cui- 
que obtigit, id quisque teneat. (Diccionario grande de la Aca- 
demia.) VI, 322. — Este refrán es citado otras dos veces 
por Don Quijote. III, Sig; VI, 144 (textos). 

Quien destaja no baraja, — Refrán que advierte que, para evi- 
tar quimeras y pleitos, conviene prevenir todos los lances 
al principio de algún negocio. (Academia.) IV, 120 (t). 

Quien en f arenal siemf>ra, non trilla pcgujares. — Antiguo re- 
frán citado por el arcipreste de Hita. II, 146. — Véase Pe- 
gujares. — [III, 201, n.] 

Quien (Que) llevaba tan atadas las manos, tuviese algún tanto 
suelta la lengua. — Así dijo Don Quijote al comisario, ha- 
blando de Ginés de Pasamonte, el galeote. Bella expresión, 
no menos por lo contorneado del período y lo perfecto del 
lenguaje, que por la benignidad y noble indulgencia del 
pensamiento. II, 211. 

Quienquiera que seáis, rústicos dioses. — Invocación de Don 
Quijote, durante su penitencia en Sierramorena. II, 298. 

Quiero el envite. — Metáfora tomada del juego del envite, y se 
dice así cuando se acepta éste. Aquí significa aceptar el 
convite. (Arrieta.) — Envite: apuesta que se hace en varios 
juegos de naipes y otros, parando, además de los tantos 
ordinarios, tanta cantidad á algún lance ó suerte. — Metafó 



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419 
rico. Ofrecimiento de alguna cosa. (Academia.) VI, 35o 
(t). — Véanse Envite y Tener el envite, 

Quijada (Gutierre), de cuya alcurnia yo deciendo. — Ocurrencia 
casual, de que se aprovechó ingeniosa y oportunamente 
Cervantes al hacerse mención de Gutierre Quijada, cuyo 
apellido, según se dijo en el primer capítulo de la fábula 
(I, 4 y i8), atribuyeron algujios autores á"Don Quijote. — 
Caballero castellano que vivió en el siglo icv. — Véanse las 
Notas: III, 461-464. 

•Quijana (Antonia), — Sobrina de Don Quijote y heredera de 
toda su hacienda. VI, 456. -m.tn*: /)cHt^< ^ 

Quijana (Alonso) el Bueno, — El verdadero nombre de Don 
Quijote. Si Cervantes quisodesi^^'^ eS sli n?roe algún 
original verdadero, lo que no es inverosímil, pudo tener 
éste el apellido de Quijano, y Cervantes se contentaría con 
indicarlo del modo que lo hizo. Si después lo expresó sin 
disimulo al fin de su obra, acaso sería por haber muerto 
en el intervalo de los diez años que mediaron entre la pu- 
blicación de la primera y de la segunda parte. Esta sutil 
é ingeniosa conjetura es del erudito D. Ramón Cabrera. 
VI, 436, 45i. — «Y como Don Quijote no tuviese privilegio 
del cielo para detener el curso de la suya (vida)», etc. ¿Qué 
lector, al llegar á este pasaje, no siente una cierta melanco- 
lía viendo acercarse el fin de su héroe? ¡Con qué tierna sen- 
sibilidad trazó Cervantes en este capítulo (74) los rasgos 
característicos de Alonso Quijano el Bueno! De aquí el in- 
terés que inspira al lector. Este efecto de la fábula es una 
prueba triunfante de su mérito y de la habilidad del fabu- 
lista, que, al través de los rasgos de locura de Don Quijote, 
ha sabido pintar diestramente y hacer amar á los lectores 
el carácter dulce, franco y sensato del honrado hidalgo de 
Argamasilla de Alba. VI, 445. 

Quijote, — «Don Quijote de la Mancha». ^Quijotev es la parte 
de la armadura que cubría el muslo, y pudo venir del fran- 



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420 

cés ctiisse. Cervantes escogió con oportunidad el nombre 
de su protagonista entre los de las piezas propias de la pro- 
fesión caballeresca; y entre éstos dio la preferencia al de 
la terminación en ote, que en castellano se aplica ordina- 
riamente á cosas ridiculas y despreciables; como libróte, mo- 
nigote, mazacote. (Véase Ote.) — En lo de tomar el apellido 
del nombre de algún país, procedió Don Quijote muy con- 
forme á la práctica comunmente observada en los libros de 
caballerías. I, 19. 
Quijote (Don). — Sobre el título de la fábula. I, 200. — Sus mé- 
ritos y defectos y su suma originalidad. I, xxxiii (Prólogo). 
— División de la obra en partes. I, 192, Sog; II, 387. — Sin 
sujeción á plan alguno formado de antemano. I, xxvii 
(Prólogo). — La negligencia de Cervantes contribuye por 
otra parte á realzar más el mérito del libro. V, 234. — 
«Él creía que su obra no necesitaba de comento; mas no 
se juzgó del mismo modo en el mundo literario. I, xxv (Pró- 
logo); IV, 62. — Sus inverosimilitudes. IV, 3o6; V, 404; 
VI, 323. — Anacronismos y faltas de exactitud. I, xxix (Pró- 
logo); IV, 288. — Numerosasedicionesdel(5«?7o/^y su vas- 
ta popularidad. IV, 41-52, 63, 276. — El Doctor Bowle re- 
galó á D. Juan Antonio Pellicer un ejemplar de la de 1608, 
y después lo adquirió D. Martín Navarrete y es el único de 
que tengo noticia. IV, 51. — Sobre la significación del títu- 
lo de Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, I, XLIV 
(Carta al duque de Béjar), 22; II, 22 (Epígrafe al capí- 
tulo 16, i.^ parte); VI, 462 (t). — Excelencia del bosquejo 
del carácter de D. Quijote. VI, 448, 449. — Motivo y pro- 
pósito de Cervantes en escribir la obra. I, 201; IV, 278; 
VI, 467. — Su argumento. I, xxvii (Prólogo). — Comedías 
de varios autores, cuyos asuntos se tomaron del Quijote; 
pero «La figura del ingenioso hidalgo siempre pierde cuando 
otra pluma que la de Benengeli se atreve á repetirla» . (Don 
Leandro Fernández de Moratín.) III, 40, 354, 411; IV, 



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421 

399> 400. — La duración de la fábula. III, iSa. — La se- 
gunda parte, la mejor. IV, 76; V, 85. — Dos capítulos fin- 
gidos del Quijote, por algún alemán. VI, 296. [Véase una 
nota de M. Ticknor, en su Historia. II, 143.] — El final del 
Quijote adolece de flojedad y languidez. VI, 260. — Su in- 
mortal autor, al acercarse al fin, hacía lo que el cisne, reani- 
mando así de una manera sorprendente la acción desmaya- 
da y floja por si misma. VI, 408, 445. — El carácter de Don 
Quijote, como un hombre, 6 el de Alonso Quijano el Bueno. 
I, XXXII (Prólogo); II, 243; V, 374. — Sus varios apellidos, 
de Quijada ó Quesada, Quijana, y el verdadero de Quijano, 

I, 4, 91 (textos); VI, 436, 445, 45i. — Avellaneda, en el 
primer capitulo de su QtUjote, dijo que el nombre propio de 
éste era el de Martín Quijada, y aun quizá por esta razón se 
fijó aquí Cervantes en el apellido de Quijojio, desechando los 
otros tres, entre los que había titubeado en los primeros ca- 
pítulos de su obra. VI, 452. — «Como contendieron las siete 
ciudades de Grecia por Homero». Respecto al autor de la 
fábula del Quijote, hasta ocho poblaciones de España se han 
disputado la gloria de haberle dado nacimiento: Madrid, 
Toledo, Sevilla, Lucena, Alcázar de San Juan, Esquivias, 
Consuegra y Alcalá de Henares. Esta última ha triunfado 
de sus competidores, y se halla ya en pacífica posesión de la 
palma. (Véase á Navarrete, Vida de Cervantes.) VI, 462. 
— Las muchas imperfecciones tipográficas de las ediciones 
primeras. II, 10. — Las dos partes de la obra comparadas: 
si cabe alguna duda, más bien caería la balanza del juicio á 
favor de la segunda. IV, 76. — La librería de Don Qui- 
jote. I, io3; II, 267; III, 389. — Don Quijote como poeta. 

II, 235 (t), 337, 338; V, 424; VI, 36i, 372.— Sobre la 
poesía. IV, 283. — Dice que sabe «algún tanto del tosca- 
no». VI, 287. — Su falta aparente de sinceridad respecto á 
Dulcinea. II, 3i5. — «Mis amores y los suyos han sido 
siempre platónicos», II, 3o8 (t); «no la he visto cuatro 



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422 

Veces», II, 309; «no había visto en su vida á Dulcinea», 

IV, i56; V, iSg. — «Yo no soy casado, ni hasta ahofa rae 
ha venido en pensamiento serlo». IV, 403. — Cervantes 
hizo á Don Quijote humano, afectuoso, sensible; y véase 
el origen del interés que la persona del hidalgo manchego 
inspira á los lectores de esta fábula. V, 374; VI, 445, 
454. — Sobre su locura. VI, 448, 449. — Su traje. I, 3; IV, 
325; V, i36. — Sabía «nadar como un ganso», V, 107. — Su 
desnudez en la descomunal batalla que tuvo con los cueros 
de vino. III, 75. — Sus varias hazañas; satisfaciendo agra- 
vios, etc. V, 148. — Su alocución á Rocinante, al darle li- 
bertad, quitándole el freno y la silla, y dándole una pal- 
mada en las ancas. II, 299. — «Propuso en su corazón de 
armarle (á Sancho) caballero». III, 3o8. — Descripción que 
hace Don Quijote del carácter de su escudero. IV, 386 (t); 

V, 168, 368. — Consejos que dio Don Quijote á Sancha 
antes que fuese á gobernar la ínsula. V, 343, 347-360; VI, 
51. — «Vengóte á azotar», dijo Don Quijote á Sancho á 
quien despertaba de un sueño profundo y grato. VI, 223. 
— Le suplicó encarecidamente á bordo de la galera, que se 
diese azotes para acabar con el desencanto de Dulcinea: una 
de las salidas más graciosas que hay en el Quijote. VI, 3oi. 
— El discurso que dirigía á Sancho, alegando á Homero y 
Virgilio. Esta disertación académica de Don Quijote, pro- 
nunciada gravemente ante un pobre aldeano en las quebra- 
das y derrumbaderos de Sierramorena, tiene mucho de có- 
mico. II, 282. — Quiere que Sancho ponga mano á su espa- 
da para castigar á la canalla. II, 7. — Dos veces Don Qui- 
jote apalea á Sancho. II, i38, 467. — Elige el nombre de 
Quijotiz para sí, y el de Pa^ícmo para Sancho, para sus pas- 
torales ejercicios. VI, 356, 438. — La edad de Don Quijote y 
de Sancho. I, 4 (t); IV, 385; V, 91, 172. — Don Quijote era 
hombre de poco sueño. II, 229; I, 4, 255; VI, 365 (textos). 
— «El rey mi suegro» ; en este pasaje se olvida enteramente 



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423 
de Dulcinea. II, i85. — Su carta á ella. II, 320, — El po- 
bre hidalgo enjaulado. III, 354.-^Amadis de Qaula, su 
modelo. II, ii6, 283, 334; V, 378. — Su apostrofe á San- 
cho dormido. IV, 370. — Su invocación á los «rústicos 
diosesf en Sierramorena. II, 298. — Sobre la libertad. VI, 
157. — Bella descripción de los dos ejércitos. II, 80. — Dis- 
curso elocuente sobre la edad dorada, ó la «dichosa edad*. 
I, 230-234; VI, 180. — Observaciones discretas que hizo 
Don Quijote á D. Diego de Miranda sobre el modo de 
tratar á los hijos. IV, 282 (t). — Sobre el matrimonio. IV, 
356, 357, — Sobre la comedia del teatro y la de la vida hu- 
mana, con la comparación, que introduce Sancho, de ésta 
con el juego del ajedrez. IV, 2o5, 206. — Las tres salidas 
de Don Quijote. IV, i, 2. — «Hubiera debido preferirse que 
fuese una sola la salida de Don Quijote, en lugar de las tres 
que hizo y que pudieran parecer tres acciones diferentes. 
I, xxviii (Prólogo). — ^La fábula del Quijote, compuesta de 
sus tres salidas, viene á ser como una comedia con tres 
jomadas. IV, i32. — El testamento de Don Quijote. II, 135 
144; III, 354 (t);IV, 127; VI,45i. — Su muerte. VI, 461 
—Epitafios. III, 533-539; VI, 463. 
Quijote (Partes del). — Confusión en la división de ellas. — Ne 
gligencia y falta de plan con que se escribió el Quijote 
' Cervantes, acaso por imitar al libro de Ainadts de Gaula. 
como conjeturó Bowle, subdividió el suyo en cuatro par- 
tes, pero sin interrumpir la serie de los capítulos; y así 
como las partes segunda, tercera y cuarta de Atnadís em 
piezan en los capítulos 44, 65 y 82 de aquella historia, las 
del Ingenioso Hidalgo empiezan en los capítulos 9.°, i5 y 
28. En la segimda parte del Quijote abandonó Cervantes la 
anterior división, ó porque no le pareció bien ó porque no 
tuvo presente lo que hizo en la primera. No pudo libro 
alguno hacerse menos de pensado. I, 192, 206. — (Esta No- 
ta de Clemencín no me parece inteligible: lo es más la si- 



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424 
guíente): Cervantes subdividió la primera parte de su Qui- 
jote en otras cuatro. La primera comprende hasta el ca- 
pítulo 9.° (I, 192); la segunda, hasta el i5 (II, i); la ter- 
cera, hasta el 28 (II, 887), y la cuarta, hasta la conclusión 
en el cap. 52 (III, 539), En la segunda parte del Quijo- 
te abandonó esta división, y no guardó otra que la de los 
capítulos desde el i.° hasta el 74, que es el último (IV, i, 
hasta VI, 468). II, 387.— Véase también la Nota de I, 
309. — «La segunda parte de Don Quijoter^. Aquí mparicp se 
dijo por las apartes* ó papeles de la comedia. II, 520. — 
Véase Segunda (La) parte de Don Quijote, 

Quimeristas. — «Y de los moros no se podía esperar verdad 
alguna, porque, todos son embelecadores, falsarios y quitm- 
ristas^. — En el día entendemos por ^quimerista* lo mismo 
que «pendenciero». IV, 47. — ^La Academia da como uno 
de los sentidos de esta palabra: «sustantivo masculino. El 
amigo de ficciones y cosas quiméricas.» 

Quínola (La) de sus años. — Sancho dice á la dueña Rodríguez: 
«pues no perderá vuesa merced la quínola de sus años por 
punto menos». — Metáfora tomada de cierto juego de nai- 
pes, en el que se dice «hacer quínolas cuando se tiene cier- 
to número de cartas, cada una de su palo; y con la que San- 
cho da á entender á la dueña Rodríguez que, para hacer 
quínola en cuanto á vejez, ó llegar á los años de ésta, no le 
faltaría ninguno. (Arrieta.) — Juega aquí y travesea Sancho 
con las palabras A/g^a, madura y quínola. V, i3i, 191,457. — 
Véase Higa. 

Quintanar (Un ganadero del). — Por esta circunstancia bien 
pudiera ser Juaii Haldudo, vecino del Quintanar, de quien 
se hizo mención en el cap. 4.°, primera parte (I, 72), pues, 
aunque allí se le llama labrador, se dice también que te- 
nía ganado lanar. No ha faltado quien mire esta mención 
de los perros del Quintanar como un rasgo satírico contra 
los vecinos de aquel pueblo, donde, según tradición, estuvo 



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425 
también Cervantes durante las odiosas comisiones que co- 
mo ejecutor desempeñó en la Mancha y le produjeron los 
disgustos de que quiso desquitarse en el Quijote, como ya 
se indicó desde el mismo principio de la fábula. I, 72; VI, 
447. — Véase Halando fjuan), el Rico. 

Quintañona (La dueña), — Fué la medianera en los amores de 
Lanzarote y Ginebra, Lo común que era en España la lec- 
tura del libro de Lanzarote (que ahora no se encuentra), 
ocasionó el darse generalmente á todas las dueñas el nom- 
bre de Quintañona. I, 263 (t); II, 32; III, 457. 

Quiñones (Suero de), — Éste fué un caballero leonés, que el 
año de 1434 celebró junto á la puente del río Orbigo unas 
solemnísimas justas que duraron treinta días. — El objeto 
de las justas fué pagar el rescate de la prisión en que estaba 
de su señora, y en cuya señal llevaba todos los jueves una 
argolla de hierro al cuello. El rescate concertado fueron 
trescientas lanzas rompidas por el asta, que habían de pagar 
él y otros nueve compañeros suyos justando con los aven- 
tureros que concurriesen. Concurrieron, con efecto, sesen- 
ta y ocho aventureros. Véanse las Notas: I, 157; II, 482; 
III, 149, 461-464. — Véase Paso honroso de Supero de Quiño- 
nes.— [I, 175.] 

Quirieleisón de Montalbdn, y su hermano Tomás. — Este nombre 
de Quirieleisón, dado á un caballero en la primera parte de 
Tirante, es tan ridículo como el de Melquisedec, que se da 
en la cuarta á un rey de Tremecén. — Ambos hermanos de- 
safiaron á Tirante el Blanco. I, 134; IV, loi; V, 309. 

Quiroga (D. Gaspar de), carde)tal de Toledo. — Empezó por ser 
monaguillo de la capilla real, de donde, teniendo quince ó 
diez y sei^ años de edad, la reina Doña Juana le envió el 
de i5i3 á estudiar á Salamanca, señalándole un real dia- 
rio de asistencia. Así lo refiere D. Luis Zapata en su Mis- 
cehínea manuscrita, observando que el año de 1593 tenía 
«más de ducientos mili ducados de renta»: y añade que to- 



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426 
davía cobraba el real, porque lo estimaba en más que to- 
do cuanto tenía. III, i3i. 

¿Quis^ taita fondo,... temperet a lacrymis? — Virgilio, Eneida, 
libro 2.^ V. 6. V, 288. 

Quitación.^-El salario en dinero que se daba al criado, amén 
de la comida, para vestirse. También puede significar el 
«acto de quitar». Guzmán de Alfarache hablaba de la «mo- 
za ó ama que quiere servir de todo, sucia, ladrona ami- 
ga de servir á hombre solo, de traer la mantilla en el hom- 
bro, y que le den ración, y ella se tiene cuidado de la qui- 
tación, cuando halla la ocasión». V, i3. — Véase Guzmán 
de Alfarache. 

Quitar. — Sus varias acepciones. «Y le pienso quitar*; aquí 
^quitar* es «desempeñar». II, 208. — «El ventero les^tó 
de aquella admiración»; aquí quiere decir «dar por quito, 
eximir, libertar». En la misma acepción se usó este verbo 
en el cap. 19 (II, 102), donde, informado Don Quijote de 
que el difunto que llevaban de Baeza á S^ovia, había fa- 
llecido de enfermedad, decía: quitado me ha Nuestro Señor 
del trabajo que había de tomar en vengar su muerte». III, 
296. — Fuera de estas dos acepciones y la primitiva de «yui- 
¿ar», que es «arrebatar ó tomar por fuerza», todavía tiene 
la de «dejar ó abandonar», que alguno quizá tomaría á ga- 
licismo. II, 208. 

Quitar mil caitas. — «Con tanto gusto, que nos quita mil ca- 
nas* . Quitar mil canas: espresión metafórica. Quitar los sín- 
tomas de la vejez, restituir la robustez y alegría de la ju- 
ventud á quien las ha perdido por la edad, lo que se suele 
conseguir muchas veces hasta cierto punto con las satisfac- 
ciones y placeres del ánimo. II, 5o8. 

Quiteria, la hermosa novia, y el desposado que se Uama Camocho 
el rico. IV, 352 (t). — Véanse Bodas (Las) de Camocho y 
Pastor enamorado (La aventura del). 

Quiza otro cantará con ntejor /fc^o.— Las aventuras de Angé- 



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427 
lica, que había empezado á contar Boyardo en el Orlando 
enamorado, las continuó Ariosto en el O r latido furioso, hasta 
el canto 3o, en que, después de referir el encuentro de An- 
gélica y Medoro con el paladín cuando éste en su estado de 
locura atravesaba á España, dice así: 

Cuanto, S ignore, ad Angélica accada 
Dapoi ch^uscl di man del pazzo a tetnpo, 
E come a r Homar e in sua contrada 
Trovasse e bnon naviglio e miglior tempo, 
E delV India a Medor desse lo sceiiro, 
Forse altri cantera con miglior plettro* 

(Orlando Furioso, c. 3o, est. i6.) 

Aquí levanta Ariosto la mano de las cosas de Angélica, de 
las que no vuelve á hablar en lo restante de su poema, en- 
comendándolas á quien las quisiere proseguir, como dice 
modestamente, conmejor plectro. Y Cervantes, sobradamen- 
te lisonjero con Luis Barahona y Lope de Vega, que con- 
tinuaron la historia y aventuras de Angélica, añade que 
profetizó el Ariosto; pero los plectros de uno y otro, lejos de 
ser mejores, se quedaron muy atrás del que había pulsado 
la cítara del poeta de Ferrara. IV, 29, 3o. — Cervantes cita 
este verso de Ariosto al fin de la primera parte. III, SSg. — 
Véase Forse altri cantera con miglior plettro. 

Rabel. — Instrumento músico que usaban los pastores en tiem- 
po de Cervantes, y, según Covarrubias, en su Tesoro de la 
lengua castellana, constaba de tres cuerdas y se tañía con ar- 
quillo. I, 237. — Es un instrumento pastoril, pequeño y de 
hechura como la del laúd; da un sonido muy agudo. VI, 369. 

Radamanto. — Rey de Licia, hijo de Júpiter y de Europa. Ad- 
ministró la justicia tan severa é imparcialmente, que des- 
pués de su muerte se le creyó nombrado por la suerte juez 
de los infiernos con Eaco y Minos. VI, 382. 



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Ralea, — «Que la ralea de los buenos médicos, palmas y lau- 
ros merecen». *Merecenn, por fumercceí^. «RaleaTi^ se toma en 
mal sentido, y no conviene á los buenos médicos; por lo que 
hubiera estado mejor este pasaje omitiendo las palabras «/a» 
y uden, en cuyo caso se hallaba en su lugar el verbo «mí- 
rece7t», VI, 2. 

Ramiro I (El rey Don), — Su privilegio. Observaciones en las 
Memorias de la Real Academia de la Historia, VI, 167. — 
Véase ¡Santiago y cierra España! — [II, 498.] 

Rapador (Señor), — Don Quijote, picado de la calificación de 
«impertinente» que maese Nicolás parecía dar á su arbitrio, 
le zahiere ridiculizando su oficio y profesión de barbero. Y 
después, con el mismo intento, en el progreso de la conver- 
sación le llama rapista, por su oficio de rapar barbas (IV, 
1 5). — Y luego, en este mismo capítulo, le llama «señor 
bacía» (IV, 20). IV, 7. 

Rapaz, rapacería, — «Esta ha sido una gran rapacerías. •Ra-^ 
paceríat>, por «niñería»; de ^rapaz^, palabra de desprecio 
con que se suele designar á los niños. No veo el motivo de 
designar á los niños como «ladroncillos» 6 rateros. Cómo 
de esas cosas hace sin razón el uso. VI, 22. — «Un rapaz ce- 
guezueloo. Rapaz: el muchacho pequeño de edad. VI, 168. 

Rastro. — Es el lugar público donde se matan las reses para el 
abasto del pueblo, así como v^carniurían es donde se vende 
la carne. IV, 374. — Véase Carnicería. 

Rata por cantidad, — Es modo adverbial: significa lo mismo 
que «á prorrata, á proporción». II, i35; V, 88 (t). — San- 
cho dice á su amo: «y se descuente de mi salario gata por 
cantidad^. Don Quijote respondió: «Sancho amigo, á las 
veces tan buena suele ser una gata como una rata» . San- 
cho dice tigataíi, por «m/a», y Don Quijote juega con las 
dos palabras. ixRata% tiene dos acepciones: «prorrata» y «la 
hembra del ratón». (Academia.) IV, 122 (t). 

Ratos (Los) que no rezan (que son muchos). — Expresión seme- 



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4^9 
jante á la del cap. i.° de la primera parte (I, 4), donde se 
lee: f Los ratos que estaba ocioso (que eran los más del 
año)». V, 263. 

Ratídal de las ruedas. — •Raudal» era la corriente rápida y ace- 
lerada del agua, que, recogida en un canal estrecho, cami- 
naba con más prisa y fuerza para mover las ruedas del mo- 
lino. tíRaudo», viene de ^rdpidoí^y y ^raudal», de vratuioít, 
V, io5. 

Raya (A), — «Y hícela (la Giralda) estar queda y d raya^. — 
Lo que la hizo «estar queda y i raya* fué la circunstancia 
de no haber cambiado el viento «en más de una semana», 
IV, 236. — A raya: modo adverbial. Dentro de los justos lí- 
mites. (Academia.) 

Razón, — Usada en dos diferentes acepciones: «Harto reposo 
será para mí, dijo Dorotea, entretener el tiempo oyendo 
algún cuento, pues aun no tengo el espíritu tan sosegado, 
que me conceda dormir cuando fuera razón. Pues desa ma- 
nera, dijo el cura, quiero leerla (la novela), por curiosidad 
siquiera: quizá tendrá alguna de gusto», a Alguna* con- 
cierta con t razón*, que es la última palabra del preceden- 
te período. Allí significa lo mismo que «justo. 6 razonable»; 
aquí equivale á «frase 6 discurso hablado», que es una de 
las acepciones de la palabra trazan*; de donde se dijo «m- 
zonar», que también significa «hablar». II, 624. 

Razón, razones, — «Después de haber abominado, con muchas 
y eficaces razones, de los libros de caballerías». No está di- 
cho con exactitud. • Abominar • pertenece á la voluntad; 
las €razones9, al entendimiento. Se demuestra con las «ra- 
zones»; se v^abominaít con los afectos. Puede haber ^razo- 
}tes9 para *aboíninar»; pero no se tabomina» con ellas. 
Puede decirse ^abominar conrazón»; pero no *con razones»; 
la acepción de •razón* y * razones» es diversa en este ca- 
so: «mzon» en singular significa el resultado de un slcío 
del entendimiento; • razones 9 son los argumentos 6 dis- 



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430 
cursos con que se trata de demostrar alguna cosa. VI, 
461, 

Razón (La) de la sinrazón. — mLa razón de la sinrazón que á mi 
razón se hace». Censura severa del estilo de Feliciano de 
Silva y otros autores de su tiempo, especialmente los poe- 
tas: varios ejemplos citados. El célebre D. Diego Hurtado 
de Mendoza había precedido á Cervantes en la censura de 
este estilo. — Es circunstancia reparable que Feliciano de 
Silva dedicó su Crónica de D. Florisel al duque de Béjar, 
bisabuelo del otro duque de Béjar á quien Cervantes dedi- 
có su Quijote. I, 5-7. — «Tú, que con tantas sinrazones 
muestras la razón», etc. Olvidósele á Cervantes la burla 
que él mismo había hecho en el principio de su Quijote (I, 
5, 6) de semejantes expresiones de Feliciano de Silva. 
Las presentes son del mismo gusto. I, 297. — «Y sin dis- 
culpa de la culpa». Viene á ser lo mismo que la trazón de 
la sinrazón^ que ridiculiza el mismo Cervantes en Felicia- 
no de Silva. Repítese más adelante la misma expresión en 
el cap. 51 (III, 5o3), donde se lee: «los pocos años de 
Leandra sirvieron de disculpa de su culpa» . II, 407. — «No 
se venga tan mal». Remédase en este período el estilo de 
Feliciano de Silva, criticado en el primer capitulo del Qui- 
jote. III, 286. — Véase Silva (Feliciano de). 

Razón (Hacer la). — Frase. Corresponder á im brindis con 
otro brindis. (Academia.) «¿Qué corazón ha de haber tan de 
mármol, que no haga la razón?* V, 191 (t). 

Re. — Una de las partículas en la lengua castellana, que sólo 
se usan en composición en otras palabras, como en •rcpe- 
tir», y en el nre?nientey^ del texto, sólo que en esta ocasión se 
emplea en una voz de las que llamamos «fácilmente forma- 
bles», propiedad de nuestro idioma que produce una sin- 
gular riqueza, señaladamente en el estilo familiar. Por 
una de aquellas inconsecuencias que en esta materia suele 
admitir el uso, la partícula re, que comunmente aumenta y 



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431 
duplica, disminuye y atenúa otras veces, como sucede en 
redolor, resentirse^ y otros. III, 3i2. — Véanse Partículas 
y Redolor. 

Real, — «Almorzaron de las sobras del real del acémila que 
despojaron». Real: es campamento 6 campo militar (cas- 
tra, lat.); y se da este nombre á la acémila en que lleva- 
ban el repuesto de sus provisiones los clérigos que acom- 
pañaban al cuerpo muerto del cap. 19 (II, io5, iii), y 
que, según allí se dijo, estaba tbien bastecida de cosas de 
comer». II, 161, 23i. 

Real de á ocho. — Moneda dé plata, llamada así porque valía 
ocho reales de plata. El valor del real de plata fué vario 
antes de los Reyes Católicos, que lo fijaron en 34 marave- 
dís, equivalentes á 89 maravedís de los actuales, y venía 
á ser como el real de plata columnario. Por esta regla, el 
real de á ocho era igual en valor á nuestro peso duro. To- 
davía suele darse en algunas partes el nombre de real de d 
ocho al peso sencillo, moneda imaginaria que yale i5 rea- 
les de vellón. II, iSa. — Real de á cuatro: mitad del real de 
á ocho, que fué el precio que Sancho asignó en el cap. 21 
(II, i52) á la bacía condecorada con el título de yelmo de 
Mambrino. II, 204. 

Rebellín (En algún) ó caballero. — Rebellín y caballero son tér- 
minos de fortificación: rebellín es obra exterior que cubre la 
cortina y la defiende; caballero, obra interior que se eleva 
más que el terraplén de la plaza y le domina. III, 187. — 
Véase Caballero. 

Rebuzno (La aventura del). V, 20. — Sancho da una muestra 
graciosa de su suma habilidad en la ciencia de rebuznar. 
V, 80, 81 (textos). 

Recado. — Prevención ó provisión de todo lo necesario para 
algún fin. (Academia.) — «Y verá el buen recado que ha he- 
cho». III, Ii3 (t). — «Y con este buen recado volvió á ver 
lo que le quería». IV, 292 (t). 



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432 

Redolor. —Un principio de dolor ó un dolor sordo. (Salva.) 
III, 3i2.— V^ase Re. 

Redondillas. — Estancia de cuatro versos de á ocho sílabas, en 
que conciertan los consonantes primero y cuarto, tercero y 
segundo, y á veces alternados. (Academia.) — En las com- 
posiciones teatrales más antiguas, solían preferirse las re- 
dondillas, ó coplas de consonantes, al verso ociosüabo aso- 
mntado, harto más propio para el diálogo cómico, que con 
el tiempo fué prevaleciendo en el drama. III, 23; V, 279, 
280. — Véase Es de vidrio la mujer. — [I, 99 y n.] 

Redropelo (Al). — Es lo mismo que •retrcpelo», pelo hada 
atrás, por la transmutación, usual en castellano, de ¿ en d. 
Equivale á acontrapelo»; quiere decir «violentamente», con- 
tra el orden regular de las cosas, como cuando en una piel 
se pásala mano contra la dirección natural del pelo. IV, 2o5. 

Reducülc al gremio de su gracia. — m Reducir al gremio de la 
Iglesia^ se dice de los descomulgados á quienes se levantan 
las censuras, y de los herejes y renegados que abjuran sus 
errores, y vuelven á ser admitidos á la comunión y socie- 
dad de los fieles. III, 344. 

Redundancias y pleofuismos y repelicioftes , de que hay muchos 
ejemplos en el Quijote. III, 6, 3o; V, 296; VI, 438. 

Redúzgase al gremio de la discreción. — fiRedúzgasat debe ser lo 
mismo que i^redúzcase» . III, 442 (t). 

Reencuentros, encuentro. — nDél reencuentro d^ l3i nmorif . ^Re- 
emueniro)) no es lo mismo que aencueniro». El primero es el 
choque de dos cuerpos de tropas enemigas una con otra: 
sin este choque doble 6 mutuo, indicado por la partícula re, 
no habría reencuentro, porque la persecución y rota de la 
tropa que huye, no puede llamarse «reencuentros, ttEncuen* 
tro» es el choque no mutuo de una persona con otra, 6 el 
acto de encontrar, que es lo que convenía en el pasaje del 
texto: lo que hay, acaso fué error de la imprenta. IV, 2o3. 
— •Reeru^uentros y batallas». III, 390 (t). 



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433 
Refigurarle. — • Sancho le miró (á Ricote) con más atención y 
comenzó á refigurarle^. Esto es, á reconocer, recordar, re- 
pasar la figura. VI, 98. 
Refranes. — «Refrdni^ es lo mismo que «adagio». Los refranes 
castellanos son tan antiguos como la lengua. No hay len- 
gua, viva ni muerta, que iguale á la nuestra en la copia de 
refranes. «Lo más puro castellano que tenemos son los re- 
franes», decía el juicioso autor del Diálogo de las leftgtuzs. 
II, 146, 147. — «Son sentencias breves sacadas de la luenga 
y discreta experiencia». III, 145 (t). — La colección del 
Comendador Griego, y las otras de que se dio noticia en las 
Notas al cap. 21, primera parte (II, 146, 147). V, 204. — 
Don Quijote dijo á Sancho, hablando de los refranes: «mu- 
chas veces los traes tan por los cabellos, que más parecen 
disparates que sentencias». •Disparates». Pudo aludir aquí 
Cervantes á los de Juan del Encina. Otros poetas han he- 
cho después composiciones de esta clase. V, SSg. 
Regatones. — Son los revendedores. Nuestras antiguas leyes los 
prohibían con mucho rigor, como si fuese posible ó útil que 
no los hubiese. «Ordenó que no hubiese regatones de los 
bastimentos en la república». Sancho, ó por mejor decir, 
Cervantes, cayó aquí eil el error común de su siglo. VI, 62. 
Regazo. — «En el r^g^^wropuestala bolsa». — Enhíín, gremit^m. 
Es el espacio comprendido entre las rodillas y el vientre. 
Cofijngis infusus gremio per memhra soporem. 

(Virgil., Eneida, lib. 8.) 
Pasaje no muy limpio, con perdón sea del señor Marón. V, 
419. 
Regímenes. — Observaciones importantes sobre éstos. «De la 
imitación que hizo á la penitencial. No es éste el régimen 
usual y corriente, porque decimos «imitación de» y no «imi- 
tación ¿». Así sucede por lo común en los nombres verba- 
les en o», derivados de verbos activos; como lección, edu- 
cación. Otros del mismo final y clase admiten el régimen 

28 



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434 
de los verbos á que pertenecen. Decimos tía preparación 
para la muerte t, da atención á los negocios» . En los nom- 
bres de afectos, que no son verbales, se observan las varie- 
dades, ó, por mejor decir, los caprichos, del uso: porque se 
dice promiscuamente cel amor de la vidat ó tel amor d la 
vida», «el temor de la muerte» ó «el temor d la muerte»; 
pero sólo se dice cel cariño d la vida», el deseo ¿¿la muer- 
te» • II, 273. — tDió del azote á su palafirán». El autor de 
las Observaciones sobre el Quijote tachó la presente expresión 
de poco castellana; pero en ésta, como en otras ocasiones; 
procedió con poco fundamento. liDar del azote* se dice 
como se dice también *dar de las espuelas*, expresión usa 
da ahora y siempre, desde los principios de nuestra lengua^ 
según varios ejemplos citados. Paréceme que no puede que 
dar duda de que la frase *dar del azote» es natural y veci 
na de Castilla. II, 480, 431. — «5¿ den de las astas». Otra 
expresión proverbial que alude, según parece, á los retozos 
de los novillos ó de las cabras, y cuyo régimen es el mismo 
que el de las frases •dar del azote», tdar de las espuelas», de 
que hablamos en las Notas al cap. 29, primera parte (U, 
. 430, 431). El régimen conforme al común y ordinario, 
sería % darse con las astas», pero en éste, como en otros ca- 
sos, se ostenta la fuerza, ó, por mejor decir, la tiranía, del 
• uso, 

tQuem penes arbitrium est et jus et norma loqtiendi». 
IV, 218. 

Regimiento. — • Salió el regimiento del pueblo á recibirle». Esto 
es, el ayuntamiento, el cuerpo municipal, compuesto de re- 
gidores y encargado de regir las cosas de gobierno. V, 406. 

Región (Alguna) de diablos. — uRegión» parece error, de im- 
prenta, por € legión», voz de que se usa al mismo propósi- 
to que aquí, en otros pasajes del Quijote. Y, 327. — «Una 
legión de demonios» . II, 492 ( t ); III, 323. — « Una legión de 
diablos». V, 427 (t). 



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455 
liúgoldar, regüeldos. — «Y al regoldar dice enitar, y á los re^ 
güeldos, erutaciones. Usaron el verbo *regoldari» Gabriel de 
Herrera y Fray Luis de Granada. liRegüeldosw viene, al pa- 
recer, de tregüelgos» 6 urehuelgos*. ^Regüelgo» se deriva de 
•kuelgoB, aliento, respiración. V, 358. — Véase Erutar. 

Regostóse la vieja á los bledos. — Sancho, irritado y temeroso, 
hablaba de prisa y no dijo más que la mitad del refrán, que 
entero es asi: Regostóse la vieja á los bledos, ni dejó verdes ni 
secos. Quería decir Sancho, como á continuación lo expli- 
ca, que los encantadores se habían aficionado y arregosta- 
do á mortificarle para remediar sus maleficios; que asi lo 
habían hecho para el desencanto de Dulcinea, y lo hacían en- 
tonces con motivo de la fingida muerte de Altisidora. — Re- 
gosiarse: palabra grandemente significativa, del estilo fami- 
liar, en el cual es mucho más rica la lengua castellana que 
en el sublime: es repetir la ejecución de algima cosa, por el 
gusto ó provecho que de ello resulta; y la palabra, formada, 
según el Diccionario grande de la Academia, de la partícu- 
la re y del verbo gustar, con la corta inflexión de mudar 
la u en o. Bledos son una especie de berros. VI, 283. 

Reinado (El), los cientos y la primera. — Son tres juegos de nai- 
pes, que se usaban en el tiempo de Cervantes. (Arrieta.) 
VI, 1 53. —Véase la Nota. 

Reinaldos de Montalbdn. — Uno de los doce Pares de Francia; 
rival de D. Roldan, que hace uno de los principales pape- 
les en Ariosto, en los romances y en otros libros de entre- 
tenimiento, y que, sin embargo de esto, ni siquiera se nom- 
bra en la historia vulgar de Carlomagno, publicada por Ni- 
colás de Piamonte, que todos hemos leído en nuestra niñez. 
I, i3, 117; IV, 25-28. — Véase Espejo de Caballerías. 

Rejo. — Es vigor, fuerza, pujanza. IV, 223, 224. 

Relente. — «¿Qué relente es ésePt • Relentes corresponde aquí á 
f lentitud, cachaza, pachorra, remanso». Esta última pala- 
bra ya usó Cervantes en el cap. 17 (IV, 304), y sobre la 



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43^ 
que hay Nota. En el sentido recto y natural significa la 
humedad que se experimenta por la noche, y más aún por 
la madrugada, estando, el tiempo sereno. Úsase esta misma 
palabra más adelante en el cap. Sg (VI, 198) en boca del 
ventero, á quien Sancho pedía huevos para cenar: «Por 
Dios que es gentil relente el que mi huésped tiene». VI, 
85. — Véase Remanso. 
Relinchos. — «Los cuales relinchos tomó.,.., por felicísimo agüe- 
ro». Desde los relinchos del caballo de Darío, que le va- 
lieron la corona de Persia, y los del de Dionisio el Tirano', 
que le anunciaron la de Siracusa, los agoreros y supersti- 
ciosos tuvieron pretextos de considerar como importante y 
profético el lenguaje de los caballos; y no fué extraño que^ 
á ejemplo suyo, nuestro Don Quijote interpretase favora- 
blemente las sonoras y ruidosas interjecciones de Rocinan- 
te, que probablemente sólo indicarían la vaciedad del pe- 
sebre, y su deseo de que se repusiese el fenecido pienso. 
IV, 76. — «Comenzó á relinchar Rocinante y á suspirar el 
rucio, que de entrambos, caballero y escudero, filé tenido á 
buena señal y pgr felicísimo agüero; aunque, si se ha de 
contar la verdad, más fueron los suspiros y rebuznos del 
rucio que los relifichos del rocín». Del agüero tomado de 
los relinchos de Rocinante se habló ya en el cap. 4.*^ (IV, 
76); en éste se añade el que se tomó de los rebuznos del 
rucio, y se concluye con la graciosa burla que de todo ello 
hace Cervantes. IV, 184, y i33 (t). — «Como si estuviese 
obligada la naturaleza á dar señales de las venideras des- 
gracias con cosas de tan poco momento». Habla aquí Don 
Quijote con mucho juicio en desprecio de estas preocupa- 
ciones vulgares; pero en el cap. 4.*^ (IV, 76) había tenida 
á felicísimo agüero los relinchos de su caballo. Volvió á 
hacer lo mismo en el cap. 8,^ (IV, i33, 134), y en el 73 (VI, 
434, 435) todavía juzga mal signo el encuentro de la liebre 
que vio al entrar en su aldea, seguida de perros y cazado- 



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437 
res. No es de admirar que Don Quijote, como loco, se con- 
tradijese alguna vez en sus opiniones. Tan inclinado es el 
hombre á lo maravilloso, que estas y otras muchas preocu- 
paciones de la misma especie, comunes en lo antiguo, no 
han desaparecido del todo aun entre las naciones más cul- 
tas, á pesar de la civilización y espíritu de incredulidad de 
nuestros días. VI, i66. — Véase Agüeros. 

Relaja. — «Los del pueblo de la Reloja». No sé á qué pueblo 
pudo darse este mote de la Reloja en tiempo de Cervan- 
tes. Habiendo hecho algunas diligencias para saberlo, sólo 
resultaron algunas sospechas de que podía ser alguno de los 
de tierra de León; pero en ella no queda memoria de tal 
nombre. Acaso seria la misma ciudad de León, pues se 
habla de «pueblos insignes», como poco después se expre- 
sa. V, 76. 

Remanso. — «Y con gran ñemai y remanso w. — Esta descripción 
y pintura de lo que hizo el león es admirable: no parece 
sino que se le está viendo. La palabra •remansos es una me- 
táfora feliz tomada del que forman las aguas corrientes de- 
tenidas por algún^obstáculo, y grandemente significativa de 
lo que se intenta. Cervantes la usó otra vez en su comedia 
del Rufián dichoso, cuando, dando prisa Lagartija á Lugo ' 
porque le aguardaban, le dice: «¡Qué gentil remanso tie- 
nes!» (al fin del acto I). IV, 304. — ^Nuestro autor hizo 
aplicaciones originales de vocablos ya conocidos, enrique- 
ciendo con nuevas acepciones el caudal del idioma caste- 
llano. Así sucede en el pasaje del texto («la anchísúna pre- 
sencia»), y así sucedió en el ^fementido lecho» del cama- 
ranchón de la venta (II, 27). Lo mismo puede decirse del 
^.espumar las gallinas» en las bodas de Camacho (IV, 
376), del •remansóla con que el león volvió á echarse en la 
jaula después de haber enseñado sus traseras partes á Don 
'Quijote (IV, 304), y del ^relente^ 6 cachaza de que recon- 
venían á Sancho los burladores de la ínsula (VI, 85): pa- 



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438 
labras todas nuevas en el sentido en que se las usa, pero 
hermosas y grandemente significativas de lo que se inten- 
ta. IV, 425. — «Estirarse todo el cuerpo». Lo mismo que 
hizo aquí Don Quijote, vino á hacer el león cuando le 
abrieron la jaula. III, 428. — Véase Relente. 

Renca. — «No soy renca ni soy coja». (El canto de Altisidora.) 
— • Renca it, de donde viene •renquear 9, es lo mismo que 
«descaderada, 6 estropeada de las paderasi. V, 400. 

Renegadas (Cristianas). — «Suelen tomar por legítimas muje- 

. res sus mismos amos». De la costumbre de tomar los ma- 
hometanos por mujeres á cristianas renegadas, ofrecen re- 
petidos ejemplos las memorias de Haedo, de Mármol y 
otras de aquel tiempo. El famoso Barbarroja estaba casado 
con una hija de Diego Gaitán, castellano de Gaeta, donde 
la cautivó el año de iSSg. — Otros casos mencionados. III, 
189. 

Renegados. — Raza compuesta de la hez de todas las naciones, 
cuya ignorancia brutal y cuyas costumbres tan crueles co- 
mo soeces, junto con el horrible tráfico de cautivos y los 
repetidos saqueos de los pueblos de nuestras costas del Me- 
diterráneo, habían excitado en los españoles el odio mez- 
clado de desprecio, que se deja ver en los escritos de Cer- 
vantes y de sus contemporáneos. Véanse las Notas largas: 
I, 204; III, r56, 192, 196. 

Renglones (Entre). — Quiere decir «olvidadas». Alúdese ala 
costumbre de ponerse entre los renglones escritos lo que 
se olvidó al ^cribirlos. II, 164. — Véase Entre renglones. 

Renta rentada. — Como si dijéramos «renta fija, conocida», 
amén de lo eventual 6 derechos del oficio de sacristán, que 
son proporcionados al trabajo y á las circunstancias, como 
sucede en las campanas de los entierros, que, según dijo im 
discreto, tdntum válent, quantum sónant. II, 348. 

Reposo. — «Movía el paso al son de los tambores con madia 
gravedad y reposo*. Bella y armoniosa expresión que corres- 



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439 
ponde grandemente á la idea que representa. •Mover con 
reposoT^: véase cómo con palabras usuales se pueden formar 
frases originales y nuevas, que engalanan admirablemente 
el lenguaje. * Reposo* no es aquí quietud, sino movimiento 
despacioso y sosegado. V, 252. 

Representaban una mala vista. — Parece más natural que el 
original de Cervantes dijese •presentábame. De lo que está 
delante se dice que se •presentan; lo que se ^representa» es lo 
ausente, y lo que aquí se veía, no lo estaba. V, 106. 

Reprochador de voquibles. — •Voquibles*, por ^vocablos* . (Arrie- 
ta.) •¿Otro reprochador de voquibles tenemos?!, dijo Sancho 
á Sansón Carrasco. IV, 56. — €Resuelto9 has de decir, mu- 
jer, dijo Sancho» (en vez de *revueltot). Hace aquí nuestro 
escudero el papel de censor culto y reprochador de voquibles, 
que antes había tildado en el bachiller Sansón (IV, 56). — 
El lector, si lo recuerda, no podrá menos de reírse; y se 
reirá más, si lo tiene presente, después, cuando en el capí- 
tulo 7.** (IV, 119) oiga á Sancho decir ^relucida», por •re- 
ducida», y •fócih, por •dóciU. IV, 97. ' 

Reproche, reprochar. — En otra ocasión (I, 238) se trató de 
estas palabras y sus derivados, y se insinuó la frecuencia, 
y aun la causa de ella, con que se hallan en nuestros li- 
bros antiguos palabras comunes entonces á los dos idio- 
mas francés y castellano, y ahora propias exclusivamente 
del primero. Las lenguas castellana y francesa, como na- 
cidas de la latina, debieron tener más puntos de contacto 
y semejanza entre sí en los principios. I, 238; IV, 56. — 
Véase Galicismos. 

República (La) literaria, de D. Diego de Saavedra. — Una de 
las producciones que por su lenguaje, erudición y crítica 
honran más nuestra literatura. IV, 45i. — Véase Saave- 
dra (D. Diego de). — [III, 217 y n.] 

Requerir la espada. — Es ver si está pronta para servir, empu- 
ñándola y sacándola un tanto hacia fuera de la vaina: es 



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acción de quien se previene ó de quien amenaza. En otra 
ocasión, dijo nuestro autor de un valentón sevillano: 
Caló el chapeo, requirió la espada, 
Miró al soslayo^ fuese, y no hubo nada. 
IV, 294. 

Requesones (La lluvia de los). — Expresión feliz, como otras 
del Quijote. IV, 3o5. — «Negros requesones, que tan blanco 
pusieron á su amo» (IV, 292): se llama, y no sin gracia, 
negros á los requesones (cosa tan opuesta á su color natu- 
ral). IV, 326. 

Resende (García de). — Su Cancionero general portugués. II, 
4i5.— [I, 59, n.] 

Resentirse. — «El primero que se resintió fué Sancho Panzas. 
Nótese la significación del verbo resentirse, que aquí es lo 
mismo que «empezar á dar muestras materiales de dolor» , 
En el día, también decimos treseniirse una pared, un edifi- 
cio», cuando da señales de ruina, aunque no inmediata; pe- 
ro generalmente ^resenürseí^ pertenece en el uso común al 
afecto interior del ánimo. II, 5. — «Como Rocinante se v¡6 
libre, aunque él de suyo no era nada brioso, parece que s$ 
resintió». ^Resentirse* se toma aquí en buena parte, aunque 
de ordinario se toma en mala. — Lo mismo sucedió en el 
cap. i5 (II, 5), donde se refiere que, derribados amo y 
mozo en el suelo á manos de los yangüeses, «el primero 
que (después de idos éstos) se resintió, fué Sancho». II, i33. 
— «Y como en fin era de carne (Rocinante), aunque pare- 
cía de leño, no pudo dejar de resentirse y tomar á oler á 
quien le llegaba á haCer caricias». III, 292 (t). 

Residencia. — «Pídanmelo en residencia». — La cuenta que, se- 
gún nuestras antiguas leyes, solía tomarse á los que salían 
de cargos graves é importantes. V, 440: V, 352; VI, 92 
(textos). 

Resolverse en. — *Se resolvió en lo que le estuvo peor». Este ré- 
gimen de ^resolverse en» estaba admitido en la era de Cer- 



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Yantes. Ahora decimos •resolverse d*, cuando •resolverseB 
tiene una acepción n)oral que se refiere á la determinación 
de la voluntad; y ^resolverse en* sólo se aplica á los objetos 
materiales que por causas físicas pasan á otro estado dis- 
tinto del que tenjan anteriormente. Más adelante, en este 
mismo capitulo (III, 6o), se dice de Camila, que, según 
pensaba Anselmo, «restaba resuelta en matar á Lotario» . III, 
40. — «Y en esto se resuelven todos cuantos de su desgracia 
han sido los autores». ¿Qué es 9 resolverse en esto» los au- 
tores de la desgracia de Dulcinea? Comprendo que es lo 
mismo que «resumirse, convenir, venir á decir» , ó cosa se- 
mejante: pero la expresión es obscura y poco feliz. V, 226; 
VI, 94. 

Retablos. — «Un retablo de Melisendra». Entiéndese ordinaria- 
mente por 9iretabloi» el conjunto de adornos que forman un 
altar, y suelen ser de madera. Antiguamente los retablos 
tenían frecuentemente varias divisiones 6 compartimentos, 
en que había diversas pinturas, estatuas ó relieves. Dióse 
también el nombre de retablos á las colecciones de figurillas 
que llevaban en otro tiempo los titiriteros, y con que repre- 
sentaban algunas historias más ó menos conocidas del vul- 
go. De esta clase era el retablo de maese Pedro. Ya no se 
usan los retablos: sólo queda un remedo de ellos en los mo- 
nos de los ciegos y en D. Cristóbal Polichinela, fingiendo 
y variando la voz el ciego 6 su lazarillo. V, 27, 55, 56. 

Reto. — Es acusación pública y solemne de alevosía, que el re- 
tador se ofrece á mantener por su persona en el campo: era 
acción propia de hidalgos y distinta del desafío, como lla- 
mamos ahora la provocación al duelo, que es acción pri- 
vada y no. es esencialmente injuriosa. •Desafío* ó •desafia- 
miento* significaba en lo antiguo otra cosa. V, y5, i5i; 
VI, 70.— Véase Desafío.— [11, 3o8, n.] 

Retretes. — «En los últimos retretes del secreto». En tiempo de 
Cervantes, «retrete* significaba el aposento pequeño y re- 



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442 
cogido en la parte más secreta de la casa, á que ahora sue- 
le darse el nombre francés de boudoir, habiendo quedado 
el de ^retreteii para las piezas destinadas á la clase más ne- 
cesaria de limpieza. De este modo se ha envilecido la pa- 
labra éretreten con perjuicio de la lengua, que no tiene otra 
que sustituirle; y lo mismo ha sucedido con ^bacínw y otras. 
VI, 266. 

Retidos. ■-'VéSLse Rótulos. 

Rey (El) es mi gallo. — Este refrán que emplea aquí Sancho, 
y que se encuentra en la colección de los del Comendador, 
significa lo mismo que «al rey me atengo t, aténgome al 
poder y á la riqueza, que es la intención de Sancho, — En 
el dialecto de la germanía, •rey significa «gallot. IV, 
383. — Véase Gallo (El rey, fulano, es mi). 

Rey (Ni) ni roque. — Expresión proverbial, que probablemen- 
te tuvo su origen en el juego del ajedrez, donde el rey es 
la pieza principal, y el roque, ó la roca ó torre, una de las 
principales. Úsase dicha expresión para excluir todo género 
de personas, aun las de mayor consideración, como son las 
piezas del rey y del roque en el ajedrez. IV, 7; V, 25. 

Rezar. — nEl que el mandamiento rezaba*. •Rezaba*, lo mis- 
mo que «expresaba» en el lenguaje familiar, en el que el 
verbo • rezar t^ tiene otras significaciones diferentes de la de 
«recitar preces ú oraciones». III, 328. 

Riardn (Islas de). — Uno de los principales parajes en Málaga, 
á que solía concurrir la gente perdida y vagabunda. Tomó 
su nombre de Garci López de Arriarán. I, 47. 

Ricos-hombres. — Entre los propietarios ó hijodalgos, los más 
ricos se llamaron caballeros; y entre éstos, los más ricos y 
valientes, los que con estas dos circunstancias merecieron 
ó atrajeron de cualquier modo la atención ó favor del prín- 
cipe, se llamaron ricos-hombres. IV, 3g. — Véase Nobleza. 
-[I, 28.] 

Ricota. — Véase Ana Félix. 



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443 

Ricote. — Padre de ella, tendero morisco y uno de loe expul- 
sados de España. VI, 98, 3 10, 314. 

Rijoso. — Como derivado del latín rixa, debe significar tpen- 
denciero». — Resta explicar esta voz de otra clase de in- 
quietud, de que se habló en el cap» 15, primera parte (II, 
2, II) donde se dijo que Rocinante era «persona casta y 
poco rijosai^. IV, 42. — «Tan manso y tan poco rijoso, que 
todas las yeguas de la dehesa de Córdoba no le hicieran 
tomar mal siniestro». II, 2 (t). — «Jamás tal creí de Ro- 
cinante, que le tenía por persona casta y tan pacífica como 
yoi. II, II (t). 

Rimero. — Es la reunión ó conjunto de cosas colocadas orde- 
nadamente unas sobre otras. — Rimeros de pan puede ha- 
berlos, pero no de montones de trigo, porque éstos, reuni- 
dos, nunca formarían más que un montón más ó menos 
grande. — Véase la Nota: IV, 374. 

Rinconetey Cortadillo. — Novela de Cervantes, sobre toda pon- 
deración, graciosa, y la mejor, sin duda, de él. I, 73; II, 
523 (t); III, 362. — [II, 119, 121, 122, n.] 

Ríos fD. Vicente de los). — Escritor cultísimo, se mostró jefe 
y cabeza de la escuela de adoradores del Quijote, en el 
Análisis que dispuso para que se publicase al frente de la 
edición hecha por la Academia Española el año 1780. 1 
XXII (Prólogo). Véanse las varias Notas: I, 23; II, i5i 
242, 339, 480; III, 90, i52; V, 3o, 88, 89, 117, i38, 176 
210, 249, 288, 314, 437, 442; VI, 74, 105, 129, 295, 327 
345, 410, 444, y muchas otras. — [II, 90, 148 (notas); III 

437.] 

Ristre. — «Con la lanza en el ristres. — Pieza de hierro, á la de 
recha del peto, que se ve en las armaduras antiguas, y don 
de se fijaba el cabo de la manija de la lanza, para asegurar 
la. I, 173. 

Rocinante. — % Antes y primero de todos los rocines del mundo» . 
Quiere decir, que el nombre de •Rocinante», puesto por 



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444 
Don Quijote á su caballo, indicaba que había sido roUn an* 
tes, y que continuaba siendo el ante-rocin 6 primero y ma- 
yor rocín de todos los rocines del mundo. Ya se sabe que 
la palabra «rocíw» significa comunmente un c caballo flaco, 
de mala figura y poco valor». I, i8. — «Que no te olvides 
de mi buen Rocinante». Caída inesperada, y tanto más gra- 
ciosa, cuanto mayor ha sido el aparato y grandilocuencia 
de las expresiones que preceden. I, 28. — «Con tanta pa- 
ciencia como su amoo. Personaliza aquí burlescamente 
nuestro autor al caballo de su héroe, como lo hizo con el 
rucio en el cap. 3o de esta primera parte (II, 478) y lo ha- 
rá en el cap. 55 de la secunda (VI, 121). III, 525. — «Cu- 
ya amistad del (el rucio) y de Rocinante fué tan única», etc. 
IV, 209, 210; VI, 120, 195 (t). — ^^Véase Amistades ilustres. 
— Sobre el galope 6 trote de Rocinante. I, 173, 211 (tex- 
tos); III, 517; IV, 254; V, 82. — Epigrama de Boileau so- 
bre Rocinante: 

« Tel fut ce roi des hons chevaux, 

Rocinante, lafletir des coursiers d^Ibériey 

Qtti trottant jour et nuit, et par monis et par vaux, 

Galoppñy dit rHistoire, nne fots en sa vien, 

IV, 255. 
Rodaja de la Fortuna. — Conocido comunmente es el emblema 
de la rueda, aplicado á representar lo inconstante y volta- 
rio de la fortuna, la cual, á manera de rueda que da vuel- 
tas, tiene ensalzados y encima á los que poco después aba- 
te y coloca debajo. Por eso la frase de recitar un clavo á la 
nuda de la Fortunáis significa metafóricamente hacer dura- 
ble 6 perpetuo el estado de prosperidad, como lo sería el de 
aquellos que, estando en lo alto de la rueda de la Fortuna, 
clavasen ésta, y le quitasen así el movimiento. Sancho usó, 
en la primera parte, de la metáfora de la rueda de la For- 
tuna. «Bien veo, decía en el cap. 47 (III, 369), que es 
verdad lo que se dice por ahí, que la rueda dt la Fortuna 



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445 
anda más lista que una rueda de molino, y que los que 
ayer estaban en pinganitos, hoy están por el suelo» • IV, SSg. 
Rodela, — Don Quijote en su primera salida llevaba adarga; 
para la segunda se acomodó de una rodela. No se dice el 
motivo de la mudanza, que debió ser el mal estado de la 
adarga, de cuya antigüedad se hizo ya mención en el prin- 
cipio de la fábula (I, 2). — Se diferenciaban la adarga y la 
rodela en que la primera era de cuero; la segunda, dé hie- 
rro; la primera tenía por dentro dos asas; la segunda, una; 
la primera era arma propia de jinete; la segunda, de infan- 
te. Esta última circunstancia contribuía á hacer más ridicu- 
la la armadura de Don Quijote, que ya sin esto lo era bas- 
tante. I, i63; II, 108. — «Embrazó su adargan. Cuando 
Don Quijote hizo su segunda salida, «se acomodó de una 
rodela que pidió prestada á un su amigo» (I, i63). Cubier- 
to de la rodela peleó con los molinos de viento y con el viz- 
caíno; rodela llevaba en la aventura de los batanes y en la 
de los galeotes, y rodela tenía en la venta. Olvidósele todo 
esto á Cervantes; y aquí, al hacer Don Quijote la centine- 
la de lo que juzgaba castillo, llevaba adarga, y con ella con- 
tinúa el resto de la primera parte, como se ve en los capí- 
tulos 47 y 52, donde vuelve á hacerse mención de la mis- 
ma. III, 295, 296. — Véase Adarga. 
Rodrigo (El rey Don). — La violencia que hizo á la mujer ó 
hija del conde D. Julián, fué la causa de la pérdida de Es- 
paña. II, 367; III, 237. — Murió en la batalla deGuadale- 
te, perdiendo en ella la vida y el reino. V, i83, 3o6. — Véan- 
se Pro/fcía (La) del Tajo y Caba (La), etc. — [I, 6, 191, 193 
y n., etc.] 
Rodríguez (Doña) de Grijalba. — Es para mí caso nuevo el 
nombre de i^ Rodríguez 9 aplicado á la dueña de la Duquesa. 
¿Lo haría Cervantes para más y más ridiculizarla? Donosí- 
simo coloquio entre Sancho y la dueña. V, 127, 128. — La 
visita nocturna que hizo ésta á Don Quijote. V, 453-47.1 



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44^ 
(textos). — La aventura de la segunda Dueña Dolorida ó an- 
gustiada, llamada por otro nombre Doña Rodríguez. VI, 65. 

Rodríguez (jfuan) del Padrón. — Poeta que, de resultas de des- 
engaños de amor, acabó por ser fraile dominico. I, 242. — 
[I, 167, 355, 396, 397.] 

Roer los zancajos. — «Mujer de un gobernador eres: mira si te 
roerá nadie los zancajos». (Carta de Sancho, gobernador, 
á su mujer.) — Frase metafórica y familiar. Murmurar 6 de- 
cir mal de alguno, censurando sus más leves y pequeñas fal- 
tas en ausencia suya. (Academia.) V, 243 (t). 

Rogaciones. — Don Quijote imita á Amadis de Gaula en las 
«plegarias y rogacionesí^ que dirigió á Dulcinea al descen- 
der á la temerosa cueva de Montesinos. Lra palabra toga- 
dones es latina, y en castellano no tiene otro uso que deno- 
tar las preces eclesiásticas que se hacen con solemnidad en 
cierta estación del año por la conservación de los frutos de 
la tierra. IV, 416. 

Rojas (Agtistín de). — Su Viaje entretenido, libro magistral en 
la materia. III, 395. — [II, 440; III, 212.] 

Rojas (D. Bernardo de Sandovaly). — Tío del famoso duque de 
Lerma, cardenal arzobispo de Toledo é inquisidor general. 
Uno de los eclesiásticos más doctos que ha tenido Espa- 
ña. Favoreció y amparó en su vejez á nuestro Miguel de 
Cervantes, y murió muy anciano en Madrid el año de 161 8. 
IV, XII (Prólogo). — Véase Sandoval y Rojas (D. Bernar- 
do de). 

Roldan ó Orlando ó Rotolando (que todos estos tres nombres te- 
nía). — Uno de los doce Pares, que dio con sus proezas, ver- 
daderas ó supuestas, tanta materia á los poetas y fabulis- 
tas. Murió, según se refiere, á manos de Bernardo del Car- 
pió en Roncesvalles. — Véanse las Notas: 1, 11,158; II, 292, 
329, 33i; IV, 27; V, i63. 

Roldan y Reinaldos. — La competencia de los amores de An- 
gélica hizo enconados enemigos á los dos paladines Roldan 



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447 
y Reinaldos de Montalbán, que antes eran amigos, y sobre 
ello se combatieron crudamente á vista y presencia de la 
misma Angélica, como se refiere en el libro primero del Or- 
lando, de Boyardo. I, i58. 

Romadizado. -^Es el que tiene obstruido el conducto nasal y, 
por consiguiente, torpe el ol&to. ^Romadizados se dijo de 
^romadizo*, y éste, de •reuma* (que es cfluxión»), palabra 
que pasó del griego al latín, y de aquí al castellano^ como 
ha sucedido á otras varías de nuestro uso. «Tú debías de 
estar romadizados (dijo Don Quijote á Sancho). II, 486. 

Romance. — La lengua castellana. (Academia.) Hasta nuestros 
días guarda el idioma patrio el nombre de •romances, como 
derivado del romano, esto es, latino. V, 386. — «Hasta seis 
docenas de libros, cuáles de romance y cuáles de latín». IV, 

279 (t)-— [III, 400.] 

Romances. — El origen del romance debe, sin duda alguna, acer- 
carse mucho al de la misma lengua castellana: su nom- 
bre indica su edad. Véanse las largas Notas: V, 386-395. 
— Los caballeros andantes eran grandes trovadores y gran- 
des músicos. II, 235-238; V, 422. — Romances de Cervan- 
tes. III, 157. 

Romances ó libros de caballerías. — Petición de las Cortes con- 
tra ellos. I, XII, XIII y Nota (Prólogo). — Después de la pu- 
blicación del Quijote no se imprimió de nuevo libro alguno 
de caballerías. I, xxi (Prólogo); VI, 467. — Lo general que 
era la afición á su lectura. Gustaban de ella no sólo los 
grandes señores, como los Duques; no sólo los hidalgos, 
como Don Quijote y Cardenio; no sólo las doncellas cría- 
das con recogimiento, como Luscinda y Dorotea, sino tam- 
bién los venteros y los segadores. II, 5o8, 519. — La misma 
afición se notó en el emperador Carlos V. V, 120. — Sus 
desaforados disparates. III, 374, 383, 386-389, 430-441. 
— Sus autores disfirutaron de la mitología é historia primi- 
tiva griega. III, 449. 



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448 

Romano. — Que el nombre de •rumia» ó (^romafuii» equivalía 
desde tiempos muy antiguos entre los pueblos remotos de 
Oriente al de «cristiana», lo prueban los monumentos de 
la historia del siglo xii, en el cual los armenios daban el 
nombre de •romanosi^ á los griegos, y de aquí el nombre 
de fiRomania* 6 •Romelia* aplicado á los dominios euro- 
peos de los emperadores de Constantinopla — .Véase Ru- 
ma (La Caba). III, 236. 

Romero y palmero, son correlativos. — ^Romero» es el que va á 
Tierra Santa; ^palmeroTn, el que viene de ella. Si el palmero 
es mahometano, será el que ha hecho el viaje á la Meca. — 
Véase la Nota al cap. 40, primera parte (III, 191), sobre la 
palabra agi, «romero ó peregrino». Este nombre quizá ten- 
ga alguna conexión con •Tadmir» ó •Palmira*. Las pala- 
bras aromero» y i^romería^ se aplicaron en su origen á los 
que iban á visitar los santuarios de Roma; y de aquí hu- 
bieron de extenderse también á significar los que iban á vi- 
sitar los Santos Lugares ú otros templos y ermitas fuera de 
su domicilio ordinario, que es lo que se llama «i> en rome- 
ríait. Llamarse romeros, no sólo á los que iban á Roma, 
sino á la Tierra Santa, es muy antiguo. V, 320. — El tra- 
je particular que llevaban. V, 320; VI, iio. 

Romper lanzas. — «Como ya la buena suerte y mejor fortuna 
había comenzado Áromper lanzast. Quiere decir que, mejo- 
rada la suerte, había comenzado á vencer obstáculos y di- 
ficultades. La expresión de •romper lanzas» tiene otras ve- 
ces significación muy diversa, y se aplica á los que dispu- 
tan y riñen entre sí. Ambas acepciones son metafóricas; 
pero la segunda es más conforme al sentido recto de la fra- 
se, que explica la acción de «justa^», ó romperse las lan- 
zas en los encuentros de los concurrentes á una justa. 

ni, 336. 

Roncesvalles (La caza ó rota de). — La derrota del ejército de 
Carlomagno en aquella memorable jomada, era uno de los 



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449 
sucesos gloriosos que oían comunmente desde su infancia 
los españoles. IV, i58. — •RoncesvalUsn. Título diminuto, 
que pudo indicar el poema intitulado El verdadero suceso de 
la batalla de Roncesvalles, compuesto por Francisco Garri- 
do de Villena. También pudo aludir á la continuación de 
Ludovico Ariosto, por Nicolás de Espinosa. I, 124. — [I, 
120, 219 y notas, etc.] 
Rondilla de Granada. — ^No ha quedado vestigio en esta ciudad 

del sitio designado en el presente pasaje. I, 48. 
Ropilla. — tTu vestido será calza entera, ropillat^, etc. — Ropi- 
lla: vestidura corta, con mangas y brahones, de quienes 
penden regularmente otras mangas sueltas 6 perdidas, y se 
viste ajustadamente al medio cuerpo sobre el jubón. (Dtc- 
donarlo de Autoridades.) V, 361. 
Ropón ducal. — ^Manto forrado de armiños, propio de la digni- 
dad y jerarquía de duque. II, 188. 
Roque Guinart. — Interesantes noticias sobreesté bandolero cé- 
lebre. Su verdadero nombre fué el de Pedro Rochaquinar- 
da. « ¡Oh valeroso Roque! cuya fama no hay límites en la 
tierra que la encierren». VI, 229-233, 237, 239, 246-250, 
428. — tiVive Roque!* Esta expresión se halla dos veces en 
la obra, y quizá se refiere á este bandido notorio. I, y 5; IV, 
179 (textos). — [II, 145]. 
Rosa (D. Francisco Martínez de la). — Su Apéndice sobre la 
poesía ¿pica espafwla. — Allí pueden ver los curiosos la críti- 
ca más racional y juiciosa que hasta ahora se ha escrito 
sobre la Araucana. I, i5o. — Sobre el Quijote. IV, 400. 
Rosario (El), — Créese comunmente que Pedro el Ermitaño, 
promotor de la primera cruzada á Tierra Santa, fué el que 
introdujo el uso de rezar por cuentas, lo que al principio 
se llamó Salterio de la Virgen, y después, rosario. II, 336» 
—Véase Diez.— [II, 366, n.] 
Rótulos. — Solíase decir Mrétulo* por •rótulot, como sucede en 
varios pasajes del Quijote y aún lo dice la gente rústica, na- 

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turalmente tenaz y apegada á los usos y vocablos antiguos. 
VI, 449. — ^RótulosdQ cátedras». No cupo bien en San- 
cho tener la noticia de los •rétulos 6 rótulos de almag^», 
costumbre propia de las universidades, donde también se 
inscribían con grandes letras de almagra los vítores á los 
nuevos doctores, como generalmente en las ciudades popu- 
losas á los predicadores y demás personas á quienes se tri- 
butaban aplausos públicos. IV, 172. 

Rotunda (La). — Templo circular que Marco Agripa, yerno 
del emperador Augusto, erigió y consagró en su tercer con- 
sulado á Júpiter Vengador y á todos los dioses, por lo que 
se le dio el nombre de Panteóft; y es el monumento más 
hermoso que se conserva de la antigua grandeza romana. 
IV, 141. — Véase Panteón. 

Rozagantes (Ropas). — t Ropa de las que llaman rozagantes». 
— En el Diccionario de Autoridades se dice que es «vestido 
largo, anchuroso, espléndido». Debe ser el que arrastra, 6 
talar; mas no encuentro su origen. V, 219. 

Roznar. — «El oir roznar al rucio». — Es abreviatura de •re- 
buznar», y una y otra son palabras formadas por onoma- 
topeya, esto es, por la semejanza ó analogía con el sonido 
que representan. V, 100. 

Rubicón. — «¿Quién, contra todos los agüeros que en contra 
se le habían mostrado, hizo pasar el Rubicón á César?» — 
Dícelo al revés Don Quijote. Suetonio cuenta (acorde en 
esto con Plutarco) que se paró pensativo al Il^ar al puen- 
te del Rubicón, considerando el tamaño de la empresa que 
acometía, y que, en esta perplejidad, tuvo un agüero que lo 
decidió á pasar el río. «Vamos (dijo César) adonde nos lla- 
man las señales de los dioses y la iniquidad de nuestros 
enemigos. Está echada la suerte.» IV. 144. 

Rubión (Trigo). — Por el color encendido de sus granos. II, 
483. — Véase Trigos. 

Rúbrica. — «Mi rúbrica, que es lo mismo que fírmat. — ha, fir- 



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ma es el nombre escrito de mano propia: la rúbrica es el 
signo ó fígura caprichosa que se añade al nombre, y es una 
especie de marca, como lo era el sello del anillo entre los 
antiguos, ó más bien un jeroglifico que indica, no el nom- 
bre de la persona, como la firma, sino la persona misma. 
Dijose * firmáis, del latino firmare, y •rúbricas, de robora- 
re: uno y otro vienen á significar lo mismo. Como la rú- 
brica parece más difícil de contrahacer que las letras, se 
creyó que añadía mayor fuerza á la firma; y como la de 
los grandes señores debe ser más conocida, por esto, 6 por 
no saber firmar de otro modo, 6 por evitar la molestia 
cuando la multitud de los negocios y despachos daba oca- 
sión á multiplicar las firmas, solía ponerse sólo la rúbrica. 
Don Quijote daba aquí importancia y autoridad á la suya, 
diciendo que equivalía á la firma, y que la excusaba. II, 
323. — Sobre la rudeza general de los siglos en que se su- 
pone haber nacido y florecido la caballería: y de esta ig- 
norancia hubo de nacer en las firmas 6 suscripciones de los 
documentos el uso de las rúbricas. — Véase la Nota: II, 23y. 

Rucio (Caballo) rodado. — tíRiíciow es mezclado de blanco con 
rojo ó negro; mrodado» se llama el caballo que tiene cier- 
tas como manchas ó visos circulares, á manera de ruedas, 
en la piel. II, 149. 

Rueda (Lope de). — Famoso representante que floreció por los 
años de i56o. IV, xii (Prólogo). De Lope de Rueda dice 
Cervantes en el prólogo de sus comedias, que éste (el del 
bobo) era uno de los papeles que hacía «con la mayor ex- 
celencia y propiedad que pudiera imaginarse». IV, 65. — 
Artesano de Sevilla, y de oficio batihoja, se hizo actor y 
escritor dramático. Su reputación durante su vida ñié muy 
grande, como lo prueba la circunstancia de que cuando 
murió, no obstante el haber ejercido una profesión tan 
desacreditada y poco honrosa como la de cómico, fué en- 
terrado como hombre insigne entre los dos coros de la igle» 



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452 
sia catedral de Córdoba. Cervantes y Lope de Vega le die- 
ron el nombre de «padre del teatro español». (Ticknor.) — 
[11.47-56.] 

Ruedas (Que las) del carro de Apolo se habían quebrado. — Gra- 
ciosa alusión á las ideas mitológicas sobre la generación 
del día y el carro del Sol, Febo ó Apolo, de donde cayó 
precipitado Faetonte. VI, 413. 

Rufián desesperado, — El que quiera saber lo que es ^rufiánn, 
puede consultar la novela de Rinconete y Cortadillo^ ó la co- 
media del Rufián dichoso. Ambas son obras de Cervantes, 
y en ellas verá que «irufidn* es no sólo alcahuete, no sólo 
ladrón, y encubridor de ladrones, sino también espadachín 
de oficio y asesino de alquiler, para servir á los que quie- 
ran emplearle. III, 63. — «Uno hace el rufián». Esto es, 
el papel de rufián: elipsis imitada del latín, donde se dice: 
amicum agere, hacer el papel de amigo. IV, 2o5. — [11^ 
49, n.] 

Rufián (El) dichoso. — Una de las ocho comedias de Cervan- 
tes. — Analizar esta comedia sería escribir una sátira amar- 
ga contra Cervantes; y no hay que atribuirlo á la irrefle- 
xión ó impericia de su juventud, porque publicó las come- 
dias al fin de su vida, diez años después de impreso el 
diálogo del canónigo y el cura. III, 413. — El rufián dicho- 
so es un Don Juan Tenorio en crímenes y horrores; pero 
después se convierte y llega á ser un santo. Las oraciones 
devotas, que abundan en esta comedia, y sobre todo en la 
segunda jomada, y la especie de contrato legal para que el 
santo en sana salud transmita sus méritos á un pecador en- 
fermo, son de esas cosas repugnantes en el teatro español, 
pero con las que se familiariza muy pronto todo aquel que 
le estudia con atención. Cervantes, en esta singularísima 
comedia, tiene cuidado de afirmar que lo que se va repre- 
sentando sucedió así realmente, y dice: «Todo esto fué 
verdad», ttodo esto filé así», «así se cuenta en las histo 



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rías», etc. (Ticknor, traducción de Gayangos). — [II, 126^ 
127 y nota.] 

Rufo (Juan Gutiérrez). — Su Austriada. Es una crónica, en 
verso, de D. Juan de Austria. Dijo el autor, al solicitar la 
licencia para la impresión, que había compuesto este poema 
por orden de D. Juan de Austria y por relaciones verda- 
deras que este príncipe le había proporcionado. I, i5i; III, 
i55. — Véase Tres y medio. — [II, 496, 497 y nota.] 

Rngel (Don) de Grecia, Daraida y Garaya. — Personajes de la 
crónica de D. Florisel de Niquea, escrita por Feliciano de 
Silva. II, 266. — Véase Silva (Feliciano de). 

Rugero. — «¿Quién más gallardo y más cortés que Rugero?% 
Se viene á los ojos la parte que tenía el Orlando de Ariosto 
en este discurso de Don Quijote. Verdaderamente, aunque 
Ariosto puso á su poema el nombre de Orlando, el héroe, ó 
persona principal, si bien se examina, es Rugero, especial- 
mente en la parte posterior del poema. IV, 19. — Véase Or- 
lando furioso. 

Ruidera (Las lagunas de). — Véase Lagunas (Las) de Ruidera. 

Rumia (La Caba). — Quiere decir «la mala mujer cristiana». 
El cabo que indica el texto será el Albatel ó el Caxines, 
los cuales forman en su intermedio un golfo que todavía se 
llama «de la Mala Mujer», Que el nombre de arumiav ó 
•rofnanaTt equivalía desde tiempos muy antiguos entre los 
pueblos remotos del Oriente al de «cristiana», lo prueban 
los monumentos de la historia del siglo xii, en el cual los 
armenios daban el nombre de «romanos» á los griegos, y de 
aquí el nombre de f^Romania* ó *Romelia», aplicado á los 
dominios europeos de los emperadores de Constantinopla. 
Mas por lo que toca al cabo de la Caba rumia , dice Luis 
del Mármol, en su Descripción del África, que llamarle así 
es vulgaridad de los cristianos, que, poco instruidos de las 
cosas de los moros, dan este nombre á lo que ellos llaman 
Cabor rumia ó sepulcro romano, y se reduce á unas ruinas 



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antíquísimas, á levante de Sargel, junto á la punta de una 
sierra que entra en la mar, y los marineros llaman Campa- 
na de Tenez. — La Caba, por quien se dice que se perdió Es- 
paña y á quien también suele darse el nombre de Florinda 
(equivalente al de Zoraida), fué hija ó mujer del conde Don 
Julián, aquel que, según se cree vulgarmente, trajo á Es- 
paña los moros, que la conquistaron, capitaneados por Ta- 
rec y Muza, á principios del siglo viii. Se cuenta que el 
conde lo hizo por vengar la fuerza que el rey D. Rodrigo 
hizo á aquella señora; la cual, si el caso fué cierto, más bien 
mereció el nombre de «desgraciada» que el de «mala», que 
le dio injustamente la posteridad. Un romance viejo, don- 
de se dice que de la pérdida de España fueron causa dos 
personas, á saber, D. Rodrigo y Florinda, concluye así: 

Si dicen quién de los dos 
¿a mayor culpa ha tenido, 
digan los hombres tía Caba», 
y las mujeres, ^ Rodrigo*. 

III, 236. — Véanse Caba (La) Rumia, Rotnafw y Profecía 
(La) del Tajo. 
Ruy Díaz de Vivar, el Campeador. — Véase Cid (El) Ruy Díaz. 

S. — «Llevámoslas cubiertas porque no se desfloren». Aquí no 
se suprime la s del *llevamosT» según el uso más corriente, 
aunque no exclusivo en esta parte. Pero siempre es prefe- 
rible la supresión de la s en la segunda persona de plural, 
pues con ella se evita la dureza que resulta en la pronun- 
ciación de dos consonantes reunidas. VI, iSg. 

Saavedra Fajardo (D. Diego de). — Su República literaria. 1, 
119; II, 280; IV, III, 286, 461; V, 157. — Sobre Ariosto. I, 
119. — El Quijote, según la expresión de D. Diego de Saa- 
vedra hablando en su República literaria de la Jerusalin del 
Tasso, es una ara á que no se puede llegar sin mucho res- 



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peto y reverencia; pero éste tiene su término, y no es justo 
convertir las incorrecciones en reglas. II, 280. — hsi Repú- 
blica literaria, una de las producciones que por su lenguaje, 
erudición y crítica honran más nuestra literatura. IV, 46 1. 
— Véase República (La) literaria. — [IH, 217 y nota.] 

Sabeo (Un olor). — € Sábeos, esto es, de Sabá, región de la 
Arabia Feliz, celebrada entre los poetas por el incienso y 
sustancias odoríferas que produce, y se quemaban en las so- 
lemnidades de los dioses. II, 485. — ^Véase Olor (Un) sabeo. 

Sabidor (Tinacrio el). — «Sabidorrt quiere decir encantador y 
mágico, como se ve frecuentemente en los libros caballeres- 
cos, y en este sentido el arcipreste de Hita llama sabidor á 
Virgilio, el cual tuvo reputación de nigromante entre los 
escritores de la Edad Media, por la descripción que hizo de 
los hechizos de Alfesibeo en la octava de sus églogas, atri- 
buyéndose al poeta las ideas que éste había puesto en boca 
de sus pastores. II, 454. — Véase Tinacrio el Sabidor. 

Saboyanas. — Traje señoril, de cuyo nombre puede deducirse 
que vino de Saboya á España. IV, 89. 

Sacabtiches (Espadas hechas). — Véase Espadas (Hechas las) sa- 
cabuches. 

Sacado de gobernar un hato de cabras. — a Sacado* no es aquí lo 
que anuncia su formación, según la cual es supino del ver- 
bo •sacar», sino una especie de preposición que significa 
«fuera de», praeter. VI, 76. 

Sacapotras (Un). — «Y no se ha de presumir que tan alta prin- 
cesa (como la reina Madásima), se había de amancebar con 
un sacapotras T^ . Véase la Nota: II, 269. — Véanse Madási- 
mas (Las) y Elisabad (El maestro). 

Sacar d la plaza, ó d plaza, alguna cosa. — Frase. Publicarla. 
(Academia.) IV, 280; VI, 218 (textos). 

Sacar de borrador. — Frase metafórica. Vestir limpia y decen- 
temente á alguna persona. (Academia.) — a Y si éste á 

- quien la fortuna sacó del borrador de su bajeza» . I^, 97 (t). 



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456 

Sacar de harón ó de harona. — Es sacar del estado de pereza, 
avisar, dar prisa. — n^Harónm significa «lerdo, perezoso, flo- 
jo»: parece derivado de %haragdn9. V, 23o. 

Sacar de los rastrojos. — «Y te la saco de los rastrojos*: alude 
Sancho á la costumbre de ir las muchachas pobres á espi- 
gar en los rastrojos por la siega. IV, gS. 

Sacar de sm casillas d alguno. — Frase. Inquietarle, hacerle 
perder la paz, turbar su método de vida. (Academia.) — 
«Mucho me pesa, Sancho (dijo Don Quijote), que hayas di- 
cho y digas que yo fui el que te saqué de ttis casillas^ sabiendo 
que yo no me quedé en mis casas». Parece que Don Quijo- 
te juega con las dos palabras ^casillas* y ncasas*, IV, 35 (t). 

Sacar el pie del lodo. — Es sacar de apuros, sacar del estado de 
obscuridad y estrechez al de prosperidad y fortuna. — En 
el cap. 25 de la primera parte (II, 3 11) se emplea en el 
mismo sentido la expresión asacar la barba del lodo*. IV, 
91. — Cervantes, en ti Viaje al Parnaso, hablando con Mer- 
curio, dice: 

€ Muchos f señor, en la galera llevas ^ 
Que te podrán sacar el pie del lodo». 

II, 3ii. 

Sacar la barba del lodo. — Frase proverbial tomada de los que 
sacan á otro del atolladero en que se halla, y significa t sa- 
car de apuros» á otra persona. II, 3 11; IV, 91. 

Saco. — Es una vestidura vil de que usan los serranos y gente 
muy bárbara. (Covarrubias.) V, i58. 

Saco la míu. — Según la traza de esta expresión, parece fór- 
mula tomada de algún juego. ¿Podría ser del de calienta- 
manos, al sacar la suya el que la tiene debajo? Sancho no 
tenia gana de oir cuentos, y prefería irse al arroyo á cebar- 
se con libertad en la empanada y «hartarse por tres diast. 

III, 403, — No entro yo en ese número, no se cuente con- 
migo, que yo á aquel arroyo me voy, etc. Metáfora toma- 



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457 
da del juego, cuando el que se retira de él, saca su puesta, 
diciendo: saco la mía. (Arrieta.) 

Sacre ó neblí, — Nombres de aves de rapiña que se adestraban 
para el ejercicio de la cetrería. V, 333. 

Sacripante (Que tan caro le cosió á). — Empieza aquí á prepa- 
rarse la aventura de la bacía del barbero, que se referirá 
al cap. 21 (II, 147), y nos ha de proporcionar entonces y 
después muchos ratos de gusto y de risa. Allí se dará noti- 
cia circunstanciada del yelmo de Mambrino, que hace un 
papel importante en el Orlando: pero entretanto, es menes- 
ter advertir que, 6 Don Quijote por loco, 6 Cervantes por 
distraído, atribuyeron malamente á este yelmo la desgracia 
de Sacripante. El desgraciado, según cuenta Ariosto (can- 
to 18, est. i5i y sig.), fué Dardinel de Almonte, que mu- 
rió peleando con Reinaldos de Montalbán, á quien había 
dado inútilmente en el yelmo que llevaba, y había ganado 
al rey Mambrino. I, 221; II, 147, 228, 3oo; IV, 71. — Véa- 
se Mambrino (El yelmo de). 

Sacripante ó Roldan. — Amantes desdeñados de Angélica, de 
quienes se dice que si fueran poetas hubieran jabonado, esto 
es, hablando familiar é irónicamente, satirizado y sacado á 
relucir sus manchas á la hija de Galafrón. IV, 3i. — Véase 
Angélica la Bella. 

Saetas (Sus) me zumban por los oídos. — La muerte que las le- 
yes de la Santa Hermandad imponían á los malhechores, 
era de saeta, y la pena se ejecutaba en el campo, dejando 
allí los cadáveres atados al palo, para escarmiento de los 
que quisiesen imitarlos. El sonido de las saetas dispsu^das 
era el zumbido que á Sancho le parecía oir. La Reina Ca- 
tólica Doña Isabel dispuso que antes de asaetear á los reos, 
se les diese garrote, para excusarles la prolongación del tor- 
mento. Covarrubias, en su Tesoro, atribuyó esta benigna 
disposición al emperador Carlos V: la confirmaría. II, 224; 

m, 3i6. 



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458 

Sagitario. — a Ayer estuve en ella (la ínsula) gobernando á mi 
placer como un sagitarios* . ¡Rara comparación! Poco más 6 
menos como la del girifalte, en la carta de la Duquesa y en 
otros pasajes (VI, 32, 2y5).-^tiSagitario9 en germanía sig- 
nifica, según Juan Hidalgo en su Diccionario, «el que llevan 
azotando por las calles». Atendiendo al genio festivo de 
Cervantes, no sería de extrañar que, en ambas comparacio- 
nes de girifalte y sagitario, hubiese tenido presentes las sig- 
nificaciones que tienen estas dos palabras en la jerigonza 
germanesca. VI, ii3. — «Zapateo como un girifalte^. IV, 
354; VI, 275 (t).— Véase Girifalte. 

Sahumada, sahumerio. — mDél sahufnerio os hago gracia», dijo 
Don Quijote al amo del muchacho Andrés; «dádselos en 
reales, que con eso me contento». vSahumadaí* quiere decir 
«perfumada», en demostración de que se daba con alegría 
y buena voluntad. En la novela de Rinconeie y Cortadillo, 
habiendo éste salteado la bolsa á un sacristán, le consola- 
ba diciendo que con el tiempo podría ser que el ladrón se 
arrepintiese y «se la volviese sahumada». «El sahumerio 
le perdonaríamos, respondió el estudiante». I, 73. 

Salamanca (La universidad de). — «Que soy bachiller por Sa- 
lamanca, que no hay más que bachillear» . Como quien dice: 
soy bachiller por Salamanca, que es el non plus ultra de los 
bachilleres. Así convenía que hablase Carrasco, como in- 
teresado personalmente en la gloría de la universidad. 
También fué su alumno Cervantes, quien, según se cree, 
estudió dos años en Salamanca, y habló de aquella univer- 
sidad en el Quijote con mucho aprecio, contándola con las 
de París y Bolonia. IV, 118. — Bolonia, París y Salaman- 
ca fueron, desde el primer restablecimiento de las letras en 
los siglos xn y xiii, las tres universidades más célebres de 
la cristiandad. IV, 340. — Véase Bolonia, París (Universi- 
dades de). — [I, 49, n., 3i5 y nota, 434.] 

Salamanquesa. ^*Como la salamanquesa en el fuego», — Alu- 



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459 
de á la preocupación vulgar de que la salamanquesa ó sa- 
lamandra resiste, sin quemarse, el fuego; preocupación na- 
cida, sin duda, de que cuando se encuentra en él este rep- 
til despide un humor lácteo bastante abundante. V, 416, 
Salidas (Las tres). — De tres sucesos consta la primera salida 
de Don Quijote: la llegada á la venta, donde se arma de 
caballero; el hallazgo de Juan Haldudo y su mozo, y el 
encuentro con los mercaderes toledanos. En los tres domi- 
na lo burlesco, según pide la naturaleza de la fábula, cuyo 
objeto es ridiculizar la profesión del héroe. En los dos pri- 
meros, Don Quijote, entonado y hueco con el buen suceso, 
se confirma más y más en su locura y propósito; en el úl- 
timo, no pudiendo dejar de confesar su desgracia, se con- 
solaba, á estilo andantesco, con que la culpa había sido de 
su caballo. Esto en cuanto á Don Quijote: el lector se ha- 
lla en una posición del todo distinta, y para él es materia 
de risa todo cuanto sucede al pobre caballero, tanto lo prós- 
pero como lo adverso. El Ingenioso Hidalgo y según la ob- 
servación de D. Vicente de los Ríos, ofrece siempre dos 
aspectos en lo que refiere, uno para Don Quijote y otro 
para los lectores, á la manera de ciertos cuadros dispuestos 
de tal suerte, que, mirados de un lado, presentan distintas 
figuras que por el otro. Y este contraste, que es perpetuo 
en la fábula, debe mirarse como una de las principales fuen- 
tes del placer que causa su lectura. I, 102. — «La segunda 
salida de nuestro buen caballero». I, 164 (t). — «Tercera 
salida de Don Quijote». — Aunque pudiera parecer al pron- 
to que las tres salidas de Don Quijote son tres acciones dis- 
tintas, y que, por lo menos, interrumpen la unidad de la ac- 
ción de la fábula, sin embargo, considerándolo bien, deben 
mirarse como meros incidentes del asunto principal. Todas 
ellas llevan consigo las apariencias y anuncios de que la ac- 
ción continúa. La primera vuelta de Don Quijote á su al- 
dea convertido en Baldovinos (I, 87) y Abindarráez (I, 92), 



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460 
proporciona el saladísimo escrutinio de su librería, cuya in- 
fluencia en el objeto de la fábula se viene á los ojos. Esta 
primera vuelta además era para proveerse de camisas, di- 
nero y escudero, para continuar, es claro, la gloriosa profe- 
sión de la caballería. En la relación de la segunda vuelta, 
que no fué voluntaria, sino forzada, se encuentran ya anun- 
cios de la tercera salida, y estos anuncios se confirman y 
agravan en la historia del descanso de Don Quijote en su 
casa: este descanso proporciona los coloquios entre el hidal- 
go, el cura, el barbero y el bachiller; el de Sancho y Tere- 
sa, que es de lo mejor de la fábula, y los principios y se- 
millas del desenlace. ¿Cómo pudiera darse la acción por 
concluida? IV, i, 2. — La fábula del Quijote, compuesta de 
sus tres salidas, viene á ser como una comedia con tres 
jomadas. Verdad es que no gus^-dan mucha proporción en- 
tre si las tres salidas, constando la primera de solos siete 
capítulos; que si los intermedios y descansos son necesarios 
en las representaciones dramáticas, no lo son en otros gé- 
neros de composición, porque el lector no los necesita 
como los representantes; y que acaso hubiera sido prefe- 
rible que no hubiera sino una salida. Pero la triplicidad 
de las salidas no rompe la unidad de la acción: todas ellas 
contienen los sucesos y dificultades que forman, confirman 
y aumentan el enredo; y los dos descansos que median en- 
tre las tres salidas, proporcionan incidentes domésticos 
que, alternando con otros de diferente calidad, propios de 
los campos, soledades y despoblados, varían agradablemen- 
te la contextura de la fábula y contribuyen á hacer más na- 
tural y verosímil su desenlace. IV, i32. 

Salir á los hocicos. — Véase Hocico. 

Salir d plaza. — Se divulguer, devenir public. (Taboada.) — «Y 
pues que, en efecto, él lia de salir d plazai^. III, 7 (t). — 
«Pero antes que salga a la plaza de vuestros oídos». V, 
269 (t). — Véase Sacar d la plaza. 



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461 
Salir al gallarín. — Véase Gallarín. 

Salir con este secreto. — «Y así me ha sido posiblérsa/ír con este 
secreto, como si de industria procurara decillo á todo el 
mundo». III, 7 (t). — Aquí, •salir con» es lo mismo que 
i guardar» . — Salir: con la preposición con y algunos nom- 
bres, es lograr ó conseguir lo que los nombres significan. 
(Academia.) 
Salir de madre. — Véase Madre ('Salir dej. 
Salirse allá una cosa. — Frase metafórica y familiar. Venir á ser 
una cosa casi lo mismo que otra. (Academia.) — «Estéril ó 
estil, respondió Pedro, todo se sale allá*. I, 246 (t). — tY 
si Lucía, Lucinda; que todo se sale alld». VI, 442 (t). 
Salpicón. — f Salpicón las más noches». — Nota Cervantes la 
mezquindad con que los hidalgos manchegos, aprovechan- 
do los restos de la carne de la comida, los convertían en 
salpicón para la cena. — ^Salpicón» se dijo, como tcame^'- 
cada con saU. I, 2. — Véase Duelos y quebrantos. 
Salta tú, y dámela tú. — Salta tú: cierto juego de muchachos. 

(Salva.) VI, i33 (t). 
Saltaembarca. — fílJnsL saltaembarca ó ropilla de lo mismo suel- 
ta». VI, i5. — «Con pasamanos, gregüescos y saltaembar- 
cai^. VI, 234 (t). — La saltaembarca 6 ropilla era una espe- 
cie de chaqueta, ó chupa corta, como la que usan los mari- 
neros, y que por lo común se lleva suelta 6 sin abotonar. 
(Arrieta.) 
Saltear. — «Y salteándosele al sedero, compré al muchacho to- 
dos los papeles y cartapacios por medio real». I, 201 (t). — 
Anticiparse sagazmente á otro en la compra de alguna co- 
sa. (Academia.) — ^¿Saltear de cammos llamáis al dar liber- 
tad á los encadenados?» — Saltear: salir á los caminos y ro- 
bar á los pasajeros. (Academia.) III, 33o (t). — Véase Sen- 
das (Salteador de), etc. 
Salvajes. — fiCusitro salvajes, todos vestidos de hiedra», que 
tiraban de un castillo en las bodas de Basilio. — «Cuatro 



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462 
salvajes, vestidos todos de verde hiedra» fueron también los 
que traían el caballo Clavileño en la aventura de la conde- 
sa Trifaldi (V, 3i6). En los libros caballerescos es fre- 
cuente la mención de salvajes. IV, 379; V, 3 16. 

Samaniego (D. FélixJ. — Desde el obispo de Mondoñedo, Don 
Antonio de Guevara, hasta D. Félix Samaniego, las provin- 
cias que se conocen con el nombre de Vizcaya, han produ- 
cido escritores que se encuentran con razón entre los maes- 
tros del idioma castellano. I, 187. — [III, 307, 3o8 y nota.] 

Sambenito, — Traje que se ponía á los penitenciados por el 
tribunal del Santo Oficio. Era una especie de capotillo 6 
escapulario amarillo con una cruz encamada en forma de 
aspa. Según Covarrubias, en el Tesoro de la lengua castella- 
na, es abreviatura de •saco benditos, y se llamó así por el 
saco ó cilicio bendito que en la antigua Iglesia solían dar 
los obispos á los penitentes. IV, 107. 

Sandzaro (Jacobo). — Célebre poeta napolitano. Su Arcadia, 
primera novela pastoral de esta clase. I, 141, 146; II, 388; 
III, 504; VI, 355, 356, 446, 463. — ^Jacobo Sanázaro, poe- 
ta napolitano, imitador apasionado de Virgilio, uno de los 
que contribuyeron á ilustrar el renacimiento de las letras 
humanas en Italia, y de quien se ha hecho anteriormente 
mención en este Comentario, á propósito de su pastoral 
Arcadia. Escribió en latín y en lengua vulgar, y fué el pri- 
mero que introdujo asuntos piscatorios en las églogas, don- 
de hasta entonces se habían usado exclusivamente los bu- 
cólicos. Su obra principal fué el poema latino De partu 
Virginis, fruto de su especial devoción ala madre de Dios. 
VI, 446.— [III, 5, n., 81.] 

Sánchez (^Miguel). — ^Á quien llamaron el Divino, autor dra- 
mático contemporáneo de Cervantes, muy celebrado por 
sus comedias, que se han perdido casi del todo. Su roman- 
ce de Gaiferosy Melisendra. V, 47. — [II, 337 y n.] 

Sanchico, Sanchica. — Habla aquí Teresa de sus dos hijos; el 



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4^3 
varón, del mismo nombre que su padre, y la hembra, lla- 
mada aquí Marisancha, y en otras partes Sanchica, como 
suele suceder entre nosotros, donde es común suponerse y 
omitirse el nombre de María cuando es el primero, y ex- 
presarse sólo el segundo. IV, 88, 

Sancho Bicnaya (Las tendülas de). — Plaza muy antigua de 
tiendas en Toledo, que se nombraba de Sancho Minaya ó 
Bienaya. I, 63. — Véase Tendülas (Las) de Sancho Bienaya. 

Sancho (Don) de Azpeitia. — El vizcaíno con quien Don Qui- 
jote tuvo la estupenda batalla. I, 2o3 (t), 211. — •¥ como 
buen vizcaíno». Nunca se ha dicho que los vizcaínos ten- 
gan por lo ordinario grande habilidad y expedición para es- 
cribir el castellano. Pudiera sospecharse que la expresión 
es irónica, y que Cervantes se propuso continuar la burla 
que en el cap. 8.<> de la primera parte (I, 186), había he- 
cho de los vizcaínos en la persona de Don Sancho de Az- 
peitia. V, 444. — ^Véase Vizcaínos. 

Sancho Panza. — a Un labrador de mediana edad, ignorante y 
crédulo en sumo grado, si bien de dulce y honrado carác- 
ter, glotón y embustero, egoísta é interesado, pero fiel á su 
señor; con bastante malicia para conocer de vez en cuando 
la extravagancia y locura de su amo, y unas veces festivo, 
otras malicioso en el modo de interpretarlas»... «En un 
principio le presenta como opuesto á Don Quijote, y es de 
creer que sólo aparece en la escena para hacer resaltar aún 
más las extravagancias y rarezas de su amo; hasta que, al 
llegar á la mitad de la primera parte (II, iio), comienza 
ya á decir uno de aquellos refranes que después forman el 
fondo de su conversación y carácter; y sólo al empezar la 
segunda ostenta aquella mezcla particular de agudeza y 
credulidad, de que da muestras eñ el gobierno de la ínsula 
Barataria; pintura magistral que completa aquella figura 
con todas sus proporciones grotescas, á la par que propias 
y convenientes». (Ticknor, traducción de Gayangos.) — Su 



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464 

primer convenio con su amo. I, 162 (t). — Su fidelidad. 
II, i35. — Pincelada, digna de Cervantes, del carácter de 
Sancho. I, i65; II, 245. — Gran dormilón: «nunca conoci6 
segundo sueño, porque el primero le duraba toda la nochet . 

II, 222 (t), 228, 229; VI, 365 (t), — Su cobardía y su co- 
dicia. I, 223; II, 4, 144, 243, 3o8; IV, 86, 225, 247; V, 
89, 195, 198, 209, 245, 3i8; VI, 112, 154, 410. — Su be- 
llaquería, mezclada de sandez y de malicia. II, 245; V, 
139. — Su deseo vehemente de hablar. II, 276; IV, 373. — 
Su codicia subordinada á la honradez. V, 23i; VI, 112, 
154. — «Era caritativo además». II, 204; V, 62 (textos); 
VI, 97. — Su simplicidad y agudeza; cualidades que real- 
mente comprende el carácter de Sancho. VI, 404. — «Tú 
eres, Sancho, el mayor glotón del mundo» . VI, 2o5, 35o 
<t); IV, 33; VI, 193 (textos). — «La parsimonia y limpie- 
za con que Sancho come, se puede escribir y grabar en lá- 
minas de bronce». VI, 264. — Buen bebedor. V, 190.— 
Sobre el sueño. VI, 367 (t).— Su credulidad. III, 80; V, 
186. — Cogido en mentira y estrechado por la Duquesa, 
sale del paso por el camino que solía tomar su amo, el de 
«encantamento». V, 339. — Un mes en la corte. II, 188. 
— La mujer de Sancho, y sus varios nombres. I, 168, 169; 

III, 527; VI, 24. — El diálogo gracioso entre Sancho y Te- 
resa: lo primero que le pregimtó ella fué que si venía bue- 
no el asno. III, 526. — Otra plática discreta y graciosa que 
pasó entre ellos. IV, 85 (t). — Dice Sancho de ella, «á no 
ser celosa, no la trocara yo por la giganta Andandona» . 

V, 3i. — Piensa ponerle el nombre pastoral de ^Teresonaf. 

VI, 358. — Sancho dormido. IV, 370. — Sus dudas é incre- 
dulidad acerca de la andante caballería. IV, 443. — «Pre- 
varicador del buen lenguaje». III, 491; IV, 128; V, 102; 
VI, 36o (t). — «Esos Julios y Agostos», dice Sancho, equi- 
vocando los nombres de los emperadores con los de los me- 
ses del año. IV, 146. — Interpretación que dio á *gramd^ 



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465 
tica9, llamándola ugrainait y •ticaí». IV, Sg (t); V, 102. 
— Los caracteres del amo y el escudero, como los marcaba 
Sancho. VI, 208. — Lo que éste dice de sí mismo. IV, iSg. 
— Su soliloquio, en que entra en cuentas consigo: es de los 
pasajes más agradables y sabrosos de la fábula. IV, 167. 
— Descripción que hace Don Quijote del carácter de su 
escudero. V, 168. — El manteamiento de Sancho, II, 57: 
ocurrencia que sintió Sancho sobremanera. III, y5, 345 
(t). — nEl muerto á la sepultura y el vivo á la hogaza»; el 
primer refrán que la fábula del Quijote pone en boca de 
Sancho. II, iio. — El primer pasaje en que empieza á 
descubrir esta maña para ellos. II, 279. — Su número in- 
terminable. II, lio, 279; V, 186, 204, 364, 367. — El ro- 
bo del rucio por Pasamente, y el dolor de Sancho: aquí se 
le da al asno, por la primera vez en el Quijote, el nombre 
de rucio. II, 228-230. — El modo del hurto. IV, 70, 71; 
V, 68. — Negligencia de Cervantes acerca del robo. II, 
242, 304. — Hallazgo del rucio. II, 479. — El primer en- 
cuentro de Sancho con la Duquesa. V, ii5 (t). — Dono- 
sísimo coloquio entre él y la dueña. V, 127. — Suplica á 
la Duquesa «que se tuviese buena cuenta con su rucio». 
V, 191. — El lavatorio de Sancho por los mozos del cas- 
tillo. V, 169. — El traje que había de llevar al gobierno. V, 
346, 373. — Su irritación y cólera contra el Doctor Pedro 
Recio. V, 439. — ^El gobierno de Sancho, episodio princi- 
pal de la segunda parte del Quijote. V, 471. — Sus senten- 
cias judiciales. V, 410-420 (Notas y textos). — Su carta á 
Don Quijote. V, 57. — Su carta á Teresa. V, 241. — Su 
invención del encantamiento de Dulcinea. IV, 170; V, 
io5, 145. — El remedio prescrito por Merlín para des- 
encantar á Dulcinea: «que Sancho se dé tres mil azo- 
tes y trecientos en ambas sus valientes posaderas al ai- 
re descubiertas». V, 225-238 (texto y Notas). — La burla 
del brutal asalto de la ínsula. VI, 88, 89. — Abrazó San- 

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466 
cho al rucio en su gran pesadumbre, haciéndole un dis- 
curso doliente. VI, 89. — La inseparabilidad de ellos. II, 
i36 (t); V, 198; VI, 120. — Lamentaciones de Sancho, 
caído con el rucio en una honda y escurísima sima. VI, 
21. — Al ir á azotarle Don Quijote, Sancho arremetió con- 
tra su amo, y dio con él en el suelo. VI, 223, 366. — 
De lo mal que le avino á Sancho la visita de las gale- 
ras. VI, 297. — Su «vuelo sin alas». VI, 3oo. — Endecha 
y lamentación de Sancho sobre su amo mal parado en 
la aventura de los disciplinantes. III, 5i9-523. — Dis- 
curso que Don Quijote dirigía á Sancho, alegando á Ho- 
mero y Virgilio, con otros ejemplos semejantes. 11, 108, 
282; IV, 35, 123; V, 90; VI, 56. — Cervantes algunas 
veces hace hablar á Sancho con más pulidez de la que 
corresponde á su carácter: así como también en alguna 
ocasión le hizo más zafío y to^co de lo que correspondía á 
la idea que de él hizo formar su historiador. IV, 96, 97, 
386; VI, 2, 168, 368, 456. — En dos distintas ocasiones dijo 
Sancho que sabía firmar: i Yo no sé leer ni escribir, puesto 
que sé firmar», V, 241 (t), y «Bien sé firmar mi nombre», 
V, 363. Sin embargo, dice después: «Y esto lo diera firma- 
do de mi nombre, si supiera firmar». VI, 5o. — Cuando 
muchacho, pastor de puercos, y después, algo hombrecillo, 
de gansos. II, 119; V, 90, 339, 349 (t). — Sancho, que 
acostumbra á hacer, siempre que se ofrece, profesión de su 
cobardía, se da aquí por medio hombre y no más. II, 4. — 
Dice á su amo, quien en su cólera le llamaba asno y bes- 
tia: «señor mío, yo confieso que para ser del todo asno no 
me falta más de la cola; si vuesa merced quiere ponérme- 
la, yo la daré por bien puesta, y le serviré como jumento 
todos los días que me quedan de mi vida». V, 91 (t). — Ha- 
bla «de sus muchos y buenos servicios», habiendo servido 
á su amo dos días, no cabales. I, 217. — Piensa que si se 
usa en la caballería escribir hazañas de escuderos, que no 



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467 

se han de quedar las suyas entre renglones. II, 164. — So- 
bre su espada, que unas veces se dice que la llevaba y otras 
que no. II, 8, 16; III, Si;; IV, 246; VI, i63, 370.— En 
varias ocasiones hace alarde de ser «cristiano viejo •. II, 
i35, 187 (t); III, 371 (t); IV, 80.— Una vez «mozo de 
labor» de Tomé (ó Bartolomé, IV, 42) Carrasco, padre del 
bachiller. V, 87, 90. — Su «cuento de la pastora Torralva»'.^ 
II, 124-131. — La situación embarazosa en que se hallaba 
Sancho de resultas de sus mentiras. IV, 153-157. — La 
pintura bellísima de Sancho, no pudiendo hallar la carta 
de Don Quijote á Dulcinea, ni la libranza pollinesca. II, 
344. — ^Admirable descripción de su contento cuando Don 
'Quijote le habló de su posible casamiento con la princesa 
Micomicona. II, 463. — Su risa irresistible al descubrir la 
causa del ruido horrísono y espantable de los batanes, con 
lo que le costó á Sancho. II, i38. — «Á él le vino en vo- 
luntad y deseo de hacer lo que otro no pudiera hacer por 
éU. II, i3i. — La única vez en que se le da el sobrenom- 
bre de Zancas. I, 2o3. — Sus barbas. I, 184; II, 85. — Su 
salario. II, i35, 144; III, 354 (t); IV, 121, 127; V, 88, 
59. — Las edades de Don Quijote y Sancho. I, 4, 284 (tex- 
tos); IV, 385; V, 91, 172.— Sancho en Avellaneda es un 
bufón truhán, ó juglar, conforme á las costumbres de aquel 
tiempo. El Sancho de Cer\'antes pertenece á otra cuerda 
de ridículo más culto y delicado. VI, 2o5. — Sus meditacio- 
nes sobre la muerte: «Tan presto se va el cordero como el 
camero», IV, 121; «Debajo de cuyo yugo hemos de pasar 
todos», IV, 170; «Con igual pie pisaba las altas torres 
de los reyes, como las humildes chozas de los pobres», IV, 
386. — Su comparación de la vida humana con el juego de 
ajedrez. IV, 206 (t). — «¡Aj^! respondió Sancho llorando, 
no se muera vuesa merced»: último razonamiento de San- 
cho en el Quijote, y tan gracioso como el que más. VI, 
455. — Tenía razón el bachiller Sansón Carrasco en seña- 



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468 
lar á Sancho el segundo lugar en la fábula del Quijote, y en 
ponderar sus donaires y gracias, que efectivamente son 
inimitables, y á las veces causan un placer que compite con 
el que producen las cosas de su amo. Pero cuando repre- 
sentan solos los dos en la escena, y señaladamente sus diá- 
logos, excitan y levantan hasta el más alto punto el interés 
y placer de los lectores. Don Quijote decía (V, 167) que 
Sancho Panza era «uno de los más graciosos escuderos 
que jamás sirvió á caballero andante». IV, 58; III, iio, 
— En una Nota al cap. 23 de la primera parte (II, 245) 
se dijo que el carácter de Sancho constaba de codicia, mie- 
do, bellaquería (pudiera añadirse: malicia, y al mismo- 
tiempo sandez). En la segunda parte parece que varía 
algo, especialmente en el período de su gobierno; mas . 
pudiera ^decirse que Iwnores mutant mores. VI, 65.— ^[11^ 
140, 146.] 

Sancho (El gobierno de). — Está sumamente embrollado todo 
lo que tiene relación con el tiempo que duró el gobierno 
de Sancho. Véase la Nota: VI, 92. 

Sancho (La mujer de). — Véanse Teresa Panza y Gutiérrez 
(Mari). 

Sandoval y Rojas (D. Bernardo de). — Véase Rojas (D. Ber- 
nardo de Sandoval y), 

Sandoval y Rojas (D. Framisco de). — Valido de Felipe III. — 
Véase Lemia (Duque de). 

Stm Ildefonso. — Colegio de niños en Madrid. V, 229. — Véase 
Niños de la doctrifta. 

Sanlúcar (Playa de). — Uno de los parajes de España que en 
tiempo de Cervantes eran más concurridos de vagabundos 
y gente perdida. I, 35, 48. 

San Martín. — «Su San Martín se le llegará (al libro de Ave- 
llaneda) como á cada puerco t. Con efecto, le llegó y pron- 
to, quedando sepultado en el desprecio y el olvido, mien- 
tras el Quijote de Cervantes continúa siendo el embeleso y 



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469 

las delicias de sus lectores. Es bien conocido el origen de 
esta expresión proverbial, debida á la época del año en que 
empieza la matanza, tan común éntrelos españoles, del ani- 
nml doméstico cuya cecina es el ingrediente más esencial 
de nuestra olla ordinaria. VI, 295. 

Sano de Castilla. — En el idioma de la germanía, según el Vo- 
cabulario de Juan Hidalgo, insano de Castilla* signiñcsL f la- 
drón disimulado!. I, 35. , 

Sansón Carrasco» — Véase Carrasco (El bachiller Sansón J. 

Sansueña. — f La ciudad de Sansueña, que asi se llamaba enton- 
ces la que hoy se llama Zaragoza» . No he podido averiguar 
el origen que tiene el darse este nombre á la ciudad de Za- 
ragoza, como se hace en el presente capítulo. Todos los 
romances convienen en que Sansueña estaba en tierra de 
moros, mas ninguno dice que fuese Zaragoza. V, 44. — 
Quizá sería Toledo. Véase la Nota: VI, 124. 

Santa (La) Hermandad. — ^Tribunal severfsimo, establecido 
por los Reyes Católicos D. Fernando y Doña Isabel el año 
de 1476 para perseguir, juzgar y castigar los delitos come- 
tidos fuera de poblado, y que subsistía, aunque con nota- 
bles variaciones, en tiempo de Cervantes. I, 212. — Véanse 
otras Notas: II, 2i5, 224; III, 3i6, 32i, 33i, 364; VI, 
377. — Véase el índice de Ticknor. 

Santa (La) Hermandad vieja de Toledo. — Así se llamaba para 
distinguirse de la nueva, que fué la que fundaron los Reyes 
Católicos á fines del siglo xv: la otra existía ya en el xiii 
con muchas facultades y privilegios. II, 40. 

Santiago. — Véase Diego (San) Matamoros. 

¡Santiago y cierra España! — Invocación cuyo uso es antiquí- 
simo entre los españoles, especialmente en sus combates 
con los moros. En la batalla de Alcocer, según refiere el 
Poema del Cid, «Los moros laman Mafomat; los cristianos, 
Sanctíague». — «Desde la batalla de Clavijo, ganada por 
D. Ramiro I (dice Rodrigo Méndez de Silva), en que se vi6 



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470 
pelear á Santiago en un caballo blanco, quedó la devota 
costumbre de apellidarle en los acometimientos •. Véase la 
Nota: VI, 167. IV, 78 (t). — Santiago, y curra, España: 
proverbio militar de que usaban los españoles al entrar 
en las batallas. Cerrar: embestir, acometer: quiere, pues, 
decir: «Acomete, ¡oh España!, en nombre de tu patrón 
Santiago». (Pellicer.) 

Santiguada (Para mi). — Expresión familiar anticuada, fór- 
mula de juramento que se repite en otros pasajes del Qui^ 
jote, y que se halla ya usada en el acto i.^ de la tragico- 
media de Celestina. •Santiguada* es el acto de santiguar- 
se, y uparan equivale á «por*; de suerte que ^para mi san- 
tiguada* es lo mismo que «por la cruz con que me santi- 
guo». I, lOI. 

Santiguar. — Hacer la señal de la cruz sobre alguno. — «Las 
bendiciones de las estacas». ^Bendecir con ellas» es ex- 
presión semejante á la de iksantiguar con un palo», ó «/>er- 
sigfiar con un alfanje», que se dice en el cap. 28 de la se- 
gunda parte (V, 84). II, 240. — uSaniigttarnos*, como era 
propio al acometer una empresa y en cualquier ocasión de 
peligro. V, 99. — Véase Cruz (Hacerse la). 

Santillana (Marqués de). — Su Colección de refranes. V, 97, 
ii5, 245, 247; VI, 122, 364. — tEn el reinado de Don 
Juan II, el marqués de Santillana recogió, á petición del 
monarca, hasta cien refranes métricos, y unos seiscientos 
más de aquellos que, según él, «se decían por las viejas 
trasel huego». (Ticknor.) — [III, 201.] 

Santo Grial. — Dábase este nombre á un plato que se suponía 
haber servido á Josef de Arimatea para recoger la precio- 
sa sangre de Nuestro Señor Jesucristo cuando le bajó de 
la cruz y le dio sepultura. Su historia. — Véase la larga 
Nota: III, 453-455. — [I, 199, n., 218.] 

Sarao, se llamaba el baile de aparato entre gente rica y au- 
torizada. V, 467; VI, 272, 



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47X 
Sardesco. — Asno pequeño, quizá porque lo son en Cerdeña. 

V, 72. 

Sardinas arenques. — Comida propia de las costas de mar, 
donde la usa la gente pobre, y aun ésta suele arrojar las 
«cabezas», que ahora apetecía Don Quijote. II, 89. 

Sargel. — Población situada sobre las ruinas de otra antigua 
romana en la costa de Berbería, veinte leguas á poniente 
de Argel. III, 208. 

Sarmiento (El Padre). — Sus Memorias para la historia de la 
poesía y poetas españoles. V, 204.— Véanse Pinciano (El) 
y Comendador (El) Griego, etc. — [III, 299 y n.] 

Sarna, Sarra. — «Decid Sarra^, — El pastor llamaba Sarna á 
la mujer de Abrahán, y Don Quijote le corregía este voca- 
blo como ya le había corregido otros. Nosotros decimos 
Sara, pero en lo antiguo decían Sarra. — Sara vivió ciento 
diez años, y fué madre siendo ya muy vieja: de aquí vino 
la frase proverbial para ponderar la vejez de una mujer, 
diciéndose «s^r uiás vieja que Sarra». La gente rústica, así 
como decía tcm» y ^estih, por •eclipse* y ^esiérih, decía 
también *Sarnat, por •Sarra*. I, 249. — iPero vos res- 
pondistes muy bien, porque vive más sarna que Sarra*. 
Así es la verdad, porque Sara sólo vivió algo más de un si- 
glo, pero la sarna ha vivido, vive y vivirá mientras haya 
sarnosos. I, 25o. 

Sastre (El) del Cantillo. — Refrán muy antiguo, que se en- 
cuentra entre los del marqués de Santillana, así: •el alfa- 
yate del Cantillo, facía la costura y ponía el hilo*. Se usa 
para denotar á los que, además de hacer favor, ponen, pa- 
ra hacerlo, su trabajo ó dinero. Otros dicen nel sastre del 
Campillo*. D. Francisco de Quevedo, gran voto en mate- 
ria de proverbios, expresiones proverbiales y cuentos vie- 
jos, introdujo en su Visita de los cJtistes al sastre del Campi- 
llo altercando con Juan Ramos, otro personaje proverbial; 
pero nada dice que indique el origen de uno ni otro, el cual 



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472 
es desconocido, como sucede casi siempre en todo lo que 
huele á proverbios ó refranes; y así, no hay por donde pue- 
da juzgarse si es ^Campillo* ó tiCantillon. III, 396. — Véa- 
se Refranes. 

Sátiros, en los libros caballerescos. V, 3i6. 

Sayago. — Es un territorio entre «Zamora y Ciudad-Rodrigo. 
Sus habitantes son tan toscos en el vestir como en el ha- 
blar: su lenguaje es una especie de dialecto corrompido, y 
además desfigurado por la rústica pronunciación de los na- 
turales. IV, 36i; V, i58. 

Sayagués. — El natural de Sayago y lo perteneciente á él, — 
Sancho opone el lenguaje sayagués al toledano, dando al 
uno por extremo de la rusticidad, y al otro por extremo de 
la cultura, aunque manifestando al mismo tiempo que en 
Toledo habría quien hablase mal. IV, 36i; V, 158. 

Sayo, saya. — Vestidos exteriores, aquél de hombres y éste 
de mujeres: vinieron del sagum latino, vestido militar ex- 
terior y ancho. II, 35i; V, 158. 

Scipio. — Véanse Escipión y Cipión. 

Scoto, Scot, Escoto, Escoiülo 6 Escotino (Miguel). — Matemá- 
tico, astrólogo ó nigromántico, mencionado, bajo estos 
varios nombres, por Dante, Bocacio y otros. Véase la No- 
*ta: VI, 267, 268. — Véase Escoiillo (Del famoso). 

Se. — Pronombre, ó más bien partícula indeterminada, que 
hace el mismo oficio que el on francés: «o« dit, se dice». 
— Entre las palabras que antiguamente fueron comunes al 
francés y al castellano, una fué la de •ho^ne* ú thombreit 
sin artículo, que se usaba en ciertos casos para denotar 
una persona indeterminada. También se dijo «owí». Por 
ejemplo: «una piedra que relumbraba tanto que podría hom- 
bre ver de noche la su claridad á dos leguas y media»: y 
otros: ^ome non vio tal», «como orne entra en el puerto». 
— Lo mismo hacían los franceses con la voz hom ú homnie, 
uniéndola sin artículo á los verbos. De aquí vino el on 



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francés, que, desnudo ya de la cualidad de nombre y redu- 
cido á partícula^ pero conservando el énfasis de su signifi- 
cación primitiva, se une al presente del verbo impersonal 
y fortna una especie de pasiva ficticia 6 contrahecha: on dii, 
dicitur. IV, 57, 58.— Véase On. 

Se le fueron las aguas sin sentirlo, de puro contento. — Bella, 
aunque algo grosera, descripción, en la carta de Teresa á 
su marido, de la alegría de Sanchica al oir hablar de la ele- 
vación de su padre. VI, 79 (t). 

Se me fueron d mí por alto. — Metáfora tomada del juego de la 
pelota, cuando por ir muy alta no la puede volver el que 
la espera. Se aplica al que no comprende ó no alcanza al- 
guna cosa que le importa, por ser superior á su inteligen- 
cia. IV, 23 1. 

Secretarios (Reales). — «Soy vizcaíno. Con esta añadidura dijo 
Sancho, bien podéis ser secretario del mismo emperador» . 
Rasgo, al parecer, satírico, como indicó también Pellicer 
refiriendo los muchos secretarios, tanto del rey como de 
consejos y corporaciones superiores, vizcaínos de nacimien- 
to ú origen, que hubo en tiempo de Carlos I y su hijo Fe- 
lipe II. V, 440, 441. — [III, 173, n.] 

Sedales. — Las fuentes y los sedales en brazos, muslos, pier- 
nas y hasta en el colodrillo, eran muy usados en tiempo 
de Cervantes, y lo fueron aun más en los años siguien- 
tes. Empleábanse unas veces para curar las enfermedades; 
otras, para precaverlas, y otras, «viciosamente, sólo por en- 
trar en el uso» ó moda. Á D. Rodrigo Calderón, mar- 
qués de Siete Iglesias, le quitó el verdugo, al ejecutarle, 
una chapa de plata que le cubría una fuente. V, 469. — 
Véase Fuentes. 

Segármela gola. — •Segara, del latín s^car^. — Metafórico. Cor- 
tar de cualquier manera, y especialmente lo que sobresale 
ó está más alto; como iisegar la cabeza, el cuello», etc. — 
Cortar con la hoz las mieses ó yerba. (Academia.) V, 291. 



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474 

Segovia fAzogucjo de). — ^Plazuela del arrabal de Segovia, por 
donde pasa el famoso acueducto romano de aquella ciudad, 
que en ella es donde tiene su mayor elevación. ^Azoguejot 
es diminutivo de •azogi4e9, palabra anticuada de origen 
árabe, que significa «plaza». Paréceme que ^azogiui* era 
equivalente de mzocoí^y que significa lo mismo: nZocodovcr* 
es diminutivo de •zoco*, y, según esto, son sinónimos 
üAzogtiejon y •Zocodover», plazuelas, aquélla, de Segovia, 
y ésta, de Toledo. Cuando Segovia era Segovia, y sus fá- 
bricas y riqueza atraían y alimentaban una población nu- 
merosa, el Azoguejo era el sitio donde solía concurrir la 
gente apicarada que aquí se indica, y que frecuentarían los 
pelaires de aquella ciudad, de quienes se habla después, en 
el cap. 17 (II, 56), co'no de «gente alegre, maleante y 
juguetona». I, 48. — Véase Zocodover (La plaza de). 

Segtudillas. — «Á quien ellos llamaban seguidillas^ . V, 280 
(t). — Las seguidillas, 6, como en otra parte las nombra 
Cervantes (novela del Celoso extreuieño), las «coplas de la 
seguida», que eran de moda en tiempo de nuestro autor 
y á las cuales elogia tanto, son una especie de poesía 6 co- 
pla compuesta de cuatro versos asonantados, como la que 
se refiere en el cap. 24 de esta segunda parte (V, 11), que 
cantaba el paje que encontró Don Quijote en el camino, 
cuando iba á ver la cueva de Montesinos: 

A la guerra me lUva 

mi necesidad; 
si tuviera dineros, 

tw fuera en verdad, 
(Arrieta.) 

Segunda (La) parte de Don Quijote, — «Oyendo esto Dorotea, 
dijo callando á Cardenio: poco le falta á nuestro huésped 
para hacer la segunda parte de Don Quijote*. Esta «segun- 
da parte» no es la de la fábula. Pellicer observó aquí opor- 



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tunamente que uparte» se dijo por las •partes» ó papeles de 
la comedia, y que Dorotea, viendo la intensa afición del 
ventero á las cosas caballerescas, quiso significar que don- 
de hace Don Quijote Ik primera parte ^ 6 papel de primer ga- 
lán, merecía el ventero hacer la segunda parte, ó papel de 
galán s^undo. II, 520. 

Segundar sus primeros devaneos. — ^Segundar», por «repetir», es 
verbo poco usado: ordinariamente se dice fn asegundaría] pe- 
ro sólo de los golpes. De ambos modos se encuentra en la 
historia de Don Belianís. En los Trabajos de Persiles y Si- 
gismunda empleó Cervantes el verbo asegundar* como ver- 
bo de estado en la acepción de «seguir». I, 162. 

Segundo (El) autor desta obra. — Estas palabras y las anterio- 
res indican que eran dos los autores de la historia primiti- 
va de Don Quijote: uno, que, al llegar á la aventura del viz- 
caíno, la dejó á medio contar por falta de materiales, y 
otro, que no quiso creer que no los hubiese, y al cabo los 
encontró en la forma que se cuenta en el capítulo siguiente. 
Pero Cervantes escribía tan sin plan ni preparación, que en 
el capítulo inmediato dio por supuesto que el único autor 
había sido Cide Hamete Benengeli, á quien sigue tradu- 
ciendo desde el principio de su segunda parte, que contiene 
la conclusión del suceso del vizcaíno, sin explicar por dónde 
había tenido y vuelto al castellano lo precedente. I, 191. — 
«Su primer autor Cide Hamete». Por estas palabras pare- 
cería que hubo dos autores de la historia original de Don 
Quijote, como lo parece también por otras que se notaron 
en el cap. 8.** de la primera parte (I, igi). V, i. 

Segura (Juan Lorenzo). — Autor del Poema de Alejandro Mag- 
no: puso •motóme, por acarncro»; itorage», por •temporah; 
•pozóme, por aponzoña»; aafert, por f^negocio*; tiaprésn, por 
•después*; •baslim, por •edificar*; •renw, por mnada»; «í;o- 
luntert, por •de bíietta gafuin; •foh, por «Zoco»; •tost%, por 
•presto»; •sagest, por •sabios»\ •tirar», por •sacar». IV, 57. 



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Segura (Tan) como yo de la traición. — ^Tan segura* quiere 
decir «tan ajena». — n^Segnrat tiene dos acepciones opues- 
tas entre sí: en el lugar presente es «ajena 6 ignorante»; 
en otras ocasiones, que son las más, significa «cierta y ase- 
gurada» . Las circunstancias y la intención general del dis- 
curso determinan cuál es la acepción que le conviene á esta 
voz en cada caso. II, Sóg. — «Que, libre y seguro de tal 
acontecimiento, dormía •. El suceso mostró que no estaba 
muy libre ni seguro: «ajeno» quiso decirse. III, 347. — «Yo 
seguro, respondió el cura, que la sobrina», etc. •Seguro», 
por caseguro^, y viene á ser lo mismo que «yo respondo de 
que el ama ó la sobrina nos lo cuenta después». Así sede- 
cía en tiempo de nuestro autor y aun mucho antes; pero 
otras veces se usaba este verbo como hoy lo usamos: «Yo 
te aseguro, dice después en este mismo capítulo Don Qui- 
jote, que debe de ser algún sabio encantador el autor de 
nuestra historia». (IV, 48.) IV, 35. 

Semidoncellas. — «Á este agujero se pusieron las dos semidon- 
celias^»: ó doncellas por mitad; porque, en efecto, la una lo 
era y la otra no. (Arrieta.) III, 280 (t). 

Seminimas. — «En contarnos las seminimas della». ^Semini- 
mas», voz tomada de la música. Notas que ocupan en el 
compás unos espacios muy pequeños, como lo indica la 
palabra. Quiere decir aquí: «las particularidades más me- 
nudas». V, 296. 

Sempre (Jerónimo), — Su Carolea, libro de corto mérito. I, 
154. — Véase Carolea (La). — [II, 460, 461 y n.] 

Senado. — «El senado de los oyentes». Se dice por burla, apli- 
cando el nombre de «sotado», que lleva consigo la idea de 
un consistorio autorizado y respetable de ancianos^ á la 
reunión de Sancho, el primo, el paje y el arriero. La 
ocurrencia que sigue de Don Quijote es sumamente gra- 
ciosa y verisímil. V, 60. 

Sendas (Salteador de) y de carreras. — ^Es ^^salteador dt cami^ 



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tws», y así lo explica el mismo Don Quijote, contestando á 
los cuadrilleros: «¿Saltear caminos llamáis al dar libertad 
á los encadenados?» — Entre las varias acepciones que tie- 
ne la palabra •carrera», una es la de «camino público», é 
indica que es de ruedas, como si se dijera: «camino de ca- 
rros ó carretero*. Úsanla muchas veces en esta acepción 
nuestros libros anteriores al siglo xvi. Por contraposición 
á ncarrera!^, •senda» significa un camino estrecho, por don- 
de los caminantes van uno á uno, singuli: también suele 
llamarse «camino de herradura» porque se anda en caba- 
llerías; y así, en ^sendas» y •carreras» está comprendida 
toda suerte de caminos. •Saltear» viene probablemente de 
saltus, bosque, porque en ellos son más fáciles y más fre- 
cuentes los robos. III, 33o. — «Al cabo de haber andado ca- 
minos y carreras». III, 342 (t). — Véanse Carrera y Sal- 
tear. 
Sendos, sendas. — «Y encajaron sendos manojos de aliagas». — 
Es como si se hubiera dicho que uno de los muchachos al- 
zó la cola del rucio y le puso un manojo de aliagas, y que el 
otro alzó la cola de Rocinante y le puso otro manojo de 
aliagas. — El adjetivo plural castellano •sendos, das», trae 
su origen de singulos, las, terminaciones masculina y feme- 
nina de acusativo del adjetivo plural latino singuli, lae, la, 
que tiene la misma significación que tuvo en sus días nues- 
tro •sendos». — En un artículo publicado por el literato Don 
Ramón Cabrera en el Diario Mercantil de Cádiz, de 1 5 de fe- 
brero de 1829, sobre la significación y origen del adjetivo 
plural castellano •settdos, das* , censura el abuso que por al- 
gunos literatos de nuestros días se ha hecho de este adje- 
tivo, el cual, según su etimología y el uso de varios de 
nuestros escritores de nota, no tiene otro significado que el 
de «tantos por tantos, uno por cada uno, el suyo ó con el 
suyo, á cada uno ó en cada uno el suyo». VI, 267. — ^Sen- 
dos paternostres y smrfas avemarias». V, 326 (t). 



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Señero. — Véase Solo y señero. 

Señor bueno. — Modo común de hablar á una persona desco- 
nocida, que todavía se usa en España, especialmente en los 
caminos, como es el caso del texto. ^Tíobi^no», titía buena* 
se dice ordinariamente á las personas cuyo nombre se if- 
ñora, y que por su traza se conoce pertenecen á la clase 
común ó pobre. Á éstos se llaman •tíos», como á los men- 
digos ^hermanos». VI, 846. — «Calle, señor bueno, replicó 
el cartero*, etc. VI, 349 (t). 

Señora (Oh) de mis acciones. — Ya se sabe que la invocación, 
primero de Dios y después de su señora, era el formulario 
propio de los caballeros andantes, que en ocasiones de pe- 
ligro observaba religiosamente Don Quijote, conforme á la 
doctrina que sobre esta materia estableció en su conversa- 
ción con Vivaldo (I, 273); bien que alguna vez se olvida- 
ba de Dios y sólo se acordaba de Dulcinea, incurriendo en 
la misma distracción que incurrió Amadís de Gaula, cuan- 
do, al acometer la aventura de la Cámara defendida, in- 
vocó, sin acordarse de otra cosa, el favor y protección de 
su señora Oriana. Don Quijote imitó este descuido en la 
primera batalla con el arriero de la venta donde se armó 
caballero (I, Sy): vuelve á imitarle en las «plegarias y ro- 
gaciones» que dirigió á Dulcinea al descender á la teme- 
rosa cueva de Montesinos. IV, 415, 416. 

Señores de título. — «Hacer de título á su hijo». — Esto es, ha- 
cer señor de titulo á su hijo. — •Señores de título» son los que 
lo tienen de marqués ó conde, á cuya dignidad han acom- 
pañado diversas prerrogativas, según los tiempos. En el de 
Cervantes llevaba consigo la de tener jurisdicción y vasa- 
llos. III, 307. 

Señorío, señoría. — «Que es el tercero cargo que hay en aquel 
señorío*. Los tres cargos son gran visir, mufti y capitán 
bajá. *Señoríon es aquí lo mismo que «imperio». — Entre 
nuestros antiguos escritores se da el nombre de •señoría* á 



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los estados que no se gobiernan por reyes, sino por formas 
republicanas. Así decían «la señoría de Venecia, de Geno- 
va», etc. En este sentido, ^señoríai^ decía oposición á «s^flo- 
río». III, 177. 

Señuelo (Como á) gustoso, etc. — • Señuelos era una almohadi- 
lla con alas contrahechas, entre las cuales se ponía atada 
carne 6 algún pájaro vivo para que sq abatiese á comerlo 
el halcón que iba remontado: era voz propia de la cetrería. 
Por extensión, se dice, como aquí, de cualquier cosa que sir- 
ve de cebo y atractivo. Es uno de los motes, apodos 6 nom- 
bres burlescos que solían darse á las alcahuetas, de que 
formó un largo catálogo el arcipreste de Hita en el Castigo 
de las dueñas. IV, 402. 

Sepulcros (Los) de los gentiles fueron por la mayor parte sun- 
tuosos templos. — Véase la Nota: IV, 147. — ^Véanse Mattso- 
leo y Castillo de Sanidngel. 

Sepúlveda (El Padre). — Monje del Escorial. — Véase yl/im/a- 
mientos manuscritos. I, i38. 

Ser, estar. — «Según soy de dolorido», por «según esioyn. En 
efecto, el verbo •íer* atribuye una cualidad á la persona; 
mas el verbo •estar* indica la situación actual de la mis- 
ma, y esto és lo que más bien hubo de querer expresar Cer- 
vantes. V, 268. 

Ser para en uno. — Véase Para en uno. 

Ser parte. — «Y sin ser parte su tío dio en irse al campo». 

Cuando se dice •ser parte», es menester expresar para qué. 
Aquí hubo de decirse: «y sin ser parte para estorbarlo su 
tío.... dio en irse al campo».. I, 262. — No ser parte en al- 
guna cosa: frase. Nolener influjo en ella. (Academia.) 

Serafín Aquilano. — «De la dulce mi enemiga». — Según Pelli- 
cer, esta redondilla se tradujo del original de Serafín Aqui- 
lano. Serafín Aquilano, llamado así porque era de Áquila, 
en el Abruzo, fué en su tiempo proclamado rival y vence- 
dor del Petrarca. Los príncipes se lo disputaban. Fué 11a- 



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48o 
mado sucesivamente á la corte de Ñapóles, á las de Milán, 
Urbino y Mantua. Murió en i5oo, de edad de treinta y 
cuatro años. Sus poesías se imprimieron infinitas veces 
hasta mitad del siglo xvi, y desde entonces se olvidaron. 
Cantaba con muy agradable voz sus versos, acompañándo- 
se con el laúd é improvisando al mismo tiempo. (Guingue- 
né, Hist. Lit. de Italia.) V, 277. — Séraphin Aquilano, morí 
d Vdgc de trenie-cinq ans, fiit enterré a Sainte-Marie du Pcuplc, 
a Rome. On grava sur son tombeau ees trois vers, faitspar Bcr- 
nard AccoÜi d^Arezzo, surnommé IWnico Aretino^i 

tQui giace Serafin: partirti kor puoi: 
Sol d'haver visto il sasso che lo serra 
Assai sei dehitor alli occhi tuoit. 
{Nonvelle Biographie Genérale: V. Aquilano [Séraphin].) 

Sergas (Las) [de Esplandidn. — Véase Esplandián (Las Ser- 
gas de). 

Sería descuido del impresor. — Excusa graciosísima de un error 
manifiesto. «Á eso, dijo Sancho, no sé qué responder, sino 
que el historiador se engañó, ó ya sería descuido del impre- 
sor. Así es, sin duda, dijo Sansón. IV, 73. 

Serfnones.—iuM modo de Horacio». — Los de Horacio se lla- 
maron sermones, porque se acercan al estilo y conversación 
familiar, que por lo común significa sermo; pero en caste- 
llano fi sermones* es palabra consagrada exclusivamente á 
significar las composiciones de elocuencia sagrada destina- 
das á pronunciarse en el pulpito; y dudo mucho que se use 
en otra acepción, no siendo metafórica. IV, 289. — ^En el 
Poema de Alejafidro, hablándose de la confusión de las 72 
lenguas en la Torre de Babel, se dice: 

^ Metió Dios entr ellos tan mama confusión, 
Que olvidaron todos el natural sermón». 

IV, 35i. 



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48i 

Servir. — «Con más que la voluntad pudiera servir la que ha- 
'béis mostrado tenerme», etc. ^ Servir •, en esta acepción ac- 
tiva, es lo mismo que «pagar». — «No sé cómo sirvamos 
á Dios esta tan gran merced», escribía la Reina Católica 
Doña Isabel á su confesor D. Fray Hernando de Talave- 
ra, hablándole de la curación del rey su marido, que ha- 
Wa sido herido á traición en Barcelona. II, 252. — «No se 
me caerán de la memoria las mercedes para gratificar- 
las, s^m//as y recompensallas como ellas merecen». III, 
36i (t). 

Setenas (Pagar con las). — «Con las setenasi^. — La voz usete- 
na» no significa fkséptinia parte», sino, al revés, el iksiete tan- 
tos». Es voz propia de nuestra Jurisprudencia, donde á 
veces se condena al que hizo el daño á la restitución del 
valor del daño, multiplicado por siete. Está pena se encuen- 
tra ya aplicada en las leyes del Fuero Juzgo, donde suele 
dársele el nombre de ^siete duplo», que equivale á ñséptu- 
plo%. tPagar con las setenas», aquí y en el uso común, es 
expresión metafórica tomada de lo judicial, y significa «pa- 
gar superabundantemente el perjuicio ú agravio que se hi- 
zo». I, 77. — «La lastamos mi señor y yo con las setenas». 
^Lastar» es «pagar»; derivado, según indica Covarrubias, 
del latino lucre. IV, 274. — Véanse Pagar ^ y Lastar, con las 
setenas. 

Sevilla (Compás de). — Dióse el nombre de ^Compdsi» á un 
. barrio de aquella ciudad donde estuvo antiguamente la man- 
cebía, con otras casas de vecindad, habitadas de gentes de 
mal vivir. Á este barrio hubo de pertenecer la casa de Mo- 
nipodio, que tan saladamente describió Cervantes. — Véase 
la Nota, y unos versos de Cervantes de su Viaje ai Pama- 
so. 1, 47, 48. 

Sevilla (Iba á), doftde estaba su marido, que pasaba á las Indias. 
— En los tiempos que siguieron al descubrimiento de Amé- 
rica, Sevilla era el emporio del comercio de Ultramar, don- 

31 



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432 
. de $e hacíwi Ips acopios y cargamentos, y se disppníaiir los 
. viajes para aquellas regiones. Bien informado estaba :4e 
eljo Cervafites, que residió en Sevilla . algunos años y es- 
tuvo empleado en el ramo de provisiones para las armadas 
y flotas de Indias. Tuvo también el proyecto de pasar á 
ellas, y solicitó, aunque sin fruto, que se le confiriese «no 
de los cargas que había vacantes en las provincias de,Cos* 
tafirme y de Goatemala. ¿Quién sabe si Cervantes, que 
apuntó en el Quijote tantos sucesos suyos efectivos, al ha- 
blar aquí de una «señora vizcaína», cuyo marido «pasaba á 
las Indias con un muy honroso cargo», quiso aludir ^at* 
gún rival dichoso en que concurriese esta circun^ncia? I, 
i8i. — «Lugar tan acomodado á hallar aventuras». Hubo 
de decirse irónicamente y por burlarse de Don Quijote, 
porque no había lugar menos acomodado que Sevilla para 
hallar las aventuras caballerescas que buscaba el paladín 
manchego. I, 3o8. — [II, 112-114, n., etc^] 
Si buenos azotes me daban y bien caballero nie iba. — Parece ex- 
. presión de algún azotado, que después refería con desrer- 
güenza lo sucedido. Como cosa de los romances germanes- 
. eos de Quevedo 6 Góngora. — «Caballeros se entiende en 
. el borrico que se acostumbra en semejantes casos. V, ^41. 
— «Dineros llevo, porque si bueíws azotes me d^nban, bien ca- 
ballero me ibaw.) (Sancho á Don Quijote.) Con estas mis- 
mas palabras empieza la carta de Sancho á su mujer en el 
cap. 36, segunda parte (V, 241). VI, 433. 
Si ella resiste d esta tentación, yo quedaré satisfecho y no os d^rc 
más pesadumbre. (Anselmo á Lotario.) — La mayor que^ se- 
gún Ariosto, puede experimentar una mujer: 

« Ch¿ quella che dalV oro e dalV argento 
Difende il cor^ di pudicizia armato, 
Tra miüe spade via piü fácilmente 
Difenderalhj e in nuzzo al fuoco arderUe*. 

{Orlando FuriosOf Canto 43, est 68.) 



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4B3 

m, 33.— lancho (el gobernador) dijo á la esforzada y no 
- forjada: «hermana mía, si el mismo aliento y valor que 
^habéis mostrado para defender esta bolsa, le mostrárades, 
y aun la mitad tnenos, para defender vuestro cuerpo, las 
fuerzas de Hércules no os hicieran fuerza». V, 419, 420 
(texto). 

¿Si en seco hago esta, qué hiciera en mojado? — Expresión que 
recuerda otra muy parecida del Evangelio. (¿Quia si in vi- 
nd¿ Ugno haec faciunt, in mido quid fiet? Lucam, c. 23, 
V. 3i.) II, 294 (t. y Nota). 

Si eres alma en pena. — «Que pues es mi profesión favorecer 

á los necesitados deste mundo, también lo seré para aco- 
rrer á los menesterosos del otro mundo». Esta ocurren- 
cia y extensión de los oficios de la caballería andante á fa- 
vor de las ánimas del Purgatorio, tan propias de la ocasión 
y de la locura de Don Quijote, manifiestan la feliz y opor- 
tuna inventiva del fabulista, como se observó ya en la aven- 
tura de Doña Rodríguez (V, 456); VI, 127.— «Poco hará 
al caso que él esté en el otro mundo; que de allí le sacaré 
á pesar del mismo mundo que lo contradiga». III, 304 (t). 

Si mi i( filéis tornase á «w». — «Está tan recibido, decía Lope 
de Vega en la justa poética de San Isidro, que las glosas 
de las justas tengan uno ó dos versos dificultosos, que no 
parece que lo son, si no los tienen». Si ésta es ley de las 
glosas, es menester reconocer que está bien observada en 
la redondilla que sirve de tema á la presente; pero se que- 
branta otra que debiera ser la primera de todas, á saber: 
que la redondilla dijese algo, y nada dice; que contuviese 
algún concepto, y no le contiene. El sentido queda pen- 
diente, ó, por mejor decir, no hay ninguno, y la copla es 
inanis sine ynente sonus. Los clásicas antiguos desprecia- 
ron, ó, por mejor decir, no conocieron las glosas, los ecos, 
los acrósticos^ que no tienen otro mérito que la dificultad 
vencida, y que prueban más bien paciencia que ingenio. 



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484 

IVj 336* — Á mí mella parecido que «Sí frrí tfné* tornase d 
«esB venía á ser lo mismo que «si lo que fiíé, tornase á^er 
ó estar». 

Si no, conmigo sois en la batalla. — Fórmula con que suden 
concluir las amenazas de los caballeros andantes, y expre- 
sión de desafío, muy frecuente en sus historias, usóla ya 
Don Quijote, en el cap. 19 de la primera parte (II, 98), 
con los que conducían el cuerpo muerto de Baeza á Sego- 
via. V, Sg. ' ' 

Stcut érat in principio. — «Así es y así será, dijo D. Fernando; 
por lo cual debe vuestra merced, señor I>on Quijote, per- 
donalle y reducille al gremio de su gracia, síciH ¿raf in 
principio » , etc. — Véase Reducille al gremio de su gracia.^^'EA 
u stcut érat in priitcipio* es tomado del Gloría Patri. Todo 
huele á eclesiástico en estas expresiones. III, 344. — ♦No 
más refranes, Sancho, por un solo Dios, dijo Don Quijo- 
te; qoe parece que te vuelves al «sícw/ ¿m/». Con eaitas^ 
palabras se indica que Sancho volvía á la maña de ensar- 
-tar refranes, que tuvo desde el principio. La verdad es que, 
á pesar de las reprensiones de su amo, y de los consejos 
que éste le había dado antes • que fuese al gobierno, no se 
había corregido del vicio de amontonar refranes á troche- 
moche, como se ve en todas las ocasiones posteriores en 
que habla. VI, 422. 

Siempre. — Véase Jamás. 

Sierpes (Las), dragones y culebras hacen mucho papel en las 
historias de los andantes. III, 430-441. — ^Véase Romances 6 
libros de caballerías. 

Sierramorena. — Cordillera bien conocida, que separa la Man- 
cha de las provincias de Andalucía. Los romanos la lla- 
maron Mons Mariamis, de donde acaso vino el nombre de 
^ morena 1», si ya no se lo dieron los castellanos de la Edad 
Media cuando dividía la España árabe de la cristiana, así 
como llamaron mioreno% al color ordinario de la tezdelos^ 



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4S5 

; moros. Y acaso también se llamó f^Siefratmnna^ pot el 

r . color obscuro que presentaba á los manchegos en el hori- 
zonte^ por una razón semejante á la que hubo para los 

^ nombres de ^Selva Negras y de ^Montes Clarosp. II, 223. — 

. La parte de Sierramorena en que se hallaba Don Quijote, 
es conocida en la historia por haber sido el teatro de dos 
memorables batallas: la de las Navas, en el año de X2!i:2, 

. y la de Bailen, en el de 1808. El retiro y penitencia de 
nuestro hidalgo le ha dado otro género de celebridad. Am- 
bas batallas se dieron no lejos del sitio que aquí se señala 
como diputado y escogido por Don Quijote para imitar 
á Amadis, y por Cervantes para ridiculizar la afición á 
los libros de este aventurero y demás andantes; y allí fue- 
ron vencidas tres grandes potencias que en distintas épo- 

. cas tuvieron tiranizada á España: los moros, los france- 
ses y la afición á las lecturas caballerescas. II, 297.^-^La 

. Sierramorena, por sus breñas, por su despoblación, por 
sus latrocinios, por haber sido por mucho tiempo la línea 
de división de las Españas cristiana y árabe, pudo prestar 
motivos de ficciones agradables á la imaginación é inven- 
tiva de los escritores. IV, 409. — «Dijo (Don Quijote) que 
no debía ir á Sevilla hasta que hubiese despojado todas 
aquellas sierras de ladrones malandrines, de quien era fa- 
ma», etc. Esta mala fama de Sierramorena, que, según 
aquí se indica, era ya antigua, se ha perpetuado hasta 
nuestros días, y aun se ha hecho proverbial. Las nuevas 
poblaciones construidas en el reinado y de orden de Car- 
los III, han disminuido la soledad, y con ella la frecuencia 

. é impunidad de los latrocinios. I, 309. 

Sktc (Las) Cabrillas. — «Y sucedió que íbamos por parte don- 
.j|. de estaban las Siete Cabrillasí^, (Sancho á la Duquesa.) — 
Constelación formada de siete estrellas que se hallan jun- 
tas en el signo de Tauro, y en que, según la fábula, ftie- 
ron transformadas las siete hijas de Atlante y de la ninfa 



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486 
Pleyone por haber querido su padre descubrir los ^cietos 

^ de los dioses. — En la descripción délas Siete Cabrillas por 
Sancho, zahiere Cervantes, según Ríos, la aventura que 

. . cuenta Ariosto dé Astolfo, cuando fué éste á la Luna íso- 
tee su Hipógrifo. V, 339. 

Siglo. — La vida eterna de los difuñtQ8**r-«Por el siglo de nri 

madre», EQ, 80; «de lo que más quiere», IV, Z2g (t); »de 

todos mis pasados», V, 297; a de tus pasados», VI, 154 (t). 

,— eBuen siglo hayan y buen /^oso». IV, 356. — Véase Posa. 

Signo ó sino (El) de Ixt crtiz. — Peleaba el duque Floriseo con 
el gigante Qoliano, que guardaba la Rica Selva encanta- 
da; y viéndose en gran aprieto, «hizo de pr^to con el es- 
toque y con su brazo una Ȓ^; la cual, en siendo vista por 
el gigante, se le cayó la porra de las manos, y las armas 
de su persona, y dando crueles gritos se fué huyendo por 
la selva».— El mismo Floriseo entró en «el castillo de las 
Siete Venturas, haciendo el sino de la ^ y encomendándo- 
se á su santo devoto» (San Bernardo). Esto no estorbó que 
quedase encantado, V, 455* 

Sígnum crtéds (Per). — Véase Perúgnum crucis. 

Sigüenza (Graduada en).— Q^rv9Ln\j&^ tuvo aquí, al parecer, 
intención de ridiculizar al cura de la Argamasilla, convo 
alumno de una de las universidades que llamabi^i menores, 
y solían ser el objeto del humor chistoso y picante de nues- 
tros escritores. Cervantes lo hizo aquí con la de Sigüenza, 
y en la segunda parte (V, 438) lo repitió con la de Osuna, 
donde se graduó el Dr. Pedro Recio de Tirteaftiera, «médi- 
co insulano y gobemadoresco». I, 8. — «Y tengo el gfrado 
de doctor por la universidad de Osuna». Échase de vet en 
el Quijote una cierta tendencia á ridiculizar los grados de 
las universidades literarias, especialmente las menores; co- 
mo sucede aquí, en el pasaje en qtie supuso graduado en 
Sigüenza al cura del lugar de Don Quijote (I, 8), y en el 
del loco de Sevilla, en que contrapuso Osuna á Salaman- 



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487 
ca (IV, io). En el día hay muchos que acompañan á Oer- 
vantes en este juicio. En cambio, Tamayo de Vargas Ha- 
> mó á Cervantes «ingenio lego», y Avellaneda mostró des- 

- preciarle por indocto y falto de estudios académicos. La. 
posteridad ha fallado este pleito, y sin apelación. V, 438. 

Silencio (El mwno) guardaba silencio. — Expresión que alabgi 
Ríos, pero que yo (observa Clemencín), por mi parte, hallo 
exagerada y conceptuosa. VI, 378. 

Sueno (Aqtiel buen z/íe/oj.— -Sileno, según la fábula, fué ayo 

: 6 pedagogo de Baco, á^quien se llama con propiedad dios 
de la risa. I, 19. — ^Á quien, sepultado en vino y en sueno, 
según pinta Virgilio, ataron Cromis y Nasilo en una gnj- 
ta: caso que se cita como parecido al de Don Quijote,, en- 
jaulado estando dormido. III, 847. 

Silepsis. — «Infinita gente deseosos». — Ejemplo notable de la 
figura silepsis, que ft-ecucntemente se comete con los nom- 
bres colectivos. VI, 3o5. — Silepsis* Gramática. Figura de 
la oración, que se comete cuando se suple lo que falta en 
ella de la parte más cercana, mudando el género, número, 
caso 6 algún otro accidente, 6 cuando se atiende más al 
sentido que á las palabras. (Academia.) 

Silíceo (D. Juan Martínez). — «Premio justamente merecido» . 
— Ejemplo fué de ello D. Juan Martínez Silíceo, quien, 
desde los principios más humildes y la más extremada 

. pobreza, llegó por su piedad y sabiduría á ser colegial del 
Mayor de San Bartolomé de Salamanca, preceptor de Feli- 

- pe II, obispo de Cartagena, arzobispo de Toledo y cardenal 
de la Iglesia romana. Murió en Valladolid el año de 1557. 
III, i3i. — «Estando en Italia, escribió una breVe diserta- 

. ción en prosa para leerse én ambas lenguas (la castellana y 
la latina), dirigida á probar á varios eruditos, amigos su- 
yos en aquel país, que el castellano tenía más semejanza 
con el latín que el italiano». (Ticknor.)— [III, 401, n.] 
Silo de bellaquerías. — nSilo^, cueva subterránea y enjuta, pa- 



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488. 
■ ra guaidaritrigo. Los latinos dijetoft sints, tomándolo déí^ 
griego, según se ve por los antiguos geop6n¡cosí(escHtotes 
jde agricultura: Salva). De aquí recibiwon los cástellaaos 
primitivos este modo de conservar los gmno8> y la^ídá- 
bra €silo*, que se halla ya eti el Fuero Juago, traducido 'de 
orden del rey San Fernando. III, 343. í 

Silva (Feliciano de). — Sví Florisel de Ñiques» Censuta de étÜ 
«stüo y desús disparates. Véanse las Notas: I, 5-7; II, ^66/' 
267; V, 399.^ — Véase Razón fLa) de la stW^eró^,— {I, 24* .] 

Silvestre (Gregorio), ^--Cscmpe6fn, oon Cristóbal d© Castiltejp, 
de tas redondillas y arte que entonces llamaron ^castellk- 
naa, se llamó á si mismo Silvano^ hom1>re qíte tambi^le 
dieron sus amigos y contemporáneos. Vi, SSó.-^iChíego- 
rio Silvestre, portugués de nacimiento^ pero que fué ailn 
niño á España, donde residió y murió en 1570, es otro Üe 
los poetas que escribieron en el antiguo estilo y tnetro es- 
pañol. Á pesar de haber nacido en Portugal, Silvestna em- 
pleó en sus poesías una dicción pura y castiza} sus ineijorúS' * 
composiciones son sin disputa las de ta antigua esbuekv - 
Sus canciones deben ser colocadas entre las mejores que $e 
Kaii escrito en castellano». (Tícfcnor.)^-[I, 465-67 y no- 
tas, etc.] 

Sihoso Pirineo. — 'tiSihosa* se dijo, no por el silbo y ruido de 
los árboles movidos en las grandes alturas por el viento, 
que en todos los montes es lo mismo, sino por la espesura 
y abundancia de las selvas que visten el Pirineo. Aplicó la 
misma calidad al Apenino Ariosto, hablando del ejército 
del rey Agramante contra el emperador Carlos: *Del silvo- 
so Appmin tuUe le piante^] y Lope de Vega, en la come- 
dia del Bastardo Mudarra, á ifti valle poblado de ha}^as: . 

% Yace en la falda deste tnoiite un valU 
Selvoso de hayas, que á un solar dan nombre*, 

n, 79, 80. 



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48^ 

SUía 4 la jimia. -rr-JHbas^ éste nombre, á la silla de montar 
<sm los alaremos más alto^; y to deoi^. Sam:lio para pon^e- 
lar la ligereza coo que la aldeana había pasado de un sal- 
Jo el arzón trasero, pudiendo, según su expresión, «enqe- 
fiará subir á la jineta al mfe diestro cordobés 6 megida- 
no». (IV, 179.) IV, ia3. 

Siüotde Babieca, III, 470. — Véase Babieca, 

Silla (Una) 4e marfil. — «¿Qué el hacerle sentar sobre unaá- 
U^ de marfil?» No le ocurrió á Don Quijote materia más 
preciosa de que pudiese hacerse una silla, 6 se acordó dé . 
las sillas cutules de los magistrados romanos, que eran de 
inarfll, ó del escaño del Cid, que, según dicen, era de la 
misma materia^ ó de lá silla, también de marñl, en que es- 
taba sentada la infanta Floripes cenando con los caballeros 
de CarlomagJio á quienes habia sacado de la prisión en 
que los tenía su padre el almirante Balan. UI, 480.--^ Véa- 
se Bscmo del Cid. 

SiUas. III, 32; TV, 164. — Yéas^ Estrado* 

Siltm de nwinps.— Las que en tiempo de Covamibias, citado 
por Bowle, se llamaban «toldillos» . V, 464. — «Con una ^*- 
Ua de manos.. i., le llevaron (á Don Quijote) á la dudad». 
VI, 329 (t). . > 

Siína (La) de Cabra. — En la sierra de Cabra, villa de Ja pro-- 
vincia de Córdoba, como á media l^ua de la población, 6e 
encuentra una boca de tres á cuatro varas de ancha y cíp- 
co á seis de larga, en que empieza la sima, de Cabra, y si- 
gue perpendicularmente con varias concavidades hondas á 
los lados» Dio estas noticias un hombre que el año de i683, 
por dispoMción judicial, bajó pendiente de una cuerda á ex- 
traer ujdi cadáver que hablan arrojado á la sima los asesinos. 
D. Bartolomé Sánchez Feria, refiriéndose á las noticias del 
proceso, dijo que la sima tiene 143 varas de profundidad 
y que acaba en una especie de salón, en cuyo medio, de- 
bajo de la boca de la sima, hay un gran montón, de tife- 



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490 
rra y piedra¿ que han ido arrojatido los pasajeros. No hay 
noticia de que los naturales hayan visto sahr fuego irihu- 
mo por la boca de la sima de Cabra^ aunque suelen de- 
cir que es una boca del infierno. Hicieron mención dé la 
sima de Cabra, Vicente Espinel en las Relaciones del escu- 
dero, y Luis Yéíez de Guevara en el Diablo Copula. Cer- 
vantes la hizo también en las Ordenanzas de los ^o^tes* que 
añadió al Viaje al Parnaso; y en ellas se prescribe que á 
«los niños llorones ó traviesos se les amenace con.que^cne 
un mal poeta, que los echará en la sima de Cabra ó e& el 
bozo Airón%. (Véase Pozo Airón,) IV, 287, ^38. 
Simas. — «Cayeron él (Sancho) y el rucio en una honda y os- 
curísima sima%. — -Á propósito de simasj dice Lope de Y^" 
p^a en el canto 2.^ de Angélica: 

*Bien puede ser que iradiciones mientan; 
Pero de antiguas cuevas en España 
Cosas notables y üiauditas auntan 
Que la opinión vulgar siempre acompaña, 
Toledo y Salamanca la acrecientan; 
Pero si la primera historia engaña , 
La cueva de Toledo en sus ruinas 
Señales muestra de memoria dinas 9, 

Lo de Salanmnca debe referirse á la cueva de San Patricio. 
VI, 118. 
Simón Forte, Clanquel Torrellas. — «Yo soy Claudia Jerónima, 
hija de Sinwn Forte, tu singular amigo, y enemigo particu- 
lar de Clauquel TorreUasi». — Hay en Cataluña dos familias 
ilustres que llevan una el apellido Sitnó y otra el de Fiarte, 
de las cuales pudo formar aquí Cervantes el nombre de 
€ Simón Fortes. La casa de Torrellas es una de las distin- 
guidas en la misma provincia, y consta la existencia de un 
Ramón Torrellas á fines del siglo xvi ó principios del xvii. 
No sucede asi respecto á la de Clauquel. VI, 235» 



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491 
Simpl¿ ¿wrcíí?.— Hablase del p^pel del simple discreto, en lo 
• que al pronto parece que hay ccwitradicción, porque la »im- 

- - pieza lleva con^go la necedad y la bobería; pero el que en 
F tiempo de Cervantes hacía en las tablas el papel del bobo 
'i\ asimple (que dé ambos modos fie le llamaba)^ necesitaba de 

mucho talento pkra desempeñarle, poique, como dijo en 

©tro lugar Dton Quijote (IV, 64), «la más discreta figura 

'- de la comedia es el bobo». Aquella expresión explica la 

. presente. IV, 206.- — Véanse Bobo (El) y Rueda (Lope de). 

Simples (Más) que niíríasos.— Pudiera parecer al pronto que 

entre ^shnplesi^ y nctmosost ño hay la contradicción quees- 

- te modo de hablar supone; pero la hay realmente. Los sim- 
- pies y crédulos tuvieron por milagro lo que veían: si fueran 

curiosos, hubieran investigado antes la verdad, y encontra- 
do que no era milagro, sino industria y maña. IV, SgS. 

Simulacro de la ft(7w«f¿á«¿.— «Bastaron á hacer creer á Ansel- 
mo que tenía en Camila un simulacro de la honestidad}^. — 
Y ciertamente era simulacro. Pero no se puso aquí esta 
voz en la significación, que le es más propia, de «imagen» 
6 «apariencia» fingida, sino en la de «modelo y dechado» 
verdadero y digno de imitarse. III, 69 • 

Sin daño de Barras.-^S^x pequicio de tercero. V, 336. — Véa- 
se Barras (Sin daño de). 

Sin par. — >«La sin par Dulcinea». •Sin par^ es dictado que 
daban firecuentemente á sus damas los caballeros andan- 
tes en' sus historias. Hízose con particularidad en la de 

-. Ama4is de Gaula, donde se dice que el rey «Lisuarte traía 

consigo á Brisena, su mujer, y ima hija que en ella ovo 

: cuando en Denamarca moraba, que Oriana avía nombre, 

:^ la más fermosa criatura que nunca se vio: tanto, que ésta 
fué la qué «^m par* se llamó, porque en su tiempo ningu- 
na ovo que igual le: &iese». Los demás autores caballeres- 
eos imitaron al del libro de Amadís, y Cervantes remedó 
á todos. I, 81. — «Envíanos al sin par Clavileño». Como si 



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49^ 
dijéramos: «la si» par Oriana»», *la sin. par DwJoiiK^t. El 
mayordomo siempre es el mismos V, 314, 
Sín,que ine le apalee. — Véase Apalee (Sm que me le).^ 
Sin responderle palabra alguna.-^tY $e (tejaba besaí (^ ru- 
cio) y acariciar de Sancho isin responderle palabra, alguna^ • 
Frialdad que no se ei^pera, y hace reir. II, 479**— La^ mis- 
ma expresión del texto se repite en la aventura de la sima 
donde cayó Sancho al volver de 511 gobierno de la ínsula 
Barataría al palawiio de los Duque?. «De^ta m^ner^ se la- 
; mentaba Sancho Paa^a^ y su jumento le escuchaba sin res- 
ponderle palabra algkttaf^ {IV, laiO — Bowle copia el.pa- 
saje de Orlando innamorato, <te Matep Boyaj:dOj que pudo 
servir en esto de original á Cervi^ntes, y Pellicer, el misfno 
pasaje en la traducción de Francisíso Garrido de ViUena, El 
conde Orlando había encontrado sin jinete al caballo Ba- 
yardo, y, habiéndole como si fuese persona raciona^, le 
preguntaba con instancia por §u amo: 

•Así el conde al caballo preguntaba, 
Y no le respondió porque no hablabais, 

VI, 121. — «Y la cabeza (encantada) le respondió sin mo- 
, ver los labios». Frialdad como otras que se han notada en 
sus lugares respectivos. VI, 2578. 

Sin ser oído ni visto* — «Y, cogiendo á Don Quijote en brazos 
sin ser oído ni visto», — Quiere decir, «con mucha presteza», 
con tal velocidad, que no hay lugar para verlo ni oirlo. V, 
ia5. 

Sinabafas (Criadas entre) y holandas, — •Sinabafa» era únate- 
la muy delgada, s^gún D. Sebastián de Covarrubias. tHa- 
Imidaw es todavía en el uso actual nombre de un lienzo 
muy fino, usado para ropa blanca de gentes ricas y acomo- 
dadas. Y así lo era también en el siglo xv, en que Fr. Her- 
nando de Talavera, primer arzobispo de Granada, confesor 
de la reina Doña Isabel, en un opúsculo t contra la dema- 



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493 
'sía de v^ír y c^^issrt, hablaba de losexcesos^ <ten las holán* 
das é finas bretañas é otros lienzos costosos*. II, ii, 12. 

Siniestro. — ^Stfele signíficat «desgraciado, iiifausto»^ VI, 411. 
-— -Vé^fe Buena manderecha. 

ffitíí);— %E1 cual lespondió con no menos, sino con mucha 
más gallardía». — El orden no esíá bien- Debiera deéir: 
«no con menos, sino con mucha más' gallardías* La par- 
titula «st«¿>» exige que la preceda en su debido lugar otra 
'^á qiíien se refiera; y tiene tal fuerza esta colocación, que, 
si se altera, cambia y destruye el sentido, como sucede en 
* la' expresión presente, la cual equivale á esta otra: «respon- 
dió con igual, Sí «o con mucha más gallardía», donde des- 
'^aparece la contrariedad que debe haber entre umenoss y 
i^mmha mdsri. La negación debe recaer, no sobre el «?fí^- 
«05», sino sobre el uon meno$%. II, 204. 

Sinónimos,^— D. Miguel Casiri, en su Biblioteca escwriaUnse, 
ponderando la abundancia de la lengua arábiga, dice <iue 
tiene cincuenta voces para significar los ojos, ochenta para 
la miel, doscientas para la serpiente, quinientas para el león, 
y más de mil para la espada. La latina no es tan abundan- 
te. En castellano tenemos diez y siete (mencionados) y 
acaso otros que no me ocurren. Pero todas estas palabras 
en rigor no significan una misma cosa, porque los sinóni- 
mos son raros en todos los idiomas, y las palabras á que 
vulgarmente se suele dar este nombre, tienen por lo co- 
mún diferencias y acepciones que las distinguen entre sí. 
Véase la Nota para las varias acepciones de las voces que 
significan espada. III, 73, 74. 

Sinrazón. — Véase Razón (La) de la sinrazón. 

Sirgó. — «Dé oro, sirgo y perlas contextas y tejidas*. <iSt>- 
goí^, palabra derivada del latitio sericumf que muchos creen 
que era d nombre de nue^ra seda entre los antiguos* IV, 
t38.— SírgTt): la seda torcida, tela hecha 6 labrada de seda, 
academia.) 



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494 

Sirtes, Escitas, Caribdk. — Baiícóió y esedltoS'cte'láíí'iíogías de 
África é Italia, que loB poetas pintafon como muy tfeínibte^^ 
á los navegantes: significan aquí generalitíetltb cüatesqufer 
peligros. III, i3o. ^ 

Sis, — Sobre el género de nombres terminando en Us, <:oiAo 
fvasis, basis, antífrasis, etc. III, 325.— Véase Früs^. ' 

Sobradisa, — «El reino de Dinamarca 6 el de Sobradisa%.— 
Reinos de que se hace mención varias vec^s en la historií? 
de Amadís de Gaula. Sü hermano D. Galáor llegó á ser 
rey de Sobradisa por su casamiento con la hermosa JBrib- 
lanja. El nombre de Sobradisa tiene un aspecto de buiv" 
leseo, y viene tan* al propósito de lo que intenta persuadir 
Don Quijote, que á algunos lectores que no' tenían noticia 
anterior de él por la lectura del Amadís', les ha ocurrido que- 
era de la invención de Cervantes* Pero si no tuvo el méri- 
to de la invención, no puede negársele el de la oportunidad. 
I, 223. — Véase Galaor. — Abiseos, usurpador del reino de 
Sobradisa: tenia su capital del mismo nombre. II, 273, 
431. 

Sobre mí la capa cuaitdo //«ezi^í.^— Chiste del labrador que, co- 
mo si se tratase de asunto grave, iba, según parece, á decir 
que corrían de su cuenta 6 que tomaba sobre sí las resultas 
de su consejo, ó la nesponsabilidad, como ahora se diría. 
VI, 348. 

Sobre mi si lo erraren. — Aconsejaba Sancho á sus oyentes tjue 
se conformasen con lo que dijese Don Quijote como inte- 
ligente y práctico en la materia, añadiendo: «y sobre mi si 
lo errareni^; quiere decir: «yo salgo fiador ó responsable de 
que no lo yerran». V, 80. 

Sobre fnodo. — «Contestó sobre modon. — Modo adverbial toma- 
do del latín, que no es de uso común, pero muy significa- 
tivo, y del que se valió Cervantes otras dos veces en esta 
segunda parte. También se halla en sus Novelas. VI, 452. 
— «En una sala baja, fresquísima sobre modoii* IV, 42S<t). 



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495: 
— ^tY ella (la' Duquesa), alegre sobre inodo* .^ V, 428 (t)- 
S^lmsiUtos (Los) qw me dio el coruzón.^-^fiSobrésaHos* es im- 
: propio^ Del corazón no se dice <ju^ da sóbreseos, sino sal- 
tos; y así se lee más adelante en el cap. 42 de esta prime- 
ra parte (III, a6o): «El eautivoi que desde el punto que^ 
vi6 al oidor, le dio saltos el corazón y barruntos de que 
aquél era su hermano t, etc. II, 377. 
SoccUiñíjído de pajes (El vituperoso y abatido género dmñescoj. 
-^Socaliñar: sacar á uno con artificio y maña alguna co- 
*Sa que no está obligado á dar, (Academia.) V, 3i2. 
Socapa (A). — «Elena no iba de muy mala gana, porque se 
.reía d socapa y á lo socarfónt - Esto és, á hurtadillas,, en- 
..imbiertamente, (Arrieta.) VI, 418 (t). 
Síiga d& Teseo, — E$ lo que se llama comunmente el «hilo de 
Ariadna», que ésta dio, s^^ refiere la fábula, á su aman- 
te Teseo, para que, atándolo á la entrada del laberinto de 
Creta, pudiese volver á salir, 

Coeca regens filo vestígia, 

que dijo Virgilio. — Á fines del cap. z5 (II, 326) haWán- 
dose de este mismo hilo, equivocó Cervantes á Perseo con 
Teseo. Aquí está bien. III, 422. — «Á imitación del hilo 
del laberinto de Perseo». La semejanza de los dos nom- 
bres de «Perseo» y «Teseo» ocasionó el error con que Cer- 
vantes puso uno por otro. El Dr. Bowle, que no pudo me- 
nos de advertir él error, quiso, al parecer, paliarlo, dicien- 
do que Cervantes aludió á cierto pasaje de las Metamorfo- 
sis, de Ovidio (lib. IV, al fin), en que Perseo cuenta que 
penetró por lugares extraviados y horrorosos hasfta la mo- 
rada de las Goigónidas, donde cortó la cabeza á Medusa, 
que estaba dormida; pero en lo de Perseo no hubo kilo ni 
laberinto, cuya mención no puede dejar duda de que se ha- 
bla aquí del suceso de Teseo. Y que filé, no ignorancia, 
sino descuido de Cervantes, se ve por la expresión del ca- 



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496 
pítulo 48 de esta primera parte (III, 422), en que el mis- 
mo Don Quijote, que aquí habla del laberinto de Perseo, le 
dice á Sancho que los encantadores habrían tomado cier- 
tas formas «para ponerte (le dice) en un laberinto de ima- 
ginaciones que no aciertes á salir dél, aunque tuvieses la 
soga de X^^^oí^. Véase el resto de la Nota: 11, 326. 

Sol (Aun hay) en las bardas. — Expresión metafórica tomada de 
cuando, al ponerse el sol por las tardes, sus rayos, levantán- 
dose progresivamente, van dando sólo en los puntos eleva- 
dos del suelo. Se indica que, aunque hay ya menos tiempo, 
todavía queda el suficiente para hacer alguna cosa. IV, 69. 

Solapa (De), — «He visto que no nos escucha nadie de solapan . 
Esto es, encubierto ó escondido de propósito, para escu- 
char. (Arrieta.) V, 178 (t). 

Solazarse. — «Dos graciosas damas, que delante de la puerta 
del castillo se estaban solazando», — Palabra noble y her- 
mosa, hija del latino solatium, de que un uso injusto ha 
privado á nuestro idioma, ó desterrándola entre las anti- 
cuadas, ó envileciéndola (lo que es aún peor) con una sig- 
nificación baja y picaresca. I, 3i. 

Solisddn, — Su soneto á Don Quijote de la Mancha. No en- 
cuentro semejante nombre en los libros caballerescos, y así, 
lo considero invención de Cervantes, que quiso poner en su 
boca este soneto de lenguaje viejo y anticuado. I, lxx 
(Prólogo). 

Sólito. — «Recibid, señora, con vuestro sólito agrado al señor 
Don Quijote de la Mancha». — Pudiera ocurrir que asólito^ 
era arcaísmo, y que Cervantes lo ponía en boca de Don 
Diego de Miranda como propio del estilo caballeresco, don- 
de es frecuente el uso de los arcaísmos, y usándolo D. Die- 
go por la noticia que ya tenía del pie de que cojeaba su 
huésped. Pero antes había contado D. Diego (IV, 279) 
que «los libros de caballerías aun no habían entrado por los 
umbrales de sus puertas». — «5o/í7c?» no debe calificarse de 



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497 
arcaísmo, sino de italianismo, como otros del Quijote (Véa- 
se la Nota: V, 292), tanto más que la misma palabra se 
halla usada una y otra vez en la novela de Rinconetey Cor- 
tadillo, donde no tiene lugar la conjetura. En castellano 
decimos €Ínsólito9, y es uno de los vocablos negativos cu- 
yos primitivos no son de nuestro idioma, como sucede en 
^invicto* y otros muchos. IV, 32i. 

Solo y señero. — «Las doncellas y la honestidad andaban, co- 
mo tengo dicho, por donde quiera, solas y señeras» . — En las 
ediciones tanto antiguas como modernas del Quijote, se ha- 
bía leído siempre insolas y señoras* hasta que lo corrigió con 
mucho acierto D. Juan Antonio Pellicer, poniendo en la 
suya $í solas y señeras «, Con efecto, nada significaba aquí 
•señoras*; y fi señeras», que equivale á •singulares» , de cuya 
palabra pudo derivarse, se encuentra en otras obras de Cer- 
vantes, en el Persiles, y en la novela de la Gitanilla, donde 
se refiere que el gitano fingido Andrés, «por más que le di- 
jeron, quiso ser ladrón solo y señero», esto es, «solo y sin 
compañía». En la misma significación se halla aseñero» en 
ios documentos más antiguos de nuestra lengua. La Aca- 
demia Española adoptó esta enmienda en su edición de 
1819. I, 233. 

Solón y Licurgo. — Véase Licurgo y Solón. 

Son (Sin esperar) de trompeta ni otra señal que los avisase: 

líSenza che tromba b segno altro acceftasse» 

f Orlando Furioso, c. 33, est. 79.) 

como dijo Ariosto al describir el combate que tuvieron 
Gradaso y Reinaldos junto á la fuente, sobre cuál de los 
dos había de quedar por dueño de la espada Duríndana y 
del caballo Bayarte. La misma expresión se repite en el 
cap. 64 de esta segimda parte (VI, 325), al contarse la se- 
gunda batalla de Don Quijote con el bachiller, convertido 
ya en el caballero de la Blanca Luna. IV, 263, 254. 

32 



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498 
Sonetos. — El soneto es, entre las composiciones métricas hn¡r 
ves, la más difícil. Boileau dijo en su Aris poética: 

Un sonnet sans défauts vaut seiU un long poSnu; 
Mais en vain niille auteursy pensent atrivcr^ 
Et cet heureux Phénix esi encoré á trouver. 

Góngora, aunque no tan severo como Boileau, creyó que 
un poeta no puede pasar de hacer uno bueno, y dijo en 
una letrilla: 

Que se emplee, el que es discreto, 
En hacer un buen soneto, 

Bien puede ser. 
Mas que un menguado no sea 
El que en hacer dos se emplea. 

No puede ser. 

Sin embargo, el mismo Góngora hizo muchos, Lope de 
Vega publicó muchísimos; pero entre todos hay muy po- 
cos buenos. Cervantes verificó la regla que dio Góngora 
en su letrilla: hizo un soneto bueno, que fué el del túmulo 
de Felipe II, y que con razón llamó t honra principal de 
sus escritos» en el Viajt al Parnaso; mas de allí no pasó. 
— Según la opinión más acreditada entre los literatos, el 
soneto se inventó en Sicilia corriendo el siglo xii. En el 
XIII recibió forma más fija y leyes más severas en el conti* 
nente de Italia; y Petrarca compuso más de trescientos oa 
el XIV. Finalmente, se encuentran ya sonetos castdlanos 
desde el marqués de Santillana D. íñigo López de Men- 
doza, que murió el año de 1458, á principios del reinado de 
D. Enrique IV. IV, 345. — Sonetos dirigidos á Don Quijo- 
te, Dulcinea, Sancho, Rocinante, etc. I, lxii-lxx (Prólo- 
go). — Varios sonetos en el Quijote. II, 369; III, 46, 471 
172, 173. — Véase Centones. — [I, 337 V ^-^ ^t^-] 



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499 
Sopa (Para) de arroyo y Unte bonete, no hay arma defensiva en 
el mundo. — ikSopa de arroyo*, significa t guijarro», por los 
que hay ordinariamente en los arroyos, donde, revueltos 
con el agua turbia en ocasión de avenidas, parecen sopas, 
• Tente bonetei^, expresión citada por Quevedo en el Cuento 
de cuentos, es «con empeño, tesón, porfía». Uno y otro 
pertenecen al estilo familiar. IV, 201. — •Sopa dearroyoi^. 
Metafórica y vulgarmente se llamaban así las piedras ó 
cantos, como asimismo atente bonetes, y •lágrimas de Moi- 
sén*. En la comedia Selvagia dice el criado Carduel: «¡Ay! 
no nos envíen por colación algunas lágrimas de Moisén ú so- 
pas de arroyo •. (Pellicer. ) — Sopa de arroyo: familiar. La 
piedra suelta ó guijarro. (Academia.) 
Sopistas. — «Que es la mayor miseria del estudiante esto que 
entre ellos llaman •andar á la sopa^». Como aquel hidalgo 
pobretón de quien cuenta Quevedo en el Gran Tacaño, que 
pedía ración doble en la portería de San Jerónimo para 
una familia necesitada, y luego sorbía con gran valor de- 
trás de la puerta. E^ta manera sórdida de seguir la ca- 
rrera de las letras, que era tan común en tiempo de Cer- 
vantes, apenas es ya conocida en el nuestro. Llamábanse 
estos estudiantes •sopistas $, por la sopa que les daban ala 
puerta de los conventos, y también •brodistasn, por el bro- 
dio 6 bodrio de que se alimentaban. Posible es que este mí- 
sero recurso haya servido una ú otra vez para fomentar el 
ingenio y los talentos; pero es sin duda, que ha producido 
innumerables sujetos ineptos, y que ha privado de infini- 
tos brazos á la agricultura y á las artes, donde tampoco 
son inútiles ni el ingenio ni los talentos. III, 129. — Véan- 
se Andar á la sopa y Brodistas. 

Sortija (Correr). — •Sortija*, juego ecuestre en el cual el ji- 
nete intenta, durante la carrera, enfilar con su vara una 
sortija pendiente en una cinta. VI, 285. 

Sotaermitaño. — «Una sotaermitaño que en la ermita hallaron». 



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500 
— La tenienta de ermitaño. (Arrieta.) V, 8, lo (t).*— Vea» 
se Matos mal hace el hipócrita que se finge bueno, etc. 

SS (Las cuatro) que dicen que han de tener los buenos ena- 
morados: sabio, solo, solícito y secreto. III, 5o. — Véase 
Lagrimas (Las) de Angélica, 

SluUórum infinitus est númerus. — El texto latino que se cita y 
dice que tes infinito el número de los tontos •, es del libro 
del Eclesiastés, cap. i.°, v. 15. Con él trata el bachiller de 
tontos á los que gustan del Quijote; y esto es, ó bufonada 
de Carrasco, 6 modestia, no muy oportuna, á la verdad, ni 
sincera, de Cervantes. IV, 69. 

Subir de punto. — Frase. Crecer 6 aumentarse alguna cosa. 
(Academia.) — tTan gran perfección de hermosura, que na 
la pudo subir más de punto la naturaleza. V, 274 (t). — lY 
aun las subía de puntos, VI, 19 (t). 

Sudar el hopo. — «Y á fe que si lo hacen, que primero que sal- 
gamos de la cárcel, que nos ha de sudar el hopoit . •Hopo* es 
nombre que se da en especial á la peluda y larga cola de 
la zorra; y se dice que le *suda el hopoit al que trabaja 
con afán y fatiga, como le sucede á este animal cuando 
huye con todo su esfuerzo, para evitar que le alcancen los 
perros. I, 212. — •Sudar el hopo» es frase familiar, que se usa 
para dar á entender que cuesta mucho afán y trabajo el 
conseguir 6 ejecutar alguna cosa. (Arrieta.) 

Sudar los dientes. — «Que á fe que primero que le vuelva á mi 
poder, me han de sudar los dientes» . La acción de sudar no 
conviene á los dientes, y pudiera sospecharse que hay vi- 
cio en el texto: á no ser que con la dificultad de %sudar los 
dientes* se quisiese ponderar la de recobrar el mono. V, 61. 

Suelos (Por esos), — «Que anda lo de mi marido por esos sudos, 
(dijo la huéspeda cuando arremetió al barbero), que es 
vergüenza; digo el peine que solía yo colgar de mi buena 
cola». II, 507 (t). — Por el suelo ó por los suelos: modo ad- 
verbial con que se explica el desprecio con que se trata 



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5<M 

alguna coea, ó el estado abatido en que se halla. (Academia.) 
Sueño (Bien haya el que inventó el). — t No entiendo eso, repli- 
có Sancho; sólo entiendo que en tanto que duermo, ni ten- 
go temor, ni esperanza, ni trabajo, ni gloria; y bien haya 
el que inventó el sueño; capa que cubre todos los humanos 
pensamientos, manjar que quita la hambre, agua que ahu- 
yenta la sed, fuego que calienta el frío^ frío que templa el 
ardor, y, finalmente, moneda general con que todas las 
cosas se compran, balanza y peso que iguala al pastor con 
el rey y al simple con el discreto. Sólo una cosa mala tie- 
ne el sueño, según he oído decir, y es que se parece á la 
muerte, pues de un dormido á un muerto hay muy poca 
diferencia. Nunca te he oído hablar, Sancho, dijo Don Qui- 
jote, tan- elegantemente como ahora; por donde vengo á 
conocer ser verdad el refrán que tú algunas veces sueles 
decir: no con quien naces, sino con quien paces. » Con efec- 
to, es demasiado ingenioso y culto el lenguaje de Sancho 
en esta ocasión, como en algunas otras de la fábula (véanse 
las Notas: IV, 96, 97; VI, 2, 168); y tanto, que desdice 
notablemente del carácter señalado á nuestro escudero. 
Cotéjese este lugar con los otros de € voquibles it y •fácih, 
(IV, 56, 119), y se verá que no pueden atribuirse á una 
misma persona. Verdad es que en el segundo de los dos 
pasajes hubo exageración, atribuyéndose á Sancho una rus- 
ticidad que no le era propia. Cervantes, sin duda, tdthó de 
ver esta desigualdad de lenguaje, y quiso prevenir y antici- 
parse al lector para desarmarle y disminuir el cargo ponién- 
dolo en boca de Don Quijote, (t No te entiendo, Sancho, 
dijo luego Don Quijote», etc. IV, 119). VI, 367, 8 (t), 368. 
Sueño (Segundo J. — «Don Quijote despertó á las voces». Es 
la única vez, en todo el discurso de la fábula, que Don Qui- 
jote despierta después que Sancho. Éste 'era dormilón: 
«nunca conoció segundo sueño 9, porque el primero le dura- 
ba toda la noche (VI, 365), y «tenía por costumbre dor- 



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S02 

mir cuatro ó cinco horas las siestas del verano» (V^ 176). 
€ Duerme tú o, le decía su amo en la aventura de los bata- 
nes, aduerme tú, que naciste para dormir». (II, I22,)~ 
Don Quijote era de poco sueño; y ad debía suceder siendo 
loco. Antes de emprender el ejercicio de la vida caballeres- 
ca, se le pasaban de claro en claro las noches leyendo (I, 
10); después solía emplearlas entreteniéndose en sabrosas 
memorias de su señora (I, 255); y cuando dormía, satÍB- 
&cía á la naturaleza con el primer sueño, sin dar lugar al 
segundo. (VI, 365.) II, 229. 
Stieños (Relaciones de). — La aventura de la cueva de Monte- 
sinos es, entre todas las del Quijote^ donde más lució la in- 
ventiva de Cervantes, El encuentro de Dulcinea encanta- 
da en la cueva de Montesinos, estaba enlazado con los su- 
cesos anteriores de la visita dd Toboso y la maliciosa fic- 
ción de Sancho, y es el fundamento y la clave, digámoslo 
así, de los restantes trámites de la fábula. Es un incidente 
fecundo en consecuencias y aplicaciones, que viene á ser 
el núcleo principal de lo que forma el enredo y el desenla- 
ce de la acción hasta el fin de la segunda parte. La felici- 
sima ocurrencia de haber colocado la relación de la aven- 
tura en un sueño de Don Quijote, quita toda clase de in- 
verosimilitud á las particularidades. Los épicos antiguos 
hicieron intervenir á los dioses en los casos á que no al- 
canzaba lo humano; en los libros caballerescos se asigna- 
ron estas funciones á los encantadores y nigromantes; Cer- 
vantes suplió estos medios por el del sueño, que salva ab- 
solutamente lo inverosímil, porque nada lo es pasando en- 
tre sueños. Es verdad que Don Quijote refiere que, des- 
pués de dormirse en la cueva, despertó, y que, desierto 
ya, vio á Dulcinea y cuanto refiere de la cueva; pero el 
lector ve claramente que el despertar ftié soñado, y así tam- 
bién lo demuestra el estado en que sacaron á Don Quijote 
de la sima, y el trabajo que después de sacarle costó el 



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503 
despertarlo. D<mi Quijote lo creyó de buena fe, como loco, 
y en adelante hizo del desencanto de su señora el objeto de 
sus deseos y esperanzas, — Muchos escritores antiguos y 
modernos tuvieron el pensamiento de reducir sus produc- 
ciones á la relación de un sueño. Asi lo hizo Tulio en el 
, de Escipión, donde, bajo la forma fugaz de un diálogo so- 
ñado, agitó las cuestiones más importantes de la filosofía. 
La Divina Comedia del Dante, los Triunfos del Petrarca, 
el Corbacho de Bocacio, son también relaciones de sueños. 
Entre nosotros, D. Francisco de Quevedo usó de este mis- 
mo artificio en sus opúsculos intitulados La visita de los 
chistes, La casa de los locos de amor y El sueño de las calave- 
tas, y lo mismo D. Diego de Saavedra en su República li- 
ieraria, una de las producciones que por su lenguaje, eru- 
dición, y crítica honran más nuestra literatura: pero ningu- 
no aventajó á Cervantes en la oportunidad de emplear este 
medio para conciliar lo falso con lo verosímil en el progre- 
so de su fábula. En toda ella no hay aventura mejor ima- 
ginada, ni que más claramente manifieste los quilates del 
ingenio de su inmortal autor. Se aprovechó Cervantes de 
las antiguas hablillas creídas vulgarmente en el país de su 
héroe; las amalgamó con las noticias de los romances, tam- 
bién antiguos, que andaban en boca de todos sobre Montesi- 
nos, sobre Durandarte y los amores de éste con Belerma; 
combinó estas circunstancias del error y del capricho con las 
reales y físicas del nacimiento del Guadiana, de las lagu- 
nas de donde nace, de su desaparición y segundo naci- 
miento, de la calidad de sus aguas y pesca; añadió, de la 
fértil y florida vena de su ingenio, la existencia, no men- 
cicmada en los romances y consejas populares, del escude- 
ro Guadiana, de la dueña Ruidera, sus sobrinas é hijas; la 
transÉDrmación de aquél en río y de éstas en lagunas; hizo 
intervenir en estos sucesos á Merlín, reputado padre de la 
magia en la opinión del vulgo europeo; acumuló con suma 



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504 
gracia y oportunidad á estas transmutaciones la de' Dulci- 
nea; y de todos estos elementos, aglomerando lo natural, 
lo histórico, lo ridículo y lo caballeresco, formó la aventu- 
ra más feliz y más poética del Quijote. IV, 451, 45Í. 

Suizo y esguízaro. — tEn alemán ó en tudescot. — ¡Debió «er 
«en alemán ó tudesco •. Como el texto lo dice, mcHca co- 
sas distintas; mas no lo son en castellano « alemán • y «tu- 
desco»; como tampoco •suizo* y «esguízaro*. VI, looi — 
Véase Alemán, tudesco. 

Sujeto, por «asunto». — «El sujeto que ofrecían». — Así se dijo 
también en el cap. 25, donde, hablando de los poetas que 
celebran bajo nombres supuestos á sus damas, dice Don 
Quijote: «las más se las fingen por sujeto á sus versos». 
(II, 317.) Y el mismo canónigo, en el cap. 48 siguiente, 
«¿Qué mayor disparate, dice, puede ser, en ti sujeto que 
tratamos, que salir un niño», etc. (III, 402.) Y no fué solo 
Cervantes el escritor de nota que usó de la palabra «sujc' 
t09 en esta acepción; bien que no es la más común que tie- 
ne en castellano, donde más frecuentemente significa la 
«persona». Sirva esto de prevención para el caso que á 
algún lector le ocurra la duda de si el «sujeto* del texto es 
galicismo ó italianismo. III, 390. 

Súmulas de Villalpando. — Gaspar Cardillo de Villalpando, 
teólogo que se distinguió en el concilio de Trento por su 
saber y elocuencia, fué natural de Segovia, colegial de San 
Ildefonso, beneficiado de Fuentelsaz y canónigo dé Al- 
calá. Compuso con arreglo á las ideas recibidas cottiun- 
mente en su tiempo, y publicó en Alcalá el año de iSSy, 
la Sutna de las súmulas, dedicada á la universidad, la Cual 
dispuso que éste fuese el libro por donde se estudiase la 
dialéctica en sus escuelas. Cervantes, como natural de Al- 
calá, donde vino al mundo el año de 1547, diez antes de 
la publicación de las Súmulas, debía estar bien informado 
de estas particularidades. III, 365. 



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50S 

Superchería. — «La superchería está descubierta». nSuperche- 
ría» es el artiñció y dolo que da ventaja indebida á alguno 
de los combatientes. La ventaja en la presente ocasión era 
la desproporción del número. V, 83. 

Superlaüvarse. — «Á pesar dé que ésta y otras no pueden su- 
perlativarset: permítaseme el uso de esta voz en obsequio 
de la claridad. (Clemencin.) V, 3. 

Supersticiones. — Véase Agüeros. 

* Supersuperlativos. — ^Muy sabrosísimo queso». La reunión de la 
partícula «wwy» con el superlativo, que se advierte aquí^ 
está desterrada de nuestro uso actual, pero estuvo admiti- 
da en el antiguo. Muchos ejemplos citados. Obsérvese que 
la lengua castellana en su primera edad no tuvo superlati- 
vos. En nuestros libros y romances viejos la partícula 
^muy^y añadida al positivo, esforzaba entonces su signifi- 
cación todo lo posible. Después vinieron los superlativos 
castellanos propiamente dichos, que nuestro idioma here- 
dó de su madre ha lengua latina. III, 507, 5o8. — «Doy 
por bien empleadísima* . Cuando se quiere esforzar la signi- 
ficación de algún adjetivo y elevarle á superlativo por me- 
dio de alguna partícula, se hace superlativa á ésta, y no se 
toca al adjetivo. Así, se dice ttiempo malísiniamente em- 
pleado tj y no «mfl/ empleadísimo»; «plazsí. valentísifnamente 
defendida», y no ^valientemente defendidísima» . Conforme á 
esta analogía, las personas cultas nunca juntan el superla- 
tivo con la partícula «wwy», á pesar de que ésta y otras no 
pueden superlativarse. V, 3. — «Decid lo que quisieredísi^ 
mis». Era propio de la feliz inventiva de Cervantes exage- 
rar á lo sumo el ridículo con esta aplicación de la forma su- 
perlativa, no sólo á los nombres, como •cuita», ^mancha», 
•escudero», •Quijote» y •dueña», sino también á un verbo, 
como •quisiéredes». V, 270. 

Sus. — «Ea, sus, salgan mis caballeros». uSus», interjección 
nacida del latino sursum, «arriba», que igualmente se usó 



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5o6 
en el francés antiguo, de lo que hay qemplos en la tdsto* 
ría de Tristán. Del mismo origen vino- el adverbio caste- 
llano tistiso^, que también significa «arribaí, y es correla- 
tivo de fiayuso^, tabajo». Gonzalo de Berceo, en los Signos 
del juicio, hablando de los cuerpos de los bienaventurados, 
dice: 

€ Volarán suso et yuso á todo su talíenio*. 

Estas dos voces se hallan ya hace tiempo anticuadas; pero 
se conservaron alguna vez, cuando dos^ sitios de igual nom- 
bre, estando inmediatos, necesitaban distinguirse por su 
situación, como sucedió con el monasterio de San Milláxi 
de Stíso, donde se crió el mencionado Gonzalo de Berceo, 
y se llamó así para distinguirse del monastmo de San Mi- 
llán de Ayuso, II, 167, 168. 

Sustantivos, — «Un pastor cabrerizo el cual pastor 6 oabrc- 

rixo^. Aquí se ve usada la palabra 9 cabrerizo it en dos acep- 
ciones diferentes; la primera vez, como adjetivo, y la se- 
gunda, como sustantivo. Hay varios ejemplos de sustanti- 
vos que empezaron por ser adjetivos, y que el uso trasladó 
después á aqiiella clase; como ^imediasi» (calzado de las 

. piernas), que al principio fueron tmedias calzase . Lo mismo 
sucedió en ^soldado^, tcomidaity y otros nombres semejan- 
tes. II, 124. — «Una de las guardas*. ^Guarda* es nombre 
femenino cuando significa «observancia»; como cuando 
decimos «la guarda de los mandamientos»; peto cuando 
significa «el guardador» ó «el que guarda», el uso actual 
le ha señalado el género masculino, lo mismo que á otros 
que con la terminación en a reimen la circunstancia de 
pertenecer al sexo viril. Véanse las Notas: II, 192; I, 232; 
III, i38, 262; IV, 4o5; V, 442. — El sexo de lo significado 
ha dado ocasión y margen para la novedad; pero cuando 
no hay este motivo, el uso es absolutamente caprichoso 
en la asignación de los géneros de los nombres acabados 



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so? 
«n ai támbi^ los hdyfemeninos acabados en o, como •ma- 
no*. II, 193. 

Ta^ tapujó Suncho. — Parece la misma interjección, y por de 
^contado tiene las mismas l^ras/ que la latina atat, usada 
varias veces por Planto y Terencio. Indica la sorpresa del 
que viene á caer en algima cosa, comprendiendo lo que no 
entendía antes. II, 309. — •Ta, ta, dijo á esta sazón entre 
si el hidalgoi»» IV, 295 (t). 

Tabarca. — ^Pueblo marítimo de Berbería, veinte leguas á le- 
vante de Bona. III, 168. 

Tabla Redonda (Caballeros de /a^»*— «Como el rey Artús era 
^^entísímo, asi deseaba qlie los suyos lo fuesen; y cuan- 
do podía haber alguno que fuese tal, teníale consigo en la 
corte, y á él y á los otros de su manera asentábalos á co- 
mer en una tabla y mesa redonda, porque cada uno fuese 
primero y postrero, no habiendo en la mesa principio ni 
fin. Cuando el rey andaba en las guerras, con él se ejerci- 
taban sus caballeros; y cuando guerras no había (por ha- 
celles excusar toda ociosidad), hacíales experimentar en 
diversos ejercicios, por donde les dieron el nombre de ca- 
balleros errantes. Fueron principales entre éstos Tristán 
de Leonis, Lanzarote, Galbán, Troyano y Galerzo». (An- 
tonio de Obregón.) El constructor de la tabla 6 mesa re- 
donda, según se cuenta en la historia de Tristán, fué el sa- 
bio Merlin. En cada asiento aparecía escrito el nombre del 
caballero para quien era, sin cuya circimstancia nadie po- 
día sentarse: el sucesor debía aventajarse en valentía al que 
le haUa precedido. Ya vimos en otra Nota (I, 94) que los 
romances antiguos castellanos hicieron mención de la Ta- 
- bla Redonda, aplicándola á los doce Pares de Francia. Véase 
la Nota: I, 261, 262. — Véase Doce (Los) Pares de Francia. 

Tablados (Quebrantar), 6 bofordar. — Véase Bofordar, 6 que- 
irantar tablados. 



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5o8 

Tablante de Ricamonte (La historia rf^>.— II, 3o. 

Tablas. — El juego de las tablas, á que estaba jugando Don 
Gaiferos, era, según todas las señas, lo que ahora llama- 
mos «chaquete». V, 46. — Véase Chaquete. 

Tagarinos, — Las noticias de Luis del Mármol y del P.- Haedo 
están conformes con las de Cervantes en llamar tagarinos 
á los moros procedentes de las provincias de la corona de 
Aragón, y mudejares á los de la provincia de Castilla. III, 
209. — Véanse Mudejares y Elches. 

Tagarninas y piruétanos, — «Escudero de agua y lana*, ti De 
agua y lañáis, expresión familiar, que equivale á «de poco 
valor é importancia», cual se supondría que lo era la per- 
sona que no bebiese más que agua y no vistiese sino lana; 
ó que, como se dice más abajo (IV, 229), tuviese «hecho 
el estómago á tagarninas y piruétanos^» , esto es, acostum- 
brado á mantenerse de yerbas y frutas del campo. •Tagar- 
nina 9 es lo mismo que «cardillo», y •piruétanot, «pera sil- 
vestre». IV, 228. — VéSLSt Agua (De) y lana. 

Tahalí. — «Ciñóse su buena espada, que pendía de un iahalí 
de lobos marinos. El nombre de «tahalU es de construc- 
ción arábiga, é indica el origeil morisco de lo que signifi- 
ca. De las pieles de lobos marinos solían hacerse cintos. 
IV, 325. 

Tajo (El) dorado. — Epíteto que los poetas, tanto antiguos 
como modernos, dieron á este río. Cervantes fué también 
de los apasionados del Tajo, como lo mostró aquí y en 
otros pasajes de sus obras; pero no todos los poetas lo fue- 
ron. IV, 436. — «Ninfa del dorado Tajo, tejiendo telas de 
oro y sirgo compuestas». Alusión al pasaje de Garcilaso, 
que ya se hizo otra vez en el cap. 8.° de esta segunda parte 
(IV, 137), donde hay Nota sobre ello. Por lo demás, Gar- 
cilaso no usó la palabra •sirgos. V, 453. 

Ta/.— Usado como un verdadero sustantivo neutro, como en 
el pasaje (VI, i63) «bendito sea Dios, que ^ me ha deja- 



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509 
do ver con mis propios ojos». III, i6. — Otro ejemplo: «¿Es 

posible qoe tal hay en el mundo » IV, 450. — «iVom 

eniaU. Dicese asi por no decir •enhoramala^, lo que hu- 
biera sido una falta de respeto en Sancho, hablando con 
m amo. Pero me parece que debiera decirse: «en hora 
tal9, ó «ñora tal», porque el toque está en substituir •tah 
á mmala», y nunca se dice ni puede decirse «ñora en inala* . 
En el uso común se dice «voto á tah, por no decir «voto 
á Dios», y de dio hay ejemplos en la presente fábula. «Eso 
no, voto á tal, respondió con mucha cólera Don Quijote 
(y arrojóle como tenía de costumbre)» (II, 269); «Voto á tal 
(y arrojóle redondo), que no me den á entender», etc., de- 
da uno de los criados de D. Luis (III, 320). *Tah es un 
comodín para esta y otras semejantes ocasiones en que se 
<piiere evitar una palabra chocante, ofensiva ó puerca. «Lo 
envió á la taln se suele decir, por «lo envió al cuerno», ó 
cosa peor. VI, 274, 275. 

Tal como buena* — «Ya te la hubiera dado tal como buenas: esto 
es, •tal como buena paga». Buena paga: la persona que pron- 
tamente y sin dificultad paga lo que debe ó lo que se libra 
contra él. (Academia.) VI, 409 (t). — Véase Buena paga. 

Tal por cual, — «Y aimque dijesen, dijo Sanchica, los que me 
viesen ir sentada con mi señora madre en aquel coche: 
«mirad la tal por cual». Expresión de desprecio, que equi- 
vale á ser una cosa «de poco más ó menos», ó «indigna». 
(Academia.) VI, 41 (t). 

Talante. — Voz anticuada, que se halla con mucha frecuencia 
en los libros de caballería. Quiere decir «modo ó manera 
de ejecutar alguna cosa; semblante, disposición personal, 
estado ó calidad de las cosas, voluntad y gusto». Se deriva 
de takntum, que, según Ducange en su Glosario^ es: animi 
decretum, voluntas, cupiditas, florentinis et hispanis •talen* 
tow, etc. Á mediados del siglo xiv, no estaba aún fijada 
la significación de esta voz, y se decía •talento* ó •taliento». 



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como se ve en d Poema de Alejandro y en los de fierceb 
(véase la Nota Sus)^ 6 ^ialanU, Mialente» y ^talenh»} c\xyas 
tres palabras se encuentran en las poesías del arcipreste 
de Hita. f^TaknU, en el antiguo francés^ se usó, lo jgoic^o 
que en castellano, por t voluntad»; y en el Trkidn francés 
se halla umal taknh, por tmala voluntad». Prueba de la 
comunicación de ambas lenguas^ mayor cuanto más cerca 
de su origen, como sucede á las lineas convergentes, eo los 
ángulos. En el cap. 2.^, parte primera de esta obra (I, 32), 
se dice t con gentil talante*. Y en la página 33 (I, 33); «Ni 
mostrédes mal talantes: donde equivale esta palabra á «sem- 
blante ó disposición personal». «Buen talante* se halla en 
el cap. 44 (III, 304). V, 257. — fDisponga de mí á su ialan- 
te*, esto es, á su voluntad. I, 20. — «De muy buen grado y 
de mejor talante*. Viniendo á significar lo mismo agrado* 
y Pialante*, no se ve cómo lo uno puede ser mejor que lo 
otro. V, 3i8. — « El caballero de la Blanca Luna, que de tan 
mal talante había dejado á Don Quijote». Aquí» ^talamte» 
equivale á «estado ó condición». VI, 329 (t).— «De mala 
voluntad». Decimos comunmente de los que manifiestan 
disgusto y desabrimiento, que están «de mal talante*; y ya 
se sabe que pitalante* en el primitivo castellano era lo mis- 
mo que «voluntad». III, 424. 

Talavera (Arcipreste de). — Véase Corbacho (El). 

Talnica. — El nombre de tTalnica* que el esclavo de Uchalí 
da á su querida, es casi anagrama del de la mujer de Cer- 
vantes (Doña Catalina Palacios, I, 149). III, 157. 

Talle. — «Que yo veo esta tierra de talle que no han de faltar 
en ellas muchas y muy milagrosas aventuras». Talle: me- 
tafórico. Fornia, figura, hechura, disposición física 6 mo- 
ral. (Academia.) IV, 2o3 (t). 

Tamejí, amejí. — i^¿Tainejt, cristiano, tamejí?* Que quiere de- 
cir: ¿vaste, cristiano, vaste? III, 220. — ^Amejíy cristiano, 
amejí*: vete, cristiano, vete. III, 222. 



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su 

Tam^^^i».— Iguales principios (por ser pastor y bandolero), 
poco más 6 menos, se atribu3^n al famoso Tamerlán. IV, 
III. — La embajada que le envió á él el rey D. Enrique el 
Enfermo, á principios del siglo xv. I, 47. — Los embajado- 
res lo vieron jugar al ajedrez. V, 45. 

Tan agtido ingenio. — Hizo aquí Cervantes, por boca de Car- 
denio, el elogio de la invención de su Quijote: elogio me- 
recido, sin duda; pero siempre algo disonante en la pluma 

- del inventor. II, 479. — Sin embargo, ejemplos hay de lo 
mismo entre otros autores célebres. Á la conclusión del 
famoso discurso de J-eanie Deans á la reina Carolina, en la 
Heart of Mid-Lothian, dijo Su Majestad al duque de Ai^- 
le: «Esto es elocuencia» . Y nimca se tachó á Walter Scott 
de egoísta. 

¿Tan nueva sois en el mundo, que no lo sabéis vos? Pues sabed, 
etc. — Dijo Sancho á Maritornes, hablando del caballero 
aventurero. Es para reir, el modo de que habla ya Sancho 
y el trastorno que en su caletre había producido el conta- 
gio de la manía caballeresca. Asi lo echaron de ver tam- 
bién el cura y el barbero, como se contará en el cap. 26 
(II, 347^ cuando encontraron á Sancho, que iba desde 
Sierramorena á llevar la embajada de Don Quijote para 
Dulcinea, y, al oir sus sandeces y desvarios, «se admiraron, 
considerando cuan vehemente había sido la locura de Don 
Quijote, pues había Uevado tras él el juicio de aquel pobre 
hombre». II, 24. 

Tanda y tunda azotesca, — Juega aquí Cervantes con palabras 
de diversa significación, que sólo se distinguen en una le- 
tra. Especie de travesura, que, usada con sobriedad, enga- 
lana el lenguaje familiar. V, 470. — Véase Azotesca. — Tan- 
da: cantidad, especialmente de azotes ó golpes. Tunda: 
metafórico. Castigo riguroso que se da á alguno, de palos, 
azotes, etc. (Academia.) 

Tansilo (Luis). — Poeta napolitano, que escribió el poema de 



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512 
las Lágrimas de San Pedro, en reparación de otro muy li- 
bre que escribió cuando joven con el título de Vendimia- 
dor. Véase la Nota sobre su vida. Murió por los años 
de 1570. Dicen que gastó Tansilo más de veinticuatro 
años en la composición de su poema, el cual no se publicó 
hasta después de su muerte. La versión de la estancia ^ue 
Sje pone á continuación, será traducción del mismo Cer- 
vantes. III, 14, i5. — «Las Lagrimas de Tansilo gozaron 
el honor de ser traducidas al castellano seis veces por di- 
ferentes ingenios». (Ticknor.) — [III, 87 y n.] 

Tántalo, Sísifo^ Ticio, etc. — Mencionados en la canción de 
Grisóstomo. — Reúnense aquí los malvados más famosos 
que, según los poetas, eran atormentados en los infiernos, 
Grisóstomo hace aquí uso de la mitología pagana, como 
si la creyese; y en verdad que la situación en que se le su- 
pone, no era para creer ni para fingir que se creen cuentos 
ni patrañas. Si su canción fuese toda de fuego, esta fría é 
inoportuna erudición bastara para apagarlo. I, 298. 

Tantas largas. — Véase Largas (Tantas), 

Taniica. — «Si vuestra señoría (el Duque) fuese servido de 
darme una tantica parte del cielo, aunque no fuese más de 
media legua», etc. Esta palabra litantican lleva consigo la 
idea de que el que habla señala con su mano alguna cosa, 
ó parte muy pequeña de ésta: idea cuyo contraste con la 
de que esta parte del cielo tuviese la extensión de media le- 
gtia, es uno de los rasgos característicos de la socarrone- 
ría de Sancho mezclada con su simplicidad. V, 344. 

Tanto. — El adverbio atantor^, cuando precede al adjetivo á 
quien modifica, se sincopa, y sólo se dice •tam, á seme- 
janza de lo que sucede con el adjetivo ^ grande • cuando 
precede al nombre con quien concierta. VI, 3. 

Tanto más cuanto, — «¿Dónde has visto tú ó leído que ningún 
escudero de caballero andante se haya puesto con su se- 
ñor en tanto más cuanto me habéis de dar cada mes porque 



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5^3 
os sirva?» — Tanto nuís cuanto: modo adverbial que se usa 
en las compras y ventas, para ajustar ó convenir en el pre- 
cio 6 estimación de alguna cosa. (Academia.) — Tiene mu- 
cha gracia esta reconvención hecha á Sancho, que ni sa- 
bía leer, ni había visto en su vida más que lo que permi- 
tía ver el oficio de pastor de cerdos y gansos (ll, 119; V, 
349), y después, de mozo de labor de Tomé Carrasco (V, 
87). Y no tiene menos gracia el desafío hecho poco des- 
pués á Sancho á que halle en el mare mdgnum de las his- 
torias caballerescas, escudero que hubiere «dicho ni pen- 
sado» lo que él había dicho. Tan difícil era que Sancho* 
hallase lo «dichoi, como lo «pensado». V, 90. 

Tanto que mejor, — Tanto mejor. V, I23 (t). 

Tantum pellis et ossa fiiit. — D. Juan Bowle observó ya que el 
^pellis et ossaf^, que se aplicó al caballo de Gonela, viene de 
Plauto, que en su comedia Anlularia usó de esta expresión 
para ponderar lo flaco que estaba el cordero, y aun añadió 
que se le clareaba la piel y se le veían las tripas. 1, 16. 

Tañer, — «En manos está el pandero, que le sabrán bien ta- 
ñer». — Este refrán está ya en la colección del marqués de 
Santillana, así: «en manos está el pandero, de quien lo sa- 
brá tañera. — uTañer» es verbo irregular que carece de la 
primera persona del presente de indicativo, que en otro 
tiempo tuvo, según se ve por el Cancionero general de Lis- 
boa del año de i5i.7, donde dice una letrilla de Alonso 
Fernández de Almeida: 

^Taugo vos, el mi pandero. 
Tango vos, y pienso en ah, 

IV, 415. 
Tapia (Andrés de). — Fué uno de los capitanes de Cortés elo- 
giado por los escritores primitivos de Indias, de que se ha- 
ce mención especial en la Historia de la conquista de Nue- 
va España, escrita por D. Antonio de Solís. IV, 278. 

33 



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5H 

Taprobana. — La isla de Ceilán; — Véase TrapoMna, - ^ . 

Tarasca. — ^Armazón de serpiente monstruosa, que en tiem- 
pos pasados precedía con otras figurafi alegóricas á la ac- 
cesión del Corpus, y llevaba la boca abierta, por donde 
sus portadores redbiají la luz, y las cosas de comer qo&ao- 
lian arrojarles los concurrentes, y eran frecuentemente 
guindas^ como fruta propia de la estación. De la holgura 
con que entraban por la enorme boca, y de la presteza con 
que las arrebataban los de adentro, nació la locución de 
•echar guindas d la tarascan, para denotar la facilidad y 
prontitud con que se hacen las cosas cuando sobran medios 
para ejecutarla. De la ciudad de Argel se dijo en la novela 
de Persiles y Sigismunda, que era agomia y tarasca de todas 
las riberas del mar Mediterráneo»,, porque era donde iban á 
parar las presas de hombres y riquezas que sus piratas con- 
tinuamente hacían en las aguas y costas del Mediterráneo. 
III, i66.— Véase Gomia.— [II, 25o y n., 359,] 

Tarde piache. — rRespondió Sancho Panza al doctor Recio, 
«quien le había prometido de enmendarse, dejándole co- 
mer abundantemente de todo aquello que quisiere». — ^Pro- 
verbio que significa «el que no habló con tiempo». (Cora- 
rrubias, voz Piar.) VI, 91. — Alude al cuento tan sabido 
de aquel que, tomando unos huevos pasados por agua, se 
sorbió xmo huero y ya con pollo, al cual oyó piar cuando 
ya iba pasando por el tragadero abajo, y entonces, no que- 
riendo ó no pudiendo volverle, dijo con mucha calma: tar- 
de piache; esto es, tarde piaste. — Aquí quiere decir: •ha- 
blaste tarde». (Arrieta.) 

Tarfe (D. Alvaro). — Caballero granadino, mencionado tam- 
bién en el Quijote de Avellaneda, y que, según éste, iba á 
las justas de Zaragoza en obsequio y por mandado de Vifia. 
dama á quien galanteaba. V, 211; VI, 107, 400, 4a3, 434, 
425, 43o. 

Tarpeya. — «Como otro desapiadado Ñero», etc, — Bien sabi- 



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5^5 
do es que Ner6n hizo poner fuego á Roma, y que mien- 
tras miraba las llamas desde la torre llamada de Mec^ias, 
jse entretenía en cantar, á la manera de los histrión^, el 
incendio de Troya; tomándose de esta ruina pretexto para 
perseguir cruelmente á los cristianos, á quienes se di6 por 
autores del daño. Á este asunto se hizo el romance que 
empieza: 

«Mím Ñero y de Tarpeya, 
Á Roma cómo se ardía; 
Gritos dan niños y viejos^ 
Y él de liada se dolía t. 

(Cita de Pellicer.J 

Citóse este romance á otro propósito en el de Altisidora 
(V, 399), y se encuentra en nuestras antiguas colecciones 
de romances. I, loi, 102. — «No mires, áetaTarpeya^ este 
incendio que me abrasa, Nerón manchego del mundo», etc. 
(Romance de Altisidora.) Suetonio, refiriendo el incendio 
de Roma por Nerón (suceso á que aluden estos versos), 
dice que aquel príncipe lo estuvo mirando desde la torre 
llamada de Mecenas, la cual, según la relación que hizo 
Tácito de este suceso, debió estar tn el palacio del mis- 
mo Nerón. El nombre de «Tarpeya» se daba á la roca ó ris- 
co de que eran arrojados los traidores, desde los tiempos 
antiguos de Roma. La ocasión de haber dado aquí Altisi- 
dora el nombre de ^Tarpeya^ á la torre de donde miró Ne- 
rón el incendio, pudo ser aquel pasaje de la historia de Don 
Belianis, que cita Bowle en sus anotaciones: « ¡oh cruel es- 
pectáculo! no fué tan malo el que miraba Ñero de la To- 
rre Tarpeya*, etc.; ó bien alude al romance cuyos versos 
siguientes canta Sempronio en la primera escena del acto 
primero de la Celestina: Mira Ñero, de Tarpeya, etc. — E^os 
caatro versos se repiten en el cap. 8.° de la tercera parte 
de Don Florisel de Niquea, por Feliciano de Silva, en boca 
de una doncella que los cantaba al son de un harpa. En la 



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5^6 

/comedia J?(wia abrasada,- de Lope de Vega, eBtáj ial|wre- 
cer, entero el mismo romapce, que arcaba por estos Vfsfaosr 

tSieU días con sus noches 
arde la ciudad divina, 
consumiendo las riquezas 
que costarofi iantas vidas íí. 

V, 399p— «Todo lo miraba Sancho, y de ninguna cosfu se 
dolía». Alusión al romance antiguo: ^Mira Nísroy d4 -JWV- 
jl^eya» etc. Esto se dijo de Sancho, que miraba á JRioote y 
sus compañeros, bebiendo. VI, loi.— Véase iVes^ow» 

Tarraga (Framisco de). — Su Emmiga favorahh. UI, 4O0> — 
Véase Enemiga (La) favorable.-^]}!, ^96, 301 y nottóT:] 

Tártagos. — Yerba que purga violentamente, causando ansias 
y congo